TIC TAC

Capitulo VII

Hermione retrocedió asustada. La conmoción no le permitió soltar el relicario, solo pudo seguir mirando casi en estado de shock el rostro de Bellatrix.

Sus ojos brillaban llenos de furia. La castaña había visto antes esa mirada enloquecida, capaz de quemar todo a su paso. Cuando la bruja la había torturado en Malfoy Manor había tenido sus ojos pegados a los suyos durante un largo rato.

La mujer pareció leer sus pensamientos y sonrió malévola.

«¿A quién tenemos por aqui?» Se leyó bajo la imagen de Bellatrix, quien movía los labios al hablar y luego se pasaba la lengua remojándolos, recorría la vista por la habitación, inspeccionando el sitio donde la castaña se encontraba.

Hermione parpadeó rápidamente y trató de apartar las lágrimas que amenazaban con escapárseles de los ojos.

«¿La sangresucia está buscando al lindo Draco?» Se burló la mujer. Hermione siguió en silencio. «Puedes buscar entre los muertos, bonita».

La chica tragó grueso. Sintió como su corazón paraba unos microsegundos ante la noticia que Bellatrix le daba. ¿Sería cierto aquello? ¿El slytherin estaba muerto?

La mortifago probablemente supo leer la expresión de Hermione y empezó a reir desquiciadamente. Por más que ella no pudiera oírla en realidad, era como si sus carcajadas crueles se reprodujeran en su mente causándole escalofríos.

De repente, detrás de Hermione, la puerta de la biblioteca se abrió de par en par.

–¡Hermione! –exclamó Harry atravesando el umbral con un bulto en brazos –¡Está herido! ¡Debes ayud...

El pedido de ayuda del moreno quedó a medio camino cuando posó los ojos sobre la imagen maximizada de Bellatrix Lestrange. La bruja a su vez alternó miradas entre Harry, el bulto en sus brazos y Hermione.

La chica se apresuró a sacar el dedo del relicario y cerrarlo completamente. Pero antes pudo leer las palabras bajo Bellatrix que enloqueció completamente.

«¡Tú lo tienes! ¡Está con ustedes! ¡Los encontraré y los mataré, asquerosa sangresucia!».

Hermione temblaba cuando levantó la varita para realizar silenciosa y rápidamente el hechizo que había encontrado en el diario de Elladora para bloquear el relicario a fin de que no le entrasen más «llamadas».

–¿Qué diablos era eso, Hermione? –la voz de Harry sonaba un tono más alto que de costumbre pero se escuchaba mortalmente serio.

Hermione lo miró largamente por unos segundos. Luego miró al bulto en sus brazos.

–Por Merlín –murmuró.

Un bebé con rastros de sangre y aparentemente dormido reposaba en los brazos de Harry envuelto en una manta azul con estrellas doradas.

–¿Qué le pasó? –preguntó acercándose.

Harry la ignoró.

–¿Qué era eso Hermione? –dijo con la voz más dura.

La chica respiró profundamente. Sintió muchas ganas de vomitar.

–Después te lo explico –le aseguró–, ahora déjame ver al niño.

Harry también suspiró, y se relajó todo lo que podía con un infante ensangrentado en brazos. Le pasó al bebé pero ella lo rechazó. Le indicó que lo pusiera sobre una cama, así que se dirigieron a la habitación del gryffindor.

–Es Teddy –le informó Harry mientras se apresuraban al cuarto–. Mortifagos atacaron su hogar, Andrómeda está abajo, también está herida. Pudieron escapar antes de que incendiarian la casa.

Hermione asintió, recordando el incendio de la casa de los Malfoy en las costas de Francia. Cuando tuvo al niño en la cama sacó un poco de dictamo de su bolsito y le cerró las heridas rapidamente, que parecían haber sido hechas más bien por algún objeto cortante que con magia. Revisó que no tuviera alguna contusión y al ver que no tenía ninguna concluyó que el desmayo del pequeño se debía a la pérdida de sangre. Le puso una gota de poción revitalizante en la boca y dos gotas de poción reconstituyente. No pudo evitar recordar a su salvador en Malfoy Manor al sentir el aroma de las pociones, y su corazón latió desesperado ante la idea de que las palabras de Bellatrix fueran ciertas.

