-Él a estado tan... alejado, reprimido estás semanas. Algo está pasando y no quiere decírmelo, si tan solo confiara en mi todo sería más facíl: le pregunté ayer en la mañana y me dijo que no me preocupe, que cuando se recupere, y cito; regresará a mi- Amy tomó un largo trago de su copa llena de vino.

-¿Regresará a ti? Wow, que profundo- Dijo Bernadette sorprendida.

-¿Qué crees que le sucede?- Pregunto Penny.

-No lo sé, se está volviendo demasiado para mi... En lo físico; hace más de dos semanas que sólo es un beso de buenas noches... y listo, a dormir- Confeso la neurocientifica con tristeza.

-¿Y qué piensas hacer?

-No lo sé- Respondió suspirando pesadamente. -Por ahora, sólo quiero relajarme y no pensar en mí esposo.

Bernadette, Penny y Amy pasaron una divertida noche de chicas luego de eso, bebieron unos tragos y jugaron unos juegos de mesa de Leonard. No era precisamente sus ideas de diversión pero la pequeña rubia había insistido, recordando aquella vez que jugaron Dungeons and Dragons con los chicos.

-Entonces, Amy... el dragón está esperandote con una espada y un tarro grande lleno de helado. ¿Qué haces?- Dijo Penny entre hipo e hipo, riéndose ya muy mareada.

-Lo distraigo lo suficiente para quitarle espada y clavársela en el estómago, luego recojo el helado y vuelvo a mi casa para ver sex and the city.

Las tres chicas se rieron a carcajadas por la idea de Amy.

Sheldon, Leonard y Howard regresaron de la tienda de cómics, entraron al departamento 4A para encontrar a sus esposas completamente ebrias escuchando una canción de Queen, Sheldon miró a Amy y recordó cuando le hizo escuchar una canción de la misma banda ayer en la mañana.

-¡Leonard!- Exclamó Penny muy feliz de verlo. Se levantó torpemente del sofá tropenzándose con sus propios pies y se tiró a los brazos de su esposo.

-Penny...- Dijo Leonard.

-Shhh, no digas nada. ¡Vamos, vamos!- Gríto tomándolo del brazo arrastrandolo a su habitación. -¡Adios chicas!

-Howie, por qué no vamos a casa y jugamos en la habitación... mi dungeon master sexi- Sugirió Bernadette en tono juguetón, la pareja de baja estatura salió del departamento bajando rápidamente las escaleras.

Sheldon y Amy se quedaron parados en la sala, callados. La neurocientífica salió del departamento siendo seguida por su esposo, abrió la puerta del 4B y fue directo a la habitación, todo en su cabeza daba vueltas debido al alcohol y los malos momentos de esta semana. Se hechó en la cama en posición fetal sollozando muy bajito, Sheldon se quedó parado en la puerta observándola y luego de unos minutos de sentó a su lado.

Amy lo miró, seguía siendo él, el hombre que la enamoró completamente; el que le quitó la virginidad, el hombre con el que se casó. Ese sentimiento comenzó a abrumarla, con los ojos rojos y llenos de lágrimas se acercó hacia Sheldon, tirándolo hacia ella para besarlo apasionadamente como hace meses no lo hacía.

Luego de unos momentos, se dió cuenta de que Sheldon no estaba respondiendo a su beso, simplemente se quedó quieto, abriendo un poco la boca para que ella haga lo que le plazca. Amy se aparto y lo miró a los ojos, herida. Los ojos de Sheldon se llenaron de lágrimas cuando la miró y ahí fue cuando supo todo, cuando entendió todo.

Él ya no la amaba.

-Amy...- Empezó a decir.

-Déjame, vete- Dijo al sentir la gran mano del físico apoyada en su cadera.

-Por favor, si quieres podemos participar en las actividades...

-No quiero tener sexo contigo Sheldon.

El físico la miró con sorpresa pero evidente razón.

-Esta bien- Dijo simplemente saliendo de la habitación.

Recogió su chaqueta y salió del departamento, dejando sola a Amy. Si ella quería odiarlo, él se lo permitiría sin restricciones, pero no quería estar ahí para verlo. Resulto ser un poco difícil que su propia esposa le dijera que no quiere sexo con él, pero él sorprendentemente... tampoco quería sexo con ella.

