Capítulo 17: Galletas espaciales.

Para algunas personas un domingo es sinónimo de descanso, pero para el equipo de baloncesto de la Preparatoria Azabu, este día podía ser tan productivo como los del resto de la semana.

Las jugadoras se reunieron con la entrenadora a las afueras de la preparatoria muy temprano por la mañana. Luego del calentamiento y el trote, iniciaron con las prácticas de las nuevas estrategias y jugadas con las que se enfrentarían a Shinbashi. Fue una larga jornada de entrenamiento, donde se analizó al contrincante y también se señaló en qué podía mejorar el equipo. Una jornada que fue coronada con un juego amistoso entre el equipo titular y las jugadoras de reemplazo.

Finalizado el entrenamiento, las jóvenes partieron en grupos a los vestidores.

- Así que la clase de Unazuki y Yaten armará un Maid Cafe en su salón y la de Akane, por ser de segundo año, deben realizar una presentación artística el martes. – Haruka recién había salido de la ducha y se encontraba sentada en una banca secando su cabello con un aire despreocupado. La rubia se robaba varias miradas curiosas de sus compañeras, también uno que otro suspiro. Su encanto era irresistible. – Suena a que será un festival deportivo interesante el de este año. -

- ¡Se te olvida un detalle importante! Nosotras usaremos orejas de animales en nuestro Maid Cafe. – Reveló Unazuki a las chicas. – Eso es algo poco visto. –

La capitana entonces apuntó en dirección a Yaten, que en esos momentos peinaba su cabello.

- ¿Tú también deberás hacer eso? – Preguntó a la otra joven.

- Sí, no me lo recuerdes. – Para Yaten era una verdadera pesadilla. ¿Usar un traje de sirvienta y orejas peludas? Una total locura. – Estoy pensando seriamente en cambiarme de clase. -

La rubia soltó una carcajada. La reacción de Yaten era obvia, prevista, pero seguía siendo divertido para ella.

- ¿Y qué hará tu clase, Haruka? – Sintió curiosidad Akane. – Los de tercer año deben montar un puesto de comida, ¿verdad? –

Haruka asintió a lo dicho.

– Creo que se decidieron por un puesto de Yakisoba. De todas formas, yo no participaré. No soy precisamente buena cocinando. – La verdad es que era un desastre en la cocina. – Así que me limité a inscribirme en un montón de competencias. Ese es mi fuerte. -

La conversación entre las chicas cesó momentáneamente debido a la aparición de Makoto en los vestidores. No es que no desearan hablar con ella, todo lo contrario, deseaban enterarse hasta del más mínimo detalle sobre la exposición del salón de la castaña. Sin embargo, Makoto llegó hasta el lugar, fue directamente en busca de su bolso y luego de soltar un rápido "adiós", pensó en marcharse.

Solo lo pensó, pues Haruka fue enseguida tras ella, interceptando a Makoto justo en la puerta.

- ¿A dónde crees que vas? – Cuestionó la rubia luego de rodear los hombros de la otra chica con unos de sus brazos. – ¿No se te olvida algo importante? –

Makoto sabía perfectamente a lo que se refería Haruka.

- Sé que debo ducharme y cambiarme ropa, pero pensaba hacerlo en mi hogar. – Comentó a su amiga luego de quitársela de encima. – La verdad es que estoy con el tiempo en contra, así que debería irme ya… -

- ¿Por qué tanta prisa? –

Haruka se percató del rubor que se apoderó de las facciones de Makoto.

- Es que hoy quedé de juntarme con Ami en su hogar. – La castaña estaba evitando la mirada de la rubia mientras balbuceaba su respuesta. – Quiero llegar a tiempo y verme bien. Es la primera vez que voy, así que estoy algo nerviosa. – Algo que se le notaba mucho a Makoto cuando le ocurría, como ahora. – Pero solo la iré a ayudar con la preparación de unas galletas. Son para la exposición de su clase, así que son importantes para ella. –

La rubia contempló por algunos segundos a Makoto en silencio, luego una sonrisa maliciosa apareció en su rostro.

