N/A: ¡Buenas!
¿Cómo hago para decir: lo siento que desaparecí?
En verdad, mil disculpas por mi ausencia. Lo cierto es que mi vida dista muchísimo de aquella que tenía cuando comencé el fic y encontrar el tiempo para escribir hoy en día es todo un desafío. Pero siempre dije que voy a terminar el fic y eso no está puesto en cuestionamiento.
Por otro lado, en mi ausencia PERFIDIA ganó en los Amortentia Award en la categoría de mejor fic erótico, asi que... MIL GRACIAS POR ESO!
Espero que alguien siga con ganas de leer.
Les mando un beso gigante y perdón por abandonarlos,
Albertina
PERFIDIA
Capitulo 17
Es lunes otra vez.
Los días pasan a una velocidad que a veces no logro comprender, pero no por eso significa que las cosas me sean más fáciles. Mi vida es eso, una vorágine sin mucho sentido en la cual logro subsistir. Es lunes pero no es un día normal, ni una noche normal, porque en raras ocasiones me he encontrado luciendo túnicas de gala un lunes en la noche en la resplandeciente ciudad de París.
─ Como siempre agradecemos su colaboración, Señor Malfoy.
Las palabras de la ministra de la magia francesa me sacan de mi estupor. Madame Demarchelier es esbelta y de un cegador cabello blanco que cae en delicadas ondas. Un lunar sobre su labio superior la hace lucir seductora de un modo que sólo se acentúa cuando se toma en cuenta el ajustado vestuario de seda blanca que se ciñe en todos los lugares apropiados. Theo está sentado a mi lado y juro que puedo palpar su libido estallando por los cielos. Tal vez es injusto de mi parte mencionar sólo a Theo. Cada hombre allí presente quiere hacerse camino a un dormitorio oscuro en el cual Madame Demarchelier sea su compañía. Cada hombre menos yo.
─ Por supuesto. ─es mi única acotación acompañada de una sonrisa forzosa.
No quiero estar ahí. No quiero estar en ningún lado que no sea la oficina de mi mansión, porque ahí puedo ser miserable sin ocultar como me siento: roto y perdido. La extraño, todos los días de mi vida la extraño y desearía estar con ella, pero llámese orgullo o llámese respeto, la he dejado ir.
─ ¿Sabes cual es la peor parte de ser pobre? ─comienza preguntando Theo.
─No eres pobre, Theo. Lo único que ocurre es que no tienes tanto oro como yo. ─aclaro, antes de acotar ─ pero no te sientas mal, nadie lo tiene.
Theo está en un camino de recuperación. Tres meses han transcurrido desde que apareció por la mansión pidiendo ayuda y eso le he brindado. Vive conmigo como un maldito crío que desaprobó su ingreso a la academia de aurores y no sabe que hacer más que vivir del dinero de papá y mamá. Darle oro no es problema, estoy forrado hasta la sien y no tengo en quien más gastarlo, el problema es aguantar sus intentos de "curarme". No estoy enfermo. Ya estoy muerto.
─ Ya lo sabemos, Draco…
─ Quiero escuchar la respuesta a tu pregunta.
─ La peor parte de ser pobre, es que mujeres como Lea Demarchelier no tienen ojos para mí. Mujeres como ella sólo tienen ojos para hombres como tú.
En parte lo sé, porque la muerte de mi mujer ha traído consigo la oferta de ser consolado por tantas mujeres como es posible imaginar. Pocas cosas son tan efectivas para borrar mi pasado de maldito enfermo seguidor del señor tenebroso como una cuantas bóvedas llenas. La ironía radica en haberme enamorado hasta la médula de la bruja más austera de todo el mundo mágico.
─ Yo no tengo ojos para ella, Theo. Con gusto te la presento.
─ No servirá de nada, aún así me ignorará completamente. ─asiento, porque para mala suerte de Theo es verdad. ─ ¿Qué hace falta para que olvides a Granger?
Todavía me duele escuchar su apellido. Cualquier mención de ella directa es como sentir que se me abren las heridas y algún hijo de puta vacía un tarro de sal sobre ellas. No lo sé. Eso quiero contestar. No lo sé. No sé como olvidarla y hay instantes en los cuales llego a creer que ni con la más negra de las magias podría conjurar un hechizo que me la saque de la cabeza.
Acabo elevando mis hombros, dando a entender que no tengo una respuesta apropiada a ese interrogante. El gesto se pierde en el amplio salón de espejos del ministerio de la magia Francés. El salón está envuelto en espejos y en el centro del mismo, sobre el delicado piso de parqué, una larga mesa con todos los benefactores de la gala que tomará lugar el sábado. Algunos como yo, con acompañantes.
