TIC TAC

Capítulo VIII

El níveo rostro se mantenía altivo y espectante. La miraba desde cierta altura ya que ella estaba sentada de cualquier manera en la cama. Hermione podía decir que temblaba un poco, no sabía bien si se debía a la impresión o qué causaba exactamente en ella el jefe de la Casa de los Malfoy. Ella se había cruzado con él en un par de ocasiones, la vez que lo había visto más de cerca había sido en el Mundial de Quidditch en el 94 y hacía menos de dos semanas en su propia mansión.

El hombre espectral vestía elegantemente y portaba un bastón que parecía ser ridículamente costoso e innecesario. Mientras lo examinaba la gryffindor pensó en cuán arraigado estaba el estilo aristocrático en el mago que se lo había llevado a la tumba, literalmente.

–Una fotografía le duraría más tiempo.

Hermione casi saltó en su lugar.

–Señor Malfoy –musitó, como si recién ahora hubiera caído en cuenta de quién era el hombre frente a ella.

–Sangresucia –contestó él, mortalmente serio.

Aquello sirvió para despabilar un poco a la chica. Arrugó el ceño y se paró muy recta ante la figura fantasmal del mortifago.

–¿En el «más allá» no enseñan buenos modales? –preguntó ácida.

El mago entrecerró los ojos y dió un paso hacia la muchacha, quien retrocedió ante el gesto. Lucius Malfoy sonrió ladino.

–¿La heroína de guerra le tiene miedo a los fantasmas?

Hermione dió un paso hacia el espectro. Lucius volvió a sonreír de manera amenazante, pero ella se mantuvo allí.

–Interesante –murmuró el mago.

La chica lo miró un momento en silencio. Obviamente aquello había sido un error. Ella debía haber pronunciado el nombre completo del slytherin y no solo «Malfoy», ya que seguramente existía un gran linaje que compartía el sacrosanto apellido de magos oscuros.

–¿Por qué me ha llamado? –preguntó él.

–No lo llamé a usted. Quise comunicarme con su hijo.

El rostro semi transparente del rubio se tornó aún más pálido si aquello era posible.

–Draco no está muerto.

El alivio que surcó el rostro de Hermione fue tan obvio que los ojos cristalinos de Lucius se encendieron con sospecha.

–¿Qué podría usted querer con mi hijo?

Hermione lo pensó. Lucius estaba muerto. ¿Podría confiar en él? Al fin y al cabo era padre del chico.

–Bellatrix dijo que estaba muerto –insistió ella.

–No lo está –confirmó una vez más el padre del muchacho, apoyando su figura incorporea en su bastón.

–Bien –dijo ella, asintiendo con la cabeza–, eso era todo lo que necesitaba saber.

Hizo el ademán de soltar la piedra de la resurrección.

–¡No! –gritó Malfoy abalanzándose sobre el puño cerrado de la chica.

Hermione retrocedió un poco pero de todos modos las manos del mago la alcanzaron. Fue como si un aire frío le traspasara los huesos, pero nada más que eso. El hombre no podía tocarla.

–¿Qué? –preguntó ella con sorpresa.

–¿Por qué busca a mi hijo?

Hermione suspiró.

–Tenemos una misión –ante el silencio del mago continuó–, la profecía del niño de Bellatrix.

Lucius miró a Hermione con algo que parecía ser terror, se miró a sí mismo, al puño cerrado de la chica con la piedra dentro, una vez más a sí mismo y nuevamente a ella.

–La verdadera ama de la muerte –escupió.

Ella se removió incómoda ante el nombre.

–Bueno... Supongo que...

–¿Tiene la varita? –ella asintió ante las palabras de él–, ¿Tiene la capa? Está claro que tiene la piedra... Una sangresucia...

Hermione se enfadó ante el mote otra vez, pero no replicó.

–¿Sabe dónde está Draco?

–La sangre pura de los Malfoy se mezclará con una asquerosa sangre sucia...

–¡Oh por Merlín! –exclamó ella– Es increíble que aún muerto siga siendo tan imbécil. Morir no sirve de nada si aún conservaremos los mismos pensamientos basura de la tierra.

