Enemigo

Kagome se asomó a la ventana de su casa contemplando con tristeza y nostalgia la humareda que se reflejaba detrás del vidrio maltratado y nebuloso. Aquel cristal, antes pulcro y transparente, ahora no era más que un trozo lleno de vidrio cubierto de sarro, moho y cenizas. Apenas un recuerdo de lo que una vez fue, al igual que su incierto futuro. Sus ojos opacos y cenicientos se centraron en la lejanía, más allá de las calles desiertas, cajas destrozadas, edificios abandonados y nubarrones interminables. Aspiró profundamente, sintiendo en su ser el aroma de pólvora y hollín. El olor se colaba entre las rejillas de su casa, entre las canaletas y vidrieras. Era imposible no sentirlo. Sonrió forzadamente… él debería sentir el mismo olor, donde quiera que estuviese, pero intensificado a la milésima.

Ya pronto se cumplirían dos años desde que se encontraba sola a la espera de un hombre que no sabía si regresaría. Pero quería creer que sí, añoraba que un día él volviese, se aferraba con fuerza a esa esperanza que se volvía más un sueño lejano con cada día que pasaba. Abrazó débilmente la maltratada tela que se cernía sobre sus hombros. Aquella camisa negra, hoy gris, ya no conservaba atisbo alguno del aroma de su prometido. Pero era el único consuelo que le quedaba mientras esperaba sentada junto a la chimenea de su hogar.

Las pequeñas flores en su jardín no llegaban a florecer, solo permanecían como capullos durante interminables días hasta que se caían, muertas, al suelo. El aire de afuera era terriblemente nocivo. La falta de vegetación y color hacía que parecieran encontrarse en un segundo otoño, a pesar de que apenas habían finalizado el invierno hace unos meses. La estación más odiada por ella. El frío calando los huesos, el silencio que inundaba la casa haciéndola sentirse desolada… lo odiaba. Era una estación dura para cualquiera, pero con él…

—Con él pude amar el invierno… —una fugaz sonrisa se dibujó en su cansado rostro, haciendo juego con sus ojos opacos y volviéndolos un paisaje triste, pero reconfortante.

Sí. Lo amó. Amó el invierno casi con la misma intensidad con la que amó a Inuyasha. Las noches no parecían ser tan frías con alguien abrazándote en la cama, la piel no se erizaba por la temperatura sino por la excitación del momento. Aún recordaba la forma en que sus alientos chocaban cuando se besaban en las calles desoladas de su hermoso pueblito, esas pequeñas nubecitas que parecían volverse una misma cada vez que uno de los dos se separaba para tomar aliento antes de volver a fundirse en un acalorado beso. El final del año fue hermoso, seguramente el próximo sería aún mejor. Ja… que ilusa.

El año nuevo había transcurrido con aparente normalidad, pero durante muy poco tiempo. Una nueva guerra se anunciaba. Las potencias mundiales comenzaban a disputarse las riquezas de países ajenos y pobres. El final de la humanidad se acercaba y necesitarían recursos indispensables para la supervivencia humana, así como recursos que solo podrían beneficiar a los más ricos. Los pozos petroleros de Irán e Irak, así como los diques de agua de Argentina fueron los principales objetivos de los perpetradores. Era una guerra que no debería de afectarlos, pero… una guerra es una guerra y cada país debe elegir un bando si no quiere salir perjudicado. Convocaron alianzas de hace siglos y amenazaron a traidores que se fueron el bando ''ganador''. Así fue como… la Tercera Guerra Mundial dio inicio y lo que inicialmente ''no los afectaría para nada'', terminó por ponerles la vida de cabeza.

—No quiero que te vayas. Tienes que darte de baja. Inventa algo.

—No me reclutarán, tonta, tranquila —su voz había sonado un poco temblorosa, pero prefería no ponerle atención—. Pondrán en la primera línea de defensa a los profesionales. El enemigo no llegará a nuestras fronteras. Tenemos un…

—¡Idiota! —Interrumpió— ¡¿Y a quién crees que van a llamar si esas líneas fallan?! —Inuyasha tragó duro. Sí, su familia había estado en el ejército por cuatro generaciones, técnicamente lo llevaban en la sangre, y no había nada mejor que un perro que había nacido para obedecer especialmente en temas tan delicados como la seguridad del país. Acarició tiernamente la cabeza de su prometida, que se aferraba a su camisa negra con ahínco y la abrazó como si la vida le fuera en ello. A Kagome le pareció percibir cierto dolor en esa caricia, casi como una despedida silenciosa, pero… nuevamente, no le prestó atención.

