TIC TAC
Capítulo VI
La nieve pintaba de blanco todo el jardín de Malfoy Manor. Él observaba a través de la ventana. Tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo, las tenía congeladas y no se debía precisamente al frío.
–Está furioso –murmuró Snape cerca de Draco–. Te aconsejo que no aparezcas por el salón en estos días, Lucius.
Su padre gruñó algo ininteligible y se removió detrás del escritorio de madera.
–¿Pero qué es lo que lo puso asi esta vez? –preguntó su madre, sentada en uno de los sillones– ¿Es por el chico?
–Sí –contestó su padrino–, él y la chica, Granger.
Draco se mordió la lengua. Su madre lo miró fugazmente.
–Estuvieron en Godric's Hollow, él les tendió una trampa pero ellos pudieron librarse.
–¿Es que Potter es idiota? –susurró Lucius– ¿Para qué iría a Godric's Hollow? ¿Es que quiere morir?.
–Está buscando la manera de derrotar al Señor Tenebroso –dijo Snape secamente.
Los ojos de su madre casi brillaron con esperanza.
–¿Crees que esté cerca de lograrlo?
Snape no contestó. Hizo una seña hacia la puerta y realizó un gesto de silencio. Cerca de treinta segundos después Bellatrix ingresó a la oficina.
–¿De qué me estoy perdiendo? ¿Tienen una reunión privada y no me invitaron?
Lucius desvió la mirada. Draco volteó nuevamente hacia los ventanales y Snape tomó un trago de su vaso de whiskey de fuego.
–¿Cómo vas con los dolores, Bella? –preguntó su madre, tratando de aligerar el ambiente.
Su nerviosismo podía notarse en la manera en la que giraba en sus manos un relicario de plata que tenía colgado del cuello.
Su tía hizo un sonido de cansancio.
–No pegué el ojo en toda la noche. Esto es un asco. No veo la hora en que me quiten esta cosa del cuerpo.
–Pensé que estabas contenta con la cosa –murmuró Snape con malicia.
Draco no podía ver a Bellatrix pero estaba seguro de la mirada furiosa que había dirigido a su padrino.
–Lo estoy –contestó secamente–. Es un honor y un placer ser la madre del hijo del mago más poderoso de la historia. Cuando decía «cosa» me refería al vientre abultado y las molestias.
Pasaron unos segundos en silencio, solo las cortinas balanceándose suavemente por alguna corriente de aire, hasta que su padrino habló nuevamente.
–Ese niño no va a vivir, y tú lo sabes Bellatrix.
Draco oyó los movimientos de su tía. Volteó inmediatamente pero la varita de ella ya se clavaba en el cuello de Snape. Sus ojos brillaban encendidos de odio, casi se asemejaban a las llamas de la chimenea.
Snape no se movió, ni siquiera parpadeó. Sus ojos negros como la noche desafiaban abiertamente a los ojos azabache de la bruja. Draco podía decir que incluso se apretó contra la varita de su tía.
–Bella, por favor –pidió su madre.
–Primero morirás tú y todos en esta maldita mansión antes de que alguien intente hacerle daño a mi hijo.
Snape rió. Era raro verlo reir.
–¿Te enfrentarás a él?.
–¡Él me pidió engendrar este hijo! –gritó colérica la bruja.
Draco pudo ver a su padre hacer una mueca de asco.
–¡Para matarlo! –insistió su padrino.
–¡Severus, basta! –ordenó Narcissa.
–¡El Señor Tenebroso no mataría a su propio hijo! ¡Él me pidió tenerlo! ¡Tú no sabes nada. maldito imbécil!
La varita de su tía lanzaba chispas rojas contra el cuello del director de Hogwarts.
–¡Basta de una vez! –gritó su madre y Bellatrix retrocedió un poco– Bella no debes alterarte en tu estado, ve a tomar un poco de agua, estoy segura que los elfos estarán encantados de servirte. Severus ya se va, tiene una infinidad de exámenes que corregir.
–Sí –dijo Bellatrix–, ve a corregir exámenes, Snape. Ve a encerrarte en tu asquerosa mazmorra y no salgas de alli hasta que tu amado Dumbledore resucite, perro traidor.
