Tardamos, pero seguimos en pie con esta historia.

Nuestro agradecimiento a AndyGrangerWeasley por sus hermosos reviews


Lechuzas y responsabilidades

James se encontró así mismo parado frente al ventanal de El Emporio de la Lechuza. Si tenía que demostrar que era una persona responsable y digna de confianza entonces lo haría evidenciando que podía cuidar bien de otros. Y para ello, compraría una lechuza. De cualquier forma, siempre había querido una. Suspiró un par de veces y entró al local con paso firme.

—¿Puedo ayudarte en algo, querido?

La pregunta de la ancianita que atendía el local sonó cerca suyo.

—Vine a comprar una lechuza —contestó él, rápidamente, mientras buscaba a la señora con la mirada.

Finalmente la encontró, estaba parada a un par de metros entre algunas jaulas con sendas lechuzas dentro. Era tan pequeñita que le costó trabajo ahogar una exclamación de sorpresa.

—Una lechuza —repitió ella, risueña—. ¿Qué tipo de lechuza, jovencito? Las tenemos casi todas.

James se quedó sin habla. Nunca lo había pensado. Abrió y cerró la boca varias veces pero no pudo articular palabra alguna. La ancianita rió suavemente.

—No te preocupes, tómate el tiempo que quieras ¡pero elige sabiamente! Tu lechuza será más que una mascota, ya verás —y arrastrando los pies se fue detrás del mostrador y se perdió de vista.

James se paseó por la habitación a paso lento, había tantas lechuzas y búhos a su alrededor que le parecía estar en Hogwarts, eligiendo una para que lleve su carta a Grimmauld Place. Las había de los más diversos colores y tamaños y James simplemente no decidía cuál sería la suya.

Entonces notó que una no apartaba sus ojos de él, la única que no fingía dormir con la cabeza bajo el ala o picoteaba el piso de su jaula. El muchacho se acercó a ella despacio, era de tamaño medio con un plumaje en tonos de grises moteado de negro. Pero lo que más le llamó la atención al chico fueron sus ojos, de un amarillo suave, y la forma en que lo miraba. Como si deseara irse con él.

James miró hacia donde la anciana había desaparecido y, tras comprobar que no había moros en la costa, abrió la puerta de la jaula. La lechuza lo miró atentamente mientras él le acercaba su mano.

—Está bien, no me tengas miedo. Mi nombre es James —susurró el chico. Para su sorpresa, la lechuza ululó suavemente en respuesta y se subió a su brazo—. ¡Hey! ¿Te agrado, verdad? —La lechuza le dió un cabezazo amistoso en el hombro—. Está decidido, te vienes conmigo.

—Serían diez galleons, jovencito.

El chico dio un respingo, la anciana había vuelto y lo miraba sonriendo desde el mostrador.

—Está bien —dijo él mientras rebuscaba en sus bolsillos, buscando el dinero que su padre le había dado—. Y también me llevaré unas golosinas para ella.

La señora tomó el dinero, metió a la lechuza nuevamente dentro de su jaula y se la tendió a James junto con la bolsa de golosinas. El muchacho las tomó emocionado y salió del local con la sonrisa más ancha que había lucido en mucho tiempo.

—¡James Sirius Potter! —La voz de su madre sonó a su espalda.

El chico se giró sobre sus talones, aún sonriendo.

—¡Hola, ma! Mira...—dijo señalando con la cabeza a la lechuza que ululaba feliz.

Ginny se quedó viendo la jaula boquiabierta.

—¿Esta es tu forma de decirme que estás listo para responsabilidades? —Contestó ella, entrecerrando levemente los ojos.

—Al principio lo era, pero resultó que de verdad quería una lechuza.

La mujer frunció los labios.

—Estás castigado —dijo con voz calmada—. Barrerás la casa por el resto del mes. Todos los días. Cumple eso si quieres demostrar que eres responsable.

James abrió la boca para reprochar, su madre le rodeó los hombros con el brazo y lo guio por el callejón de vuelta a la heladería Florean Fortescue, donde ella había encargado a la empleada que cuidara todos sus paquetes para poder ir a buscarlo.

El muchacho supo que esa no había sido la mejor forma de ejecutar su plan. Pero estaba seguro de que iba a funcionar. Sus padres, tarde o temprano, verían que él, James Sirius Potter, estaba preparado para afrontar todos los obstáculos de forma madura y responsable.

