Esta historia es de mi autoría. Pero los personajes pertenecen al grupo Clamp, así que todos los créditos son para ellos.
Recuerdos de la Juventud
Capítulo 1
—¡Shaoran, ya debemos irnos! El abuelo se va a preocupar —escuché decir a Eriol nuevamente mientras continuaba con mi vista enfocada en la entrada del parque—. ¡Ya no pasará! —replicó al ver que continuaba ignorandolo.
Lo miré como si se tratara de un fantasma, y ahí estaba él, con esa insoportable sonrisa sabionda en la cara.
—¿D-de quién hablas? —balbuceé sobresaltado mientras me sonrojaba.
—De la niña de ojos verdes que siempre pasa en patines después de la escuela, obviamente. Sé que sólo vienes aquí para verla —explicó encogiéndose de hombros. El rubor me llegó hasta las orejas.
—¡Yo no vengo aquí por eso! Yo… —traté de replicar al verme descubierto. Ese era un secreto. Nadie en el mundo debía saberlo.
—¡Por favor Shaoran! Ya tengo once años, no soy tan tonto. Vienes a este parque todos los días, pero jamás te subes al columpio ni a los toboganes. Solo te sientas en ese banco y miras a la calle. O vienes a verla o eres un idiota. ¿No eres un idiota, cierto? —indagó fingiendo estar preocupado por mí, y si bien quería golpearlo con todas mis fuerzas, seguía allí totalmente petrificado sin poder decir ni hacer nada. No tenía explicación para eso y él lo sabía. Sonrió triunfal al ver que había logrado acorralarme y caminando unos pasos hacía mí, rodeó mi cuello con su brazo—. Tranquilo. Guardaré tu secreto. No se lo diré a nadie… Solo a tía Ieran y al abuelo. Se pondrán como locos cuando lo sepan. ¡El gruñón de Shaoran está enamorado! —exclamó por fin mientras se daba a la carrera, por qué si bien sabía que si lo atrapaba lo mataría, no podía contenerse de molestarme teniendo tan buena oportunidad.
Lo odiaba, lo odiaba por ser tan listo.
Aunque… no dejaba de preguntarme qué le había pasado a la niña de los patines ese día.
Esperaba que estuviera bien.
*
Me detengo justo en la salida del metro entre el bullicio y el alboroto de la gente, contemplando por unos segundos a las personas que corretean en la avenida buscando guarecerse de la lluvia.
Es raro que caigan estos aguaceros en Hong Kong, sobre todo en pleno verano, pero de alguna manera, observar las gotas de lluvia chocar contra el suelo pavimentado me llena de alivio. Es bueno saber que al menos la lluvia es igual no importa donde vaya.
Saco mi paraguas color negro del maletín y emprendo el camino a casa. Avanzo con paso lento ante las miradas atónitas de los demás transeúntes que clavan su mirada en mí, como si fuera un adivino y hubiera sabido de antemano que esa noche llovería. No lo sabía. Nunca salgo de casa sin él.
Siempre es un alivio alejarme del bullicio del metro y caminar hacia mi hogar, aunque siendo sincero, no es que tampoco me guste estar en mi departamento. Es tan tranquilo, tan solitario. A pesar de que ya llevo un año completo viviendo aquí, no termino de acostumbrarme a él. A estar tan solo.
Después de darme una fría y reconfortante ducha, voy a la cocina a calentar un poco de agua y hacer algo de ramen instantáneo. No es que no sepa cocinar, de hecho, creo que no lo hago nada mal, pero para ser sincero, no me gusta hacerlo para mí solo, prefiero por mucho ir a alguna cafetería cercana y comer algo del menú. Pero como aún llueve a cántaros, lo mejor ha sido quedarme en casa por esta vez.
Ya después de cenar y estando en pijama, me siento en el sofá y me quedo mirando el ventanal, que es azotado por las furiosas gotas de lluvia que caen contra ella, a la vez que me coloco los auriculares y comienzo a escuchar música, dejando que los recuerdos lleguen a mi cabeza.
Así, evocando viejos recuerdos, doy por finalizada mi estresante y monótona jornada. Me dejo llevar por la música y me transporto a mi pasado, a las cosas que dejé atrás. Mi corazón se encoge al comenzar la siguiente melodía. Era su favorita.
—¿Cómo serían las cosas si todo hubiera sido diferente, si yo hubiese actuado diferente? ¿Acaso estarías aquí, conmigo? —pregunto al aire como si ella estuviera allí frente a mí, y siento como mi corazón comienza a latir con ímpetu con solo recordarla. ¿Cómo es posible que te siga amando aún? ¿por qué no te puedo olvidar a pesar de haber pasado tantos años?
De repente la música se detiene y es sustituida por el sonido de mi teléfono. ¿Una llamada? No acostumbro recibir llamadas a estas horas.
—Hola —contesto con cierta pesadez, molesto por ser interrumpido en medio de mi meditación.
—Shaoran, hijo. Es Wei, él ... No le queda mucho tiempo —escucho decir a mi madre del otro lado mientras su voz se va partiendo. Me quedo petrificado al teléfono. Mi madre no es una mujer que llore fácilmente.
—Voy para allá —aseguro mientras cuelgo el teléfono incapaz de decir nada más y marco varios números.
Al depositarlo en mi oído su repique martillea mi cabeza.
—Hola —escucho a una voz adormilada contestar del otro lado de la línea.
—Quiero un vuelo a Tomoeda a primera hora mañana. —Me apresuro a solicitar sin dejarla preguntar por qué la llamo a esa hora.
—¡Te volviste loco! Eso es imposible —protesta, y no puedo evitar que la mezcla de emociones que siento me hagan perder los estribos.
—¡Maldición Meiling! Mi abuelo se muere. Deja de decir que es imposible —demando a gritos con la voz entrecortada—. Sé que es imposible, pero no quiero oírlo. ¿De qué me sirve ser un Li si no puedo estar con él ahora que me necesita?
—Por Dios... Haré lo que pueda. Lo siento mucho Shaoran.
—Lo sé. Yo también —culmino diciendo antes de colgar, para luego soltar el teléfono sobre el sofá.
Sostengo mi cara entre mis manos y trato de calmarme. No importa lo que tenga que hacer, llegaré a tiempo. Yo... debo estar ahí a tiempo.
*
¡Hola de nuevo!
Muchas gracias por leer este pequeño capítulo introductorio de la historia.
Es cortito, lo sé. Pero como entonces apenas estaba iniciando en esto de escribir, no quería complicarme haciendo una historia demasiado larga ni muy rebuscada.
En fin, los siguientes serán un poco más extensos.
Gracias de nuevo por pasarse a leer.