Su madre rodó los ojos.
–Bella, por favor.
La bruja retrocedió de espaldas hasta la puerta, en ningún momento dejó de apuntar a Snape. Una vez que estuvo fuera sus pasos se escucharon resonando hasta el final del pasillo.
–¿Porque estás tan seguro de que matará al crío? –preguntó su padre una vez que se aseguró de la completa ausencia de Bellatrix.
Su padrino se levantó del sillón y dió unas vueltas frente a la chimenea. Narcissa conjuró más whiskey de fuego para él.
–Por la profecía –respondió Snape.
–¿La de Potter? –preguntó Lucius.
–No –contestó su padrino–, la otra. Es un potencial nuevo Potter. Él lo matará para acabar con la amenaza, y será en estos días.
Draco abrió mucho los ojos.
–¡Pero aún no cumple siete meses de embarazo! –exclamó Narcissa.
–Es parte de la profecía –explicó Snape–, la luna llena lo verá nacer el último día del último mes, etc. Debe nacer en unos seis días más.
–Asqueroso –susurró Lucius.
Su padrino alzó la vista hacia el mago pero se abstuvo de realizar ningún comentario.
Un mortifago tocó la puerta en el momento. Dijo algo acerca de problemas con los pavos reales y su padre tuvo que seguirlo. Le pidió a su madre que lo acompañara, ya que no tenía varita y posiblemente fuera a necesitarla. Narcissa se disculpó con Severus y ordenó a Draco ser buena compañía.
Después de un rato en silencio, el rubio se animó a preguntar al profesor.
–Padrino... –comenzó– ¿De qué se trata esa profecía?
Snape dió un sorbo a su vaso y lo miró largamente.
–No es asunto tuyo, Draco.
El muchacho frunció el ceño. Había escuchado muchas veces aquella frase últimamente.
–Tal vez sí –respondió enojado.
Su padrino lo examinó con la mirada.
–¿Qué quieres decir?
Draco se arrepintió de haber dicho aquello. ¿Qué sucedería si su padrino le contaba al Lord Tenebroso que la esfera de cristal había brillado y se había activado en sus menos al momento de tocarla? Lo sopesó por un instante, pero Snape no estaba de humor para tenerle paciencia.
–Di lo que sabes, Draco –ordenó.
Aún con la orden y el respeto que le tenía a su padrino, Draco dudó. No era un juego, aquello no era jugar a los confidentes, su vida estaba en riesgo, la vida de su familia peligraba a cada segundo y él debía pensar perfectamente en cada paso y cada decisión porque podía ser la última para él, o para sus padres. No estaba seguro de qué significaba que la profecía brillase en sus manos, pero sí entendía que contarle al profesor acarreaba grandes riesgos, porque si era algo importante el Señor Tenebroso no lo dejaría pasar sin más.
Tal parecía que Snape entendió la encrucijada en la que se encontraba su ahijado, por lo que pronunció las siguientes palabras lentamente.
–Sabes que puedes confiar en mí... Tu madre y yo hicimos un juramento inquebrantable, no caducó cuando maté a Dumbledore. No podría hacer nada para dañarte, ni querría hacerlo.
Aquella parecía ser la llave que abría el cerrojo, pero aún así... Pensó en su sexto año y en las veces que su padrino quiso ayudarlo. Había sido un necio, probablemente si aceptaba la ayuda del maestro no hubiera fallado en su misión de asesinar al viejo y tal vez ahora todo sería un poco más fácil.
–Cuando él consiguió la profecía me pidió que se la guardara en su habitación, la que era de mis padres. Yo quería saber cómo se veía una bola de cerca, nunca había visto una. Entonces la saqué de la bolsa y la toqué con los dedos...
Draco calló y miró fijamente a su padrino, que le devolvió la misma mirada calculadora.
–¿Entonces qué ocurrió? –preguntó finalmente el pocionista.
Draco se removió en su lugar.
–Brilló.
Snape tenía pinta de haber visto a su banshee personal. Por un momento Draco estuvo tentado de preguntarle si se encontraba bien.
