Dedicado a Pepsipez (regalo amigo secreto 2020)
De la pérdida del anillo y el doble exilio
Eran cuarenta días a pie lo que separaba a Minas Anor* de las bondades de Imladris, Rivendel en lengua común. La majestuosidad del río Anduin los acompañaba en su travesía mientras la última compañía, de unos doscientos hombres, escoltaba a Isildur, hijo de Elendil y Alto Rey de Arnor y Gondor; de regreso al norte. Rey de los Dúnedain y portador del anillo único.
Grandes habían sido las hazañas de hace dos años, aquellos eventos que pusieron final a la segunda edad. Donde la última alianza entre hombres y elfos había puesto fin a la era de oscuridad de los hombres y arrancado el poder a Sauron, el señor oscuro. Más el corazón de los hombres es traicionero, incluso entre los hijos de Elendil, el justo.
El anillo único había sobrevivido. Isildur desistió de su destrucción al tenerlo en sus manos. Una conmemoración por la muerte de su padre y su hermano a manos del señor oscuro. Muy a pesar de los consejos de Elrond y Cirdan, elfos que habían peleado a su lado, quienes clamaban por la destrucción de la joya.
Veinticuatro días llevaba la compañía desde que habían visto por última vez el reino de Gondor. La lluvia de las ultimas cuatro lunas los había llevado a bordear el cause crecido del Anduin acercándolos a las orillas del Bosque Negro, en los llamados Campos Gladios. Con Isildur viajaban sus tres hijos mayores, Elendur, Aratan y Ciryon; del cual el primero y próximo heredero al trono se cantaba poseía la misma sabiduría e inteligencia que Elendil.
—Xiaolang —habló el heredero de Isildur al escudero que caminaba a su lado.
—Mi señor —contestó el hombre de ojos ámbar. Su cabello castaño desordenado rozaba sus hombros, su mirada cansada tenía impregnada la memoria del largo asedio de Barad-dûr.
—Apresura el paso hacia el oeste y revisa el cauce del río. Quisiera cruzarlo antes de que el velo de la noche nos cubra.
La encomienda de Elendur fue recibida por el joven escudero quien notó la preocupación en los ojos de su señor. Abandonó rápidamente el camino en busca del río y lo encontró menos crecido, pero sus aguas aún revueltas seguían siendo una amenaza para cualquiera que se atreviera a cruzarlo. Aprovechó para abastecerse con el líquido, pues apenas lograran hacerse camino al lado oeste, el pesado viaje por las montañas nubladas los esperaba.
Dando los primeros pasos para volver al lado de su señor, el estruendo del metal y los irritantes gritos de seres inferiores llenaron los campos por completo y las nubes del atardecer se tornaron rojas.
—¡Orcos!
El enemigo que creían vencido había aparecido de nuevo. Nunca sabrían si había sido capricho del anillo único que aquella contienda se llevara a cabo. Xiaolang corrió de vuelta a la compañía lo más rápido que su armadura le permitía. La hueste enemiga salía de las profundidades del bosque negro impulsados por alguna energia maligna invisible para los demas. Isildur había creado un bloque defensivo que a pesar de estar claramente superados por los agresores en 10 a 1, lograba hacer retroceder a los orcos hacia el bosque.
—¡Mi señor! —Xiaolang finalmente había alcanzado a Elendur y este lo miró con preocupación—. No es posible cruzar aún, mi señor.
Y entonces Elendur lo entendió. Estaban atrapados con una gran carga. Aquello no podía caer en manos de los orcos. Isildur instruyó movilizarse a tierras más bajas. El ímpetu del enemigo había caído y con suerte las bajas en sus números le harían entender que los Dúnedain no se doblegarían. Pero el anillo le daba poder a los aliados de su amo y el odio profundo era combustible para sus ansias de venganza.
