Elástico

El sonido del agua escurriendo entre las piedras y las copas de los árboles moviéndose gracias al viento de ese día llenaban el lugar con melodiosos y naturales sonidos. Aunque no por eso lograban opacar sus lamentables pensamientos. Kagome desanudó su hakama y dejó su bajo vientre al descubierto una vez que comprobó que se encontraba sola en la orilla de ese caudaloso río. Acarició su pelvis con tristeza y suavidad, incluso con algo de repulsión. Se sentía tan fea.

Hace casi cinco meses había nacido su primogénito, su pequeño Keita. Sabía que debería de sentirse feliz, debería de estar saltando en un pie por al fin ser madre, pero no podía permitírselo. Sí, lo amaba, adoraba a su hijo y todo lo que la maternidad conllevaba. Solo que desde hace un tiempo había dejado de amarse a sí misma. Sentía que cargaba un enorme espejo adonde quiera que fuese, un espejo que solo le mostraba lo fea que se había vuelto. Se sentía culpable por no poder disfrutar al cien por ciento esta nueva etapa, se sentía culpable por no poder mostrarse tan dichosa y despreocupada como lo hacía Sango.

Acarició lentamente y con dolor aquellas marcas oscuras que parecían rasgar su piel. Algunas eran profundas, otras solo se notaban con mucho esfuerzo. Dejó su mano posada en ese lugar sin tener intenciones de quitarla. Hasta hace poco ese lugar albergaba una nueva vida y no le había importado tener esas horribles cicatrices, pero ahora… Ahora solo le quedaban las estrías propias de su embarazo. Creía padecer eso que llamaban "depresión post-parto".

Al principio había intentado frenarlas frotándose ungüentos, pero poco o nada de efecto tuvieron sobre su delicada piel. Jamás se había detenido a pensar en las secuelas que tendría luego de dar a luz. Tal vez porque su mente aún no procesaba que ya no tenía las maravillosas cremas con células madre anti-estrías propias de su época. Solo tenía lodo y algunas plantas con las cuales hacía un empaste casi todos los días. Inuyasha solía quejarse del fuerte hedor porque pensaba que eran para crear alguna medicina. En efecto así era, pero esas plantas no sanarían a un enfermo sino a su pobre autoestima.

—¿Qué es esa mierda? Apesta.

Sí, Inuyasha siempre se quejaba de sus medicinas. Pero el día que dijo eso se sintió aún más horripilante. Si ella no tuviera estrías no tendría que preparar esa mezcla pastosa ni ponerla sobre su piel. Por eso siempre procuraba usarla únicamente cuando su esposo no estaba en casa o se había ido por días a trabajar, de esa forma garantizaba no tener que escuchar más comentarios hirientes.

Se asomó con cierto miedo a las impecables aguas que reflejaban su rostro levemente distorsionado. Sin embargo, a pesar de la suave corriente, podía alcanzar a distinguir cada uno de sus defectos en aquel tranquilo caudal. Tocó su rostro con infinita tristeza, palpando las bolsas debajo de sus ojos. Observó todos y cada uno de sus defectos e imperfecciones sintiéndose como un verdadero adefesio. Se tapó el rostro con las manos intentando no llorar. No, ya no quería ver más, no quería sentirse aún más miserable. Añoraba asomarse al río y ver su joven rostro, lleno de seguridad y determinación. Quería caminar grandes distancias confiada de que sus torneadas piernas no le fallarían o tener sexo sabiendo que su piel era tan blanca como siempre, tan firme y deseable que su esposo no la dejaría salir de la cama por horas enteras. Quería el cuerpo y la confianza que tenía durante la búsqueda de los fragmentos. ¿Dónde quedó esa mujer tan segura que alguna vez fue? Tal vez del otro lado del pozo.

