Si continuó…
Notas: Versión de Taichi. Quería cerrar todo aquí, pero tuve otra idea así que la extendí un poco más.
Respuesta a Guest Armys: ¡Muchas gracias! Pensé que habían muerto las fans del taito, es una pareja encantadora para dejarla en el baúl del olvido. Si bien entré algo tarde al fandom, siempre habrá esa ola nostálgica que nos haga regresar. Me alegra muchísimo que hayas disfrutado mis historias, así como yo disfruté escribiéndolas.
Cuando leí tu review me sorprendí un poco, porque justo estaba acabando la continuación del fic. Fue casi como… oh, qué casualidad, ja,ja. Espero que te guste, te envío un abrazo!
[En el borde del abismo]
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La noche caía oscura y silenciosa en las frías calles de Odaiba. La luna se hallaba tras las nubes deslizándose sobre un cielo de terciopelo moteado aquí y allí por las estrellas. Es una hermosa imagen que ves desde tu balcón, donde el viento azotaba sin piedad que despierta un escalofrío que se arrastra por toda tu columna vertebral. Te estremeces en silencio, sin hacer nada más que sacudirte y entibiar algunos de tus poros asustados.
Deberías entrar en el refugio de tu apartamento, abrigarte debidamente y acobijarte frente a la calefacción con una taza de té caliente… sino tuvieras la mente con los nidos repletos de enmarañados recuerdos.
Tienes un cigarrillo en tu mano que se deshace en solitario. No es que fumes realmente, aprendiste viendo a Yamato y lo intentaste para ver porque éste lo hacía con tanto acopio. No es que fuera un buen hábito. De hecho, lo odias. Porque es el humo rizándose y entrelazando sus hebras lo que te hace pensar que esa práctica empezó a hacer un muro entre Yamato y tú. Idiota, te llamas a ti mismo… Para empezar, eres el primer culpable por permitir los cimientos de esa estructura quebradiza, en realidad. Es floja, corta y endeble, lo sabes. Sin embargo, temes que saltar aquella valla te encuentres con algo que no quieres ver en tu amigo y eso te aterra.
Das una calada al pitillo, la primera desde que lo encendiste y puede que sea la última, y piensas en todo lo que te diría tu entrenador si te viera hacer eso.
Puede irse al infierno, si quiere.
Llenas tus pulmones, el calor seduciendo su interior hasta que lo expulsas. Como era de esperar, te ahogas. No tienes demasiada experiencia y estuviste tosiendo quizás por dos minutos perdiendo la dignidad. Cuando te aclaras, el olor te llama al recuerdo; el fin que estabas esperando. La razón por la algunas noches fortuitas decides abrir las puertas corredizas y perderte en el olor de la nicotina que te acerca a una imagen lejana.
Es ese mismo desagradable aroma el que Yamato siempre llevaba prendido en su ropa y cada parte de su ser, que te dispara una nube blanca que más tarde te dibuja su contorno. Es la mejor manera, aunque poco ortodoxa, de sentirte igual con él. Sabes que, si se enterara, te mataría por ello. Te sigue cuidando de su persona como si fuera un tóxico, y eso lo detestas. No eres una paloma blanca, ni Yamato un murciélago energúmeno. Por eso has decidido empezar a fumar, para demostrarle que no es una seda límpida y que ambos podían ensuciarse.
Esa tarde lo habías visto y habían recordado el nimio lazo que aun tenía cierta temeridad en juntarlos. Eso clavó en ti una sonrisa que se negaba a borrarse. Fue una buena tarde, de charlas estúpidas y comentarios sin sentido. Hacía mucho que olvidaste lo agradable que era estar con tu amigo, la corta paciencia que éste hilaba y lo fácil que era hacerlo enojar.
Prometieron verse al día siguiente, y la ansiedad de esperar el amanecer, te roba el sueño. Deseas enviarle un mensaje, preguntarle qué hacía, aunque parecer ansioso sería destapar una vulnerabilidad que temes mostrar. Antes, escribirse a cualquier hora no era símbolo de incomodidad ni menos de virtud. Ahora, debes cuidarte del mismo camino escabroso que ambos han sembrado y ahora los separan.
Yamato aun estaba ahogado en luto, seguía viejas y rotas rutinas que estaban agrietándolo. Sabes que debes decírselo, ayudarlo de alguna forma, obligarle a que te oiga, aunque fuera a la fuerza, pero primero debes estar con él y recuperar la cercanía. La última vez fueron seis meses desde que lo viste en persona y el cambio de las cámaras junto con el maquillaje es notorio. Tu amigo estaba hundiéndose, y nadie parecía hacer nada.
