Agua

Era una noche tranquila y templada, ni mucho frío, ni mucho calor. Ideal para tener por varias horas un sueño ininterrumpido. Pero esa tranquilidad no aplicaba para la mente de Inuyasha, llevaba varias horas dándole vueltas al asunto en la soledad de la cocina. La solución era sencilla, pero lo que más lo agobiaba era que eso se hubiera convertido en un problema para empezar. Algo tan sencillo no debería perturbarlo ni siquiera en sus más alocados sueños, o al menos así habría pensado el Inuyasha de esa mañana de no ser por los inusuales acontecimientos de esa misma tarde.

Sí, la tarde había sido fresca y despejada como la mayoría de los días en el Sengoku. Él había ido a buscar leña con Miroku mientras las mujeres y los niños se entretenían en cosas sin sentido, según él.

—Vendrán a cenar, ¿No?

—¿Ah? —Inuyasha dejó de observar los árboles y miró de soslayo a Miroku sin dejar de caminar— No estaba escuchando.

—Igual que siempre. —Suspiró— Dije si vendrán hoy a cenar para saber cuántas presas pongo al fuego.

—No lo sé, supongo. Depende de Kagome en realidad, a ella le encanta platicar con Sango. —A veces pasaba más tiempo en la cabaña de sus amigos que en su propia casa. Ah, esa mujer, no sabía si estaba casada con él o con el pueblo.

—Y a Keita le encanta jugar con mis retoños.

—Sí, también… aunque apenas está aprendiendo a gatear.

—En fin, es seguro que vendrán así que pondré a asar el jabalí que cazamos la última vez. Le diré a Sango que te guarde las costillas como siempre. Pero vengan después de que la luna pase su punto más alto —advirtió.

—¡¿Ah?! ¿Y eso por qué? Es muy tarde y Keita… —sacudió la cabeza débilmente dándose una idea de lo que surcaba la sucia mente de su amigo— ¿No me digas que de nuevo vas a estar de libidinoso con Sango? No voy a hacer que Keita se desvele solo po…

—Hoy tenemos que bañar a los niños —interrumpió— y se toman su tiempo, así que vengan un poco más tarde.

—Dile a Sango que se apresure y listo, es solo meterlos y sacarlos. No es tan complicado —se quejó.

—No entiendes Inuyasha, a nosotros nos gusta… —¿Tenemos? ¿Nosotros? ¿Por qué usaba ese monje palabras en plural?

—No me digas que ayudas a tu mujer a bañar a los niños —soltó casi con burla, como si frente a él se le hubiera caído el pene a Miroku y ahora careciera de toda hombría. Sin embargo, el ojiazul por primera vez detuvo su andar y lo miró seriamente a los ojos.

—Claro que sí. ¿Acaso tú no?

—¡Claro que no! Kagome es quien se encarga de esas cosas —bufó mientras se cruzaba de brazos. El monje a su lado le dio un codazo y continuó su caminata en lo profundo del bosque. Su mirada se había tornado extrañamente calma y contenía cierto aire reflexivo… Oh no, aquí vamos. Otro maldito sermón.

—Por un momento me dieron ganas de decir la palabra mágica, pero recordé que solo la señora Kagome tiene ese poder. Tal vez se lo comente más tarde —se burló al percatarse del ligero escalofrío que recorrió el cuerpo de su amigo—. Sin embargo, no puedo culparte —Miroku respiró hondo y dio una rápida mirada al cielo pidiéndole paciencia a Buda—. Yo pensaba exactamente igual que tú antes de casarme, pero entonces llegaron las niñas y todo cambió. Todos vemos a las mujeres embarazadas en la aldea, a las parturientas, a las que van con un bebé en brazos y otros dos agarrándola de la falda. Y eso es todo lo que hacemos, verlas. Pero la paternidad no es eso, no basta con solo decir ''qué lindo bebé'', porque si así fuera todos sabríamos exactamente qué hacer cuando tenemos un hijo. Yo descubrí lo que era ser padre del modo más difícil ¡Con dos al mismo tiempo!

Inuyasha observó de forma curiosa como su amigo tiraba los leños al suelo y se desplomaba en el piso junto a un árbol. Se limitó a caer pesadamente en el césped, imitando su acción, mientras lo miraba seriamente y guardaba sus manos dentro de las mangas de ahori. Esto iba para rato.

