TIC TAC

Capítulo IV

Hermione sintió que el alma se le caía a los pies. Lo último que esperaba encontrar cuando pensó en ir había sido una escena como aquella. El incendio había practicamente devorado la casa. Las llamas la consumían completamente y ella dudaba que una sola cosa se hubiera salvado dentro.

¿Cómo podría desatarse un incendio de esa magnitud? Obviamente debía haber sido provocado.

Eran tiempos de guerra, aunque había básicamente «terminado». Tal vez alguien quisiera acabar con los Malfoy. Y no les faltarían razones, de ninguno de los dos bandos.

Se acercó un poco al lugar, todo lo que el calor le permitía. Extendió la varita y susurró "Homenun revelio", estaba casi segura de que era hasta ridículo, pero entonces lo más increíble sucedió. El hechizo señaló la presencia de una persona en la planta baja de la casa.

Hermione jadeó sorprendida. Hizo trabajar su mente a mil por hora. ¿El hechizo era solo para personas con vida o se extendía a cadáveres? ¿Y si era Malfoy? ¿Y si era un mortifago?

Buscó a su alrededor alguna fuente de agua y vió que unos cien metros delante de ella estaba el Mar Mediterráneo en todo su esplendor. Hizo los cálculos y con un poco de duda se animó a realizar el hechizo que solo había practicado en potencia mucho menor mientras estaba en la tina del baño de prefectos.

Tomó una gran bocanada de aire, apuntó al mar.

–Aqua volatem.

El agua se agitó. Entonces lentamente empezó a levantarse, y a formarse una pequeña bola de agua que fue creciendo hasta convertirse en una enorme, del tamaño de una casa pequeña. Hermione estaba muy concentrada, con delicadeza e impaciencia a la vez, trasladó la bola de agua hasta la casa. Aquello era un despliegue increíble de poder y ella lo sabía.

Realizó el hechizo unas cuatro veces, hasta que finalmente el fuego mermó y lo que quedaban eran pequeñas llamas que no querían apagarse, pero ya no había riesgo de que se formara un gran incendio nuevamente, al menos no inmediatamente.

Una vez que estuvo segura de aquello, se adentró lentamente dentro del lugar del siniestro con un hechizo de protección alrededor. Con el de localización activado encontró a la presencia sujetada a la pared, una persona totalmente calcinada, tanto que resultaba imposible tener una mínima idea de quién se trataba.

Hermione controló las náuseas. Se obligó a inspeccionar el cuerpo. Tenía las manos clavadas a la pared sobre su cabeza. Tenía puesta una máscara de mortifago. Lo poco que le quedaba de ropa daba a entender que vestía un traje. Debía medir entre un metro setenta y cinco y un metro ochenta. Los zapatos eran elegantes y caros, a pesar del fuego aún conservaban las hebillas de plata.

Aguantó todo lo que pudo observando el cuerpo, su estómago estaba por devolver la cena. Pero antes de girarse sus ojos captaron lo que no había podido olvidar y la perseguía incluso en sueños.

Las manos del cadáver habían sido clavadas a la pared con una daga con el mango de plata y detalles simulando una calavera. Idéntica a la que le había dejado una marca en el brazo, idéntica al arma que había asesinado a Dobby.

La daga de Bellatrix Lestrange.

Cuando volvió a Grimmauld Place fue directo a su cuarto, se tiró a la cama y lloró hasta quedarse dormida. Lloró por la crueldad de la guerra, por que había tenido que presenciar esa escena, pero por sobre todo lloró por que existía la enorme probabilidad de que la persona calcinada fuera Draco Malfoy.


La castaña despertó al día siguiente deseando olvidar todo lo que había visto. Pero decidió dejar de lado la sensibilidad y ponerse a trabajar. Organizó su día, escribiría una carta a Kingsley avisándole del incendio sin decirle quién era, lo último que quería era tener que dar explicaciones. Luego tendría hasta el almuerzo para ver todas las memorias posibles de Malfoy, y luego iría a Hogwarts para ver si podía ayudar en algo.

Con la mente más despejada bajó a la cocina para desayunar. El inconfundible aroma de huevos con panceta inundó sus fosas nasales y se acercó curiosa, pensando en la razón por la cual Kreacher se lucía. Pero en su lugar encontró a Harry manejándose bastante bien en la cocina.

–Oh por Merlín –exclamó al entrar mientras el moreno se daba vuelta y sonreía al verla– ¿Qué es este milagro?

Harry rió mientras colocaba crema de leche a los huevos.

–¿Sorprendida?

