Recuerdos de la Juventud

Capítulo 3

Era el primer día de clases. Acababa de iniciar la escuela secundaria.

Me dirigí como de costumbre al parque pingüino, y me senté en el banco que había ocupado día a día por casi un año completo.

Los cerezos estaban en flor, y el suelo se veía rosáceo debido a los pétalos que se habían desprendido de ellos.

Me coloqué los auriculares, comencé a reproducir la grabadora que el abuelo me había obsequiado sólo unos meses antes y dirigí mi mirada hacia la calle.

La niña de ojos verdes no había vuelto a pasar frente al parque durante los pasados meses, pero aún así, no podía dejar de detenerme allí y esperarla. Era como si una parte de mi confiara en que algún día la volvería a ver.

Para mi sorpresa, unos minutos antes de marcharme, una silueta femenina se detuvo frente a la entrada. La miré unos segundos y la reconocí. Era ella.

No pasó de largo en sus patines como las otras veces, por primera vez en dos años entró al parque.

Se veía diferente. Su cabello estaba más corto y su uniforme ya no era el verde que usaba la última vez que la vi. Lo examiné por unos segundos y mi corazón dio un salto de alegría. Era exactamente el mismo que yo llevaba.

Según parecía, estaba estudiando en la misma secundaria que yo.

—Hola. —Me saludó con una gran sonrisa.

Miré a todos lados para asegurarme de que me hablara a mí, pero yo era el único que estaba en ese lado del parque.

—Hola —susurré en respuesta, perdiéndome en sus ojos. Ahora que por fin los veía de cerca, estaba totalmente convencido de lo hermosos que eran.

—¿Puedo sentarme a tu lado? —preguntó para mi sorpresa sacándome de mi pequeño letargo. Solo me limité a asentir y dejarle espacio. Mis manos empezaban a sudar como locas, y sentía que un calor inexplicable se apoderaba de mi cuerpo al tenerla allí tan próxima a mí—. ¿Qué escuchas? —me preguntó señalando mis auriculares. Intenté explicarle, pero no me salía la voz, así que sólo me limité a quitarme uno de ellos y a extendérselo—. ¡¿En serio puedo oír?! ¡Gracias! —exclamó emocionada.

Dirigí mi mirada al frente procurando olvidar el hecho de que estuviera tan cerca, e intenté concentrarme en la música. De repente, una voz diferente comenzó a traslaparse con la melodía. Dirigí mi mirada a ella, y ahí noté que había comenzado a cantar.

Sin darme cuenta de ello, me quité el auricular y me dediqué a escucharla solo a ella, pero pocos segundos después, dejé de oír su bella voz. Se había detenido.

—Lo siento... es solo... me gusta mucho esa canción —reconoció avergonzada. Se veía tan tierna con sus mejillas del mismo color del suelo bajo nuestros pies.

—Cantas muy bonito —reconocí sonriendo para intentar tranquilizarla, lo cual al fin y al cabo era la verdad.

Había disfrutado más de los segundos que la escuché a ella cantar, que de las miles de veces que había reproducido esa canción.

—Gracias —susurró poniéndose totalmente roja. Casi parecía estar expulsando humo por las orejas.

Miré la mano que ella tenía depositada sobre el banco y para mi sorpresa, la mía estaba sobre la de ella.

¡¿Cuándo demonios había hecho eso?!

Retiré mi mano de allí y me quedé totalmente petrificado. No sabía que decir, no sabía qué hacer. Yo... ella... ¿por qué mi corazón latía con tanta fuerza?

—¿Podemos seguir escuchando? —me preguntó sin abandonar aún su sonrojo.

Asentí en respuesta y volví a reiniciar la melodía.

Ella cerró los ojos y antes de darse cuenta, empezó a cantar otra vez.

Su voz, su pelo, sus ojos... ¿En serio era posible tanta belleza en una sola persona?


—Shaoran, ¿estás bien? —escuché a Eriol preguntarme completamente preocupado.

No sabía por cuánto tiempo me había quedado perdido en mis recuerdos, pero su voz me devolvió a la realidad.

A mi triste realidad.

—¡Sakura no está ahora conmigo por mi culpa, Eriol! Si te hubiera hecho caso, si la hubiera escuchado… ahora yo... nosotros… —Revolví mi cabello tratando de liberar un poco de mi frustración, pero fue inútil.

