Disclaimer: Todo lo que reconozcan no nos pertenece, escribimos estas historias sin fines de lucro.
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Un mundo oculto
Los Potter eran un matrimonio común, con trabajos comunes en un vecindario común. Sus hijos también lo eran. El mayor asistía a un colegio pupilo fuera de la ciudad y los dos menores eran alumnos de la primaria de la zona. Esa era la imagen que sus vecinos tenían sobre ellos, pero si uno observaba con detenimiento podía encontrar detalles inusuales y fantásticos merodeando entre ellos como si fueran completamente habituales. Dentro de las cuatro paredes que separaban a la familia del exterior, existía un mundo secreto, un mundo en el cual ellos vivían llenos de magia.
Una mañana en el número 12 de Grimmauld Place, junto con el correo habitual (cartas dirigidas a la señora Potter, recibos a pagar, un diario "El Profeta"), llegaron dos sobres de pergamino amarillento, escritos con tinta de color verde esmeralda, uno ligeramente más grueso que el otro. Dirigidos a los dos niños Potter. Fue el mayor de ellos, James, quien los encontró.
—¡AL! —Exclamó con emoción—. ¡Llegó, Al! ¡Llegó tu carta!
El niño regresó corriendo al comedor donde su familia se encontraba desayunando y agitó con alegría la carta frente a su hermano. El rostro de Albus Severus Potter se iluminó, sus ojos se ampliaron dejando apreciar el luminoso verde que los habitaba y su sonrisa se acentuó impulsada por el puro sentimiento de felicidad que le provocaba haber recibido por fin su carta de Hogwarts. Tomando en sus manos el sobre, salió corriendo escaleras arriba hacia su habitación.
—¿Y ahora qué le pasa? —Inquirió el mayor alzando una ceja en un gesto de completa confusión.
La señora Potter sonrió a su hijo y con una mirada le dio a entender que no había nada de qué preocuparse.
—Ya lo conoces, James, él no la abrirá hasta comunicarse con Rosie.
James negó con la cabeza sin comprender cómo era posible que su tonto hermano resistiera la tentación de abrir esa carta. Entonces encontró el rostro apenado de su hermana menor y le dedicó una sonrisa sincera, de las que únicamente ella podía sacarle.
—Tu carta también llegará.
La afirmación hizo que en los ojos de Lily Luna Potter brillaran las lágrimas que se desesperaba por contener.
A James le pareció que aquella mañana pasaba muy rápido, estaba emocionado por reencontrarse con sus amigos en Hogwarts y, más aún, por la fabulosa idea de comenzar el año teniendo en sus manos el mapa del merodeador. No lo dudaba. Ya tenía trece años, igual que su padre cuando por primera vez lo utilizó. Ahora era su turno.
Su pequeña hermana le había pedido que leyeran el libro de "Historia de Hogwarts" y él no pudo negarse. Pasaron varias horas leyendo juntos, en las que de vez en cuando, James, hacía una pausa para observar el rostro de Lily, rebosante de alegría. Le enternecía ver ese brillo en los ojos de su hermana, deseosa por saber más detalles sobre el colegio que aún no conocía pero ansiaba recorrer.
Hasta el almuerzo no detuvieron la lectura, y cuando entraron a las cocinas se encontraron con Albus, que acomodada platos y copas en la mesa mientras charlaba animadamente con el elfo doméstico que vivía con ellos. Ese día tocaba almorzar allí.
—¿No crees que será genial cuando pueda ver el castillo por primera vez, Kreacher? ¿No sería fascinante ver al calamar gigante? ¿Y qué me dices del bosque prohibido? Apuesto que sería terroríficamente genial ir allí de noche…
—Claro que sí, joven amo –respondía el elfo con una reverencia que hacía que su prominente nariz rozara el suelo.
Albus hablaba y hablaba sin parar, sobre escobas voladoras y sombreros parlantes. Sobre leyendas de perros de tres cabezas habitando los pasillos, lazo del diablo y dragones. James sacudió la cabeza, Albus no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. No tenía idea de que su propio padre había estado involucrado en los hechos que él narraba. Pero, James no podía culparlo ya que el semi-gigante Hagrid se los había contado como si fueran sólo cuentos infantiles. Él era el único de los tres que conocía la verdad en aquellas historias.
Los señores Potter entraron a la cocina y todos se sentaron a la mesa mientras el elfo servía los platos.
Ginny Potter sonrió de lado y sacó su varita mágica para acercar un sexto plato limpio a la mesa, con un juego de cubiertos que se depositaron al lado de Lily.
—¿Cuántas veces debemos decirle, Kreacher, que usted siempre está invitado a comer con nosotros?
El elfo doméstico se habría ruborizado si la escena no se hubiera visto interrumpida por un intenso chispeo del hogar encendido que transformó las llamas anaranjadas en el rostro de Percy Weasley.