–¡Mucho! –contestó ella, acercándose– ¡No sabía que pudieras cocinar! Ayer no sabías decorar un pastel.

–Nunca he decorado pasteles –dijo el niño que vivió–, pero siempre he hecho desayunos para los Dursley.

Hermione sintió que se le estrujaba el corazón. Harry había sido tan explotado con sus tíos. Llegó hasta él y lo abrazó de hacia atrás, reposando la cara en su espalda y las manos en su abdomen.

–Oh Harry –le dijo mientras lo abrazaba–, tú debes ser el hombre perfecto. Eres apuesto, salvas al mundo mágico, resucitas de la muerte y también sabes cocinar.

Ambos rieron luego de la declaración de la castaña, el moreno acarició los brazos que le rodeaban y estaba a punto de contestar a su amiga cuando un carraspeo en la entrada de la cocina los interrumpió.

Los chicos se giraron a observar a Ron mirándolos con el ceño fruncido.

–Buen día Ron –saludó Hermione soltando a Harry.

–Veo que es muy bueno para ustedes –murmuró el pelirrojo.

Harry carraspeó incómodo.

–¿Qué hay compañero? ¿Te unes al desayuno?

Ron se sentó sin decir nada. Hermione quiso que se la tragara la tierra.

Ella no era ignorante de los sentimientos de Ron hacia ella, sabía que al chico le gustaba desde hacía un tiempo. Pero ella no sentía lo mismo, lastimosamente. Su tiempo de ver al gryffindor como algo más que un amigo había pasado, y era a causa de que él mismo se había encargado de hacer que terminase, con las continuas decepciones. Desde Lavender, pasando por otras cientos de cosas hasta haberlos abandonado en el bosque. Todo había logrado que ella lo superara ampliamente y ahora pudiera verlo solo como un amigo, o hermano en todo caso.

Puso la mesa en silencio, de la misma manera que luego Harry sirvió el desayuno. Pasaron como cuatro minutos sin hablar, con solo el tintineo de cubiertos al fondo, cuando una luz azulada atravesó las paredes y se posicionó en medio de la cocina.

El trío dorado sintió escalofríos. La última vez que algo así había sucedido terminaron en el Luchino Caffe de Londres peleando contra Dolohov y Rowle, para después pasar diez meses buscando horrocruxes.

El patronus brilló en medio de la cocina y finalmente habló.

–Ha ocurrido un incidente. Cinco mortifagos aparecieron colgados en el Callejón Diagon al amanecer. Es necesario que la conferencia de prensa se haga esta misma mañana. Presentense inmediatamente en el Ministerio.

Los tres amigos se miraron en silencio. Ninguno quería dar declaraciones ante la prensa pero era ineludible, tarde o temprano deberían rendir cuentas ante la sociedad y qué única manera de hacerlo si no era en una entrevista.

Cada uno fue a su cuarto a vestirse. Hermione aprovechó para escribir la carta a Kingsley. Una matanza de mortifagos había sido llevada a cabo. Probablemente aquellos cinco del callejón Diagon y el posible Malfoy de Francia no habían sido las únicas victimas del vengador, si es que de eso se trataba.

Tomó una hoja y escribió la información escuetamente. «Mortifago asesinado en incendio» y las coordenadas. Tomaría prestada la lechuza de Ron, que probablemente Kingsley no reconocería, y listo.

Pero la puerta de su habitación se abrió sin previo aviso. Ella arrugó el papel en sus manos y lo escondió en el bolsillo trasero de sus jeans.

–¡Mione, hay que apurarnos! –Le insistía Harry en la puerta, secundado por Ron.

Hermione rodó los ojos.

–¿No saben tocar? –los reprendió.

Se apresuró a ir tras sus amigos. Llegaron al Ministerio por red flu. Estaba totalmente renovado, todo había vuelto a su lugar y estaba más bonito incluso. Apenas entraron al vestíbulo principal fueron devorados por una marea de gente. Todos corriendo de aquí para allá con carpetas, calderos, lechuzas, papeles, y los memorándums surcaban el aire.

Entonces Hermione tuvo una idea.

Disimuladamente se relegó de sus amigos y caminó atrás de ellos. Las personas apenas percibían su presencia, demasiado ocupados en sus propios asuntos. Sacó el papel arrugado de su bolsillo y le colocó un hechizo. En un instante se convirtió en una mariposa de papel y se elevó en el aire.

–Kingsley Shacklebolt –susurró Hermione.

El memorándum se elevó aún más en el aire y aleteó hasta meterse en un ascensor, el mismo en que el trío dorado se metió.

