Trabajo.
El sonido de las gotas de lluvia al chocar contra su paraguas era algo que solía calmar a Aria la mayoría de las veces, más sin embargo, en ese momento lo único que deseaba era maldecir al cielo por enviar un aguacero torrencial el día que precisamente se dirigía a una entrevista con los presidentes de la compañía.
Y es que todo había empezado mal. Primero el despertador no había sonado, causando que se despertará veinte minutos después de lo que debía, por lo cual no había podido tomar su desayuno, luego el tren le había cerrado la puerta en la cara y para culminar la lluvia había empezado, logrando que quedara empapada y su hermoso vestido blanco se viera manchado por pequeñas gotas de lodo.
Murmurando maldiciones acerca de cómo nunca iba a poder ahorrar lo suficiente para comprarse ese bolso Gucci que tanto deseaba, la castaña procedió a llamar un taxi para tratar de no llegar más tarde de lo que iba a su reunión.
Afortunadamente el taxista conocía varias rutas que lograron hacerla llegar justo a tiempo. Con paso apresurado se dispuso a correr para llegar al ascensor más el día no parecía mejorar, volvió a oscurecer al ver la sonrisa del tipo frente a ella.
-Aria-
-Muerete…-
-No seas así, mira que vi que venias casi tarde y por eso detuve el ascensor ¿Ya te dijeron lo hermosa que te ves hoy?-
La castaña solo le dedicó un gesto de incredulidad mientras entraba al ascensor sin decir palabra.
Adalius Smith era el hombre que iba a su lado. A sus 30 años era vicepresidente del equipo de servicio al cliente, mientras que ella era la vicepresidenta del equipo de mercadeo. Si no lograban convencer a la mesa directiva de que el recorte de personal era una mala mala jugada para la compañía, era probable que alguno de los dos quedará sólo con la mitad de su equipo.
Aprovechando que se encontraban solos y que el piso al que se dirigían era el 40, Adalius colocó sus manos en los hombros de la castaña. -Aria, vas a ver que todo saldrá bien amor. No fuerces la situación, es mejor sólo dejar que todo fluya-
La chica lo miró con aquellos ojos grises que él tanto amaba, pero que hoy estaban nublados de preocupación -Lo de que te mueras no era cierto- murmuró con un puchero mientras quitaba arrugas invisibles en su vestido.
-Lo sé… no podrías vivir sin mí- murmuró él mientras colocaba un casto beso en la frente de su amada.
-Adalius… sabes que debemos mantener las apariencias- La empresa tenía la política de evitar escenas románticas entre aquellos que eran pareja, por lo cual siempre trataban de mantenerse profesionales debido a sus puesto de mayor autoridad.
Según la pareja, su relación era un secreto, pero los equipos de ambos sabían lo mucho que sus jefes se amaban, aunque la mayor parte del día pasaran discutiendo por la diferencia de ideas.
-Lo sé, pero tú te pones de mal humor al no desayunar y yo suelo ser más cariñoso. Cariño, no eres la única que se quedó dormida- respondió para luego dedicarle una de esas sonrisas que ella tanto amaba y que la hacían sentirse igual de nerviosa como cuando empezaron a salir hacía cinco años.
Las horas pasaron volando en la sala de reuniones. La junta directiva fue un hueso duro de roer pero al final ambos lograron mantener a sus equipos intactos, por al menos seis meses más. Habían esperado a que la mesa directiva dejará la sala de reuniones para poder pasar un minuto a solas. Adalius sabía que Aria estaba al borde de sus emociones y lo comprobó cuando la castaña lo abrazó y empezó a llorar quedamente.
-Shh… mi amada… al final todo salió bien, no llores-
-Sabes que lloro por estrés y hoy ha sido un pésimo cumpleaños- murmuró mientras se aferraba más a su amado.
-Sé que nuestros planes originales se vieron afectados por esta reunión pero… espero que te guste mi regalo- exclamó mientras le entregaba una pequeña cajita negra.
Aria lo miró con curiosidad mientras tomaba el objeto. Al abrirlo, se percató de que una llave era su contenido. Con el corazón latiendo a mil por hora, volvió su mirada al rubio.
