TIC TAC

Capítulo II

El implacable sol del nuevo día brillaba en todo su esplendor anunciando la victoria de Hogwarts. A pesar de los cientos de heridos y el centenar más de cadáveres expuestos en el Gran Comedor, la sensación de júbilo se extendía por todo el castillo.

Hermione estaba exhausta, sentía el cuerpo completamente adolorido, hasta los últimos músculos. Madame Pomfrey le había curado una herida bastante grande en el brazo derecho que casi le cuesta la vida antes al no poder realizar movimientos muy limpios con la varita debido al dolor.

Estaba sentada en la mesa de Ravenclaw, al lado de Ron, quien jugaba con su varita como si fuera un trompo. El muchacho tenía la mirada perdida, los hombros caídos y podía notarse el dolor surcarle el rostro como si fuera una gran herida invisible. Ella pensó que todos se sentían así a pesar de la victoria, todos habían perdido a alguien, especialmente todos habían perdido un pedazo de su alma en esa guerra, que aunque parecía haber acabado con la muerte de Voldemort, aún le faltaba mucho. Quizás no se acabara nunca en algunos corazones.

–Psss, psss –escuchó en su oído y se sobresaltó.

Tanto ella como Ron miraron hacia atrás y no encontraron a nadie.

–Soy yo –susurró Harry bajo la capa de invisibilidad– ¿Podrían venir conmigo?

Ambos amigos se levantaron y salieron al pasillo, caminaron hasta un área desierta y Harry por fin se quitó la capa.

–No puedo caminar sin que me llenen de abrazos –dijo con algo de vergüenza.

Sus amigos asintieron con comprensión.

Se sentaron en unas escaleras que daban al primer piso, había una pila de escombros y algo de sangre pero no tenían muchos ánimos de ir más lejos. Allí el niño que vivió les relató sobre los recuerdos de Snape en el pensadero, lo ocurrido en el bosque, su conversación con Dumbledore y cómo Narcissa Malfoy lo había salvado.

–Quiero ir a buscar su cuerpo –dijo Harry al terminar su relato.

–No creo que vaya a ser muy agradable, amigo –contestó Ron–. Cuando lo dejamos allí ya se veía muy mal, han pasado unas horas y ahora sabes todo esto sobre él, no sé si sea buena idea, porque...

–Yo creo... –lo interrumpió Hermione– creo que te corresponde hacerlo, Harry.

El chico asintió.

–¿Qué? –exclamó el pelirrojo.

–Le debes mucho. El mundo mágico le debe mucho. Pero aún lo ven como un mortifago, como el vil asesino de Dumbledore. Cuando encuentren su cuerpo lo tratarán como basura. Merece respeto, al menos póstumo. Y a tí te corresponde dárselo y reivindicar su nombre.

Harry asintió emocionado.

Se encaminaron en silencio hacia la casa de los gritos, los tres escondidos bajo la capa para no ser demorados por algún agradecido sobreviviente.

Lo encontraron allí donde lo habían dejado. El piso estaba lleno de sangre y la imagen era realmente devastadora. Ron tuvo que tomar respiraciones profundas para poder entrar, ya que el olor y la visión de tanta sangre le revolvía las tripas.

–Podemos hacerlo levitar hasta el castillo –habló Harry.

–¿Y que se arme todo un escándalo? –cuestionó Hermione– No, hay que envolverlo con algo.

Lanzó una rápida mirada a la habitación donde se encontraban y aparte de muebles rotos no había nada que podía serles útil.

–Tal vez una de las sábanas de las camas de la tienda –sugirió Ron.

Hermione asintió en su dirección y se arrodilló en una de las pocas áreas limpias del suelo para abrir su bolsito y buscar la tienda de campaña que había sido su hogar los últimos meses. En la búsqueda sintió la caja de Malfoy y se preguntó fugazmente qué había sido de él.

–Deberán abrirla afuera para buscar las sábanas –les ordenó, pasándoles el diminuto montón de tela que era su tienda antes de ser extendida mediante la magia.

Los chicos salieron afuera para obedecer a Hermione mientras ella limpiaba el suelo con su varita para poder colocar luego la tela con la que envolver a Snape.

Cuando hubo terminado se acercó al cuerpo inerte del maestro de pociones y susurrando un leve «lo siento» se arrodilló frente a él para limpiarle las heridas.

