Segunda Oportunidad
Capítulo Nueve
Jason estaba ensimismado observando el jardín desde un banco de granito. Todavía faltaba trabajo para embellecerlo pero ya Hank había quitado gran parte de las malezas e, increíblemente, un rosal comenzaba a florecer. El niño no sabía mucho de plantas pero sí que sentado allí se sentía a gusto. No podía creer lo relajado que estaba en la mansión con esa gente como él, "mutantes," que su padre le había enseñado a despreciar pero él los veía como su verdadera familia. Con sus escasos años, Jason estaba aprendiendo a aceptarse a pesar de no ser lo que sus padres biológicos hubieran deseado que fuera. Había sido difícil convivir con ellos, en especial cuando su aterrorizada madre lo llamaba un monstruo y su padre no disimulaba la expresión de desencanto. Ambos progenitores detestaban a los mutantes y el militar había decidido que usaría a su hijo como un arma ya que no podía sentirlo como a un ser humano.
Jason no sabía controlar sus poderes todavía y cuando veía a su madre muy nerviosa, trataba de meterse en su mente para calmarla pero la mujer creía que intentaba enloquecerla, hasta había llegado al grado de gritar que conseguiría que se taladrara el cerebro ella misma. Algo horrendo de escuchar para un niño retraído y sensible como Jason.
El niño suspiró y cruzó los pies que le colgaban del banco. Definitivamente se sentía a gusto en Westchester con Charles, que tenía un poder igual al suyo y lo entendía. Estaba pensando pedirle que lo ayudara con su mutación cuando algo le tocó el hombro. Jason se asustó ya que era tímido y asustadizo por naturaleza.
-¡Hola!
El niño alzó la mirada y se encontró con Peter, que tenía una gorra de béisbol, que había requisado del armario viejo de Hank. El pequeño bajó la cabeza y se acurrucó temblando.
Peter se dio cuenta de que lo había espantado y esa no había sido su idea. Lo había visto sentado tranquilo y solo quiso sorprenderlo.
-Lo siento, Jason – se rascó la nuca -. No pensé que reaccionarías así – el niño lo miró con los ojos bien abiertos -. Solo quise jugar un poco, ¿tú no juegas?
Jason sacudió la cabeza. Ahora fue Peter el asombrado.
-¿En serio? ¿Cómo puedes no jugar si eres un niño?
-Leo y estudio como me exige mi padre – respondió Jason seriamente. El muchacho se alegró de que hubiera hablado al fin -. Algún día seré soldado como él.
-Lo que digas – replicó Peter sonriendo y se encogió de hombros -. ¿Me harías un poco de espacio?
El niño se movió y el joven se sentó a su lado.
-Perdona, Jason – se disculpó otra vez y sacó dos chicles del bolsillo. Le entregó uno y se metió el otro en la boca -. Yo soy muy rápido, ya lo sabes – Jason asintió, estaba aprendiendo de a poco las mutaciones de todos -. A veces me cuesta controlarme pero tú entiendes que esto cuesta mucho.
-Es difícil – expresó el niño -. A mí me cuesta controlar las voces en mi cabeza y Charles me dijo que me ayudaría.
-¡Charles es un sujeto increíble! – exclamó el joven y reventó un globo en la boca -. A mí también me ayudará. ¿Quieres que nos enseñe a los dos juntos? Seríamos como compañeros de estudio.
Jason asintió.
Peter sonrió y preguntó porque lo carcomía la curiosidad.
-¿Te diviertes con tu poder? ¿Cuál es exactamente? ¿Qué puedes hacer? El mío es la velocidad.
-Puedo leer y controlar lo que los demás piensan.
-¿Así como Charles? – interrogó el joven -. ¿También eres telépata?
-Sí.
Peter se interesó más.
-¿Puedes leerme a mí ahora?
-Sin buscarlo – respondió el niño serio -. Tus pensamientos simplemente se me presentan. Por eso Charles me enseñará a manejar este poder y a bloquear mi mente, él lo dice así, para que lo que piensan los demás no me atormente tanto.
-Debe ser difícil – suspiró el muchacho con empatía y la curiosidad le volvió a ganar -. ¿Qué pensamientos míos se te presentaron recién?
Jason apretó los ojos para leerlo con más atención.
-Se me presentó un sentimiento romántico primero – contestó -. Te gusta mucho Logan.
Peter rio.