Una milla habían avanzado del primer ataque cuando los orcos embistieron de nuevo. Bajaban por las montañas del bosque como diablos con sed de sangre. Xiaolang protegía a su señor pero comenzaba a entender que la contienda no resultaría en su favor, mientras las vidas de sus hermanos en batalla perecían a su lado y un agudo dolor oprimía su pecho. El velo de la noche los cobijaba ahora y no habían suficientes arcos de plata que pudieran protegerlos del enemigo en el sigilo de la oscuridad. El castaño vio como su señor corrió hacia su padre con urgencia más desconocía las verdades que padre e hijo compartieron. Grande fue su sorpresa cuando vio a su Rey dar una última mirada a su heredero, la tristeza de sus ojos desbordaba en pena; un anillo dorado que resplandecía en esa oscura noche en sus manos y luego… nada. Isildur simplemente había desaparecido de aquellos campos.
Xiaolang volvió al encuentro de su señor. Ejecutando orco tras orco intentaban lo imposible. Vio el cuerpo sin vida de Cyrion y el de Aratar agonizando a su lado y su corazón empezaba a llorar de tristeza. Vería morir a aquellos que amaba y probablemente moriría con ellos, sin cumplir los anhelos profundos de su corazón.
Un quejido de dolor lo sacó de su ensoñación. Flechas en el pecho y una espada curvada atravesando su cuerpo fue lo que pudo observar a su lado mientras el cuerpo de su señor caía y la luz de la vida comenzaba a abandonar sus ojos
—¡Elendur! —gritó pero no hubo respuesta. Corrió hacia él tomando el cuerpo del príncipe en sus brazos y el frío de la muerte lo embargó. A él volvieron las memorias de mejores tiempos, cuando ambos infantes jugaban en los campos de la ya desaparecida isla de Númenor. A la visión la envolvió un dolor agudo en su pecho, una flecha atravesaba ahora su carne y sus ojos miraban al orco que preparaba su cimitarra para terminar lo que alguno de sus compañeros había iniciado.
"Quisiera verla… otra vez…"
Antes de poder cerrar sus ojos sintió el cuerpo abatido del orco caer sobre el suyo, y quedó sepultado por ambos seres. El escudero no entendía cómo, pues ya no quedaba nadie en pie en aquellos campos. Entonces con dificultad divisó las flechas sobre la putrefacta piel del enemigo. No eran flechas de los hombres de Gondor, estas habían sido disparadas por las sutiles manos de un elfo del bosque.
El silencio reinó de repente y nada más que el alboroto del cauce del Anduin llenaba el lugar. La hueste se había retirado y los cuerpos de los señores de Númenor se enfriaban bajo las estrellas. Una figura encapuchada en un corcel de color plata emergió del bosque y con el mayor sigilo posible esquivó los cuerpos hasta encontrar a quien buscaba.
—Xiaolang… —susurró. Pero ni el sonido del viento se dignó en contestar. Con dificultad removió el cadáver del Orco y con sumo respeto apartó a Elendur, liberando así al castaño de su prisión.
—Xiaolang… —susurró de nuevo mientras acariciaba la faz herida del caballero, quien abrió los ojos muy lentamente y a pesar del manto negro que los cobijaba pudo divisar aquellas orbes esmeraldas que lo miraban fijamente.
—Sakura… ¿Qué haces aquí?
Las palabras del escudero siguieron a la inconsciencia. Pues grave era su herida y mucha la sangre que había perdido. Sakura sentía que la vida se le escapaba entre sus brazos.
—Necesita ayuda, y rápido.
Aquellas palabras vinieron desde atrás y con la maestría que solo los elfos tienen, aquella de ojos esmeraldas apuntaba ágilmente sus flechas hacía aquel que hablaba sin presentarse.
—¿Quien eres y qué haces aquí? —Preguntó con cautela la encapuchada. Aquel parecía un hombre pero sus sentidos le decían que no lo era. No era un elfo y era muy alto para un enano. Desde su corcel negro la miraba con sus profundos ojos azules a juego con su cabello. Un extraño cayado en sus manos llamó su atención.
—Me temo que no son preguntas relevantes en este momento —sonrió—, más la vida se le escapa al hombre entre sus brazos.