─ ¿Estamos, entonces, todos de acuerdo con los departamentos que serán beneficiarios de la gala de este año?
La pregunta de Madame Demarchelier es recibida por un murmullo de aprobaciones. A nadie le importa que mierda de departamentos serán beneficiados. No me interesa la gala de mi propio país, mucho menos será de mi interés lo que ocurre en Francia. Este tipo de eventos es para gente rica que pretende hacer buena letra para que los juzguen menos cuando se destape alguna de las ollas cargadas de mierda que guardan en la alacena. Mi ventaja es que mi olla se abrió hace mucho tiempo y el olor se ha perdido entre toda la mierda de los demás.
─ Disculpen.
Mi rostro girá a toda velocidad al escuchar la voz calma de Theo resonar en el gran salón. El invitarlo fue por insistencia suya, en la cual reclamaba poder comer y beber lo más fino de manera gratuita. Está equivocado igual, no es gratuito, lo paga mi "bondad".
─ ¿Su nombre es? ─pregunta la ministra de la magia levemente interesada y levemente irritada.
─ Theodore Nott, soy el acompañante del señor Malfoy.
─ Por supuesto. ─responde Lea al entender que quien acababa de interrumpirla está asociado a mi. ─¿Qué desea agregar?
─ Considero que un departamento que debe ser incluido es aquel que vela por los derechos de los elfos domésticos.
El murmullo en respuesta a dicha declaración es ensordecedor. Las arrugas en los rostros de viejos y redondos cerdos millonarios resemblan expresiones de incredulidad y hasta de entretenimiento. Yo no estoy ni incrédulo ni entretenido, la palabra que mejor describe a mis sentimientos en este momento es: furia. La más violenta de las rabias comienza a avanzar por mi torrente sanguíneo como un cáncer fulminante. No, no y no. Un millón de veces no. Con ella no se tiene que meter y lo sabe el muy maldito.
─ Disculpe Sr. Nott, pero ese departamento no está en funcionamiento en nuestro ministerio de la magia.
─Lo sé, pero no por eso significa que no puede ser incluido entre los beneficiarios para fomentar su nacimiento. ─explica Theo con todo el carisma y la diplomacia propios de la clase alta. ─La heroína de guerra Hermione Granger es pionera en el área y ha expandido su trabajo del Ministerio de la Magia Inglés hasta MACUSA. Francia puede sumarse a este movimiento.
Me planteo el lanzarle un Avada ahí, en ese instante, sin pena ni gloria. Nadie va a decir nada, todos se han mandado su buena cantidad de errores que a veces presentan cierta justificación. Como ahora. Lo sabe, Theo sabe con lujo de detalles lo que ella significa para mí. Él sabe que elegí dejarla ser, porque si bien ella me ama a mí, no me eligió.
─ Eres un maldito hijo de puta. ─lo susurro entre dientes y sé que Theo llega a escucharme.
─ Lamento decir esto, pero creo que a ninguno de todos los presentes le interesa la causa de los elfos domésticos.
Una vez más lo que sigue es un murmullo. Quiero saltarle a ese maldijo hijo de puta a la yugular y romperle el cuello con mis manos, sintiendo como la vida le deja el cuerpo. Quiero ponerme de pie y empezar a regalar avadas como si fuera como el maldito gordo barbudo que tan generosamente nos lleva presentes en Navidad. Me importa una mierda cuanto les importa a ellos la causa de los elfos domésticos, a ella le importa y soy capaz de mover la luna si es lo que la hace feliz.
─ Disculpe, no estoy interiorizado con quien es usted, pero no hable por todos los presentes porque a mí me importan. ─suelto con la autoridad que mi apellido y mi oro me provee. ─ En todas mis propiedades los elfos han sido liberados y no hay familia respetable en Inglaterra que no este de acuerdo con la causa.
Me ahorro todos los insultos que hubieran hilado la oración, pero dejo en claro que no es una causa con la que este dispuesto a tranzar. Si quieren continuar con mi apoyo, tendrán que aceptar la sugerencia de Theo. Lea Demarchelier lo entiende, porque se aclara la garganta y elevando una fina flauta de cristal repleta del mas fino champagne acepta incluir la causa a la gala.
─ Hoy mismo enviaré una invitación a la señora Hermione Granger.
