¡ALTO!
Si estás leyendo este capítulo y ya habías leído el capítulo uno antes de esta actualización, te recomiendo que le des una ojeadita al flashback que agregué recientemente y que ahora aparece en cursiva al principio.
Será muy importante para entender este capítulo, así que vale la pena que lo leas.
Si ya lo leíste o te enteraste de la historia en una fecha posterior al 01/03/2022 ignora este mensaje.
Sin más que decir. Los dejo para que lean.
Recuerdos de la Juventud
Capítulo 2
Miro por onceava vez mi reloj de mano para comprobar la hora. No es la primera vez que tomo un vuelo en esta aerolínea, pero siento que hoy están tardando más de lo usual.
Suspiro aliviado cuando escucho el aviso de abordaje, y subo al avión tan pronto como el protocolo de revisión me lo permite.
Desde que me mudé a Hong Kong, siempre pensé que vivía cerca de casa, pero ahora, a cinco horas de vuelo a Tomoeda, cada segundo que pasaba me parecía insoportable.
—Abuelo... No puedes irte ahora —susurro para mis adentros mientras aprieto con fuerza mis nudillos y me pierdo en mis recuerdos. En esos recuerdos de cuando la vida no era tan caótica y solitaria.
—Shaoran. La cena está lista —anunciaba mi abuelo para llamar mi atención, pues era lo único que podía sacarme de mis debates eternos con mi primo Eriol.
Su rostro sonriente y satisfecho nos esperaba en la puerta de la casa mientras tenía todo listo sobre la mesa.
Básicamente, en eso consistían mis primeros recuerdos de la infancia.
Mi padre falleció cuando apenas tenía cinco años de edad, y mi madre tuvo que asumir el control de todo lo que mi padre tenía. Fue un proceso muy duro para ambos, aunque por mi corta edad no entendía con exactitud lo que pasaba.
Mi abuelo Wei fue el consuelo que nos ayudó a seguir adelante. El vivía entonces en Japón, en la ciudad de Tomoeda, pero viajó a Hong Kong para estar con nosotros, aunque lamentablemente su visita no podía ser eterna.
Cuando llegó el momento en que debía partir, mi abuelo tomó una decisión: me llevaría con él para criarme hasta que mi madre pudiera estar más tiempo en casa. La idea me encantó en ese entonces, pues no solo estaría con mi amoroso abuelo todo el tiempo, sino que tendría un compañero de juegos en casa. Pero no fue hasta que estuve meses completos sin ver a mamá, que me di cuenta lo duro que era separarme de ella.
Mi madre venía siempre que podía a Tomoeda, pero cada vez la frecuencia y duración de sus visitas era menor. Aquello creó en mí la idea de que mi madre realmente no me quería. Me volví frío y malhumorado. Solo Eriol y el abuelo lograban cambiar mi cara larga y hacerme sonreír de vez en cuando.
Era muy orgulloso para decirlo, pero los amaba con todo mi corazón. Aunque no negaré que habían momentos en que quería deshacerme de mi primo.
El muy patán fue mi primer y único amigo por mucho tiempo. Siempre sonreía, aunque su historia no era más agradable que la mía.
Su padre había embarazado a su madre y luego la había abandonado. Tiempo después, su madre murió mientras daba a luz, así que mi abuelo lo crió desde que era un bebé.
A simple vista, Eriol era la copia andante de mi abuelo: educado, amable, caballeroso. Solo que contrario a él, que no tenía pizca de malicia, mi primo era un burlón sin remedio que aprovechaba cada oportunidad para sacarme de mis casillas, mientras esbozaba esa sonrisa ladeada que le hubiera borrado de un puñetazo sino fuera porque mi abuelo siempre estaba ahí para impedirlo.
Mi abuelo procuró inculcarnos buenos valores y enseñarnos a luchar por lo que queríamos. Sus palabras y consejos siempre guiaron mi vida. Aunque había momentos en que simplemente sentía que no estaba a la altura de sus expectativas.
No entendía cómo un hombre que había pasado por tanto podía sonreír todo el tiempo. Cómo podía ser tan positivo y tener tanta paciencia a pesar de los duros golpes que le había dado la vida. Por mucho que lo intentaba, no podía ser como él.
—Con el tiempo y la experiencia aprenderás a ser más paciente. —Era lo que siempre me decía.
