TIC TAC
Capítulo III
Luego de la intromisión de sus amigos a su cuarto, Hermione los acompañó a Hogwarts para ayudar a retirar los cuerpos y aclarar la situación del profesor Snape con el Ministro, quien les avisó vía lechuza que estaría en el colegio un poco antes de la hora de la cena.
Por más doloroso que fuera, alguien debía encargarse de los cuerpos en el Gran Comedor. Un hechizo impedía que se descompusieran como normalmente sucedería en otros casos, pero no duraba mucho tiempo y era necesario darles sepultura. Lo más triste para los jóvenes, y especialmente para la profesora McGonagall que asumió el puesto de directora de Hogwarts, era tener que avisar y recibir a los padres muggles de los alumnos fallecidos.
Muchos de ellos no estaban enterados en absoluto de la situación bélica del mundo mágico, otros no la ignoraban pero tampoco sabían cuán grave era. Ver llegar a los padres destrozados y tener que entregarle el cuerpo inerte de sus hijos era como mínimo desgarrador. Unos cuántos habían reaccionado con furia y uno especialmente violento quiso golpear a la profesora McGonagall y seguidamente se desplomó en el suelo del Gran Comedor gritando y llorando con todas sus fuerzas.
Para la hora de la cena los familiares que deseaban un sepelio privado ya se habían retirado y solo quedaban los pocos que serían enterrados en un área algo alejada del castillo de Hogwarts que la directora había declarado oficialmente como el cementerio del colegio.
Lupin y Tonks serían enterrados allí. Fred Weasley en cambio tendría una pequeña ceremonia en La Madriguera y sería enterrado a unos metros de su casa.
Para cuando el Ministro llegó Harry estaba especialmente ansioso. Hermione se encargaba de calmarlo diciéndole que probablemente lo que opinara Kingsley del asunto aunque fuera muy importante no tendría mucha validez hasta que el Wizengamot declarara que todo lo que Harry decía era verdad. El muchacho se negaba completamente a que el caso llegara hasta el tribunal mágico, pero la castaña insistía en que sería necesario y completamente ineludible.
Kingsley había escuchado atentamente a Harry contarle sobre la inocencia de Snape y su magnífica ayuda en la guerra, sobre su fidelidad a muerte a Albus Dumbledore y de las veces que había salvado al trío dorado, incluyendo que había enviado la espada de Gryffindor para destruir el horrocrux. Se había decidido por respetar la intimidad del profesor respecto a sus sentimientos por Lily.
–Hmm... –Fue todo lo que el Ministro articuló luego del relato.
Pasaron varios minutos para que finalmente hablara, seria y lentamente.
–Es un caso difícil, Harry. No dudo de tus palabras y veo que tienes todas las pruebas a favor de Snape, pero eso no quita que haya asesinado a Dumbledore y deba ser llevado a juicio por ese hecho.
–¡Pero Dumbledore se lo pidió! –abogó Harry.
–No importa quién se lo haya pedido, Harry. El asesinato es un crimen aunque sea con consentimiento de la víctima.
Harry se enfurruñó y cruzó los brazos. Kingsley pudo ver la furia en sus ojos y suspiró con cansancio.
–Mira, hablaré con los ancianos del Wizengamot. Trataré de que sean benévolos con él, claramente ustedes tendrán que declarar ante ellos. Mientras tanto trasladaremos a Snape a San Mungo donde estará mejor atendido y pondré seguridad para él, ¿Vale?
El muchacho asintió, aún con el ceño fruncido.
–Bien –dijo Kingsley–. Yo te avisaré por lechuza cuándo será el juicio.
Sin más se fue a seguir con su trabajo.
Hermione comprendía la postura del Ministro. Pero no se atrevía a decir una palabra del tema frente a Harry, ya que el chico estaba especialmente sensible con el tema de Snape. Ya lo había ido a ver tres veces desde que habían llegado al castillo.
El profesor seguía inconsciente pero fuera de eso parecía mantenerse estable. Madame Pomfrey admiraba el buen trabajo de cosido que le habían hecho, Ron se encargó de contarle que fue Hermione, y la castaña quiso que la tierra se la tragara cuando unos cuantos medimagos que atendían en el castillo se acercaron para felicitarla y preguntarle cómo había aprendido.
