Capítulo 22: Su mayor sueño.

Cuando era pequeña, existía un día de la semana el cual Makoto se apresuraba por llegar a casa después de las clases, que almorzaba con apuro, buscaba sus cuadernos y hacía sus deberes sin que su madre se lo ordenara, aquel día en que ella encendía el televisor a cierta hora, un horario que se había memorizado, y sintonizaba el mismo canal de siempre, ese donde transmitían los juegos de su equipo favorito de baloncesto.

Makoto disfrutaba de los encuentros, no se perdía ni uno. Se sentaba sobre un cojín que su mamá confeccionó especialmente para estas ocasiones, uno adornado con el emblema del equipo de sus amores.

Ella celebraba cuando su equipo encestaba una canasta, se molestaba si les marcaban puntos en contra o si cometían alguna falta. Y le encantaba imitar a los jugadores cada vez que se realizaba un tiro libre. Más de una vez la descubrieron lanzando objetos al cesto de basura que había allí en el salón cuando emulaba las proezas de los deportistas que aparecían en la televisión.

Cuando el equipo favorito de Makoto ganaba, ella le pedía a su mamá que preparara una cena deliciosa para celebrar. Si perdían, igual la pedía, pero esta vez con la excusa de que era para pasar las penas.

Tal era su fanatismo y fascinación, que en su cumpleaños número seis, Makoto pidió como regalo una camiseta de su equipo favorito. Hanako y Yoshiro, madre y padre de Makoto, la sorprendieron aquel día especial con un equipo completo de baloncesto de su talla. No fue sorpresa para ellos que la niña decidiera dormir esa noche vestida con su nueva tenida favorita.

Una prenda que amó, atesoró y cuidó por el par de meses que le duró; pues en un abrir y cerrar de ojos, Makoto creció y su tenida le quedó pequeña.

Su llanto desconsolado duró días, hasta que una tarde, su padre volvió del trabajo cargando una camiseta enorme. Esta vez era una talla para adulto, que le quedó como un vestido a Makoto cuando se la probó. Pero a la niña eso poco le importo. Ahora esta camiseta le duraría incluso más.

Su habitación pronto se pintó con los colores característicos de su amado equipo, afiches pegados en las murallas y banderines en cada rincón donde posaras tus ojos. Cada vez que venían visitas a la casa, Makoto les daba a todos un tour por su habitación, a quienes les presentaba su más preciada posesión: un álbum lleno de recortes de sus jugadores y jugadoras favoritos. Ese álbum en el cual trabajaban cada día ella y su papá, ese que ella guardaba en un baúl con candado.

- ¿Cuántos puntos llevan, Mako? – Le preguntaba su papá cada vez que la encontraba frente al televisor, siguiendo concentrada alguna jugada.

- Llevan un tres y un siete. – Makoto aún no aprendía a reconocer números superiores a veinte, pero se esforzaba por informar a su papá del buen rendimiento de su equipo favorito.

- Ese es un treinta y siete. –

- ¡Treinta y siete! – Repetía la niña. - ¡Y ellos van ganando! –

Entonces a Makoto la levantaban del suelo, y mientras reía, su papá le daba vueltas en el aire, sosteniéndola sobre su cabeza.

- ¡Pero no contaban con que mi pequeña Mako entraría al juego y anotaría cien puntos ella sola! – Yoshiro amaba la risa de su hija. Cada vez que la oír reír, él sentía que ganaba un año más de vida.

Siempre que se divertían juntos, Hanako dejaba lo que estaba haciendo y los observaba. Adoraba ver a su esposo jugar con Makoto.

- ¿Cien puntos? – Cuestionó ella desde la entrada a la cocina. Ese día estaba preparando un delicioso tiramisú para disfrutar después de la cena.

- ¿Crees que exageré? – Yoshiro ahora estaba cargando a Makoto en su espalda.

Hanako negó con la cabeza, sonriendo.

- No, yo creo que Mako será capaz de anotar hasta trescientos puntos en un solo juego. – La mujer le arregló el flequillo a su hija, corriendo unos cuantos cabellos molestos que cubrían sus preciosos ojos. - ¿Verdad que sí, Mako? –

- ¡Sí, tricientos puntos! –

Mamá y papá rieron, para luego corregir a la niña y enseñarle la forma correcta de decir esa palabra.

Le enseñaron también a seguir sus sueños, a esforzarse por cumplir lo que más deseaba, sin vacilar y sin detenerse.

Makoto soñó, entonces, con llegar a ser una gran jugadora de baloncesto. Ella, algún día, quería ser como todos esos jugadores que solía ver en televisión. Soñaba con impresionar al público con asombrosas jugadas, enfrentarse a los más talentosos deportistas y ganar una multitud de trofeos y medallas.