Ella trató de no mirar la mariposa de papel que revoloteaba justo en frente de los ojos de sus mejores amigos. Se sentía culpable, una pésima amiga. Estaba teniendo muchos secretos con ellos.

Llegaron hasta el piso de la oficina del Ministro, donde Kingsley los esperaba al final del pasillo, hablando con un grupo de aurores.

La mariposa se adelantó a ellos y voló rápidamente hasta posarse en el hombro del Ministro. Harry miró a Hermione y sonrió asombrado ante el papel. Ella le devolvió la sonrisa, era increíble ver como al moreno aún le sorprendían esas cosas que después de siete años debían ser normales. Ron gruñó a su lado ante el intercambio de sonrisas.

Kingsley los saludó con la mano antes que llegaran a él y despachó a casi todos los aurores, dos se quedaron.

–¿Cómo han estado, muchachos? –saludó una vez que llegaron.

Harry le señaló la mariposa posada en su hombro. El Ministro la tomó sin darle más importancia y la desarmó en sus manos para decepción del moreno.

–En la casa te conjuro otras parecidas –le susurró Hermione y él volvió a sonreir alegre.

–Tenemos que hablar de muchas cosas –empezó Kingsley, al mismo tiempo que leía la nota y se la pasaba a uno de los hombres que se había quedado con él, quien enseguida salió disparado hacia el ascensor.

Los tres miraron atentos al Ministro.

–Esta mañana cinco mortifagos aparecieron colgados en el Callejón Diagon. Los cuerpos presentaban signos de tortura pero la causa de la muerte fue estrangulamiento. Hasta ahora se desconoce a los autores y los forenses están trabajando en la escena del crimen para obtener más evidencia. La prensa habla de que el Ministerio tiene participación en los hechos.

Esperó que los chicos dijeran algo pero lo miraron solo con algunos pestañeos regulares.

–Es una muy mala noticia –insistió.

Hermione arrugó el ceño.

–¿Cuál específicamente es la mala noticia? ¿El asesinato de los mortifagos o lo que pueda decirse del Ministerio?

Kingsley carraspeó.

–Ambas cosas por supuesto. Necesitamos que todos sepan qué sucedió en Hogwarts, es hora de que hagan sus declaraciones a la prensa. Mañana comenzarán los juicios de los detenidos y es preciso que primero la sociedad tenga toda la información posible acerca de la batalla y de la acción de ustedes en la misma.

Los tres asistieron ante lo dicho por el Ministro. Él los invitó a tomar té antes de llamar a los periodistas pero ellos declinaron la invitación. Todos estaban bastante nerviosos.

La conferencia de prensa sería en el vestíbulo del Ministerio, que fue arreglado en minutos para que pudieran estar más cómodos. Una pequeña mesa y todos los periodistas alrededor. Hermione ignoraba la cantidad de prensa que podía haber en el mundo mágico, pero era obvio que no solo estaba la prensa de Inglaterra, todos los medios periodísticos mágicos del mundo estaban allí.

Apenas salir del ascensor los flashes los cegaron. Hermione se sintió agobiada. Sintió el brazo del Ministro posarse sobre su hombro y vió que los envolvía en un abrazo junto con Harry. El jefe de seguridad mágica, como lo había presentado antes Kingsley, tenía una mano en el hombro de Ron. Y los flashes no cesaban.

Todo aquello era solo política.

–Escúchame Harry –murmuró Kingsley mientras caminaba–, cuando pregunten sobre los mortifagos asesinados, debes decir que el Ministerio no tiene nada que ver, que los aurores están en la búsqueda de los prófugos pero que los traerán vivos hasta el Wizengamot para que sean justamente juzgados. ¿Vale?

Harry asintió distraído. Hermione en cambio se detuvo en seco a mitad de camino y se giró hacia el Ministro con rabia.

–Usted mismo puede contestar a esa pregunta cuando sea hecha.

Harry por fin se centró y miró confundido a su amiga.

–Sí, claro, pero Harry... –respondió el hombre.

Hermione negó con los brazos en jarra.

–No harán de Harry un caballo político. Ya pretendió hacerlo Fudge y también Scrimgeour. No pretenderán ustedes cometer el mismo error. Harry no representa al Ministerio de Magia, no sirve al Ministerio y actualmente no trabaja para esta institución. El Ministerio de Magia nunca lo apoyó, de la misma manera que Harry Potter no apoya su dudosa gestión.

El niño que vivió se obligó a cerrar la boca, al igual que Ron. El jefe de seguridad quedó lívido, el Ministro sonreía falsamente a los periodistas mientras quería que se abriese un hoyo en el suelo y se lo tragase.

