El camión, frío y oscuro, avanzaba por la noche de Chechenia, entre baches y movimientos sin consideración para sus ocupantes en la parte trasera, los cuales, buscaban forma de escapar, pese a estar esposados por la espalda.
—Viktor, es imposible salir de aquí —dijo Yuuri, teniendo sobre sus piernas la cabeza de Yurio, aún desmayado.
—Yuuri, no podemos solo quedarnos sentados, debemos salir de aquí.
—Escucha, cuando nos tomen declaración verán que es todo un error, y cuando sepan que somos patinadores profesionales, entonces —contestó el moreno, intentando calmar a su pareja.
—No lo comprendes Yuuri. Para ellos no hay error. Nos van a llevar por ser gays, es todo. Y poco y nada les va a importar si patinamos o no —contestó el de cabello gris, sentándose a su lado, furioso y preocupado.
—Entonces cuando se pongan en contacto con Yakov, él hará algo, o la federación japonesa, incluso mi embajada. Saldremos de esto Viktor, lo sé.
—Yuuri...
—Lo que me preocupa es Yurio, espero esté bien.
—Cierto...
El resto de su camino transcurrió en silencio, sin que el rubio despertara, y con esa desesperanza e incertidumbre por la situación.
Cuando por fin se detuvo el camión, y las puertas se abrieron, se vieron en un lugar con un campo abierto con enormes paredes coronadas con púas y muchas luces y lámparas.
—Bajen ya —pidió el agente, rodeado de guardias.
—Él no puede bajar, sigue inconsciente —reclamó Katsuki, ante la sorpresa de su pareja.
—No te preocupes, yo me haré cargo de él. Andando —respondió el tipo, al tiempo de entrar guardias y sacar a los mayores a la fuerza, dejando tendido sobre el camión a Plisetsky.
—Si le haces algo, te meterás en un problema, porque es menor de edad —agregó Nikiforov, seco y frío.
—Descuida, sé perfectamente lo que haré con él —contestó el agente, llevándose los guardias a rastras a los dos, ante su temor al ver al agente quedarse justo frente al camión, perdiendo de vista a Yurio.
—Viktor, ¡No podemos dejar a Yurio! —exclamó el de lentes, callando al ver al lugar donde los llevaban.
El alma se les caía al suelo, al pasar por una galera llena de celdas, y los gritos en el lugar de los presos. Así, llegando a un lugar con varios cuartos, uno y otro fueron llevados por diferentes rumbos.
—¡Yuuri! —gritó Viktor, viendo a su chico aterrado, desapareciendo tras una puerta... y él tras otra.
En tanto, donde Yuri, llegaban dos guardias con el agente que los llevó ahí.
—Llévenlo al ala Oeste, llegaré con él después, por ahora, debo encargarme de algunas cosas. Ya saben qué hacer con él.
Los hombres cargaron al hada, llevándoselo al lado opuesto al que la pareja fue conducida.
Yuuri fue llevado a una habitación oscura, con un solo foco en la habitación, y una silla. Los agentes, sentándolo, sin desesposarlo, postrados a sus lados, miraban al frente, con lo que el japonés entendió que en la habitación había alguien más.
—Veamos, estás aquí por ser un maldito homosexual, ¿no? —dijo una voz en la oscuridad, a la cual, Yuuri se negó a responder. Ante esto, el hombre de quién la pregunta venía, agregó—. Cuando te hable, me respondes, sino todo se terminará y eso no te va a gustar. Aquí mando yo, ¿Oíste? —surgiendo a la luz, para ver el chico a un hombre alto, de unos 120 kilos y casi dos metros de alto, amenazante y vestido igual que el agente que los detuvo, con una macana en la mano.
—Si —se limitó a contestar el moreno, sabiendo que esto empezaba a ponerse peor.
—Entonces, ¿Repito la pregunta o puedes responderla?
—Estoy aquí por no sé cuál supuesta ley de que por ser gay tienen que detenerme —dijo Yuuri, molesto.
—Eso no responde del todo mi pregunta, solo quiero saber si eres un maldito gay. Responde.
—Soy gay. No veo cuál es el problema —respondió, duro, el joven.
El agente se limitó a reír por lo bajo, imitandole los demás guardias, enfureciendo aún más al subcampeón.
—Ese es justo el problema. Aquí en Chechenia no hay gays. Entonces, creo que entiendes que si hay alguno, nosotros tenemos que tomar cartas en el asunto. Es lógico y por el bien de nuestra gente, alejarlos de los sodomitas.
—Eso va contra cualquier derecho humano, y el tenerme aquí sin abogados o sin avisar a mi embajada, es una violación a mis derechos igual.
—Derechos humanos. Tenía mucho que alguien no me interpelaba con eso. Se nota que debes ser originario de un país de primer mundo con garantías individuales y todas esas cosas que en el pedazo del mundo donde ahora te encuentras, no tienen significado, pero gracias por recordarme que existe toda esa palabrería que no es más que basura —respondió, burlándose el tipo, enfureciendo aún más al patinador.
—¿Qué es lo que busca entonces que le diga o conmigo?
—Ahora que ya sé que eres un enfermo antinatural, solo puedo darte la bienvenida a mi hogar, dónde te daremos el trato que alguien como tú merece. Y como buen anfitrión, te haré desde ahora sentir lo que es este sitio —contestó el sujeto, riendo y, ante la imposibilidad de Yuuri por hacer algo, ser golpeado en su estómago por el tipo, sacándole el aire— y lo que vas a vivir aquí en adelante, por ser un asqueroso gay —al tiempo de no esperar ni un instante para golpearlo en su rostro, abriéndole la ceja.
Los guardias, parecían disfrutar, al igual que el sujeto, como Yuuri era golpeado una y otra vez, en sus costillas, en el rostro, su torso o sus costados, llenándose la habitación del sonido de los golpes, de los quejidos de Yuuri y de sangre al suelo.
Después de unos dos minutos y de que Yuuri estaba al punto del desmayo, el sujeto se detuvo, con sus nudillos rojos y llenos de sangre, la cual, lamió con cuidado y placer. Parecía gustoso de lo que acababa de hacer.
—Ya llevénselo al ala Este —dijo, con lo que, sujetando de un brazo y otro al chico, arrastrando lo sacaron de ahí, quedando en la silla y el piso las gotas de sangre del japonés, haciendo por momento huella en el camino donde era llevado.
Y así, en el frío de la noche de Chechenia, con cada uno en un sitio de ese terrible lugar, el resto desgarrador no hacía más que empezar...
Continuará...
