N/A: ¡Buenas!
Parece ser que por el momento soy capaz de mantener mi palabra y subir seguido.
La realidad es que es el apoyo que esta historia ha seguido teniendo lo que me ha llevado a bajo ningún punto de vista abandonarla.
Quiero agradecerles porque además del amortentia award al mejor long fic erótico, también ganó en los People's choice Dramio en la misma categoría.
Como les dije es el último tirón. Después de este son dos capítulos más y tenemos el final.
Les mando un beso enorme a todxs.
Gracias por el apoyo incondicional,
Albertina
PERFIDIA
Capitulo 18
Espero el inevitable colapso.
No llega nunca. Daphne permanece impávida frente a mi, con sus ojos fijos en los míos pero con una capa cristalina sobre los mismos, dando a entender que en realidad no está mirando, sino que está perdida en su cabeza. No entiendo, no termino de entender por que mierda no me lanza un Avada, o por que no me golpea con toda la fuerza que logren proyectar sus delgados brazos. Me lo merezco, merezco que de una vez por todas alguien me destroce el rostro a golpes, que me deje tirado en el suelo y luchando por respirar. Necesito que alguien se vengue por Astoria, porque ella no tuvo la oportunidad de hacerlo.
─No lo planee ─insisto, viendo si al continuar hablando del tema reacciona.
No obtengo respuesta así que me quedo como ella, mirándola fijo, sin emitir sonido, prácticamente sin respirar. Estoy intentando entenderla, entender que hace allí, prácticamente desnuda, esperándome en mi habitación. Es sólo cuando Daphne cambia de posición y las mangas de mi camisa se deslizan por sus brazos que los noto. Aureolas borgoña se cierran alrededor de sus brazos, evidencia de una fuerza excesiva en alguien de contextura tan delgada. Evidencia de que el hijo de puta con el que sigue casada es un homicida en potencia. La veo reaccionar cuando se da cuenta que descubrí su secreto, que noté las evidencias de un matrimonio, que más que matrimonio es una tortura.
─Nadie va a querer estar conmigo ─explica. ─En nuestra sociedad la gente que se separa queda manchada de por vida. Es como la mierda de marca esa que tienen en el brazo, los dejó manchados para siempre.
─¿Te separaste?
La pregunta la hago de manera esperanzadora y no porque tenga la más mínima intención de llevar a cabo el plan que tan claramente puedo notar que Daphne tiene. No, no voy a estar con ella. No vamos a ser el viudo y la separada que encuentran en el amor después de la decepción y la tristeza. Va a tener mi apoyo de por vida, no sólo por haber sido una amiga tantos años atrás, sino por ser la hermana de quien fue mi mujer. Es y siempre será familia. Pero no voy a estar con ella, ni ahora ni en diez años, ni aunque Hermione desaparezca de la faz de la tierra.
─No, pero vine a estar contigo. ─elabora. ─Intentémoslo, Draco.
─Te acabo de decir que engañé a tu hermana con Hermione Granger y esta es la reacción que consigo…
Sueno confundido y levemente asqueado, porque así me siento. Esta vez si espero al petardo que sabe ser Daphne explotar por los aires en una vorágine de furia, pero no. Nada. Absolutamente ninguna reacción. Si tuviera a Hermione frente a mí le diría: ves, mi amor, tenemos que estar juntos. El mundo lo acepta.
─Pero ella está muerta. ─susurra. ─Ella se murió y me dejo viviendo este infierno a mí sola.
─Daphne…
─¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! ─exclama indignada, recordando que los moretones siguen a la vista y cubriéndolos. ─¡Ya sé que ella es la que murió!
Entiendo lo que no agrega, lo entiendo perfectamente. Entiendo que quiere decir, que entiende que ella es la beneficiada, que ella es la de la suerte, que a ella le toca continuar viviendo y a su hermana no. Pero también entiendo cuando quiere decir que la resiente por morir, porque la que se tendría que haber muerto es ella, porque ella es la que no aguanta un segundo más en este mundo. También entiendo esa parte de ella que intenta racionalizar el hecho de que yo engañando a Tori es terrible, pero que pierde con aquella parte que se regocija en el saber que la vida de su hermana no era tan perfecta como le gustaba aparentar. La entiendo en cada capa de complejas emociones porque fuimos cortados con la misma tela y vivimos la lucha de diaria de no ser una mierda, de no sentir cosas horribles y pensar cosas terribles, a pesar de que ese es el primer instinto que domina.