El director de Hogwarts se pasó la mano por la melena y suspiró.
–¿Tú estás completamente seguro de eso? –Draco asintió– Muy bien. Creo que debemos charlar.
Se levantó, caminó hasta el escritorio, sacó una hoja y escribió «Draco me acompañó, pedí su ayuda para unas pociones». Sujetó el papel con su vaso a medio acabar de whiskey y emprendió el viaje vía red flu con su ahijado al castillo de Hogwarts.
La chimenea los dirigió directamente a la oficina del director, pero Snape no se quedó allí. Hizo señas a Draco de que lo siguiera hasta el séptimo piso, a medida que llegaban a destino el chico iba poniéndose más pálido, recordaba perfectamente la última vez que había estado en ese mismo piso.
–¿Por qué venimos hasta aquí? –preguntó frente a la puerta de la sala de los menesteres.
Snape conjuró una sala, abrió la puerta y con un gesto invitó al rubio a pasar. El muchacho dudó unos segundos pero finalmente se adentró.
–Es más seguro –explicó escuetamente el profesor.
La sala no era muy grande. Se parecía bastante a la sala común de Slytherin, tenía una chimenea encendida que daba calor a la habitación, dos sillones iguales a los que había en la sala común y las paredes tenían ventanales que mostraban el fondo del Lago Negro.
Draco tomó asiento al igual que Snape, y esperó que este último fuera quien iniciara la conversación.
Pasó casi un minuto entero hasta que finalmente Snape habló.
–¿Llegaste a oír algo de la profecía?
El rubio negó.
–Muy bien, dice más o menos así...
«La luna llena de una noche tormentosa verá el nacimiento de la creación mágica que derrote definitivamente a quien comanda a los nuevos mortífagos.
La sangre impura de quien domina a la muerte y la sangre pura antigua y limpia crearán al destructor del nuevo orden oscuro que azotará inclemente al mundo mágico.
El mismo poder antes desconocido será el que traerá la paz.
La luna llena de una noche tormentosa lo verá nacer el último día del último mes del año del león, si así no fuere la paz no vendrá hasta en cien años más».
Draco parpadeó varias veces. Tenía demasiadas preguntas. Abrió la boca para hablar pero su padrino lo calló.
–¿A quién le debes tu lealtad, Draco?
El muchacho lo miró largamente, confundido. En vez de preguntar qué rayos tenía que ver aquello, sopesó la pregunta. ¿A quién era fiel? De ninguna manera al Señor Tenebroso. Estaba aterrorizado, le obedecia en cuanto podía pero no era leal a él, su corazón no estaba del lado del Señor Oscuro, ni con sus ideales ni sus formas, aunque su piel estuviera eternamente marcada como si de su posesión se tratara. Pero tampoco estaba del lado de la Orden del Fénix; es más, los detestaba profundamente. Potter le parecía el ser más insulso e incapaz del universo, y ni qué decir de su tumor, Weasel. Dumbledore nunca le había caído bien y no encontraba sentido a su profunda devoción hacia los muggles, impuros y sangresucias. No era blanco ni negro, estaba flotando entre los dos bandos sin saber por cuál decidirse debido al repudio que sentía hacia ambos. No le quedaba nada más que sus padres y él mismo. Así que eso fue lo que respondió.
–A mi familia.
El maestro asintió, parecía satisfecho, casi orgulloso.
–Es la respuesta más sensata que pudiste haberme dado, Draco.
Entonces Snape empezó con su relato.
–Amelia Bones era Jefe del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, y Juez del Wizengamot. La versión oficial del móvil de su asesinato es que fue a causa de su línea directa de sucesión al puesto de Ministro, pero es incorrecto. El Señor Tenebroso la mandó matar porque era poseedora de la profecía que acabo de contarte, la cual fue anunciada por Susan McLaren, una bruja que fue asesinada solo días antes de Bones. Desconozco en qué condiciones McLaren pronunció las palabras de la profecía, pero fue un secreto a voces que Bones se encargaba de resguardarla. Los engranajes necesarios supieron moverse para que la información llegara hasta el Señor Oscuro, quien no dudó en tomar cartas en el asunto y se adjudicó la profecía, basándose en la experiencia con Potter. Cuando la tuvo en sus manos me ordenó estudiarla para saber de qué se trataba, pero jamás pensé ni por un solo momento que tú tuvieras algo que ver.