Te muerdes el labio, ahogando una frustración. Has estado ahorrando dinero para estar más cerca de él. Incluso vendiste tu bicicleta y algunos de tus equipos de soccer viejos para poder tener lo suficiente para seguir la próxima gira. Las entradas al concierto era pan comido conseguirlas, empero, son las estadías de hotel y vuelos lo que sabes que hará sollozar súplicas a tu bolsillo.
El director de la banda de Knife of Day es una mierda de persona, es fácil verlo con tal solo entablar dos conversaciones cortas con él y, por el perfil que tu mente ha aprendido a hacer gracias a tus estudios académicos, nunca dejará que te subas al mismo autobús o avión con los miembros de la banda.
"Guardar apariencia y prestigio", solía decir.
Maldito anciano…
Un mensaje rompe el silencio de tu celular, tomándote por sorpresa. Es media noche y no reconoces el número… dos detalles interesantes que hacen que te lleves receloso el móvil al oído. No pasan tres segundos para cuando una voz, con las palabras atropelladas y mal ordenadas, intenta hablarte. Te lleva un rato reconocerla; es Kazuo, el guitarrista de la banda de Yamato. No te parece un buen augurio, puesto que no eran tan cercanos ni habían interactuado tanto para que hubiesen compartido números telefónicos.
Te preguntas internamente, de hecho, dónde lo consiguió. Un pensamiento que apartas rápidamente, y tras una respiración, empiezas a hablar. Pides que se calme, ya que poco estabas entendiendo y lo que lograste descifrar te convierte la sangre en hielo.
Kazuo respira profundo para hablar nuevamente, aun con las cuerdas vocales produciendo sonidos temblorosos y finalmente armar la oración… Una que te paraliza el corazón y toda espectral esencia de recuerdo.
Yamato está gravemente en el hospital… No sabemos qué hacer…
No ha terminado de hablar cuando abandonas tu apartamento con el alma en un hilo, y solo una persona te hace salir a la calle de madrugada con tu pijama y unos tenis sucios.
Sí, Yamato.
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Cuando llegas al hospital, es un lío de sirenas, personas curiosas, pequeña fanaticada elevando oraciones al cielo y la policía intentando hacer retroceder todo lo anterior. No te importa rebasarla, pelear contra ella gritando el nombre de tu amigo, hasta que una mujer delgada, de corta cabellera dorada, un par de ojos saltones y labios carmín; da una orden para liberarte de los brazos férreos de la policía que te tenían atenazados. Quizás tendrás moretones al día siguiente, cuestión que no es algo que se asome en un atisbo de importancia en tu cabeza.
La pequeña mujer se acerca con pasos lentos y, después de unos momentos, entre la algarabía y la masa asfixiante de la multitud, te abraza. Es así cuando la reconoces finalmente. Es Nao, la manager de Knife of Day. La conoces porque había estado prendada una época de Yamato, justo en el tiempo que Sora ya estaba tomando terreno en esa área de amores juveniles. Tiempo después tus amigos de la infancia salían, una felicidad genuina, hasta que un día para otro; se distanciaron. No le preguntaste a Yamato directamente, dejándole el espacio si quería decirte. Lo hizo, evidentemente, resumiendo todo en una línea: «Ella es demasiado buena para mí, no me odies por intentar protegerla»
Habías respondido: «No te odio por ser idiota»
Esa vez, habían estado sentados en la escalera que daba vía a tu apartamento. Yamato había recostado la cabeza sobre tus piernas dejándose ver en las finitas contadas veces su fragilidad. Acariciaste su cabello hasta que se calmó, y diciéndole palabras vacías que todo estaría bien. Sus hombros contrayéndose ante el llanto nacido de la rabia y el dolor, que podrían quebrantar a cualquier corazón. En aquellas escaleras frías y baldías, con la luna observándoles, fue la última vez que lo viste llorar.
Los llantos adoloridos de Nao te hacen caer en tierra y con la lengua pastosa logras hablar:
—Nao, cálmate —pides amablemente, no sabes cómo pudiste sonar tan confiable, tan tranquilo; sin embargo, ella te hace caso y se limpia la humedad que tiene en todo el rostro—. ¿Qué ocurrió? ¿Qué le pasó a Yamato?