–Hermione tiene razón –habló enseguida Harry–, el Ministerio puede dar sus propias declaraciones.

Reanudó la marcha sonriendo ante la prensa sin percatarse del vuelapluma que flotaba a poquisimos metros de ellos tomando nota del pequeño enfrentamiento.


–¡Estoy tan orgullosa de ustedes! –exclamó la directora McGonagall al verlos llegar, y los estrechó en un efusivo e inesperado abrazo.

Ron terminó con las orejas tan rojas como su pelo y Harry tosió un poco, avergonzado.

–¡He oído la conferencia! –les contó la mujer– El profesor Slughorn le puso un sonorus a la radio.

Hermione rió divertida para consternación de sus amigos.

–Los del Ministerio han querido hacer de las suyas –empezó ella cuchicheando con McGonagall.

La bruja la miró con los ojos muy abiertos y enseguida frunció el ceño.

–¿Cómo ha sido eso, señorita Granger?

La chica procedió a relatarle lo que había sucedido con Kingsley, para consternación de la directora, quien compartió las opiniones y alabó su decisión. En algún momento de la conversación Harry y Ron se escabulleron.

Se pasaron casi toda la tarde ayudando con la remodelación del castillo. Era un trabajo arduo, aunque ellos se encargaban de las cosas pequeñas, como las puertas, ventanas o muebles. La construcción en sí era más complicada y magos especializados de todo el mundo habían venido para levantar nuevamente el castillo. Beauxbatons de Francia, Durmstrang de Bulgaria, Ilvermorny de Estados Unidos, Mahoutokoro de Japón, Castelobruxo de Brasil y Koldovstoretz de Rusia fueron los colegios de magia que enviaron su ayuda para restaurar el castillo.

Cerca de las tres de la tarde la directora los despachó y les dijo que era hora de ir a almorzar, que ya habían trabajado mucho y se merecían un descanso. Ninguno se negó.

Harry insistió en ir a ver al profesor Snape a San Mungo pero McGonagall le informó que la entrada hasta él estaba totalmente prohibida, por lo débil que aún se encontraba. Ella ya había intentado ir a verlo pero le negaron el acceso. Aunque sí le dieron información, su salud mejoraba muy lentamente y aún seguía inconsciente. Lo más probable era que sobreviviera pero quedase con secuelas.

El pelinegro se conformó con aquello y regresaron a Grimmauld Place. Kreacher ya los esperaba con la mesa servida.

Luego del almuerzo, una pequeña lechuza trajo una carta firmada por la señora Weasley, quien invitaba a Harry y a Hermione a cenar esa noche. Ron se enfurruñó un poco porque su madre no lo había incluído en la invitación pero la castaña le explicó que tal vez se debía a que sería un poco tonto que la mujer lo invitase a su propia casa, y que era probable que asumiera que estaría allí todas las noches.

–Le diré que me he mudado –contestó Ron con las orejas rojas.

–¿Te has mudado? –preguntó inocente Harry.

Ron se puso más rojo aún.

–Kingsley dijo que teníamos que permanecer juntos.

–En realidad... –Lo corrigió Hermione– él dijo que podríamos quedarnos donde quisiéramos siempre que fuera bajo el encantamiento fidelius y con un auror como custodio.

El muchacho murmuró palabras inentendibles como respuesta, se levantó con brusquedad y salió del comedor.

Hermione rodó los ojos.

Harry carraspeó y llamó la atención de la chica, se acomodó las gafas y se removió en la silla.

La castaña rió.

–Escúpelo.

–¿Qué?

–Que digas lo que quieres decir. Estás nervioso, te conozco. Quieres hablar de algo.

Harry enrojeció un poco por lo mucho que su mejor amiga lo conocía. Suspiró profundamente y lo lanzó rápido como cuando se despega una venda de la piel.

–¿Vamos a vivir juntos?

Hermione lo miró por unos segundos procesando la pregunta. Enseguida se sintió agobiada.

–Oh, lo lamento –contestó–, claro que tú querrás tu privacidad y tu espacio. Es que me acostumbré tanto a tí en este último año y realmente no pensé en todo lo que puedes necesitar ahora, un lugar con Ginn...

–Basta –la cortó Harry– ¿Estás loca? No debes lamentar nada, Mione. Quiero que te quedes acá. Probablemente la señora Weasley no deje que Ron abandone su casa, y de verdad me voy a sentir muy solo en esta enorme mansión. Además, estaría preocupado por tí si no estás cerca.