-Sí, creo que demasiado. ¿Qué más? – estaba entusiasmado con el poder del niño.
-También las dudas que tienes respecto a cómo reaccionará tu padre cuando le digas quién eres.
El joven se mordió el labio.
-Ya lleva tres días viviendo aquí y prácticamente ni me lo he cruzado, tampoco lo intenté.
-Pienso que es hora que lo hagas – opinó Jason.
Peter se pasó las manos por la cara. No era fácil hacerlo aunque fuera el motivo, bueno, uno de los motivos, por los que seguía en la mansión porque la verdadera razón era ahora Logan.
Jason se frotó las manos. Se ponía nervioso cuando quería dar un consejo porque tenía la autoestima baja a raíz de lo estricto que había sido su padre.
-Pienso que deberías pedirle ayuda a Charles – consideró -. Es muy amigo de tu padre y sabrá cómo guiarte. Quizás hasta platique primero con él.
-Tienes razón – aceptó Peter y suspiró mirando hacia el cielo, luego consultó su reloj pulsera -. ¿Sabes qué haré, Jason? Ya son casi las cinco y Erik come una merienda en su habitación a esta hora. Subiré y le llevaré una merienda saludable – rio -. Sí, con leche, cereales, jugo de naranja exprimido y frutas, y platicaré con él. No creo que se lo diga ahora directamente pero podríamos conversar de lo que sea y así nos iríamos conociendo.
-Tal vez Charles ya se la haya llevado.
-No – sacudió la cabeza el joven -. Pasé hace un rato por su despacho y Charles sigue allí porque se veía luz a través de la puerta. ¿Te parece una buena idea esto de llevarle la merienda a mi padre?
-Me parece que podría funcionar.
Peter rio y le pasó la mano.
-Gracias por escucharme, Jason – el niño quedó en suspenso viendo la mano extendida -. Ah, me la tienes que estrechar.
El niño se la apretó y rio. Peter se sorprendió otra vez porque era la primera vez que lo oía reír. Le puso la gorra en la cabeza como signo de amistad y se retiró a la casa con su velocidad extraordinaria.
Jason se acomodó la gorra en la cabeza, mientras pensaba que además de Charles, ahora también Peter le caía bien.
….
Después de consolarse mutuamente y notar que Charles se había tranquilizado, Erik regresó a su recámara porque era conveniente que siguiera haciendo reposo y porque necesitaba estar solo para procesar la confesión. Con los ojos humedecidos dejó el despacho y enfiló hacia el ascensor para dirigirse a su dormitorio. Por el pasillo creyó oír risas de un niño y pasos corriendo a su lado. Pero no vio a nadie y sacudió la cabeza casi llorando. Era su imaginación recreando a esa criatura que tendría que tener hoy diez años. Pensó en Jason, que tenía esa misma edad, y al recordar que estaba viviendo con ellos, no soportó la idea de convivir con un pequeño que bien podría haber sido su propio hijo. Tuvo que detenerse para recargarse contra la pared y llorar. Finalmente se compuso con esfuerzo y continuó su camino. Al llegar a su habitación, dejó las muletas reposadas contra la mesa de luz y se sentó en la cama con la pierna herida extendida. Suspiró y se cubrió la cara con la mano sana para llorar más.
Pensaba en su hijo, que no alcanzó a vivir, y en Charles, que había sufrido tanto. Ahora recién Erik elaboraba el duelo y se le estrujaba el estómago de solo pensar en su antiguo amante desesperado cuando ya no lo sintió moverse esa noche. Recordó que Charles mencionaba a Hank, que lo había acompañado, y Erik se planteó agradecérselo más adelante. Beast nunca le había caído bien con su aire de sabelotodo que jamás salió de la biblioteca, pero ahora lo admiraba por haber estado con Charles mientras él se encontraba ausente. Pero no había justificativo para su ausencia, él, Erik Lehnsherr tendría que haberlo acompañado, no Hank. Estaba sintiendo culpa y dolor por no haber estado presente cuando Charles y su hijo más lo necesitaban. Pensó un instante que si hubiese permitido que el telépata lo encontrara, habrían compartido el embarazo juntos y Charles jamás se habría deprimido así. Sin depresión ni angustia, esa criaturita que habían formado con su amor hubiese sobrevivido y hoy tendría diez años.
Erik lloró más todavía y se echó de espaldas en el colchón. El movimiento brusco le produjo un latigazo en la pierna herida pero poco le importó. El dolor en su pecho era mayor. Solo pensaba en Charles y en el bebé. Tan ensimismado estaba en su pena que no oyó que golpeaban a la puerta.