–¿Tengo que ver solo porque brilló?
Snape se levantó del asiento y se puso a caminar mientras hablaba, como solía hacer en cada clase.
–Las profecías son almacenadas en bolas de cristal que poseen una magia muy poderosa y específica. Las bolas de cristal son prácticamente inútiles en manos de quienes no están involucrados en la profecía. La única manera de saber si uno tiene algo que ver en la misma es tocando el cristal, si se activa es que uno es parte.
–¿Nadie informó de eso al Señor Tenebroso?
Snape suspiró y negó.
–¿Eso quiere decir que el hijo de la tía Bella tendrá algo que ver conmigo?
El profesor volvió a negar.
–El hijo de Bellatrix no sirve para nada. Ni Bella ni el Señor Oscuro pueden cambiar el curso de la profecía, que fue muy específica.
–Pero entonces si es inútil... ¿Qué sería útil? ¿Yo tengo que tener un hijo?
Snape frunció el ceño.
–Eso parece, Draco. Pero no cualquier niño, debe ser uno elaborado estrictamente.
Draco se estaba sintiendo enfermo.
–¿Cómo se elabora un hijo?
Snape volvió a suspirar.
–Debe ser muy bien planeado. Hay que tener en cuenta cada palabra de la profecía. Antes que nada, debe nacer en luna llena, una noche de tormenta, el último día del año. No puede ser días antes ni después, o por la mañana o tarde. Deben respetarse las directrices.
Fue el turno de Draco de fruncir el ceño.
–¿Cómo sabes que son directrices? ¿Y si es algo que va a suceder se planee o no, sin que se pueda evitar?
El pocionista asintió.
–Claro, puede ser. De la misma forma que está escrito que Potter debe derrotar al Señor Tenebroso; no dice exactamente que sea entrenado para eso, pero si lo dejamos en manos de la naturaleza y el tiempo, lo más probable es que Potter si no muere primero, triunfe dentro de veinte o treinta años.
–¿Potter fue entrenado? –preguntó el rubio.
Snape se apretó el puente de la nariz.
–Fue solo un ejemplo.
Se quedaron en silencio por unos minutos, cada uno pensando en la situación.
–Padrino –llamó Draco–, si el Lord te ordenó investigar la profecía, ¿Por qué no le dijiste de sus errores?
Snape detuvo su caminar y lo miró fijamente.
–Dumbledore –Fue todo lo que dijo.
–¿Qué? –preguntó el muchacho, pero el maestro no explicó de qué hablaba.
–Él matará al crío de Bellatrix, y con eso estará satisfecho, pero la profecía seguirá vigente y será una esperanza –razonó Draco.
El director asintió.
–Pero queda poco tiempo, Draco. El siguiente es el año del león.
El chico tragó grueso.
–¿Tendré que tener un hijo el siguiente año? ¿Pero con quién?
Snape no contestó. Se quedó mirando a su ahijado, quien tenía el ceño fruncido y una pequeña rabia que le empezaba a bullir dentro. ¿Porqué él debía arruinarse la vida con un crío?
Hermione sacó la cabeza del pensadero y se sintió mareada. Dió dos pasos hacia la cama y se sentó. Temblaba. ¿Así que de eso se trataba todo? ¿Malfoy pretendía preñarla?
Hizo una mueca de asco.
¡Se negaba rotundamente! Pero qué tupé el de Draco Malfoy al pedirle que se arruinara la vida como él mismo decía. ¡Ella no tendría hijos jamás! Los bebés y niños pequeños le causaban sarna. No había cargado un niño en su vida y evitaba olímpicamente a todas las embarazadas que se le cruzasen. Carecía de instinto maternal y sentía una profunda repulsión hacia la idea de tener un ser humano dentro de ella.
Ella no sería la siguiente Lily Potter, madre de El Elegido. No sería madre jamás y punto.
Maldito Malfoy.