Kazuo no te había dado detalles explícitos, solo te había dicho que estaba gravemente en el hospital y su estado era imposible de saber. Nao se toma la molestia de aclarártelo cuando te hace entrar al hospital buscando un lugar con más calma.
—Está delicado —dice en un hilo de voz, el pánico se fue grabando en cada línea de su rostro—. Muy delicado.
Te hace un breve resumen, que lo sientes como una montaña rusa por las emociones que te causa y te marean. Nao deja una pausa al ver tu cara de horror, y allí es cuando saltan las palabras por sí solas. Exiges saber, ¿por qué estaba en ese bar? ¿Por qué Yamato estaba en coma? ¡¿Por qué?! No te das cuenta que estás gritando hasta que te piden que bajes la voz. A toda petición, te cae como un balde de agua fría, mientras Nao te observa con ojos cristalizados por lágrimas.
—Sobredosis, Taichi-san. Los médicos deben saber la droga para poder neutralizarla, creen que era heroína…
¿Drogas…? ¿Yamato se…?
Te quedas en shock, el mundo se detiene mientras masticas esa declaración, letra a letra, ahogándote en su sabor con los ojos abiertos. ¿Heroína…? Un rayo con las palabras de Yamato te hace luz:
«Estoy tomando pastillas antidepresivas…», esa voz suena como un trueno lejano.
¿Antidepresivas?... Mi culo, Yamato. No sé por qué diablos te creí.
Una sombra de desesperación se abatió sobre ti, dejas de oír todo tu alrededor y las escenas de ese día cobran vida en tu mente. Todo empieza a tener sentido, todo malditamente tiene sentido, y fuiste demasiado idiota para darte cuenta del real sufrimiento de tu mejor amigo. Los temblores insistentes en sus manos, aquella extraña ansiedad que atribuiste a los nervios sensibles por la pérdida de Hiroaki. Y, ahora lo entiendes, porque se apartó de ti. Porque impuso una barrera entre todos, para que no vieran en lo había caído y dramatizar una condición vergonzosa.
—Fui un idiota, fui tan idiota… —Caminas de un lado a otro, sin rumbo en tus pasos. Nao te sigue de cerca, recelosa de la rabia que toma posesión de ti—. ¡Fui un idiota…!
Te ríes amargamente, sintiendo como la ira no puede sofocar el dolor…
—Taichi-san…
No oyes aquella tímida voz queriendo anclarte. Todo se reduce a Yamato. Quieres maldecirlo, golpearlo hasta cansarte, pero algo en tu interior te dice que eres un hipócrita por hacerlo. ¿Por qué?... Porque harías lo mismo si estuvieses en su lugar. Apartarte de todos para que no vean lo que ahora eres, en lo que se han convertido tus convicciones y que cualquier acercamiento puede romper la fachada que intentas crear. ¿Acaso no hiciste eso en el pasado con la pelea de Meicoomon?
Yamato llamándote a gritos que dejaras de ser un cobarde…
¿Quién ahora es el cobarde?
Una parte de ti quiere odiarlo, otra, lo admira por su tenacidad. No obstante, sigues queriendo golpearlo por darse el lujo de colocarse en manos de la muerte. Por no pedirte ayuda. Habrías hecho todo lo imposible, lo impensable… todo, si era por Yamato.
Das un voto de agonizante y respiras hondo, tomando una decisión.
—Nao —La manager alza la vista cuando oye su nombre—, no dejes que nadie se entere de esto. ¿Me entiendes? Nadie.
Eso incluye a Takeru. A su madre. A sus amigos. Al mundo.
—Podemos inventar cualquier excusa, si se enteraran de lo que pasó, sería una mancha para Knife of Day. Yamato no quería que eso pasara, no seré yo quien eche a la borda sus esfuerzos.
Ella asiente y camina hacia el pasillo donde la prensa la espera con olas avasallantes de preguntas sobre el estado del vocalista y antiguo niño elegido, Yamato Ishida. Aun es un aliento de fama que todos los que visitaron el mundo digital poseen, un maldito beneficio del gobierno, pero beneficio al fin al cabo.
El médico aparece más tarde, solicita un pariente cercano del señor Ishida, y como eres el único que está allí, te adelantas para decir que eres su amigo de la infancia y nadie puede ser más digno más que tú. No le importa demasiado el epíteto que te has otorgado, solo recita el diagnóstico con voz impávida de emoción: La vida de Yamato estaba al borde. Han suministrado medicamentos para contrarrestar la droga, pero es parte ya del organismo del paciente en resistir todo aquello.
