Disclaimer: Todo lo que reconozcan no nos pertenece, escribimos estas historias sin fines de lucro.
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El camino al Ministerio
Dos semanas después de la visita de la familia Dursley, James despertó lleno de energía, pensando que tendría la oportunidad más grande de toda su vida para revisar cada rincón de la casa sin temor a que los ojos u oídos de su madre se percataran de su cacería ilegal.
Había soñado que sostenía el mapa del merodeador con sus propias manos y sabía que tarde o temprano ese sueño se haría realidad. Pero, él prefería que sucediera pronto.
Sin embargo, al bajar al comedor, se encontró con un panorama completamente diferente. Y es que sus padres conversaban en voz baja, pensativos y hasta un poco nerviosos. James no pudo escuchar demasiado ya que al verlo llegar acabaron su plática abruptamente y lo saludaron como cada mañana, fingiendo una normalidad que James sabía que era falsa.
Cuando su madre le acercó la bandeja con su desayuno, Lily y Albus se unieron a ellos charlando animadamente. A James se le hizo extraño no ver a Kreacher dando una mano, quiso hacer un comentario, pero su hermano habló primero.
—¡Papá! ¿O no que iremos a visitar al Ministro pronto?
Harry Potter abrió muy grande sus ojos. Ginny Potter alzó ambas cejas.
—¡¿Lo ves?! —Le siguió Lily al ver las expresiones de sus padres—. ¡Te dije que no iríamos!
—¡Sí vamos a ir! ¡Yo los escuché!
—¡No mientas Al, eso no va a pasar!
—¿Iremos al Ministerio? —Inquirió James.
—¡Qué no! —Insistió Lily—. Le dije a Albus que se saque esas ideas, nosotros no vamos a ir allá. Si fuéramos de visita lo hubiéramos sabido desde antes.
—¡Y yo dije que sí vamos a ir! ¿O no que sí, papá? ¡Yo los escuché anoche!
—¡Seguro que escuchaste mal! ¡No van a llevarnos a su trabajo!
—¿Los acompañaremos a su trabajo?
La idea ya había entusiasmado a James. Entonces la señora Potter se llevó una mano a la cabeza y miró a su marido, exasperada. El señor Potter sonrió divertido y les indicó a sus hijos que se sentaran a desayunar con un gesto de la mano.
Una vez que todos estuvieron tranquilos, Harry tomó la palabra.
—Como tal vez habrán notado, Kreacher se tomó el día libre y por esa razón, ustedes tendrán que venir con nosotros al trabajo.
Lily inclinó la cabeza pensativa.
—¿Por qué no podemos quedarnos?
Ginny y Harry rompieron a reír al unísono.
—¿Dejarlos a ustedes tres solos en la casa, sin ningún tipo de supervisión? Creo que saben perfectamente que eso generaría más problemas de los que solucionaría —dijo su padre, observándolos por sobre el diario "El Profeta" que intentaba leer.
Los hermanos Potter intercambiaron miradas sonrientes. Juntos y sin supervisión darían vuelta la casa en medio segundo.
—No, eso no pasará nunca mientras estemos vivos —agregó su madre con una expresión a medio camino entre la picardía y el regaño—. Lily, tu vendrás conmigo a la editorial. Albus y James, irán con su padre al ministerio. Y no quiero problemas —añadió enfatizando la palabra "problemas".
—No va a haber ninguno, lo prometo— se apresuró a decir Albus.
James asintió con la cabeza, dándole énfasis a las palabras de su hermano ¡por fin iba a conocer el Departamento de Aurores! Él lo había imaginado millones de veces, pensaba en los empleados de su padre y todas las historias que debían de traer cada día, todas las aventuras y el peligro.
La familia Potter se apresuró a terminar de prepararse, Ginny y Harry no podían arriesgarse a llegar tarde. James corrió escaleras arriba. Si no iba a poder pasar el día buscando lo que más quería en el mundo, entonces al menos iba a hacer que el viaje al Ministerio valiera la pena.
Rápidamente el chico se metió debajo de su cama y sacó una pequeña caja, se guardó el contenido entre la ropa y volvió al vestíbulo. Al ver que su madre y Lily ya estaban por irse, el muchacho no pudo contener su sonrisa. Ésta vez no lo atraparían. Pero justo entonces la señora Potter se giró para mirarlo, mientras ponía los brazos en jarras.