Sonrió ampliamente cuando llegaron al Caldero Chorreante y todos se aglomeraron alrededor de su nueva lechuza. Su madre se masajeaba la frente con dos dedos. Ya estaba todo listo, y debían regresar a casa.

Hannah Longbottom les llevó jugo de calabaza y sándwiches de carne porque "no podían volver a casa con el estómago vacío". Insistió en que la Red Flú les provocaría náuseas si la atravesaban sin nada asentado en el estómago. James estaba seguro de que era al revés y fue lo suficientemente astuto como para evadir a la señora Longbottom y evitar los sándwiches.

En la mesa solo estaba él, con sus padres y hermanos, y los cuatro Dursley; que aún no se acostumbraban a ver a las personas vestidas con túnicas y sombreros de magos como si fuera totalmente habitual y no algo especial del día de Halloween.

Harry Vernon no paraba de contarles todo lo que se había comprado, como si los niños Potter no tuvieran idea. Libros, ingredientes para pociones, túnicas, balanza, telescopio, caldero, varita. Y les comentó que sus padres no le permitieron comprar una mascota. No quisieron un gato, ni una lechuza, y mucho menos un sapo.

—¿Por qué no? —Se extrañó Lily mirando a los Dursley sin poder creérselo.

El señor Potter abrió los ojos en advertencia a su hija. Lily hizo una mueca y no volvió a preguntar. Cuando la bandeja de sándwiches estuvo vacía se prepararon para partir de regreso a sus hogares. Fue una lástima no haberse cruzado con sus amigos una vez más, pero ya los vería en pocos días.

James se levantó y fue tras su padre, que ya se encontraba atravesando las puertas a las cocinas del Caldero Chorreante. Las despedidas fueron cortas, porque todos sabían que se volverían a encontrar.

—Te veo en Hogwarts, Frank-y —aseguró James tras dar un pequeño abrazo a Amy y permitir que la señora Longbottom le apretujara las mejillas—. Mis saludos a Neville —recordó decir antes de tomar los polvos flú y meterse dentro de la chimenea—. ¡Al número 12 de Grimmauld Place!

Lo dijo fuerte y claro, pero eso no hizo diferencia al revuelto que tenía en el estómago. Y cuando tocó el suelo de su hogar, supo que nunca jamás volvería a desconfiar de la palabra de Hannah Longbottom. Tuvo que sentarse en el suelo para no caerse del mareo, y Kreacher tuvo que asistirlo entre las risas de Albus y los regaños preocupados de su madre.

A la mañana siguiente lo despertó el cuerpo de su hermana cayendo de lleno en su espalda. Con un quejido, se giró, intentando apartarla de encima, ella siguió riendo y diciendo que ya era tarde, y que debía levantarse. James suspiró, aún con los ojos cerrados, algo cansado.

—Cuando recupere mis energías será mejor que corras ligero —le advirtió a su hermana.

—Teddy está abajo —le dijo riendo.

James se incorporó inmediatamente.

—Ah, ¿sí?

—Sí —asintió ella todavía riendo—, vino por el cumpleaños de mamá.

James dramatizó un gesto pensativo.

—Pero mamá no quería fiestas, trabaja a la tarde.

—Y no va a haber ninguna —le contestó ella aún con dificultades para respirar—, pero sabes cómo es Teddy, no iba a dejar que pase el día sin visitar a mamá.

James asintió con la cabeza, sonriendo. Teddy era parte de la familia, a pesar de no ser hijos de los mismos padres, Albus, Lily y él lo consideraban el hermano mayor. Y siempre resultaba agradable saber que Teddy los consideraba a ellos su familia.

—Será mejor que nos apresuremos y le llevemos a mamá su regalo —comentó mientras se colocaba las zapatillas y obligando a su hermana a que se pusiera de pie—. No queremos que Teddy y Albus nos dejen afuera —Lily negó muy rápido agitando sus cabellos despeinados—. Entonces, a correr.

Ginny Potter se encontraba en el comedor, abriendo las cartas que le habían llegado esa mañana. Gwenog descansaba sobre una de las sillas de madera mientras picoteaba una golosina para lechuzas.

Lily rompió el silencio, al entrar apresurada con el regalo sobre su cabeza.

