Memorias

La habitación era relativamente nueva. La había mandado a hacer hace un par de meses, cuando la conoció. Aquel burdel era conocido por tener buena mercancía. No porque fueran jóvenes o bellas sino por garantizar la confidencialidad y la salud. A todos les gusta coger, pero no a todos les gustaba pasarle herpes a sus esposas y terminar siendo echados de la casa. Él no era casado, pero aún así prefería evitarse la visita al médico. Después de todo, ser joven era sinónimo de un apetito sexual insaciable y eso no cualquier burdel sabe manejarlo.

Era un cliente recurrente desde hace, por lo menos, tres años. Le gustaba tener variedad, por lo que a veces llamaba a Cordelia, otras a Nita, de vez en cuando le gustaba probar con Misa, entre otras. Había japonesas, chinas, francesas, asiáticas, rubias, pelirrojas, altas, delgadas, jóvenes y otras… Con mucho kilometraje. Lo importante era la diversidad que el burdel tenía disponible. Pero había desarrollado especial gusto por Kagome.

La muchacha entre sus brazos se removió, volteó a mirarla asegurándose de que siguiera dormida. Su ceño lucía relajado, terso, totalmente contrario a lo que sus ojos reflejaban cada vez que los abría. Esas oscuras lagunas parecían reflejar el cansancio de haber vivido más de cien vidas y haber visto el terror de las mismas. Sus ojos siempre lucían cansinos y misteriosos. Similares a los de la Mona Lisa, pero elevados a la millonésima. Recordaba bien el día en que la conoció, estaban en invierno y hacía tanto frío que una heladera parecía una estufa puesta al máximo. Sí, hacía un frío de mierda… Y la única forma de calentarse era haciendo la actividad favorita del hombre: fornicar.

—¿Tienen a la asiática de pelo corto? —preguntó mientras se sacaba el abrigo. Después de todo pronto no tendría ropa encima.

—Está descansando, ayer trabajó hasta tarde.

—¿Y la francesa?

—Tiene otro cliente ahora mismo.

—¿Misa también está…? —pero justo en ese momento se escuchó cómo un jarrón se rompía en la habitación contigua por lo que volteó a mirar en esa dirección— Vaya, deben estar pasándola bien como para hacer tanto escándalo.

—No señor, en esa habitación no hay clientes. Son las chicas nuevas.

Inuyasha arqueó una ceja. Era extraño que usara "chicas" como calificativo cuando lo que seguramente querrían decir era…

—¡Puta de mierda!

Eso. Y ahora fue un golpe contra la pared lo que se dejó escuchar. Inuyasha vio a la chica de recepción salir corriendo para entrar en el pequeño dormitorio donde se escuchaban tantos golpes. La siguió, más por curiosidad antes que otra cosa.

Entraron en la habitación y lo primero que vieron fue un lugar oscuro y sombrío. No recordaba haber estado en un dormitorio semejante, todos los demás eran cálidos y bien adornados. Pero este lugar estaba prácticamente en ruinas. Las ventanas eran tapadas por maderas y "adornadas" con cortinas viejas que las polillas fueron desintegrando poco a poco. El papel tapiz con pequeños dibujos parecía arrancado a tirones dejando ver los ladrillos del otro lado. Sin embargo, no fue esto lo que más le llamó la atención sino la escena que le tocó presenciar. La madame del recinto se encontraba sosteniendo el cabello de una de las chicas, pero esta parecía… distinta. Su pelo no era ni lacio, ni rubio o pelirrojo, tampoco era castaño. El mechón que se encontraba apresado entre los dedos de la mujer dejaba ver que se trataba de un cabello negro y rizado, lindo, pero no era nada verdaderamente exótico.

—¿Quién es ella? —musitó, más para sí mismo que para la joven a su lado.

—Es una mercancía nueva, la trajeron hace poco —una bofetada resonó en el aire, la señora golpeaba fuertemente a la azabache que yacía de rodillas en el piso sin dar la menor señal de querer levantarse—. Como ve es difícil entrenarla y eso a la madame no le gusta.

Inuyasha miró a la maltrecha chica que resistía los golpes sin demostrar el dolor que le generaba ser zarandeada por el cuero cabelludo o tener el labio partido.

—La madame pagó mucho dinero por ella —continuó la recepcionista—, es ucraniana y aunque fue vendida por segunda vez de todas formas esperamos recuperar el dinero invertido en la muchacha. Solo que ella no quiere cooperar.

Aunque le prestaba atención a la recepcionista no podía ignorar el sonido del pequeño látigo de cuero cortando el aire y, posteriormente, estrellándose contra los muslos de la chica. En ocasiones golpeaba sus brazos que mantenían fuertemente sujeto el cabello que la madame tiraba con furia en un vano intento por hacer que su cabeza doliese menos. Las zonas que el látigo golpeaba se volvían más rojas a cada segundo, ni siquiera cuando él azotaba a sus acompañantes en medio del juego previo les había dejado la piel de tal color. Otro golpe fue a dar a los carnosos labios de la chiquilla haciendo que un nuevo hilo de sangre brotara hasta deslizarse por su mentón y caer al suelo.