—Antes de irnos, James, ¿me harías el favor de dejar aquí ese detonador? —James se la quedó mirando boquiabierto por un momento, luego se lo entregó a regañadientes—. Y el turrón sangranarices —frunciendo los labios, James lo dejó sobre la mesita del vestíbulo —, y las pastillas vomitivas, el caramelo longuilinguo y el polvo de la oscuridad.
—¿¡Contenta madre!?
James estaba enojado, pero aun así tenía esperanzas. Por ese motivo dio media vuelta y se dispuso a marcharse de allí lo más rápido posible, pero la mano de su madre lo detuvo.
—Y las orejas extensibles, Potter.
—No tengo orejas extensibles.
—Bolsillo delantero izquierdo de tu pantalón. Vacío. Ahora.
El niño le dio el chasco a su madre.
—¿Cómo lo haces?
—Aprendí de la mejor.
Y él sabía a quién se refería. Su abuela Molly había sido una excelente arruinadora de bromas y por desgracia, su madre había heredado ese peculiar talento.
Su madre se acercó y le plantó un beso en la frente.
—Cuida de tu hermano y obedece a tu padre.
El muchacho asintió con la cabeza y tras despedirse de todos, las dos mujeres de la familia salieron de la casa.
Unas horas más tarde, los tres Potter restantes salieron por la puerta principal. Cuando ésta se cerró tras ellos, James pudo escuchar los seguros poniéndose solos. Subieron al auto y se dirigieron rumbo al Ministerio.
A James le hubiera encantado ir por la red flu, pero como su padre contaba siempre, los invitados sólo podían entrar por una puerta especial que se encontraba en el centro de Londres, no muy lejos de donde vivían.
El viaje en el auto fue bastante rápido, aún para las transitadas calles del centro de Londres, James sospechaba que su padre usó su varita para agilizar las cosas, pero le era imposible comprobarlo.
El señor Potter se apresuró a estacionar el coche. El vecindario en el que se encontraban no era tan asombroso como James se había imaginado. Por el contrario, los edificios a su alrededor no eran para nada ostentosos, de hecho había unas oficinas en bastante mal estado y un viejo pub que tenía pinta de estar abandonado desde hacía años, sus ventanas estaban cerradas con maderas. El ambiente olía a cloacas y el muchacho estaba seguro de haber visto una rata correr por la esquina.
Los hermanos cruzaron una mirada extraña, definitivamente no era eso lo que esperaban. James dirigió su vista hacia su padre esperando que dijera que se había confundido de calle o algo parecido, pero Harry sonreía abiertamente con la vista fija en una vieja y completamente arruinada cabina de teléfono.
—Vamos, muchachos, la entrada es justo ahí.
El señor Potter cruzó la calle a zancadas y abrió la puerta de la cabina, haciéndoles señas a sus hijos para que lo sigan. James miró a Albus de reojo, éste estaba parado junto al coche con los brazos cruzados y una expresión de desagrado que aumentaba por segundo.
—Papá, ¿tenemos que entrar en esa cosa? —Preguntó el más joven de los Potter—. Desde donde estoy puedo sentir su olor asqueroso.
—Tienes que hacerlo si quieres conocer el Ministerio de la Magia.
Albus pareció dudar. James entró primero, sin quejarse. Conocería el Ministerio costara lo que costara. Aunque sabía que de más pequeño había estado allí, no lo recordaba, y ahora tenía altas expectativas sobre lo que lo estaría esperando, por más de que era muy extraño entrar mediante una cabina como las que había en la plaza muggle cerca de Grimmauld Place. Cuando su hermano se decidió a entrar, James decretó que ese sería el viaje más incómodo de todos los tiempos, con el codo de su padre casi en el rostro y su hermano pisándolo de tanto en tanto porque allí no había espacio para los tres.
James se movió, para tener más espacio, pero en el intento empujó a Albus haciéndole perder el equilibrio y su padre le dio un codazo en la frente. Nada fue a propósito y Albus estuvo riéndose de ello durante el resto del día. El señor Potter tomó en sus manos el tubo del teléfono e hizo girar el disco de números tantas veces que James perdió la cuenta. Seis, dos, cuatro, cuatro, dos…
Ninguno de los dos jóvenes entendía el propósito de la llamada muggle, tal vez pedirían que el teléfono viejo se convirtiera en un traslador. James nunca había viajado en traslador y creía fervientemente que sería una experiencia fantástica. Entonces, una fría voz femenina interrumpió sus pensamientos. James, por un momento, pensó que se la había imaginado, pero al ver el rostro de su hermano entendió que ambos habían oído lo mismo.
