Disclaimer: Todo lo que reconozcan no nos pertenece, escribimos estas historias sin fines de lucro.

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La Oficina de Aurores

Los magos y brujas parecían vivir en mundos separados unos de otros, ninguno hablaba y todos llevaban una expresión extraña en el rostro, como si sus pensamientos fueran muy ruidosos. El ascensor comenzó a subir con una sacudida y su hermano se aferró a su camiseta para no caerse. La fría voz de la cabina telefónica resonó en el cubículo.

—Séptimo piso, Departamento de Deportes y Juegos Mágicos —anunció—, que incluye el Cuartel General de la Liga de Quidditch de Gran Bretaña e Irlanda, el Club Oficial de Gobstones y la Oficina de Patentes Descabelladas.

Se abrieron las puertas del ascensor y, tres magos altos, vestidos con largas túnicas, que cargaban varias escobas salieron del cubículo entre empujones y algunas quejas. Desaparecieron por el largo pasillo, repleto de torcidos carteles con todos los equipos de Quidditch que James conocía. Pero no alcanzaron a ver más, porque el elevador cerró de nuevo sus puertas y comenzó a subir otra vez, mientras la voz gélida continuaba sus anuncios.

—Sexto piso, Departamento de Transportes Mágicos, que incluye la Dirección de la Red Flú, el Consejo Regulador de Escobas, la Oficina de Trasladores y el Centro Examinador de Aparición.

Una bruja de mediana estatura y un sombrero fucsia con plumas de colores entró torpemente al elevador, al tiempo en que cuatro o cinco magos salían. Al pasar delante del señor Potter, todos se quitaban sus sombreros y saludaban alegremente. Albus parecía impresionado. Su padre contestaba todos los saludos cordialmente, con una sonrisa espléndida y hasta, a veces, un movimiento de la cabeza o las manos.

—¿Son tus hijos? —Preguntó la bruja del gorro con plumas. Harry asintió y los presentó—. Siempre que quieras puedo leerles las cartas, Harry.

El señor Potter parecía incómodo.

—Muchas gracias, Padma. Ginny y yo lo tendremos presente.

Antes de que la señora pudiera responder, la voz de mujer volvió a resonar en el cubículo.

—Quinto piso, Departamento de Cooperación Mágica Internacional, que incluye el Organismo Internacional de Normas de Instrucción Mágica, la Oficina Internacional de la Ley Mágica y la Confederación Internacional de Magos, sede Británica.

Más de un tercio de los ocupantes del elevador, salieron de éste en cuanto las puertas se abrieron, liberando espacio y permitiéndoles a los niños acomodarse. Pero segundos después, otra tanda de magos y brujas ingresó al ascensor conversando entre unos y otros. Uno de los magos llevaba una caja que zumbaba y James tuvo que apretujarse contra una de las paredes para darle espacio.

—¿Son esos los duendecillos? ¿Los atraparon a todos? —Oyó James que un mago decía.

—Sí —aseguraba el hombre de la caja con orgullo—, el quinto piso está libre de plagas.

Algunos magos felicitaron al hombre, otros se molestaron con los que habían hablado. A James le pareció raro.

—Cuarto piso, Departamento de Control y Regulación de las Criaturas Mágicas, que incluye las Divisiones de Bestias, Seres y Espíritus, la Oficina de Coordinación de los Duendes y la Agencia Consultiva de Plagas.

El mago que llevaba la caja zumbante salió del elevador, disculpándose por los daños causados en el quinto piso y por los pisotones que daba en su intento de marcharse. Las puertas volvieron a cerrarse y el elevador comenzó a subir otra vez con el mismo sacudón. Albus ya no necesitó sujetarse de nadie, pues ya se había acostumbrado al tambaleo del cubículo.

—Tercer piso, Departamento de Accidentes y Catástrofes en el Mundo de la Magia, que incluye el Escuadrón Encargado de Deshacer Magia Accidental, el Cuartel General de Desmemorizadores y el Comité de Excusas para los Muggles.