–Quédate con él –le ordenó Hermione a Harry–. No lo muevas mucho cuando despierte y avisa a los Weasley. No sé nada sobre cuidado de bebés y no aprenderé hoy.

–Es mi ahijado –contestó Harry– Yo puedo hacerme cargo de él.

–Avisa a los Weasley –insistió Hermione mientras salía de la habitación para correr escaleras abajo y auxiliar a Andrómeda Tonks.

La mujer estaba en la sala, sentada de mala manera en el piso frente al sofá. Tenía múltiples cortes en el rostro y por lo que Hermione podía ver parecía que le habían lanzado un hechizo cortante en las piernas. Estaba inconsciente. Bajo ella se formaba un gran charco de sangre.

Hermione la levantó con la varita y la hizo levitar hasta una habitación del primer piso. Fue dejando un rastro de sangre a su paso. Lo normal sería que la llevasen a San Mungo pero probablemente se desangraría antes que un médico la viera.

Una vez que la colocó en una cama, llamó a los gritos a Ron para que viniera a ayudarla, pero el chico no contestó a su llamada, por lo que supuso que no se encontraba en la mansión.

Le tomó unos minutos controlar la hemorragia de las piernas de la bruja. Y como veinte minutos cerrar todas las heridas con díctamo y hechizos curativos. Procedió de la misma forma que con Teddy con las pociones, a diferencia de que las dosis eran normales. También le suministró pociones cicatrizantes. Buscó en su bolsa y encontró antibióticos muggles que había empacado antes de marcharse al bosque a sabiendas de que posiblemente se causaran heridas que podían infectarse. Le sobraban solo tres pastillas en un blister pack, ya que Ron las había consumido cuando sufrió la despartición al salir del Ministerio luego de conseguir el horrocrux que estaba en posesión de Dolores Umbridge. Pulverizó una pastilla y se la suministró a la mujer con un poco de agua.

Andrómeda tomó fiebre enseguida. Hermione le puso paños fríos y fue a ver cómo se encontraban padrino y ahijado. No los encontró en la habitación, por lo que bajó y los halló la cocina.

Harry tenía al niño en brazos mientras manipulaba la estufa.

–¡Harry Potter! –exclamó Hermione– ¿Qué crees que estás haciendo?

El muchacho pegó un salto ante la voz de su amiga.

–Estaba preparándole un poco de leche –se explicó.

–¡Te dije que no lo movieras mucho! –le reclamó ella– Además, ¿Cómo vas a darle la leche? Tiene menos de dos meses de vida, por Merlín. No pretenderás dársela de beber en una taza de té.

El muchacho enrojeció un poco y guardó la taza que había sacado para colocar el líquido.

–Llama a Molly, Harry –le dijo ella, enojada–, y ve a colocar a ese bebé en la cama.

El chico obedeció a regañadientes, murmurando algo sobre tener la capacidad suficiente para cuidar de su propio ahijado sin necesitar de la madre de Ron.

Hermione pasó el tiempo cuidando que a la señora Tonks no se le subiera la fiebre y pensando en la situación que había vivido con Bellatrix. Molly había venido encantada a ver al pequeño Teddy, quien curiosamente no dejaba de llorar cuando la mujer lo cargaba.

Como una hora después de llegar, la pelirroja había llamado a Hermione a la sala.

–He traído los biberones antiguos de Ginny para alimentar al bebé –le informó–. Acompáñame al cuarto de Teddy para enseñarte cómo cambiarle el pañal.

Hermione se quedó pegada al piso ante tanta información. Primero que nada, en menos de tres horas Teddy ya tenía su propia habitación, ya había llenado la alacena con sus propios utensilios y encima de todo necesitaba que le limpiaran el trasero.