Había desperdiciado cinco años lamentándome de que no estuviera a mi lado... ¡Y resultaba que todo era mi culpa!

—No sabías que eso era lo que decía la cinta, Shaoran. No debes culparte —lo escuché decir tratando de aliviar mi carga. Sabía que quería ayudarme, que quería que no me sintiera tan mal… pero eso era imposible.

—¡Tuve dos oportunidades, Eriol! —grité mientras me ahogaba en mi desesperación—. ¡Pude haberla escuchado cuando me la diste! ¡Pude haberlo hecho cuando ella me preguntó! Pero no lo hice. La dejé ir de mi lado. Dejé ir a la única persona a la que he amado en mi vida. Dejé ir a mi primer amor. ¿Por qué? ¿Por qué no quise escucharla?

—Tranquilízate Shaoran, despertarás a Tía Ieran. Debes calmarte —murmuró en voz baja mientras sostenía mis hombros y me sacudía levemente—. Aún puedes darle una respuesta. Puedes decirle lo que sientes.

—¡¿Cómo diablos voy a hacer eso?! —protesté tratando de controlar el volumen de mi voz—. ¿Olvidas que hace cuatro años no sabemos nada de ella? Ella se fue, Eriol. Ella no volverá, ella tiene a otra persona.

—Eso no lo sabes con certeza, Shaoran. Solo la viste abrazar a ese tipo una sola vez. Tal vez es un amigo o algún familiar.

—Aún si así fuera. Aún si ella no tuviera a nadie... Es imposible que la vuelva a ver. No sabemos dónde puede estar ahora.

—Yo sé donde está, Shaoran —afirmó para mi sorpresa.

Clavé mi mirada en él buscando un atisbo de ironía en sus palabras, pero no lo encontré.

Ahí estaban esos dos pozos azules mirándome con la misma intensidad que yo lo hacía, con una expresión seria que había visto en su rostro pocas veces en mi vida. No era una broma, en serio sabía dónde estaba.

—Pues, ¿qué estamos esperando? ¡Vamos ahora! —grité mientras me disponía a atravesar la habitación y dirigirme hacia la puerta.

Debía verla, debía aclarar todo aquello de una vez por todas.

—Espera Shaoran. No es tan simple. Quiero que tomes asiento y me escuches... —solicitó mientras detenía mi avance con uno de sus brazos. Aún tenía esa mirada seria en sus añiles normalmente burlones—. Debes prometerme que por increíble que parezca lo que voy a decirte, creerás en mí.

Me quedé unos segundos reteniéndole la mirada hasta que resignado, me limité a asentir y a tomar asiento en el filo de la cama.

Algo me decía que me costaría cumplir con aquella petición, pero por ese momento, parecía ser mi única opción.


Examiné nuevamente aquella revista con ojos desorbitados.

Aún mi mente no lo asimilaba. Ni siquiera porque debido a lo que había en esas páginas me encontraba tomando mi segundo vuelo de la semana.

¿Y quién podía culparme por estar sorprendido? Es que era demasiado increíble.

De todos los lugares del mundo en los que Sakura podía estar, se encontraba nada más ni nada menos que en Inglaterra.

Y no sólo eso. Era una modelo profesional y aparecía en casi todas las páginas de la revista que ojeaba en esos momentos. Si no fuera porque tenía en mis manos la prueba irrefutable de que así era, jamás le hubiera creído tal cosa a Eriol.

Dirigí mi mirada a una de aquellas fotos en las que ella posaba y no pude evitar quedarme completamente embelesado.

Siempre fue una niña muy bonita, pero la mujer en la que se había convertido y que veía en ese vestido verde ceñido al cuerpo, despertaba en mí pensamientos que jamás había tenido hacía ella.

¡Qué bien le habían sentado los años!

Sus ojos esmeraldas parecían traspasar la página de la revista encantándome con su brillo, mientras su cabello castaño claro bajaba por su cuerpo cual cascada interminable.

Era hermosa con el cabello corto, pero el largo le sentaba de maravilla. Se había convertido en la mezcla perfecta entre inocencia y sensualidad.