Solo alcanzó a limpiarle la sangre de la ropa cuando quiso moverle los brazos para tener mejor acceso y tomó una de sus manos para ello. Esperó encontrar el cuerpo frío y rígido, características del postmortem. Pero al contrario, lo encontró laxo y ardiendo. Su corazón dió un vuelco. Sin pensar dos veces hundió sus dedos en la piel ensangrentada y pegajosa de su cuello y sintió el levisimo pulso aún resistiéndose a la muerte.

Llamó a Harry a los gritos, quien ante el susto de la llamada de su mejor amiga, se apareció en la habitación sin dudarlo, con la varita en posición de ataque. Pero ante su sorpresa vió a la chica con las manos teñidas de rojo apretando el cuello del profesor.

–Busca la esencia de díctamo en mi bolso –ordenó casi a los gritos.

Harry la vió tan desesperada como cuando Ron había sufrido la despartición.

–Pero... ¿Cómo...? –dijo Harry sin moverse un centímetro.

–¡Apúrate! ¡Está vivo! –le gritó.

–¿Quién está vivo? –preguntó Ron entrando a trompicones en la habitación.

–¡El profesor Snape! –respondió la chica– ¡Apúrate Harry!

Ron ayudó al pelinegro a buscar la botellita de dictamo y la destapó para Hermione, quien vertió el contenido con manos temblorosas sobre el cuello del hombre moribundo.

–La herida es demasiado grande, no es suficiente –sollozó ella– ¡Y no está funcionando!

–¿Pero cómo es posible que siga vivo? –preguntó el moreno.

Ron se arrodilló al lado de Hermione y tomó suavemente la cabeza del profesor para ayudar a la chica con su labor. La mejilla de Snape reposaba completamente sobre su hombro, impidiendo que la herida se viera más allá, pero cuando el mago acomodó la cabeza del maestro, los tres amigos ahogaron un jadeo.

El profesor Snape había sido degollado por Nagini.

La herida abarcaba la totalidad del cuello, casi desprendiendo la cabeza del hombre de su cuerpo.

Hermione chilló.

–Así no podremos aparecerlo, ni siquiera podremos moverlo sin que muera.

Harry abrió la boca para decir algo pero no encontró la voz. Carraspeó una vez y algo tembloroso habló.

–Tal vez puedas pronunciar algún hechizo para coserle las heridas. Tú sabes de eso, Hermione.

La chica negó con la cabeza.

–Esto es grave... El dictamo no funciona... El veneno de la serpiente...

Aunque las frases fueran inconexas los chicos entendieron la idea. Pero de todas maneras Harry insistió.

–No podemos rendirnos.

Ron lo secundó asintiendo suavemente para no mover a Snape a quien aún sujetaba.

Hermione inspiró profundamente. No era tonta, aquello era imposible. Pero Harry tenía razón. Aquel hombre había luchado hasta lo último sin recibir un solo reconocimiento, les había salvado la vida; y lo mínimo que podían hacer por él era intentar salvar la suya aunque fuese una causa perdida.

La varita le temblaba en la mano y aún le escocía la herida del brazo derecho. Concentrándose totalmente en el hechizo lo pronunció apuntando a la enorme herida del maestro. Nada sucedió. Intentó unas cuantas veces más sin éxito y estuvo tentada de derrumbarse sobre el hombre y llorar su fracaso.

Harry recordó la pelea que había tenido con Malfoy en sexto año en el baño del tercer piso y cómo Snape le había curado las heridas del sectusempra con un hechizo que aún tenía en su memoria. Se lo hizo saber a Hermione y le mostró en el aire las florituras que el profesor había hecho con la varita en aquel entonces.

Hermione tardó unos minutos en lograr el hechizo. Nada sucedió al primer intento sobre Snape, pero al segundo intento la punta de la herida se cerró minimamente para volver a abrirse al segundo, como si el hechizo no fuera muy potente, a pesar de que ella sabía que estaba haciéndolo correctamente.

–Es como si a tu varita le faltara baterías –murmuró Harry.

–Es por el veneno –suspiró rendida la muchacha.

Ron asintió.

–Es como si la magia no fuera tan poderosa como se necesita.