La velada continúa entre conversaciones educadas y gente cuchicheando las últimas noticias de la alta sociedad. Se habla incluso de los presentes en baja voz y sin que los escuchen. Yo permanezco el resto de la cena en silencio, concentrado en mis propios pensamientos, ignorando lo que es inminente y que tan imposible de contemplar se me hace. El silencio incluye a Theo, quien está sentado callado y pálido a mi lado. Sabe lo que acaba de hacer y sabe lo que eso significa.
Evito el confrontamiento hasta que alcanzamos el hotel en el cual no estamos hospedando por la semana. El hall de entrada esta prácticamente vacío por la hora en la que arribamos. Las luces son más bien tenues y los únicos empleados están concentrados en el periódico o en adelantar tareas para el turno de la mañana. Mi pasos son decididos hasta el ascensor, el cual brilla en su material metálico dorado. Su interior está repleto de espejos y los botones que nos elevan son de lo más modernos.
Nos estamos quedando en la terraza del imponente rascacielos de ladrillo visto. Y todo el transcurso hasta la cima del mismo permanecemos en silencio. Él porque no se atreve y yo porque no encuentro las palabras apropiadas. Eventualmente llegamos, y ahí delante está la amplia sala de estar con mobiliario de madera oscura y cuero, gruesas alfombras en tonos borgoña y una vasta colección de alcohol. Se ven las puertas que llevan a cada uno de nuestros respectivos dormitorios.
─ No te voy a echar en la mitad de la noche, pero para cuando amanezca no te quiero acá. ─acoto antes de que el pueda hablar. ─No te quiero en la mansión ni en ningún lugar cerca mío.
Espero una respuesta inmediata pero no recibo nada. El tiempo se extiende y nada. Estoy empezando a creer que no va a hablar cuando lo siento.
─ Lo que hago sabes que lo hago por ti.
─ En lo único que puedo pensar es en lanzarte un maldito Avada.
Puedo sentir el impulso naciendo de la parte más oscura que tengo adentro y mierda si no es negra azabache esa parte. Llena de odio y bronca y resentimiento. Es la parte oscura que no le teme a matar o a herir, es la parte que tantos años me lleno de combustible para seguir. Soy una mierda de persona, eso nunca lo dudé y tal vez es por eso que no estoy con ella. Tal vez es por eso que mi mujer se murió de joven y el motivo por el que estoy sólo como un perro sarnoso.
─ Lanzalo, Draco. Me importa una mierda, no tengo a nadie.
─ Tal vez es porque sos un hijo de puta. Sos una maldita sanguijuela que sólo succiona a los demás sin dar nada a cambio salvo putrefacción.
─ Yo seré un hijo de puta, pero tu eres un cagón. Granger no lo eligió a Weasley, tú la entregaste en bandeja de plata porque eres demasiado cagón para enfrentarte a lo que significa estar con ella.
─ CRUC-!
No termino de lanzar el conjuro. Tal vez Theo tiene razón y es porque soy un cagón. Tal vez no sirvo ni para eso, ni para ser valiente. Nunca lo fui, ¿para que comenzar ahora, verdad?.
─ Ves, eres un maldito cobarde.
─ Me importa una mierda lo que tienes para decir. Vete.
Sin agregar nada más me retiro a mi dormitorio. El ambiente es amplio, la cama inmensa y me encuentro con lo mismo de siempre: mi traje, una camisa y yo sólo. En los tres meses que he estado lejos de ella he llevado compañía a mi cama, pero ha sido una cuestión pura y exclusivamente animal. Eso, aparearse como malditos perros, sacarme las ganas y así seguir con mi día. Ni una mujer volví a llamar, de ninguna mujer me sé el nombre. Lo único que me dejan es más vacío y más roto.
Esa noche no duermo, sólo giro de un lado hacia el otro, pretendiendo que estoy descansando. Escucho a Theo abandonar el hotel en mitad de la madrugada y aunque imaginé que iba a arrepentirme de echarlo, no lo hago. Es difícil entender lo que me pasa, lo que siento, porque a menos que hayan estado igual de infectados como yo suena como un concepto extraño y foráneo. La amo, la amo, la amo. Eso es todo. La amo. La amo y no me elige. La amo y fue mi más sucio y oscuro secreto por tanto tiempo que jamás imaginamos lo que era la luz entre los dos. No, eligió compartir la luz con alguien más. Tenemos los mismo defectos, somos testarudos, somos cobardes y malditamente orgullosos. No hay amor que prospere en terreno tan árido.