Una vez que las puertas se abrieron, el elevador se vació por completo. Sólo quedan el señor Potter y sus hijos, cuando una bruja les gritó que por favor detuvieran la puerta. Harry lo hizo de inmediato, y la muchacha entró agradeciéndole la gentileza, era mucho más joven de lo que James hubiera imaginado que un empleado del Ministerio sería. Tras ella flotaban alrededor de diez cajas negras de las cuales sobresalían pergaminos enrrollados y objetos que James nunca había visto.

—Muchas gracias, señor Potter —repitió por enésima vez, cuando las puertas se cerraron—, estos objetos han estado causando ya suficientes problemas. ¿Sabe usted si mi señor Jefe se encuentra mejor? Ayer en la tarde nos envió una nota avisando sobre su mal estado, y ahora debemos trabajar el doble. Con esto de las amenazas, nuestro Departamento ha estado teniendo mucho qué hacer.

James miró a su padre de reojo, Albus pareció no haber escuchado el comentario dado que estaba muy ocupado inspeccionando las cajas de la bruja con la mirada.

—Ya verás que el problema se solucionará pronto, Scarlett.

La mujer arrugó el entrecejo, como creyendo que el señor Potter se había vuelto loco. Después miró a James y a Albus y su gesto se ablandó por completo, luciendo una enorme y tranquilizadora sonrisa.

—Claro, por supuesto que sí, yo solo dramatizo. Usted ya me conoce, señor Potter.

Harry asintió despacio y ambos adultos rieron, James no dijo nada pero que no esperaran que se creyera aquellas últimas palabras.

—Segundo piso —notificó la voz gélida —, Departamento de Operaciones Mágicas Especiales, que incluye el Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia, el Cuartel General de Aurores y los Servicios Administrativos del Wizengamot.

Las puertas se abrieron y el señor Potter no debió indicarle nada a sus hijos, pues ellos ya estaban fuera del elevador sonriendo de oreja a oreja.

La oficina de Aurores se encontraba pasando un par de puertas de roble, pegada a otros cubículos, aparentaba ser mucho más chica de lo que realmente era. En la puerta colgaba un cartel torcido y envejecido, decía: "Cuartel General de Aurores" y dentro se veía a un grupo de magos que conversaban en susurros. James nunca había visto a otros Aurores además de su padre y su tío Ron, sabía que el profesor Longbottom había vivido como auror varios años, pero al menos desde que James había nacido, Neville se dedicaba a la enseñanza de Herbología en Hogwarts.

En cuanto Harry cruzó el umbral, todos los presentes dejaron lo que estaban haciendo para darle la bienvenida, con sumo respeto. James vio a un mago con el pelo rizado, largo hasta los omóplatos; una bruja con la cara llena de cicatrices; un hombrecito pequeño que llevaba un pañuelo de colores; un sujeto que cargaba en brazos un centenar de pergaminos; una mujer con botas de vaquero y una joven de largos cabellos dorados que le recordó a su tía Fleur Weasley.

—Buenos días a todos —respondió Harry, y colocando una mano en el hombro de James y la otra en el de Albus, añadió—. Éstos son mis hijos, James y Albus. Permanecerán con nosotros por el día de hoy —miró a todos y cada uno, haciendo una pausa—, espero tengan discreción.

El mago de pelos rizados fue el primero en sonreír.

—Claro, jefe —dijo enviando lejos la tensión del ambiente. Se acercó a los niños y les tendió una mano a cada uno —. Yo soy Row —se presentó.

Albus tomó su mano izquierda y James la derecha. Ambos le dieron un apretón como saludo. Y el hombre les agitó los brazos con energía.

—Es un placeg conocerlos —sonrió la joven de cabellos rubios, intentando en vano que su extraña manera de hablar pase desapercibida.