Tomó entre sus manos el relicario, el mismo que había visto colgando del cuello de Narcissa Malfoy en el recuerdo del rubio.
¿Cómo podía llamar a Malfoy? ¿Qué rayos había hecho él para aparecer en el espejo anoche? Intentó algunas veces pero la joya no reaccionó a nada.
Cuando se fijó el sol ya iluminaba la estancia. Era hora del desayuno, pero no bajó a desayunar. Fue directo a la biblioteca de los Black. Supuso que la joya sería una reliquia familiar, podría pertenecer a los Black como podría ser de los Malfoy. Pero si era de los primeros, tal vez encontrase algún tipo de información importante entre los libros de la familia.
Se pasó la mañana entera metida entre las páginas de la biblioteca Black, mientras pensaba en todas las formas posibles de insultar a Malfoy por haberse atrevido a pedirle una cosa tan descabellada.
No fue consciente de las horas hasta que oyó pasos dentro de la biblioteca y Ron apareció delante de ella con sus ojos azules y su cabello del color del fuego.
–Hay una pequeña fiesta de la Orden allí abajo, sabes –le contó después de haberla saludado e interrogado acerca de su ausencia–. Todos están maravillados con lo de Fred. La Madriguera no es muy grande para una fiesta, así que Harry nos ha prestado la mansión.
–Es genial, Ron –contestó ella sin despegar los ojos de una página de «Antiguos medios de comunicación mágicos».
El pelirrojo carraspeó.
–Te están esperando, Hermione.
–Genial, Ron –volvió a responder ella sin mirarlo.
–¡Hermione!
La chica levantó la vista sorprendida.
–¿Qué?
–Te estamos esperando abajo.
Muy a su pesar, tuvo que abandonar su lectura y se dirigió escaleras abajo a reunirse con la Orden casi en su totalidad. Solamente faltaba el Ministro.
Lo único que podía escucharse eran gritos de júbilo y exclamaciones de asombro ante la visión de Fred con vida. Ella había olvidado ese tema hasta que la golpeó de lleno cuando entró al comedor de la mansión.
–¡Hermione! –exclamó Fred zafándose del apretón de manos de alguien.
–Hey –saludó ella de lejos.
Pero él se acercó en dos zanjadas y la envolvió en un abrazo, la hizo girar dos veces en el aire y le dió un beso en la mejilla.
–¡Fred! –se quejó ella en el aire.
Cuando el muchacho la puso nuevamente en el suelo ella tenía las mejillas coloradas, ante la radiante sonrisa del pelirrojo.
Hermione se acomodó las ropas y quiso que una imperdonable le surcara el pecho ante el silencio incómodo que se había formado en la sala con el gesto totalmente desubicado del renacido. La chica ni siquiera miró el rostro enfurecido de Molly para que su deseo de la imperdonable no se cumpliera tan literalmente.
De repente sintió una mano posesiva en su hombro.
–Tranquilo, compañero –advirtió Harry tras ella.
Hermione quiso morir doblemente. El tono de su mejor amigo había sonado tan amenazante que podía dar a entender cualquier cosa. Enseguida sintió la mirada de Ginny sobre ella compitiendo en furia con la de su madre.
La chica carraspeó.
–Bueno, cuánta efusividad.
Fred pegó una carcajada totalmente fuera de lugar y estiró la mano para acomodarle un rizo detrás de la oreja. Hermione retrocedió y chocó contra el pecho de Harry.
–Estás tan hermosa hoy, Mione –le dijo el pelirrojo.
Hermione abrió mucho los ojos para luego fruncir el ceño.
–¿Qué rayos pasa contigo?
Salió de en medio de los dos chicos y del comedor con la frente en alto, una mirada amenazante a Molly y Ginny Weasley, quienes no dejaban de mirarla. Las mujeres tuvieron que desviar la vista cuando la castaña posó los ojos en ellas.
Hermione estaba teniendo un pésimo día. Sentía la rabia acumulársele en medio del pecho. ¿Qué demonios le había picado a Fred? ¡Ponerla en ridículo ante toda la Orden! Con lo estrictos que eran en su mayoría, qué pensarian de aquella escena. ¡Y Harry, por Merlin! ¿Quién lo había nombrado su guardián? Y aquellas dos víboras... Observándola como si ella quisiera poner las manos sobre sus polluelos. Estúpidas. Si solo supieran que era la potencial maldita madre del hijo nonato de Draco Malfoy.