Es una frase que te oprime las cosillas, te corta la respiración, y por un momento, te sientas porque todo empieza a dar vueltas.
Cuando logras caer en tierra, sientes una mano en tu hombro que te hace retroceder. Es el guardaespaldas personal de Yamato —El querido Brutus— que te mira con aprensión. Te asiente con la cabeza y te obliga a sentarte. Haces acopio de tus emociones y te detienes. El doctor no tiene la culpa, lo sabes. Su deber es ahora mantener vivo a tu amigo, aquel que se colocó en esa penosa situación por capricho. No tienes otra explicación.
Capricho de creerse solo, capricho de creer que podía luchar contra un enemigo que era él mismo. ¿Dónde quedó la promesa hecha en letra digital? ¿Dónde quedó el juramento implícito de lealtad cuando nació Omegamon?
"Debí saber que me mentía. —piensas—. Debí saber que todo el tiempo me mentiste."
Tienes un nudo en la garganta y las lágrimas están ansiosas por hacer un desfile sobre tus mejillas. El miedo se clava en tus huesos ante la idea lúgubre que ronda por tu cabeza cuan cuervo buscando carroña. Si Yamato llegase...
Niegas con la cabeza con excite. No. Yamato no podía. Yamato no podía morir.
En contra de tu voluntad, sientes la humedad descender con delicada parsimonia y tus rodillas ya no tienen fuerza. Tratas de contener el torrente que se agolpa en tu estómago y el aire se vuelve pesado con la lluvia de imágenes que se deslizan por tu cabeza.
Tú y Yamato peleando en el digimundo.
Tú y Yamato cayendo a un vacío, sosteniéndose uno al otro.
Yamato tomándote en brazos cuando Agumon fue derrotado por Piedmon.
Han pasado tanto juntos que es imposible contarlas todas en una sola página. Recuerdas esa misma tarde como un dulce sueño, se sienta en tu cabeza y te envuelve. Esos efímeros minutos que fueron utópicos y te hicieron olvidar que tenías una práctica que te saltabas; que tenías una cita con una chica que podía prometerte un buen futuro; que tenías que disculparte con Daisuke por haberle golpeado.
"Daisuke me dijo que te vio", esa frase te hace sonreír de ironía. No fue precisamente una buena discusión, ya estabas al borde que quieran apartarte de quien fue y será tu mejor amigo. Las palabras del Daisuke solo fueron un detonante de todo lo que tenías contenido. Nadie sabe lo que es bueno para ti salvo que tú mismo. Y Yamato es a quien quieres en tu vida, aunque te duela verle solo en pantallas. Aunque duela ver lo que la muerte de un padre y la fama han hecho en él. No importaba. Estarías a su lado, porque eso hacían los amigos.
Y ahora... todos podrían estar felices, ¿no? Si Yamato moría... No, por favor, no. No podrías lidiar con eso. No puedes lidiar con el pensamiento, menos con una realidad. Caerías a una desesperación por haber sido inútil, por no poder entregar tu mano para sacarlo de la oscuridad. La mitad de tu ser se iría, y nunca más seria recuperada.
Una llamada te libra de lo retorcido que se estaban volviendo tus ideas que eran como puñales calientes y, al ver el número, tu corazón se asusta. Es Takeru. Algo en tu interior pareció quebrarse. Un nervio, quizás un latido, lo que fuera que haya sido, provocó que sintieras todas las fuerzas alejarse y abandonarte cuan miserable.
Respondes, oyendo la voz ansiosa y no es fácil predecir que está siendo presa del pánico. Te pide esclarecimientos y ubicación. Le recitas lo mismo que te dijo el médico, salvo que maquillas la parte que sabes que Yamato no quiere contarle a nadie. Le das dirección rápida y promete juntarse contigo en cuanto le avise a su madre. Su madre... Mierda. ¿Había sido correcto decirle? Yamato se enojaría si se enteraran de su difícil situación y más de tu boca.
Debías inventar una pesada excusa que no permitiera que vieran en el interior y encontraran los tapujos que, ahora, ambos intentan enconder. De eso se trata la amistad, ¿no?
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Para esos días vestidos de oscuridad, ya todos habían dejado de conservar los pedazos rotos de una esperanza; eran demasiado filosos para aferrarse a ellos. Todos esperaban la cruel noticia que la vida de Yamato se apagaría en silencio, sin apenas un suspiro.