Él puso cara de asco pero luego de un momento pareció resignarse. Ella ignoraba la razón que lo llevó a mutar el gesto.

–Hay una casa... –empezó– en San Sebastián , al norte de España, en la costa del golfo de Vizcaya y a 20 kilómetros de la frontera con Francia.

Hermione se sorprendió ante la información.

–Es una casa de playa –continuó él–. Draco la conoce, él sabe que allí estará seguro. Debe ir a buscarlo. Él está... Él corre peligro. Si Bella se entera que la profecía...

Ella asintió.

–Creo que ella lo atacó en algún lugar donde estaba escondido. Hablé con él ayer, y luego cuando quise volver a contactarlo me encontré con Bellatrix.

–Ella es peor que el Señor Oscuro... Ella acabará con todo...

El hombre lucía muy aterrado de un momento a otro. Tal como lucía en los recuerdos de Draco, incluso su apariencia juvenil y elegante había ido cambiando gradualmente mientras hablaba hasta mutar al Lucius bajo el yugo de Voldemort. Hermione suponía que podía deberse a lo inestable que aún podría encontrarse su alma con tan poco tiempo de llevar muerto.

–Debe explicarme cómo llegar.

El hombre asintió. Entre balbuceos cada vez más incoherentes pudo explicar dónde se encontraba la casa y qué apariencia tenía. Hermione notó que a medida que pasaban los minutos el señor Malfoy iba volviéndose más y más inestable. Temiendo por la seguridad del alma del hombre, que aún con todos sus errores merecía descansar en paz, decidió dar por terminada la charla prometiendo al mago que buscaría a su hijo y lo mantendría a salvo. Dudaba que fuera fácil, pero al menos lo intentaría.

Tres golpes en la puerta fueron el aviso de que era suficiente de Lucius Malfoy. No se despidió de él, simplemente abrió el puño, soltó la piedra y la guardó rápidamente de nuevo en su bolso.

Sabiendo que sería Harry, se peinó un poco con los dedos y se preparó mentalmente para la siguiente charla que le esperaba, sabía que no sería nada agradable y peligraba su amistad con el moreno.

Abrió la puerta y le sonrió a los ojos verdes brillantes que la saludaban bajo el umbral. Lo invitó a pasar y le ofreció sentarse en la cama. Ella se quedó de pie. Le sudaban las manos.

–Pareces nerviosa –dijo él resaltando lo obvio.

Hermione rió un poco.

–Eres un genio –él rió su chiste.

Harry trató de romper el hielo hablándole un poco sobre Teddy y cuán bonito se veía mientras dormía. La chica, siendo los bebés el último tema que quería tratar pero era inevitable que lo hiciera, solo asintió un poco ante las palabras de su amigo.

El chico dándose cuenta de la situación se limitó a sonreírle para hacerle entender que estaban en confianza.

–Escúpelo –bromeó.

–Harry –comenzó, caminando en circulos en el espacio frente a é– ¿Recuerdas cuando los carroñeros nos capturaron y nos llevaron a la mansión Malfoy?

El chico asintió.

–Bien...

Ella le relató lo ocurrido ese día con lujo de detalles. Él la escuchó atentamente, no la interrumpió en ningún momento aunque Hermione notó que a veces quería decir algo. Le contó sobre cómo Malfoy la salvó y le ordenó a Dobby llevarlos a un lugar seguro. También le contó de su ayuda en la sala de Menesteres. Obvió la parte en la que se le erizaba la piel cada vez que recordaba su toque al encontrarla.

Al llegar a este punto hizo una pausa, esperando que él dijera algo.

–¿Qué había en la caja?

Hermione suspiró un poco aliviada. Él no estaba trepando las paredes de bronca... Aún.

Con suma delicadeza le contó sobre las cartas de Malfoy, le habló de cómo había encontrado metódicamente ordenada cada cosa, e incluso le contó de las iniciales al borde del pensadero. Habló largo y tendido sobre las memorias, iniciando con cuánto había sufrido Malfoy desde quinto año y el yugo al que estaba sometida toda su familia. Seguidamente, le platicó sobre la primera memoria, aquella en la que el slytherin se encontraba cara a cara con Voldemort en el pasillo y él le ordenaba guardar la profecía en su cuarto.