─Déjalo ─pido con decisión.
─Es preferible morir.
─Tienes mi apoyo, tienes todo a tu disposición. ─intento razonar. ─Nadie va a ponerte en tela de juicio porque nadie se animará a hacerlo. Lo prometo.
Veo los ojos de Daphne brillar. Los veo maquinando las mil posibilidades de como proseguir, porque no es Gryffindor que es puro impulso. No. Es Slytherin y nosotros planificamos cada estrategia con lujo de detalle. Ella está buscando la más eficiente. No sé si la alcanza, pero eventualmente llega a una conclusión. No espero que la comparta. Y no lo hace. Sólo continua con su postura.
─Piénsalo, Draco ─asiento. ─Antes que estar solos, es preferible estar juntos. Formar una familia. Seguir adelante.
─No puedo, Daphne. No contigo. ─insisto. ─Pero prometo que lo pensaré.
La promesa es vacía y ella lo sabe. Igualmente asiente, igualmente deja que el momento pase, dándome una oportunidad para huir o para decidir como seguir con la situación. Lo único que hago es recordar que no era su risa, recordar que por algún motivo la pensé, la sentí, pero estaba sólo allí, en mi cabeza. En ningún otro lado. No en este hotel, al menos. Acabo inhalando profundamente antes de soltar el aire con toda la parsimonia que logro congregar, rogando que me de tiempo y valor a actuar.
─Quédate aquí. Yo me voy al dormitorio en el que estaba Theo.
Daphne sólo asiente, trepando lentamente a la cama, hasta dejarse caer contra las almohadas. Cerrando los ojos, probablemente pretendiendo que el mundo no existe. No sé que decirle, no sé como ayudarla.
─Avisaré en recepción que tenes autorización a la caja fuerte. ─elaboro. ─Vé, comprate lo que necesites, contrata un buen litigante y lleva a ese hijo de puta frente a la corte del ministerio. Te mereces ser libre, Daphne.
Ella sólo asiente, pero sé que no está aceptando mi plan, sino que es su manera de decir que no tiene más ganas de hablar. ¿Y quién soy yo para insistir? Aún más cuando soy el sujeto más cerrado que he conocido en toda mi vida. Lo acepto y la dejo descansar, retirándome al cuarto que solía ser de Theo y en el cual planeo pasar el tiempo que me queda hasta la gala.
Lo hago, los días que transcurren los paso encerrados en mi habitación de hotel. Estoy sucio, porque no recuerdo la última vez que tomé un baño, pero al menos estoy siendo productivo, porque avanzo con cada negocio del trabajo tanto como me es posible. Mi pobre joven secretaria recibe lechuzas de mi parte a una velocidad que la debe estar atosigando. Debo reconocer que es eficiente, porque cada una de ellas es respondida con mi pedido. Debo recordar aumentarle el sueldo, a pesar de que en el momento es más que generoso. Empleados felices, son empleados productivos.
Los golpes en la puerta del dormitorio me sacan de mi estupor laboral. Ni me levanto, sino que tomo mi varita y abro, invitando a quien sea que esté fuera a que entre. Daphne lo hace, avanzando de manera pulcra e impecable de un modo que me recuerda demasiado a mi ex mujer. El vestido que lleva puesto luce nuevo, con las piedras que le sujetan al cuello destellando, haciendo valer cada galleon que valieron. No sé si lo pagué yo y no me importa. Me alegra verla recuperada.
─Me voy. ─avisa con una tímida sonrisa en los labios.
─¿A Bulgaria? ─niega con la cabeza y eso me alivia de una forma que no esperaba sentir. ─Bien.
─Vuelvo a casa de mis padres, en Inglaterra. ─elabora. ─Aceptaron apoyarme en la separación.
─Cualquier cosa sabes que la mansión está a tu disposición. ─vuelve a asentir y entonces lo recuerdo. ─¿No asistirás a la gala? Tengo una invitación que incluye a alguien más y no la he usado en nadie.