-Su merienda saludable, señor Lehnsherr – bromeó un sonriente Peter detrás del umbral. Después bufó recordando que Magneto no tenía la pinta de los que se divirtieran con las bromas y se lamentó de haberla hecho. Esperó un rato y no oyó respuesta alguna así que decidió entrar. Temía que Erik pudiera haberse caído o estuviera adolorido en extremo -. Disculpa, Erik, yo . . .
Peter no se esperaba encontrarlo llorando desconsoladamente. Dejó rápido la charola sobre la primera mesita que vio y se acercó con su velocidad a la cama.
-¿Sucedió algo? – interrogó acelerado y nervioso -. ¿Te lastimaste? ¿Te caíste? ¿Te duele mucho?
De estar solo llorando su propio duelo, Erik se encontró de pronto con ese muchacho encima de él. No podía entender de dónde había salido.
-¡Déjame solo! – gruñó. Quiso correrse a un lado en la cama y el brazo y la pierna le provocaron puntazos. Erik gimió de dolor -. ¡Vete, niño!
Peter titubeó pero sintió que tenía que ayudarlo.
-Permíteme examinarte, dime qué te ocurrió. . .
-¡No entiendes el no, mocoso! – soltó Magneto, adolorido y frustrado -. Tengo suficientes problemas para que un chiquillo como tú me moleste con preguntas infantiles.
"Mocoso," "chiquillo" e "infantiles." Con esos tres términos su padre que no lo reconocía aun le dejaba en claro que era un niño inútil y metiche. Peter se mordió el labio y bajó la cabeza, humillado. Una cosa era que Logan lo llamara mocoso con afecto, o que Charles lo amonestara cariñosamente como a un niño y otra que Erik lo insultara cuando él solo se preocupó por su progenitor.
Despacito y en silencio, se alejó de la cama y, sin alzar la cabeza, se marchó. Al pasar junto a la mesa, miró deprimido la charola con la comida que con tanto entusiasmo le había preparado. Cerró la puerta a sus espaldas sin hacer ruido y caminó, no corrió ni aceleró el paso sino que caminó, triste y cansino hacia su recámara. Se sobó la nariz con el brazo y se apretó los ojos para no lagrimear. No era un chiquillo llorón e infantil, era un joven con buenas intenciones que había tratado de acercarse a un adulto que consideraba importante y al que le costaba llegar.
Peter se arrojó en su cama, se puso unos auriculares que le cubrían toda la oreja y subió al volumen máximo el álbum de Pink Floyd. Se metió otro chicle en la boca y lo mascó haciendo ruido.
Charles salió de su despacho y enfiló por el pasillo para llegar a la recámara de Erik. Necesitaba estar con él. Al pasar por la puerta de Peter leyó sin quererlo los sentimientos de enojo, frustración y miedo del joven. Charles se detuvo y haciendo a un lado su propia congoja, llamó a la puerta. Vio en su mente que el muchacho estaba con los auriculares puestos y que no lo oiría, así que empujó el picaporte y entró.
Peter tenía los ojos abiertos y se incorporó en la cama, asombrado, cuando lo vio pasar.
-Charles – suspiró, quitándose los auriculares. El volumen estaba tan alto que al hacerlo, se percibió el sonido ligero de la música -. Lo siento, si llamaste no te escuché, no es que no quisiera que entraras.
-¿Qué pasó, Peter? – preguntó Charles -. ¿Por qué estás triste?
-Porque Magneto me odia.
"Por favor, que no se lo haya dicho ahora," se suplicó a sí mismo Charles mentalmente. Sabía que en ese estado, Erik no reaccionaría de buena manera.
-¿Qué pasó, Peter? – insistió sin leerlo para respetar su intimidad.
El joven salió de la cama y se le acercó con las manos dentro de los bolsillos.
-Quise llevarle su merienda para estar y conversar un rato con él y lo encontré en la cama gimiendo – suspiró -. Quise ayudarlo y me envió al demonio.
Charles imaginaba que Erik debía estar sufriendo mucho y al escuchar al joven, le aumentaron las ganas de ir a verlo. Pero reconocía que Peter también lo necesitaba.
El muchacho recordó que tenía un chicle en la boca y se lo quitó por respeto a Charles. No parecía que el telépata fuera a amonestarlo por mascar una goma pero Peter lo respetaba mucho y cuidaba sus modales en su presencia.