- ¡Ya veo! Así que mi pequeña Koto irá a visitar a su chica. – Asintió Haruka, finalmente comprendiendo todo. – Dime, ¿van a estar solas? Ese sería el escenario apropiado para un be… -

Makoto no podía estar más roja simplemente porque no podía juntarse más sangre en su rostro o moriría.

- ¡No sé para qué te conté esto! – La rubia siempre hallaba una forma para fastidiarla. Era como su pasatiempo favorito, uno que Makoto absolutamente odiaba. – Eres una gran tonta. – La chica se giró y partió lejos de los vestidores sin voltear a ver a la rubia. Estaba realmente indignada. - ¡Una no puede ser seria contigo…! –

- ¡Koto! –

La castaña se detuvo, y sin muchos deseos, se volvió en dirección a Haruka. La capitana vino y se acercó con calma hasta llegar frente a su amiga.

- Solo era una broma. – La joven posó una mano sobre el cabello de Makoto, pero en vez de desordenarlo con violencia como a menudo hace, esta vez le entregó unas palmadas cariñosas en su cabeza. - ¿Sabes? Pásalo bien hoy y no te preocupes tanto. Solo sé tú misma. –

Makoto aún parecía molesta y continuaba evitando la mirada de Haruka, pero su actuación se derrumbó al ver que esta vez la otra chica hablaba finalmente en serio. Con una sonrisa traviesa, entregó un suave golpe en uno de los hombros de la rubia. Nada agresivo. Era su forma de agradecer a las palabras de Haruka en silencio.


Luego de un viaje de media hora aproximadamente, el autobús se detuvo en el paradero y Makoto se bajó allí, no sin antes agradecer al chofer. Desde aquel punto en específico, solo tenía que caminar una cuadra para llegar al hogar de Ami.

En el vecindario donde vivía la peliazul abundaban casas despampanantes y autos de último modelo. Se trataba de un barrio acomodado después de todo. Pero Ami no tenía nada que envidiar a sus vecinos, pues su propio hogar parecía un palacio. ¡Era enorme! Con una preciosa fachada y adorable antejardín, como sacada de una película extranjera. Makoto solo conocía el exterior, pero estaba impaciente por descubrir cómo era el interior.

- Aunque me pone nerviosa la idea de que hoy pueda conocer a la madre de Ami. – Esta particular idea le provocaba un dolor permanente de estómago. Era un acontecimiento importante para Makoto y quería entregar una buena primera impresión a la señora Mizuno. – ¡Vamos, sé valiente! ¡Sé tú misma y todo irá bien!

Makoto finalmente se armó de valor para tocar el timbre. Planeaba apartar de su mente todas aquellas ideas que pudieran alterar sus nervios y las reemplazaría con pensamientos positivos. También se dio el tiempo de sacudir sus jeans negros y arregló por última vez su remera favorita. La castaña creía que le daba suerte, por tal razón la traía puesta. En el bolso que colgaba de uno de sus hombros recordó empacar un suéter. Uno no podía confiarse mucho del otoño, pues este siempre podía traicionarte con temperaturas gélidas naturales del invierno.

- ¿Guardé mi delantal para cocinar antes de salir? No puedo preparar galletas si no lo… -

- ¡Mako, justo a la hora! –

La mente de Makoto se fue a blanco por completo. Frente a ella, recibiéndola en la puerta, estaba la chica más bella del planeta. Una peliazul de cándida sonrisa y ojos risueños, usando un vestido violeta de tirantes sobre una blusa blanca de cuello alto. Lucía preciosa. Ami era simplemente divina.

- ¡Qué gusto me da verte, Ami! – Makoto saludó a la otra chica con un gran abrazo.

- A mí me da gusto ver que pudiste ubicarte y llegar bien hasta acá. – La dueña de casa se apartó de la entrada. – Adelante, estaba esperando ansiosa por tu llegada. –

Así hizo la jugadora, pero a los dos pasos de haber ingresado, tuvo que detenerse para apreciar el lugar.

Su imaginación había quedado corta esta vez. Makoto no podía dar crédito a lo que sus ojos contemplaban a su alrededor, pues era como estar dentro de una verdadera mansión. Cada detalle, cada arreglo, cada rincón; era perfecto, hermoso y reluciente. Era una casa increíble.