Poderosa. Harry abrió mucho los ojos.

–¡Toma esta varita! –exclamó sacando de su bolsillo trasero la varita de sauco que había pertenecido horas atrás a Voldemort.

Hermione no tuvo tiempo de digerir bien la idea cuando Harry se arrodilló a su lado y se la colocó en la mano. Ella se negó a pensar en el hecho de que el mismísimo Voldemort había asesinado a mansalva en ese mismo día con esa misma varita y la movió para realizar el hechizo.

Fue automático. La varita se sintió pesada y vibró ligeramente negándose a funcionar correctamente para ella.

–Debes hacerlo tú –explicó rápidamente devolviéndole la varita–. Eres el dueño legítimo, no me obedece a mí.

–Harry no sabe hacer hechizos de curación y mucho menos uno tan avanzado, solo tú podrías –se adelantó Ron antes que el pelinegro dijera lo mismo.

Hermione suspiró abatida.

–Desármame –dijo de repente Harry.

Sus dos amigos lo miraron de hito en hito.

–Si lo haces, la varita te pertenecerá.

–¿Te has vuelto loco? –exclamó Hermione.

Harry frunció el ceño.

–¡Es nuestra única opción! Snape está muriendo.

La castaña dudó un segundo. Realmente no tomó magnitud de la responsabilidad que le era conferida. La adrenalina del momento más la carga de la vida del profesor de pociones, último director de Hogwarts, la alentaron a tomar su propia varita y susurrar levemente un hechizo de desarme.

La varita de sauco saltó de la mano de su amigo y cayó en medio de ellos. Hermione la tomó entre sus dedos y sintió una corriente de magia diferente recorriéndole el brazo y extendiéndose por su cuerpo. Con decisión se inclinó sobre Snape y pronunció el hechizo nuevamente.

–Vulnera Sanentur.

La varita se sintió ligera y ágil en su mano, su magia fluyó poderosa a través de ella y la herida comenzó a cerrarse lentamente ante los maravillados ojos del trío de oro.

Hermione estuvo inclinada por un lapso de cincuenta minutos, se le acalambraron las piernas y la mano que sostenía la varita, igual que a Ron quien no soltaba la cabeza de Snape para que su amiga pudiera trabajar. Cuando al fin terminó, Hermione tenía la boca seca de tanto pronunciar el hechizo. Pero el resultado había sido increíble. La herida estaba cerrada y limpia, aunque de un color rojo violento, con grandes hematomas alrededor que se formaron en instantes. La fiebre, como pudo comprobar, había bajado considerablemente y el pulso era más fuerte y casi normal. Aunque probablemente Snape estuviera lejos de estar sanado, al menos podrían transladarlo sin tantos riesgos. Lo llevaron hasta la enfermería de Hogwarts y Madame Pomfrey se encargó inmediatamente de su cuidado, con ayuda de sanadores de San Mungo quienes habían ido a ayudar al castillo. Se encargaron de que nadie viese al profesor sin antes haber aclarado su situación.

Más tarde cuando Hermione le pidió a Harry que la desarmara nuevamente para poder devolverle la varita, él se negó.

–Es tuya.

–¿Estás loco? –le repitió ella como había dicho en la casa de los gritos.

–Es tuya por derecho, Herms. No puede estar en mejores manos.

Fue lo mismo que opinó Dumbledore cuando fueron minutos después a visitarlo en su cuadro en la oficina del director.


–¿Estás seguro de que es por aquí? –preguntó Ron a Harry cuando estaban en el Bosque Prohibido.

Habían ido con una pequeña comitiva a buscar a los prisioneros que el pelinegro vió cuando se enfrentó a Voldemort en el bosque.

–Sí –dijo Harry–, se me cayó justo aquí, estoy seguro.

Estaban arrodillados entre las hojas secas del bosque palpando el suelo en busca del objeto que el niño que vivió juraba se le había caído en el sitio.

–Tal vez te confundiste –insistió el pelirrojo.

El otro lo negó.

–Él estaba allí –explicó, señalando más allá de una fogata ya apagada hacía horas–, Hagrid estaba justo allí y yo estaba parado más o menos por aquí.

–¡Accio piedra de la resurrección! –exclamó Ron.

Hermione rodó los ojos.