No se quedaron a cenar. La señora Weasley les había pedido amablemente, para no decir ordenado, que la ayudaran a alistar la Madriguera y preparar el banquete para el funeral de Fred. La matriarca quería que todo fuese como la antigua tradición ordenaba: la casa relucientemente adornada y un gran banquete para quienes fueran a presentar sus respetos.
La castaña se había querido negar, especialmente por el comentario de la señora Weasley a ella.
–Será como en todas las familias de magos sangrepura, nada de costumbres impuras... Sin ofender, querida.
Sus nulas ganas de ir también se debían a que no podía dejar de pensar en las memorias de Malfoy bajo su cama. Estaba profundamente intrigada por la bendita caja y su contenido. Se había pasado la tarde entera aprovechando cada momento libre para averiguar sutilmente sobre el paradero del rubio.
Una chica de sexto de Gryffindor le había dicho que lo vió escabullirse como una rata cuando Voldemort murió. Otro de Slytherin le dijo que estaba buscando a sus padres con la varita abajo durante la batalla. Un hufflepuff le dijo haberlo visto desaparecerse con sus padres cerca del puente destruido y finalmente un profesor le había comentado que vió como caía ante un hechizo durante una pelea con miembros de la Orden.
Ninguna versión coincidía y ella no sabía qué creer. No entendía nada sobre lo que se suponía que debía hacer con lo que él le había dado, y tampoco sabía nada sobre su paradero. Únicamente rogaba que se encontrara bien. Y sobre todo poder llegar rápidamente a Grimmauld Place para saber qué más tenía Malfoy en sus memorias.
Para las once de la noche se encontraba fregando el piso de la sala de los Weasley a la manera muggle. Molly había insistido en que fuera de forma muggle y ella realmente no había preguntado porqué, prefería fregar el piso antes que estar en la cocina ayudando con la comida entre los sollozos de Ginny y su madre. El señor Weasley estaba con Bill preparando el cuerpo de su hijo, ella ignoraba dónde y de qué manera.
Harry se encontraba unos metros más allá acomodando un librero.
–¿Crees que los elfos vayan al cielo, Mione?
La gryffindor se quedó estática por un segundo.
–No sé ni si existe el cielo para los humanos, Harry –le contestó desde su posición.
El muchacho asintió perdido en sus pensamientos. Ella quiso aprovechar el momento para hablarle de Malfoy y lo que había sucedido realmente con Dobby. Pero se calló. No sabía bien porqué, Malfoy era como su pequeño gran secreto. Tampoco le había dicho acerca de la piedra de la resurrección.
Aún guardaba la capa de invisibilidad de Harry en su bolsito, él no se la había pedido y probablemente fuera porque pensaba que estaba muy segura con ella. Nuevamente quiso decirle que había encontrado la piedra con ayuda de la varita pero prefirió una vez más guardar el secreto, tenía la sensación de que no debía hablar de eso, sin saber en realidad la razón. Pero en el fondo también sabía que muy posiblemente fuera la magia de las reliquias la que ejercía algún tipo de poder de decisión en ella. No estaba muy segura de que no fuera cierto tipo de magia oscura.
Luego de terminar con el piso la señora Weasley la mandó a decorar un pastel. Hermione odiaba cocinar, pero odiaba más aún todo lo que tuviera que ver con la repostería. Era especialmente mala en esas cosas, a los quince años casi había incendiado la cocina de la casa de sus padres tratando de hornear unas galletas. Pero la mujer pelirroja se había impuesto con autoridad y allí estaba con Harry sin saber cómo desmoldar el bizcocho del recipiente donde se había horneado.
Hermione estaba por explotar, pero no quería negarse, la pena que sentía por la familia Weasley era mucho mayor que cualquier otra cosa.
–Entonces... ¿No podemos solo ponerle esta crema encima? –preguntó Harry.
–No –le aclaró ella–. Hay que sacarlo de acá y luego ponerle la crema en medio, luego encima otra vez, ponerle el otro bizcocho y luego la crema de nuevo y luego... No lo sé.