–¿Es la misma profecía que...? –preguntó Harry.

–No.

Ella fue lenta, pensó en cada palabra y la colocó de forma que Harry digiriera lo mejor posible todo lo que le contaba. El moreno la escuchó sin interrumpirla en casi ningún momento, solo hacía preguntas cortas de vez en cuándo.

Ella le recitó la profecía. Él se puso de pie y dió unas vueltas pasándose los dedos por el cabello.

–¿Cómo podemos estar seguros de que todo es real?

Hermione sintió una punzada de bronca.

–¿Cómo podemos estar seguros de que las memorias de Snape son reales?

–¡Hermione! ¡Tú viste cuando él hizo que guardemos las memorias en un vial!

La chica se cruzó de brazos.

–¡Es un magnífico oclumante! ¿Sabes las cosas que puede hacer con su mente? ¡Es casi el mejor mago luego de Dumbledore!

Harry bufó indignado. Pensó unos momentos y retrucó.

–Pero Malfoy es un mortifago.

Hermione respondió al segundo.

–¿Y Snape no lo es?

Se quedaron en silencio un momento. Ambos demasiado perdidos en sus propias cavilaciones. Él se fregó el rostro en desesperación.

–Debiste contarme desde el principio, Mione.

Ella gimió, tapándose la cara.

–Y eso no es nada.

El niño que vivió se sentó. Respiró profundamente y se preparó para lo siguiente.

Hermione dió muchas vueltas para hablar. Le comentó primero sobre su ida a Francia, al moreno casi le da un paro cardiaco. Escuchó sus regaños y hasta prometió con los dedos cruzados que no volvería a hacerlo, para después arrepetirse y decirle que lo volvería a hacer aunque él se opusiera. Entonces Harry le hizo prometer que lo llevaría con ella.

Al momento de hablarle sobre las reliquias, ella sintió que se mareaba. Sabía cuán bueno era su amigo, pero no estaba segura de si su bondad llegaría tan lejos como para aceptar algo como aquello. Por más calmado que fuera el gryffindor, ella conocía mucho de su carácter, y podía volverse realmente insoportable y enfadarse al punto de cortar la amistad.

Hermione no pudo evitar que se le aguaran un poco los ojos con cada palabra, y tuvo que parar varias veces para tomar aire con el relato de lo ocurrido con Fred. Para cuando le contó de Lucius Malfoy ya estaba más calmada.

Él no abrió la boca sobre el tema. Se mantuvo con la vista fija en las baldosas del suelo. Ella pudo ver cómo sus mejillas y su cuello se coloreaban como si fuera un Weasley.

–¿Harry? –preguntó al finalizar.

El chico la miró a los ojos, estaban vidriosos.

–Ahora la profecía de Malfoy tiene más sentido.

Ella asintió, esperando que él dijera algo más. Pero él solo se quedó mirando fijamente sus ojos.

–¿Es todo lo que dirás? –probó.

Harry se puso de pie.

–No quiero hablar ahora.

Hermione solo asintió con la cabeza mientras veía a su amigo salir de la habitación en silencio. Una vez que el muchacho se perdió tras la puerta se permitió llorar aferrada a su almohada, sintiendo en medio del pecho la sensación de estar perdiendo a su familia.


Al día siguiente, el desayuno fue un infierno. Ella se había planteado no bajar, pero necesitaba ver a Harry y saber que él no la odiaba. Así que allí estaba, sentada en la mesa de la cocina, justo frente a él, que no levantaba la mirada de su plato mientras Ginny le contaba alguna gracia que había hecho Teddy al despertar. Ron comía extrañamente en silencio, y Hermione sospechaba que la presencia de su madre tenía mucho que ver al respecto. La señora Weasley parloteaba para sí sobre lo hermosos que son los bebés mientras les servía a todos una ración más de salchichas y huevos.

Hermione enseguida sintió náuseas. Las emociones la superaban. Se disculpó y se retiró de la mesa sin acabar su desayuno, razón por la cual la señora Weasley murmuró algo sobre extrañas costumbres muggles. Subió las escaleras dispuesta a ver a la señora Andrómeda, quien aún no había despertado desde el desmayo del día anterior.