La castaña tuvo que recuperarse rápido de su impresión, pues se vio obligada de seguir a Ami hasta la cocina, lugar donde harían todo el trabajo. Pero fue allí donde perdió la cordura. Sintió que murió y renació, todo en un instante, pues acababa de entrar a la cocina de sus sueños.

- Gracias por venir, Mako. Realmente no tenía idea de cómo hacer las galletas para la exposición. Supongo que fue muy imprudente de mi parte ofrecerme para llevarlas… - Ami encontró a la otra chica mirando ensimismada cada cosa con la que se topaba. - ¿Está todo bien, Mako? –

- Es bellísima. –

- ¿La cocina? – Su amiga asintió y la peliazul no pudo más que sonreír a su entusiasmada reacción.

Era de esperarse que alguien como Makoto, con una pasión indescriptible por la gastronomía, se sintiera emocionada de cocinar en un lugar como este. Ami personalmente no daba mucho uso a la cocina, pero estaba segura de que su amiga iba a disfrutar trabajando hoy aquí.

- Como puedes ver, ya compré los ingredientes. Quería tener todo listo para que así nos concentráramos únicamente en preparar las galletas. –

Sobre una de las superficies Makoto se encontró con todo lo que le había recomendado comprar a Ami. Eran de los mejores productos, aquellos de mayor calidad y sabor. Seguramente la peliazul pasó toda la mañana buscando lo que ella había escrito en la lista que le entregó.

- Realmente quieres que estas galletas queden perfectas, ¿verdad? –

- Es lo que más quiero. – Así todos iban a disfrutar comiéndolas. – Y sé que resultarán perfectas, pues tú me ayudarás a prepararlas. –

Makoto sonrió mientras un delicado rubor cubría sus mejillas.

- ¿Entonces qué estamos esperando? – Cuestionó la castaña al ver que simplemente conversaban y nada hacían. - ¡Pongamos manos a la obra! –

- ¡A preparar galletas! – Se le unió en seguida Ami.

Lo primero que hicieron las chicas fue buscar y disponer sobre un mueble todos los utensilios que iban a utilizar para cocinar. Naturalmente decidieron dividir las tareas entre las dos, dejando las más complicadas para Makoto, la experta en la materia. Ami no tendría que preocuparse de cometer un error, pues la castaña le cedió gentilmente su libreta de recetas para que ella la tuviera siempre a su lado.

- ¿Hanako Kino? – Leyó la peliazul el nombre que aparecía en la primera página del recetario.

- Ese es el nombre de mi madre. – Dijo Makoto mientras se ponía su delantal. – La libreta era de ella. Luego, cuando yo tomé interés por la cocina, me la regaló. –

Entonces esta debía ser una posesión muy preciada para Makoto. Después de todo, era un recuerdo de su madre.

- Me está confiando algo muy importante. – Ami conocía la historia de aquella tragedia que marcó la infancia de su amiga. Sabía que cada recuerdo de su madre y padre eran valiosos para Makoto. – Debo cuidar que nada le ocurra a esta libreta mientas la use.

Manos limpias, delantales puestos, utensilios e ingredientes en orden; todo estaba listo para comenzar a preparar las galletas. En total planeaban hornear tres bandejas y decorar. Había bastante que hacer, pero tenían tiempo suficiente. Y si las cosas salían como las tenían planeadas, el tiempo hasta les sobraría.

- ¿Shinbashi o Azabu? –

- Esa pregunta no es necesaria, Mako. – Respondió la peliazul mientras integraba algunos ingredientes en un recipiente. – Obviamente ganará Azabu. –

- ¡Arriba Azabu! – Vitoreó la castaña. – ¡Estoy tan emocionada por el juego! –

- Es la final, es normal estar emocionada. – Hasta Ami estaba ansiosa por el gran juego. – Apuesto que han estado entrenando mucho. –

- Muchísimo. – Tanto que luego, cuando Makoto se relajaba, sus músculos dolían. Aunque quizás solo era ella, que se quedaba entrenando después de acabada la práctica. - Supongo que ese día irás a ver el juego, ¿verdad? –

- No me lo perdería por nada del mundo. – El equipo, su amiga también, agradecerían el apoyo.