Harry se estaba divirtiendo a sus costillas. Le hacía mucha gracia ver a su perfecta amiga derrotada ante un pastel. La que había sobrevivido un año en los bosques de Europa a base de bayas y agua sin purificar no sabía qué hacer en la cocina.
–No es gracioso, Harry –se quejaba ella ante la sonrisa del niño que vivió.
Al final terminaron rompiendo el bizcocho en muchas partes y uniéndolo de nuevo con crema de maní, que no estaba en la receta pero parecía funcionar como pegamento. La crema pastelera que la señora Weasley les había dejado fue embadurnada por todos los rincones posibles y la crema chantilly puesta de curiosas maneras sobre la cara del pastel, con unas cuantas fresas repartidas en sitios aleatorios.
El resultado había sido espantoso. Tanto es así que ellos pensaron que el grito desgarrador que había pegado la señora Weasley se debía a su lamentable trabajo culinario. Pero la mujer no estaba en la cocina, así que ambos amigos se dirigieron varita en ristre hacia la sala de donde provenía el grito, y se encontraron con Molly Weasley de rodillas en el piso reluciente de Hermione frente al féretro de su hijo que acababa de ser traído por Arthur y Bill.
Las horas habían pasado lentas luego de eso. Harry y Hermione quisieron retirarse a dormir un poco a Grimmauld Place pero Molly no quería que se separaran de la familia, farfullando algo sobre el peligro reinante. Para suerte de ellos no había dicho nada del desastroso pastel, y Fleur, quien tampoco tenía muchas ganas de estar metida en medio de los Weasley en ese momento, se encargó de arreglarlo y los tres hicieron de la cocina un fuerte mientras los demás miembros de la familia se reunían alrededor de Fred.
Así fue como surgió la conversación.
–¿Dices que el que no debe seg nombgado estaba tgas las geliquias de la muegte Haggy?
–Así es –contestó el moreno–, pretendía ser el amo de la muerte. Gracias a Merlín no sucedió.
–¡Es incgeible! ¿Sabes lo que yo haggia con tanto podeg? Traeg de vuelta al bueno de Fged.
Hermione la miró fijamente.
–¿Crees que sea posible? –preguntó.
La francesa asintió. Explicó cómo corrían las leyendas acerca de las reliquias de la muerte en Francia, y cómo se creía que el poseedor de las tres reliquias aparte de ser increíblemente poderoso e invencible tenía la capacidad de devolver a los muertos a la vida en carne y hueso.
–¿Hay algún hechizo? –volvió a preguntar la castaña.
Harry la miró con curiosidad.
–No lo sé –contestó Fleur mientras decoraba el pastel–. Pgobablemente lo haya pego no cgeo que fuega posible, además necesitaguias las tges gueliquias.
Hermione solo asintió en silencio, maquinando mil ideas. Harry volvió a lo suyo hojeando una revista de quidditch.
Eran las cuatro de la mañana cuando el pelinegro se había quedado dormido en la mesada de la cocina, Fleur se había ido con Bill a su hogar para descansar unas horas antes del entierro, Arthur y Ron cavaban la tumba alejados de la casa, Ginny dormía en su habitación y George no había salido de la suya en todo el día. Solo la señora Weasley lloraba silenciosamente en el sofá de la sala frente al cajón de su hijo.
Hermione estaba muy despierta, llevaba horas calculando hechizos en su mente. Sabía que lo que estaba pensando era realmente descabellado y si hacía un solo movimiento sin contarle a sus amigos estaría siendo la peor persona del mundo. Pero a su vez sentía emoción. No quería profanar el cadáver de Fred pero la posibilidad de que funcionara y que volviera a la vida la llenaba de ansiedad.
Aprovechó que todo estaba despejado y caminó en puntas de pies para no hacer ruido. Cuando llegó a la sala vió a Molly de espaldas en el sofá, con los hombros sacudiéndose levemente. Se fijó una vez más que no hubiera nadie cerca y lanzó un desmaius silencioso sobre la mujer, quien cayó de costado sobre el asiento. Siempre podían pensar que se había quedado dormida presa del cansancio.