─No tengo el ánimo. ─explica. ─gracias de todos modos.
Esta vez me toca asentir a mí, recordando que debo lucir como un mendigo. Llevo sólo un pantalón de vestir, mis camisas quedaron en la otra habitación y la realidad es que no necesitaba vestirme para nadie. El cabello debe destilar grasa por la falta de higiene y mis ojos deben tener el apoyo de una gruesa medialuna violeta descansando debajo. Daphne nota mi apariencia porque mira la habitación y luego a mí.
─Si piensas impresionarla, arréglate.
No sé como me siento respecto a ese comentario, pero asiento, porque suena como la manera más sencilla de romper con el momento. Es mi manera de decirle que registré su palabra, pero que se vaya, porque no tengo los huevos de hablar de ese tema con ella. No tengo las agallas de contarle lo que sufro, lo que duele, lo que la extraño. Soy cagón hasta para decirle cuanto amo a Hermione Granger y cuanto quiero morirme todos los días que pasan y ella no está conmigo.
Daphne se va y elijo seguir su consejo. Me levanto de la cama con toda la tensión que estar por verla me puede generar. Siento los músculos de mis piernas agarrotados, mis manos tiemblan de manera incesante y mi respiración es superficial y angustiosa. Pero consigo hacerlo, consigo tomar una ducha, consigo arreglar mi cabello y disimular las ojeras, consigo meterme dentro del mejor frac de gala que conseguí en todo París y consigo salir de ese hotel.
El ministerio de la magia francés está relativamente tranquilo. Los pasillos lucen oscuros, como si la jornada laboral hubiera acabado. Es en el pasillo del uso indebido de la magia donde una puerta destella luz del interior de la habitación. Al entrar en ella, soy recibido por un salón de proporciones monumentales. Del cielo cuelga una vasta cantidad de arañas de cristal al mejor estilo rococó, iluminando la habitación de manera que bordea lo encandilante. En un sector se ubican no más de diez mesas redondas cubiertas de seda blanca, donde los invitados pueden apoyar lo que sea que no quieran sostener más. El resto de la habitación está siendo decorada por la estrepitosa variedad de telas, colores y accesorios que lucen mayormente las invitadas femeninas.
Me adentro de manera tentativa, temiendo cruzarla, pero deseando hacerlo con todo lo que tengo en mi interior. ¿Será así como se siente Theo cuando sabe que va a beber alcohol luego de estar sobrio por un buen tiempo? Es una vorágine en el interior, es miedo mezclado con excitación y empapado de desesperación. Es ansiedad en su estado más puro. Es pánico que devora los labios de la esperanza.
No llego a verla cuando siento a alguien tomarme del brazo. Salto, inevitablemente salto, sintiendo como mi corazón se acelera haciéndose eco del sentimiento. A mi costado veo la esbelta figura de Lea Demarchelier. Sus labios están esbozando una cálida sonrisa de bienvenida que si se mira fijamente deja entrever su lado lascivo. El lado que intenta seducirme en silencio, de a susurros, de modo que nadie lo escuche salvo yo, que nadie lo note, salvo yo. No me importa notarlo o no, porque eso no cambia el hecho de que no quiero nada con ella. Es demasiado cartel encendido para pasar una noche y una mujer como ella tiene la confianza de agarrarme de las pelotas con intenciones de moldearme como un pedazo de maza para pan.
─Lea. ─saludo de manera cordial pero fría.
Sus claros ojos, enmarcados por una linea de largas y negras pestañas, me miran con intensidad. Tantos hechizos de belleza deben haber ido puestos en hacerla lucir así, que me pregunto como será Lea detrás de ellos. No dudo que hermosa, pero diferente. Ampliamente diferente. Tal vez lo cuestiono porque a pesar de no usar hechizos de belleza, yo también me muestro de una manera que no soy. Ella agrega glamour, yo agrego desinterés y frialdad.
─Bienvenido, Señor Malfoy. ─saluda pretendiendo mantener una formalidad que se desvanece en el contacto. ─Me alegra haber sido la primera en recibirlo.
─El evento luce excelente.