La plática de vez en cuando resurgía entre las dos, siempre iniciada por Makoto. Aunque era algo extraño, pues la castaña se sentía presionada a hacerlo. La mayoría de las veces lo hacía para acabar con el silencio que colgaba en la habitación. En todo el lugar. El que acogía completamente este hogar. Un silencio que no era cómodo, no como ese que comparten Ami y ella cuando almuerzan juntas en la enfermería, uno que es acompañado de paz. Este era un silencio pesado, molesto.

- ¿Tu madre está trabajando? –

Makoto quería ser sutil con sus preguntas. Deseaba saciar su curiosidad, pero tenía miedo de que algo que dijera terminara molestando a su amiga.

- Sí, ella está cumpliendo con turnos completos los fines de semana. Están sufriendo una severa falta de personal en el hospital. – Por tal razón Ami se encontraba sola en casa. – Me preocupa un poco, pues ella llega agotada del trabajo. –

Nuevamente todo quedaba en ensordecedor silencio.

Makoto esta vez no pensó, simplemente habló. - ¿Y no te siente sola acá? –

Este silencio nacía de la soledad. Era un lugar muy espacioso para una persona. Una joven que solía pasar sus mañanas, tardes u noches sin la compañía de otra persona. Alguien que se había acostumbrado a este silencio y que, por tal razón, nunca le había molestado.

- La mayoría del tiempo estoy sola en casa. Antes me asustaba un poco no tener a alguien conmigo, pero con los años aprendí a cuidar de mí y ser más independiente. – No obstante, algo había cambiado en el último tiempo. Algo importante sucedió en su vida. - ¿Sabes? Es raro, pero creí que estaba acostumbrada a esto. Sin embargo, hace poco fui consciente de mi propia soledad, algo que antes lograba ignorar. –

- ¿Cómo es eso? ¿Acaso no notabas que estabas sola? –

- Es que me mantenía ocupada en diversas cosas. – Ami leía, escribía, estudiaba, hacía de todo para ignorar este hecho. – Ahora, mi tiempo y actividades normalmente incluyen a alguien más. Por eso, cuando estoy acá sola, siento que extraño esa compañía. –

Makoto había ocurrido, ella la acompañaba y la ayudaba a olvidar esa soledad a la que se había acostumbrado. Ella había sido el cambio.

- Yo solía sentirme así luego de perder a mis padres. – Fueron tiempos oscuros para la castaña. Por suerte, ella encontró la compañía que necesitaba en el momento oportuno. – Y puede que algunas veces me sienta solitaria en mi departamento, pero cuando eso ocurre, siempre trato de animarme con algo de música. –

- ¿En serio? ¿Algún género en especial? – Ami sabía por diversos estudios e investigaciones que la música podía usarse de forma terapéutica. Era interesante saber que Makoto le daba esa utilidad.

- La verdad es que no tengo ningún género favorito. – Reconoció la castaña. – Simplemente escucho aquellas canciones que más me gustan. –

Entonces una idea surgió en Ami gracias a esta conversación.

- Hay un estéreo en el salón que tiene conexión a bluetooth. ¿Por qué no pones algo de música para amenizar el ambiente? –

- ¿Desde mi teléfono? ¿Quieres escuchar mi música? –

- ¡Claro, será divertido! – La peliazul, así como su amiga, no tenía un género de música que disfrutara en especial. Para ella cada creación musical tenía se propio encanto. - ¿Sabes cómo conectar tu teléfono? –

- ¡Por supuesto! – Makoto partió contenta en busca del salón y del susodicho estéreo. - ¡Espera un poco y la música estará desbordando por las ventanas de esta casa! –

El enérgico espíritu de Makoto resonaba en Ami, contagiándola de alegría y entusiasmo. Cuando las movidas notas de un pop ochentero comenzaron a sonar y su amiga apareció bailando de regreso por la cocina, algo volvió a cambiar. Estos cuartos, estas murallas, este suelo y techo, todo volvió a sentirse como un verdadero hogar.


Lo primero que llamó la atención de Saeko cuando giró la llave y abrió la puerta fue la música que fluyó desde el salón y llegó hasta sus oídos.

