Love is blindness
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Hermione dio un paso adelante, pero no se atrevió a mirar a Harry a la cara. Él no lo notaría, de todos modos, pero no resistía lo que estaba a punto de conocer.
-Acabo de recibir una carta de Draco- dijo ella. Además de Harry, Hermione era la única que ya no lo llamaba Malfoy. En sus manos aún estaba el pergamino que Draco le había enviado. Era una carta muy larga, pero solo un pequeño fragmento estaba dedicado a Harry. Por supuesto, todos ya conocían el contenido de la carta, por eso mantenían su mirada agachada y el ceño fruncido, los puños cerrados con fuerza y evitaban mirar a Harry pero por una razón distinta. No era por piedad, sino por enojo. Todos en la cocina estaban furiosos con Malfoy, pero por el bien de Harry, habían acordado callar hasta que Harry supiera lo que estaba pasando.
Por fin, Harry rompió aquel silencio insoportable y preguntó:
-¿Y bien?- preguntó él, dando un paso adelante. -¿Qué dice? ¿Está bien?
-Sí… él está bien- dijo ella, mordiéndose el labio. Harry no podía verlo, pero a su lado, Molly apretó los dientes con fuerza.
-¿Entonces? Hermione, me estás asustando, ¿qué demonios le pasó?
-Creo… creo que él no va a volver, Harry- dijo ella, y de pronto, se hizo el silencio.
La primera parte del pergamino estaba dedicada únicamente a Hermione y decía lo siguiente:
Granger:
Tú y yo sabíamos que este día llegaría. No importa cuánto trataste de advertirme, es difícil disuadir a un Malfoy. Es difícil hacerme cambiar de decisión una vez que la he tomado. Si te parece o no la mejor decisión me importa poco. Sé lo que tengo que hacer y ahora que sé cómo hacerlo, no daré marcha atrás. Todo lo que hago y lo que haré será sin ningún arrepentimiento. Sé que estoy haciendo todo lo que está en mi poder para enmendar mis errores y eso me basta. Sólo tengo una preocupación y es que nada de esto funcione. De ser así y algo me pasa, dejo en tu poder las escrituras de la Mansión y el resto del dinero que me queda. Harry no lo necesita, así que haz con esto lo que creas más conveniente. Sé que eres una bruja inteligente y tienes un buen corazón… o todo lo bueno que puede ser el corazón de alguien dedicada a la política.
Esta no es mi despedida, sino mi testamento. No pido nada más y no necesito nada más. Sólo, quizá, un último favor. Hazle llegar a Harry este mensaje de mi parte:
Harry:
Para cuando escuches esto, será demasiado tarde para intentar detenerme, así que no lo hagas. Vive una vida larga y feliz. Este es mi momento para quitarme de tu camino y dejarte seguir adelante. Confío en que los Weasley sabrán qué hacer de ahora en adelante.
Hoy sé que hice todo lo que pude para pagarte lo que hiciste por mí aquel día. No tengo nada más que ofrecerte más que mi gratitud.
No me busques. No querrás encontrarte conmigo, te lo prometo.
-Draco Lucius Malfoy.
Harry frunció el ceño, esperando a que Hermione continuara, pero no había nada más y en la cocina reinó el silencio. Harry había despertado hambriento, pero de pronto el olor a comida le causaba nauseas. Necesitaba sentarse y, cuando estiró la mano para alcanzar una silla, Ginny se apresuró a ayudarle, y él no pudo soportarlo.
-¡Puedo hacerlo solo!- gritó de repente, furioso y confundido, preocupado, nervioso.
Ginny dio un paso atrás y todos lo miraron con asombro. Harry siempre había tenido un mal genio, pero por lo regular conseguía controlarlo. Después de la guerra, su entrenamiento como Auror lo había ayudado a liberar algo de esa furia contenida. Luego de perder la vista había tenido días muy malos, llenos de frustración: era aterrador vivir en un mundo a oscuras, y muchas veces hizo pedazos todo lo que había a su alrededor luego de haber tropezado con algo. En todo ese tiempo, Draco no dijo nada. Aguardaba con paciencia y, una vez que Harry se dejaba caer de rodillas, cansado y sin aliento, le preguntaba:
-¿Terminaste?- con un desinterés frío e indiferente, como si estuviera hablando con un niño malcriado. Entonces Harry sentía vergüenza, pero antes de que pudiera levantarse, Draco estaba ahí para ayudarlo a levantarse.
-Ven. Tomemos una taza de té. Por suerte, no hiciste un desastre tan grande como el que piensas.
Pero Harry podía escuchar los muebles reparándose solos mientras bebían en la cocina. Draco siempre estaba listo para recoger los pedazos rotos sin hacer un gran alboroto. Lo dejaba desahogarse libremente y, sin importar las veces que discutieran, Draco siempre permanecía ahí, a su lado y, de no haber sido por él… Harry probablemente se habría vuelto loco.
Había pensado que sería así por siempre. Nunca se había detenido a pensar que algún día Draco se cansaría. Llevaban tanto tiempo juntos que Harry creyó que eso no cambiaría sin importar lo que pasara pero, aparentemente, Draco había llegado a su límite y, ¿honestamente? No podía culparlo. Era hora de que tomara su propio camino. Draco aún era joven, tenía una vida por delante.
Harry comprendía todo eso. Sabía que no podía seguir siendo una carga. Ni para él, ni para los Weasley. Entonces, ¿por qué sentía tantas ganas de poder llorar?
Draco miró el cielo y suspiró, deseando que fuera un día soleado, pero había tantas nubes que parecía que una tormenta se avecinaba. Era una pena, pensó, antes de cerrar las cortinas de golpe.