James y Albus estaban a punto de contestar cuando la mujer cubierta en cicatrices dio un paso adelante. James oyó a su hermano tragar saliva ruidosamente.

—Señor. Traigo el informe que pidió.

El señor Potter asintió una vez, y con un gesto le indicó que lo siguiera. Los dos se internaron en la oficina. Harry se sentó tras su escritorio y la mujer comenzó a hablar, en murmullos y gesticulaciones que James no logró comprender.

—Sí que eres fisgón, jovencito —rió alguien a sus espaldas.

James se giró para encontrar una larga pipa. El auror que se entretenía intentando encenderla era pequeño y tenía un pañuelo de colores atado al cuello. Reía, su voz era ronca, y con su varita encendía el fuego, soplaba su pipa y creaba una gran nube perlada y maloliente.

Albus se unió a las risas del mago. James apretó los labios en una mueca.

—Ya, ya, Turner. El niño está en todo su derecho de curiosear —siguió Row palmeando la espalda de James—. Uno no puede ingresar a la oficina de aurores todos los días.

James le sonrió ampliamente. El hombre le guiñó un ojo con confianza.

—Así que James y Albus, ¿eh? —Interrumpió el hombre que cargaba los pergaminos—. A mí pueden llamarme Levi —sonrió—. Su padre siempre habla de ustedes.

A Albus se le colorearon las mejillas. La bruja de cabellos rubios le sonrió con soltura.

—Serán bienvenidos siempge que deseen.

—Sí. Hay que quedar bien con el jefe —rió Row, codeando a James en las costillas.

—Para eso deberían ponerse a trabajar.

La voz fría de una bruja, cortó las risas. La mujer era muy alta y en sus pies llevaba un par de botas de vaquero, antiguas. Su expresión era severa, y tomó en manos varios pergaminos que Levi cargaba.

Los cuatro aurores se irguieron y endurecieron sus miradas.

—Hoy nos toca trabajo de campo, Riggs —le dijo el hombre de la pipa en un tono defensivo—, déjanos un descanso.

—Holgazanes —masculló la mujer, Riggs, con su voz gélida.

Sacudió la cabeza un par de veces, con lentitud y desprecio, luego se perdió de vista al atravesar una puerta pintada en negro al fondo de la oficina.

—¿Qué es el trabajo de campo? —Preguntó James al auror Row.

El hombre agitó un poco sus rizos e hizo una mueca extraña, como pidiéndole en código a alguien que lo salvara.

—Rutinas —sonrió la mujer rubia suavizando su expresión—. Tú eres el mayog, ¿verdad James? —El chico asintió con orgullo en los ojos—, ¿qué tal Hogwarts?

—Como siempre, usted ya debe saber.

El mago de la pipa, Turner, lanzó una risa ensordecedora de una única nota, medio sarcástica, medio socarrona.

—En realidad, no lo sé —los ojos de la mujer se achicaron cuando sonrió—. Yo no estudié en Hogwarts, sino en Beauxbatons.

Y ahí fue cuando James entendió por qué la voz de esa mujer se deslizaba en sonidos extraños de tanto en tanto.

—¿Usted es de Francia? —Albus estaba atónito—. Mi tía… nuestra tía —se corrigió rápidamente—, también es de allá, pero trabaja aquí.

La bruja asintió repetidas veces.

—Lo sé. Fui compañega de su hermana, Gabrielle.

—Sí, Poe es del país de los delicados —rió el señor Turner.

Ella convirtió su mirada compasiva en asesina, le dedicó todo su desprecio al mago y a su pipa.

—Bueno, bueno. No sembremos guerra que estamos aquí para evitarla —comentó Row como si fuera lo más normal.

James sonrió ampliamente. Algún día, él también tendría una vida llena de aventuras, sería un Auror y evitaría guerras.