–Debes saber que la piedra de la resurrección es un objeto altamente poderoso que no responde a ningún hechizo que...

La voz de Arthur Weasley les llegó desde lejos

–¡Hemos encontrado a todos! ¿Dónde estás Harry?

–¡Ya vamos, papá! –gritó Ron bastante alto y se levantó rápidamente para no escuchar las explicaciones de su amiga.

Harry y Hermione se levantaron del suelo, el primero se dirigió hacia el claro donde estaban auxiliando a los prisioneros que Voldemort había olvidado.

Hermione iba detrás. La varita de sauco se sentía pesada en el bolsillo de sus jeans. Por un momento pensó que tal vez la varita sentía la presencia de quien fuera su compañera tiempo atrás.

–Adelántense ustedes, ya los sigo –dijo a sus amigos.

Ambos solo asintieron y la dejaron en el lugar.

–No te alejes mucho –le advirtió Harry.

Hermione esperó que se fueran y se paró en medio del claro, al lado de la fogata. Trató de imaginarse la situación como se la había descrito su mejor amigo. Visualizó a Voldemort y a sus mortifagos observando a Harry justo después de que este se quitase la capa de invisibilidad y se entregara para morir. Caminó unos pasos hasta abarcar con la vista todo el lugar donde podría haber estado exactamente el muchacho y haciéndose de la varita de sauco apuntó sobre el suelo y susurró.

–Accio piedra de la resurrección.

La piedra negra salió volando de un lugar a su izquierda y se dirigió zumbando hasta su mano abierta. Hermione se quedó observando maravillada el objeto tan poderoso, encargado de infundirle valor a Harry en uno de los momentos más cruciales de la batalla. Tenía intención de salir a correr y mostrárselo, pero en cambio, guardó la piedra en un pañuelo que tenía en su bolso y lo metió allí, se lo daría a Harry cuando estuvieran solos.

Mientras se encaminaba al sitio donde estaban los demás, se le cruzó por la mente que tenía en su poder la varita de sauco, la piedra de la resurrección y guardaba la capa de invisibilidad en su mismo bolso. Por un momento se dió cuenta que ella misma en ese instante era aquello que Voldemort, Dumbledore y Grindelwald tanto anhelaban, ser amos de la muerte. Un ligero cosquilleo le removió el estómago, e hizo todo un esfuerzo mental para ignorarlo.


–Prometo que será lo último y ya podrán irse a casa, chicos –les aseguró Kingsley mientras les pasaba el traslador para aparecerse en el Ministerio de Magia.

–Por favor que sí lo sea –rogó Ron mientras sentía el característico tirón de la aparición.

Se aparecieron en el vestíbulo del Ministerio, el cual se encontraba casi completamente destrozado.

–También hubo una gran batalla aquí –explicó Kingsley mientras caminaban entre los escombros y vidrios rotos–, están encargándose rápidamente de la reconstrucción, nos encargaremos de que avancen con Hogwarts de la misma forma.

–¿Quiénes se encargarán? –preguntó Harry.

Kingsley carraspeó un poco y Hermione que iba a su lado podía asegurar que hasta se había ruborizado aunque su piel oscura no dejase que se notara.

–Me nombraron Ministro apenas se supo de la victoria –explicó–. No hubo ceremonia, pero supongo que harán algo simbólico en estos días, realmente no lo sé aún.

Ron silbó asombrado. Harry sonrió.

–Vaya, felicitaciones Kingsley, te lo mereces.

El aludido murmuró un agradecimiento y cambió rápidamente de tema, comentando acerca del trabajo de los aurores localizando a un poco número de mortifagos que huyeron a último momento. Aún no habían podido capturar a Bellatrix, quien luego de la muerte de Voldemort se había esfumado como si se la hubiera tragado la tierra, y a casi una veintena más de ellos, aunque unos diez o doce habían caído y ya se encontraban en Azkaban a espera de un juicio.

Hermione esperó oir el apellido de Malfoy entre los que habían sido capturados, pero al no oirlo sintió un pequeño alivio en el pecho. Pero tampoco oyó nada sobre la familia entre los prófugos y una sensación de pánico se instaló en su columna mientras el actual ministro cambiaba nuevamente de tema hablando del plan de seguridad que tenían para ellos al menos hasta que la mayoría de los mortifagos fueran encerrados en prisión.

