Ostras

Inuyasha la tocaba envuelto en una terrible ola de frenesí sexual. Kagome se removía inquieta debajo de su cuerpo y él adoraba las reacciones que obtenía de su parte. Si apretaba uno de sus pechos la joven arqueaba la espalda pidiendo más, si mordía sus labios ella le correspondía con una mordida aún más fiera, ni qué decir de los dulces gemidos que soltaba cada vez que presionaba su pelvis contra la mujer. No sabía qué le ocurría. Solo sabía que de un momento a otro sentía que todo ardía, que quería tocar y ser tocado. Su sangre corría tan vertiginosa entre sus venas que podría jugarle una carrera al mismísimo Sesshomaru e incluso ganarle.

Recordaba haber llegado a la casa de la colegiala futurista, la encontró estudiando y tras horas de ser ignorado decidió bajar a buscar algo de comida. Abrió el refrigerador y comenzó a olfatear, comería aquello que cautivara a su nariz. La mayoría de los platillos olían a esa cosa que hacía que sintiera que su lengua se prendía fuego. Así que se decidió por el primero que olía a mariscos, arroz y algunas verduras. Si no llevaba esa condenada especia debía de saber bien, ¿No?

Comió a solas en la cocina mientras miraba la caja mágica. No pasó ni una hora cuando su nariz notó un cambio en el aire. Más bien parecía que todos los olores se habían intensificado al igual que la sensibilidad en su piel. Se sentía extraño. Ligeramente asustado se dirigió a la habitación de la azabache, tal vez estaba teniendo una de esas famosas ''reacciones alérgicas''.

—Oye, Kagome. Esa comida era rara, creo que me dio…

La oración quedó incompleta. No tenía ganas de seguir hablando. Ahora su atención se centraba en la sacerdotisa del futuro que lo miraba extrañada con una remera a medio poner. Ella lo miró entre confundida y molesta por haber entrado sin tocar. La miró con notable curiosidad en sus ojos, como si fuera la primera vez que veía a una mujer en su vida. Su aroma era distinto. De hecho parecía exactamente el mismo de antes pero intensificado, había ciertos rasgos de su aroma que parecían acentuarse segundo a segundo. Olía endemoniadamente bien. El resto era historia.

No importaba de dónde sacó la valentía para besarla o el coraje que necesitó para tocarla como si fuera su pareja de toda la vida. Para su fortuna Kagome parecía estar muy confundida como para mandarlo al suelo o demasiado excitada como para detenerlo. Cualquiera de las dos estaba bien. Kagome comenzaba a reconocer que ser sometida por el platinado era algo muy excitante, sobre todo por el hecho de saber que con cada uno de sus movimientos iba preparándola para lo que venía. Su pequeño cuerpo era ligeramente absorbido por el mullido colchón, sus piernas permanecían abiertas dejando que el chico se acomodara entre ellas y sus pechos eran tocados constantemente. Era como si Inuyasha quisiera saber qué se sentía tener esa parte de su cuerpo entre sus manos. Los apretaba, los movía en círculos y parecía maravillarse al descubrir que sus ásperas manos no lograban abarcarlos completamente. En medio de tantos movimientos pocas veces habían logrado cruzar miradas, pero en cada una de esas ocasiones pudo notar que sus orbes, antes doradas, eran ahora extrañamente similares al cobre. Sus ojos lucían opacos, densos, lujuriosos y atrayentes. Y era ella quien despertaba esa reacción en él. Se reincorporó tomando al chico por la nuca para arrastrarlo con ella a la cama mientras lo besaba desaforadamente. Sin embargo, el beso no duró mucho ya que Inuyasha se apartó para enterrar su cara entre los pechos femeninos. Su aroma lo estaba volviendo loco.

—Pareces un cachorro alzado —bromeó Kagome al ser consciente, por primera vez, del gran bulto que sobresalía de su hakama. Inuyasha dejó de restregar su rostro contra sus senos y levantó su cara lo suficiente como para mirarla a los ojos con molestia. Tomó la pequeña mano femenina y, sin darle tiempo de reprochar, la llevó hasta su intimidad para que sintiera la rigidez de su sexo. Sonrió con burla en cuanto notó el asombro en los ojos de la azabache.

—De cachorro no tengo nada —respondió y le dio una fuerte embestida por sobre la ropa para reafirmar lo antes dicho.

Kagome gimió e inconscientemente se acomodó para que la próxima vez fuera su entrada la que recibiera ese delicioso embiste y no su bajo vientre. El ojidorado pareció aceptar de buena gana la invitación porque ahora la besaba rudamente mientras la estimulaba con esa pequeña simulación, con un ritmo lento pero continuo asegurándose de que sintiera su hombría en todo su esplendor.

Okey, la comida no había hecho que su lengua ardiera pero, en consecuencia, hizo que su cuerpo entero se sintiera en llamas. Y Kagome parecía el combustible perfecto para hacer que todo estalle.

FIN

¡Juro que habría seguido con este excitante relato pero el año se acaba y ya no llego con el tiempooo! Ay, Dios, no creo poder escribir dieciocho drabbles en cinco días. En mi defensa quiero decir que estuve muy ocupada con el tema de la denuncia por plagio (Por suerte ya se solucionó todo y hasta nos hicimos amigas jajaja).

¡Feliz navidad atrasada! Voy a terminar este reto aunque sea fuera de término ;)

Yenn: No me dejan mandarte correos, dicen que tu casilla está llena. Además creo que me aparece una dirección equivocada xd

Estos días estuve durmiéndome a las cinco de la mañana, creo que es la costumbre que adquirí en la universidad. En fin, todas las noches mi gato se sube a mi escritorio y salta sobre mi teclado endemoniadamente. Es muy parecido a la escena de la Cenicienta donde Lucifer ensucia el piso sabiendo lo que le costó a Cenicienta limpiarlo. Ahora mismo mi gato acaba de apretar Ctrl+G, guardó todo el progreso —por suerte—. Da risa, he pensado en dejar sus ''travesuras'' en el medio del drabble para releerlo un día y recordarlo, pero sería muy raro leer: Tomó su rostro entre sus manos, teniendo cuidado de no ajshbdsahkisaapaaaaa. En serio, sería raro y muy poco profesional —¡Y me niego a ser poco profesional!—.

26.12.19