—¡Feliz cumpleaños, mamá! ¡Feliz cumpleaños! —canturreaba una y otra vez.

A la señora Potter se le llenaron los ojos de lágrimas al verlos a todos allí. Harry, Teddy, James, Albus, Lily y hasta Kreacher, que aplaudía felizmente mientras agitaba las orejas. James no entendía por qué los adultos siempre se emocionaban cuando recibían regalos.

El desayuno se les pasó entre risas. Teddy les contó sobre su abuela Andrómeda, sobre su nuevo trabajo y los detalles nuevos de sus vacaciones, partiendo desde la última vez en que se habían visto. Albus habló sobre sus nuevos libros y las expectativas que tenía de su año en Hogwarts. Lily, intentando no ponerse sensible ante el recuerdo de pasar el año en casa cuando sus hermanos estén en el colegio, le contó sobre los Dursley. Hablaron de sus visitas a los lugares de trabajo de sus padres, y cuando ya todos se habían quedado sin temas de conversación James se levantó y pidió que lo esperaran un momento.

Subió la escalera en un trote, y regresó al comedor con su lechuza enjaulada. Se aclaró la garganta.

—Quiero aprovechar este momento, ya que todos estamos aquí para presentarles con gran honor a la nueva integrante de la familia.

El ave giraba su cabeza en todas direcciones, observando a cada persona con sus grandes ojos de un suave amarillo.

—Es preciosa —sonrió Lily, aunque ya la había visto antes.

Se acercó a ella y pasó despacio sus dedos entre los finos barrotes de la jaula, para poder tocarla. La lechuza inclinó la cabeza, permitiendo que la niña acariciara sus plumas y ululó felizmente.

Lily siempre había querido una mascota, todos lo sabían. Pero sus padres siempre decían que cada quien elegiría a su propia mascota al cumplir los once. James no había querido una lechuza, y ahora se alegraba de no haber comprado otra porque esa lechuza no sería igual a la que ahora lo acompañaba.

—¿Cuál es su nombre? —Preguntó Albus exaltado, ya que se había guardado la intriga por demasiado tiempo.

James sonrió ampliamente.

—Ella es Moony.

La lechuza batió sus alas dentro de la jaula, Lily alzó la vista para encontrar los ojos de su hermano.

—Le queda perfecto —susurró su padre.

El muchacho clavó sus ojos en Teddy, quien rió por lo bajo.

—Me gusta. Ahora debes esperar para ver cómo se comporta bajo la luna llena —dijo bromeando.

James mantuvo su sonrisa.

—Quiero que sean testigos de su primer viaje.

Sacó del bolsillo de sus vaqueros un sobre, algo arrugado. La noche anterior había escrito a su primo Fred todos los acontecimientos en el callejón Diagon, desde los importantes hasta los secundarios.

La lechuza agitó sus alas con energía, James depositó la jaula sobre la mesa y la abrió. Moony revoloteó libre sobre sus cabezas, Gwenog también alzó el vuelo y ambas lechuzas se examinaron por un largo instante. Albus preguntó qué pasaba si no se llevaban bien, pero ese no fue el caso de modo que nadie respondió.

Moony se posó sobre su jaula y estiró su pata, preparada para afrontar cualquier viaje. Gwenog volvió a descansar sobre el respaldo de una silla. James rió feliz, Moony había sido una idea excelente y le alegraba tenerla consigo. Ató la carta a la pata del ave y le dio una golosina para el viaje.

Ella dio un pequeño salto de la jaula al brazo de James y él la llevó hasta la ventana del vestíbulo.

—Suerte —le murmuró, y Moony extendió sus alas para surcar el cielo.

James se cruzó de brazos y la vio alejarse entre las nubes, al darse vuelta encontró a su familia, Lily en brazos de su padre, Albus y su madre sonriéndole ampliamente, y Teddy sosteniendo la vista en el punto donde Moony se había perdido, con ojos vidriosos.

Su madre le pasó el brazo por sobre los hombros.

—Estoy orgullosa de ti, sé que cuidarás muy bien a Moony.

Su voto de confianza lo llenó de alegría. Y juntos regresaron al comedor, donde Kreacher los esperaba para cortar la torta de cumpleaños antes de que Ginny Potter se fuera a trabajar.


Gracias por leernos, ¡feliz año nuevo!