Disclaimer: Todo lo que reconozcan no nos pertenece, escribimos estas historias sin fines de lucro.
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Una noticia inesperada
—¿Dudley? —Se extrañó James—. ¿Dudley Dursley?
Se cruzó de brazos y frunció el entrecejo. Más allá de todo lo que James pensara de ese hombre, seguía siendo parte de la familia. Pero por más de que le diera vueltas al asunto, aquella visita era llamativamente repentina y, según su opinión, inapropiada después de tantos años de ausencia. James todavía recordaba la pelea que su padre había tenido con Dudley Dursley hacía mucho tiempo, casi cinco años. Y ellos nunca habían vuelto a establecer contacto. ¿Por qué se le ocurría regresar ahora?
Hermione Weasley enredó sus manos entre sus cabellos, peinándolos con gestos de molestia. James sabía que casi nadie en la familia le guardaba cariño a los Dursley.
—No entiendo… ¿por qué...?
El señor Potter no conseguía terminar una sola frase. Ginny Potter se acercó a él, le tocó suavemente el hombro, mientras Ron Weasley hechizaba los cuadros para que ya no se movieran.
—Él te dará las respuestas.
Harry tragó saliva con dificultad, tomó aire y asintió decididamente.
Abrió con cuidado la puerta principal, justo cuando el muggle de contextura fornida y cabello rubio alzaba la mano para volver a presionar el timbre de la entrada.
La escena que siguió fue de las más extrañas para James en aquellos últimos meses. Tal vez el problema era que ni su padre ni el primo de su padre sabían cómo saludarse después de tanto tiempo sin verse. Y el silencio que se creó entre ellos fue extenso e incómodo.
El cuerpo del señor Potter le tapaba a James el resto de la imagen, él sólo podía ver a Dudley y a su hijo Harry Vernon que sonreía simpáticamente, mostrando todos sus dientes. James sabía que había alguien más allí que desde esa posición no lograba divisar, su padre le dio la respuesta cuando encontró la forma de expulsar las palabras por su garganta.
—Dudley —saludó con un gesto de su cabeza—. Jillian —pronunció repitiendo el gesto—. Niños.
—¡Hola, padrino! —Saludó alegremente el regordete, sacudiendo ligeramente ambas manos—. ¡Vinimos a visitarte!
Él le sonrió al pequeño y al inclinarse un poco, alborotó los cabellos rubios que tan prolijamente había peinado su madre antes del viaje.
—Me alegro de verte otra vez —afirmó el mago, para luego observar a la pequeña niña que jugaba con los dedos de sus manos—. Has crecido mucho, Maggie. Probablemente no me reconozcas, yo soy…
—Tú eres Harry —completó ella con una tímida sonrisa inflando sus mejillas. Ella comenzó a enredar una de sus trenzas entre sus dedos y bajó la mirada—, papá no habla mucho sobre ti, pero mi hermano sí lo hace.
James entornó los ojos, no conseguía entender qué podría haber ocurrido para que ellos llegaran a Grimmauld Place sin aviso. La familia de su padre había estado distanciada por años, en los cuales James había casi olvidado su existencia. Nunca una carta, nunca un obsequio de cumpleaños o Navidad. Incluso, el padre de James había insistido en conservar el teléfono de línea muggle, con la leve esperanza de recibir una llamada que nunca llegó.
Su tío, Ron Weasley, lo abrazó por los hombros y le murmuró al oído, como si le hubiera leído la mente, que esos eran problemas de grandes y que no debía preocuparse. Pero la mirada severa de su tía Hermione puesta en el señor Dursley, no le permitió a James olvidar el tema. Estaba seguro que algo debió pasar, y se lo estaban ocultando, como casi todo en esa casa.
Alguien se aclaró la garganta rompiendo el silencio, al girarse James vio a Dudley Dursley, acomodándose la corbata, incómodo. Enseguida, su madre, Ginny, repitió el sonido y sonrió.
—¿Les gustaría pasar? La cena está casi lista.
—Agradecemos la invitación, pero esto ha sido tan de improviso que no lo veo muy apropiado. —Se apresuró a contestar Jillian Dursley, sonriendo.
—Por favor, insisto. Los niños querrán comer algo antes de volver a viajar.
La mujer realizó una mueca, dudando, pero cruzó miradas con su hija que levantó la cabeza para demostrarle que estaba de acuerdo con la señora Potter. Entonces volvió a mostrar su sonrisa hacia Ginny.