Ella había sido intrépida, salvaje. Era definida por Inuyasha como una fiera tanto durante las batallas como en la cama. Pero ya no se sentía así. Ahora solo se dedicaba a su hijo. Dormía cuando él lo hacía y el resto del tiempo se encargaba de limpiarlo o alimentarlo, además del mantenimiento de la casa. Se sentía una mujer aburrida, vacía y repulsiva. Indeseable para tener sexo siquiera una vez al mes. No es que Inuyasha no quisiera tocarla, al contrario. Esperó muy pacientemente a que se cumplieran los cuarenta días en los cuales ella se recuperaba del parto para recién tener intimidad. Pero la sacerdotisa se negó esa vez y las que le siguieron. Siempre ponía excusas, una menos creíble que la otra. Primero dijo que le dolía, luego que estaba con su período o que estaba demasiado cansada. Con mucho esfuerzo su esposo lograba postrarla en la cama llenándola de besos hasta que llegaba el momento de quitarse la ropa, entonces la azabache se hacía la dormida para que él la dejara en paz. El ojidorado la miraba extrañado. Sabía que Kagome no dormía, pero debía de estar realmente cansada como para no querer tener relaciones cuando tenían un momento de paz. Las excusas se acababan y eso la agobiaba. No tenía forma de decirle que ella ya no era atractiva, no podría tolerar mostrarle sus laceraciones y que su esposo le respondiera con una mueca de disgusto o repulsión. No, sería demasiado para su corazón.

Durante su embarazo su piel se había estirado demasiado y luego del parto la piel suelta de la zona le daba una apariencia fofa y elástica carente de sensualidad. Apretó los dientes y presionó con firmeza su bajo vientre hasta sentir dolor, deseando así poder desaparecer sus repugnantes cicatrices.

—Parezco un globo desinflado —musitó con una enorme tristeza en su voz.

—¿Qué es un globo? —Escuchó a su espalda y se giró lentamente para encontrarse con la imponente figura de su marido mirándola con curiosidad.

Inuyasha se había ido a cazar esa misma mañana aprovechando que su familia aún dormía. Volvió a su hogar un par de horas después listo para comenzar a desmembrar lo que había conseguido. Sin embargo, se encontró con un enorme campo de fuerza rodeando la cabaña y el aroma de su cachorro dentro. Kagome hacía eso cuando necesitaba estar sola y no tenía con quién dejar a Keita. Buscó su olor en el aire captando matices de angustia en él. No estaba muy lejos. Apenas había recorrido unos cuantos metros hasta el río que estaba cerca de su hogar.

—Inuyasha… —lo vio acercarse lentamente, con cautela, hasta sentarse detrás de ella e incitarla a recostarse en su fornido pecho. La rodeó con sus brazos, posando sus manos encima de las suyas.

Kagome pegó un respingo al darse cuenta de que él, tal vez, tocó sin querer sus estrías. Se apresuró a cerrar nuevamente su hakama con profunda vergüenza. No quería que él la viera así. De hecho, si hubiera un motivo para separarse, ella pondría a las estrías en primer lugar. Ya no se sentía una mujer linda y deseable, no como antes. No se consideraba lo suficientemente buena como para permanecer el resto de su vida junto a él.

Inuyasha sintió la tristeza en el aroma de su mujer, estaba abatida. Había dejado de ser ella misma. Pocas veces la veía sonreír y sabía que no era precisamente por ser infeliz. Al contrario, se la notaba dichosa con la llegada de un nuevo miembro en su familia. Pero en cuanto Keita dormía parecía que sus demonios la consumían por dentro y sus pensamientos no dejaban de rondarla hasta hacerla llorar. Apoyó su mandíbula en la coronilla de su mujer queriendo contenerla y cubrirla con su cuerpo para que nadie más la viese deshecha.

—Hay agua en la cabaña ¿Por qué viniste al río? —Se aventuró a preguntar tratando de llegar lentamente al tema principal. Era algo que había aprendido durante la convivencia con su esposa.

—Solo vine a ver lo fea que me he puesto —rio con amargura. Él ya debería saberlo, no tenía sentido ocultarlo. Lo escuchó quejarse, estaba disgustado.

—Eso no es cierto —repuso. Una vez más Kagome era víctima de sus inseguridades. Primero era su destreza con el arco, luego sus poderes e inclusive estaba el dilema del triángulo amoroso que vivieron cuando se conocieron. Ahora mismo su nuevo enemigo no era siquiera real, no era un demonio al cual podría destazar con sus garras para otorgarle paz a su compañera. No, era su autoestima lo que estaba herido y no estaba seguro de poder sanarlo.