–Yo no cuido bebés –declaró la castaña.

Molly, quien ya subía las escaleras segura de que Hermione la seguía, paró abruptamente y giró con suma lentitud hacia la joven.

–¿Cómo?

–Lo que oyó –le dijo ella–. No cuido bebés.

Molly frunció el ceño.

–Haré como si no hubiera oído eso. Ahora haz el favor de seguirme, querida.

Hermione se negó rotundamente.

–Por última vez, no cuido bebés, señora Weasley. Tendrá que llevarse al niño con usted porque aquí no será bien atendido por Harry quien tampoco sabe nada acerca de infantes.

La matriarca de los Weasley se puso tan roja como su cabello.

–Hermione Granger –comenzó– es una vergüenza que digas semejante atrocidad. Cómo es posible que al ser mujer te niegues a cuidar a un pequeño niño, siendo que es tu deber y naturaleza hac...

–Oh por Merlín, señora Weasley –la interrumpió ella–, esos pensamientos retrógrados...

–¿Cómo dijiste jovencita?

Los pasos de Harry resonaron a lo alto de la escalera, impidiendo que Hermione volviera a contestar.

–Teddy no deja de llorar y ya no sé qué más hacer, necesito algo de ayuda aquí.

–¡Ya voy Harry querido! –exclamó la pelirroja, mirando fijamente a la bruja frente a ella.

Dió media vuelta y se dirigió airosa a ver al crío.

Molly se quedó en el cuarto con Teddy mientras Harry bajó a ver a la castaña que limpiaba la sangre de las escaleras. Le contó cómo Andrómeda se había aparecido en la puerta de la Mansión a punto de desmayarse y había logrado contar agitadamente lo que ocurrió en su casa. Ella preparaba la cena cuando los mortifagos llegaron. La mujer tomó a su nieto e intentó aparecerse pero era imposible, ante ésto Hermione concluyó que tal vez los mortifagos habían colocado un hechizo que impedía apariciones justamente para que la mujer no escapase. La señora Tonks se había enfrentado con algunos, terminando gravemente herida por un hechizo, y como medida de desesperación había saltado contra la ventana de cristal que daba al patio delantero, hiriéndose a sí misma y al pequeño cuando el vidrio se partió y voló para todos lados. Finalmente pudo desaparecerse al salir a trompicones a la acera de su casa, para aparecer frente a la puerta de Grimmauld Place.

Hablaron un poco sobre el suceso hasta que Harry recordó lo que había visto cuando buscó la ayuda de Hermione.

–¿Qué pasó en la biblioteca, Mione?

La chica suspiró. Le había estado dando muchas vueltas al asunto. No sabía si contarle a Harry la verdad. ¿Él seguiría odiando a Malfoy? No sabía con certeza qué pensamientos albergaba su amigo en la actualidad para con el slytherin. Y lo que menos quería era que él no creyera en las palabras de Malfoy, o en sus recuerdos, y la obligara a dejar todo aquello. No era como si ella fuera a dejarlo solo porque Harry se lo ordenara, pero no quería tener problemas de ningún tipo con él.

Hermione sacó la joya de abajo de su blusa y se la mostró, sin dejar que el chico la tocara.

–Es un relicario perteneciente a los Black –informó.

Harry observó la joya colgada del cuello de su mejor amiga. Estiró los dedos para tomarla pero la castaña retrocedió. El guardó los dedos en un puño y apartó la mano.

–¿Por qué esa bruja salía de alli?

La chica se calló por un largo rato. Jugó un poco con la joya entre los dedos y luego volvió a guardarla bajo la ropa.

–¿Lo encontraste aquí en la mansión? –interrogó él, impaciente.

Ella lo miró a los ojos, verdes y brillantes. Esos ojos que confiaban ciegamente en todo lo que dijera. Hermione podría solo decir que sí y ahorrarse toda la explicación.