Por supuesto, ella recibió todo el apoyo de su padre y madre. Ellos siempre tuvieron la certeza de que Makoto llegaría muy lejos.

- Cuando esté viejo, veré orgulloso a mi Mako jugar baloncesto en ligas extranjeras, codeándose con jugadoras de talla mundial. – Solía decir su papá. – Mi niña será la mejor de todo el planeta. –

- ¡La mejor del universo! – Siempre le corregía la pequeña.

- ¿Ves, Yoshiro? Le tendremos que comprar una nave espacial para cuando tenga que jugar fuera del planeta. – Bromeaba su madre cada vez que podía. – Y la tendremos que acompañar a todos esos lugares lejanos del espacio. –

La mayor sorpresa que recibió Makoto fue cuando la inscribieron en un equipo infantil de baloncesto que se había formado hace poco. La niña no se lo pudo creer hasta el primer día de práctica, cuando su mamá y papá la acompañaron una tarde hasta un gimnasio cercano a casa, donde fue recibida por su nuevo entrenador y un grupo de niños, quienes se convirtieron en sus compañeros de equipo.

Allí conoció amigos nuevos, se divertía practicando el deporte que más le gustaba, se esforzaba y daba esos primeros pasos en este sueño que ella poseía.

Solo duró cuatro meses en aquel equipo.

Makoto dejó de ir a las prácticas, olvidó a los amigos que había hecho, tiró a la basura su camiseta favorita y dejó de ver los juegos de baloncesto por la televisión. Siendo tan pequeña, su vida perdió todo sentido. Su sueño se vio truncado, pues las personas más importantes para ella, ya no podrían ser partícipes de él.

- Nunca bajes tus brazos, Mako. - Aún recordaba sus voces. - Tú serás una gran jugadora algún día.

Luego de años, Makoto encontró nuevamente un motivo para avanzar en la vida. Ella retomó su olvidado sueño, pues el amor por el deporte aún existía en su corazón. Prometió, en aquel entonces, que nunca más volvería a bajar los brazos.

- ¿Por qué tan pensativa, Makoto? –

Sí, se quedó un rato sentada en la banca, recordando aquellos bellos días cuando tenía a sus padres junto a ella. Parece ser que su quietud preocupó a la entrenadora Luna.

- ¿Todo bien? – Preguntó la mujer, acercándose y tomando asiento junto a la joven.

- Sí, todo bien. – La castaña sostenía en una mano una botella con agua. Le puso el seguro, y comenzó a jugar con ella dándole vueltas, tratando de olvidar la melancolía que la acogió por momentos. – Solo quería tomar un descanso antes de comenzar mi tiempo extra de entrenamiento. –

- Sobre eso, creo que hoy no podrás quedarte entrenando, Makoto. – Lamentó comunicar la mujer. – Tengo cita con el médico. –

- ¿Va a ir al médico? – La joven se alarmó.

¡Estas eran terribles noticias! No quería que nada malo le ocurriera a la entrenadora Luna. Podía ser muy estricta, pero Makoto la apreciaba muchísimo.

- ¿Se trata de algo grave? Dígame que estará bien, por favor. –

Luna sonrió, conmovida por la preocupación que mostraba la chica.

- No, tranquila, se trata de un simple chequeo. – Comentó Luna. – Son nauseas, nada de otro mundo. Sospecho que fue algo que comí y me sentó mal al estómago. –

Makoto posó una mano sobre su pecho y suspiró aliviada.

- Me alegra escuchar eso. – Vaya que se había preocupado. - ¿Pero por qué no puedo entrenar aquí? No es como si tuviera planeado destrozar el lugar o hacer una fiesta. -

- La cosa es que, si no estoy presente en las instalaciones de la preparatoria, no tienes permitido utilizar el gimnasio. – La mujer creía que esta era una regla tonta que restringía a las jugadoras del equipo. En una futura reunión con el director tenía pensado comentarle sobre esto, para que se pudiera realizar algún cambio al reglamento. – Además, entiendo que desees practicar, pero yo te recomendaría no esforzarte en exceso. Quiero evitar cualquier desgaste que pueda terminar en una lesión. – La final estaba a la vuelta de la esquina y Luna necesitaba que sus jugadoras estuvieran en óptimas condiciones.

Sí, el fantasma de las lesiones. Incontable es la cantidad de deportistas que se han perdido la oportunidad de protagonizar una final por culpa de una lesión.

A cualquiera le podía ocurrir, Makoto lo sabía. Comprendía la postura de su entrenadora, quien solo quería lo mejor para ella y la estaba aconsejando de buen corazón. Además, no podía olvidar la promesa que le hizo a Ami, esa sobre no exigirse más de la cuenta.

Pero ella quería, aunque sea, entrenar una media hora más. Esos tiros de larga distancia los tenía que pulir hasta la perfección.