Es todo lo que tengo para decir, antes de hacer mi primer intento de soltarme del agarre que Lea tiene en mi brazo. Sus largas uñas color atardecer, sin embargo, se aferran a la piel que descansa debajo de la fina tela negra de mi frac.
─Permítame que lo presente a los invitados más destacados de la velada. ─comienza. ─No dudo que se sentirán afortunados de tener el privilegio de conversar con un exitoso hombre de negocios como es usted.
No me interesa conocer a nadie. No me importa si el millonario más apestado en oro y con la voluntad de tomar las peores decisiones de su vida está allí. Ni aunque me ofrezcan el negocio mas magistral que he llevado a cabo, nada, absolutamente nada puede interesarme más que el hecho de que estoy bajo el mismo techo que Hermione Granger y no la encuentro.
─Te agradezco, Lea pe-
No logro terminar la oración cuando la escucho. Escucho esa misma risa campaneando en mi cercanía. Es la de ella, esta vez tiene que ser la de ella. Podría jurárselo a Merlín o a Circe, incluso si amenazan con quitarme la vida si estoy equivocado. No puedo estar equivocado, sé que es ella. Mi cuerpo reacciona acorde y me siento mover el cuello de manera desesperada en todas las direcciones. Eventualmente la veo. Es ella.
─¿Qué decía Señor Malfoy?
─Ahí se encuentra un compañero de negocios con quien debo ponerme al día, gracias por el recibimiento.
Mis ojos ni siquiera se posan en la ministra de la magia francesa por un segundo. No me importa verla, no me importa saber si está decepcionada, molesta u ofendida. La puede estar matando un escorguto de cola explosiva a mi lado que no sería capaz de voltear la vista de donde la tengo fija. Allí está, luciendo un vestido del más impactante verde esmeralda. Su cabello cae en delicadas ondas que enmarcan su cara, pese a que la gran mayoría del mismo se dedica a formar un torpe recogido detrás de sus orejas. Son sus labios lo que me aceleran el pulso, destellando en un rojo carmesí que me trae tantos recuerdos que me puedo sentir perder la cordura. En especial cuando noto el colgante y el dije de gato que ahora sabe, fue un regalo mío.
Ella está rodeada, esta acaparando la atención de todos a su alrededor, hipnotizándolos aún cuando habla de elfos domésticos, sus derechos y tantas otras cosas que a ninguno de los allí parados le interesa. Sus ojos marrones hacen contacto con los de cada uno de los que está en la conversación, de esa manera los hace sentir especial y de esa manera demuestra el control de la situación. Prácticamente los desafía a contradecirla, a demostrar el más mínimo desinterés. Nadie lo hace, por supuesto que nadie lo hace.
Eventualmente ocurre, sin embargo, me mira. Sus ojos se elevan hasta dar en los míos y puedo ver su postura tensionarse. No deja de hacerlo, no deja de mirarme fijo, antes de volverse a su audiencia y decirles algo. No logro procesar lo que está ocurriendo cuando la veo abrirse camino entre la gente, en dirección a mí. ¿Cómo hago para poner en palabras como me siento? No lo sé. Es sentir todo lo que se puede sentir. Es querer besarla en medio de todo el mundo, es querer abrazarla y romper en llanto, es querer rogarle que me elija, es querer decirle que todo su rostro me dice que está ahí por mí, es querer seguir dejándola libre y pretendiendo que en verdad no me estoy muriendo por dentro.
Allí acaba su recorrido, en la baldosa frente a la mía, justo donde veo cada recoveco de su rostro con lujo de detalle. Te amo, esas son las palabras que amenazan con escapar mis labios a cada instante. De los de ella no sale ninguna, no dice nada, sólo me sonríe con cautela, mirándome fijo, invitándome a dar el primer paso.
─Fue idea de Theo. ─es todo lo que logro decir.
─Gracias. ─sé que la contracción de mi rostro es una de incertidumbre y ella sonríe antes de elaborar. ─puede haber sido idea de Theo, pero sé que sin tu aprobación no estaría aquí.
─¿Estás sola?
Es una pregunta inocente, pero los dos sabemos que en verdad no lo es. No entre nosotros. No cuando fuimos amantes por tanto tiempo, escondiéndonos en las sombras, follando como conejos con nuestros respectivos cónyuges conversando del otro lado de la pared. Esa pregunta es todo menos inocente cuando se trata de ella y yo. Es el movimiento de mano que enciende la cerilla antes de prender todo fuego.