Se acercó al ataúd abierto donde reposaba el cuerpo de quien en vida fuere uno de los magos más alegres de Inglaterra.
Hermione suspiró. Realmente no sabía qué hacer.
Lo apuntó con la varita de sauco y susurró.
–Ennervate.
Pero nada sucedió.
Se sentía sumamente culpable por aplicar un hechizo a un muerto y faltarle el respeto así a toda la familia que la había acogido por tantos años. Y al mismo tiempo pensó que era por ellos por quienes estaba intentando traer de vuelta al pelirrojo.
La lógica le decía que tal vez la piedra de la resurrección tuviera mucho que ver con el acto de resucitar. La buscó en su bolsito y la sostuvo en sus manos mientras pronunciaba nuevamente el hechizo que devolvía la consciencia a los desmayados.
Nada volvió a suceder.
En un último intento se hizo con la capa de invisibilidad, se cubrió totalmente con ella, con la piedra en mano y la varita de sauco apuntando al pecho inmóvil del chico.
–Ennervate.
Nada sucedió. Hasta que en un momento una luz blanca muy fuerte salió de la varita de Hermione y atravesó el pecho de Fred. La chica se quedó pasmada.
La luz iluminó toda la habitación y ella estuvo tentada de romper el hechizo por miedo a que llamara la atención y el señor Weasley y Ron vinieran a ver qué sucedía.
Sintió el suelo temblar y también su interior, cuando quiso hacerlo fue incapaz de bajar la varita pues una fuerza superior se lo impedía.
Una pesadez extrema se apoderó de sus ojos y sintió como levemente iba perdiendo fuerzas. Creyó que se desmayaría. Y de un momento a otro el hechizo terminó.
Como pudo se tambaleó hasta el sillón y usando sus últimas fuerzas guardó la piedra y la capa nuevamente en su bolsito. Los ojos se le cerraron sin que ella pudiera controlarlo y cayó en un profundo sueño sin siquiera mirar hacia el cuerpo de Fred Weasley.
–Hermione –susurró el niño que vivió y removió un poco el hombro de su amiga– ¡Hermione!
La castaña escuchó a lo lejos su nombre. Acostumbrada a vivir siempre en alerta y reaccionar al menor atisbo de peligro en la voz de Harry, despertó al instante y abrió los ojos.
Le costó enfocar la vista al principio, y apenas fue consciente cuando un fuerte dolor de cabeza se apoderó de ella.
–Te quedaste dormida –le dijo el moreno como si no fuera obvio–. La gente llegará como en una hora, Mione. Creo que deberíamos ir a alistarnos.
Hermione asintió, aún con la mente confusa. Recién al momento de ver el ataúd de Fred frente a sus ojos logró recordar qué había sucedido.
Inmediatamente se puso de pie, sosteniéndose de su amigo.
–Fred –susurró.
El cuerpo inerte del pelirrojo descansaba en el cajón como si nada hubiera sucedido.
–¿Cuánto tiempo me dormí, Harry? –preguntó acercándose al cajón.
El moreno dudó.
–No estoy seguro. ¿Dos horas, tal vez tres?
La chica estiró la mano y la puso sobre el cuello del cadáver, buscando el pulso. Harry suspiró tristemente.
–Es horrible, lo sé –murmuró con un pequeño estremecimiento, creyendo que su amiga estaba angustiada por la muerte del mago.
Hermione no halló el pulso del muchacho. Retiró la mano como si le quemara y retrocedió. Claro que no sería tan fácil revivir a los muertos. Era obvio que las tres reliquias juntas poseían el poder mágico suficiente para lograrlo pero suponía un trabajo y esfuerzo enormes que no se lograban a la primera. Se necesitaba de práctica, y ella no profanaria de esa manera el cuerpo de Fred por respeto a la familia.
Harry notó su drástico cambio de humor y lo atribuyó a la situación general reinante. Le propuso que fueran a darse un baño a Grimmauld Place y volvieran para la ceremonia. Ella simplemente asintió y lo siguió sin decir una palabra. Estaba realmente decepcionada.