Hermione sintió sus mejillas arder y abrazó a su amigo por segunda vez en el día. Por un momento muy breve pensó en cuan afortunada era Ginny Weasley.


Una vez en su habitación se aseguró de que su puerta estuviera bien cerrada para no volver a tener ningún tipo de intromisión. Le dijo a Harry que estaría durmiendo una siesta y lo mandó a hacer lo mismo. No se preocupó por Ron, sabía que estaba enojado y no saldría de su cuarto por un tiempo.

Sentía la ansiedad recorriéndole las venas. Era un poco como los drogadictos que iban en busca de su dosis diaria; y la anticipación, la emoción del momento antes de probarla se colaban en su sangre antes que las propias sustancias.

Pensó en Malfoy como su droga diaria. Ahuyentó el pensamiento incluso antes de que terminara de formarse.

Mientras sumergía la cabeza en el pensadero un montón de preguntas surcaban su mente. ¿Le mostraría Malfoy esta vez al fin lo que debía «decidir»? ¿Tendría más pistas sobre su posible paradero si no había sido él mismo quien estaba calcinado? ¿Descubriría la profecía?

El sudor hacía que la varita casi se le resbalara de las manos. Se sentía enfermo y triste, pero sobre todo nervioso. Tenía náuseas y solo podía pensar en vomitar lo poco que había cenado.

Tuvo que cerrar los ojos un momento para controlar su propio cuerpo, parecía flotar sobre una nube pero no era una sensación agradable, al contrario.

Estaba esperando, y los minutos parecían haberse convertido en horas. Todo estaba oscuro a pedido suyo. Quería poder juntarse con la oscuridad, hacerse uno y desaparecer para siempre.

Escuchó sonidos dentro del armario evanescente y pensó que iba a escupir el corazón. Abrió la puerta y la sonrisa diabólica de su tía Bellatrix inundó sus ojos. Ella dió un paso fuera y miró la habitación en penumbras, tenía una mano sobre su vientre. Rió y acarició la cabeza de Draco como quien felicita a un perro por haber hecho bien un truco.

Alecto Carrow, Amycus Carrow, Yaxley, Thorfinn Rowle, Gibbon y Fenrir Greyback le sucedieron. Ninguno habló. Draco pudo ver la euforia en su mirada y se sintió más enfermo aún. Rogó internamente que nadie estuviera fuera de su cama esa noche.

Al salir de la sala de los menesteres él los guió al pasillo y se detuvo abruptamente cuando vió a los idiotas Weasley menores con el subnormal de Longbottom haciendo guardia y mirándolo fijamente. Sintió los pasos de Bellatrix tras él y se apresuró a buscar una solución antes de que su tía los matara sin compasión alguna.

Sacó un sobre de polvo peruano de oscuridad y los lanzó oscureciendo toda la zona al instante. Sacó la Mano de la Gloria e iluminó el camino, apresuró los pasos obligando a los mortifagos a no demorarse con los gryffindors tratando de guiarse en la oscuridad. Disimuladamente miró en dirección a ellos y buscó si había alguien más con ellos. Lo sorprendió no encontrarla en el grupo, pero aquello solo lo preocupó más. Eso significaba que ella estaba expuesta en otro lugar del castillo y podía terminar herida si las cosas se salían de control.

Mientras se dirigían hacia la torre de Astronomía un grupo que después reconoció como la Orden del Fénix los interceptó. Comenzó una batalla a la que pronto se sumaron los chicos que habían dejado en el pasillo frente a la sala de los Menesteres.

Draco se defendia ágilmente de cada hechizo mientras buscaba un rostro conocido entre sus enemigos. Había entrenado mucho en los últimos tiempos y podía decir que se había convertido en un muy buen duelista, por lo tanto podía permitirse perder la concentración un momento para ver si la reconocía en medio de la lucha.

Vió a Gibbon correr detrás suyo hacia la torre de Astronomía y aquello lo devolvió de un golpe a su realidad. Su tía Bellatrix le lanzó una mirada enloquecida y él supo que debía actuar. Se escabulló como pudo hacia la escalera de la torre y subió sin que nadie se percatara de a dónde había ido, o al menos eso pensó cuando nadie lanzó ninguna maldición tras él.

Consumido por la adrenalina de la situación abrió de par en par la puerta que daba a la torre y para su sorpresa se encontró a Dumbledore con la guardia baja justo en frente del balcón.

No lo dudó.

¡Expelliarmus!

La varita del director salió volando de sus manos y aterrizó en algún lugar donde él no pudo verlo.

Buenas noches, Draco.