—Al principio dejé que Sango se encargara de todo, al igual que tú. Porque la creía una mujer fuerte, independiente, sagaz y también aterradora cuando se lo proponía. Y ahora que me lo replanteo, no tiene nada que ver una cosa con la otra. —Rio— Si podía contra un centenar de demonios, ¿Cómo sería incapaz de lidiar contra dos bebés? Dos bebés, dos pechos, uno para cada una. Listo, problema resuelto, esto sería pan comido. Pero no… Eso no alcanzaba —su compañero, a un par de metros de distancia, suavizó la mirada. Lo reconocía. Para Inuyasha también fue una sorpresa la rapidez con la que su mujer perdía peso debido a la lactancia, también fue una sorpresa que ''con dos tetas no alcanzara para alimentar a Keita''—. Obviamente a partir de ahí fui notando muchos otros factores. Como la falta de sueño, los pañales, los cólicos, los baños… Sango no podía con todo y debía ayudarla, yo era igual de responsable de esas niñas.

—No entiendo a qué quieres llegar —soltó con rudeza. Estaba harto de escucharlo hablar de Sango, no llegaban a la raíz del problema y Kagome debería estar buscándolo en ese momento. Escuchó al monje soltar el aire pesadamente denotando su exasperación.

—El punto es, Inuyasha, una esposa es más que una amante, es una compañera y esa palabra ya te dice qué es lo que debe hacerse en un matrimonio. Yo amo a mis hijos. Amo alimentarlos, amo despertarlos y cambiarlos, amo jugar con ellos. Amo bañarlos junto a mi bellísima esposa. Y a ellos les encanta que hagamos eso en familia. Casi siempre los metemos a todos juntos en la bañera y jugamos con ellos mientras los bañamos. Es un juego que tenemos. Pero a veces, cuando Sango tiene su sangrado mensual y está dolorida —¡Ah no, eso sí que no, hijo de puta! No quería saber sobre los sangrados de Sango. Esto era demasiado íntimo. ¡¿Dónde verga estaban los leños para poder irse de ahí?! Se puso de pie, dispuesto a correr, pero la sensación de tener el cuerpo acalambrado lo invadió— solamente se trata de ayudarla a lidiar con nuestros hijos —continuó Miroku sin inmutarse, mientras guardaba el resto de pergaminos en su holgada vestimenta.

—Hijo de…

—Puedes ayudar a tu esposa con el más mínimo de los gestos. Ya sea tendiendo los pañales, bañando a Keita o dándole de comer a ella mientras amamanta. Darle de comer podría ser lo más importante, esa podría ser la única comida caliente que ella coma en todo el día. Después de todo, de eso se trata ser un matrimonio, ¿No? No todo es hacer el amor, y sabes que me encanta eso. También implica apoyarse el uno al otro, acompañarse. Si solo me dedicara a engendrar hijos y no a cuidarlos no podría llamarme un hombre con todas las letras.

—Un hombre… —repitió, sumergido en sus propias cavilaciones. Miroku sonrió satisfecho, al menos el 10% de todo lo que había dicho parecía haber llegado al diminuto cerebro de su mejor amigo. Se agachó para retirar el pergamino en su espalda, pero el albino permaneció tumbado como si aún estuviera siendo subyugado por el poder divino. Miroku, por su parte, tomó sus leños correspondientes y comenzó a andar nuevamente rumbo a la aldea, ya casi estaban fuera del bosque.

—En fin, ¿Van a venir a comer? —repitió.

—No.

Y esa respuesta, lejos de decepcionarlo, lo hizo sonreír con suficiencia.

—Entonces nos vemos.

El resto del día no le prestó atención a demasiadas cosas. Parecía más ido que de costumbre y sabía que eso preocupaba a su compañera así que trató de disimular lo máximo posible. Una vez que tanto su mujer como su hijo estuvieron dormidos se dedicó a sumirse en sus pensamientos tanto como le fuera posible. ¿Y si… estaba siendo un mal compañero? ¿Y si con su actitud solo hacía sentir miserable a Kagome? ¿Se sentiría sola? Tuvo ganas de darse un puñetazo al darse cuenta de que, probablemente, la mayoría de esas respuestas serían afirmativas. Escuchó un ruido tras de sí, un pequeño traqueteo que hizo que sus orejas se movieran ligeramente hacia atrás. Giró su cabeza a la derecha y encontró a su cachorro gateando hacia él. Probablemente había identificado su olor. Ah, apenas gateando se había alejado tanto del lado de su madre. Eso solo auguraba el pequeño torbellino que tendrían dando vueltas en cuanto aprendiera a caminar debidamente.