Unos pasos tras ella la hicieron recordar su episodio con Fred, quien aún estaba en el hospital siendo acompañado por George. Ante cualquier eventualidad, ella llevó la mano hasta su varita. Pensó que podría ser solo Ron abandonando la mesa, pero para su sorpresa, el carraspeo que le siguió a los pasos provenía del niño que vivió.

–¿Me acompañas a la biblioteca? –preguntó él.

Ella dudó un segundo, mirando hacia la puerta de la señora Tonks. Finalmente se decantó por aceptar y no perder la oportunidad de conversar con él. Subieron en silencio, ella casi podía sentir la culpa pesándole en los pies mientras caminaba.

Una vez en la biblioteca, él le ofreció sentarse y ella accedió. Harry se pasó la mano por el cabello varias veces, dando vueltas tal como en la habitación de ella. Hermione esperó paciente, aunque por dentro sentía que le temblaba el pecho.

Él volvió a carraspear.

–¿Realmente confias en Malfoy?

La castaña tosió un poco. De todas las cosas que esperaba que dijera, eso no lo había pensado realmente.

–Sí –contestó luego de un rato–, parece muy sincero.

Él no respondió. Dió unas vueltas más y luego clavó la mirada en el rostro de ella.

–¿Puedes traer de la muerte a cualquiera?

Hermione suspiró.

–No lo sé.

–¿Podríamos intentarlo, no?

Los ojos de ella se abrieron asombrados.

–¿De qué hablas?

–Ya sabes –se acercó hasta ella y tomó sus manos entre las de él–, traer a alguien más, por ejemplo Sirius, Lupin o Dumbledore.

Ella abrió un poco la boca ante la propuesta. Miró sus manos unidas y no supo pensar si el gesto había sido natural o él había ensayado ese movimiento para convencerla. Parpadeó en su dirección un par de veces entendiendo que su amigo dejaría toda la bronca por haberle guardado secretos de lado.

–Harry... –empezó.

–Sé que puede ser peligroso y te aseguro que entendí bien el cuento de los tres hermanos cuando el primer hermano se obsesiona con su prometida y enloquece, pero esto es diferente, Hermione. Tú eres la ama de la...

–¿No viste lo que le pasó a Fred? –lo cortó ella soltándose de su agarre.

Harry insistió.

–Quizás si investigas un poco puedes lograr que no tenga efectos adversos.

–¿Investigar dónde? ¿«Reliquias de la muerte for dummies»?

Escupió la frase con tanta rudeza que el moreno retrocedió un poco.

Ella continuó en un pequeño arranque de ira.

–No sé nada sobre las reliquias, Harry. No sé cómo manejarlas. Hasta ahora las he usado para solo dos cosas y ni siquiera fueron útiles. Lo de Fred a pesar de estar vivo está obsesionado conmigo y no hay un solo libro que explique qué puede ser.

El chico arrugó el ceño.

–Tampoco sabías dónde ni cómo encontrar los horrocruxes pero los destruimos en su totalidad y fue gracias a tí. ¿Piensas que Ron y yo hubiéramos podido dar un solo paso sin tí?

–Dumbledore...

–¡Dumbledore no nos ayudó en nada! –exclamó Harry– Solo nos dejó un libro y una guerra.

Hermione dudó un momento y luego asintió, recordando el libro de los Cuentos de Beedle el Bardo con todas las anotaciones de Dumbledore en él. Una idea fue formándose en su cabeza y se dijo mentalmente que después averiguaría sobre aquello.

–Tú puedes controlar esto –siguió Harry–, puedes cambiar la historia de las reliquias de la muerte. Voldemort y Grindelwald solo la han querido para hacer el mal, y toda esa historia sangrienta que hay detrás. Tú puedes darle al fin el buen uso que se merecen. No serías Hermione Granger si no...

–Vale –Lo paró ella, con un gesto de las manos–. Estás entusiasmándote mucho. Investigaré y más adelante veremos si es posible hacer algo mejor que con Fred.

Harry sonrió.

–No queremos a Dumbledore intentando besarte.

Ambos rieron con ganas ante la idea. Hermione agradeció al cielo el hecho de que Harry estuviera más interesado en resucitar muertos que en matarla a ella.