-Amor mío… deseo que este sea el último cumpleaños donde no despiertes a mi lado… ¿Quieres mudarte conmigo?- preguntó incapaz de ocultar el sonrojo en sus mejillas pero con una gran sonrisa al ver que Aria asentía y empezaba a besarlo.
-Claro que sí- murmuró entre besos sintiéndose la más afortunada del planeta.
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Hogar
-Sigo pensando que ese sofá debería estar más a la derecha- murmuraba el rubio mientras recorría la pequeña sala de estar de su nuevo apartamento.
-Adalius… te juro que he perdido al menos 5 kilos. ¡Hemos cambiado todos los muebles al menos ocho veces de lugar! ¡Eres un obsesivo!- bufó mientras se recostaba en el sofá en cuestión y cerraba los ojos.
Unos segundos después sintió el cálido aliento de su amado en su cuello.
-¿Existe alguna forma de sobornarte para que me ayudes una última vez?- murmuró mientras colocaba inocentes besos en el cuello de la chica haciéndola estremecerse -Puedo pagarte con helado, chocolate o una noche inolvidable- agregó mientras acariciaba con sus manos las piernas de Aria.
-Tramposo… unos besos no serán suficiente pero los aceptaré como pago inicial- respondió mientras atrapaba a su amado en un abrazo y compartían un pausado beso -¿Sabes qué? Creo que deberás incluir todas las ofertas anteriores en un solo pago si quieres que te ayude ¿trato?-
-Trato… ahora ayúdame a mover esa lámpara que me voy a volver loco si sigue en la esquina al lado del librero-
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Placer culposo
Si había algo en el mundo que hacía que Aria suspirara como adolescente enamorada, era ver a Adalius cocinar. Era su placer culposo, aunque odiaba admitirlo frente al rubio que la molestaba cada vez que la encontraba viéndolo sin ningún miramiento.
-Aria, estas babeando de nuevo…- murmuró mientras se secaba las manos en la toalla de cocina y se acercaba a la castaña que estaba en el desayunador.
-No… no lo estoy como dices eso…-
-¿Ya terminaste de escoger las flores comestibles que te di? O ¿estás muy ocupada pensando como abusar de este pobre cocinero?-
-Soy capaz de hacer ambas actividades- murmuró sonrojada mientras le pasaba el plato con las flores que le había pedido.
-Admitelo…-
-Nunca…-
-Adoras verme cocinar… soy tu placer culposo…-
-Eres mejor cocinero eso es todo…-
-Mentirosa…-
-La sopa se quema…-
-¿Ah? ¡demonios!- gritó Adalius mientras corría a proseguir con su tarea.
Aria sólo sonrió y se limitó a seguir suspirando por ese hombre que amaba ver cocinar.
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Ejercicio
Decirlo en voz alta sería ganarse dormir en el sofá por al menos un mes, pero Adalius daba gracias al metabolismo relativamente lento de su amada.
-Te odio…- bufó la de ojos grises mientras tomaba otro sorbo de agua y seguía corriendo en la caminadora.
-A mi no me veas. Tu fuiste la que me pidió ayudarte a perder los 2 kilos de más que ganaste durante nuestras vacaciones con tu familia en Italia. Te faltan diez minutos más por cierto luego siguen 15 min en la bicicleta-
-Maldito metabolismo en los hombres… en una semana perdiste todo el peso que ganaste y yo sigo aquí aún tres semanas después-
-Te dije que no comieras tantos cannolis-
-¡Adalius!-
-Ya, ya… no me voy a quejar por los cannolis. Adoro tu ropa deportiva y más quién la usa- exclamó con un guiño mientras esquivaba el almohadón que le lanzaba la castaña.
Una vez finalizada la rutina de ejercicio, la de ojos grises se acercó al rubio y lo acercó hacía ella para darle un beso y tomarlo de la mano.
-¿A dónde vamos?- murmuró al ver que ella solo le dedicaba una sonrisa traviesa.
-A darnos una ducha… necesito refrescarme y tu vienes conmigo-
-¡Por eso amo que hagas ejercicio!-
-¡Adalius!-
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Sueño
-Aria, ya son las 6 50 am… amor mío despierta, vamos a llegar tarde a la reunión del trabajo- repetía Adalius mientras movía suavemente el hombro de la la de ojos grises.