El joven sintió la piel helársele ante la voz calmada y tranquilizante de Albus Dumbledore. Miró hacia los costados para asegurarse de que el anciano se encontrara solo y vió dos escobas cerca de él.

¿Quién más está aquí? –interrogó al director.

Pero el mago retrucó su pregunta y él le dijo de los mortifagos en el colegio.

Muy astuto –casi lo felicitó Dumbledore–. Has encontrado una forma de introducirlos, ¿no?

Sí –respondió el rubio, que respiraba entrecortadamente– ¡En sus propias narices, y usted no se ha enterado de nada!

Muy ingenioso. Sin embargo... Perdóname, pero... ¿dónde están? No veo que traigas refuerzos.

Se han encontrado con algunos miembros de su guardia. Están abajo, peleando. No tardarán en llegar. Yo me he adelantado. Tengo... tengo que hacer un trabajo.

En ese caso, debes hacerlo, muchacho.

El slytherin tragó grueso. ¿El anciano estaba dejando que lo matara sin más?

Draco, Draco... Tú no eres ningún asesino.

¿Cómo lo sabe? –chilló Draco, se sintió demasiado infantil al formular la pregunta y se ruborizó fuertemente, el corazón le latía desesperadamente– ¡Usted no sabe de qué soy capaz ni sabe lo que ya he hecho!

Sí, sí lo sé –repuso Dumbledore con suavidad–, estuviste a punto de matar a Katie Bell y Ronald Weasley y llevas todo el curso intentando matarme; ya no sabías qué hacer. Perdóname, Draco, pero han sido unas pobres tentativas. Tan pobres, a decir verdad, que me pregunto si realmente ponías interés en ello.

¡Claro que ponía interés! –afirmó Draco al borde de las lágrimas, no bajaba la varita, apuntaba directamente al pecho del anciano– Es cierto que he estado todo el curso intentándolo, pero esta noche...

Un grito estremecedor se oyó desde el pasillo y el rubio sintió que se le quebraba el alma. Ese grito podía ser de ella.

Hay alguna señorita que está defendiéndose con uñas y dientes– observó Dumbledore con tono despreocupado, pero con los ojos brillando levemente–. Pero dices que... Ah, sí, que has conseguido introducir mortífagos en mi colegio, algo que yo, lo admito, consideraba imposible. ¿Cómo lo has logrado?

Pero Draco no respondió: seguía escuchando los ruidos procedentes del castillo; estaba casi paralizado, solo podía pensar en que quizás estuvieran dañándola.

Quizás tengas que terminar el trabajo tú solo –apuntó Dumbledore–. Tal vez mi guardia haya desbaratado los planes de tus refuerzos. Como quizás hayas observado, esta noche también hay miembros de la Orden del Fénix en el castillo. Pero bueno, en realidad no necesitas ayuda. Me he quedado sin varita y no puedo defenderme.

Draco seguía mirándolo a los ojos sin verlo realmente, tenía la mente en otra parte.

Entiendo –prosiguió Dumbledore con tono cordial al ver que él no hablaba ni se movía–. Temes actuar antes de que lleguen ellos.

¡No tengo miedo! –le espetó él de repente, aquello lo había devuelto al espacio donde se encontraba, pero no se decidía a atacarlo– ¡Usted es quien debería tener miedo!

¿Por qué iba a tenerlo? No creo que vayas a matarme, Draco. Matar no es tan fácil como creen los inocentes. Pero dime, mientras esperamos a tus amigos, ¿cómo has conseguido traerlos aquí? Veo que has tardado mucho en hallar la manera de hacerlo.

Tragó saliva y respiró hondo varias veces sin dejar de mirar a Dumbledore y de apuntarle con la varita directamente al corazón. Entonces, sin poder contenerse habló.

Tuve que arreglar ese armario evanescente roto que nadie utilizaba desde hacía años. Ese en el que el año pasado se perdió Montague.

¡Aaaah! –la exclamación de Dumbledore fue casi un quejido y cerró los ojos un momento– Muy inteligente. Supongo que debe de tener una pareja, ¿no?

El chico asintió. Se le revolvían las tripas.

En Borgin y Burkes.

Dunbledore alabó su astucia y por un pequeño momento Draco se sintió aliviado de que alguien pudiera reconocer su trabajo, aunque ese alguien fuera su propia víctima.

El anciano conversó un poco más con él. Le habló de sus intentos fallidos de asesinarlo y que confiaba en Snape. Draco le dijo que era un enorme estúpido si confiaba en él, pero Dumbledore insistió. Hablaron de Madame Rosmerta y la maldición imperius que el slytherin le había lanzado. También le contó acerca de las monedas que utilizaba para comunicarse con ella.