—Muy bien, sean bienvenidos.
Apartándose, Ginny dejó que los cuatro miembros de la familia visitante ingresaran al vestíbulo. Lily, de inmediato, entabló una animada conversación con la pequeña Maggie, James las oyó platicar sobre los tonos similares de sus cabellos. Albus también ayudó a descomprimir el ambiente, ya bastante tenso, invitando a Harry Vernon a jugar su juego de ajedrez muggle.
Pero a James no le gustaba quedarse afuera de las conversaciones. Carraspeó con fuerza, para llamar la atención. Dudley alzó las cejas al verlo.
—Hola, Jamie —pronunció el adulto, despacio—. Creciste.
Transcurrieron dos pesados segundos en los que el muchacho se debatió cómo contestar. Era obvio que con el correr del tiempo él iba a crecer, pero tal vez se trataba de un juego y en los reencuentros, después de mucho tiempo distanciados, se debían decir cosas obvias.
—Y usted perdió pelo.
Los niños Dursley fueron los primeros en lanzar la carcajada. James no terminó de entender lo gracioso de la frase, pero lo dejó pasar y se sumó a las risas.
De uno en uno fueron pasando al comedor, Lily charlaba animadamente sobre la escuela a la que asistía y su grandiosa maestra de artes plásticas, con la señora Dursley y sus hijos. Albus guiaba a Dudley hasta la mesa, comentando sobre los autos de carrera que su amigo muggle coleccionaba.
James le palmeó la espalda a su padre.
—Puedes quedarte tranquilo. Somos un buen equipo, lo tenemos controlado.
El señor Potter rió casi aliviado, viendo la escena con brillo en los ojos. James se carcajeó con suavidad antes de marcharse a su lugar de siempre en la mesa. Quiso servirse un poco de jugo de calabaza, pero no pudo encontrarlo. Sobre la mesa se hallaban bebidas gaseosas de colores variados, supuso que eran muggles y que Kreacher las había convocado en cuanto vio que los acompañaría la familia Dursley. James dudó, las había probado una sola vez en su vida y no recordaba su sabor. Se decidió por una de color naranja, pensando que sabría a calabaza. Estaba equivocado.
La cena transcurrió sin contratiempos, los niños dominaron casi toda la conversación, aflojando las tensiones de los adultos. Con los postres que la señora Potter y la señora Weasley trajeron de la cocina, llegaron las anécdotas familiares. Albus le explicaba a Harry Vernon que los Potter-Weasley eran una familia muy grande y que tenían muchos primos por parte de su madre, a quienes posiblemente algún día podrían conocer.
Pero de a poco los temas de conversación se acababan. Cuando entró el silencio, James vio las miradas incómodas de todos en la mesa. Por eso, sin mucho pensar carraspeó vigorosamente. Todos clavaron sus ojos en él. Tamborileó con los dedos sobre la mesa, haciendo algunas muecas, unos segundos, como si eso le ayudara a pensar.
—Al —nombró de repente, recordando algo— ¿le has mostrado a Harry el proyector antiguo que te regaló el abuelo?
Albus miró a su hermano casi confundido, James le guiñó un ojo haciéndole entender el plan. Con una sonrisa, Albus siguió con el tema, olvidando el reciente momento de incomodidad.
—¡Oh, sí! —Exclamó con alegría—. Mi abuelo colecciona cosas mugg… cosas muy antiguas —dijo de manera rápida—, y hace unos años me regaló un proyector de películas de las de antes, en blanco y negro, lo tengo guardado, ¿quieres que lo usemos? Tengo varias cintas que podemos ver.
Harry Vernon sonrió ampliamente y asintió con la cabeza repetidas veces. Los dos niños se pusieron de pie, volviendo a sus energías típicas y salieron del comedor, hablando sin parar.
James sonrió satisfecho de sí mismo, fijó su vista en sus padres y no se le pasó por alto la poco disimulada seña que su madre le dio a su hermana para que también "despejara" el comedor.
—Oye, Maggie, a mí también me regalaron algo muy antiguo, es un fonógrafo, ¿quieres que te lo muestre? ¡Tengo muchos discos para escuchar!