Firmaron unos documentos que eran necesarios, acordaron una entrevista en conjunto para la prensa y hablaron sobre el lugar donde se quedarían con seguridad ofrecida por el Ministerio.

–Es totalmente innecesario, Kingsley –replicó Harry.

El Ministro negó.

–Has hecho mucho por nosotros, Harry. Es hora de que veles por tí y por tu círculo más cercano. Hay muchos alli afuera que no tardarán en actuar. Has acabado con su líder, les sobran razones.

El niño que vivió murmuró enfurruñado.

–No me ocultaré como un miedoso.

Discutieron por lo que parecía una eternidad. Después de mucho tiempo el trío llegó a un acuerdo. Se quedarían en algún lugar que ellos eligieran, bajo el encantamiento fidelius, y serían libres para desplazarse como les pareciera siempre en compañía de un auror asignado por el ministro.

Cuando Kingsley los despidió, a Hermione aún no la abandonaba la angustia. Se acercó al hombre que la miraba afablemente y cuidando que Harry y Ron que ya estaban yéndose no oyesen, formuló la pregunta directamente.

–Ministro... –el hombre se removió incómodo ante el título estrenado– ¿Sabe usted algo de los Malfoy?

Kingsley parpadeó sorprendido, pero intentó ocultar toda reacción de su rostro.

–No, aún no sabemos nada sobre ellos. Testigos han dicho que no lucharon con los mortifagos en la batalla, pero... –el hombre hizo un gesto con la cabeza y no terminó la oración.

–Cuando sepa algo ¿Podría mandarme una lechuza? Es posible que me interese hablar a su favor antes de que sean juzgados.

La declaración dejó pasmado al hombre, quien solo se limitó a asentir. Quiso preguntar qué podría decir ella que favoreciera a la familia que hospedó al Innombrable en su mansión y era por consabido una de las más fervientes seguidoras del mismo. Pero cuando abrió la boca para formular la pregunta, los rizos castaños de Hermione Granger ya se alejaban para reunirse con sus amigos quienes la interrogaban con los ojos acerca de su demora.


Habían pasado solo 24 horas de la batalla cuando fueron a descansar por orden de la señora Weasley. Kingsley les había asegurado que Grimmauld Place era nuevamente un lugar seguro a pesar de la intromisión de Yaxley el día que habían ido a buscar el horrocrux al Ministerio de Magia.

Nuevamente volvía a amanecer sin que ninguno hubiera dormido, y solo Merlín sabía cuánto añoraban una ducha caliente, ropa limpia y una cama cómoda.

Kreacher los recibió con un desayuno que olía realmente bien. Cuando entraron tomó sus abrigos sucios diciendo que los lavaría y los tendría listos para el día siguiente, trajo pantuflas para Harry y les ofreció pasar al comedor para alimentarse.

El trío dorado solo se miró entre sí sin comentar acerca del notable cambio en el huraño elfo doméstico, quien aprovechó el silencio de los jóvenes sentados a la mesa para relatar acerca de la feroz batalla que los elfos libraron contra los malvados y asquerosos hombres que desgraciaron a su amado amo Regulus. Hasta se dirigió a Hermione sin insultarla, gesto que tanto ella como los muchachos apreciaron.

Luego de asearse cada uno partió a su habitación. Hermione en particular, cerró las cortinas hasta dejar el cuarto en penumbras, se tomó un frasquito de poción para dormir sin sueños y no despertó hasta doce horas después.

Cuando abrió los ojos tardó unos segundos en entender dónde se encontraba y qué acababa de pasar en los días anteriores. Le sorprendió haber dormido tanto tiempo cuando consultó la hora en su reloj de pulsera.

Quiso deshacerse de los pensamientos que volaban hacia los cadáveres extendidos en el Gran Comedor de Hogwarts y permitirse remolonear un poco más en la cama, pero era imposible. Los rostros del profesor Lupin y Tonks eran los primeros que podía recordar, uno al lado del otro. El cuerpo inerte de Fred con la familia Weasley rodeándolo. Se sentó violentamente en la cama al sentir náuseas por los recuerdos evocados. Y se permitió descargar el dolor llorando por aquellos que se habían ido y no volverían a pesar de toda la tristeza con la que sus seres amados los llamarían día y noche.