Aria solamente emitió un leve gruñido y se dio la vuelta para seguir durmiendo sin prestarle mucha atención a las palabras de Adalius.
-Pero qué mujer más dormilona- bufó mientras se levantaba e iba del otro lado para quedar cara a cara con la mujer. Al verla, Adalius no pudo evitar dejar salir un suspiro de ternura. Aria siempre había sido una dormilona sin importar que tan temprano fuera a dormir. Sus largos y ondulados cabellos cubrían parte de su rostro y podía jurar que también estaba babeando. -Es que no tienes remedio- murmuró mientras procedía a darle un pausado beso que logró que esos ojos grises que tanto amaba despertarán.
-Buenos días…- murmuró aún soñolienta.
-Buenos días dormilona… ya son las 7 am-
-¿QUÉ? ¿POR QUÉ NO ME DESPERTASTE?- gritó mientras salía corriendo de la cama y se apresuraba a tomar su ropa. Adalius sólo se quedó sentado con una sonrisa en el rostro -Nunca va a cambiar- dijo entre risas al escuchar a la castaña prometer levantarse temprano de ahora en adelante.
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Primera vez
-¡Adalius! ¡ Que no lo metas así, no ves que no cabe!-
-¡Mujer! Me estas sacando de quicio. Qué no habíamos quedado que a la cuenta de tres lo iba a volver a meter y luego lo sacaría-
-Yo sé, yo sé, pero ¡no estaba preparada! Eres muy brusco-
-Es la única manera, de otra forma no vamos a terminar ¿Quieres que vaya por el aceite?-
-No creo que ayude y solo vamos a terminar haciendo un desastre en la alfombra- bufó la castaña -OK, a la cuenta de tres…-
-Uno…-
-Dos…-
-Espera espera, que hay un mosquito atacándome-
-Mujer, me estás frustrando como no tienes idea…-
-¡Disculpa! ¡Tres! ¡Lo metes y luego lo sacas!-
-¡Si, si! Oh mira ¡creo que ya lo logramos!- exclamó el rubio mientras se quitaba el sudor de la frente.
-Jamás creí que sacar un arbolito de navidad de su empaque fuera tan difícil… pero ya lo logramos y mira que lindo que es…- exclamó contenta mientras admiraba el pequeño arbolito navideño. La primera decoración de la primera navidad desde que vivían juntos.
-Es lindo pero estoy exhausto… voy por una galleta de jengibre- murmuró el rubio mientras le daba un beso a la de ojos grises y huía a la cocina.
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Espera
Las manos de Aria temblaban de anticipación al tratar de abrir el sobre entre sus manos. Adalius tenía a la castaña abrazada y trataba de calmarla dándole pequeñas palabras de aliento.
-Adalius… yo no sé si quiero ver el resultado-
-Amor mío, podemos esperar hasta mañana si quieres pero eventualmente tenemos que verlo. Pase lo que pase, sabes que estamos juntos en esto, mi amada- murmuró mientras le dedicaba una sonrisa.
Esta emoción ya la habían sentido dos veces más. La ilusión, la alegría embriagante y la esperanza los envolvía en una burbuja perfecta, pero esta terminaba rompiéndose. Habían tenido dos pérdidas naturales. El más cercano fue el último embarazo que llegó hasta el sexto mes pero no llegó a culminar, dejando los corazones de ambos en pedazos.
-Adalius… Sin importar que pase… sea lo que sea que el resultado indique y lo que llegue a pasar meses después… tú-
-Te seguiré y acompañaré hasta el fin del mundo, mi amor-
Entre lágrimas, la castaña abrió el sobre y leyó el contenido. Incapaz de resistir el peso de su cuerpo se desplomó en la mullida alfombra dejando salir lágrimas de felicidad y miedo.
Adalius tomó la carta y la leyó. La burbuja volvía a aparecer y sin importar el resultado vivirían el momento.
Aria estaba embarazada.