—No la golpee tanto madame, la va a dañar.

—Pagué mucho por ella —se limitó a contestar la avejentada mujer. Parecía tener intenciones de parar, pero solo estaba haciendo una breve pausa antes de volver a golpearla— y lo único que hace son desastres. Le trajimos un cliente cualquiera y lo abofeteó. Al marqués le pegó una patada en la entrepierna. Y ni hablar del embajador de China al que tuve que devolverle cada puto yen junto con una compensación porque le arañó la cara y le dejó una horrible cicatriz. —Con cada nueva anécdota la golpeaba más y más fuerte, la prostituta se limitaba a tener los dientes fuertemente apretados. Intentando aguantar los dolorosos latigazos hasta que la piel se le cayera de los huesos— Está acumulando una deuda muy grande.

No podía quedarse sin hacer nada. Estaba claro que aunque interrumpiera su castigo con un sermón solo dejarían de golpearla hasta que se fuera y entonces la azotarían el doble de duro por ponerlas en evidencia frente a un cliente recurrente y de gran valor. Tampoco podía distraerse con otra mujer por dos razones: la primera, no había putas disponibles en ese momento. La segunda, aunque las hubiera de todas formas le carcomería la conciencia no haber hecho nada por la joven. Eso significaba que solo quedaba una opción viable para los dos.

—¿Está disponible?

—¿Eh?

—Dije si está disponible, por lo visto las demás están ocupadas.

—La chica no está lista, señor. Pero en cuanto la adiestremos le llamaremos para que…

—No hace falta —la cortó—. Llévenla a la habitación de arriba. Ya veré lo que hago.

La señorita volteó a ver a la madame del burdel pidiendo autorización con la mirada. Normalmente le habrían negado el pedido y en su lugar le habrían dado dos mujeres por el precio de una para contentarlo, pero esta vez la dueña parecía cansada de golpear a la chica en el suelo. Tendió la mano en su dirección pidiendo el pago por adelantado y una vez que le dio el fajo de billetes ella se lo guardó entre los pechos.

—Solo una hora y si no queda satisfecho no tiene derecho a reclamar. La chica es nueva —advirtió.

—Lo sé.

La mujer se fue y la recepcionista se llevó a "la nueva", probablemente para lavarla. Subió las escaleras de madera barnizada y se sentó en la cama a esperar a la chica. No pasaron más de veinte minutos cuando escuchó pasos ligeros y suaves acercarse, casi parecían los de una niña. Ante él apareció la azabache que lo miraba con un profundo vacío en sus ojos, le habían lavado la cara para quitarle la sangre y le pusieron la misma lencería barata que a las otras. La enviaron casi desnuda para evitarle el trabajo de desnudarla él mismo, para que no perdiera el tiempo y la hiciera suya por unos cuantos minutos. Ella se acercó al lecho, se subió y se acostó en la cama mientras abría lentamente las piernas. Lucía totalmente resignada…

—No. —La joven lo miró a los ojos sin entender. Hizo el ademán de querer desnudarlo, pero la detuvo con suavidad— No hagas eso —ordenó.

La muchacha se quedó quieta a la espera de alguna orden. Seguramente la habían amenazado con "servirlo bien" si no quería ser golpeada nuevamente. Inuyasha simplemente se acomodó mejor y la miró a los ojos intentando soportar la tristeza que en ellos se reflejaba.

—¿Te pegan muy seguido? —indagó, sin embargo ella no respondió. Tal vez no tenía permitido hablar de esos temas— Solo quiero hablar. Yo me llamo Inuyasha ¿Y tú?

Quedaron en silencio por varios segundos sin que la azabache contestara, estaba por intentar preguntarle otra cosa cuando vio que se inclinaba hacia la mesita de noche y tomaba un lápiz gastado junto con una hoja de papel. A medida que ella escribía él intentaba descifrar lo que quería decir.

—Ka… go… me. Kagome. ¿Te llamas Kagome? —ella asintió—Eres… ¿Muda? —Y volvió a asentir.

Esa noche no hizo nada. Un par de veces intentó tocarlo para que tuvieran relaciones, pero se negó rotundamente a acostarse con ella.

"Si no lo complazco, me golpearán." —escribió. Si bien sus ojos parecían serenos y vacíos, el terror que la invadía se reflejaba en el temblor de sus manos al escribir. Él arqueó las cejas, confundido.

—Podemos fingir —propuso desinteresadamente, casi como si fuera obvio— ¿Cómo se supone que se darían cuenta si tuvimos sexo o no?

Ella se señaló la entrepierna y posteriormente las sábanas. Para su desgracia, entendió lo que quiso decir. No solo tenían que acostarse con hombres sino que luego eran revisadas y palpadas para ver si en su interior había restos de semen o si las sábanas fueron ensuciadas con algún fluido corporal. Quiso cambiar de tema ante la incomodidad que le generaba ver la otra cara de la moneda.

—¿Naciste muda? —fue lo primero que se le ocurrió, más bien lo que más le daba curiosidad.