—Keita… —musitó— Despertaste. —Lo tomó cuidadosamente en brazos y observó detenidamente su rostro. Tenía rastros de baba y leche, su ropa estaba ligeramente cubierta de tierra. Se irguió junto a su hijo y caminó lentamente de vuelta a la habitación matrimonial con la intención de depositar al inquieto cachorro en brazos de su madre. Tal vez la despertaría para sugerirle que le diera un baño en…— Baño… —Susurró. Esa palabra no dejaba de darle vueltas por la cabeza.

Contempló nuevamente el rostro del infante, con sus manos se aferraba fuertemente a su ahori y miraba a cualquier lado menos a su madre. No quería estar con ella, quería estar con él. Desvió su mirada entonces al suelo, al futón más precisamente. La azabache dormía tan profundamente y con tal placer que había dejado sus piernas abiertas y sus brazos extendidos a los lados de su cabeza, un mechón de su rizado cabello se había introducido accidentalmente en su boca empapándolo con saliva. Estaba agotada. Nunca la había visto dormir así en todos sus años como estudiante de secundaria, pero era obvio que la maternidad la había transformado. No, la dejaría dormir. La ayudaría. Miró con decisión a su primogénito y le sonrió enseñando uno de sus colmillos juguetonamente.

—Tú y yo vamos a pasar más tiempo juntos a partir de ahora. —Keita rio suavemente mientras jugaba con el cabello plateado de su padre quien observaba disimuladamente a su madre, asegurándose de que ella no se despertara por el ruido. Pero dormida como estaba dudaba que se despertara incluso si una estampida de elefantes arrasaban con el lugar— Iré a prepararte un baño.

Y… lo que inicialmente pareció una buena idea, una tarea sencilla, se había convertido en toda una odisea. Había puesto el agua al mismo nivel que utilizaba Kagome para bañar a su hijo, había comprobado la temperatura y había traído las toallas con antelación. En cuanto sumergió a Keita en el agua todo pareció marchar bien, por breves instantes… pudo apreciar la forma en que sus facciones pasaban de estar alegres a inesperadamente tranquilas, para luego pasar a hacer el famoso ''puchero'' que generalmente es previo al llanto. Pero, gracias a Dios, Keita no había llorado. Solamente había puesto sus regordetes brazos en el borde de la bañera infantil y había intentado impulsarse hacia afuera para salir al igual que un perro al que intentan bañar a la fuerza. Volvió a sentarlo en el fondo dos o tres veces, pero en cuanto dejaba de mirarlo para alcanzar el cuenco con el que volcaría agua en su cabeza, este se estiraba intentando salir nuevamente. La cuarta vez lo ubicó en el mismo lugar de siempre, pero se encargó de obstaculizar la salida con su propio cuerpo. Y entonces, cuando Keita se vio sin salida posible, abrió la boca y sus ojos se pusieron vidriosos con tal rapidez que si hubiera parpadeado se habría perdido el cambio. Ah, ahí estaba el famoso llanto…

—No, no, Keita, no… —por un segundo se calló, pero solamente para coger más aire y volver a berrear— Shh, mira, este es tu peluche. Puedes jugar con él, ¿Ves? —lo arrojó rápidamente al agua para que jugase con él al igual que los hijos de Miroku con sus juguetes de madera. Su cachorro adoraba ese peluche de tela, siempre dormía con él. Incluirlo en el baño debería ser una experiencia positiva.

Y tuvo tiempo de pensar todo esto porque el silencio volvió a reinar al mismo tiempo que el infante miraba con asombro su adorado juguete… ¡Lo había lograd…! Otro inminente grito, mucho más fuerte que los demás, lo obligó a plegar las orejas para minimizar aunque sea un poco el sonido. No, definitivamente no lo había logrado. Su primogénito extendió los brazos en una dirección diferente, sin siquiera mirarlo a él, con los ojos plagados de lágrimas mientras lloraba desesperadamente. Miró en la misma dirección que su retoño, encontrándose con la esbelta figura de su mujer de pie al lado de la puerta con la yukata a medio abrir. Ella emitió una débil risita mientras terminaba de entrar al cuarto y se dirigía a la pequeña bañera para cargar a su bebé sin importarle que su ropa se fuese a mojar.