En medio de la crisis de llanto pensó en las familias que se habían destruido, desde las que habían perdido a algún miembro hasta las que estaban rotas por sus propios actos, como los Malfoy...

¡Malfoy!

Automáticamente detuvo su llanto y saltó de la cama para buscar su bolsito de cuentas.

No le costó mucho encontrar la caja que Malfoy le había dado. Se reprendió por no haberse ocupado antes de ella y la curiosidad que había estado dormida los últimos días al fin le picó en los dedos y todo lo que quería era saber qué le había confiado el slytherin.

La caja era de madera, estaba finamente tallada con las iniciales DM en la tapa. Una cerradura que parecía de bronce impedía que fuera abierta tan fácilmente, pero solo le costaron dos o tres intentos con hechizos algo avanzados para que cediera y se abriera ante la castaña.

Hermione abrió los ojos algo impresionada. Obviamente la caja tenía un hechizo de expansión, ya que a primera vista podían apreciarse un sobre, libros, y otras cajas más.

La chica abrió el sobre y sacó el papel de adentro. Desdobló el pergamino y una pulcra letra en tinta negra apareció lentamente sobre la hoja.

«Granger:

Realmente espero que mi lechuza haya podido encontrarte y seas tú quien esté leyendo esta carta. De seguro estás haciéndote muchas preguntas ahora mismo, pero prometo que todas serán respondidas una vez que revises lo que te envío, o al menos la mayoría de las preguntas. Probablemente esté muerto para cuando leas esto, así que no intentes responder. Confío en que tomarás decisiones correctas, solo pido que seas prudente, y que te mantengas con vida.

D. M.»

Hermione tomó una gran bocanada de aire y sintió el corazón en medio de la garganta. Malfoy había querido enviarle la caja vía lechuza, quizás no le había dado tiempo y no contaba con que ella misma se presentaría en su mansión como prisionera. Recordó cuán insistente se había puesto el rubio en la sala de los menesteres.

¿Porqué ella? ¿Qué era tan importante?

«Ser prudente».

Era justamente lo que había estado siendo desde que sucedió lo de la mansión. No le había hablado a sus amigos sobre las acciones del joven, ni siquiera cuando Harry había repetido sin cesar que Dobby había acudido en su ayuda y muerto por su culpa.

Se sintió extraña al confiar en Malfoy, aquel chico que la había odiado durante todos sus años en Hogwarts. Tal como en la sala de menesteres cuando se relajó entre sus brazos, ahora se aventuraba a descubrir sola lo que bien podía ser algún objeto maldito que pusiera en peligro su vida si no la mataba directamente. Pero estaba allí sentada en la cama con la caja con las iniciales de Malfoy justo sobre sus rodillas, y se sentía segura. La simple lógica le decía que el slytherin no la hubiera salvado de morir a manos de Bellatrix solo para matarla él mismo después.

Con el corazón latiéndole a mil por hora descargó sobre su cama el interior de la caja, que consistía en diez libros, un pergamino enrollado, tres cajas de mediano tamaño y una pequeña.

El pergamino tenía un gran número uno sobre él, así que decidió obedecer y seguir el juego que Malfoy había armado para ella.

La misma caligrafía pulcra y ordenada apareció.

«Estoy seguro de que eres Granger leyendo estas líneas, ya que tiene un hechizo donde solo tú puedes acceder a éste y los demás objetos. Debes seguir una serie de instrucciones para entender la situación. En la caja número uno se encuentra un pensadero con un hechizo reductor, sabrás como deshacerte del hechizo. En la caja número dos hay una serie de viales con memorias importantes. La caja número tres contiene lo que necesitarás si te decides a realizar lo que sabrás más adelante. Y lo más importante, la pequeña caja no puedes abrirla hasta que tomes una decisión y estés completamente segura de lo que harás, adentro tiene un hechizo donde el tiempo está sostenido, una vez que la abras el tiempo correrá y el contenido empezará a descomponerse y a ser inútil. Los libros serán tu guía, aunque eso no debe ser nuevo para tí.