Sora no contenía las lágrimas y Takeru se encontraba en un estado inconsolable. ¿Es que él era la única persona que albergaba la idea que Yamato despertaría y todo sería como antes?
Fue la peor semana, el sueño no te hizo ninguna visita cuando en la sala del hospital aguardabas por una señal sagrada. Visitabas la cafetería constantemente, Koushiro no se separaba de tu lado en un afán por controlarte. Pero no podías estarlo, simplemente. No te dejaban verlo, no te dejaban estar a su lado, no dejaban a nadie pasar al pasillo de su habitación y eso estaba alterando cada fibra de tu ser.
La ansiedad empezó a ser notablemente palpable, aun cuando las enfermeras insistían en inducirte tranquilizantes. No necesitabas fármacos, necesitabas ver a Yamato. Estar a su lado. Demostrarle una vez por todas que nunca lo abandonarías y que, aún en la oscuridad, eras capaz de descender si eso significaban estar junto a él.
Hikari y Sora insisten en que comas algo, que incluso vayas a echarte un baño y robarle unas horas a la tarde para descansar. Ellas estarían en vela. Te niegas. ¿Y si Yamato despertaba? Tenías que estar ahí. Es esa misma angustia la que te da una idea.
La osadía vibró en tus poros, encendió las venas y por un momento volviste a ser aquel niño con la cresta del coraje. Desafiaste toda orden, toda seguridad con ayuda de Brutus para escabullirte a su habitación y dejarle unas palabras a los ojos caídos.
—Muéstrale el camino de regreso —anima con una forzada sonrisa en su riguroso rostro.
La habitación es impasible y el foco quemándose en la bombilla prometía poca iluminación dando un tono más tétrico. Los pasos en la baldosa son pesados igual como sientes los hombros. El sonido de tu propio corazón te deja sordo, arrebatándole sonido a todas las cosas adyacentes. Menos, a los latidos de Yamato.
Eran lentos y constantes. Una melodía simple, que no produce más que monotonía. Es esa misma monotonía básica y sencilla del ser humano que te hace contener el escozor cualquier premonición por ese hermoso palpitar. Una prueba infalible que estaba con vida.
No obstante, verlo, era otro dolor con el que tenía que luchar.
Yacía postrado en una cama, con lunas grises arruinando la piel espectral. Tenía una mascarilla cubriendo su boca, las venas profanadas por agujas que volvían la zona rojiza, enredaderas de cables que se perdían en todo su pecho provocando que, todo lo hermoso de Yamato, en ese momento, pareciera deteriorado y enfermizo. Casi artificial. Incluso bajo la transparencia de la tela se veían los huesos prominentes y el color demacrado. La solapa imagen lastimaba. Apretaba el corazón.
Reuniste fuerzas —no sabes de donde la sacaste— y te sentaste a su lado. Ya no tenía las banditas que le habías puesto en los nudillos, a cambio, vendas envolvía aquellas manos que considerabas hermosas. Con dedos largos y delgados, suavemente arqueados y endurecidos por el instrumento; las ves y tienes la certeza que quieres sostenerla todo el tiempo.
Tembloroso, acariciaste los nudillos velados con un dedo. Unos cuantos roces, antes de deslizar los propios y tomarlos. Una parte de tu corazón latió, como si algo dentro vibrara como el joggress. Y era de esperarse, ¿no? Fueron sus manos la que juramentó una amistad; que salvó mundos, unió constelaciones y ahora corazones.
El peso frágil traía tantos recuerdos. Amabas esas manos por todas las memorias que tenían escritas entre las líneas. Por todo lo que significaba. Te la llevaste a la frente, presionándola ligeramente. Ahogas un suspiro, y luego dejas el dorso rozar tus labios. Un beso frío y distante que ni siquiera alcanza la piel de Yamato.
—No puedes morir, Yamato —dices con las palabras quebradas—. Te odiaré si lo haces..., idiota Ishida... —Sorbes tu nariz acuosa—. Debes despertar, porque te espera la paliza que te voy a dar.
La oración se rompe en un sollozo y las letras se pierden siguiendo tu llanto. Pasan unos momentos y era lógico que no hubo reacción. Sólo el sonido mecánico de las palpitaciones rompiendo el silencio. ¿Qué esperabas? ¿Alguna mágica invocación con la que se revisten las películas del cine?