¿No es ése el medio de comunicación secreto que el curso pasado utilizaba el grupo que se hacía llamar Ejército de Dumbledore? –preguntó el anciano en voz baja y tono indolente.

Sí, ellos me dieron la idea –dijo el chico–. Y la idea de envenenar el hidromiel me la dió esa... Esa sangre sucia de Granger. Un día en la biblioteca oí cómo decía que Filch no sabía distinguir las pociones...

Te agradecería que delante de mí no emplearas esa expresión tan injuriosa –dijo Dumbledore con los ojos brillantes.

Draco inhaló profundamente y soltó una carcajada rota.

¿Le molesta que diga «sangre sucia» cuando estoy a punto de matarlo?

Sí, me molesta –confirmó Dumbledore mirándolo fijamente. Draco apartó la mirada. ¿Él podria saber algo?

Entonces se oyó un fuerte estrépito, seguido de gritos cada vez más fuertes procedentes del interior de la torre; era como si hubiera gente peleando en la misma escalera de caracol que conducía a la azotea, donde se encontraban ellos. El corazón de Draco latía con violencia en su pecho.

Sea como sea, nos queda poco tiempo –dijo Dumbledore–, es hora de que hablemos de nuestras opciones, Draco.

¡¿Opciones?! ¡¿Qué opciones?! –gritó el rubio– Tengo mi varita y estoy a punto de matarlo.

Amigo mío, no tiene sentido que sigamos fingiendo. Si pensaras matarme lo habrías hecho en cuanto me desarmaste, en lugar de entablar una agradable conversación sobre los métodos que dispones para hacerlo.

¡Yo no tengo opciones! –dijo Draco, poniéndose tan pálido como el mismo Dumbledore– ¡Tengo que liquidarlo! ¡Si no lo hago, él me matará! ¡Matará a mi familia! ¡Todos morirán! Hasta ella... –terminó en un susurro.

Me hago cargo de lo comprometido de tu posición. ¿Por qué, si no, crees que no te planté cara antes? Porque sabía que Lord Voldemort te mataría si se daba cuenta de que yo sospechaba de ti.

Draco hizo una mueca de dolor al oir el nombre del Señor Tenebroso y a la marca vibrar en su brazo izquierdo.

Yo puedo ayudarte, Draco.

El rubio respiró entrecortadamente y por un instante sintió que se desmayaría o que le daría un ataque al corazón allí mismo, en realidad lo deseaba. ¿Qué estaba diciendo el anciano deschabetado? ¿Ayudarlo? ¿Salvaría a toda su familia de la muerte acaso?

Pásate a nuestro bando, Draco, y nosotros nos encargaremos de esconderte. Es más, esta misma noche puedo enviar miembros de la Orden a casa de tu madre y esconderla también a ella. Tu padre, por ahora, está a salvo en Azkaban... Cuando llegue el momento también podremos protegerlo a él. Pásate a nuestro bando, Draco. Tú no eres ningún asesino.

He llegado hasta aquí, ¿no? –dijo despacio, mirando fijamente a Dumbledore– Ellos pensaron que moriría en el intento, pero aquí estoy. Y ahora su vida depende de mí. Soy yo el que tiene la varita... Su suerte está en mis manos.

No, Draco –corrigió Dumbledore–, soy yo el que tiene tu suerte en las manos".

El slytherin lo pensó y bajó la varita. Quizás le daría tiempo. Dumbledore podría desaparecerse con él allí mismo, podría mandar a buscar a su madre a la mansión, ella era inteligente, podría escaparse con los miembros de la Orden. Y su padre... Él estaría bien, tal vez un poco enfadado porque había sido un imprudente pero estarían a salvo y eso era todo lo que importaba, su padre se lo perdonaría. Alejados del señor Tenebroso estarían seguros, Dumbledore los protegería, él era un mago poderoso. Tal vez cuando todo terminara él podría buscarla a ella y...

Unos pasos se escucharon en la escalera y los mortifagos irrumpieron en la azotea. Bellatrix apartó a Draco de un manotazo y al ver a Dumbledore acorralado empezó a reir como una hiena.

Buenas noches, Bellatrix –saludó el anciano como si estuviera dando la bienvenida a una fiesta de té.

Draco sintió una vez más que el mundo se abría a sus pies. No había alcanzado ni a rozar la esperanza cuando se esfumó de sus manos.

Los mortifagos intercambiaron algunas palabras con el director e insistian a Draco para que lo matase de una vez. El chico sintió como Bellatrix se ponía nerviosa y tembló ante la mirada de furia de su tía.