D. M.»

Hermione parpadeó un par de veces y volvió a leer la nota. ¿Lo último era una pulla del slytherin? Inspiró profundamente y solo para asegurarse de haber entendido, leyó una vez más. Cuando terminó, automáticamente su vista voló sobre la caja más pequeña, la cual la intrigaba profundamente al no poder abrirla. Haciendo caso a Malfoy, tomó uno de los libros para que actuaran de guía en lo que parecía ser un confuso juego.

Todos eran volúmenes gruesos, especialmente el que había escogido. «Biología celular mágica». Frunció el ceño ante el libro, lo hojeó y claramente era medicina mágica avanzada. ¿Cómo podría ayudarla? Los demás títulos eran más de lo mismo. «Citología mágica», «Membranas celulares según Peter Agre», «Morfogénesis mágica», «Anatomía: diferencia entre muggles y magos», «Histología del siglo XX», «Hechizos médicos avanzados en el campo de la perinatología», entre otros.

Decidió que primero vería las memorias para entender qué pretendía Malfoy que hiciera ella con toda esa información que no le atraía en absoluto.

La caja número uno, como le había llamado el slytherin, tenía un pensadero demasiado pequeño para que fuera útil. Le retiró el hechizo reductor y al volver a su estado normal pudo ver que en el borde del mismo tenía grabadas las iniciales ya conocidas.

«D. M.»

La segunda caja estaba efectivamente llena de viales transparentes con hilos brillantes flotando dentro. Estaban en orden, por lo que asumió que debía ver el que parecía ser el primero.

Vertió su contenido en la fuente de plata y con ansiedad bulléndole en el pecho contuvo la respiración antes de sumergir la cabeza. Se precipitó hacia la fría oscuridad y antes de que pudiera reaccionar sus pies se posaron suavemente sobre el suelo.

Estaba en un pasillo oscuro, escondida detrás de una armadura. Quiso salir pero se dió cuenta de que no controlaba su propio cuerpo, se secó el sudor de la frente sin quererlo ni anticiparlo, y vió que sus manos no eran suyas. Vestía un traje negro y sus zapatos brillaban aún en la oscuridad. Respiraba agitadamente y su corazón estaba por hacer un viaje hasta su boca. Le sudaban las manos, y tenía miedo. Fue consciente de que no era su propio miedo el que le corría por las venas en ese momento, ni las sensaciones, los pensamientos ni el cuerpo en el que estaba eran de ella.

Era Draco Malfoy.

Escuchó pasos y rogó a Merlín que no voltearan a mirar a aquel pasillo desierto, si el Señor Tenebroso lo encontraba espiando lo asesinaría, como había asesinado a Hemsley cuando se demoró en salir del cuarto para seguir oyendo lo que él decía. Se presionó más contra la pared detrás de la armadura.

La voz sibilante del Señor Tenebroso se escuchó claramente y a Draco se le erizó la piel.

¿Dices que Amelia se resistió, Rodolphus?

Así es, mi Señor –contestó sumiso el hombre.

¿Dices que una simple mujer como la señora Bones fue mucho para tí, querido Rodolphus?

Oyó un jadeo del hombre.

–De ninguna manera, mi Señor. Soy un mago habilidoso, jamás una bruja de...

Bien, bien. ¿Me has traído lo que te he pedido?

Silencio.

–Muy bien, Rodolphus, mi amigo. Ahora llama a tu bella esposa. Tengo que hablar con ella.

Inmediatamente, mi Señor.

Los pasos de Lestrange se alejaron pero Draco no se relajó. Aún podía oír la respiración pesada del Señor Tenebroso.

¿Quieres hacernos el honor, joven Draco? Nagini y yo quisiéramos verte.

Draco sintió que su alma le abandonaba. Temblando, dió dos pasos hacia afuera y se mostró apenas ante el Señor Tenebroso.

Acércate.

El chico obedeció. El Señor Tenebroso alzó una mano huesuda y acarició la mejilla del rubio con una uña negra y afilada.

¿Eres bueno cumpliendo mandados, Draco?

Sí –susurró, lleno de miedo.

Los dedos del mago se cerraron sobre el cuello níveo del chico y sus ojos rojos se abrieron inundados de furia.

Sí, amo. Repite conmigo, Draco.

El rubio sentía que no podía respirar.

Sí, amo.