Sakura dejó de apuntarle, aquel ser tenía razón. Volvió su mirada en pena hacia aquel que parecía dormir.
—Para salvarlo he de galopar hacia el sur, pero hacia el sur es donde los orcos se han ido. No hay poder en mi suficiente para enfrentarme a ellos
—Has de galopar hacia al sur entonces —contestó aquel mirándola fijamente con sus ojos azules—. Y te prometo, por la gracia que me ha sido concedida, que ningún orco tocara ninguno de tus castaños cabellos.
Sakura asintió y con ayuda del recién llegado pudo cargar al moribundo escudero en su corcel y sin más preámbulo dieron marcha hacia el sur. Un día completo transcurrió en su viaje y como si la mismísima gracia de Eru los protegiera, no hubo enemigo alguno que interrumpiera su camino. El velo de la noche había caído ya de nuevo cuando una pequeña cabaña entre los árboles dorados de Lothlórien los recibió con calidez.
Bajó Sakura del caballo con aquel cuerpo casi sin vida entre sus brazos. Hincada frente a la entrada de aquella cabaña suspiró esperando que sus ruegos fueran escuchados. El joven de cabellos azules la miraba con atención.
—Mi señora del eterno amatista, he de implorar su ayuda en estos tiempos de adversidad. La vida se escapa rápidamente de este noble hijo del hombre.
Poco tiempo transcurrió para que una hermosa figura atravesara el umbral de aquella puerta. Pocos sabían de ella o el cuento de su inmaculable belleza se hubiese esparcido hasta Valinor. Sus ropas largas y violáceas contrastaba con el amatista del cabello y sus ojos, mientras su tiara de plata albergaba una hermosa joya del mismo color en su frente de piel porcelana. Les ofreció una cálida sonrisa, que terminó por robar el aliento a ambos.
—He de escuchar tus ruegos, elfa del bosque verde. Trae aquí aquel a quién amas.
Y así se hizo. Y recostado dentro de la cabaña Xiaolang sintió uno de los dolores más terribles cuando aquella flecha fue retirada. Y al abrir sus ojos el resplandor amatista lo cegó y en su cabeza resonaron palabras de esperanza.
Odúlen gi nathad
(Estoy aquí para salvarte)
Las lágrimas comenzaban a acumularse en los ojos de Sakura, pues el dolor de él era su dolor también. El joven de cabellos azules había observado en silencio, pero ante aquel sufrimiento decidió tocar el hombro de la encapuchada para llamar su atención.
—Ven, no hay poder en nosotros que pueda hacer algo por él ahora.
Con toda la esperanza puesta en la elfa del eterno amatista salieron de aquella cabaña. Pero el agitado corazón de la castaña, intentando dejar el sufrimiento atrás, aún necesitaba respuestas.
—Mi señor, ¿será posible ahora me deje saber su nombre? —preguntó bajando su capucha. Las puntiagudas orejas sobresalían entre sus largos cabellos. Con su mano limpió el rastro de unas cuantas lágrimas que habían escapado.
—Mmm mi nombre… —Vaciló por un momento—. Eriol… Eriol capa azul han de llamarme al este de Aman
—¿Quien eres y qué buscas aquí, Eriol capa azul?
—Un Istari, pequeña elfa. Y sobre lo que hago aquí… —vaciló de nuevo—, la tristeza se expande por Valinor. Algunos aún lloran la caída de Númenor. Mi señor Ulmo, señor de las aguas, me ha encomendado esta tarea pues grande es su pena por los hijos de Ilúvatar. En secreto he sido enviado, antes del gran concilio de los Valar, para conocer el destino de la tierra media.
De esta manera, Sakura explicó al Istari los asedios del destino de los últimos tiempos y su relato se extendió hasta que la luna dio paso al sol. El destino del anillo ligado ahora al desaparecido portador fueron los últimos relatos que la elfa del bosque verde reveló al de ojos azules.