- ¿Cuándo comenzó Ami a escuchar música en el salón? – Quizás era un nuevo pasatiempo de su hija. – No sabía que le gustara el blues. –

Lo siguiente que notó fue el par extra de zapatos acompañando a los de Ami en la entrada. Eran bastante más grande que los de la peliazul. Tercero, faltaban unas pantuflas para visitas. No las de Setsuna, esas estaban marcadas. Tampoco las que Satoshi, padre de Ami, utiliza cuando la viene a visitar. Esas que guardaban polvo y estaban olvidadas en un rincón.

- Visitas. - ¿De quién se podía tratar? – Hace tiempo que no teníamos visitas.

El aroma de galletas recién horneadas fue la cuarta pista de Saeko. La mujer siguió el agradable olor que provenía desde la cocina, allí encontró tres bandejas repletas con dulces y crujientes galletas. Las formas y decoraciones variaban, pero la temática era clara.

- Son las galletas que Ami debe llevar mañana para la exposición de su clase. – Aún recordaba lo que le había comentado su hija al respecto. Exposición sobre el universo, festival deportivo, lunes. Sí, recordaba algo. – No las compró, de eso estoy segura. Estas galletas fueron hechas hace muy poco. –

Y, por último, una voz. Alguien que Saeko no pudo reconocer.

- Mañana estaré esperando a que pases por mi salón. – Escuchó decir a una voz madura. Era femenina, se trataba de otra chica. – Recuerda que estaré usando el disfraz de oso. Si ves uno acercarse a ti, no te asustes, soy yo. – Hubo una pausa que Saeko aprovechó para avanzar desde la cocina hasta el salón. - Claro, eso solo aplica en la preparatoria. Si te ocurre en un bosque, eso ya es peligroso. –

Pudo escuchar la risa de Ami, la observó desde la entrada al salón divirtiéndose junto a otra joven. Para la mujer esta chica solo podía ser una persona, alguien muy especial para su hija.

- Tú debes ser Makoto Kino, ¿o me equivoco? –

La nueva voz que se unió a la conversación resultó familiar para una de las chicas.

- ¿Mamá? – Ami estaba tan sorprendida como confundida de ver a su madre presente en el salón. - ¿Qué haces acá? ¿No tenías que trabajar un turno completo? –

Makoto sintió un terrible escalofrío recorrer su columna y los retorcijones de su estómago volvieron mágicamente, pero esta vez peores.

¿La madre de Ami? ¿Esta era Saeko Mizuno? ¿Esta mujer que ahora mismo recibía y respondía con mucho afecto al abrazo de su amiga?

¡Tenía a la mamá de Ami frente a ella!

- ¿Y bien? ¿Es ella quien creo que es? – Preguntó la mujer a su hija luego del saludo que compartieron.

La peliazul bajó el volumen de la música y después ofreció una mano a la otra chica para que se pusiera de pie. La llevó frente a su madre para presentarla.

- Mamá, ella es Makoto, de quien tanto he hablado, mi amiga. – Ami volteó a ver a la castaña. – Mako, quiero que conozcas a mi mamá, Saeko Mizuno. –

¡Acababa de ser presentada a la madre de Ami! ¡Y la mujer estaba ofreciendo su mano para ser estrechada!

- ¡Rápido, reacciona, muévete! – Se obligó mentalmente Makoto.

En vez de dar la mano a Saeko, la joven ofreció una reverencia y se quedó con la cabeza agachada por más tiempo del necesario. Fue algo torpe realmente. Pero cuando se levantó, Makoto encontró a Saeko sonriéndole de forma amigable.

No era como se la había imaginado. Era mejor, lo cual estaba bien. Ami se parecía a ella bastante.

- Es un enorme honor poder conocerla finalmente señora Mizuno. – Habló Makoto posteriormente al saludo, derrochando formalidad.

- El honor es mío, Makoto. – Dijo Saeko con gran dicha. – Pensar que hoy conocería a la mejor amiga de mi hija. ¡Qué agradable sorpresa! –

La peliazul se quedó viendo extrañada a su madre.

- ¿Acaso olvidaste lo que te comenté ayer, mamá? Te dije que hoy Mako vendría a ayudarme con las galletas. – Se lo contó mientras hablaban por teléfono.