- Pero si tanta es la desesperación, ¿por qué no buscas una cancha pública y practicas un rato allí? – Luna buscó un llavero en el bolso que colgaba de su hombro y se lo lanzó a la castaña. Eran las llaves del cuarto de almacenamiento. – Eso sí, no quiero enterarme al otro día que te hallaron desmayada en una cancha pública, ¿sí? Tómate esto con calma. –

Luna le dio unas cuantas palmadas a Makoto en la cabeza y se levantó de la banca, marchando hacia la salida del gimnasio.

- ¡Guarda bien esos balones! – Pidió la mujer a la jugadora. – ¡Esperaré por esas llaves en el estacionamiento, tú conoces mi auto! -

- ¿El auto del maestro Artemis? - Makoto la había visto en más de una ocasión bajarse de ese auto.

Bueno, la entrenadora estaba casada con él, era normal que viajaran en el mismo carro.

- ¡Ese mismo! - Sin ver atrás, Luna hizo unas señas con una mano, despidiéndose de su pupila.


Pasó el balón entre sus piernas, un truco básico, cambiando repentinamente de dirección. Avanzó a gran velocidad hacia el tablero, su mirada clavada en el aro, botando con destreza el esférico. El único ruido que se oía en el lugar era el de las suelas de su calzado haciendo fricción contra el suelo y el del balón cuando chocaba con este mismo.

Makoto se detuvo en seco justo sobre la línea de tres puntos, desde donde realizó un lanzamiento perfectamente ejecutado que resultó en una espléndida canasta.

- ¡Eso estuvo fantástico! – Animados aplausos siguieron aquellas palabras.

Acabado el entrenamiento, y resignada a que no podría ocupar a solas el gimnasio para su tiempo extra de práctica, Makoto partió corriendo por los corredores de la preparatoria en busca de Ami. La halló en la enfermería, donde se quedó un rato charlando con ella y la enfermera Meio. Después, viendo el reloj, decidieron regresar juntas a sus hogares.

Fue en medio del camino que la castaña le comentó a su amiga que hoy planeaba desviarse del camino y tomar otra ruta, una que la llevaría hasta una cancha comunitaria cercana. Ami, quien no tenía mucho que hacer ese día, se ofreció a acompañarla al lugar. Obviamente Makoto aceptó, pues la compañía de su querida peliazul era siempre bien recibida.

- ¿Te sientes bien? – Preguntó Ami luego de un rato.

La castaña la miró de reojo y arqueó una ceja, mientras bebía agua de su botella.

- Es que te noto extraña. Además, estás muy callada. –

- Vaya, no sabía que era parlanchina. – Bromeó Makoto.

- ¡No es eso! Es solo que… - La peliazul desvió su mirada, sonrojada. – No estoy molestándote, ¿verdad? ¿Querías estar sola? ¿O acaso dije algo…? –

Makoto sonrió a la otra joven y negó con su cabeza, lo cual brindó algo de calma a Ami.

- Hoy me puse a recordar a mis padres, solo es eso. – Reveló la castaña, un tono serio y facciones neutras reflejadas en su rostro. – Cuando los perdí, dejé de lado el baloncesto. Me olvidé del amor que sentía por este deporte. Ya no quería saber más sobre el tema, pues me recordaba a ellos. – Y cuando recordaba a sus padres, una pequeña Makoto sufría a causa de su prematura partida. – ¿Sabes qué es diferente ahora? –

Ami negó, interesada en continuar escuchando a su amiga.

- Ahora siento que, jugando, estoy más cerca de ellos. Que desde donde están, me observan y apoyan. – Que evitar y negarse a los recuerdos de ellos más daño le hizo. No los debía olvidar. Ella los debía tener siempre en su corazón. – Y que están felices de que yo siga jugando baloncesto. -

Makoto sintió el contacto de una de las manos de Ami, que tímidamente sostuvo la de la castaña y le entregó un suave apretón.

- Así que no te preocupes, me gusta tenerte acá. – Aclaró la castaña, jugando con la mano de la otra chica, sacudiéndola de un lado a otro. – Eres mi compañera especial de entrenamiento. – Dijo Makoto con una gran sonrisa.

- Pero una compañera de entrenamiento por lo menos estaría jugando contigo, haciendo algo. – Repuso la peliazul. – Yo solo estoy aquí, sentada. Y tenía planeado leer unas páginas de este libro, pero ni eso he hecho. – Mismo libro que Ami tenía sobre sus piernas, cerrado y olvidado.

Makoto se puso de pie y fue en busca del balón que dejó en el campo. Regresando con él, se agachó frente a Ami y le extendió el balón en su dirección, entregándolo en las manos de su amiga.

- ¡Entonces cambiemos eso! – Exclamó la castaña. - ¡Juguemos baloncesto! –

Ami apartó su libro, guardándolo en su bolso. Sonriente, se levantó de su puesto, abrazando con fuerza el balón.