–Pero aún está el tema de Malfoy –dijo él de repente.

Ella asintió. Aún estaba ese gran y escabroso tema.

–¿No se ha comunicado?

Hermione negó.

–He tratado de contactarlo pero sin éxito.

–¿Debe estar en donde dijo su padre, no? –pensó el moreno– Si es un lugar seguro podría estar escondido allí. Tal vez herido o sin posibilidad de moverse. Podríamos decirle a Ron e ir a...

–¿Ron? –preguntó ella.

Harry frunció el ceño.

–¿Piensas ocultárselo a Ron?

La chica dudó. El pelirrojo era también su mejor amigo, a pesar de todas las desavenencias que habían tenido a lo largo del último año. Sabía que podía confiar en él. ¿Pero se mantendría tan prudente y calmado como Harry?

–No sé si Ron pueda digerir lo de Malfoy.

El chico asintió.

–Yo no puedo digerirlo aún. Pero es nuestro amigo, Hermione.

Ella se mordió el labio, indecisa.

La puerta de la biblioteca se abrió de imprevisto y ambos saltaron en su lugar ante la sorpresa.

–¡Los he buscado por toda la casa! –exclamó la señora Weasley, entrando a la estancia– Andrómeda despertó.

Hermione se sintió algo irresponsable por haber postergado los cuidados de la señora Tonks. Le dió una mirada de disculpa a Harry y se dirigió rauda al cuarto de la mujer, en el camino escuchó a la madre de los pelirrojos preguntarle al gryffindor qué tanto hacía encerrado la biblioteca con ella. No pudo más que rodar los ojos sin quedarse a escuchar más.

Se encontró con que la madre de Tonks aunque había despertado, no tenía mucha consciencia de dónde estaba, preguntaba constantemente por su hija y su esposo. Hermione la animó a comer pero la mujer se quedó dormida nuevamente, por lo que la castaña revisó sus heridas y constató que tal como ella había pensado el día anterior, necesitaba los antibióticos que se le habían administrado anteriormente, como también suero y más pociones mágicas. Lo que mejor le vendría sería atención profesional en San Mungo.

Luego de cumplir con la dosis matutina de sus medicamentos, Hermione decidió que sería mejor hablar con Harry para comunicar a Kingsley lo que había sucedido con Andrómeda. Volvió a buscarlo y no lo encontró en la biblioteca sino que la señora Weasley lo había mandado a limpiar el ático con Ron, lo cual a Hermione le parecía innecesario puesto que Kreacher, deslumbrado por las hazañas de su amo en la batalla final, había limpiado la mansión de punta a punta, tanto que si la madre de los pelirrojos encontraba algún desperfecto era nada más que por aburrimiento.

Habló con Harry sobre la bruja, él enseguida se arrepintió por no haber notificado a tiempo a las autoridades. Pero cuando Hermione le planteó lo de trasladarla al hospital, Ron no se mostró muy seguro.

–Los mortifagos la encontrarán en San Mungo –declaró el chico–, fueron a buscarla específicamente a ella, saben que no la mataron y que está herida. ¿Cuál será el primer lugar que registrarán en su búsqueda?

Harry asintió pensativo. Hermione sin embargo no apoyaba el pensamiento.

–San Mungo es un lugar seguro –afirmó–, no dejarán ingresar a nadie, sobre todo en estos tiempos donde están siendo buscados los mortifagos prófugos.

Harry negó en desacuerdo.

–Creo que Ron tiene razón, San Mungo puede estar vigilado pero existen mil formas de burlar la seguridad, nosotros lo sabemos bien. Lo mejor será mantenerla aquí. Además si el Ministerio interviene tal vez quieran llevarse a Teddy. ¿Tú no puedes cuidarla hasta que mejore?

La chica frunció el ceño. Quiso explicarles que ella no era sanadora ni mucho menos, y que posiblemente el bebé se encontrara mejor en manos de las autoridades que en la casa. Pero por otro lado, Ron tenía un punto y no podía negarlo. Los mortifagos la habían ido a asesinar, y se sabía que no desistían tan fácilmente de su presa.