De soslayo vio a su padre ponerse de pie. La mujer de cicatrices en el rostro ponía orden a varios papeles, murmurando algunas frases que James no podía escuchar. Su padre lucía su expresión más preocupada, James no podía pasar aquello por alto y lo invadió un sentimiento de ignorancia plena porque aún teniendo las pistas delante de sus ojos no podía entenderlas, y lamentaba no ser de utilidad.

—Buenos días, señores —dijo una voz de carácter fuerte desde el umbral, todos los presentes se giraron y se oyó un carraspeo—, señorita —añadió el dueño de aquella voz con una sagaz sonrisa, luego se percató de la mirada de los niños—, y... ¿pequeños? Disculpen —su sonrisa se tensó y observó a los adultos por sobre sus lentes de marco grueso—, ¿qué se supone que hacen aquí estos niños?

El señor Turner repitió su risa de una nota. Poe se puso de pie y rodeó los hombros del recién llegado con el brazo izquierdo.

—Son los hijos del señor Potter, Reeze —explicó—. Y el jefe pidió discgreción.

El rostro de Reeze cambió tan rápido de expresión que el desconcierto quedó sepultado en un recuerdo y ahora sólo se veía la seguridad y tranquilidad que los demás también mostraban. James comenzó a sospechar que todos los presentes únicamente fingían ante ellos. Y el señor Reeze ingresó a la oficina con aspecto relajado. Solo entonces James advirtió que aquel mago traía compañía. Un hombre y una mujer avanzaron al interior de la oficina de Aurores llevando varitas en mano. La bruja, de tez morena y mirada firme apenas se molestó en sonreír al verlos, caminó directo a donde el señor Potter se encontraba y no dijo nada hasta llegar a él. El mago, por el contrario, se detuvo ante los niños y se inclinó hasta quedar a su altura. Algo en él resultaba ligeramente familiar a los ojos de James.

—¿Es la oficina lo que ustedes esperaban? No queremos decepcionarlos —rió y sus ojos se achicaron. Fue entonces que James lo reconoció.

—¡McLaggen! —Exclamó sin poder evitarlo—. Usted me recuerda mucho a mi compañero de Gryffindor, Logan McLaggen.

El mago ladeó la cabeza. Albus miró a su hermano como si quisiera hacerle entender que no se podía hablar de manera tan informal con un adulto que desconocían, era de mala educación, pero James no pensaba igual. James siempre hacía todo a su manera.

—Qué curioso es el mundo. Curioso y diminuto —James no entendió a qué se refería, pero entonces el mago se irguió despacio y lanzó una carcajada ligera—. Logan es mi sobrino.

Entre confundido y asombrado, James abrió los ojos de par en par.

—Sí que es un mundo muy chico, ¡pero eso es fantástico! Envíele mis saludos, por favor.

El señor McLaggen aseguró que lo haría, para luego acercarse hasta donde Harry Potter discutía sobre algún asunto con las únicas dos brujas de la oficina que no habían dado señales de que Albus o James les importaran.

Aquel fue un día realmente extenso para Albus y James. Conocieron a cada miembro del departamento de Aurores e incluso dieron un recorrido por otras plantas en compañía de Row y McLaggen. Para ellos todo era nuevo, emocionante, extraordinario, aunque la palabra que su madre seguro usaría para describirlo habría sido: peligroso. Hasta vieron a un criminal siendo escoltado por el señor Reeze y la mujer de cicatrices, camino a la sala de Tribunales.

Nada podría hacer que ese día fuera estropeado. La experiencia los dejó encantados y James volvió a casa más atraído que nunca a la idea de convertirse en Auror. Quería acabar sus estudios y hacer trabajos de campo, quería hacer algo por el mundo mágico y dejar su marca en la historia.

Paso a paso se dijo a sí mismo durante la cena, mientras su hermana no dejaba de contarles acerca de la oficina donde su madre trabajaba. Primero lo primero. Debía ganarse el honor de merecer el mapa de su padre. Debía convertirse en merodeador.


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Olivia&Lils