Él trató de animarla al llegar a la casa. La retuvo por unos minutos en la sala de la mansión Black y le comentó que había estado pensando en que ahora que vivirían juntos debían comprarse una televisión y algunos artefactos muggles prácticos.
Ella asintió sin escucharlo. De pronto lo miró.
–Si pudieras traer a cualquiera de la muerte, ¿A quién elegirías?
Harry se descolocó un poco con el cambio de tema, pero pensó rápido y contestó sin dudar.
–Mi madre. ¿Y tú?
Ella suspiró.
–A Fred. Pero ya es imposible.
Acto seguido subió las escaleras sin esperar una respuesta del pelinegro.
No tardó en bañarse. Se vistió con magia, costumbre adquirida por haber vivido con dos hombres el último año y adoptada aún por practicidad. Antes de que Harry terminara su baño ella ya estaba lista. Se había peinado con un hechizo y ya no le quedaba nada más.
Miró su reloj, aún le quedaban veinticinco minutos. Se apresuró a sacar la caja de Malfoy de abajo de la cama. Tal vez le diese tiempo para ver una memoria antes de marcharse.
Sintió su corazón latir más rápido cuando sacó el frasquito con la hebra plateada brillando en su interior. Estaba muy sorprendida con la complejidad de la magia con la que fueron depositados los recuerdos de Malfoy, donde no era simple testigo sino que se convertía en protagonista. Había leído sobre ese tipo de magia, por lo que sabía que era magia muy avanzada y poco común. ¿Había sido el mismo Malfoy quien había conjurado sus memorias de esa manera? ¿Todas eran memorias del slytherin? ¿O habrían otras que no le pertenecían?
Vertió el contenido del vial en el pensadero y se sumergió.
Estaba sentado en el escalón más alto de las escaleras que daban al Gran Salón de Malfoy Manor. Escuchaba atentamente la reunión que estaba teniendo lugar en el comedor, gracias a una chucheria que los estúpidos Weasley vendían en el colegio. Orejas extensibles, lo único útil que habían hecho en toda su patética vida.
La voz del Señor Tenebroso llenaba sus oídos y le causaba un poco de dolor de estómago.
–No puedo perder tiempo. Es una amenaza aún peor que Harry Potter. Por eso tengo que adelantarme al destino, porque soy más grande y poderoso que el destino. ¿No soy más grande y poderoso que el destino, mi querido Lucius?
–Sí, amo, ciertamente lo es.
–Muy bien –dijo el Señor Tenebroso–. Entonces necesitaré de tu esposa.
Un silencio prosiguió a lo dicho por el mago.
–Mi Señor... –murmuró Lucius– nosotros estaríamos encantados, pero usted debe disculparnos... Draco es el único que...
El rubio agudizó el oído e inclinó la cabeza como si así pudiera poner más atención a lo que su padre hablaba de él.
Pero el Señor Tenebroso no lo dejó terminar.
–Entiendo, es una verdadera lástima. Ustedes gozarian de tantos privilegios. Seré benevolente contigo por hoy Lucius.
–Gracias, amo –susurró el jefe Malfoy.
–¿Qué hay de tí, Rodolphus? ¿También negarás a tu esposa ante tu Señor?
Draco casi podía imaginarse la cara de adoración que su tío Rodolphus ponía.
–De ninguna manera, mi Señor. Estamos a tus pies. Bella estará encantada.
–Lo sé –rió fríamente el señor Oscuro–. Ya lo hemos hablado, me ha suplicado hacerlo.
–Realmente hubiera sido un honor tan grand... –empezó Lucius pero se interrumpió con una queja de dolor.
¡Calla! –vociferó el Señor Oscuro– No quiero escucharte. Que Narcissa prepare a su hermana, y luego iros inmediatamente por unos días lejos de aquí. No quiero volver a verlos hasta que esté hecho.
–Sí, mi Señor, como usted ordene.
Se escucharon pasos y una puerta cerrarse. Pero Draco no se movió de su posición, demasiado interesado en seguir oyendo.
–Repítelo de nuevo, Rodolphus –ordenó el mago.
Su tío se aclaró la garganta y habló solemne.
–La luna llena de una noche tormentosa verá el nacimiento de la creación mágica que derrote definitivamente a quien comanda a los nuevos mortífagos. La sangre pura y antigua...