–Si se va a quedar necesito ir a comprar medicamentos de una farmacia muggle.

Ambos amigos sonrieron a la chica, victoriosos.

Harry se ofreció en acompañarla. Ron también quiso ir pero Ginny lo detuvo a medio camino, pues su madre había ido minutos antes a San Mungo a ver a Fred y alguien aparte de ella debía quedarse a cuidar de Teddy y su abuela. La pelirroja desapareció por las escaleras poco antes que ellos se dispusieran a partir a su destino, algo molesta por no haber sido invitada al paseo, a pesar de no poder salir.

Cuando Hermione tenía la mano en el pomo de la puerta, una lechuza entró volando por la ventana de la cocina, cruzando el comedor, la sala hasta el recibidor para dejar caer un sobre frente a Harry y retirarse de la misma manera impetuosa en la que ingresó.

–Es del Ministerio –dijo el muchacho tomando el sobre– ¿Será que saben cuándo vamos a salir sin la protección que Kingsley nos ordenó?

Hermione alzó los hombros.

–Ábrelo.

El chico procedió a hacer lo sugerido. Era una nota de Kingsley, donde le avisaba que el juicio de Snape sería llevado a cabo sin su presencia porque así lo ordenó el Wizengamot, pero sí tendría derecho a un abogado defensor asignado por el Ministerio, por encontrarse ausente. La fecha era al día siguiente y citaban a los tres chicos como testimoniales.

El trío dorado se miró en un largo silencio que decía más que las mismas palabras. Aquello era muy injusto. No estaban dándole la oportunidad de defenderse al profesor Snape, el hombre sin el cual no podría haber sido posible la victoria. El mago se encontraba en estado comatoso en el hospital y ellos se aprovechaban de su inconsciencia para condenarlo montando lo que muy probablemente fuera un circo bajo el nombre de «juicio».

–Tenemos que preparar sus memorias –dijo Harry luego del momento de mutismo.

–Sería bueno hacer una copia ante cualquier eventualidad. Nunca sabes qué podemos esperar del Ministerio. ¿Crees que eso se pueda, Hermione? –preguntó Ron.

La chica asintió.

–Recuerdo haberlo leído en un libro de la biblioteca cuando pasamos Navidad con Sirius.

–También debemos ensayar lo que diremos y estar seguros de coincidir en nuestras versiones –siguió planificando Harry.

Luego de unos minutos pensando en la mejor manera de prepararse para hablar a favor del pocionista, Hermione recordó qué los había llevado hasta la puerta de entrada y apuró al niño que vivió a retomar su viaje a la farmacia, para así poder volver a trabajar en el juicio del día siguiente.

–¿Están seguros de que no sería mejor llamar al auror que ordenó Kingsley? –preguntó el pelirrojo, tocándose el pecho con el rostro lleno de angustia.

–¿Te sientes bien? –contestó su amiga obviando la pregunta.

Ron asintió ante la atenta mirada de sus fieles compañeros.

–Solo fue una puntada, como cuando sientes que algo no va bien. Creo que no me esperaba lo del murciélago de las mazmorras.

–Snape –lo corrigieron ambos chicos, para acto seguido reír por el hecho de que luego de tantos años de lucha de Hermione por llamarlo correctamente, al fin Harry se pasara al bando de la luz reconociendo la valía del mago.

–Cuídense –pidió el menor de los Weasley antes de verlos salir por la puerta, suspirando profundamente, presa de una angustia que parecía presagiar malas noticias.


–A dos calles de aquí hay un callejón donde podremos usar la aparición para no tener que caminar tanto.

Harry rió.

–No puedo creerlo Hermione Granger. Luego de pasar todo un año caminando kilómetros por los bosques de Europa y huyendo de malhechores no eres capaz de caminar unas cuantas calles hasta la farmacia?

La chica le pegó un codazo.

–No puedes culparme. Además deben ser como veinte calles, no caminaré todo eso si puedo usar magia.

Se habían alejado unos cien metros de Grimmauld Place. Las calles estaban desiertas más allá de una anciana sentada en un banco en la plaza de la calle de enfrente y dos hombres alimentando palomas un poco más allá. El sol estaba en lo más alto del cielo, avisando que había pasado un tiempo desde el mediodía.

