Amanecer

Kagome sumergió una vez más aquel trozo de tela en la pequeña fuente de madera. La mantuvo bajo aquel frío líquido para que absorbiera la mayor cantidad de agua posible. Miró la pequeña puerta de bambú que protegía la entrada a su cabaña, la veía mecerse con parsimonia dejando entrar el viento helado del exterior. El repiqueteo de la lluvia afuera le advertía que no pararía pronto, al contrario, se extendería otro par de horas. Toda la noche, tal vez.

—¿Qué tanto miras? —la débil pero segura voz de su esposo la hizo girarse en su dirección— No pretendes ahogar ese trapo, ¿Verdad? —bromeó y Kagome fue consciente de que llevaba un par de minutos en la misma posición.

—Lo siento. Solo pensaba en la lluvia —él arqueó una ceja—, no parece tener intenciones de parar.

—Feh, te lo dije esta tarde. Las nubes estaban muy cargadas… ¡Maldición! —se quejó tapándose la nariz al sentir aquel olor a hierbas medicinales al costado de su cama. Sin embargo, no se animó a decir nada más, no le reclamaría por dejar aquel apestoso menjunje tan cerca de su persona.

La vio acercarse con el paño húmedo y se acomodó mejor en su sitio, ladeó el rostro para facilitarle el trabajo de llegar a su cuello. Ella sonrió débilmente mientras acariciaba con la húmeda tela la piel caliente de su esposo, en la frente, mandíbula y cuello, incluso en las orejas que por ahora eran humanas. Sabía que se estaba dejando curar solo porque reconocía que había sido su culpa, no debió correr bajo la lluvia y forzar su cuerpo a trabajar tanto aún sabiendo que esa noche era luna nueva. Tenía el rostro sonrojado a causa de la fiebre que intentaba bajar, poco apetito y la saliva era tragada con esfuerzo, era densa y elástica por lo que dañaba su garganta.

—¿Quieres un té?

—Ya te dije que no tengo hambre —volteó a mirarla con el ceño fruncido y fijó su vista en un punto en específico—. Ve a descansar —ordenó.

—No estoy cansada.

—Aún así no debes esforzarte —sacó su mano de las mantas que lo mantenían caliente y la apoyó en el pequeño y redondeado vientre—, podrías hacerte daño.

El tono de voz fue suave, bajo pero con sumo cariño. Un cariño propio de un padre primerizo y ansioso. Kagome le sonrió con calidez mientras fijaba su mirada en aquellos ojos grises y misteriosos.

—Estamos bien. Te avisaré si me siento mal y me iré a dormir de inmediato… pero déjame seguir cuidando de ti —acarició la mano de su marido, como reforzando aquel pedido. Inuyasha podría haberse negado, pero sabía que de hacerlo ella lloraría.

—Está bien. Te dejo.

¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dejar que Kaede lo sanara? No, porque Kagome querría ir con él. Aunque tampoco estaba dispuesto a dejarla sola en casa. ¿Curarse él mismo? Difícilmente podía permanecer con los ojos abiertos, así que dudaba poder lograrlo. Era su culpa, se había sobre esforzado y ahora estaba pagando las consecuencias. Pero nadie podría culparlo, si llegaba antes que cualquier otra persona a exterminar un demonio entonces tendría una buena suma de dinero como recompensa. Y esa suma estaría destinada a su cachorro, a la ropa, los juguetes, a la comida que su mujer fuese a ingerir de ahora en adelante. Efectivamente lo había conseguido, una buena ración de arroz y un costal con monedas de oro, no monedas de cobre, eran de oro… pero ahora estaba haciendo que Kagome se desvelara por su culpa y eso no era bueno. Lo sabía.

Se quedaron en silencio durante mucho tiempo, no supo cuánto. La quietud de la noche era interrumpida únicamente por el sonido del agua al ser escurrida o las pisadas de Kagome hasta llegar a su lado, inclusive por las pequeñas muecas de disgusto que surcaban su rostro cada vez que su mujer le untaba esa asquerosa pasta de hierbas en la frente. La lluvia comenzaba a menguar de intensidad, pero aún no se detendría. Vio a su mujer recoger sus cosas en cuanto comprobó que la fiebre había bajado, sus acciones le demostraban que estaba por irse a su habitación a dormir. Ellos dormían juntos, en un futón matrimonial, pero como él estaba enfermo le colocó uno individual en la sala para que pudiera salir a vomitar si lo deseaba —¡Por supuesto que no vomitaría por culpa de un estúpido resfriado!—.

—Espera —la llamó y ella detuvo sus pasos aún con el pedazo de tela en su pequeña mano—, ven —Kagome no tenía un collar de subyugación, sin embargo, obedeció como si estuviese siendo dominada y se arrodilló a su lado—. Quédate.

—¿No querías que me fuera a descansar? —la vio sonreír. En sus ojos vio que ella no estaba cansada, al contrario, estaba muy despierta.

—No… solo… Quédate y no te vayas. Por lo menos hasta que amanezca —pidió y Kagome guardó silencio— ¿Te quedarás?

—Hasta que amanezca —repitió y colocó la cabeza de su esposo sobre su regazo para que durmiera más cómodamente mientras acariciaba su cabello, negro como el carbón pero brillante como el ónix.

—Hasta que amanezca…

Y finalmente se dejó vencer por el sueño, por la pasada fiebre y el agotamiento físico. No acostumbraba dormirse en las noches de luna nueva, pero sabía que con Kagome todo estaría bien. Ella lo cuidaría hasta el siguiente amanecer.

Fin

¿Les gustó? Espero haber utilizado bien la palabra ;-;

Me sentía un poco triste porque no me ha llegado ni una sola notificación en este fic. Ni seguidores, favoritos o comentarios. Lo mismo me pasó con mis otros dos long-fic, incluso creí que no los había actualizado y solo estaban como borradores. Espero podes recibir reviews pronto ;-;

Pregunta importante, ¿Alguno quiere la reaparición de Hana en este libro? ¿O de cualquier otro drabble que haya quedado en mi otro fanfic? Ya saben, sería como una secuela de un drabble que les haya gustado mucho. Si lo tienen, no duden en decírmelo y yo me encargaré de hacer uno que vaya con la palabra adecuada ;)

¡Nos vemos!

13.1.19