Muy bien –murmuró el Señor Oscuro, y relajó los dedos pero no los apartó–. Llevarás esta bolsa a mis aposentos y la depositarás cuidadosamente en uno de los cajones del escritorio. ¿Entendido?

Sí, amo.

Me gusta que aprendas rápido, Draco. Y ni se te ocurra decirle una palabra a nadie, o tu buena madre terminará como Amelia Bones.

Sí, amo.

Le mostró el objeto a Draco, era una simple bolsa de tela. Descargó el contenido y lo volteó en sus manos, era una bola de cristal. Draco la reconoció al instante.

¿Sabés lo que es ésto?

Sí, amo. Una profecía.

Dicen que tiene que ver conmigo, ¿Crees que tiene que ver conmigo, Draco?

El joven mago dudó. El conocimiento básico que tenía sobre ese tipo de magia era que se almacenaban en bolas de cristal especiales que reaccionaban al tacto de los involucrados en la profecía. Draco notó las manos del Señor Oscuro en total contacto con la bola de cristal y supo que sea lo que dijese allí, no tenía que ver con él, al menos no directamente.

El mago oscuro enfureció ante su silencio.

¡Claro que tiene que ver conmigo! –gritó colérico, con los dedos cerrándose nuevamente sobre la garganta del slytherin.

Draco se puso azul y como pudo trató de asentir con la cabeza.

El Señor Oscuro pareció complacido y retiró la mano de su cuello tocando la piel con las uñas y le hizo tres heridas. Le puso la bolsa en las manos y lo miró fijamente con una sonrisa maligna adornándole el rostro de serpiente.

Draco no se atrevió a mirarlo a los ojos. Dió media vuelta y caminó apresuradamente hacia las escaleras. Cuando estuvo a mitad de camino emprendió una carrera hasta la habitación principal, que ahora ya no pertenecía a sus padres sino que al Señor Tenebroso.

Se adentró en el cuarto y abrió el cajón del escritorio de roble que originariamente correspondía a sus progenitores. Antes de depositar la bolsa allí, le dió curiosidad y sacó la bola de cristal para mirarla de cerca, ya que nunca había visto una real.

Al instante en que tocó su piel una luz azul salió de la bola de cristal inundando toda la habitación y la imagen de Amelia Bones se vió transparente frente a él.

La luna llena de una noche tormentosa verá el...

¿Draco? ¿Estás ahí? –la voz de su madre lo sobresaltó y casi soltó la bola de cristal.

La guardó rápidamente en la bolsa y la colocó en el cajón antes de que ella entrara al cuarto.

¡Draco, por amor a Merlín! ¿Qué haces aquí?

El rubio aún temblaba.

–Él me dijo que trajera algo a su cuarto.

Narcissa negó resignada.

–¿Y ya lo has hecho?

El rubio asintió.

–Entonces ya no tienes nada que hacer aquí.

El chico siguió a su madre mientras esta le hablaba de lo peligroso que era entrar al cuarto privado del Señor Oscuro.

Hermione sintió un pequeño tirón y fue devuelta a la vida real.

–¡Hermione! Abre la puerta de una maldita vez –ese era Ron.

La chica miró hacia su cama, todo el contenido de la caja esparcido sobre las sábanas.

–¡Hermione! ¿Estás bien? –Harry sonaba preocupado.

Con una floritura de varita todo volvió a su lugar dentro de la caja. La metió bajo su cama y abrió la puerta con un hechizo.

–Acabo de despertar –murmuró a sus amigos cuando entraron a tropel en la habitación.

Los dos chicos la miraron largamente y fruncieron el ceño.

–Hermione, ¿Estás bien? Estás pálida. Parece que hubieras visto a Voldemort –preguntó Harry.

Ron asintió estremeciéndose ante el nombre.

Hermione intentó sonreír.

–¿Qué dicen, chicos? Están locos. Todo está bien.

Y su mano voló hasta su cuello, donde aún podía sentir las uñas de Voldemort abriéndole la piel.


¡Hola! Espero que estén muy bien. No puedo creer el apoyo que le están dando a este fic. Me llenan de alegría. Muchísimas gracias por sus comentarios y sus palabras de aliento.

Ojalá disfruten nuevamente de este capítulo y me dejen sus rrs contándome qué opinan, que son mi motor para subir caps rápidamente.

GRACIAS.

Con cariño, Ann.