—No va a pasarme nada —aseguró—, porque no me reclutarán.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —y sintió, por un momento, el impulso de cruzar los dedos sin que ella lo viese. No supo si era para pedirle suerte al destino o porque sabía muy en el fondo que aquella promesa era tan frágil como un hilo que intenta acarrear un automóvil.

Kagome continuó lavando la vajilla con la única compañía del sonido de la porcelana al chocar contra otro objeto del mismo material. Suspiró al colocar el último plato al costado de la mesada y se secó lentamente las manos mientras miraba al vacío, recordando el pasado.

—Mentiroso —susurró, mientras una lágrima se escurría dolorosamente por su mejilla siendo seguida por otra, y luego otra…— ¡Mentiroso! —Bramó.

Dos semanas más tarde, tal vez tres, una camioneta se detuvo frente a su casa. Estaba camuflada con el mismo color de los militares, aquel color opaco y soso no podía significar nada bueno. Especialmente cuando escuchó que llamaban a su puerta. Inuyasha se levantó primero de la cama, le dijo que iría a echarlo y volvería junto a ella. Pero los segundos se hicieron minutos y la ansiedad comenzó a convertirse en pánico, carcomiéndose su interior. Bajó las escaleras corriendo, atravesó la sala y el pasillo hasta llegar a la puerta de entrada. Donde se encontró a Inuyasha leyendo una carta entre sus manos mientras un hombre, desde la entrada, le ofrecía un saludo aristocrático propio de su rango correspondiente.

—Debo irme —musitó siendo consciente de que ella se encontraba a su espalda, pero sin el valor de mirarla a los ojos. Había roto su promesa.

—¡No! ¡No te vayas, Inuyasha! —sin embargo, él siguió de largo rumbo a su habitación y dejó la carta tirada en el suelo. La leyó con manos temblorosas mientras intentaba que sus numerosas lágrimas no le impidieran leer correctamente. Habían sido derrotados. El soldado, por primera vez desde que llegó, le dirigió la palabra.

—El enemigo es numeroso y astuto. Hemos perdido numerosas tropas, muchos de mis amigos… —para él tampoco era fácil. Se tomó un segundo para recuperar la compostura y la miró fríamente a los ojos— Nuestro país ha decidido desplegar las fuerzas de élite para no perder más gente inocente. El señor Inuyasha Taisho, junto con su hermano y padre, formarán los escuadrones principales. Cada uno dominará un terreno totalmente diferente. Agua, tierra y aire. Dudo mucho poder ser su colega, pero si llego a estar bajo su cargo le prometo que haré lo posible para protegerlo. Para que vuelva a salvo a su lado.

La azabache levantó su mirada chocolate a la del soldado y le agradeció mudamente a pesar de que su mundo estaba derrumbándose bajo sus pies en ese preciso instante. Muchas mujeres deberían sentirse igual o peor, si es que tenían hijos a cargo. Pero ella apenas iba a iniciar una vida a su lado, ¿Por qué? ¿Por qué el mundo era tan injusto? Después de todo lo que lucharon para poder estar juntos. La secundaria, la universidad, la convivencia… infinidades de recuerdos asaltaban su mente y hacían que su corazón sangrase de angustia. Unos pasos se detuvieron a su espalda, volteó lentamente y sus miradas chocaron por un breve instante. Observó el bolso de mano que sostenía firmemente, extrañamente ya estaba totalmente preparado… ¿Acaso él…? ¿Ya lo sabía?

—Debo irme —repitió, y desvió la mirada al soldado frente a él. Endureció sus facciones. A partir de ahora Inuyasha había dejado de ser su prometido, era un soldado de élite. Carne de cañón—. Guíame —ordenó mientras observaba la pequeña camioneta que estaba estacionada en medio de la calle, seguramente cargada de montones de hombres igual de desdichados que él. Apenas alcanzó a dar un paso en dirección a la salida cuando un par de manos pequeñas, tibias y temblorosas, detuvieron su andar.

—¿Volverás? —susurró con la vista gacha. Se había rendido, Inuyasha debía marcharse. No soportaría mirarlo a los ojos y tener esa última visión de él. No quería ver a un Inuyasha frío, duro y calculador, prefería recordarlo como el hombre al que más amó en la vida. Aquel que la hizo amar el invierno— Prométeme que volverás —ordenó, aunque ambos sabían que era más bien una súplica.