Una voz dentro de la cabaña los invitó a pasar y ambos, elfa e Istari, se adentraron para conocer el destino de aquel que habían traído. Sakura corrió a su lado y tomó sus manos entre las suyas. Con su respiración controlada y con el calor de la vida en su ser, Xiaolang abrió sus ojos y buscó la mirada esmeralda de su amada, provocando una sonrisa genuina en la elfa.
—Gellon ned i gelir i chent gîn ned i lelig
(Amo ver el brillar de tus ojos cuando sonríes)
Lágrimas volvieron a escapar de la joven elfa y ante el grito de su corazón y el desborde de sus sentimientos se inclinó hacia su amado y respondió aquellas gentiles palabras con un profundo beso, que parecía llenar de vida a ambos. Luego de aquel gesto de amor Xiaolang intentó levantarse, pero una debilidad invadió su ser y un quejido de dolor inundó la instancia.
—Debes descansar.
—Debo cumplir con mi deber. Más allá de las montañas nubladas espera el menor de los hijos de Isildur, y así como serví a su hermano he de servirlo a él.
—Mi querido Dúnedain —Interrumpió la amatista—, nunca tus manos han de empuñar tu espada de nuevo, o tus pies tocar un campo de batalla. Pues aquella flecha no solo era filosa, sino que estaba maldita para los hijos de los hombres. La debilidad que sientes nunca se convertirá en fortaleza y mi poder solo ha conseguido que la luz de Ilúvatar no escape de tus ojos.
Dicho esto, la dama del eterno amatista salió de aquella instancia. Pues grande había sido el poder utilizado y el frío recorría su cuerpo, pero no quería preocupar más a aquellos que habían recurrido a ella.
El corazón del escudero dolió de nuevo. No podría nunca más servir a su pueblo, ni defender a sus señores, era como si hubiese muerto en los Campos Gladios.
—He de buscar el exilio entonces. El segundo exilio de los hijos de Númenor.
—Me quedaré contigo, hasta que la luz de la vida lo permita.
—No —contestó el castaño—, te debes a los tuyos, a tu pueblo.
—Mi padre y mi hermano murieron con gloria en el largo asedio en Barad-dûr. La tierra ha sido liberada de la oscuridad y yo liberada de deber alguno. Además hace tiempo ya que sellamos nuestros destinos.
El castaño no discutió más y se dejó embargar por el amor que le tenía a aquella que acariciaba sus cabellos. Escucharon un canto, como si el Anduin cantaran con el vaivén de sus aguas. Eriol capa azul se levantó, pues su señor lo llamaba. Grande era el respeto y obediencia que el Istari le tenía al valar, y con una leve pero afectuosa despedida salió de aquella cabaña. Una vez afuera encontró a aquella que le había robado el aliento, y con cariño y respeto tomó sus manos entre las suyas.
—Mi dama del bosque —reverencio el Istari—, sus manos han recibido la bendición de Estë y su rostro la gracia de Varda.
Pues nunca había visto aquel Maiar poder curativo o belleza alguna fuera de los confines de Valinor y de dichas Valier. La elfa sonrojada le sonrió al mago y devolvió la reverencia mientras el roce de sus manos finalizaba ante su partida. La cascada amatista de sus cabellos se perdió entre los confines del bosque de oro. Nunca sus destinos volverían a cruzarse jamás.
Ante la despedida salió del bosque el Istari en su corcel negro hacia el sur siguiendo el cause del Anduin que lo llevaría a los enormes dominos de Ulmo. Y así el Maiar desapareció de esas tierras, tierras que no verían a otro de su estirpe en al menos un milenio.
Y es así como Xiaolang, hijo de Hien, de los Dúnedain y los hijos exiliados de Númenor, vería pasar los años que su sangre le permitiera al cobijo de los árboles dorados de Lothlórien, en su segundo exilio. Pero al menos, el final de sus días lo encontrarian al lado de su persona más amada.
… … … …
*Minas Anor fue el nombre antiguo de Minas Tirith
Obras de Tolkien en referencia
El silmarillion
Cuentos inconclusos de Númenor y la tierra media
La batalla de la última alianza
Desastre de los campos Gladios
Apéndices
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Escrito por Sahure
