—¿En Chechenia? ¿qué demonios hacen ahí? —gritó Otabek al teléfono, presa del miedo y el enojo.
—Venimos de vacaciones y... ¿Acaso sabes lo de...?
—¿Lo de los arrestos a los gays? Sí lo sé. Oh, ¡no me diga que Yuri fue arrestado!
—Yurio y Yuuri están presos ahora Otabek. Por favor, eres el único que puede ayudarnos —le pidió Viktor, llorando de rabia, y con total desesperanza.
—Recogeré unas cosas y salgo para allá. Viktor, ¿dónde puedo verlo?
—Te daré la dirección.
En tanto, Yuri solo podía ver la noche tras los muros de ese campo de concentración para gays. Pensaba mil y una formas de escapar, pero a su mente solo venía la preocupación de que sus amigos estuvieran bien.
—Solo espero que sí los hayan liberado —se dijo, en voz baja, sintiendo su corazón doler—. Y espero que me perdones, Otabek...
Yuuri, por su lado, había parado de llorar, y pensaba en Viktor, y en cómo estaría.
—¿Cómo te encuentras?
—¿Eh? —cuestionó el joven.
—Hola, soy Francis. Tu compañero de al lado. Te escuché llegar hace rato, pero no quise molestarte.
—No te preocupes Francis. Mi nombre es Yuuri.
—Yuri, mucho gusto. Si necesitas algo y puedo ayudarte, haré lo posible.
—Lo único que necesito es salir de aquí.
—Todos pensamos igual, pero, no sé hasta cuándo parará esto. Deberías descansar, que mañana es día de trabajo.
—¿Trabajo?
—Si, trabajos forzados. Estamos en una prisión Yuuri. Sin importar el porqué estamos aquí, nos hacen esto. En nuestro caso, por ser gays, ¿no?
—Si... —se limitó a responder Yuuri, para, tapándose con la única cobija, tratar de dormir, lleno de llanto.
A la mañana siguiente, Viktor despertó sobresaltado al escuchar toquidos en la puerta. Se había quedado dormido en la cama de Yurio, con su celular en la mano.
—Otabek, gracias que viniste.
—Viktor, dígame dónde esta la prisión —respondió el kazajo ante entrar y ver al ruso demacrado.
—Antes de eso, debemos de formular una estrategia para sacarlos de ahí. Sí solo vamos así a exigir los liberen, podrían matarlos Otabek —comentó Viktor, sentándose ambos a la cama.
—Lo sé, por eso necesito que me cuente todo lo que pasó y dónde es ese sitio. Solo así podremos empezar a hacer algo para sacarlos —dijo Altin, visiblemente consternado por la situación.
—De acuerdo...
Al tiempo, los guardias llegaban uno a uno a las celdas para sacar a los reos, rumbo a los trabajos del día. Cuando Yuuri salió de su celda, pudo ver a Francis. Era un hombre alto y de cabellos rizados, café claro. Su piel blanca y sus ojos claros, tristes, denotaban el dolor del que era presa. Delgado y encorvado, miró al patinador.
—Yuuri, tú... —dijo, pero fue movido por los guardias y ambos siguieron avanzando al exterior.
Ahí, el hombre comprobó lo que había estado pensando la noche atrás—. Yuuri, tú, eres extranjero, ¿no?
—Así es, soy japonés. ¿Por?
—Es que, conocí a... Yuuri, tú venías con Viktor?
—¿EH? ¿Conoces a Viktor? —exclamó el moreno, desesperado.
—Si, él estuvo en tu celda horas antes. Se lo llevaron los guardias porque, estaba seguro le habían dejado comprar su libertad. Él habló de ti y de otro muchacho, menor de edad —contestó Francis, mirando el dolor del extranjero.
—No, yo, acordé con los superiores que lo dejaran libre, a cambio de mi libertad —dijo Yuuri, con pesadumbre.
Francis se quedó en silencio y otros guardias llegaron para indicarles que hacer.
—Escuchen todos, su labor aquí es recoger esas piedras de esta área. Llévenlas a las bolsas y no paren. Es todo.
De inmediato, todos se pusieron a trabajar en esa pesada tarea. Y, mientras Yuuri, con su mirada perdida cargaba los pedazos de piedra, y pensaba volteando a ver su anillo, el cual increíblemente no le habían quitado, en que, por fortuna, Viktor estaba afuera y a salvo de todo.
Por su parte, el hada rusa estaba inquieto de su suerte, y a la vez, preocupado de que fuera cierto y sus amigos ya hubieran sido liberados. Pero no había certezas de nada. No cuando ni él mismo sabía que le iban a hacer.
De pronto, su puerta de abrió y dejó ver la llegada de Jason.
—Joven Plisetsky, me alegro de verlo tan bien. Me envió el director para decirle que esta noche va a presentarlo con unos invitados. Y, ante eso, y ver que está en condiciones de recibirlos, la enfermera lo ayudará a alistarse para ello. Recuerde que de ello depende que sus amigos sean liberados, fue el trato que aceptó del director. ¿O acaso debo recordárselo?
—No —contestó fríamente el rubio, mirándolo con odio.
—Entonces, hasta la noche.
El día avanzaba y la pesadilla era una de tonos inciertos. La enfermera empezaba a arreglar a Yuri, mientras Yuuri sentía sus manos totalmente heridas por las piedras, cansado y manteniéndose solo por Viktor, y este último, junto con Otabek, planeaban la única jugada que tendrían para salvar a los dos patinadores.
—Otabek, creo que será necesario avisarle por lo menos a Yakov, nuestro entrenador. No sé cómo pueda reaccionar la federación japonesa o la internacional, pero por lo menos sé que podemos confiarselo a Yakov y que, si es necesario, podrá ayudarnos. Sobre todo, debe de saberlo por si nosotros fallamos, para que se haga lo imposible por recuperar a ambos.
—Tiene razón Viktor. Entones, tenemos el dinero disponible, Yakov quedará en entendido por cualquier cosa y este plan para sacarlos. Ahora, tenemos que conseguir la ropa y dirigirnos al lugar —respondió Otabek, empezando a quemar unos papeles.
—Llamaré a Yakov entonces —dijo Nikiforov, y, tomando el teléfono, hizo la llamada, mientras, sentado a la cama de Yuri, Otabek pensaba en él y en cómo estaría. Furioso, apretaba sus puños mientras le venían mil cosas a la cabeza.
—Listo. Ya le expliqué a Yakov todo. No puede creerlo y creo que le cayó muy mal la noticia, pero dijo que estará pendiente de lo que le digamos. Al final, es nuestra última esperanza y...
—Viktor, lamento no haber aceptado venir a sus vacaciones. Ojalá hubiera hecho caso. Seguro de ese modo esto no habría pasado. En serio, lo siento —le interrumpió Otabek, a punto de llorar de rabia. Ante eso, Viktor se sentó a su lado y le abrazo fuertemente. El dolor en ambos era demasiado.
—No hay de que disculparse. Otabek, en serio te agradezco tu ayuda. Gracias por hacer todo esto.
—Le prometo que voy a sacar a ambos de la prisión. No importa lo que me cueste.
—Estarás bien Otabek. Tú y los chicos lo estarán. Te lo aseguro —terminó el ruso y, poniéndose de pie, el héroe respondió.
—Entonces, vámonos. Necesito estar dentro de la cárcel esta misma noche.
Continuará..