Quería creerle, pero por mucho que lo intentaba, era una persona totalmente opuesta a lo que era él. Siempre tan impulsivo, tan malhumorado, tan yo. Eso era algo que creía nunca cambiaría, hasta que la conocí. Me había suavizado por primera vez en mi vida. Pero cuando ella se marchó, volví a ser el mismo de antes...
Me bajo del autobús a toda prisa mientras agradezco al cielo haber llegado por fin.
Una vez el avión aterrizó, tuve que tomar el autobús para llegar a la diminuta Tomoeda. El tiempo la había convertido en algo más que una simple ciudad rural, pero aún así, el transporte no era tan veloz como estaba acostumbrado en la urbe que era Hong Kong.
Recorrí con la mirada el entorno, percibiendo así que salvo la estructura y la cantidad de las casas, todo en Tomoeda estaba tal y como lo dejé hace varios años.
Corrí desde la parada del autobús hasta la casa donde me había criado, tratando de llegar en el menor tiempo posible. Mis piernas ya no estaban en igual condición física que antes, así que terminé por fatigarme. Mi corazón latía a mil por hora temiendo haber llegado tarde.
Una vez frente a la puerta toqué con fuerza, y pocos segundos después vi la puerta abrirse.
—¡Al fin llegaste, hijo! —exclamó mi madre al recibirme, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
La abracé con fuerza para consolarla mientras sentía que mi corazón se resquebrajaba al verla tan afligida.
—El abuelo… ¿aún está…? ¿él ya está..? —Sólo alcancé a balbucear mientras luchaba por que mi voz no se quebrara al temer la respuesta, respirando aliviado al escucharla anunciarme que aún me esperaba.
La observé mientras se alejaba de mí lentamente y me guiaba a su habitación, y agradecí al cielo que a pesar de las vicisitudes sufridas en el camino, al menos había logrado llegar a tiempo.
Una vez frente a la alargada puerta de roble dudo en entrar. No puedo creer lo que ven mis ojos. Me es difícil asimilar que un hombre tan sonriente y lleno de vida como mi abuelo, esté en esas condiciones.
—Abuelo. Ha llegado Shaoran —escucho decir dentro de la habitación. Miro a la fuente de esa voz y se me encoge el corazón al ver el reflejo de mi abuelo en esa figura masculina que me sonríe con cierta melancolía—. Bienvenido primo. Cuánto tiempo sin vernos.
—Shaoran, hijo mío. Me alegra tanto verte —escucho decir casi en un susurro a mi abuelo mientras lo veo extender una mano hacia mí, y entonces me acerco con premura y la tomo entre la mía. Está tan fría, tan delgada, tan débil.
—Si, aquí estoy. Siento no haber llegado antes —me disculpo mientras lucho porque mi voz salga lo más natural posible, aunque no es como si tuviera demasiado éxito en ello—. ¿Cómo se siente?¿Este sujeto lo ha estado atendiendo como se debe?
—He estado mejor. Aunque… —susurra mientras trata de poner su otra mano en mi rostro—. Verte me hace sentir mucho más en paz. Creo que no podré prepararte ese pastel de chocolate que tanto te gusta.
—No te preocupes. Me enseñaste a hacerlo. Lo prepararé yo está noche. Probarás la superioridad de mi cocina. Eriol ni en sus sueños prepararía algo tan bueno —fanfarroneo un poco tratando de aligerar el momento.
—Siempre fuiste más hábil para la cocina. Aunque no tanto para las chicas —bromeó tratando de reírse, pero en vez de eso, una tos seca se apoderó de su garganta. Mi madre se acercó y lo ayudó a tomar agua. Se recostó con cuidado y guardó silencio unos segundos que para ser sincero, me parecieron una eternidad—. Hijo mío. Quiero que me prometas algo.
—Lo que quieras, abuelo.
—Prométeme que lucharás por ser feliz y dejar de estar solo.
—No estoy solo, abuelo. Te tengo a ti, tengo a mamá e incluso al molesto de Eriol —intento replicar hasta que él me interrumpe.
—Tus ojos no son los de un hombre feliz. Son los de un hombre que mira el pasado con pesar, con arrepentimiento. Quiero que dejes de arrepentirte y hagas lo que esté en tus manos para ser verdaderamente feliz. Que sonrías siempre sin importar lo que pase.
—Abuelo, sabes que yo no...