Pensé por unos instantes en la cantidad de hombres que habían visto aquella revista y los pensamientos que tal vez habían tenido con ella, y por irracional que pareciera el que me sintiera celoso por alguien que no había visto por casi media década, la rabia se apoderó de mi cuerpo.

No soportaba la idea de que alguien la mirara con lujuria. Ella era Sakura, mi Sakura. Aunque una parte de mi subconsciente aún no lo asimilara.

De repente sentí en mi brazo derecho cierta humedad, y miré frustrado a mi primo que yacía sobre mi hombro babeándome la camisa.

El muy idiota había insistido en acompañarme a pesar de lo mucho que me negué, y es que volar con él siempre había sido un verdadero desastre.

Ese gallina me había jurado que había superado su miedo a volar, pero seguía gritando a cada menor movimiento del avión. Gracias a Dios que había traído unas pastillas para dormir que le obligué a tomar.

Ahora estaba durmiendo como un oso en hibernación, pero mi camisa había sufrido las consecuencias.

Suspiré profundamente y traté de llenarme de paciencia. En el fondo la presencia de Eriol me daba algo de tranquilidad, sobretodo porque no sabía a qué me enfrentaría una vez llegara a tierra.

Después de darle un empujón al cuatro ojos y limpiarme la camisa con una servilleta, me coloqué los auriculares y reproduje la grabación de Sakura. Lo hice una y otra vez, hasta que él cansancio me ganó la batalla y me quedé dormido.

Su voz diciéndome que me quería era como un coro de ángeles para mí.

No deseaba más en el mundo que escuchar aquello de sus propios labios y decirle que yo la amaba igual. Aquello sin duda compensaría con creces esos años de soledad.


—¡Maldigo al lunático que se le ocurrió que las personas debían volar! —chilló Eriol después de besar el suelo inglés y recuperarse del aterrizaje.

Después de reírme lo suficiente de él como para dolerme las tripas, y repetirle una y otra vez que era un cobarde, me estiré sobre mí mismo y solté un largo bostezo.

Debía reconocer que yo también había odiado aquel vuelo. Después de trece interminables horas sentado, ya el trasero no me respondía. Lo único que quería en ese momento era plancharme en una cómoda y espaciosa cama, y dormirme por varios días.

Ya fuera del aeropuerto, llamé a Meiling para avisarle que ya habíamos llegado, y confirmar el alojamiento que había reservado para nosotros.

Me dió las indicaciones que necesitaba y me avisó que después de pagar una cuantiosa fortuna, había conseguido las entradas al desfile de modas que le había insistido en reservarme, claro está, después de insultarme y amenazarme con que renunciaría la próxima vez que la llamara a última hora.

Acepté con gusto su reprimenda y le di las gracias de todo corazón, no sin antes comprometerme a comprarle uno de los vestidos de aquella compañía en la que trabajaba Sakura.

No lo supe hasta entonces, pero resultaba que Meiling era una fiel admiradora de aquella diseñadora. Buena parte de su enojo se debía precisamente a que también quería estar en Inglaterra y así conocer en persona a su ídolo. Estaba seguro de que no dejaría de recordarme en futuras ocasiones el "inmenso" sacrificio que hizo por mí al perderse ese desfile.

—Oye Shaoran —la escuché decir luego de desahogar toda su frustración conmigo. Su voz dejó de sonar chillona y malhumorada para volverse calmada y cariñosa, tal y como solía sonar cuando estaba a punto de darme un consejo—. Asegúrate de volver con esa chica. No vayas a hacer nada estúpido.

—Te lo prometo, Meiling. Gracias de nuevo —dije antes de colgarle.

Meiling se había convertido en una valiosa aliada y no podía negar que le tenía un gran cariño, aunque no de la manera que ella hubiera querido. Habíamos salido por unos meses, en una de mis crisis emocionales en las que intenté olvidarme de Sakura, pero era evidente que aunque estaba con ella, tenía mi mente en otro lugar, o más bien, en otra persona.

Ya hastiada de aquella situación, me explicó que aunque en realidad si sentía algo por mí, prefería que fuéramos sólo amigos si no la amaba de todo corazón. Concordé por completo con lo que decía. Era injusto obligarla a ser la sustituta de un amor que era parte de mi vida.

Tras eso nos limitamos a ser buenos amigos, y se convirtió en mi mano derecha una vez asumí el control de industrias Li.