… … … … … … … …
Enfermedad
Aria se sentía agotada mientras pacientemente volvía a colocar la pequeña toalla en agua fría para luego pasarla a la frente de su amado. La fiebre de Adalius no había parado desde la tarde y el doctor le indicó que los medicamentos no harían efecto hasta horas de la madrugada.
Con una mirada de preocupación, ante el avanzado estado de embarazo de la de ojos grises, el hombre sólo le pidió que no se sobre esforzara, pero ella se sentía culpable por la fiebre del rubio.
Un maldito antojo fue lo que hizo que Adalius saliera de la casa ese día. Aria se encontraba ya en el octavo mes, a pocas semanas de la fecha del parto. Los antojos seguían y ahora su abultado abdomen sentía las patadas de aquella personita que tenía en su interior. Morían por probar el nuevo helado de menta con galleta y Adalius con una sonrisa salió gustoso a buscarlo. Ninguno contó con el aguacero torrencial que empezó poco después de que Adalius saliera. El rubio volvió con el helado pero empapado por completo. Tres días después habían empezados los síntomas de una gripe que resultó ser más fuerte de lo esperado.
-Me siento el peor padre y pareja del mundo…- murmuró mientras abría lentamente los ojos.
-Shh… debes descansar…- murmuró Aria mientras le daba un suave beso en la frente.
-Debes estar muerta de cansancio… lo lamento tanto amor-
-Ya, ya… todos estaremos bien ya verás… A mi todavía me quedan unas semanas así que necesito que te recuperes pronto ¿si?-
-A tu lado, mi vida, iría hasta el fin del mundo- susurró para luego dejar que el cansancio y la fiebre lo hicieran dormir de nuevo.
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Cumpleaños
Adalius veía maravillado a la pequeña frente a él que estaba completamente concentrada realizando trazos o eligiendo el crayón del color perfecto para lo que estaba haciendo.
Seis años habían pasado desde que había visto por primera vez esos enormes ojos grises, esa piel suave como porcelana y aquel cabello dorado como el sol pero seguía igual o quizás más encantado con cada día que pasaba a su lado.
-Papá…me estás ignorando- exclamó la pequeña mientras hacía un puchero.
-Para nada… solo pienso porque la vida me ha dado una hija tan hermosa- respondió causando una hermosa sonrisa en su preciada niña, aquella que tanto habían esperado -¿Qué me decías?-
-No me gusta el dibujo… creo que mejor te ayudo con los pancakes…- exclamó mientras le pasaba la hoja de papel. Adalius sólo sonrió y colocó un beso en la mejilla de su pequeña.
-Verás que mamá lo amará. Después de todo ella ama los dibujos que creas para su cumpleaños-
-¿Puedo al menos ayudar con el desayuno? Así va a nombre de los dos- insistió ganándose una sonrisa de su padre quien le pasó el pequeño delantal que tenían asignado para ella.
Aria por su parte había llegado sigilosamente a la cocina esperando disfrutar de ver el momento padre e hija sin ser notada. Su pequeña era sin duda una copia casi que exacta de su padre. La pequeña había heredado esa personalidad tranquila y analítica que caracterizaba al rubio y tenía ese encanto que hacía que quien la conociera quedara encantado.
Con una sonrisa aún en su rostro, Aria tosió para que sus dos personas mas amadas la volvieran a ver. La pequeña giró y le dedicó una gran sonrisa a su madre.
-¡Mami! ¡Feliz cumpleaños! !Te hicimos el desayuno y yo hice un dibujo! - exclamó mientras se lanzaba a los brazos de la castaña.
-Mi pequeña Aurora ¡muchas gracias!- decía mientras abrazaba y besaba a su amada hija.
Adalius se acercó y tomó a la cumpleañera entre sus brazos para darle un pausado beso -Buenos días amor mío. Feliz cumpleaños mi amor. Espera a que veas tus regalos-
-¿De qué hablas? Ustedes son mi regalo más grande- murmuró con una sonrisa para volver a continuar el beso.
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¡Feliz cumpleaños a nuestra querida Aria!
Un hermoso UA donde finalmente puede ser feliz con Adalius... Y dejar de lado tanta desgracia jejeje
En nuestra página de fb tenemos el dibujo de la bella familia con la hermosa Aurora
Muchas gracias por leernos!