—Idiota… Claro que volveré. Prometo proteger este país con el mismo fervor con el que te protegería del idiota de Koga o de cualquier otro hombre. Te enviaré cartas —su voz se quebró. Ahí estaba, el Inuyasha sensible que comenzaba a comprender que, probablemente, esta sería la última vez que vería a su prometida—, así que estate atenta al buzón. Come bien y no dejes de ir a trabajar, no quiero imaginar que mientras yo me esfuerzo ahí afuera mi novia anda de floja. Quiero tener algo que presumirle al resto del pelotón —Kagome rio en medio de las lágrimas y con su dedo índice se apresuró a secarse la próxima lagrimilla que luchaba por salir de su ojo. Se veía hermosa, pero tan lamentable.

—Tonto… siempre de fanfarrón.

—Así soy.

—Así te amo. —Y con un último beso, mucho más intenso que los anteriores, se despidieron e Inuyasha marchó a la camioneta del ejército.

Desde entonces habían transcurrido dos largos años. La guerra parecía intensificarse a cada día, los países utilizaban cualquier recurso a su cargo. Desde armas biológicas hasta bombas nucleares, según se rumoreaba, la economía de Japón había colapsado y eso la había hecho perder su trabajo. Pero Inuyasha siempre tuvo el hábito de guardar provisiones ''por si acaso'', de modo que el alimento no suponía un problema para ella. Lo que verdaderamente le hacía falta era él, su presencia y su calidez, necesitaba estar con él. Sabía que en el Oeste, donde se hallaba su cuñado, la frontera estaba siendo firmemente protegida al punto de ser impenetrable, pero no tenía noticias del Norte o Sur, que era el lugar donde se encontraban su prometido y suegro respectivamente. Las cartas que Inuyasha le enviaba no decían nada sobre la guerra, sobre progresos o derrotas, solo contenían palabras de amor y añoranza. Algunas incluso contenían pequeñas estrofas de poemas o anécdotas de sus épocas como novios… Las tenía a todas guardadas cuidadosamente en una caja de alpaca, la última carta era de hace varios meses.

Se fue a dormir mientras abrazaba la camisa de su amado, la misma que le había dejado tendida en la cama el día en que se fue, y trató de no pensar más en eso. Al menos no hasta el día siguiente. Y así pasaron nueve meses, otro año sin él, el tercer invierno sin su Inuyasha. Pero, ese mismo día, alguien tocó a su puerta en el aniversario exacto en el que él se había ido de su lado. Espió por la ventana del segundo piso y sus ojos se encontraron con una vieja y desgastada camioneta verde opaco. Pudo distinguir algunas siluetas en el interior ¡Soldados! Estaban repatriando a los soldados que habían sobrevivido, ¡Los devolvían a casa! Se ató torpemente su bata tratando de que no se viera nada de lo que llevaba —o no llevaba— debajo y bajó casi flotando los escalones de su casa mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro luego de tres larguísimos años. Abrió la puerta con tal rapidez que casi se olvidó de girar el pomo de la puerta antes de tirar de ella. Su vista viajó rápidamente a los ojos dorados que, se suponía, debían hallarse frente a ella. Pero unos ojos negruzcos y hostiles fueron los que se topó, haciendo que su sonrisa se borrase al instante.

—¿Qué…?

—La guerra ha terminado —se apresuró a informar—, estamos repatriando a los héroes que han logrado sobrevivir —Kagome escudriñó por sobre el hombro del oficial, pero no había ningún hombre que se pareciese a su amado detrás de él. Sintió movimiento frente a ella y bajó la vista encontrándose con un sobre maltratado entre las manos del oficial—. Encontramos esta carta en una trinchera en los bolsillos del soldado Taisho. Lamentamos informarle que…

Kagome tomó la carta rudamente de entre las manos de aquel hombre y le cerró la puerta en la cara sin siquiera esperar a que este terminara de hablar. Escuchó el sonido de la camioneta al ponerse en movimiento y alejarse, dejándola sumida en un silencio sepulcral. Apoyó la espalda contra la puerta de madera y se dejó caer lentamente hasta tocar el suelo, aunque para ella el suelo se sentía mucho, mucho más abajo.

—Si no lo leo no es real, si no lo leo no es…

Con manos temblorosas abrió el sobre, firmado y sellado por entidades de autoridad legítimas. Aquello no podía ser falso. Todo lo que leyera de ahora en adelante sería oficial. Tal vez se equivocaron de destinatario, tal vez ese día alguien más llevaba el uniforme de Inuyasha y por eso…

Palpó el papel, descubriendo que contenía dos tipos de comunicados diferentes. Eligió uno al azar y trató de ordenar las palabras en su mente.