–Debemos hablar, Harry –empezó, sentándose en uno de los escalones, el muchacho hizo lo mismo y la rodeó con un brazo infundándole ánimos y confianza–. ¿Recuerdas el día que nos detuvieron los carroñeros y...

El característico sonido de la chimenea siendo activada resonó en el pasillo. Ambos se pusieron en guardia inmediatamente y se dirigieron varita en ristre hasta la sala, solo para encontrarse con Ron, Ginny y los gemelos Weasley saliendo libremente de la red flu.

–¡Mis niños! –se escuchó que los saludaba la señora Weasley que había estado todo el tiempo en las escaleras sin que ellos lo notaran.

Hermione vió como Harry frunció un poco el ceño y no dijo nada, se dió cuenta que tal vez la presencia inesperada de la familia por segunda vez en el día no le era tan grata.

–Los he mandado a llamar para que me ayuden con Teddy –comentó la mujer, sonrient–. Espero que no te moleste Harry.

El moreno frunció aún más el ceño.

–No se preocupe –murmuró con dientes apretados.

–¡Excelente! –exclamó Molly– Entonces haré la cena. Ginny querida, ¿Puedes venir a ayudarme?

La mujer se dirigió a la cocina esperando que la chica la siguiera.

La pelirroja saludó a Harry con un beso corto en los labios y sonrió a Hermione. Corrió tras su madre, no sin antes dejar una pequeña valija en las escaleras.

–¿Qué es eso, Ginny? –preguntó Harry, pero la muchacha ya no estaba en la sala.

–No te preocupes, Harry –dijo George.

–Ginny vino a cuidar a Teddy –continuó Fred, que no dejaba de mirar a Hermione.

–¿Y para qué necesita una valija? –preguntó nuevamente el niño que vivió.

Ron se cruzó de brazos.

–Mamá dice que se quedará unos días.

Hermione pudo ver cómo la tez de Harry iba acercándose al cabello de los Weasley.

–¿Por qué Hermione no puede cuidarlo? ¿Por qué debe venir Ginny? –siguió Ron, enfurruñado.

La castaña se cruzó de brazos.

–Yo no cuido bebés.

–Oh por favor Hermione, todas las mujeres saben sobre eso. Pañales, hechizos para eructos, leche caliente y esas cosas raras sobre pólicos o como se llamen.

–Cólicos –corrigió George entre risas.

–Yo mismo puedo cuidar a Teddy –volvió a comentar Harry.

Hermione rodó los ojos.

Estuvieron discutiendo sobre el tema unos minutos hasta que la chica se cansó y anunció que iría a darse un baño y luego a dormir, evitando cenar esa noche.

Mientras subía las escaleras sintió pasos tras ella, pero no se giró a ver quién era pues estaba casi segura de que sería Harry para quejarse del accionar de la señora Weasley y continuar la charla que habían dejado a medias.

Cuando llegó al primer piso unos dedos fuertes se cerraron sobre su antebrazo y ella se asustó. Harry no la sostendría así. Volteó y se encontró cara a cara con Fred.

–¿Qué pasa contigo? –Se quejó e intentó zafarse.

Forcejeó un poco con el chico pero éste enseguida la neutralizó sujetándole ambos brazos sobre la cabeza y apretándola contra la pared, impidiéndole así que tuviera acceso a su varita.

–¡Basta, Fred! –pidió la chica con el ceño fruncido.

No estaba solo asustada, estaba muy enojada.

–Hermione, estoy loco por tí –respondió el pelirrojo pegando su nariz contra la de ella.

La castaña intentó retroceder pero era imposible, estaba entrando en pánico ante la situación. Fred le bloqueó las piernas metiendo las suyas en medio.

–¡Suéltame, Fred! –ordenó ella removiéndose desesperada.

–Eres todo en lo que pienso el día entero –siguió el muchacho–. No puedo dejar de imaginarte en mi cama bajo mis sábanas.

–¡HARRY! –gritó la chica con los ojos muy abiertos– ¡RON! ¡AYUDA!

