—No pienso irme de este maldito lugar sin Viktor y Yurio —gritó Yuuri, visiblemente furioso con Jason, a lo que, agradado de la desesperación del preso, respondió.
—Eso no podrá ser. En esta región no tenemos gays, ¿por qué? Simple: los detestamos. Y ahora, nuestros líderes en Chechenia nos han dado la orden de que podamos detenerlos y, ponerlos en prisión. Por eso ustedes tres están aquí. Pero el que tú seas japonés te va a salvar, sin embargo ellos, siendo rusos y nosotros siendo una federación de Rusia, pues, no tienen cómo salir. Me gustaría decirle que lo siento, pero me provoca tanta repulsión siquiera verlo que, le seré sincero en comentarle que me da mucho gusto su sufrimiento. Como sea, es todo. Y, pues, creo que no necesito recordarle que si hace un escándalo con esto, su pareja va a sufrir y mucho, en nuestra perfecta prisión para sodomitas. Que tenga buen viaje, señor Katsuki —confirió Jason, ante la impotencia, dolor y preocupación de Yuuri, quién, al ver al sujeto a punto de salir del lugar, solo pudo, mordiéndose el labio inferior, gritarle.
—¡Espere! Hay algo que quiero decirle, por favor.
Ante eso, el sujeto, esbozando una maligna sonrisa, dió la vuelta para dirigirse a Yuuri.

En tanto, Viktor era llevado a una parte donde había varias celdas, y en una fue dejado. Era un espacio minúsculo y oscuro, con la vista de más celdas al frente.
Viktor no gritó, no dijo nada. Para él era suficiente con que Yuuri pudiera salir. Sabía que aún Yurio estaba ahí, y eso le preocupaba, pero primero tendría que descubrir dónde lo habían metido, si es que por su edad no lo sacaban antes.
—Yuuri, solo espero estés bien... Mi amado Yuuri —susurró el joven, ante lo que alguien en la celda de junto, le respondió.
—¿Eres nuevo?
—Em, sí...
—Ya veo. Soy Francis ¿y tú?
—Viktor.
—Viktor. Es un buen nombre —respondió la voz, tranquila y apagada.
—¿Hace cuánto estás aquí? —preguntó el ruso, acercándose a su pared derecha, para oírlo mejor.
—Llevo cuatro meses aquí. Fui de los primeros que trajeron. Digamos que ser uno de los líderes de los movimientos a favor de los gays en Chechenia me hizo ser también una de las primeras víctimas, o, capturados. ¿Y tú?
—Me capturaron ayer, junto a mi pareja y a nuestro amigo, quién es menor de edad. Somos patinadores profesionales y venimos a Chechenia a vacacionar —dijo Viktor, impactado con el tiempo del hombre ahí.
—¿Cómo se les ocurrió venir a vacacionar aquí con la cacería de gays que tiene el gobierno? —reclamó Francis, con tono molesto.
—No lo sabíamos. Ellos van a dejar salir a mi pareja, por ser japonés. Pero me preocupa nuestro amigo; él es ruso.
—Deberías preocuparte por ti ahora. Es una fortuna que tu pareja haya sido liberado, pero lo amenazarán para que no hable de este lugar o se la van a agarrar contra ti, así que si lo hace, debes estar preparado para lo que te puede pasar, Viktor. En cuanto a tu amigo, si es menor de edad, probablemente lo soltarán con la misma consigna. Ya te dije, debes de preocuparte por ti ahora, y por tu futuro aquí.
—Pero entonces, ¿solo nos van a tener aquí por ser gays y ya?
—Así es. Estás detenciones son ilegales, violan los derechos humanos de todos, pero el que estén sucediendo es un secreto a voces. Lamento su situación. Lo mejor será que esperes a ver qué pasa con ese chico que mencionas.
—Maldigo la hora en que se me ocurrió que fuéramos de vacaciones —dijo Viktor, furioso consigo mismo.
—Viktor, no es culpa de nadie estar en un lugar donde es un pecado ser gay. Porque ser gay no es algo que dañe a alguien, es simplemente el amor por alguien de nuestro mismo género, y en ello no hay maldad, no para quien sabe lo que es el amor y no solo la inhumanidad, como ellos —terminó Francis, quedando ambos en silencio al entrar otros guardias a ese pabellón.

En tanto, en la torre donde Yuri dormía, el Director Oleg llegaba, siendo recibido con reverencias por los guardias en el lugar.
—Quédense en la puerta —pidió, entrando al sitio.
Así, al abrir, vio a un Yuri furioso, aún esposado a la cama, a punto de reclamarle muchas cosas.
—Vaya, vaya, tenían razón en lo que decían de usted, joven Plisetsky —dijo el director, con una sonrisa malvada, pero gustosa. Y es que, pese a todo, Yuri lucía hermoso, con los rayos del sol sobre sus cabellos.
—Anciano, ¿Cuándo vamos a salir de aquí? —reclamó Yuri.
—¿Vamos? Supongo lo dices por tus amigos, ¿no?
—Así es. No sabe con quiénes se está metiendo y el escándalo que podemos hacer si no nos saca de aquí —agregó el rubio, muy molesto y rojo al reclamar.
—Si sé quiénes son. Y sobre todo, sé quién eres tú, Yuri Plisetsky —respondió Oleg, acercándose a quitarle lentamente las esposas al chico—. Sé que tu abuelo se llama Nikolai. Que eres el campeón del Grand Prix de patinaje. Sé que tienes 16 años y que tienes muchas admiradoras, y que vives en Rusia con esos jóvenes que también fueron apresados contigo, por eso sé que el que te vayas va a depender de ti.
—¿De mí? —cuestionó el ruso, sobándose sus muñecas adoloridas, al ser liberado por completo.
—Así es. Si tú quieres que todas esas personitas especiales para ti estén bien, te convendrá quedarte. Sino, ahora mismo te acompaño a la salida —contestó el viejo, caminando a la ventana, en tono calmado.
—¡No me jodas! —gritó Yuri, parándose para golpearlo, pero el hábil hombre lo esquivó y, propinándole un buen golpe en el estómago, lo tiró al suelo, rematándolo con una patada en su costado izquierdo.
—Estúpido mocoso. He sido militar desde que tenía tu edad, por eso estoy como Director de la máxima prisión en Chechenia, o campo de concentración, como muchos lo dicen —dijo el viejo, enojado y pateando a Yuri en su espalda, repetidamente, mientras el chico en el suelo poco y nada podía hacer—, así que déjate de estupideces conmigo.
Yuri resistía cada golpe hasta que el sujeto se detuvo, y, agachándose, volteó su cuerpo para ver su rostro, el cual, lucía rojo de dolor, de aguantarse y de furia.
—Eres un...
—¿Maldito? Lo sé. Pero tú eres un diamante. Uno de esos que te encuentras sin querer, pero que valen mucho. Así que, Yuri Plisetsky, está en ti que aquellos que te importan sigan allá fuera con bien, y que saque a esos dos que venían contigo de aquí, o, en que todo tu mundo se derrumbe, y tu intentes brillar allá afuera, pero solo... ¿Qué eliges?

Continuará...