Aprietas los ojos con frustración, conteniendo todo detrás de tus párpados.
Debes volver, te estoy esperando.
Sacas tu teléfono y empiezas a colocar algunas canciones de su último álbum. Las tienes descargada desde hace mucho, admites que tiene talento y canta bien. Paseas por tu carpeta de vídeos, viendo las escenas de conciertos que tienes grabada en la memoria digital y, así, empiezas a recitar la historia de cada de una.
—Mira, ahí estabas en Wisconsin. ¿Puedes creerlo? ¡El extranjero! Estuviste increíble ese día —Tu voz es suave, mientras la imagen de la pantalla desliza un nubarrón de estelas, personas, fuegos artificiales y a Yamato brillando en medio—. Tuviste mucha audiencia y estabas feliz de haber llevado a tu banda fuera de Japón… Debería tener los demás, pero solo tengo ese de esa gira. —Una risa timbra en tu garganta.
»Esa noche me llamaste, no paraste contar la experiencia y aun cuando sonabas cansado, desististe de colgar. Además, me insultaste por no asistir… Querías que hubiese estado allí para verte… —Gotas empiezan a humedecer la pantalla de tu celular y no puedes detenerlas—. Mierda…, en verdad quise irte a ver aquel día.
»Estoy reuniendo, ¿sabes? Para ir a tu próxima gira. ¿Qué haré con ese dinero si no estarás para dar los conciertos?
Pasas otro vídeo. Allí fue uno cuando aún iban en la escuela…, luego en un bar local…
Te habías quedado hasta que el sonido de las canciones hizo que te descubrieran, pero la enfermera no hizo forcejeo en sacarte. Te había visto toda la semana, había proporcionado incluso una habitación para durmieras después de tres días en vela. La humedad que vuelve de plata tu rostro eran suficiente para callar cualquier mandato, incluso el de una mujer robusta a la que los años le han enseñado la insensibilidad.
—Señor.
—Sólo un minuto más. —pediste, y lo cumpliste.
Restriegas tus párpados, guardas tu celular y respiras profundo. Posteriormente, te sacas una muñequera vieja y gastada que usas para entrenar, para pasarla por la mano de Yamato dejándola descansar en su muñeca. Quizás huela un poco a sudor, pero no sabes que dejarle para que sepa que estuviste ahí.
La enfermera tiene una mirada de desaprobación, pero no dice nada. Tal vez se la quiten una vez que te vayas por aseo, pero no hay heridas para hablar de infección. Así qué carajo.
—Por si despierta —dices y ésta asintió retraída, conteniendo algo en su interior que no querías averiguar—. No quiero que piense que esté solo.
Asintió de nuevo.
Antes de irte, le dejas un beso en la frente. Una acción poco varonil, exiguamente estético y demasiado riesgoso debido a la notoria situación, pero Yamato tenía tantas cosas de ti que… no importa lo que piensen. Susurras palabras, desordenadas y maltrechas que pierden sentido. Sólo eran súplicas y balbuceos, pero es lo mejor que puedes formular por ahora.
Sales con la cabeza en alto, llevándote el olor de tu amigo en la nariz y la imagen certera que es alguien que espera la muerte.
A una hora oscura y silenciosa, en una habitación de paredes desnudas, en una cama que le quedaba demasiado grande; unos dedos empiezan a moverse sobre la sábana.
Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio, primero un movimiento, luego un temblor de párpados; un aleteo lento, y finalmente, luceros azules se abren al mundo como quien ve por primera vez.
Su mente tarda un rato en alcanzarlo, mirando su alrededor sin encontrar nada, no sabe lo que está buscando, pero sus labios sí y lo recita con la gracia de un poema:
—Taichi...
Continuará.
Notas: Pobre Tai... La siguiente y última parte, es el punto de vista Yamato. Esto terminó ser un Three-shot, que debía ser Oneshot y resultó un rompecabezas de puntos de vista. Ah, para quienes no sepan, Brutus es un oc del fic Crónicas de un Noviazgo. No tiene historia aparente aun, pero me gusta tomarlo cuando pongo a Yamato en manos de la fama :) Solo es un afroamericano de procedencia extrajera que no habla bien el japonés, y disfruta de hablar con Taichi en inglés. Juntos se enseñan mutuamente sus idiomas. Brutus shippea el taito, jaja (?)
Gracias por leer, y doblemente gracias a los que me dejan su pensar. Nada más hermoso que ver como otros disfruten de lo que tú lo haces.