''El gobierno de Japón pretende dar gracias al valiente sacrificio de todos los soldados perecidos en batalla durante la guerra. La Tercera Guerra Mundial ha finalizado y, con ello, los hombres vuelven a casa para reencontrarse con sus familias tras esta larga separación. Es nuestro deber informarle que el soldado de élite, Inuyasha Taisho, de nacionalidad japonesa ha fallecido en combate. Su cuerpo fue hallado en una trinchera luego de tres días. Junto a él se hallaban otros dos compañeros moribundos, dentro del bolsillo de su pantalón se encontraba una carta. La misma está incluida en este sobre. Damos gracias por sus servicios y junto con este comprobante podrá asistir al funeral que se hará en honor a todos los caídos, así como también podrán recibir el pago correspondiente para enmendar su pérdida. El funeral será realizado el día…''

Sus manos arrugaron el prolijo papel que se hallaba entre sus dedos sin importarle nada más. No quería leer una sola palabra más que hablara sobre una mentira tan cruel. Imposible, era imposible que su Inuyasha, que el amor de su vida… Vislumbró una pequeña luz de esperanza entre tanta penumbra y rebuscó con ahínco en el interior del sobre. Un papel extra, debía haber algo más… y así era. Se trataba de un retazo de papel, una parte que le fue arrancada a una hoja en algún lugar en medio de la guerra, tal vez un trozo de papel tomado de su propia agenda. Estaba sucio, con algunas gotas de sangre y montones de tierra impidiéndole leer bien los kanjis colocados cuidadosamente sobre aquella hoja. Sonrió con tristeza, la caligrafía de Inuyasha no había mejorado ni siquiera un poco en todo ese tiempo. Esa definitivamente era su letra.

''Cuando la guerra termine, nos casaremos. Y en la tierra crecerán flores como tú, y en tu vientre llevarás a la niña más hermosa del universo.'' *

—Tonto… volviste a romper tu promesa…

Miró de soslayo por la ventana y vio la nieve caer pacíficamente. Ah, de nuevo era invierno… y… de nuevo lo odiaba con todas sus fuerzas.

FIN

*Carta real encontrada en los bolsillos de un soldado muerto, año 1939.

¡No se imaginan lo que me costó escribir esto! Fue tan triste, tuve que filtrar tantas emociones —porque recuerden que primero debo sentir todas esas emociones en carne y hueso para luego plasmarlas en el fic— que literalmente tuve que dar varias pausas para ir al baño a vomitar. ¡Fue mucha angustia! Ok, el angst no es mi mejor rama literaria, comprendido. Por otro lado, necesitaba traerles un nuevo episodio antes de que se acabe la cuarentena. Es increíble pero ni siquiera la cuarentena me hizo ponerme a escribir. Estuve leyendo mangas y algunos fics, por lo que no tenía la más mínima intención de sentarme a escribir, sorry.

Ya cambié mi nombre en Wattpad, ahora soy Katyusha_Vaggie, ¡Recuerden seguirme! c: ¿Pueden creer que me leen en Suecia? Me siento importante. Aunque también descubrí que me lee gente de +45 años, me hace sentir ligeramente incómoda, algo como ''Señora, deje de leerme, please, usted podría ser mi madre.'' Mi mamá también quiere leerme, cree que su hija es una gran escritora —algo así como una segunda George R. R. Martín, aunque él es hombre— ¡Ja! Claro, mamá, te dejaré leer mis fanfics llenos de lemons, limes y reglas demoníacas que NO quiero que entiendas. ¡Me moriría de vergüenza! Por otra parte, estoy trabajando en tres drabbles al mismo tiempo así que espero hacer que su cuarentena sea más amena. ;-; Estoy haciendo el drabble de vecinos, el de elástico y el de un Inuyasha loco —empataron—, así que tengan paciencia, igual que siempre, bebés c:

¡Besos! Recuerden quedarse en casa, lavarse las manos y tratar de comentar/escribir (dependiendo de si eres lector o escritor) para matar el tiempo ;)

¡ohhh! ¡Casi lo olvido! Hace nueve días fue mi cumpleaños ¡Ya tengo 19 años! Quise actualizar pero no pude. Nada, eso. Quería que lo sepan xD

22.03.20