—Eres como yo, Shaoran. Puedes ser como yo —replica mientras trata de apretar mi mano. Su rostro cambia a una expresión llena de tristeza. Jamás había visto esa emoción en su rostro—. No me queda mucho tiempo. Solo dime que harás lo que esté en tus manos para ser feliz. Así podré irme en paz.
—No digas eso —demando en respuesta, sin darme cuenta de que he alzado la voz—. Mañana estarás mucho mejor. Y...
—Shaoran —murmura con la voz cada vez más apagada, apenas audible. Puedo ver la desesperación en sus ojos, como si luchara por permanecer unos segundos más conmigo para oír mi promesa.
—Te lo prometo abuelo —Suelto sin más, entendiendo que no gano nada con replicar.
Lo escucho darme las gracias mientras vuelve a sonreír, y entonces veo con terror como cierra lentamente los ojos.
Su mano se tornó aún más fría y su rostro más pálido. De repente dejé de sentir su pulso y el tiempo se detuvo. Escuché a mi madre estallar en llanto y a Eriol intentar consolarla, pero todo parecía tan irreal, tan duro, tan doloroso apenas pude hacer otra cosa que no fuera seguir sosteniendo su mano.
Miré nuevamente su rostro, sonriente, pálido, sin vida. Había fallecido.
Sentí que me ahogaba por dentro, que perdía el aire, que mi alma se iba con él.
—¡Abuelo, no! ¡No me dejes tú también, por favor! ¡No me dejes sólo! —supliqué en un grito ahogado y al darme cuenta de que no me respondería, estallé en llanto mientras depositaba mi rostro en su pecho exánime.
Era la tercera vez que perdía a alguien tan importante en mi vida, y una vez más, no pude hacer nada para impedirlo.
*
La procesión fúnebre había transcurrido tranquila, sin grandes complicaciones, aunque jamás imaginé que habrían tantas personas en el cementerio.
La familia del abuelo no era muy extensa en realidad, pero aún así, personas de todas las edades estaban allí presentes para despedirlo. Lloraban tan profusamente que me hacían sentir culpable de ser uno de los pocos que contenía sus sentimientos.
No estaba del todo sorprendido de que la muerte del abuelo les doliera tanto.
Desde niño había notado el respeto y la admiración que la mayoría de nuestros vecinos le profesaban, incluso mi madre, aquella mujer tan fuerte, tan firme, aquella que jamás mostraba cansancio, ni dolor, ni angustia, lloraba a mi lado como si hubiera muerto su propio padre. Mi abuelo había significado mucho para una gran cantidad de personas, y por eso, el que su sempiterna sonrisa se hubiera apagado para siempre aquel día, era una fuente de infinito dolor.
—Cuando lleguemos a casa quiero que descanses, tía Ieran. Prepararé la cena mientras tanto. Haré unos deliciosos onigiris —anunció Eriol con una gran sonrisa, sacándome de repente de mis cavilaciones.
—¡¿Onigiris tú?! Querrás decir: bolas duras de arroz —bufé en son de burla, recordando las veces en que Eriol intentó hacer ese platillo con resultados devastadores. En lo que tenía que ver con la cocina, lo único que le salía bien era partir un pan en dos.
—Para tu información, he mejorado muchísimo en eso —aseguró haciendo un mohín.
—¿En serio? Eso tengo que verlo —exclamé socarronamente mientras soltaba una carcajada—. No te preocupes mamá, pediré algo de comida por si no podemos consumir el veneno de Eriol.
—De hecho hijo, me encantaría que tú cocinaras esta vez. Te adoro sobrino, pero me encanta el ramen que prepara mi hijo —solicitó mi madre mientras se disculpaba con el prepotente simplón cuatro ojos de mi primo, lo cual obviamente era música para mis oídos.
—Claro madre. Probarás el mejor ramen de toda tu vida. Ves inútil, ni mamá puede soportar tu comida —celebré triunfante mientras le mostraba la lengua a Eriol.
Se suponía que hace años había dejado esas niñadas, pero ¡hey! Las oportunidades de molestar a Eriol eran calvas y había que agarrarlas por los pelos.
