[Este capítulo fue editado]
Disclaimer: todo lo que puedan reconocer no nos pertenece, pero nos reservamos el derecho sobre todo lo original en esta historia.
Rated: K+
El mapa
James agudizó el oído, sus padres y Albus charlaban acerca del viaje al Callejón Diagon que realizarían ese mismo día, mientras Kreacher le servía el desayuno a una adormilada Lily. No pudo evitar sonreír, estaban lo suficientemente distraídos como para darse cuenta.
Giró cuidadosamente sobre sí mismo y comenzó a caminar de puntitas, trató de subir las escaleras sin hacer crujir ningún escalón que advirtiera a los oídos de su madre el hecho de que él estaba de cacería, otra vez.
Se detuvo en el tercer rellano de la gran escalera y cruzó el corto tramo que le faltaba para llegar al estudio de sus padres.
La puerta no estaba cerrada bajo llave, de modo que no fue complicado. Abrió con cuidado, se deslizó al interior, sigiloso, y cerró tras de sí conteniendo la respiración con un mínimo temor de que su madre lo haya oído.
Esperó unos segundos para comprobar que nadie lo había notado. Soltó todo el aire que guardaba en sus pulmones en cuanto la presión del momento se liberó de su cuerpo y recorrió con la mirada la amplia habitación bien amueblada en la que trabajaban sus padres.
No se entretuvo observando las fotografías de las Arpías de Holyhead que volaban de derecha a izquierda, completamente sincronizadas. No miró a su madre sostenerse en el aire, mediante su escoba voladora, junto a sus ex-compañeras del equipo de Quidditch, él ya conocía cada imagen.
Se acercó despacio al escritorio de su padre. Ese era el único sitio que no había revisado aún. Tragó saliva ruidosamente, y jalando con fuerza fue abriendo distintos cajones.
Encontró artículos periodísticos, un álbum de fotografías mágicas, cartas hechas con pergaminos viejos, envoltorios de ranas de chocolate, un pequeño libro sobre el Quidditch, una insignia de color verde esmeralda que rezaba "Apoya a Cedric Diggory", y muchos otros papeles y pergaminos arrugados. Nada de todo aquello le pareció interesante, exceptuando el libro sobre el Quidditch, pero se olvidó del tema en cuanto halló lo que tanto estaba buscando. Guardó su preciado tesoro en el bolsillo de sus vaqueros y salió, prácticamente, corriendo de la habitación.
Una vez que llegó a su cuarto y comprendió lo que había significado esa travesura, sonrió ampliamente.
—Apuesto a que están orgullosos de este muchacho —le dijo James al aire, pensando en que tal vez, Lunático, Canuto y Cornamenta pudieran oírlo—. Todo un merodeador ¿eh?
El pulso de James comenzó a acelerarse otra vez, sus manos transpiraban. Colocó el pergamino sobre su cama, expectante. Su tío George le había enseñado las palabras clave. Se apresuró a sacar su varita de la cintura de sus vaqueros y descubrió que el pulso le temblaba de emoción contenida.
—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.
Con el corazón desbocado James tocó con la punta su varita el viejo pergamino desgastado.
Sus ojos se ampliaron con asombro cuando desde el punto en que su varita entraba en contacto con el pergamino surgieron unas finas líneas de tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron, se abrieron en abanico en cada una de las esquinas del pergamino. Luego, comenzaron a aparecer palabras en la parte superior. Palabras en caracteres grandes, verdes y floreados que proclamaban:
Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta
Proveedores de Artículos para Magos Traviesos
están orgullosos de presentar:
EL MAPA DEL MERODEADOR.
Desplegó el pergamino sobre las sábanas y contempló con fascinación cómo las líneas se abrían formando cada rincón conocido de Hogwarts y de sus terrenos. El mapa era perfecto, pero si algo podía hacerlo aún más maravilloso eran las pequeñas manchas de tinta que se movían por él. James tomó el mapa en sus manos, examinándolo detenidamente. Dos manchas de tinta surgieron del límite del Bosque Prohibido. No pudo evitar lanzar una exclamación de júbilo al notar que las manchas estaban etiquetadas como Rubeus Hagrid y Fang. Mientras recorría el mapa, notó que había muchos más pasadizos secretos de los que él conocía y habitaciones a las que nunca había ido. Tres manchas en la esquina superior izquierda le llamaron la atención, Minerva McGonagall, Neville Longbottom y Penélope Clearwater, se encontraban juntos en el despacho de la directora.
Por un momento se preguntó qué trabajo debían hacer los profesores en el colegio durante el verano. Pero enseguida lo distrajo la cantidad de pasadizos que aparecían frente a sus ojos, trató de memorizarlos todos rápidamente prestando especial atención a sus contraseñas. Oyó pasos en la escalera. Su cuerpo se tensó.