—Bienvenidos al Ministerio de la Magia —dijo la voz—. Por favor anuncie su nombre y el motivo de su visita.
A Albus se le iluminó el rostro, y en su intento de querer ver el teléfono de más cerca le dio un pisotón a James que lo obligó a doblarse, apretándose el pie con ambas manos. Como si eso ayudara a que el dolor se fuera.
—Lo siento —susurró Al.
—Harry Potter —se presentó el padre de los niños—, jefe de Aurores. Vengo en compañía de mis hijos, James Sirius Potter y Albus Severus Potter.
—Gracias, señor Potter. Visitantes, tomen la placa y colóquensela en la ropa, en un lugar visible, por favor.
Los hermanos compartieron una mirada desorientada. Un tintineo metálico les dio la respuesta a sus silenciosas preguntas. El teléfono contaba con una pequeña rampa, por la cual cayeron dos placas rectangulares de plata inscritas. Tras su nombre se leía "visita acompañada". Cada uno tomó la que le pertenecía y, entre algunos empujones para hacerse lugar en aquella estrecha cabina, las engancharon en sus camisetas.
Como si la voz supiera lo que ellos hacían, como si los hubiera estado vigilando y haya esperado a que acabaran de acomodarse, habló:
—Visitantes del Ministerio, tendrán que someterse a un chequeo y presentar su varita mágica en el mostrador de seguridad, que se encuentra al final del Atrio.
—¿Un… qué dijo?
En el segundo en que su hermano habló, el suelo bajo sus pies tembló. El menor de los niños se aferró a la espalda de su padre, James recibió otro pisotón y la cabina comenzó a hundirse, lentamente en la oscuridad de la tierra. La calle subía o ellos bajaban. El agudo chirrido de la cabina telefónica al moverse no le dejaba pensar en algo más, y cuando ya no pudieron ver nada de la superficie quedaron a oscuras. Albus balbuceaba un par de frases de tanto en tanto, pero James no lograba oírlo por sobre el estrepitoso sonido de la cabina.
Al cabo de un minuto, una franja de luz dorada les iluminó los pies. Poco a poco subió por sus cuerpos hasta iluminar toda la cabina, y la voz femenina anunció con un tono gélido que el Ministerio les deseaba un buen día. James pensó que no era del todo sincera, sólo pretendía ser cortés. Tras las palabras, como si fueran un encantamiento de apertura, la puerta de la vieja cabina telefónica se abrió sola con un delicado chasquido.
El señor Potter salió primero, después un muy extasiado Albus que miraba con ojos brillantes en todas direcciones. James permaneció dentro, boquiabierto, durante unos largos segundos. Ante ellos se abría un vestíbulo inmenso con el reluciente suelo de madera oscura y el llamativo y altísimo techo azul eléctrico, por el que flotaban símbolos brillantes y un tablero de anuncios. En las paredes se encontraban las chimeneas áureas, por las que varios magos se aparecían de vez en cuando por entre verdes llamaradas que no quemaban.
En medio del vestíbulo había una fuente de piedra blanca, que reflejaba los colores del techo y los símbolos como sombras danzantes, un grupo de imponentes estatuas se alzaban en el centro de un estanque circular. En el corazón del estanque, se apreciaba la figura de un mago de aspecto noble, cuya varita apuntaba al cielo raso, respaldado por una hermosa bruja y un duende del lado derecho y, un centauro y un elfo doméstico del lado izquierdo. Las cinco estatuas a la misma altura. De las varitas surgían majestuosos chorros de agua cristalina, como del extremo de la flecha del centauro, de la punta del sombrero del duende y de las orejas del elfo doméstico. El silbido del agua al caer se acoplaba a las voces de los magos que conversaban y al sonido de los pasos apresurados de los trabajadores.
—Vengan conmigo —les indicó su padre.