Aquello le dió un vuelco en el estómago. Tenía que hablar con Malfoy y maldecirlo.
Y Dumbledore... ¡Era obvio que ese viejo chiflado tenía que estar detrás de todo! La forma en la que Snape había pronunciado su nombre en la reunión con Malfoy. Además... ¿En qué momento al hurón idiota se le había ocurrido meterla en el embrollo? Aquello tenía un fuerte olor a caramelos de limón.
Tenía demasiadas cosas en qué pensar. La cara de Narcissa cuando Snape había dicho su nombre, los pensamientos bloqueados de Malfoy en ese momento. Cuán atemorizada estaba esa familia con el mismo Señor Oscuro viviendo bajo sus narices, y la locura de Bellatrix. El velado conocimiento que tenían sobre la lealtad de Snape a Dumbledore y su propio obvio deseo de dimitir de las filas del Innombrable.
La cabeza le iba a explotar.
La chica dió dos vueltas por la sala y se sentó en un sofá, al lado de una mesita que contenia los periódicos y las cartas del día. El Profeta reposaba enrollado en la mesa. Hermione lo tomó y decidió despejarse un poco la mente.
Dos títulos llamaron poderosamente su atención. Uno de tamaño considerable, pero no era la noticia principal «Hermione Granger prohíbe a Harry Potter trabajar para el Ministerio». Y el encabezado más grande e importante «Mortifagos atacaron un orfanato muggle en Londres», en la imagen principal la marca tenebrosa flotaba sobre una edificación destruida.
Acostumbrada a la prensa amarillista de Rita Skeeter, ignoró momentáneamente el polémico artículo sobre ella misma y abrió las páginas correspondientes al ataque. La información era detallada. Un ataque en Londres muggle, un orfanato de niños menores de tres años, veintiocho asesinados. Un incendio y posterior derrumbe. Las autoridades muggles daban como explicación una fuga de gas. Ningún detenido en el mundo mágico, no se hablaba de sospechosos.
Hermione se levantó con los ojos humedecidos. ¿Harry ya había visto aquello? Se encaminó nuevamente hacia el comedor y justo en la puerta se chocó con el chico, quien le dijo que estaba a punto de ir a buscarla para almorzar.
–¿Almorzar? –preguntó ella levantando un poco la voz, consiguiendo nuevamente la atención de los presentes– ¿Has visto el periódico hoy, Potter?
Harry la miró un poco intimidado. Ella estaba por lanzar chispas. Tuvo que retroceder un poco cuando la castaña casi le estampó el diario en la cara.
–¿Qué es lo que sucede, señorita Granger? –interrogó la profesora McGonagall.
La muchacha le pasó el periódico y la anciana jadeó sorprendida. El Profeta fue pasando de mano hasta que llegó a Molly Weasley. Hermione se preguntaba cómo era posible que ninguno hubiera visto las noticias hoy.
–¡Oh por Merlín, qué mala noticia! –exclamó Molly cuando vió el titular– La mesa está lista, pueden sentarse.
Los Weasley rápidamente tomaron su lugar y algunos los siguieron. Hermione se quedó parada con los brazos en jarra sin poder creer que fueran tan insensibles. La profesora McGonagall a su lado parecía pensar lo mismo. Harry tampoco había tomado asiento.
–Es increíble que todos solo vayan a sentarse a charlar y comer mientras están sucediendo estas cosas –comentó la directora de Hogwarts.
–Lo increíble es la falta de sensibilidad –murmuró Hermione.
La anciana asintió.
–¿Falta de sensibilidad? –chilló la señora Weasley– ¡Perdí a un hijo, cómo puedes decir eso!
–No perdió a ningún hijo –le dijo Hermione–. Está con usted, vivo y entero.
–¡Entonces con mayor razón, estamos celebrando la vida! –exclamó la mujer enojada.