—¡Travesura Realizada! —Murmuró James dirigiendo la punta de su varita al pergamino.
La puerta de su habitación se abrió casi sin hacer ruido.
—¿Cuál de mis hermanos es el responsable de esto?
Tragó saliva y, escondiendo disimuladamente el pergamino, dio una vuelta completa para encontrarse frente a frente con el rostro enfadado de su madre. Apretó la mandíbula, y ella suspiró fatigosamente.
—Ve a darte un baño —James inclinó la cabeza con pesar y dio unos pasos en dirección a la puerta. Su madre carraspeó y él comprendió que había sido descubierto—. El mapa, Potter —exigió sin levantar la voz, extendiendo su brazo frente a él, deteniéndole el paso.
El muchacho resopló y entregó el pergamino murmurando palabras que su madre optó por no escuchar.
Arrastrando los pies, James, se encerró en el cuarto de baño. Al cerrar la puerta, se colocó en cuclillas para observar a través de la cerradura, su madre aún estaba de pie en el umbral de su puerta. No fue hasta que ella se marchó escaleras abajo que James abrió la ducha.
En cuanto el reloj marcó las once y media, los cinco Potter se agruparon junto a la chimenea. Ginny Potter indicó a James que tomara polvos flu de la pequeña maceta sobre la repisa, y él así lo hizo. El muchacho se colocó dentro de la chimenea con aire altanero y pronunció las palabras "Caldero Chorreante" justo en el mismo instante en que soltaba los polvos flu.
Llamaradas de fuego verde esmeralda lo cubrieron de pies a cabeza, sintió una fuerza invisible que se aferraba a la boca de su estómago y tiraba de él, hubo un momento de vacío en el que parecía que su cuerpo flotaba en la nada, y se dejó caer entre las cenizas del otro lado.
Las manos de su profesor le ayudaron a ponerse de pie y a sacudir de su chaqueta los restos de cenizas que quedaban. Tras él llegó su hermano, Albus, el señor Longbottom le ayudó también a él y James se acercó a la esposa de su profesor que le daba la bienvenida con los brazos abiertos.
Hannah Longbottom le plantó un beso en la mejilla y lo envolvió en un abrazo maternal, James suspiró habría querido librarse de ello, pero sabía que su madre lo regañaría por ser descortés de modo que se vio obligado a soportarlo, ya fue suficiente reprimenda por un día. El hijo del matrimonio Longbottom, Frank, le dio un apretón de manos y, la pequeña Amy, simplemente sacudió su mano en forma de saludo, luego se sonrosó y escondió tras su madre.
Albus saludó a los Longbottom con alegría, y Lily permitió que los cuatro miembros de la familia la abrazaran. Los señores Potter compartieron palabras de bienvenida como lo hacían cada vez que se encontraban.
El Caldero Chorreante era un amplio y limpio bar donde los magos podían reunirse sin temor a romper el estatuto del secreto. James lo recorrió con la mirada, se encontraba casi vacío, como era de suponer en ese horario, el mayor movimiento en el bar se daba al atardecer cuando los magos retornaban de sus lugares de trabajo en el Callejón Diagon y cuando las familias que visitaban el Callejón regresaban a sus hogares a través de la red flu, el autobús noctámbulo o transportes muggles.
—¿Cómo va tu verano, Frank-y? —Preguntó alzando un puño.
Él se lo golpeó con cara de confundido, solía verse así cuando James lo llamaba de ese modo, como si no supiera a quién se refería.
—Bien. Unos amigos vinieron la semana pasada. Fue divertido, ¡tienes que probar los nuevos sabores de helado en Florean Fortescue! Están para morirse comiéndolos —le aseguró con una sonrisa.
Frank le contó sobre las nuevas adquisiciones en el local de Artilugios para el Quidditch y la noticia de las nuevas bestias mágicas que comenzaron a venderse legalmente durante el verano. Pasado el mediodía Neville les interrumpió para despedirse.
—El trabajo me llama —explicó con una mano sobre la cabeza de su hijo—. Pórtense bien.
James lo miró por el rabillo del ojo con un brillo sagaz que no pudo ocultar, pero no recibió una mirada cómplice de regreso. Debió recordarse a sí mismo que ese no era tiempo de bromas épicas.
…
Entrada la tarde James vio llegar al primo de su padre, Dudley Dursley, seguido de su familia. Enorme fue su sorpresa al notar que junto a ellos se encontraba su austera profesora de Transformaciones, Penélope Clearwater. Tragó ruidoso cuando se acercaron y la bruja lo examinó con su inflexible mirada.