Ella asiente y me puedo sentir perdiendo el aire.
Estoy por elaborar, estoy por sacarle más información cuando un maldito hijo de puta aparece frente a nosotros. Su cara redonda y regordeta ha hecho desaparecer su cuello y los botones que tanto esfuerzo hacen por cerrar su saco rozan contra el brazo de Hermione. Quiero atacarlo ahí al mal nacido, quiero matarlo, destrozarlo, lanzarle tantos avadas que ya no quede ni cadáver para recordar. No lo hago, por supuesto que no lo hago y el infeliz abre la boca antes de que proteste.
─Buenas noches, señora Granger. ─comienza. ─lamento molestarla, pero estoy interesado en escuchar sobre el trabajo que hace usted con los elfos domésticos. ─toma a Hermione del brazo. ─tal vez pueda elaborar mientras compartimos una copa de champagne.
Veo la disculpa en sus ojos marrones antes de asentir y volverse a su intenso admirador. Maldito hijo de puta, como si le importara una mierda de los elfos domésticos. Los debe tener a todos escuálidos, tratándolos como un pedazo de basura en donde mierda sea que tenga la pocilga de hogar. Le acabo dando una sonrisa forzada a ella, dándole a entender que comprendo que no está huyendo, sino que la situación amerita que se aleje de mí.
No hago nada más que mirarla por tanto tiempo como soy consciente. Intercambio dos o tres palabras con aquellos que se acercan a hablarme. Me ofrecen propuestas de negocios, solicitan una cita para tener una entrevista conmigo y hasta aspiran a hacerme prometer que voy a soltar todos los detalles de la vida de viudo en una revista del corazón. No me importa nada de que tienen para decirme, sólo me importa ella, quien cada pequeños instantes está mirando en mi dirección. Clavando sus ojos marrones en los míos. Hablándome en un idioma que sólo nosotros manejamos.
¿Cómo logro precisar cuanto tiempo seguimos jugando ese juego? Pueden haber sido minutos como horas. Sólo sé que la intensidad de su mirada está cada vez más nublada, más cargada de algo que no logro descifrar. Es un tifón de miedos y certezas, mezclado con fantasías y realidades. Son millones de finas capaz que procuran persistir en armonía pero desean destrozarse de la manera más violenta. Pero eventualmente ocurre. Eventualmente todo cambia y yo puedo sentir mi pulso acelerarse como si acabara de ver la snitch dorada en la final del mundo.
Sus dientes se cierran delicadamente alrededor de su labio inferior, sus párpados pesan, siendo víctimas de todo lo que está sintiendo y los dedos de su mano izquierda encuentran el perfecto entretenimiento en las hebras de cabello que caen al lado de su rostro. Me mira, sólo un segundo, dice algo a quienes están acaparando su atención y comienza su camino hacia la salida. Tardo en reaccionar, tardo en dejar que el estupor me abandone antes de darle permiso a mis piernas a moverse.
Se siente como un deja vú o un flashback. Es un viaje en el tiempo y de pronto puedo ver en todas las personas que nos rodean, los rostros de aquellos más cercanos. Está Potter, está la menor de los Weasley, está Blaise y Theo y Luna Lovegood. Está Astoria y está Ronald. Están todos y todos me están mirando, pero no me importa, porque los voy a ignorar. Los voy a ignorar porque esta vez ya me importa una mierda si saben lo que voy a hacer o no. La sigo, avanzo hasta fuera del salón, reencontrándome con el oscuro pasillo del ministerio de la magia francés. Sólo que esta vez, en una de las oficinas del fondo, también hay un destello de luz del interior.
Avanzo con toda la decisión que mueve montañas. Avanzo tan rápido como me es posible sin correr. La puerta, sin embargo, la abro lentamente, temiendo descubrir lo que está del otro lado. Es una oficina, estaba en lo cierto, y lo único encendido es una enclenque lámpara de escritorio que no ilumina más que a treinta centímetros a la redonda. Parada frente al escritorio, de espaldas a mí, está ella. Su rostro está volteado y sus ojos me miran por el rabillo, haciendo contacto con los míos. Noto el recogido de su cabello ausente, dejando en su lugar domadas ondas cayendo por entre los omóplatos.