–¡Draco!
La voz de su madre lo asustó tanto que pegó un salto y casi cayó de las escaleras.
–¿Qué crees que estás haciendo? –lo regañó Narcissa Malfoy, arrancándole las orejas extensibles.
–Madre, yo...
–No quiero escucharlo, Draco. Sabes perfectamente que lo que haces no es correcto. Pones en riesgo tu vida. ¿Eres consciente?
Los pasos de su padre subiendo las escaleras hicieron que su madre se callara. Draco palideció.
–¿Qué sucede, Cissy? ¿Qué hizo Draco para poner en riesgo su vida?
Su tono velado le advertía que fuera lo que fuese, tendría graves consecuencias.
–¡Es un completo inconsciente! –exclamó su madre.
Su padre clavó la mirada en el niveo rostro de su hijo estrechando los ojos e hizo presión en su bastón.
–Le he dicho mil veces que no realice esas estúpidas maniobras en al aire una y otra vez. Perderá el control de la escoba y caerá irremediablemente. Ha estado haciendo lo mismo en el jardín toda la tarde.
Draco se quedó paralizado ante la mentira de su madre.
Lucius relajó visiblemente los hombros.
–Tu madre tiene razón, Draco. No quiero volver a ver que toques esa escoba hasta que vuelvas a Hogwarts.
El rubio casi rezongó ante el castigo, pero se limitó. Su madre lo había salvado y no montar la escoba por unos días era preferible a cualquier otro castigo que hubiera tenido, al fin y al cabo volvía a Hogwarts el lunes y estaban a sábado, Umbridge le dada un permiso especial los fines de semana.
–Espérame en tu cuarto, Draco –ordenó seguidamente su padre.
El muchacho sintió un nudo en la garganta, aún así se levantó y asintió obediente. Pudo ver a su madre presionando el brazo de su padre. Él la tranquilizó entre susurros mientras Draco se alejaba.
–Hablaré con él sobre el lugar seguro. Tú debes alistar a Bella para su misión con el señor...
Dejó de escuchar a su padre a medida que se alejaba. No sabía si sentirse más tranquilo o más nervioso con aquello de «hablar sobre el lugar seguro». Nunca podía estar seguro con su padre, especialmente desde que el Señor Tenebeoso había estado viviendo allí.
No tuvo que esperarlo mucho. Lucius enseguida se presentó en su habitación.
–¿Sabes hacer un traslador? –preguntó de entrada y el chico negó– Muy bien. Presta mucha atención, te lo enseñaré una sola vez y no volveré a repetirlo.
Contrario a su palabra, su padre repitió hasta cuatro veces la explicación, asegurándose que Draco realmente entendiera el hechizo y fuera capaz de hacerlo.
–¿Lo has entendido? –preguntó por quinta o sexta vez.
–Sí, padre –contestó el chico.
–Ahora debes memorizarte estas coordenadas para poder hacer el traslador –anunció el hombre, escribiendo en el aire con su varita.
Draco pronunció el primer número.
–¡No! –saltó Lucius– Calla –ordenó y luego habló en susurros–. Las paredes tienen oídos, hijo. Nadie puede saber de este lugar, absolutamente nadie.
El slytherin asintió, un poco confundido.
–Cuando las cosas se pongan muy mal... –dijo Lucius en un murmullo– estas coordenadas, Draco. Tú, tu madre. ¿Me entiendes?
El chico sintió de vuelta el nudo en la garganta. Claro que las cosas se pondrían mal. Él habia pensado en eso tantas veces en los últimos meses. Sabía que se avecinaban tiempos oscuros y no todo sería fácil.
Asintió ante su padre y memorizó las coordenadas que le había dado, luego hizo el traslador con las mismas tal como el mago le había enseñado.
–Ya lo sabes, hijo –insistió su padre–. Es el lugar más seguro que tendrán tu madre y tú.
Narcissa llegó unos minutos después con dos baúles levitando a su alrededor, se apresuraron a usar el traslador y abandonaron la mansión Malfoy para aparecerse ante una elegante pero sencilla casa de dos pisos en las costas del sur de Francia.