El moreno hizo un chiste más sobre la poca voluntad de caminar de su amiga, y la chica rió con ganas, mandando la cabeza para atrás y sujetándose de la cintura. Apenas se hubo calmado, Harry tuvo otra ocurrencia y abrió la boca para decirla. Pero Hermione detuvo bruscamente su andar y fijó los ojos unos metros más adelante de ellos.

–¿No habían dos hombres alli? –preguntó al chico.

Harry miró en su misma dirección, entrecerró los ojos con sospecha, buscó su varita mientras apuraba a Hermione para que caminara. Efectivamente los dos hombres alimentando palomas que treinta segundos antes habían estado a solo treinta metros de ellos ya no estaban.

La castaña aceleró el paso mientras buscaba su bolsito de cuentas a su costado para sacar su varita. De reojo vió a la anciana del banco caminar lentamente en dirección a ellos. Su apariencia sucia y desaliñada le recordaba a Bathilda Bagshot, fue eso lo que hizo que susurrara a su amigo para que volteara a mirar a la mujer.

El niño que vivió desaceleró sus pasos y dió media vuelta obedeciendo a Hermione, hecho que los condenó.

Al sonido de la aparición justo frente a ellos le sucedió a un desmaius acertando de lleno en el costado izquierdo de Harry, quien cayó al suelo antes que ella pudiera siquiera reaccionar. Una mirada a la izquierda, dos mortífagos. Una mirada a la derecha, la anciana mutando a la figura de Bellatrix Lestrange sonriendo cruelmente mientras el hechizo ingresaba por su pecho nublándole los sentidos al instante y dejándola inconsciente.

Cuando volvió a abrir los ojos, quiso frotárselos para poder alejar el dolor insoportable que le taladraba el cerebro. Estiró las manos para acercarlas a su rostro pero un par de cadenas en cada muñeca impidió que completara la acción. Necesitó de solo dos segundos para recordar lo que había pasado. Inspiró profundamente ordenándose no entrar en pánico y se fijó en dónde y en qué condiciones se encontraba.

Tenía las manos encadenadas arriba de la cabeza y se le estaban acalambrando. Sus pies también tenían cadenas. La pared atrás de ella estaba fría y húmeda, mientras que el olor que inundaba sus fosas nasales se asemejaba mucho al de algún cadáver en descomposición. El lugar estaba casi en penumbras, dos antorchas iluminaban escasamente.

Ahogó un grito cuando miró a su costado y encontró a Harry en el suelo en posición fetal, pero con las manos en la espalda. Una cadena gruesa le rodeaba el cuerpo entero impidiéndole moverse de ninguna manera.

–¡Harry! –exclamó, pero no tuvo respuesta– ¡Harry!

Insistió unas veces más, pero el muchacho no se movía. La angustia iba creciendo en su pecho. ¿Le habrían hecho algo al moreno? ¿Y si estaba muerto?

–¡Harry, por Merlin!

Estiró las cadenas haciéndose daño, sin éxito alguno. Siguió llamando al gryffindor y a tratar de soltarse.

Un ruido metálico hizo que girara la cabeza tan rápidamente que su cuello crujió. Tenía a un prisionero más a su costado izquierdo, encadenado de la misma manera que ella. La sangre le teñía las ropas y tenía la cabeza colgando de cualquier manera sobre un hombro. Ella entrecerró los ojos tratando de ver mejor de quién se trataba.

El prisionero emitió un gemido lastimero y se removió un poco. Levantó lentamente la cabeza, como si le pesara una tonelada. Una vez que su rostro quedó al descubierto Hermione sintió que no podía respirar. Solo su nombre pudo salir en forma de susurro de sus labios.

–Malfoy...


Hola, cómo están? Espero que todos muy bien. Lamento haber tardado tanto en subir un nuevo capítulo. La inspiración es caprichosa, no le gusta compartir espacio en la mente con la angustia. Están siendo tiempos difíciles, ojalá me puedan disculpar.

Espero que el capítulo sea de su agrado, que me dejaran un review me ayudaría muchísimo a juntar ganas para escribir y seguir entreteniéndolas. Gracias.

Con cariño, Ann.