Quiero decirle algo, quiero hacer algún comentario interesante o revelador. Una parte mía, una ínfima parte mía, incluso, quiere ponerse firme y decirle que no voy a estar con ella a menos que me elija. Acabo no diciendo nada y ella acaba haciendo lo mismo. En cambio lo que hago es avanzar a toda velocidad y voltearla de modo que sus labios queden alineados con los míos, del mismo modo que su silueta y en lo que tarda un latido estoy rodeando sus labios con los míos. Es brusco, es fuerte, es voraz. Tanto que siento el quejido que nace de su garganta, antes de rodear mi cuello e intensificar el contacto.
Es todo primitivo, como aquellos primeros encuentros donde no sabíamos que estábamos haciendo, ni cual era el objetivo, donde todavía sentíamos culpa y temblábamos ante la realidad de saber que podíamos ser encontrados. La intensidad de sus uñas presionan contra la piel de mi nuca con tanta fuerza que puedo sentir el ardor que deja salir ínfimos hilos de sangre y el que gruñe esta vez soy yo. La única respuesta que me nace es voltearla, empujando su torso sobre el escritorio antes de subir la falda de su vestido hasta su cadera. Ella ayuda, porque siempre fue condenadamente servicial en el dormitorio o en donde mierda fuera que folláramos. Le gusta, le gusta tanto como a mí y suelto un suspiro de indignación al ver el largo de sus piernas acabando en la más deliciosa redondez de su trasero, y recordando como paso tanto tiempo desde la última vez que las tuve frente a mí.
No dudo en besarlas, en recorrerlas con mis labios, mis manos y hasta mis dientes. Cada mordisco volviéndose más primitivo al acercarme al punto justo al cual deseo llegar. Sus gemidos brindan la perfecta música ambiente para la situación y puedo sentir el dolor de mi erección que demanda ser atendida cuanto antes. Lo ignoro y en cambio alcanzo la fina tela de encaje colorado que recubre la humedad de su excitación. Pienso en removerla, dejarla caer hasta el suelo, pero acabo corriéndola a un costado antes de probarla después de tanto tiempo. Es un puto oasis en la mitad del condenado infierno y el gruñido que nace de mi garganta se acopla con el gemir que nace de la suya.
Elijo saborearla como un infeliz niño tomando una paleta de helado por primera vez. La humedad de los pliegues, el sabor de su necesidad, el latir de la bola de nervios que ruega que juegue con ella. Todo acompañado de la agitación de su respiración y los desesperados sonidos que abandonan su cuerpo se intensifica cuando dos dígitos míos se reencuentran con su profundidad. Es lento el mecer dentro y fuera, hasta que ya no lo es tanto y estoy seguro lo que viene si sigo así. Siento las contracciones en su interior creciendo, desesperándose con cada roce mío, con cada movimiento, con cada sonido hasta que eventualmente allí está: la explosión que estruja mis dedos con agonía. Su cuerpo entero se hace eco de las olas de placer y mientras ella disfruta rompo la maldita tela de encaje colorado y la dejo caer al suelo con bronca.
─Malfoy… ─susurra con cierto grado de letargo en su voz.
─Draco. Draco. Draco. ─sueno molesto y la tomo del cabello con fuerza, haciéndola voltear a mirarme a los ojos.
─Draco.
No dice nada más que eso, mi nombre y nada más. Leo sus intenciones y las compruebo correctas cuando apoya sus rodillas sobre la vieja y polvorienta alfombra debajo nuestro. No quiero eso, quiero sentir lo que era estar dentro de ella. En otro momento aprovecharé la oportunidad pero no ahora.
─No.
Sus ojos marrones se elevan a clavarse en los míos, mientras sus manos juegan con el cinturón alrededor de mi cintura. Elijo sacarme el maldito saco del frac mientras ella acaba con la hebilla y libera mi erección. El aire fresco de la noche sólo eleva la desesperación y no pienso aguantar un segundo más.
─¡No!