Hermione sacó la cabeza del pensadero y se apresuró a escribir las coordenadas en el aire de la misma forma que Lucius Malfoy lo había hecho. Guardó todo en la caja bajo la cama con cientos de interrogantes en su mente.
¿Qué querría decir aquello de quien comanda a los nuevos mortífagos? ¿Sería la profecía que había reaccionado a Malfoy en el otro recuerdo? ¿Porqué Malfoy no había sido más directo de una vez? ¿Estarían los Malfoy escondidos en su mansión o en la casa de Francia? ¿Estarían muertos? ¿Dónde estaban los Malfoy?
Mientras caminaba dando vueltas alrededor de las coordenadas, Harry abrió sin tocar y se quedó unos segundos observando los números suspendidos en el aire.
–¿Qué son esos números? –preguntó intrigado.
Hermione sintió el mismo nudo en la garganta que el slytherin había sentido y los borró con una floritura.
–Es... Álgebra –asintió–. Ya sabes, para relajarme.
El moreno se rió suavemente.
–Tienes unas técnicas de relajación envidiables, Mione.
Ella rió con él, un poco por nervios.
El funeral de Fred Weasley fue bastante doloroso. Hermione no había escuchado llorar nunca a nadie como había roto en llanto la señora Weasley.
La ceremonia duró como media hora. Harry también había hablado de Fred, al igual que todos sus hermanos, sus padres y algunos compañeros del colegio, la profesora McGonagall, el profesor Flitwick y Hagrid. Ella no había querido hablar, nadie entendería que si hablaba y se le quebraba la voz sería por la culpa que le causaba haber experimentado inconscientemente con el cuerpo sin vida del pelirrojo.
El momento más tenso había sido cuando sus padres le colocaron la varita en las manos como mandaba la tradición para luego cerrar el cajón. Molly se había negado a abandonar el cuerpo de su hijo, Charlie y Bill tuvieron que apartarla y Ginny conjuró un vaso de agua para su madre que la señora Weasley lanzó al suelo al grito de «¡No quiero agua, quiero a mi bebé de vuelta!».
Al término del funeral tenían otros a los cuales asistir. Al de Colin Creevey solo asistieron Hermione, Harry y la profesora McGonagall, ya que fue en el mundo muggle.
En Hogwarts parte de la familia Weasley asistió, además del Ministro, miembros del Wizengamot y algunas celebridades del mundo mágico.
Una vez terminada la ceremonia, Arthur los invitó a cenar a su casa. Harry aceptó, con ganas de acompañar a Ginny en el dolor. Ron insistió en que Hermione también estuviera presente pero ella se negó alegando cansancio. El pelirrojo dijo entonces que la acompañaría a Grimmauld Place pero ella lo regañó diciendo que su lugar era al lado de su familia en los tiempos difíciles.
Así fue que se encontró sola en la mansión Black.
Dió unas vueltas por la biblioteca, se preparó algo de cenar, trató de ocupar su mente al máximo para no pensar y dar rienda suelta a la idea que le rondaba desde la mañana.
Aún estaba cansada por el exceso magia desperdiciado en Fred y su cuerpo exigía una cama donde descansar de una vez. Pero su mente no dejaba de trabajar.
¿Y si Malfoy estaba en Francia?
Su excusa principal fue que ella necesitaba respuestas. Malfoy no podía solo llegar y decir «Ten esta bonita caja tallada para que te explote el cerebro». Él debía ser claro y decirle sin tantas vueltas qué rayos quería con ella. Ella necesitaba y se merecía respuestas.
Con ese pensamiento buscó alguna chuchería en la cocina y encontró una lata vacía de arvejas. Usó las coordenadas memorizadas e hizo el traslador. Trató de no dudar al momento de activarlo.
Segundos después sus pies se posaron en la fina hierba y suspiró alegre al haber llegado intacta.
Alzó la vista para apreciar la casa de dos pisos de la memoria de Malfoy, y la encontró ardiendo en llamas.
¡Hola! Muchísimas gracias por el apoyo. Espero que les guste este capítulo y me vayan contando con un review qué les parece.
Con cariño, Ann.
