Otoño

Inuyasha movió sus orejas en cuanto escuchó que las hojas a sus pies comenzaron a crujir. A su nariz llegaba el olor de Kagome, no había duda: lo había seguido. ¿Es que no entendía lo que era un poco de tiempo a solas? Como si pudiera leer su mente la azabache respondió desde los pies de aquel frondoso árbol.

—Te estoy dando tu tiempo a solas. Hace mucho no estamos solos. Al menos no desde que conocimos a Shippo y los demás.

Parpadeó varias veces con confusión, Kagome había degenerado el significado de sus palabras. Miró hacia abajo comprobando que ella se había sentado contra el árbol. Le extrañó que no llevara consigo uno de sus mugrosos libros, aparentemente ella también deseaba despejarse. No le dio demasiada importancia y volvió a fijar su mirada en el cielo. El agradable calor que se filtraba entre las hojas lo hacía sentirse letárgico. No es que estuviera cansado, solo que la tranquilidad del momento lo invitaba a dormir por lo menos un par de horas.

Se acomodó mejor y comenzó acompasar su respiración dejando que los sonidos de las aves y los aromas del lugar lo durmieran. Estaba comenzando a traspasar el umbral entre la conciencia y el sueño pleno, apenas estaba comenzando a dormirse cuando un sonido le devolvió la conciencia. Miró hacia abajo molesto comprobando que Kagome había comenzado a cantar, distrayéndolo de su principal tarea.

—No cantes —gruñó.

Kagome lo miró desde abajo extrañada, le pareció ver en sus ojos una mezcla de enfado y picardía. En cuanto comprobó que dejó de cantar para comenzar a centrarse en su pelo —aparentemente intentaba hacerse una coleta o alguna clase de peinado estúpido propio de las mujeres— se decidió a retomar su tarea. Y cuando bajó la guardia volvió a escuchar un nuevo sonido.

—¡Te dije que no cantes!

—No estoy cantando, estoy tarareando. Son cosas muy distintas —se burló.

—Entonces no cantes, no bailes, no tararees, ¡Ni silbes! Si vas a molestarme entonces vete a otra parte. Me distraes.

—Si quieres tampoco respiro —dijo con sarcasmo.

—Sería de ayuda.

La azabache puso los ojos en blanco con hartazgo. ¿Quién le dijo que fuera a molestar a ese idiota cuando, claramente, quería estar a solas? Simplemente quería acompañarlo y disfrutar de esa tarde junto a él, pero no, el señor realmente quería estar a solas. Abrazó sus rodillas con desinterés contemplando el paisaje, en su mayoría todo era de un color rojizo debido a las hojas marchitas. Había demasiadas gracias a la gran vegetación propia de esa época. Se estiró sobre las hojas dejando que el crujido se hiciera cada vez más sonoro. Escuchó un gruñido de fastidio sobre su cabeza y sonrió con picardía. Siguió moviéndose asegurándose de hacer el mayor ruido posible.

Esa niña… ¿No era capaz de dejar de fastidiarlo por más de cinco minutos? ¿Acaso tenía hormigas en el…? Fijó su vista en el suelo dispuesto a gritarle por tercera vez antes de marcharse a cualquier otra parte, pero entonces la vio. Estaba postrada en el suelo mientras marcaba su silueta con las hojas de su alrededor, tenía los ojos cerrados pero su expresión dejaba ver que en realidad lo estaba provocando y esperaba ansiosamente que comenzaran a discutir. Aterrizó a su lado sin dejar de mirarla, se encontraba extrañamente embelesado. Su cabello azabache estaba desparramados a los lados de su rostro como si la sacerdotisa se encontrara flotando entre las hojas rojizas, su pecho subía y bajaba acorde a la respiración de la joven. Sus hermosos ojos estaban resguardados detrás de las tupidas pestañas, ¿Qué sentimiento reflejarían en ese momento? Y sus labios… Esos carnosos y llamativos labios, rojos como el carmín, lo invitaban a probar su suavidad.

—Al fin decidiste bajar. No me prestabas atención —se quejó, aún sin abrir los ojos.

Sintió calidez cerca de su rostro y una suave respiración demasiado cerca de su rostro. No, no podría…

—Pues ahora la tienes.

Abrió los ojos justo a tiempo para mirar cómo un par de ojos dorados se acercaban a su rostro y, simultáneamente, los labios masculinos se posaban sobre los suyos. Lanzó un pequeño grito producto de la sorpresa. Inuyasha aprovechó ese preciso instante para meter su lengua en la cavidad femenina explorando su humedad a la vez que se deleitaba con la tibieza de su lengua. Era algo dulce y excitante. Acarició cada uno de sus rincones intentando degustar su sabor, sintió que quiso apartarse tímidamente y la tomó por la nuca para decirle que se dejara llevar. El macho en su interior le decía que debía dominarla, aunque fuera por unos escasos segundos, y él no iba a ir en contra de sus instintos. Kagome estaba en medio de un trance, un excitante trance, le gustaba la forma en la que le marcaba un ritmo específico y sus lenguas se acariciaban. Lo seguía de forma lenta, disfrutando de la forma tan íntima en que la acariciaba. Cuando finalmente ella comenzó a tornarse más atrevida Inuyasha decidió cortar el beso, quedando ambos unidos por un hilillo de saliva.

—Creo… Que me gusta este tiempo a solas.

FIN

9.12.19