—[No.] —Escribió— [Deje de preguntar y termine con esto. No quiero su falsa modestia.] —volvió a abrirse de piernas, Inuyasha acarició sus muslos por inercia y la miró a los ojos por tercera vez.

—Tienes carácter. Pero lo mío no es falsa modestia, se llama cortesía. Me gusta conocer a mis acompañantes.

Kagome señaló la hoja con el ceño fruncido, más precisamente la parte donde decía "termine con esto". Se la notaba impaciente.

—¿Segura de que no quieres… "hablar"? —enfatizó y la chica negó con la cabeza— Yo sí quiero, y siempre se debe complacer al cliente.

—[He dicho que no.] —Tomó otra hoja— [Si quiere hablar vaya con la madame o con otra puta.]

—¿Otra? ¿Estás reconociendo que eres una? —bromeó, lo decía sarcásticamente. Estaba acostumbrado a soltar ese tipo de comentarios ácidos. Sin embargo, algo en la mirada de su nueva acompañante cambió, algo en el fondo se quebró y volvió sus ojos aún más profundos. Era como mirar el vacío de un abismo, un vacío que parecía no acabar jamás.

Kagome aprovechó que aquel hombre se encontraba distraído mirándola a los ojos, esos ojos que parecían hipnotizar a todo hombre que se le cruzase, esos ojos que la llevaron hasta esa inmundicia. ¿Qué importaba si era una puta más o una puta menos? Aunque lo negara no iba a dejar de serlo. Lo tomó por los hombros intentando no pensar y lo fue atrayendo hasta colocarlo encima de su pequeño cuerpo, abrió las piernas para que se acomodara mejor en cuanto lo deseara. Acarició su rostro tal y como le habían enseñado, siempre manteniendo el contacto visual para que siguiera inmerso en la profundidad de sus lagunas chocolate. Acercó sus labios a la boca masculina con infinita lentitud, dejando que sus alientos se mezclaran y sus respiraciones se volvieran más audibles para el otro.

—Espera.

Qué cerca…—pensó.

—Reconozco que vine con otras intenciones, pero no quiero hacer esto contigo. No así…

Se lo notaba arrepentido, tal vez fue demasiado consciente de lo que estaba por hacer o tal vez vio muy profundo en su alma. En cualquier caso eso estaba mal, perdería un cliente y eso era imperdonable para la madame. Notó sus intenciones de marcharse, así que volvió a tomarlo de los hombros y estampó sus labios contra los masculinos para retenerlo. Sin embargo, no pareció funcionar porque la apartó bruscamente mientras le sostenía la mirada.

—He dicho que no. Me marcho.

Lo vio acomodarse la camisa y colocarse bien los zapatos. Una clara señal de que iba a perderlo, normalmente no le importaría, pero el ardor en su piel le recordaba que sería castigada si aquel cliente ponía un solo pie fuera del recinto sin antes haber sido… Atendido. ¿Qué haría? ¿Cómo complacerlo si no era con su cuerpo? ¿Qué era lo que deseaba? Miró el papel a un lado y se apresuró a garabatear lo primero que se le ocurrió. Casi estaba cerrando la puerta cuando alcanzó al hombre y le mostró la hoja con impaciencia. Pudo apreciar el esfuerzo que estaba haciendo por leer su letra, un tanto desprolija y torcida.

"¿Qué quiere saber?", se leía.

—¿Ahora quieres hablar? —la vio asentir y se permitió relajarse volviendo a ingresar en la habitación mientras cerraba la puerta con cerrojo— Quiero saber quién eres y qué haces aquí, no pareces el tipo de mujer que disfruta una vida tan… Ajetreada.

Kagome se mordió el labio inferior con disimulo. Era una historia larga, una historia de la que no deseaba hablar y una historia que no la llevaría a satisfacer a ese sujeto, al menos no de la forma en que la madame lo deseaba. ¿Cómo podrían beneficiarse ambos? Nuevamente fue aquella diminuta y maltrecha hoja de papel la que le dio la respuesta.

Fue así que nació ese extraño convenio. Él se acostaba con ella para contentar a la madame y a cambio Kagome le contaba su vida, una hoja a la vez. Por cada encuentro, la muchacha le escribía un poco más sobre su historia en un pedacito de papel que luego él leía en casa. Un papel que contenía una parte de la azabache rota de la cual, sin pensarlo, se estaba enamorando.

Continuará…

No mamen we, me pasé de verga ;-; estoy haciendo toda la historia en mi mente y se me parte el corazónnn. Creo que esta historia tendrá tres partes. Ya se imaginan cuál será la tercer y última parte ;-; Recuerden que esta es la secuela de "Atadura".

Lo hice muy largo, pero shhh, será nuestro secreto 7u7 Además no sé cómo responderá la audiencia a estos dos drabbles, tal vez no les guste la temática o sea un tema muy polémico, no lo sé. Así que iré escribiendo la tercera parte pero si no es bien recibido entonces tendré que eliminar la tercera parte ¡Besos!

9.8.19