El muchacho todavía ocultaba un escalofrío cuando siguió los pasos de su madre hasta el pequeño patio cerrado del Caldero Chorreante, que luego sería la entrada al Callejón Diagon.
La adoquinada calle no se hallaba abarrotada de magos y brujas, como James hubiera apostado que estaría. Las compras del día se hicieron de forma rápida. Posiblemente porque su madre no le permitió quedarse mucho tiempo en el local de su tío George.
Entonces unas voces les llamaron la atención. Al girarse, madre e hijo vieron tres figuras de distintas estaturas que hacían señas con las manos. Sus mejores amigos. Finn Jordan, el más bajo, con su gran sonrisa y oscuro pelo revuelto; Joanne Watson, con gorra de visera y una ligera campera deportiva muggle; y Cecile Kingston, la más alta, quien llevaba un pequeño bolso y el pelo atado.
—¿Vienes? —le preguntó Joanne Watson—. Vamos a ver las nuevas adquisiciones de Artículos de Calidad para Quidditch.
El chico miró a su madre, quien resopló y extendiendo una mano le dijo:
—De acuerdo, pero en una hora quiero que te encuentres conmigo en Florean Fortescue, ¿de acuerdo?
Sonriendo el chico aceptó el trato.
—No me atrasaré, te lo prometo mamá.
Y dicho esto los cuatro amigos desaparecieron callejón abajo charlando animadamente.
—No tienes idea de lo que acaba de pasarnos —le comentaba Finn Jordan, exagerando sus gestos—. Allá en Flourish & Blotts, Joanne que es tan torpe…
—¡Oye! —Le gritó ella que caminaba un poco más atrás, y se adelantó tomando a James de los hombros para llegar a la cabeza de Finn y golpearle la coronilla.
Sus amigos rieron, James también lo hizo.
—Está bien, está bien. La dulce y perfecta Joanne… —otro golpe lo obligó a detenerse—. De acuerdo, ella no es dulce. El punto es que con su gigantesco piesote le dio un pisotón a Destiny Black.
—¿Es en serio? ¡Joanne, eres fantástica!
—No lo hice a propósito —rió ella—, pero tendrías que haber visto su cara.
—¡Sí! —Festejó Finn Jordan—. ¡Estaba furiosa! ¡Y adivina qué! —Por supuesto que su amigo no lo dejó adivinar y siguió hablando, emocionado—. ¡Tuvo que tragarse toda su rabia e incluso pedirnos disculpas ella a nosotros! ¡Fue grandioso! Su padre estaba ahí. Y si Destiny te da escalofríos, imagínate a este tipo. ¡Debiste verlo, debiste verlo!
—Tendríamos que haberlo filmado —se apenó Joanne.
—Dejen de burlarse —les regañó Cecile Kingston con su tono cansado, como cuando ya repitió la misma frase demasiadas veces—. A veces los padres son muy…
—Sí. Son insoportables —completó Finn Jordan, moviendo sus manos aceleradamente en dirección a su prima—. Pero ahí no termina todo —continuó conteniendo la risa—. Averiguamos algo de lo que se avergüenza.
—¿Destiny Black? ¿Avergonzarse? No te lo creo —rió James en cuanto llegaron al local de Quidditch.
—Tiene un hermano menor.
James dejó de mirar la vidriera, para observar a su mejor amigo.
—No entiendo cuál es el problema. Yo no me avergüenzo de tener a Albus, por más de que sea… bueno... Albus.
Cecile lo regañó con la mirada. James se encogió de hombros en su dirección.
—Es que son el agua y el aceite —aclaró Joanne contando dentro de una pequeña bolsita violeta oscuro, los galleons que le quedaban.
—Tendrías que haber visto al chico, parecía ser adoptado.
—Es un niño dulce y muy amable —prosiguió Cecile—, lo cual es muy extraño comparado con lo que imaginamos que podría llegar a ser un familiar de Destiny.
—Tal vez ella es la adoptada —sugirió Finn mientras empujaba la puerta del negocio, y hacía un espacio para que todos pudieran pasar.
—No hables así de la gente —Cecile le dio un par de monedas de oro—, cómprate esos guantes para completar el equipo. Los tuyos ya están gastados.
Finn Jordan le sonrió de oreja a oreja y le plantó un beso en la mejilla.
—Eres la mejor prima del planeta —luego se volvió a James—. Destiny casi muere cuando el niño nos dijo que él era su hermano. Se ve que no quería que nadie se enterara.
—Apuesto a que será un Ravenclaw —sonrió Joanne Watson, que les pisaba los talones.
—Yo apuesto a que será un Hufflepuff —sonrió Finn Jordan—. El que pierde paga una cerveza de mantequilla en las Tres Escobas cuando hagamos la primer excursión a Hogsmeade.