Automáticamente, el señor Potter se puso de pie y lanzándole una mirada significativa a su esposa se acercó a la chimenea, procurando ocultar el rostro del señor Weasley y así evitar que James, quien alzó la cabeza queriendo saber qué ocurría, leyera los labios de su tío.
El muchacho gruñó con poco disimulo pero su madre, con un gesto de advertencia bien marcado en las cejas, le hizo entender que debía terminar de almorzar y continuar con los quehaceres de la casa.
Harry volvió a la mesa con el ceño fruncido, intercambiando una breve mirada de preocupación con su esposa. Se dedicó a comer su estofado mientras escuchaba la conversación de su hijo con el elfo.
Cuando el reloj de la cocina dio las dos de la tarde, Harry se puso de pie. Debía ir al ministerio. James lo siguió con la mirada, intrigado, mientras Kreacher —con el relicario de su antiguo amo, Regulus, rebotándole sobre el pecho— lo ayudaba a ponerse su capa de viaje.
—¿El amo regresará para la cena? —Inquirió el elfo y agregó—. Kreacher hará pastel de carne y riñones. Al señor y la señora Weasley les gusta el pastel de Kreacher.
—Por supuesto, Kreacher, no me la perdería por nada —le respondió Harry sonriendo abiertamente.
Kreacher le sonrió a Harry mientras buscaba los polvos flu. El señor Potter giró sobre sus talones y fue a despedirse de su familia que aún estaba sentada a la mesa.
Al acercarse a James le susurró:
—Hazle caso a tu madre, y ayuda a tus hermanos. No busques el mapa hoy, Potter —y le guiñó el ojo.
Acto seguido, tomó los polvos flu que Kreacher le ofrecía y desapareció en la chimenea después de un fuerte y claro "Al Ministerio de la Magia". Dejando detrás de sí a un muy sorprendido James.
...
James se encontraba barriendo la sala cuando un fuerte ¡crack! resonó en el vestíbulo.
—¡Ya llegaron! —Gritó Lily con alegría.
La niña corrió a los brazos de la tía Hermione y se dejó cargar por ella, mientras Ginny Potter saludaba a su hermano con un breve pero cordial abrazo y Albus comenzaba su incesante parloteo con sus primos, Rosebud y Hugo.
James permitió que su tía lo abrazara fuertemente y le besara la frente, sólo porque era ella, de lo contrario habría corrido el rostro. Le devolvió el abrazo con una media sonrisa. Hugo se colgó a su cuello y le gritó saludos con gran energía. Su tío Ron lucía algo cansado, pero aún así soltó una risa cuando se acercó a él y le mencionó cuánto había crecido en las vacaciones. Rose le dijo que el pelo revuelto le hacía parecer un vago.
Todavía riendo, James recordó haber dejado abierta una revista a medio leer en el salón del primer piso y fue en su búsqueda.
Al entrar, sus ojos se dirigieron automáticamente hacia el tapiz de la pared. A James le encantaba mirarlo porque representaba todo su pasado, sus raíces, su familia entera. Muchas veces el muchacho había sido descubierto por su padre observando el árbol genealógico allí bordado, y en todas esas ocasiones, el señor Potter, se sentaba junto a él y ambos guardaban silencio. Los dos sabían de memoria las ubicaciones de todos los miembros de la familia en el árbol, pero lo observaban como si en cada oportunidad los nombres hubiesen cambiado de lugar.
Harry le había contado a su hijo mayor que ese tapiz había sido más pequeño y que algunos miembros de la familia, como Andrómeda Black o Sirius, habían sido quemados en el tapiz porque se creía que habían deshonrado a la familia. Pero antes de que naciera James, el señor Potter procuró restaurar el árbol genealógico y continuarlo allí donde las ramas se habían cortado, tiempo atrás. Y tal vez, era por eso que a James le encantaba, allí todos eran aceptados: Sangres pura, Squibs, Traidores a la sangre, Mortífagos, Mestizos. Todos, sin importar las decisiones que tomaron a lo largo de sus vidas.
Cuando James regresó al vestíbulo sus hermanos y primos se encontraban sentados en el suelo, con un mazo de cartas mágicas esparcidas.
—¡Oh! ¡El snap explosivo! ¡Tanto tiempo hace desde que no veo una partida! —Exclamaba el tío Ron acercándose a los más pequeños.
—Esos son mis naipes —masculló James para sí mismo, y aunque no le habían pedido permiso para utilizarlas, les permitió jugar unas cuantas partidas.
Y justo cuando creyó que podría pasar a la cocina sin ser visto para robar un snack y terminar tranquilamente su revista, la puerta de entrada se abrió de par en par. Los Weasley saludaron con gran alegría al señor Potter y él respondió a los saludos con el mismo entusiasmo. Era curioso cómo la familia podía extinguir esa expresión agotada en su rostro cada vez que volvía del trabajo. Siempre que regresaba a casa, lo hacía también su sonrisa.