Esta vez lo exclamo y ella se pone de pie, mirándome con confusión. No, Hermione, no te quiero de rodillas frente a mí. No esta noche, esta noche soy yo el maldito seguidor que te ruega de rodillas. Vuelvo a besarla con bronca, aunque sea para quitar la confusión de las líneas de su rostro y mientras se ocupa de desprender los botones de mi camisa la volteo, de modo que quede yo contra el escritorio. Siento el borde de madera contra mi trasero y sobre la apaleada superficie me siento, acabando el beso, dejando que mis pies cuelguen por el borde antes de volver a mirarla.
Enseguida me entiende porque tenemos tanta piel que se convirtió en una sola. No lo duda antes de volver a sostener la falda de su vestido a la altura de su cadera. Yo la tomo de la cintura y en un instante está sobre mí. Sus rodillas descansan flexionadas a cada lado mío y alineo mi erección debajo de ella, esperando que descienda hasta hacernos sentir el maldito paraíso una vez más. Sus ojos marrones se clavan en los míos, un segundo, dos segundos, tres segundos, toma su labio inferior entre sus dientes y entonces la siento. Húmeda, estrecha, perfecta. No logro resistirme y dejo caer mis párpados antes de tirar mi cabeza hasta atrás, bloqueando la mayor cantidad de sentidos para que el estar dentro de ella sea todo lo que habita en mi universo.
─Puta vida de mierda ─murmuro. ─¿Por qué mierda no hacemos esto todos los días de nuestras vidas?
Hermione no responde, en cambio se eleva una vez más antes de descender sobre mis piernas de manera letárgica, provocadora. Me sonríe de manera juguetona, tomando el control de la situación como tan magistralmente sabe hacerlo.
─No quiero que te aburras.
Me río, no tengo más que hacer que reírme, en consecuencia es su sonrisa la que se agranda antes de subir y bajar una vez más. ¿Aburrirme? Imposible. Jamás me podría aburrir de esa mujer ni aunque pase cada instante de mi vida con ella. Su torso desciende hacia delante mientras sus manos se apoyan en mi pecho de manera autoritaria. Sus uñas se abren camino debajo de mi piel una vez más y sé que lo hace apropósito.
─No te borres las marcas.
El comentario es susurrado, pero aspira a que la escuche. Que la escuche decirme lo que quiere significar. Dejame quedarte en tu piel aunque esté lejos, dejame seguir contigo aunque pretendamos terminar esta adicción de manera permanente. Eso quiere decirme. No me borres porque ya no te tenés que ocultar y me podes elegir. Eso quiere decirme. Le falta agregar que ella sí va a borrar cualquier rastro porque ella sí debe ocultarse.
Ignoro toda esa mierda y en cambio la tomo de la cadera, acelerando sus movimientos con brusquedad. El control que parecía mostrar se desvanece y acaba cerrando sus ojos y tirando su cabeza hacia atrás. No sé cuanto duramos, pero ninguno aguanta demasiado. En el instante que siento el grito que le nace del interior me dejo caer por el mismo abismo, siguiéndola en la locura y la perdición. Eventualmente caemos, nos estrellamos contra el suelo y volvemos a la realidad. Ella no se tira sobre mí, no nos abrazamos, no nos hacemos caricias como dos enamorados porque podremos serlos, pero también somos dos pedazos de mierda asustados hasta la sien. Cobardes o egoístas. No sé que somos, probablemente ambas.
Yo elijo no moverme, pero ella se pone de pie, poniendo una distancia entre nosotros que no estoy seguro que necesitemos, pero en la que ella insiste. Es condenadamente testaruda y la parte más primitiva mía quiere atarla a mi cama y decirle que no se va a ir a ningún lado porque las decisiones que toma son nefastas y sin sentido. La veo arreglarse, volver a atarse el cabello, remover las arrugas de la falda de su vestido y hasta arreglar el estúpido pedazo de ropa interior. Elijo hablar antes de que se me vaya una vez más.
─¿Sigues con Ron?
─Cada vez estoy menos segura.
Lo que sigue es un beso de despedida y tal vez es mi petulancia o mi irrefrenable necesidad de que tenemos una oportunidad juntos, pero esta vez la despedida tiene más sabor a un hasta luego que a un adiós.