—¿Se puede saber qué clase de castigo medieval estás imponiéndole a nuestro hijo? —bromeó.

—Él… no se quiere bañar —susurró. Kagome levantó una ceja, extrañada, ¿Su esposo había intentado bañar a Keita?—. No le gusta jugar con su peluche en el agua y…

—Pues claro que no, tonto. Mojaste su juguete favorito que usa para dormir. ¿Cómo se supone que duerma si su peluche está completamente empapado? —la sacerdotisa tenía al pequeño sujetado firmemente en su cintura mientras se mecía en el lugar intentando calmarlo, había dejado de llorar a todo pulmón, pero continuaba inquieto. Terminó de abrir su yukata y sacó uno de sus pechos para introducirle el pezón en la boca. ¡Juraba por Dios que se arrepentía de no tener chupones en esta época! Miró ceñuda a su esposo, que miraba decepcionado el piso del cuarto de baño— Además, ¿Por qué el repentino interés en bañarlo? ¿Por qué no me despertaste? —indagó.

—Yo… mmm…

—¿Tú…? —incitó.

—Esto es culpa del monje, ¡Si no me hubiera lavado la cabeza esta mañana yo no…! —el rostro de su mujer se alarmó ligeramente, era raro verlo exaltarse tan fácilmente. No, esto no era culpa de Miroku. Era su culpa. Era su culpa no haberse entrometido en la crianza y los rituales de su cachorro desde que nació. Si hubiera hecho lo correcto ahora mismo Keita estaría riendo de gozo por poder disfrutar de un baño junto a su padre, justo como Miroku y sus hijos— Él me hizo replantearme muchas cosas —soltó—. Dice que no te ayudo lo suficiente y creo que tiene razón. —El silencio de su compañera lo agobió. Podía significar que lo estaba escuchando, pero también podía significar que estaba de acuerdo con ese monje idiota— Vi a Keita sucio y quise ayudarte a bañarlo, pero no se deja y eso me frustra y creo que se lo transmito porque…

—Toma —interrumpió—. Pon a Keita en la bañera e intenta bañarlo. Quiero ver cómo lo haces. —Pudo percibir cierta ternura en su voz, la había conmovido. No dijo nada, solo se limitó a tomar al niño de los brazos de su madre que volvió a revolverse en cuanto vio que lo alejaban del seno materno. Con cuidado se sentó en el suelo e intentó volver a introducir a su hijo en el agua a pesar de las constantes patadas de éste.

—Keita, a bañarse. —Ordenó bajo la atenta mirada de la azabache que pudo notar la forma en que el niño parecía alterarse más.

Kagome lo dejó intentar otro par de veces teniendo siempre el mismo resultado, pero con cada negativa Keita parecía ponerse más inquieto. Si esto seguía así no tardaría en llorar como antes. Finalmente decidió agacharse junto a ellos y tomó a su hijo de las manos de su padre, ambos posaron sus ojos dorados en ella, pero el niño parecía ver una especie de salvavidas en su mamá y tomó su mano desde dentro de la bañera intentando que ella lo levantara y se lo llevara. Miró detenidamente a su marido, indicándole con la mirada que había cometido varias faltas. Sus ojos casi parecían decirle ''así se hace''. Luego volteó hacia el infante, con una mirada totalmente diferente, esta era cándida y alegre… la vio esbozar una amplia sonrisa y con voz divertida musitó:

—Vamos a jugar con agua, Keita.

Inuyasha arqueó una ceja ante el extraño cambio de táctica, un par de palabras no cambiarían la situación. El niño seguía sumergido en agua, la cual se enfriaba cada vez más, y seguía irritado. Sin embargo, casi se va de espaldas al ver a su hijo reír estruendosamente y comenzar a chapotear. Sí, tiró a su peluche fuera de la bañera porque le estorbaba, pero luego de eso comenzó a jugar normalmente con todo a su alrededor.

—Ahí va la cascada —murmuró su mujer con voz dulce antes de dejar caer lentamente agua sobre la cabeza de Keita, quien reía por los graciosos sonidos que su madre hacía al bañarlo.