Un golpe en la puerta me saca de mis pensamientos. No quiero ver a nadie y acabo metiendo mi cabeza debajo de la almohada como un maldito niño imbécil que cree que esa es barrera suficiente para enfrentar las cosas difíciles de la vida. Los monstruos no existirán, pero la vida está llena de cosas más terroríficas y terribles, como las mentiras y el amor.
─ Señor Malfoy, tengo su desayuno y su correspondencia.
─ Adelante.
La respuesta es instantánea, carente de emoción y con ganas de ignorar al empleado del hotel, quien ingresa con una elegante túnica roja propia de la cadena de hoteles en la cual estoy siendo hospedado. En sus manos lleva una fina bandeja de mármol blanco en la cual descansa un completo desayuno y una pila de cartas. Hambre no tengo y como buen imbécil ignoro la marca de las costillas que presionan contra mi piel. En cambio agradezco dándole una buena propina y pidiendo que no vuelvan a molestarme por el resto del día. Me concentro en la correspondencia. La mayoría son cosas laborales que pretendo ignorar hasta que regrese. Entre los más destacable está un pedazo de pergamino en el cual Daphne me informa que va a venir a visitarme en la semana, y otro rollo finamente envuelto en el cual está la amplia lista de invitados a la gala, entre esos nombres está el de ella.
Elijo ignorarlo, elijo ignorar que voy a verla porque no sé si huir corriendo o si emocionarme como una criatura. Quiero verla, quiero arreglarme como nunca en mi vida, aparecer en ese salón con toda la decisión de un caballero, invitarla a bailar y besarla en la mitad de la pista. Quiero susurrarle en el oído que la extraño. Quiero arrodillarme y pedirle que me elija, que no sé quien soy cuando ella no está conmigo. Quiero largarme a llorar sobre su hombro y pedirle disculpas por haberla tenido en las sombras, cuando ella siempre se mereció el mundo entero. A su vez sé que no haré ninguna de aquellas cosas.
Cierro los ojos y dejo que el tiempo transcurra. Un día, dos días, tres días. Nada, eso hago de mi vida, nada. Paso las horas encerrado, sintiendo el tick de las agujas del reloj. En mi mano suele aparecer alguna bebida, pero no tomo las copas con la suficiente constancia o en la suficiente cantidad como para que me atonte los sentidos. Eventualmente lo hago, eventualmente tomo la decisión de abandonar la habitación y dirigirme al bar donde planeo beber hasta que no recuerde nada de mí, de quien soy o las emociones que me inundan de manera cotidiana.
Me arreglo con tan poco entusiasmo que imagino que mi reflejo en el espejo es deplorable. Lo ignoro y en cambio tomo el ascensor hasta la planta baja donde se encuentran todos los bares disponible en el hotel. Las lamparas encendidas me indican que es de noche fuera y la gente vistiendo ropa pesada me revelan que está helando o al menos hace un frío significativo.
El lugar está bastante poblado, con la totalidad de las mesas tomadas y sólo algunas banquetas en la larga barra de madera oscura, desocupadas. Me siento en una de ellas, concentrando mis ojos en el espejo que descansa detrás de la amplia cantidad de botellas de alcohol que artísticamente cuelgan de la pared. Detrás mío las mesas son de madera y las sillas están recubiertas de un llamativo terciopelo colorado. El piso oscuro esconde las manchas de alcohol y los objetos dorados esparcidos como decoración por el amplio ambiente atraen la atención de todos desviando de los defectos que se han ido acumulando a lo largo de los años.
─ Buenas noches, caballero.
─ Whisky añejo, una botella.
¿Para qué pretender que no voy a bajarla prácticamente en su totalidad? Veo los ojos del empleado encargado de preparar mi bebida alcohólica.
─ No temas, el oro sobra y si no haces preguntas tendrás una buena propina.
Automáticamente encuentro un vaso con dos dedos de whisky delante mío. Es añejo, rico en sabor y alto en contenido alcohólico, así que disfruto como quema mi garganta mientras desciende. Un vaso. Dos vasos. Tres vasos y la escucho. Su risa. Es lo más similar a una campanada brusca, medio gangosa y un tanto desafinada. Es el sonido de la gloria, de la felicidad plena. Giro el rostro de manera brusca, tirando el vaso de whisky con mi codo. No me importa el sentir el líquido empaparme la camisa blanca.
No logro controlar el movimiento de mis ojos grises, lo único que quiero es dar con ella. Yo la sentí, juro que sentí su risa. Pero ahí dentro no hay nadie que siquiera se parezca. Todas las mujeres son altas, esbeltas de cabello rubio y lacio, con como una maldita copia la una de la otra y ninguna es Hermione.