La multitud no dio señas de compasión con los niños, todos continuaron su camino sin dejar que nadie se interpusiera, sin importarles a quiénes llevaran por delante. Y los Potter se vieron arrastrados entre los magos y las brujas que no frenaban su andar ni miraban hacia abajo, porque los adultos eran al menos una cabeza y media más alta que James y Albus, y nadie esperaba ver menores allí.
El mayor tomó la mano de su hermano para no perderlo entre la marea de túnicas, y debieron trabajar juntos para no perder el rastro de su padre. Sin embargo, el señor Potter no iba a dejar que sus hijos se perdieran de vista, y les abría el paso lo mejor que podía.
Cuando pasaron junto a la fuente, James vio la inscripción grabada en la piedra blanca: "TODO LO RECAUDADO POR LA FUENTE DE LOS HERMANOS MÁGICOS SERÁ DESTINADO AL HOSPITAL SAN MUNGO DE ENFERMEDADES Y HERIDAS MÁGICAS" y notó el destello metálico de los Knuts y Sickles en el fondo del estanque. Buscó en sus bolsillos, pero no encontró ninguna moneda, y debieron seguir su camino.
El señor Potter los guió, alejándose del tumulto de gente hacia donde podían verse un par de altas puertas doradas. Y junto a éstas, había una pequeña mesa de madera bajo un letrero que rezaba "Seguridad". El mago, rechoncho y barbudo, que se encontraba sentado tras la mesa los miró con desaire. Dejó a un lado su taza plástica con la inscripción "mejor papá del mundo", que de seguro no contenía café, y enrolló el ejemplar del diario "El Profeta" que había estado leyendo hasta ser descaradamente interrumpido por su trabajo.
—Vengo en compañía de dos visitantes.
El hombre miró primero al señor Potter, después miró a James y a Albus. Parecía que se había quedado sin paciencia.
—Son sólo niños, Potter.
—Aun así no se puede escapar de las reglas.
—¿Son tus hijos? —Inquirió con total desdén, pero no esperó respuesta—. Han de ser insufribles, ¿no? De tal palo tal astilla.
Albus se impresionó de que su padre permitiera que alguien lo tratara así. James arrugó toda su cara por la rabia. En cambio, el señor Potter, casi sonrió.
—También saluda a tus niñas de mi parte, Goyle.
El mago esbozó una sonrisa ladina y estiró su brazo para tomar de la mesa una varilla dorada, flexible y larga, al tiempo en que se paraba.
—¿Y tu varita? —gruñó un momento después, mirando a James con el entrecejo fruncido.
James miró a su padre y al mago, sorprendido, preguntándose si debería haberla llevado con él.
—No la tengo.
—No la tienes, eh. No te creo, niño.
James frunció los labios. No le gustaba ser tomado como un niño pequeño. El hombre se acercó a él y le pasó la varilla dorada por los costados del cuerpo antes de gruñir "estás limpio" y dirigirse después a su hermano.
—No me gastaré en preguntarte a ti —masculló despectivo—. Tú no tienes once años.
—¡Claro que sí los tengo! —Gritó Albus.
James tomó a su hermano del hombro.
—¿Tienes varita, niño grande? —Le espetó Goyle.
El señor Potter puso mala cara. El mago de seguridad bufó en la cara de Albus y volvió a sentarse detrás de su mesa.
—Que tengan un hermoso día.
James supo que hasta su hermano había alcanzado a interpretar el sarcasmo en su voz, antes de que su padre les hiciera cruzar las puertas doradas. Se mezclaron nuevamente en el gentío, James volvió a tomar la mano de Albus para que no se separaran y los magos siguieron empujando al ritmo acelerado de su rutina diaria.
Cruzando otro par de puertas, llegaron a un pequeño vestíbulo en el que James se sorprendió de ver tantos elevadores. Debía de haber al menos veinte, cada uno con una reja de oro labrada delante, cerrándole el paso a todos los magos y brujas que se acumulaban frente a éstos. Esperaron en silencio, y con fuertes traqueteos un ascensor bajó hasta ellos. Cuando la reja dorada se movió, deslizándose, hacia un lado, los adultos se apiñaron dentro. James y Albus siguieron a su padre, y el elevador cerró su reja dejándolos tan apretados que no podían moverse.
Nos vemos en el siguiente. Gracias por leer :)
Olivia & Lils