No podía creerlo. Había hecho todo bien ¿Excepto a la hora de usar palabras específicas? Permaneció como espectador la mayoría del tiempo, solo de vez en cuando dejaba que su cachorro jugase con sus manos cuando depositaba sus otros juguetes en la palma de esta. Intentó memorizar ciertos sonidos para la próxima vez, para hacer similares o incluso mejores cuando le tocara bañarlo. También prestó atención al cuidado que tenía Kagome con sus orejas y pelo, así como la forma correcta de enjuagarlo… Sí, en este momento las cosas más básicas le resultaban un completo misterio. Una vez finalizado el baño su mujer envolvió a Keita en una toalla y se fue a la habitación a vestirlo mientras él se dirigía a la cocina en completo silencio. Una vez que logró cambiar a su cachorro la azabache cargó al niño hasta donde se encontraba su padre calentando el estofado de esa tarde… Ah, ¿Comiendo de nuevo? Bueno, lo raro sería que no comiera como bestia igual que siempre. Mantuvo a su bebé pegado a su pecho mientras intentaba dormirlo, Inuyasha la seguía con la mirada mientras ella daba vueltas por el lugar lentamente a la vez que tarareaba una canción muy, muy bajito. Pero Keita no dormía, se encontraba muy despierto. Tal vez el baño no fue buena idea. Se sentó junto a su esposo mientras volvía a colocarle el pecho en la boca a su hijo. Ojalá fuera el hambre lo que lo tuviera despierto… Lo sintió comenzar a succionar. Sí, era hambre.

Ja, de tal palo, tal astilla —pensó.

Cerró los ojos con calma intentando relajarse en su sitio y disfrutar de la tranquilidad de la noche. El olor del estofado llenaba el ambiente haciendo que se relamiese por dentro. Bien, cuando Keita estuviera completamente dormido comería un poco… No, seguro se despertaría. Mejor mañana. Sí, mañana temprano volvería a recalentarlo. Podía aguantar el hambre hasta entonces. El olor se hacía notablemente más fuerte, casi podía sentir la calidez del cuenco frente a ella. El vapor, ese calorcito que la hacía… Basta. Lo mejor sería darle las buenas noches a Inuyasha e irse a dormir o de lo contrario se volvería loca. Abrió la boca para comenzar a hablar, pero algo cálido se introdujo en su interior sin que ella pudiera evitarlo. Abrió los ojos sorprendida encontrándose con los palillos frente a su rostro siendo firmemente sujetados por un par de garras que ella conocía a la perfección. El sabor inundó su boca y casi la hizo gemir de puro gusto. Exquisito…

Inuyasha la observaba desde su sitio con renovado interés. Con esa simple acción pudo comprobar, una vez más, que las palabras de Miroku contenían una poderosa verdad.

''Darle de comer podría ser lo más importante, esa podría ser la única comida caliente que ella coma en todo el día...''

—Tonto —musitó una vez que logró tragar—, si querías ayudarme solo tenías que decirlo. —No era tonta. Lo sabía. Su esposo había estado martirizándose todo el santo día por uno de los tantos sermones de Miroku. Y este último gesto, alimentarla mientras se encargaba de darle de comer a Keita, demostraba que esas palabras habían calado profundo en la hueca cabeza de su marido. Inuyasha le dio otro bocado y ella sonrió antes de comer nuevamente— La próxima vez me ayudarás a bañarlo. Gracias.

Él no dijo nada, solo se limitó a darle otro trozo de carne teniendo cuidado de que no estuviese muy caliente. Kagome terminó de comer casi al mismo tiempo que Keita, quien dejó el pezón tranquilo y echó la cabeza hacia atrás en cuanto se quedó dormido. Lo contempló unos escasos segundos antes de acariciar cuidadosamente su cabello. Sonrió.

Finalmente sentía que estaba actuando como un verdadero compañero.

FIN

Para las futuras mamás, o las que ya lo son, prueben ese truco de cambiar las palabras a la hora del baño. Funciona y crea un hermoso recuerdo en la mente de los niños c:

Este drabble (que en realidad es one-shot por lo extenso) lo amé, ¿Y ustedes? Es en compensación por lo triste del anterior. ¡Muchísimas gracias por sus reviews, follows y votos! Amé sus comentarios. Me alegra saber que aún no perdí el "toque" para hacer que se sientan miserables —¿Eso fue muy cruel?—. Espero que con este drabble haya sido igual y se sientan reconfortados luego del mal rato que les hice pasar xd.

¡Los amo y quédense en casa! Besos. No olviden comentar como siempre, hermosuras.

24.03.20