La mirada encendida de Fred en un azul casi metálico, las pupilas dilatadas como si estuviera bajo los efectos de alguna droga muy potente. Tenía la piel ardiendo en fiebre. Fácilmente podía estar delirando.

Los pasos apresurados subiendo las escaleras de dos en dos se escucharon enseguida.

Las manos fuertes del mago le hacían daño, estaba completamente vulnerable a su merced, y solo podía pensar en cuando Bellatrix la había tenido casi en la misma posición pero en horizontal.

–¡Fred! –oyó que Ron gritó al llegar al primer piso.

Sintió el forcejeo de su amigo con su hermano, pero el pelirrojo no aflojó la presión sobre su cuerpo.

–¡Desmaius! –gritó Harry justo detrás del chico, logrando que Fred perdiera fuerzas y cayera inconsciente a los pies de Hermione.

Ron sostuvo a Fred para que no se golpeara la cabeza contra el piso. Harry en cambio sostuvo a Hermione temeroso de que la chica no estuviera bien, pero ella le aseguró con un gesto que se encontraba fuera de peligro.

Enojada, sin poder pedir explicaciones al chico desmayado emprendió la marcha hacia su dormitorio, donde Harry la siguió.

–¿Él sólo te atacó? –preguntó mientras ella se cruzaba de brazos y miraba la ventana dándole la espalda. Hermione asintió, se mantuvo un rato más en silencio y cuando se tranquilizó procedió a explicarle cómo había sucedido.

Después de asegurarse de que estuviera bien, Harry salió de su cuarto. Hermione lo vió como pocas veces, su porte decidido y enfadado le recordó a cuando decidió ir a Hogsmeade luego de asaltar Gringotts.

Escuchó los gritos del niño que vivió en la planta baja, estaba reclamándole a Fred, que probablemente ya había sido auxiliado por su madre. El moreno se escuchaba sumamente enojado, y ella estaba un poco orgullosa por eso.

Pero no era estúpida, allí pasaba algo realmente grave. ¿Qué monstruo había creado ella misma? Era obvio que la repentina obsesión de Fred tenía que ver con haberlo devuelto a la vida. Lo peor de todo era que no tenía un libro al cual acudir por éste problema en particular, no había registros de que alguien más hubiera tenido en su poder las tres reliquias.

Eso la golpeó nuevamente. ¡Ella era la ama de la muerte! Era increíble.

Entonces recordó la profecía de los recuerdos de Malfoy.

«La sangre impura de quien domina a la muerte y la sangre pura antigua y limpia crearán al destructor del nuevo orden oscuro que azotará inclemente al mundo mágico».

Aquello era extremadamente grande. Debía hablar con Harry. Debía contarle el gran peligro en el que se encontraban.

Pero antes decidió que debía darse una ducha, tanto para relajarse como para sacarse de encima el olor de Fred. Tardó unos veinte minutos en el cuarto de baño. Al salir se topó con Harry esperándola sentado en su cama.

–¿Estás bien? –preguntó él y ella asintió– Llevaron a Fred a San Mungo, es increíble. Él es el imbécil pero su madre decide que de repente está muy enfermo. ¡Como si fuera un chiste!

La castaña suspiró y lo tomó de la mano.

–Gracias por haberme ayudado, Harry –Él la estrechó contra él–. Creo que Fred tenía fiebre.

–Eso fue lo que dijo la señora Weasley.

Se quedaron en silencio un momento.

–Harry –empezó nuevamente ella–, es muy necesario que hablemos de algunas cosas que han estado sucediendo últimamente. No he sido completamente sincera contigo sobre algunas cosas, y es realmente importante que sepas qué está pasando.

Él asintió, esperando. Tenía las manos un poco sudadas.

Tres golpes en la puerta los volvieron a interrumpir. Seguidamente, sin esperar permiso por parte de Harry ni Hermione, la puerta se abrió dejando paso a Ginny. Quien miró de hito en hito a los amigos sentados uno al lado del otro en la cama con las manos juntas.