El mayor de los hijos Potter reprimió una sonrisilla, el hecho de que su hermana haya aprendido la correcta forma de decir esa palabra mostraba que se esforzaba en hacer sentir cómoda a Margareth Dursley. Recordó con nostalgia ese día en el que su abuelo Arthur repartió muchas de sus pertenencias muggles del cobertizo de La Madriguera entre ellos y sus primos.
Mientras Margareth era acompañada escaleras arriba por Lily, James se puso de pie para ayudar en el aseo del comedor. Acumuló los vasos, metiéndolos uno encima del otro; levantó las bandejas vacías y tiró en el cesto de basura los restos de comida; amontonó los cubiertos sucios y bajó a las cocinas, donde Kreacher había hechizado los platos para que se lavaran solos.
Cuando volvió a subir, le dedicó un gesto con la mano a los adultos y cerró la puerta del comedor tras de sí. Contó hasta treinta, pero su madre no abrió la puerta para mandarlo a su habitación como él estaba esperando. Supuso entonces que los adultos estaban muy concentrados en su charla y era seguro para él iniciar el espionaje. Extrajo de su bolsillo la enredada oreja extensible que usó anteriormente y la acomodó lo más rápido que pudo.
—Llegó esta mañana —explicaba la voz de Dudley Dursley—. No la hemos abierto aún, yo la veía muy familiar y… entonces recordé la tuya.
—Oh —dejó escapar su padre, ni una palabra más quiso desenredarse de sus cuerdas vocales.
El muchacho no entendía nada, algo importante se le había escapado mientras desenredaba el chasco que su tío George Weasley le regaló. Resopló algo molesto y se inclinó para ver por el ojo de la cerradura. Sobre la mesa se encontraba un sobre grueso que él reconocería en cualquier lugar.
James no supo bien cómo reaccionar. Era una mismísima carta del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, ¿¡cómo era posible que los Dursley hayan recibido una!?
Sin poder contenerse, James abrió la puerta de par en par. No le importó que su madre viera la cuerda color carne que colgaba en su mano ni tampoco que los Dursley lo vieran con mal gesto cuando tomó el sobre en sus manos sin permiso. ¡Eso era tan extraño! ¡Esa misma mañana él había encontrado su carta y la de su hermano! ¡Eran exactamente iguales! ¡Nunca se le ocurrió pensar que a los Dursley les llegaría una también! Estaba escrita en la misma tinta verde esmeralda y dedicada a Harry Vernon Dursley.
—No lo puedo creer —expresó agitando la carta en su mano—. ¿¡Cómo es que no la han abierto!?
James casi gritó aquella pregunta, indignado. Su madre lo regañó en silencio. Sus tíos parecían querer reaccionar de la misma forma que él. Su padre no apartó la vista del matrimonio Dursley. Y tanto Jillian como Dudley se encogieron en sus asientos. Nadie contestó a su pregunta.
—¿Él lo sabe? —Preguntó Harry Potter después de una corta pausa.
Ambos Dursley negaron con la cabeza.
—Yo sabía que había cosas extrañas rodeándolo, así como había pasado contigo. Pero no quise verlo, no quise aceptarlo… y entonces llegó —Dudley señaló con la cabeza la carta que James aún sostenía—. Esa es la confirmación de que mi hijo es como tú, ¿verdad? Ahí le ponen firma a mis sospechas de que él es… que él es…
—Mago —completó James sin entender como esa fabulosa palabra le era ajena siendo que había estado viviendo con uno por buena parte de su vida—, tu hijo es un mago y asistirá al mejor colegio que pueda existir —insistió casi con júbilo, la noticia era completamente inesperada pero era asombrosa—. Y eso es perfecto —continuó—, será compañero de Albus.
Ginny Potter sonrió dulcemente a Jillian, tranquilizándola.
—Nosotros les brindaremos nuestra ayuda —aclaró extendiendo su brazo para que James le dejara sostener el sobre—, podemos disipar todas sus dudas. Pero —aferró el sobre en sus manos y habló con total sinceridad—, esta carta pertenece al pequeño Harry, es él quien debe abrirla —le tendió a Jillian la carta con la sonrisa más espléndida—. Uno de los recuerdos más bellos de un alumno de Hogwarts es el momento en que se abre esta carta y se lee lo que dentro se detalla —aseguró—. Tal vez sea tiempo de contarle la verdad y entregársela.
¡Muchas gracias por leer!
Nos vemos en el siguiente.
Olivia & Lils