Ahora, el problema era que no sabía dónde ir y no quería ver a Libby en este momento, ella era la culpable de todo lo que le estaba pasando, o eso pensaba.

Camino por las oscuras calles de Pasadena un poco paranoico, eran más de las 23:00 de la noche. Encontró un bar abierto y decidió entrar cuando terminó de verificar si ninguna de las personas que estaban en el lugar eran mafiosos, drogadictos o vagabundos. Tomó asiento en la barra y pidió un té helado de Long Island.

Varios vasos después, decidió que no sería suficiente; entonces le pidió algo un poco más fuerte al cantinero.

-¿Problemas de mujeres amigo?- Pregunto el cantinero preparándole otro trago, era mucho más joven que Sheldon.

-De hecho- Respondió simplemente.

-¿Y qué ocurrió?

-¿Por qué te interesaría? Nisiquiera me conoces- Dijo tajantemente.

-En realidad no me interesa en lo más mínimo lo que le pase a las personas amigo, pero te diré que; tengo que quedarme aquí hasta que las personas como tú se harten de beber. Lo único que puedo hacer es volverme una clase de psicólogo y escuchar sus problemas.

Sheldon lo miró por unos momentos.

-Buen punto- Felicitó. -Te lo contaré, pero tiene que quedar entre nosotros; nadie más puede saberlo.

Amy estuvo llorando horas tirada en la cama, pensando en los últimos 9 años que estuvo con Sheldon. ¿Serían años desperdiciados? Ella dejó todo por él, incluso la oportunidad de ir a Princeton.

Ella podría haber tenido otro doctorado ahora, pero lo que no sabía es si Sheldon igualmente le hubiera propuesto matrimonio. ¿Y si Ramona no lo hubiera besado? Probablemente nisiquiera estarían casados ahora.

¿Y si ella no hubiera terminado con él? Nisiquiera hubieran tenido coito.

Con rabia y tristeza, miró el anillo en su dedo.

No quería y no podía estar así.

A la noche del día siguiente, le dijo a Sheldon que hoy no tenía ganas de cenar con los chicos en el 4A. Sospechando que ella quería hablar con él, Sheldon decidió quedarse también.

Ambos cenaron en silencio. La neurocientífica tenía toda su atención puesta en el plato frente a ella.

-¿Te ocurre algo está noche? Has estado muy callada- Comentó Sheldon sin mirarla.

Ella no respondió y siguió comiendo como si nada.

-Amy te estoy hablando... ¡Amy!- Exclamó sobresaltándola.

-¿¡Qué!?

-Te pregunté si te pasaba algo, pero es obvio que si.

-Tengo que hablarte sobre algo...

-Bien- Dejó a un lado su tenedor y la miró atentamente. -Habla.

-Quiero que vayamos a una terapia matrimonial.

-¿Qué?- Preguntó incrédulo.

-Lo que oíste.

-No nos servirá de nada, será un desperdicio de dinero.

-Despialfarras todo tu dinero en libros ilustrados de hombres voladores en ropa interior de colores, podrías poner algo de empeño en esto. ¿Acaso no quieres que estemos mejor?

-¡Porsupuesto que sí quiero!- Exclamó exasperado. -Dime cuando quieres ir a preguntar y te acompañaré.

-De hecho, encontré un profesional en Altadena y según lo que he leído en su página de internet, es muy confiable. Mañana tenemos nuestra primer consulta.

-Oh- Dijo sin más. -Esta bien.

Al día siguiente, Amy y Sheldon estaban sentados en la sala de espera del consultorio. Ambos estaban en silencio, quietos y mirando hacia enfrente, solamente se escuchaba el tecleo de la computadora de la recepcionista.

-Adelante- Dijo la chica de repente. -Señor y señora Cooper, el Dr. los espera.

Entraron al consultorio y un hombre alto, de cabello muy canoso y ojos azules los estaba esperando.

-Buenas tardes, soy el Dr. Wayne. ¿Y ustedes son...?

-Soy el Dr. Sheldon Cooper y ella es mi esposa.

-Soy la Dra. Amy Farrah Fowler- Aclaró con voz enojada, el terapeuta anotó en su libreta.

-Veo mucho conflicto entre ustedes dos...

Continuará...