–¿Celebrando la vida? –preguntó indignada la gryffindor– ¡Hay veintiocho niños muertos!
Harry carraspeó para llamar la atención y para detener el inminente enfrentamiento de las dos mujeres. Estaba parado a la cabeza de la mesa.
–Hermione tiene razón. Es maravilloso tener a Fred de vuelta con nosotros, pero no hay nada que celebrar. Allí afuera la guerra aún sigue, y la están pagando inocentes. Nosotros no podemos solo seguir con nuestras vidas como si con la muerte de Voldemort todo se hubiera terminado ignorando lo que está pasando.
–¡Sí! –exclamó Fred– ¡Mione tiene toda la razón!
La castaña frunció el ceño hacia su dirección. ¿Qué estaba mal con Fred?
A pesar de las quejas de Molly, la mesa fue despejada de alimentos y se llevó acabo una reunión de la Orden, donde hablaron acerca del ataque y se comprometieron a averiguar más detalles para poder combatir contra aquello, porque era obvio que no sería el único.
La matriarca de los Weasley se había retirado enseguida luego de eso, ofendida porque su fiesta había sido suspendida. Lentamente cada uno había emprendido la marcha hacia sus obligaciones y nuevamente la casa se quedaba con solo tres ocupantes, lo que le daba a Hermione la libertad de ocuparse de sus propias cosas.
Lo primero que hizo fue regresar a la biblioteca y buscar el artículo que efectivamente había escrito Skeeter. En él se decía de la manera en la que Hermione manipulaba con sus encantos a Harry Potter obligándolo a darle la espalda al Ministerio, y reproduciendo de forma totalmente alterada su conversación con Kingsley el día de la conferencia de prensa. Pensó unos minutos en las diferentes formas que tenía de aplastar a Skeeter en su forma animaga y después se calmó. Era imposible detener todo lo que dijeran, llevaban días publicando cualquier cosa sobre ellos.
Luego de eso se dedicó la tarde entera a dar vuelta la biblioteca hasta encontrar la manera de usar el relicario de Malfoy. Era casi hora de la cena cuando halló el libro.
Se trataba del diario personal de alguna tal Elladora Black. La tapa del libro tenía el escudo familiar y el lema "Toujurs Pur". Entre algunas cosas interesantes, contaba su día a día con sus hermanos Sirius, Phineas e Isla. El juego de relicarios había sido regalo de su tía abuela Phoebe para ella y su hermana Isla el día que salieron de Hogwarts. También hablaba de hechizos especiales propios de los Black y hasta tenía una especie de mapa de la mansión, con habitaciones desconocidas por el trío dorado. Decidió guardar el diario de Elladora con ella.
El modo de usarlo no era nada complicado. Tres vueltas y evocar el pensamiento hacia el otro relicario. Quizás ella misma lo había activado la noche anterior y Malfoy había respondido al llamado.
No tuvo que moverse de la biblioteca, tenía el relicario colgado del cuello. Intentó varias veces hasta que por fin el espejo dejó de estar negro para mostrarse con niebla. Esperó unos cuantos minutos para obtener resultados. El espejo empezó a despejarse. Colocó el pulgar en el lugar indicado para que se desplegara la imagen.
Unos ojos aparecieron, y se alejaban dejando ver a la persona, mientras miraba a la castaña que iba poniéndose más pálida a medida que reconocia las facciones.
El rostro enloquecido de Bellatrix Lestrange le devolvia la mirada.
Hola, cómo están? Aquí les traigo un nuevo capítulo que espero sea de su agrado.
Les agradecería un montón que me dejasen un comentario, contándome qué les parece, qué piensan de la historia, si tienen alguna crítica o alguna recomendación. Los escritores de fics no tenemos más recompensa que sus reviews, es por lo que escribimos y compartimos nuestras ideas.
Muchísimas gracias a quienes siempre están ahí comentando y dejándome saber sus opiniones, especialmente a:
• Doristarazona
• Nia Malfoy
• Sally Elizabeth. HR
• Ivicab93
• Arikau
• Lady Ravenclaw
Y por supuesto, mi amada MagicisFidem.
Con cariño, Ann.