- ¿En serio? Tuve que haberlo olvidado, querida. Disculpa. – Con todo el trabajo en el hospital y las responsabilidades que debía cumplir, algunas veces la mujer olvidaba ciertas cosas. – Pero me alegra saber que tienes una maravillosa amiga que está dispuesta a ayudarte en todo. Muchas gracias por tu gentileza, Makoto… –

El ruido que provino del estómago de la castaña la dejó en evidencia frente a madre e hija, quienes se quedaron viendo la una a la otra y en seguida voltearon a observar preocupadas a la invitada.

La castaña agachó la mirada sintiéndose apenada.

- Disculpen. – Makoto trataba de esconder su rostro enrojecido. – Esto es muy vergonzoso, pero hoy no almorcé… -

- ¿No almorzaste hoy? – Exclamó Ami afligida. - ¡Y yo no te he ofrecido nada desde que llegaste! – La peliazul había olvidado completamente aquel detalle. ¿Qué clase de amiga era? Makoto seguramente se estaba muriendo de hambre. – La que debe pedir disculpas soy yo. No puedo creer que haya sido tan descuidada. –

- No es tu responsabilidad alimentarme, Ami. -

- Pero de todas formas es parte de ser cortés y una buena persona. – Ella se sentía como la villana más malvada del planeta. – Y tú viniste a ayudarme, es lo mínimo que debo hacer… -

- ¡Bien, tranquilas ambas! Todo está resuelto. – Saeko alzó la voz para calmar los ánimos. La mayor se había apartado por un momento de la conversación para realizar un rápido llamado telefónico. – ¿Qué tal si me ayudan a poner los servicios en la mesa? Acabo de ordenar comida y llegará en media hora. Es de un restaurante tailandés, ¿les apetece? -

Saeko había resuelto todo el dilema de la comida en un par de minutos.

- ¡Por supuesto! – Asintieron al unísono Ami y Makoto.

La música acompañó de fondo a la mayor y las dos jóvenes en lo que alistaban todo para la improvisada cena que se gestó en el hogar. Makoto de vez en cuando se detenía y apreciaba a ambas, madre e hija, interactuar entre risas. El ligero peso de una nostalgia desconocida acogió su pecho por un momento, pero lentamente se esfumó. Makoto decidió apreciar este momento, no deprimirse debido a lo que evocaba en su memoria.

Esto se sentía como estar en familia.


- ¡Hoy fue un día maravilloso! –

Makoto había llegado sana y salva a su hogar. Luego de una grata cena en compañía de Ami y la señora Saeko, ella agradeció por la cordialidad ambas. Lamentablemente tuvo que irse al poco rato, pues se le estaba haciendo tarde y no quería perder el último autobús. Se despidió de ambas, recibió un gran abrazo y el agradecimiento de Ami, y luego partió por el mismo camino que usó para llegar.

Ahora estaba tendida en la cama usando su pijama más cómodo. Kuma, su oso de peluche, yacía descansando entre los varios cojines y almohadas que componían el lugar donde Makoto dormía. La castaña se lo quedó viendo con una sonrisa cansada. Los párpados ligeramente se le cerraban, pero ella luchaba para mantenerse despierta. Pese a que estaba agotada, algo no le permitía dormir, una especie de inquietud.

- ¿Qué se me está olvidando, Kuma? – Preguntó la chica al peluche. – Siento que debía hacer algo, pero no recuerdo… -

Oso de peluche.

- ¡No puede ser! – De un salto, Makoto se levantó de la cama y comenzó a correr de un lado a otro por su departamento buscando los materiales que de forma urgente necesitaba. - ¡Olvidé crear el peluche para la exposición de mañana! –

No solo eso, también había olvidado hacer el lienzo para su salón y el hecho de que debía arreglar el disfraz que ella planeaba usar.

- ¡¿Cómo pude ser tan olvidadiza?! –

Sí, había sido un día maravilloso. La noche, sin embargo, sería larga y tediosa para Makoto.


Este capítulo inicialmente sería estrictamente romántico, pero terminó siendo más bien emotivo en ciertas partes. Meh. El resultado me agradó igualmente.

Muchas gracias por sus reviews. ¡Suerte!