Sus consejos fueron un poderoso aliciente para que dejara de buscar consuelo en otra mujer, y enfrentara mi realidad de que no podía olvidar a Sakura.

Siempre me había parecido admirable su forma tan desinteresada de animarme a buscar mi felicidad aunque fuese a costa de la suya. Esperaba que algún día encontrara al amor de su vida, y que esa persona la amara como yo no supe hacerlo.

Miré la dirección nuevamente y le pedí a un taxi que nos llevara, y en el trayecto, me dediqué a observar el paisaje que se extendía ante mí.

Londres era un lugar tan diferente de Tomoeda, que se me hacía difícil imaginarme a Sakura recorriendo sus calles como una celebridad.

—¿Cómo terminaste tan lejos de mí, querida? —susurré al mirar el cielo repleto de estrellas.

Era consciente de que las insoportables horas de vuelo habían sido solo una parte de los obstáculos que enfrentaría para hablar con Sakura, pero eso no me importaba en aquel momento.

Estaba realmente decidido a aprovechar esa oportunidad para enmendar mis errores del pasado.


—¡¿Eriol, quieres moverte?! —grité con hastío al percibir la excesiva parsimonia con la que este salía del hotel.

Habíamos dormido casi once horas desde que llegamos allí, así que en contraste con el estado en que había llegado del aeropuerto, ahora me sentía totalmente renovado, listo para encontrar a la mujer de mis sueños.

Por eso, las siguientes horas después de despertar habían sido todo un suplicio. Tener que esperar a que llegara la noche por fin y pudiera hablar con Sakura de una vez por todas, era casi imposible. Estaba demasiado ansioso, aún no podía creer que en serio la volvería a ver. ¡Por eso me alteraban los nervios ver a Eriol tan tranquilo!

—Debes calmarte, Shaoran. Solo lograrás que te de un infarto —comentó él, mientras se acomodaba el nudo de la corbata que le había obligado a terminar de ponerse en el vehículo que habíamos alquilado—. Apuesto a que ni siquiera sabes qué le dirás a Sakura cuando la veas. Seguro te quedas mudo, o peor aún, terminas diciendo alguna barbaridad. ¿Te recuerdo cuántos intentos fallidos tuviste al intentar decirle lo que sentías por ella en el pasado?

Sus palabras me hicieron evocar aquellos recuerdos, algunos de ellos tan vergonzosos que desearía olvidar.

Era un completo lío a la hora de expresar mis emociones, pero no podía evitarlo. Con solo tenerla cerca mi cuerpo temblaba, mi mente se ponía en blanco y mi voz se tornaba áspera y chillona.

No importaba cuantas veces lo ensayara o cuán decidido me sintiera, el resultado siempre era el mismo: una Sakura confundida y un Shaoran avergonzado, tratando toscamente de inventar una explicación para que mi comportamiento no me delatara.

—Trescientos ochenta y siete. Eso sin contar tus cartas nunca entregadas —comentó Eriol mientras tocaba sus dedos como si hubiera estado contando una por una aquellas ocasiones—. Debo reconocer que eres un experto en arruinar ocasiones perfectas. No importaba lo que hiciera para darte una oportunidad de hablar con ella, siempre terminabas metiendo la pata —culminó mientras se acomodaba el cinturón de seguridad y se reía por lo bajo.

Lo miré como queriendo traspasarlo con la mirada, para luego resoplar resignado sabiendo que tenía razón. Sí, era un desastre en el amor, pero ya no más. Esta vez daría por cerrado ese capítulo de mi vida, y por Dios que con un final feliz.

Encendí el vehículo y puse a funcionar el GPS. Miré mi reloj y comprobé que aún faltaban treinta minutos para el evento.

—Tiempo suficiente —confirmé satisfecho y lo puse en marcha.

Me sentía muy optimista en aquellos momentos. Algo me decía que definitivamente lograría mi objetivo esa noche.


Y ahí está el capítulo tres.

¡Ya sabemos dónde está Sakura! Y mejor aún, los chicos van de camino a verla.

¿Tendrán éxito en su viaje? ¿Seguirá Sakura sintiendo lo mismo por Shaoran?

Descubramoslo en los próximos capítulos.

Mil gracias por leer. Espero que me sigan acompañando hasta el final.