—Ni creas que harás que me ponga en contra de tía Ieran. Soy un caballero y sé reconocer mi derrota —aseguró mientras yo entornaba los ojos ante su afirmación, y al notar como se pintaba una sonrisa burlona en su rostro ya de por sí socarrón, supe que había caído redondito en la trampa. Sabía que era demasiado bueno para ser verdad—. Dado que te ofreciste amable y voluntariamente a cocinar, ¿podrías agregarle maíz al ramen? Amo el maíz, como ya sabes. —¡Rayos! Me había engañado de nuevo. Su intención fue siempre que yo cocinara.
Escuché una carcajada detrás de nosotros mientras le reclamaba por no haber madurado todavía, y noté como mi madre disfrutaba del espectáculo. Mi enojo se disipó al verla tan animada. No recordaba la última vez que la vi reír de esa manera.
*
Y efectivamente me tocó cocinar. Tenía años que no preparaba nada en aquella casa, y siendo sincero, se sentía bien saber que estaba trabajando en algo que haría feliz a otros. Aunque no por eso había abandonado mi resolución de vengarme de Eriol. Estaba ansioso por ver su cara al darse cuenta de que su porción tenía una generosa ración de tabasco.
Puse todo sobre la mesa tal y como mi abuelo me había enseñado, y al mirar mi creación, sentí como el orgullo se adueñaba de mi ser. Era como si estar en ese lugar me devolviera el amor por la cocina.
—¡Abuelo, ven a ver lo que hice! —exclamé sin meditar en ello, buscando con la mirada su sonrisa satisfecha a uno de mis costados.
Sentí un dolor punzante en el pecho al caer en cuenta de la realidad. Él ya no estaba, y tampoco volvería.
—Todo se ve muy delicioso. Eres un gran cocinero, Shaoran —escuché decir detrás de mí. Me di la vuelta y ahí estaba Eriol.
Sus labios mostraban una gran sonrisa, pero sus ojos se veían vidriosos. Seguramente había escuchado mi llamado.
Me prometió que avisaría a mi madre que todo estaba listo, para luego perderse rumbo a las escaleras, y no pude evitar sentirme culpable por haber mencionado al abuelo.
Eriol no había llorado ni aquel día ni el anterior, pero sabía que su partida le dolía a él más que a cualquiera. Era un hombre fuerte, mucho más fuerte de lo que lo era yo.
Después de cenar, mamá se fue a dormir casi de inmediato. Había pasado varias noches difíciles cuidando del abuelo, así que el cansancio se le había acumulado. Eriol se ofreció a lavar los platos y me pidió que descansara en el cuarto que había preparado para mí.
Era mi antigua habitación.
Con sólo asomarme a la puerta la nostalgia invadió mi ser. Todo estaba tal y como lo había dejado. De hecho, sólo entonces me di cuenta de lo diminuta que era mi cama. ¿En serio era tan pequeño cuando me fui a la universidad?
Me acerqué a mi antiguo escritorio y encontré todo tipo de papeles en las gavetas, aparte de cientos de objetos que coleccionaba en mi niñez.
Abrí la última de ellas, y encontré mi vieja grabadora junto con algunas cintas que tenía guardadas. Me apresuré a poner una de las cintas en ella. Quería descubrir si aún funcionaba.
Casi salté de alegría al escucharla sonar. Jamás pensé que aún estuviera en buenas condiciones.
Saqué todo el cajón y lo vacié sobre el escritorio: quería probar todas las cintas para llevarme a Hong Kong aquellas que aún funcionaban.
Era cierto que a esas alturas podía escuchar música y grabar sonidos desde mi celular, pero los recuerdos que evocaban esas grabaciones, no podían ser reemplazadas por ninguna tecnología.
Reproduje una a una todas las cintas que pude, mientras me perdía en la música. Hice esto por casi una hora, hasta que me encontré con un cassette que no recordaba haber visto antes.
"Para Shaoran. De Sakura". Esa era su inscripción.
Solo leer el nombre de ella fue suficiente para captar mi total atención, pero aunque me perdí en mis pensamientos tratando de recordar cuándo había recibido aquella cinta de ella, fue inútil.
Estaba tan concentrado en ello que no escuché a Eriol entrar en la habitación y sentarse sobre la cama.
—¡Ah, con qué encontraste la vieja grabadora! —exclamó sin darse cuenta de cuán ensimismado estaba, provocando que me llevara un tremendo susto.
—¡Eriol, quieres matarme! —exclamé furioso mientras lo miraba amenazadoramente, porque como había dicho antes, lo que más odiaba en el mundo era que me interrumpieran mientras intentaba recordar.