- ¡Juguemos! – Respondió con el mismo entusiasmo de la jugadora.

Lo que aconteció a continuación no fue un juego serio realmente. Más bien, fue un momento que Ami y Makoto aprovecharon para divertirse y relajarse. Entre bromas, jugarretas y risas, la peliazul con torpeza botaba el balón, perdiéndolo en más de una ocasión debido a que no lo lograba controlar. La castaña, adoptando una posición defensiva, se plantaba frente a la otra chica y no le permitía avanzar. Tomándola desprevenida, Makoto le robaba el esférico con suma facilidad y lo ponía a girar sobre un dedo.

- Esto es inútil. – Se quejó Ami, frustrada por perder tantas veces la posesión. – Eres muy buena defendiendo. –

- Si no puedes atravesar la defensa, tira desde afuera. – Aconsejó la jugadora, devolviendo el balón a su amiga.

Siguiendo la sugerencia, Ami levantó los brazos y lanzó con todas sus fuerzas el esférico. Este lamentablemente se fue muy desviado, rebotó en el tablero y cayó al suelo.

- Creo que lo mío es más el nado. – Rio la peliazul.

Makoto se acercó a ella con el balón y se lo regresó. Lo siguiente que hizo fue pararse detrás de ella y sostuvo sus manos, mostrándole de qué forma y en qué posición las debía poner.

- También debes flexionar tus rodillas, pero solo un poco. – Indicó la castaña.

Su cercanía, sin embargo, estaba causando estragos en la concentración de la otra chica. Ami no pudo evitar girar ligeramente su cabeza y contemplar a Makoto, ignorando el hecho de que su amiga le acababa de entregar todos estos consejos solo para que ella lanzara bien el balón.

Era el encanto de Makoto, no podía resistir ese deseo de admirarla.

- ¡Así se hace! – Celebró la castaña una vez que su amiga recobró su concentración y realizó un tiro que, a pesar de dar un bote en el aro, entró después. - ¡Sabía que lo lograrías! –

Makoto la tomó de ambas manos y comenzó a dar vueltas, como jugando a la ronda con Ami. Era una ronda de celebración por su buen tiro.

- ¡Todo gracias a ti, Mako! – Agregó la peliazul entre risas. – ¡Además de ser una grandiosa jugadora, eres una excelente maestra! –

- Disculpen… -

La ronda estrepitosamente llegó a su fin, ambas jóvenes se soltaron de las manos y se separaron a la velocidad de un rayo. Frente a ellas, un grupo de niños lanzaban curiosas miradas a la pareja. Quizás se debía a lo rojas que estaban las dos.

- ¿Están usando la cancha? Es que queremos…-

- ¡No, claro, yo ya acabé de entrenar! – Makoto interrumpió al niño que estaba hablando. - ¡Diviértanse, es toda suya! –

- ¡Gracias! – Exclamó el grupo de niños al unísono.

Así fue como la práctica de la castaña, ese tiempo extra que no pudo llevar a cabo en el gimnasio de la preparatoria, llegó a su fin. Esos tiros que deseaba pulir, hoy le salieron más naturales y certeros. Era una buena señal.

Ahora, caminando junto a Ami por una calle silenciosa y poco concurrida, se alejaban de la cancha y se encaminaban a sus hogares.

- Cinco días para la final. – Pensó Makoto. – De solo recordarlo, mi corazón se acelera.

La culminación de todo estaba cada vez más cerca. Era emocionante pensar en ese día, sobre cómo será el juego contra Shinbashi, las campeonas actuales. Pero era igualmente triste, pues el campeonato acabaría luego de eso. No más ambiente deportivo, no más oportunidades de conocer otras preparatorias, no más entrenamiento extra.

- No quiero que esto acabe. -

A Makoto la tomó por sorpresa sentir un suave agarre en su chaqueta, a la altura de su antebrazo. Cuando bajó la mirada, se percató de que Ami se había aferrado a ella con una mano, y con la otra, sostenía su libro. Iba absorta en su lectura, algo que le robó una pequeña sonrisa a la castaña.

- Es tan linda. – Makoto se dio el trabajo de patear lejos una piedra que se cruzó en su camino. – No vaya a tropezarse con algo, que nos caemos las dos. – Bueno, tendría que prestar mayor atención al suelo si quería evitar eso.

Cinco días para la final, cinco días en que cualquier cosa podía ocurrir. Makoto no sospechaba nada, pero en estos cinco días, su vida cambiaría rotundamente.


Un capítulo corto y liviano, pues en los próximos se viene lo bueno. ;D

Nota: La madre y el padre de Makoto no tienen nombres oficiales, pero a mí me gusta llamarles Hanako y Yoshiro respectivamente.

Muchas gracias por sus reviews y por darse el tiempo de leer. ¡Suerte!