─ ¿Señor está bien?
Siento la voz del empleado de la barra detrás mío, pero lo ignoro. En cambio saco una pila de oro de mi bolsillo y lo deposito sobre el whisky derramado antes de emprender mi camino. Siento a mis sentidos levemente atontados, pero puedo caminar a toda velocidad como para no perderla. Por un lado me cuestiono para que quiero encontrarla, y por otro lado no imagino estar cerca de ella y no verla con mis propios ojos, sostenerla entre mis brazos, devorarle los labios.
─Señor, esto es demasiado.
Escucho protestar al empleado una vez más, pero lo dejo detrás, saliendo del bar en dirección al hall del hotel. Mis ojos la buscan de manera desesperada, pero no hay nadie como ella. Nadie de nadie. La sentí, juro que la sentí reírse cerca mío. Noto a una empleada del hotel concentrada en alguna tarea que poco me interesa.
─ Disculpe, señorita.
─ ¿Señor Malfoy, en que puedo ayudarlo?
Intento no sonar desesperado, pero sé que poco puedo ocultar mi creciente desesperación. Es indisimulable. No puedo verme pero imagino mis ojos luciendo levemente psicóticos, mi ropa está mojada con el whisky que derramé y mi cabello no se familiariza con un peine o una botella de gel en días.
─ Me pareció escuchar a Hermione Granger. ¿Se está hospedando alguien con ese nombre?
─ No señor Malfoy, no hay nadie con ese nombre.
─ ¡Pero yo la escuché!
El grito resuena en todo el hall del hotel y el golpe de mi puño sobre la superficie del mostrador de recepción hace saltar a la empleada de modo que las líneas de expresión de su rostro bordean en el miedo. Que no tenga miedo, no le voy a hacer nada, el único que corre riesgo soy yo.
─ Lo siento señor Malfoy, no hay nadie llamado Hermione Granger en el hotel.
Asiento, porque no me queda nada más por hacer. Asiento, rendido, aceptando que la cordura será lo próximo que pierda. Yo la escuche, insisto que yo la escuché. Tiene que estar por algún lado. Tiene que estarlo.
─ Señor Malfoy ─ esta vez es un joven con cara de cansado quien se dirige a mí. ─Hay alguien esperándolo en su habitación.
Estaba seguro que ella estaba aquí. No respondo, no agradezco, sólo dejo que mis piernas avancen a toda velocidad hacia los ascensores. Tal vez tardan minutos, pero yo puedo jurar que son horas. Horas eternas en las cuales nada llega a mí que me permita acceder a ella. Entre la furia aprieto con violencia el botón que llama al ascensor vez tras vez. Eventualmente me alcanza. Eventualmente puedo llegar a ella.
Vuelvo a perder tiempo subiendo, vuelvo a perder tiempo hasta que por fin veo el interior de la terraza donde me estoy hospedando. No hay nadie allí. En mi dormitorio, tiene que estar en mi dormitorio. Avanzo en decididas y amplias zancadas hasta el dormitorio y ahí está mi visita. No es ella, no es Hermione Granger, es Daphne. Sus piernas están desnudas, su vestido está en el suelo de mi habitación, su cuerpo está levemente cubierto por una camisa mía ya usada y a través de la fina tela puedo delinear la curva de sus senos y la oscuridad de sus pezones.
─ ¡Draco! ─exclama con una sonrisa.
─ ¿Qué haces aquí?
─ Te dije que iba a venir a visitarte ─su sonrisa es cómplice y el avanzar sus piernas me da un aire de seducción.
No me pregunto porque Daphne está allí desnuda, exceptuando por mi camisa, ni tampoco por que está intentando seducirme. La realidad es que francamente no me importa. Podría estar totalmente desnuda y aún así no me tomaría ni un segundo en verla como algo más que lo que es: mi cuñada.
─ No eres Hermione.
─ ¿Qué Hermione? ─pregunta confundida.
─ Hermione Granger. No eres Hermione Granger.
─ ¡Por supuesto que no! ─exclama horrorizada. ─ ¿Por qué estaría Hermione Granger aquí?
─ No lo sé. No me eligió a mí, lo eligió a Ronald Weasley. Aún cuando Tori murió y por fin podíamos estar juntos, lo eligió a él. ─sonrío porque imaginó que no entendió nada. ─Sí, Daph, engañé a tu hermana con Hermione Granger. Y lo volvería a hacer mil veces más.
