Taza
Inuyasha se encontraba sentado en el suelo de la cocina, solo. Estaba completamente aburrido.
—Mierda, es mi propia casa y no puedo ni siquiera poner un pie en la habitación.
El día era hermoso. No había una sola nube en el cielo, la temperatura era perfectamente neutra, los pájaros cantaban como de costumbre y a sus oídos llegaba el sonido del río en la lejanía. Ningún demonio había llegado a la aldea en semanas. Para su pesar, el verdadero demonio se encontraba en casa a solo unos metros de distancia. Cansado de permanecer tanto tiempo quieto se decidió a levantarse con extremo cuidado mientras buscaba algo que hacer. Tal vez habría algunas sobras de comida que pudiera comer. Bastó con dar un solo paso y el crujir de una de las maderas para que el infierno se desatara.
—¡¿Quién mierda te dio permiso de levantarte?! —plegó las orejas ante aquel terrible grito proveniente de la habitación contigua. Carajo.
No respondas, no respondas…
—Solo iba a buscar…
—¿Qué? ¿Tu cerebro?
—¡No hay necesidad de-!
—¡Cállate!
De mala gana se calló y volvió a sentarse de sopetón en el suelo mientras se cruzaba de brazos. Esa desgraciada.
—¡Siéntate con más cuidado idiota o te voy a sentar yo misma!
Se contuvo de burlarse o responderle. No quería seguir soportando los gritos de su compañera. Solía burlarse de Miroku por hacerle caso a Sango con solo una mirada suya, pero ahora que estaba casado comprendía el horror al que estaban sometidos como hombres.
Sí, el sexo era genial. La convivencia también. Formar una familia sería hermoso, no había duda alguna. Pero todos los hombres olvidan advertirle al resto —antes de casarse— sobre algo muy, muy, ¡MUY! Importante. La menstruación. Esa época en la que todo lo que tenga pene debe mantenerse a, por lo menos, cien kilómetros de distancia si desea salir ileso. Kagome era explosiva normalmente, pero con un sangrado intenso, calambres abdominales y la incomodidad de sentirse "sucia" —según ella— todo el tiempo… Bueno, en esas fechas Kagome era una bomba que explotaba cada vez que lo escuchaba respirar. Literalmente lo estaba tratando peor que a un perro que hace desastres por toda la casa. Ni siquiera había podido levantarse para tomar algo de agua. Nada de abrazos, besos, mucho menos sexo. Si deseaba estar con ella todo lo que podía hacer era contentarse con estar sentado en el suelo de la cocina mientras la escuchaba quejarse de los dolores.
Una vez llegada la tarde no pudo soportarlo más y decidió prepararle algo a pesar de tener que escuchar sus gritos retándolo por cada uno de los pasos que daba. ¿Tan sensible era que podía sentir la madera exacta que estaba pisando en ese momento? Su compañera, durante esas fechas, parecía una araña con un radar extra sensible que detectaba cualquier movimiento de su parte y el castigo era —casi siempre— una terrible ola de gritos dirigidos exclusivamente hacia él.
Ingresó cuidadosamente en la habitación. Su esposa estaba acostada boca abajo con una de las almohadas entre las piernas para intentar sentirse menos hinchada. Había manchado el futón y eso la ponía mucho más irritable porque sabía lo que costaba sacar esas manchas. No es que a él le importara, pero a Kagome parecía darle vergüenza y siempre se esforzaba por no dejar "evidencia" de su estado.
—Te traje algo —susurró. Vio que asomaba uno de sus ojos con curiosidad por debajo de las cobijas. Enfocó la vista en la taza que llevaba entre sus manos y frunció el ceño.
—Si lo que tiene esa taza es ese horrible menjunje que me preparaste para el resfriado juro por Dios que te mataré a ti y a toda tu familia —amenazó mientras volvía a taparse hasta las orejas.
Inuyasha ahogó una risa, sería difícil matar a Sesshomaru... Pero con Kagome indispuesta no era algo imposible.
—¿Sí sabes que tú eres mi familia, no?
—Ya cállate...
—¿Te duele hablar? —indagó. Ella solo asintió mientras se tapaba los ojos con el dorso del brazo, los calambres eran cada vez más intensos— Te traje un té. Sango dice que ayuda con los calambres y me dio un poco el otro día. —Depositó una de sus manos en el vientre hinchado de su mujer y la miró con dulzura una vez que se quitó el brazo de la cara— Además el calor te hará bien. Puedo conseguirte dulces artesanales si…
—No he parado de gritarte en todo el día y… Yo no quiero ser así. Es solo que hablas y me dan ganas de…
Inuyasha volvió a reírse al ver como Kagome hacía el gesto de "te estrangularía". Sabía que ella no sería capaz de eso, solo que las hormonas la tenían demasiado sensible. La azabache tomó la taza caliente de entre las manos de su marido dispuesta a comenzar a beber, los cólicos eran lo peor de todo el período.
—¿Cómo puedes ser tan dulce conmigo?
—Porque te amo —se inclinó para darle un delicado beso en la coronilla y se acomodó mejor mientras la veía tomarse el té. Tal vez esta noche Kagome le permitiría compartir la cama con ella.
Sonrió con arrogancia deseando darle las gracias a Sota. ¿Quién iba a decir que el consejo que le dio hace tres años ahora le resultaría tan útil?
—Y recuerda amigo orejas de perro, si alguna vez te toca ver a mi hermana en "sus días" solo hay una cosa que puedes hacer. Traerle regalos. Chocolates, flores, dulces…
—¿Y eso por qué?
—No lo sé, dicen que a los demonios les gustan las ofrendas.
FIN
11.12.19