—Oh, con que encontraste también la cinta de Sakura. Ya ni siquiera recordaba que estaba allí —aseveró mientras ignoraba olímpicamente mis palabras, aunque en aquel momento no me importó demasiado.
Él parecía tener la respuesta a la duda que ahora se había adueñado de mi cabeza.
—¿Sabes cuándo me dio esto? —pregunté completamente intrigado.
—Claro. Te la envió conmigo —aseveró sin más—. Fue cuando estabas estudiando como loco para entrar a la universidad. Intenté dártela en la mano tal y como ella me pidió, pero lo único que me dijiste fue que la guardara en el cajón junto con las demás y dejara de fastidiarte. Te dije que ahí la olvidarías, pero me miraste como un perro rabioso y me echaste de tu cuarto. Es más, la última vez que viste a Sakura recuerdo que te preguntó si la habías escuchado y le dijiste que no.
—Si, ya me acordé —dije rascándome la cabeza un poco apenado por haber olvidado algo como eso—. Me dijo que le alegraba que no la hubiera escuchado porque le avergonzaba mucho lo que grabó, así que no le di importancia.
—¡Por Dios! ¡¿Enserio eres tan idiota?! Debiste haber subido a tu habitación en aquel instante y escucharla. ¡Oh por Dios! La vas a oír ahora mismo —demandó con el rostro pálido como si hubiera visto un fantasma.
—¡No! —Le grité alejando de él la cinta—. Si me dijo que no la escuchara, no lo haré.
—Oh, amigo mío, ¡claro que lo harás! —exclamó antes de abalanzarse sobre mí para intentar quitarme el objeto.
Forcejeamos durante varios minutos hasta que logró quitarme la cinta y la puso a reproducir en contra de mi voluntad.
—Hola Shaoran. —Fue lo primero que se escuchó en la grabadora. Sentí como desaparecía mi deseo de no seguir escuchando. Habían pasado cuatro años desde la última vez que la oí, y aún su voz lograba acelerar mis latidos.
"… quiero decirte que me he sentido muy triste por el distanciamiento que hay entre nosotros desde que te dije que me iría a la universidad de Hong Kong.
Quiero que sepas que no lo elegí por cuenta propia, es solo que mi tío… bueno… es una larga historia que no me gustaría contarte de esta manera. Solo te diré por ahora que no tuve otra opción.
Aquel día, quería explicarte exactamente lo que pasó… pero te fuiste tan rápido… has estado evitándome y no me has dejado hablarte desde entonces… No sabía que más hacer.
Por eso decidí grabarte esta cinta para contarte lo que he decidido: No haré el examen. Así podré quedarme aquí, contigo. Porque no soportaría estar tan lejos de ti, Shaoran. Porque tú…… ¡TÚ ME GUSTAS MUCHO!
Creo que me gustaste desde siempre… Desde que te veía sentado en el parque pingüino después de la escuela. Siempre tomaba esa ruta en mis patines solo porque quería verte, aunque en ese momento no sabía exactamente lo que sentía por ti. Pero luego, cuando nos hicimos amigos, yo… me di cuenta de que te quería… te quería mucho.
Bueno, ya debo volver. Está a punto de anochecer y mi tío llegará pronto a casa.
Espero con ansias tu respuesta, aunque me da un poco de miedo saber… bueno… saber si sientes lo mismo que yo. Pero no te preocupes… si no, no importa… quiero que sigamos siendo amigos de todas formas. Quiero… que no nos separemos nunca.
Bueno… Adiós… Shaoran."
Me quedé petrificado por unos instantes mientras Eriol me miraba con los ojos como platos.
No podía ser verdad. Ella… ¿en serio sentía lo mismo que yo desde que éramos niños?
--
Y ahí está el capítulo 2. El dos y el tres en la versión original.
Cómo vemos Shaoran acaba de descubrir algo muy importante que hubiera cambiado el rumbo de su vida, aunque como había dicho antes, han pasado cuatro años desde la última vez que vio a Sakura.
¿Qué pasará ahora? ¿Podrán reencontrarse? ¿Ella sentirá lo mismo aún?
Gracias por acompañarme en esta historia, sobretodo por los reviews y todo lo demás. Son más que bienvenidos todos sus comentarios.
Les envío un gran abrazo. Esperando que estén pendientes de la actualización.
Brie97