–La cena está servida –anunció secamente.

Dió media vuelta y salió con paso raudo del cuarto azotando la puerta en el camino.

La castaña abrió mucho los ojos. Harry carraspeó incómodo. Entonces se miraron, y rieron cómplices, divertidos ante la reacción exagerada y los celos de Ginny. Su risa reverberó en la habitación y Hermione supo que podía confiar en su mejor amigo.

–¿Bajas a cenar? –preguntó él y ella negó– Entonces... ¿Hablamos antes de dormir?

Ella asintió. Él dejó un beso en la frente de la gryffindor y salió sonriente.

Hermione esperó que sus pasos dejaran de oírse para asegurar la puerta y sacar el relicario. Lo examinó. En el diario de Elladora había algunos cuantos hechizos para aprender a manejarlo. Había uno especialmente interesante, que servía para llamar a una persona en específico. Si esa persona deseada no era la que tenía en su poder el relicario, la llamada no se haría.

Ella barajó todas las posibilidades. ¿Qué tal si había otro relicario que le pertenecía a Bellatrix y ella lo había usado mal, llamando erróneamente? Pero enseguida descartó aquella idea, la bruja había nombrado a su sobrino, y si se hubiera equivocado ella no tendría porqué saber nada acerca de lo suyo con Malfoy.

Lo suyo con Malfoy.

Qué sucio y bizarro sonaba. El estómago le dió un vuelco.

Buscó el diario en su bolso y puso en marcha el hechizo pensando en el chico. Sintió un poco de escalofríos al rememorar los recuerdos más frescos de él. Cerró los ojos para intensificar el recuerdo.

Como la había sujetado en la sala de menesteres, su brazo descansando sobre su cintura, su tacto suave tapándole la boca, el aroma de su perfume inundando sus pulmones, su voz susurrándole al oído... «¿Qué se supone que haces aquí, Granger?»

Abrió los ojos asustada. No le gustaba nada aquella sensación rara formándose en la boca de su estómago.

Esperó a que el relicario reaccionara al hechizo pero nada pasó.

Ella no quiso volver a intentarlo.

Se frotó la nariz queriendo sacar de su olfato el recuerdo del aroma de Malfoy. Dió unas cuantas vueltas por su habitación. La ansiedad estaba consumiéndola. Bellatrix había asegurado que el slytherin estaba muerto, tenía en su poder la joya que él había tenido solo horas antes. La explosión en el escondite de Malfoy podía haber sido la mismísima Lestrange para acabar con su vida, al instante o en una lenta agonía al encontrarlo traidor.

No podía concebir la idea de Malfoy muerto. No ahora que recién empezaba a gustarle... ¡No! Pff, a conocerlo. Recién empezaba a conocerlo.

Luego de casi hacer un hoyo en el piso de tanto ir y venir, se le ocurrió lo único que respondería a su inquietud sobre la veracidad de las palabras de la mortifago.

Sacó su bolsito de cuentas, buscó lo que secretamente había guardado y aseguró una vez más la puerta de su habitación, por las dudas.

Abrió la mano. Allí en medio de su palma la piedra de la resurrección hizo su aparición una vez más. Una punzada de culpa le atravesó el pecho por el niño que vivió cenando abajo, ignorante de lo que ella tenía en su poder. Pero descartó la culpa apenas volver a pensar en la posibilidad de que un muerto respondiera a la llamada de la piedra.

Cerró los ojos. Se sabía el procedimiento. Tres vueltas. El pensamiento.

«Malfoy».

Alzó la vista. Frente a ella, espectral, casi humana, la figura del slytherin de cabellos rubios la miraba altivamente.

Hermione cayó sentada en la cama de la impresión.


Hola, espero que disfruten de este capítulo un poco más corto que de costumbre. Últimamente no estuve bien de salud por lo que demoré unos días en subir. Gracias por la paciencia.

Muchas gracias por sus rr. Leerlas me hace mucha ilusión y me anima a seguir escribiendo.

Con cariño, Ann.