-También me trató como a un niño y me sentí humillado, Charles – recordó con frustración -. Bueno – rememoró y se frotó la nuca -, tal vez no era para tanto pero me sentí así.
-Te sentiste así porque estabas ansioso por entablar una conversación con él y te pareció que te había despreciado.
-Sí, es cierto – aceptó Peter, le encantaba cómo Charles podía comprender y analizar las situaciones -. Me molestó su desprecio.
Charles lo miró a los ojos seriamente.
-Él no te despreció, Peter. Está atravesando un momento difícil y se enojó porque lo interrumpiste sin proponértelo. Reaccionó contigo de la manera en que podría haber reaccionado con cualquiera.
-¿Contigo también?
-No – suspiró Charles con calma -. No conmigo pero sí con los demás. Por eso no te trató así porque te odiara.
-Supongo que no – contestó Peter sin convencerse mucho y envolvió la goma en un papel para arrojarla al cesto de basura -. De igual manera no sé cómo encararlo, Charles – suspiró frustrado -. Cuando vine tenía ganas y energía para decírselo y ahora no sé qué hacer.
Charles lo miró con indulgencia.
-Dije que te ayudaría cuando llegara el momento, Peter, pero hoy no lo es. Erik está procesando asuntos que lo hacen ponerse así y no sería conveniente que conociera la noticia ahora. Dejemos que pase un tiempo prudencial.
-Yo no soy prudente – reconoció el joven con impotencia.
-Por eso dije que te ayudaría, Peter – repitió el telépata pacientemente -. Entiendo lo que te cuesta esperar pero en esta ocasión tienes que hacerlo – el muchacho murmuró un "lo sé," bajito -. Mientras tanto enfócate en otra cosa, hay mucho por hacer y por divertirte de forma sana. También piensa en tus estudios, te dije que en eso también te ayudaría.
-Ah, lo de controlar mis poderes – recordó Peter y sonrió -. Eso me gusta y le propuse a Jason que estudiáramos juntos.
Charles se alegró. Había leído la incomprensión que el niño había soportado con su familia y le complacía saber que el bueno de Peter estaba cooperando para que sanara.
-Gracias, muchacho. No te das cuenta pero al acompañar a Jason le haces mucho bien.
-Sé que él ayudará a su padre en el futuro – reconoció el joven con tristeza -. Cuando preparaba la merienda recordé que Logan me contó que será él, un Jason adulto, el que le creará una ilusión para confundirlo y poder capturarme a mí pero – suspiró, encogiéndose de brazos -, estamos aquí para que el futuro no sea así, ¿cierto? Tal vez aquí Jason aprenda a querer a los mutantes que somos como él.
-Todos podemos redimirnos, Peter – aseveró Charles con esperanza -. Jason pudo habernos atacado en ese futuro que Logan conoce pero eso está destinado a cambiar y es necesario que tengamos fe.
-Sí – asintió el joven.
-¿Me prometes que no seguirás molesto con tu padre? – quiso dejar el telépata en claro. Peter asintió con vehemencia -. ¿Prometes que esperarás un tiempo prudencial para confesárselo? – volvió a asentir -. ¿Platicarás conmigo antes?
-Sí, Charles. Quiero que las cosas salgan bien.
-Y saldrán muy bien – aseguró Charles convencido -. Ahora te dejo para seguir mi camino. Si quieres permanecer aquí adentro escuchando música, baja el volumen que te hará mal, o, mejor todavía, baja el volumen y quítate los auriculares, no sé qué tan adecuado sea para tus tímpanos que escuches tan alto con esos aparatos que te cubren las orejas.
-¡Charles! – exclamó, aburrido -. ¡Todos los jóvenes escuchamos alto con esto!
-¿Me estás llamando viejo? – Charles enarcó una ceja.
-¡No! – Peter rio alegremente. Ya no quedaban rastros de su mal humor -. ¡Las cosas que piensas, Charles! ¡Y eso que eres telépata!
-Prométeme que te los quitarás y bajarás el volumen.
-¡Charles! – protestó el muchacho contento -. ¡Son demasiadas promesas!
-Solo baja el volumen, Peter – pidió Charles con una sonrisa -. Hasta la cena, jovencito.
-Hasta la cena, "señor viejo" – bromeó entre risas y fue a arrojarse en su lecho de un brinco.