—Hecho.
Entre bromas y comentarios sobre lo que otros compañeros habían hecho durante sus vacaciones, recorrieron las estanterías del negocio buscando los mejores artículos para ese año. James era el único de los cuatro que había estado en el equipo de Gryffindor. Y no porque sus amigos no fueran excelentes jugadores, sino porque ni Finn ni Joanne habían querido sumarse a las prácticas. Ellos preferían jugar para divertirse, no competir. Además Finn quería tomar el puesto de su hermano mayor como comentarista. Y Cecile, ella sí que no jugaba bien.
Más tarde, Joanne ya tenía en sus manos una pequeña bolsa con unos binoculares nuevos y Finn pagaba por un par de guantes de cuero marrón oscuro. James prestaba atención hacia el hombre del mostrador quien le estaba ofreciendo tres tipos distintos de guantes de bateador. El muchacho se detuvo a examinarlos y se decidió por un par de cuero de dragón negros que tenían los dedos cortados, se supone que tenían un encantamiento para evitar que el bate se resbale de las manos. Se preguntó si usarlos en un partido sería hacer trampa, aun así decidió llevarlos. Pagó por ellos y se giró hacia Finn, que examinaba una túnica de la selección Inglesa con bastante interés. Pero entonces una mano cayó pesadamente sobre su hombro.
—Ya pasó una hora, James, tu madre debe estar esperándote —le dijo Cecile con los ojos muy abiertos.
El muchacho ahogó una exclamación, si quería el mapa debía cumplir con su palabra y hacer bien las cosas frente a sus padres. Ansioso, tomó sus guantes de sobre el mostrador y gritó un saludo a sus amigos mientras salía corriendo hacia la puerta.
—¡Nos veremos el primero de Septiembre, chicos!
El muchacho derrapó frente a la heladería Florean Fortescue y vio a su madre, que ya se encontraba sentada en una de las mesas, mirándolo con media sonrisa en el rostro.
—Una hora exacta. Felicitaciones, James, lo lograste.
—Merezco un premio… —decidió él con la voz entrecortada y el corazón aún corriendo una maratón—, tal vez un mapa…
Ginny rió con ganas.
—Eso no depende de mí.
La mujer había dejado en una silla libre el nuevo equipo de invierno y túnicas de James y cargaba mágicamente los paquetes con los libros, los ingredientes para pociones y un telescopio nuevo. James todavía recordaba la mueca enfurecida que le dedicó su madre cuando él se vio obligado a confesarle que había roto su telescopio anterior mientras sus amigos y él simulaban un partido de Quidditch para no dormirse en una clase de Astronomía. Su madre también parecía haberlo recordado, porque la sombra de esa mueca se hizo presente.
La camarera de Florean Fortescue les sirvió sus pedidos con una enorme sonrisa. Y a James ya comenzaba a molestarle el silencio que se había formado entre su madre y él.
—¿Nos quedaremos esta noche en el Caldero Chorreante? —Preguntó como para distender, tras probar su helado.
—No, tu padre y yo trabajamos mañana —comentó, pero pronto se arrepintió porque el rostro de su hijo se iluminó como únicamente lo hacía cuando se le ocurría una idea. La señora Potter se cruzó de brazos—. Ah, no. No buscarás el mapa de nuevo.
—¡Pero, mamá!
—¡Dije que no, James! ¡Ese mapa pertenece a tu padre! ¡No puedes andar de cacería para robar objetos que no te conciernen!
—¡Por supuesto que me concierne! ¡Está en todo mi derecho! ¡Por algo me nombraron como Canuto y Cornamenta cuando nací! —Ginny no pudo evitar sonreír—. Además, ¿para qué usaría papá un mapa de Hogwarts? ¡Él no va al colegio!
Mientras lo decía se le ocurrió que tal vez su padre lo vigilaba, siempre, cada año, en cada broma. Cada vez que hizo algo que no correspondía, su padre era el primero en saber, solo debía observar el mapa.
—No van a dármelo nunca —se le escapó decir, mientras la idea aún continuaba formándose en su cabeza.
Ginny Potter se encogió levemente de hombros.
—El mapa es muy importante para tu padre. Tal vez... cuando estemos seguros de que eres lo suficientemente responsable de cuidarlo y…
—¿Responsable? ¿De eso se trata? ¿Responsabilidad?
Su madre no llegó a decir nada más pues el niño ya se había marchado de allí murmurando una y otra vez "sí que puedo ser responsable, voy a demostrártelo", dejando tras de sí a una confundida y preocupada madre, rodeada de cajas y un helado a medio comer.
¿Qué estará por hacer James? Ya lo sabremos
Olivia&Lils