A pesar de que todo pareciera estar perfecto, James no se olvidaba de la comunicación que tuvo su padre con su tío, Percy Weasley, el secretario del Ministro de la Magia, durante el almuerzo. Tal vez era tiempo de descubrir por qué su padre tuvo que ir al trabajo en su día libre.
De pronto, esos deseos de estar relajado desaparecieron y sus ansias de escuchar conversaciones ajenas reaparecieron. El joven mago nunca daba dos pasos fuera de su cuarto sin la caja en tamaño miniatura, que estaba agrandada mágicamente en el interior y contenía una amplia variedad de sortilegios Weasley, en el bolsillo; y eso facilitaba su espionaje. De modo que, lo más disimuladamente que pudo, buscó las orejas extensibles que le eran necesarias en ese momento.
La puerta del comedor se cerró tras sus tíos, y James supo que esa sería su única oportunidad. Colocó un extremo de la larga cuerda color carne en su oído y acomodó el otro extremo en la puerta del comedor.
Al principio, el sonido no era claro, como si sus padres estuvieran hablando por medio de megáfonos alterados o como si sus propios oídos tuvieran incrustadas una serie de incesables zumbidos. James supuso que se debía a que la última vez en que había usado esa oreja extensible, su madre la había pisado "sin ser esa su intención".
Cuando el joven mago estaba por declararse vencido, la inconfundible voz de su querida tía, Hermione Weasley, llegó a su oído de forma esclarecida.
—Entonces… estamos en peligro.
James oyó un suspiro abatido que debió haber pertenecido a su madre.
—No, aún no. Pero hay que hacerse a la idea de que este período de paz está llegando a su fin —contestó amargamente la voz de su padre.
El muchacho, del otro lado de la puerta, se pegó un poco más a ésta, como si eso lo apartara más del ruido que sus hermanos y primos hacían al discutir en el juego de snap explosivo y lo estrechara más a la conversación que los adultos sostenían.
—Harry, tenemos que hacer algo al respecto, re ubicar a los guardias, al menos. Necesitamos seguridad e información —puntualizó el señor Weasley.
—No podemos perder tiempo, cariño —siguió su madre—. Si ellos ganan territorio...
—No lo harán —aseguró Harry Potter—. En la junta surgió un plan y nosotros debemos amoldarnos a él, es nuestra única defensa, si no lo cumplimos...
Con un estruendoso chillido la conversación se vio interrumpida, los mayores se levantaron de sus asientos precipitadamente y James, desesperado, enredó la oreja extensible, escondiéndola en su bolsillo. Los más pequeños se apresuraron a dejar de pelear y recolectar lo más rápido posible todo indicio de que habían estado jugando con aquellas cartas.
Los señores Potter abrieron la puerta del comedor, de un tirón, y dando largas zancadas acortaron la distancia que los separaba de la puerta de entrada. El elfo doméstico, Kreacher, se escondió tras la puerta de la cocina y los señores Weasley sacaron sus varitas para ocultar, mediante encantamientos silenciosos, todo aquello que involucrara a la familia Potter con la magia.
—¿Qué clase de muggle viene a despertarme tan groseramente de mi siesta? —Gruñó la figura de un hombre, de barba puntiaguda y ojos oscuros, que se asomaba en uno de los cuadros del vestíbulo—. ¡Alguien que me diga por qué en esta casa sigue existiendo ese desdichado timbre!
La figura había invadido el cuadro donde un ciervo plateado recorría el límite del bosque prohibido con el lago negro de Hogwarts.
Ginny Potter le bufó y con una mirada significativa le indicó que ya no hablara, todas las figuras mantuvieron el silencio, y el señor Potter se inclinó para observar al visitante a través del ojo de la cerradura. Al reconocer aquellos rostros, de inmediato se irguió y su expresión se turbó.
—No es mi amigo de la escuela, ¿verdad? —inquirió Albus con timidez.
James recordaba al niño muggle que solía ir de visita, pero a juzgar por el semblante de su padre, no creyó que fuera él.
Harry negó con la cabeza intrigando a los miembros de su familia. Y el timbre volvió a sonar.
—¡Atiende esa estólida puerta de una vez, hombre! ¡Ese ruido es espantoso! —Se quejó Phineas Nigellus, quien al recibir una mala mirada por parte de los señores Weasley, se marchó ofendido.
—Papá, ¿quién es? —Preguntó James, sin darse cuenta de que la curiosidad lo había vencido.
El mago contestó casi sonriendo.
—Mi primo, Dudley.
Bienvenidos sean al primer capítulo de nuestro primer longfic juntas, no duden en dejarnos saber sus opiniones.
¡Nos leemos pronto!
Olivia & Lils