Charles se alivió que Peter fuera de contextura delgada porque con la fuerza con la que saltaba no habría resorte que soportara si tuviese un peso mayor.
-Nos vemos luego, Peter – terminó de despedirse y salió. En el pasillo movió con las manos las ruedas hacia la puerta de Erik. A medida que se aproximaba pudo sentir que el metal de los picaportes y las lámparas vibraba levemente y también su mente se aturdió con sentimientos de angustia y remordimiento. Erik seguía culpándose de haber provocado la separación en la playa y de haber impedido un acercamiento aislándose con el casco. Además recién estaba elaborando un duelo que a Charles le había llevado una década entera y todavía le dolía.
Se dio cuenta de que la única solución para que los dos lo soportaran era apoyarse mutuamente. Se necesitaban el uno al otro. Golpeó suavemente la puerta y solo oyó los gemidos detrás. Bajó el picaporte, que le temblaba entre los dedos por la vibración del metal, y abrió.
Erik estaba sentado en el colchón, con la pierna herida extendida y la espalda recargada entre los almohadones. Lloraba desconsoladamente. Jamás, ni aun cuando rozó en su mente sus recuerdos más tortuosos de Auschwitz, Charles lo había leído así. Cerró la puerta despacio para no interrumpirlo con el ruido, y movió las ruedas hacia la cama. Su expresión también estaba abatida.
-Erik – lo llamó con un murmullo.
Magneto quitó su mano de la cara y lo miró. Su mirada, sus labios temblorosos, las lágrimas, todo su rostro demostraba desolación.
Charles llegó hasta la cama. Se miraron a los ojos y el telépata le limpió las lágrimas con el pulgar. Erik se sintió un poco reconfortado con el gesto.
-Esto es dolorosamente jodido y todavía lo sufro – confesó Charles con la voz trémula -. Pero ahora nos tenemos los dos para consolarnos.
-¿Tú lo viste? – sollozó -. ¿Lo conociste cuando nació, Charles? – Charles asintió con tristeza -. ¿Cómo era?
-Pequeño – recordó y sonrió apenas -. Arrugado, era parecido a ti, o, al menos así lo vi yo – Erik se mordió el labio inferior, mientras las lágrimas le seguían brotando -. Tenía los ojos cerrados así que no pude conocer su mirada. Me pareció largo por lo que pensé que también habría heredado tu altura. Pero tenía mis pómulos y mi boca también. El resto, hasta las manitas eran tuyas, mi amor.
Charles describió a su hijo con tanto afecto que consiguió arrancarle una sonrisa en medio del llanto. Erik se observó la mano sana y la imaginó pequeñita para hacerse una idea de las manos de la criatura.
-¿Te gustaría conocer a nuestro bebé? – preguntó Charles suavemente. Erik frunció el ceño confundido -. Me refiero a transferirte la imagen que tengo de él mentalmente.
Magneto asintió emocionado.
-¿Cuánto tiempo estuviste con él?
-Más de media hora, creo – suspiró -. Lo sostuve y acaricié hasta que Hank entró con la doctora, que me inyectó un sedante en el suero para que me durmiera. No fue hasta que me dormí, que permití que Hank me lo quitara de los brazos.
Erik no supo qué responder y optó por cerrar los ojos. El telépata le apoyó el pulgar en el medio de la frente y cerró los suyos para concentrarse. En medio de la angustia y el remordimiento, Magneto vio el recuerdo envuelto en una bruma grisácea. Con una mirada cargada de tristeza y amor, Charles arrullaba el cuerpecito cubierto con una manta hospitalaria. Era efectivamente largo y espigado y parecía dormir pacíficamente. Erik lo estudió con atención y vio al bebé más hermoso que pudiera haber conocido: reconoció sus facciones en él pero también notó las de Charles y llegó a la conclusión de que el telépata había concebido a una mezcla perfecta de los dos.
Llorando, Erik apartó el pulgar de Charles de su frente.
-Lo siento – gimió y las disculpas eran tanto para Charles como para el niño por haberles fallado -. . . No estuve allí y lo siento. . . Pero gracias. Gracias, Charles, por haberlo tenido. . . yo. . .
Charles simplemente lo envolvió en un abrazo. Lloraba como él. Ahora que ambos compartían el recuerdo y el uno estaba cobijado en los brazos del otro, podían tolerar más el duelo y, con el tiempo, comenzar a sanar.
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