Una a una, las ventanas de la mansión fueron cerradas sin dejar que la poca luz que había afuera se filtrara y Draco supo que era momento de comenzar.
Era un conjuro difícil y necesitaba terminar poco antes de la medianoche, así que apenas terminó de dejar todo en orden, comenzó a trabajar.
Tomo la tiza roja y, alumbrándose con una vela negra, comenzó a trazar un gran circulo en el suelo del vestíbulo: era el lugar más amplio y alto de toda la mansión, destinado para banquetes y bailes, pero esta vez sólo Draco estaba ahí, y el silencio era tan abrumador que podía escuchar el eco de la tiza con cada trazo que hacía. Los elfos tenían órdenes de esperar dos días antes de poder regresar a la casa, así que esta vez estaba solo. Esta era magia muy antigua y oscura, después de todo, y ya había involucrado a muchas personas en sus problemas la última vez. Esta vez no iba a tomar ningún riesgo.
Le tomó dos horas terminar el dibujo y, para cuando estuvo listo, sus dedos estaban adoloridos y su espalda punzaba, pero aún tenía mucho que hacer. En el piso tenía listo un enorme caldero con ingredientes, pero antes de arrastrarlo hacia adentro, se encargó de dibujar un pentágono de sal alrededor de todo. Casi todo el salón estaba cubierto y cuando Draco dio un paso hacia adentro se sintió que la atmósfera comenzaba a enfriarse. Todo estaba comenzando, pensó, mirando las velas. A pesar de que llevaban tiempo ardiendo, no se habían desgastado ni un poco. Era como si la llama estuviera congelada.
Tragó en seco. No podía detenerse ahora. Estaba decidido, pero sus manos temblaban cuando encendió un fuego verde y colocó el caldero encima de él. Necesitaba preparar la poción: ajenjo, hierbas silvestres, azufre, ojos de gato, el jugo de una semilla de mandrágora, el cuerpo de un cuervo negro degollado… era magia antigua, usar muchos de esos ingredientes era tabú en el mundo mágico, pero Draco los agregó uno a uno con precisión y los mezcló lentamente, atento a cada pequeño cambio. Su varita estaba en su bolsillo, pero de nada le serviría. Esta no era una poción cualquiera, y era tan antigua que el mismo Salazar Slytherin la citaba como una invocación milenaria y prohibida, incluso para él. El suelo de la Mansión estaría para siempre maldito, pero eso ya no le preocupaba. No era la primera vez, y hacía mucho que los jardines de la mansión ya no eran fértiles y sus muros tenían un aire sombrío y demacrado. Tendía suerte si la casa no se venía abajo después de esto, pero poco le importaba. Lo único que quería era tener éxito.
Le tomó ocho horas más terminar la poción y, para cuando estuvo lista, ya era casi media noche.
Miró su reloj y, cuando el segundero se detuvo, tomó un largo aliento antes de realizar un corte profundo en la palma de su mano, siguiendo el mismo trazo de una vieja cicatriz que nunca había sanado del todo, y dejó que su sangre cayera dentro del caldero mientras pronunciaba las palabras antiguas: más viejas que el latín, con un significado tan oscuro que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta: estaba conjurando a fuerzas más antiguas que el tiempo, a seres que habían nacido junto con la maldad misma. Y, de pronto, se hizo la oscuridad. Un silencio agobiante se hizo presente antes de que una potente explosión hiciera estallar el caldero, pero el fuego no se apagó, sólo brilló con más intensidad, cubriendo toda la habitación antes de que una creatura de siete rostros y tres bocas emergiera con un gruñido bestial y amenazador.
De entre las sobras, la creatura dijo:
-Draco Malfoy, sabía que volveríamos a vernos.
Y Draco, mordiéndose el labio hasta hacerlo sangrar, asintió.
-Tengo una última petición para ti- dijo Draco, orgulloso de que su voz no temblara como la última vez.
El demonio sonrió, mostrando todos sus afilados dientes.
Afuera llovía, pero Draco no podía escuchar nada más que su corazón latiendo agitadamente dentro de su pecho.
Era hora.
A las tres treinta y tres de la madrugada, Harry se levantó de la cama sintiendo un dolor aplastante en el pecho. Algo andaba mal.
Todo el día, los Weasley le habían insistido que permaneciera en casa. Sin importar lo mucho que quisiera ir a buscar a Draco, todos le dejaron en claro que Malfoy había sido egoísta, que había escapado a sus responsabilidades, que era un malagradecido y que no merecía que Harry se preocupara tanto.
A regañadientes, Harry había aceptado quedarse luego de que Hermione prometiera mantenerlo informado si encontraba algo sobre Draco. Enviaría un grupo de Aurores para asegurarse de que estuviera bien y, a la mañana siguiente ya tendría alguna respuesta. Eso lo había tranquilizado un poco, pero aun así, no podía dormir.
Sin saber la hora, se levantó. Estaba cansado de esperar. Había decidido ir a buscarlo él mismo si era necesario, pero entonces, un dolor agobiante le golpeó en la cara. Abrió los labios, pero ningún sonido salió de ellos. Era un dolor tan grande que creía que se iba a volver loco: como si su cuerpo entero estuviera ardiendo en las llamas del infierno.
No se había dado cuenta de que estaba gritando hasta que escuchó la voz de Ron y sintió sus brazos sujetándolo con fuerza.
-¡Una manta!- decía él. -¡Tenemos que llevarlo a San Mungo!
Harry no supo qué sucedió después. Sólo era consciente del dolor… y de la oscuridad.
N.A. Ojalá les haya gustado! Lamento que los capítulos ya no sean tan largos como antes peeero... c'est la vie.
Nos leemos pronto l3