De repente, la puerta se abrió violentamente y su padrino apareció en escena.

Tenemos un problema, Snape –ladró Amycus–. El chico no es capaz de...

La voz temblorosa de Dumbledore se oyó sobre todo lo que podía escucharse.

Severus... Por favor Severus...

Snape apartó bruscamente a Draco de su camino y sin pestañear levantó la varita hacia el pecho de Dumbledore y gritó.

¡Avada Kedavra!

Un rayo de luz verde salió de la punta de la varita y dió de lleno en el pecho del director, quien abrió los brazos ante el impacto y su cuerpo saltó por los aires, quedó suspendido una milésima de segundo bajo la reluciente Marca Tenebrosa, luego se precipitó hacia el vacío como un gran muñeco de trapo, perdiéndose en la oscuridad junto con la última esperanza de Draco Malfoy.


–Hermione, ¿Estás bien? –preguntó Ginny Weasley a la castaña sentada frente a su plato en la mesa familiar de los Weasley.

No recibió respuesta. La familia se miró entre sí.

–¡Hermione! –golpeó la mesa la señora Weasley.

La gryffindor levantó la vista asustada. Se encontró con todos los pelirrojos y Harry mirándola con gesto de preocupación.

–No has tocado tu comida, querida –le dijo Molly con una sonrisa.

Hermione asintió y tomó su tenedor, perdiéndose nuevamente en sus pensamientos.

Llevaba toda la tarde y la noche dándole vueltas en su cabeza a la memoria de Malfoy. Pensó que nada podía superar a su propia imaginación cuando Harry le relataba fríamente cómo habían sucedido los hechos la noche del 30 de junio. Pero entonces llegaba Malfoy, y desbarataba todas sus ideas.

Harry había dicho «Por un momento, solo por un momento, él pareció dudar, no se veía capaz».

Pero ahora ella lo sabía. Él había dudado desde el inicio. No era capaz, no era un asesino. Él había cambiado de opinión justo antes de que los mortifagos entraran, él iba a escaparse, salvaría a su familia.

Tampoco podía evitar pensar en la persona que evocaba los recuerdos de Malfoy sin tenerla totalmente presente, era obvio que los recuerdos habían sido bloqueados en esas partes para que ella no supiera de quién se trataba. Él se preocupaba por alguien. Por ella.

Algo le quemaba en el estómago al pensar en la «ella» de Malfoy. Se sentía levemente molesta y no podía saber muy bien porqué. Malfoy se había sorprendido al no hallarla en el grupo de Neville y Ron al salir de la sala de Menesteres, lo cual quería decir que no pertenecía a Slytherin.

Hizo un repaso mental de todos los miembros femeninos del Ejército de Dumbledore.

¿Luna? ¿Alicia Spinnet? ¿Angelina Johnson? ¿Cho Chang? ¿Hannah? ¿La estúpida de Lavender? ¿Alguna de las gemelas Patil? ¿Susan Bones? ¿Ginny?

Se le revolvió el estómago ante la idea de alguien más con Draco Malfoy. No, corrección: Alguien con Malfoy. ¡No! Malfoy interesándose en alguien más. ¡Maldición!

Su propia mente le jugaba una mala pasada. Apartó su plato y se tomó la cabeza con las manos. Le dolía.

–¿Hermione? –le habló el señor Weasley– ¿Segura de que estás bien? Podrías ir a descansar un momento al cuarto de Ginny.

Ginny asintió a su lado y le tomó del brazo cariñosamente. Pero un golpe sordo sonó en algún lado de la casa, seguido de otros. Todos levantaron la vista, atentos, acostumbrados al peligro de la guerra.

Hermione agudizó el oído.

–El jardín –dijo–. Proviene de alli.

El señor Weasley se levantó, seguido de sus hijos mayores.

–Quédense aquí –ordenó.

Pero el trío dorado ya se encontraba varita en ristre adelantándose al jefe de familia.

Se cersioraron de que el jardín estaba desierto, aunque los golpes se escuchaban más claros. Se dirigieron a la parte trasera de la casa donde el sonido no hizo más que aumentar.

Caminaron unos metros hasta que encontraron la fuente de los golpes: La tumba de Fred.


¡Hola! Una semana después, aquí está un nuevo capítulo para que disfruten. Muchas gracias por el apoyo que le están brindando a la historia, espero que me dejen un review comentándome qué les va pareciendo.

Sus reviews me hacen mucha ilusión y me alientan a seguir escribiendo. Gracias!

Con cariño, Ann.