—Sabes que es la verdad. —Se escapó con brusquedad del abrazo de su marido y se arrastró hasta la orilla del río nuevamente— Soy horrenda.

—¡Kagome! —Gritó una vez estando a su lado. Intentó mirarla a los ojos, pero ella se lo negó girando su rostro.

—Mírame. No hay nada lindo en mí. Mi pelo —dijo mientras tomaba uno de sus mechones entre sus manos— está opaco, enmarañado y difícilmente logro peinarlo cada mañana. Tengo ojeras; bolsas debajo de mis ojos.

Comenzó a llorar sin poder soportarlo más. Se dejó abrazar por su compañero que la acunó en su pecho y acarició su cabello con congoja. De haber sabido que tener un hijo la haría tan infeliz, tal vez se habría planteado más la idea de formar una familia. Agachó las orejas. Se sentía culpable en parte. Un poco del dolor de su compañera logró llegar a él y sintió un dolor agudo en el pecho. Oírla llorar era uno de los peores escenarios que podía presenciar. Entre pequeños hipos y sollozos escuchó lo que Kagome trataba de decirle.

—Yo era… era una chica segura —comenzó—, hermosa, con piernas torneadas y cintura definida. —Se tomó un segundo para respirar. Era tan doloroso tener que decirlo en voz alta. No sabía cómo miraría a Inuyasha a la cara de ahora en adelante. Seguramente ahora sería mucho más consciente de la horrible figura que tenía su mujer— Mis pechos eran firmes y suaves… Y ahora… —hipó— Ahora huelo a vómito, baba, a ropa sucia. Estoy tan cansada que difícilmente me las ingenio para cocinar una sopa mediocre.

Inuyasha arrugó el ceño molesto consigo mismo al escuchar eso último, pues sabía que sus inseguridades en la cocina se debían a todas las estupideces que dijo sobre sus habilidades culinarias durante su viaje en búsqueda de los fragmentos de la perla de Shikon. Nada podría estar más lejos de la verdad. Adoraba cómo cocinaba su mujer. Siempre procuraba hacer comida en abundancia para asegurarse de que él no se quedara con hambre —tarea difícil incluso para Kaede que tenía buen ojo a la hora de preparar la cena—, le daba los trozos más tiernos de carne y siempre era cuidadosa con los condimentos a sabiendas de que por su mitad demoníaca le resultaba difícil tolerar ciertos sabores y aromas.

—No digas esas cosas —consoló—. Eres la mejor cocinera de la aldea.

—No mientas —sollozó. Inuyasha tomó delicadamente el mentón de su hembra y la obligó a mirarlo para que supiera que en sus ojos no había ningún atisbo de duda o falsedad.

—Tonta, no miento. Amo tu forma de cocinar. Tu comida… sabe a hogar.

Kagome abrió enormemente los ojos. Pocas veces Inuyasha era cariñoso o demostrativo y esta era la primera vez que halagaba su comida de forma tan abierta y sincera. Sus ojos se volvieron a inundar de lágrimas y apretó los labios intentando contener un nuevo sollozo.

—¿En serio? —Susurró tan suavemente que a Inuyasha le costó un poco entender lo que su esposa había dicho. Sonrió con tristeza, a veces era tan terca...

—Por supuesto que es verdad —aseguró, y lo repetiría las veces que hiciera falta hasta que la sacerdotisa entendiera que le hablaba desde el fondo de su corazón. Necesitaba ser su apoyo en esos momentos. Necesitaba ser su compañero hoy más que nunca—. Amo tu comida tanto como amo a la mujer que la prepara.

—¿A pesar de mi apariencia? —Se apartó y llevó las manos a su pecho. No estaba segura de querer escuchar la respuesta, pero necesitaba preguntarlo— ¿Aunque ya no sea linda y me haya vuelto indeseable y repulsiva?

—Kagome... —la mencionada se tensó, no supo distinguir el tono de voz de su marido. ¿Estaba molesto? ¿Asqueado al darse cuenta de su cuerpo? ¿Triste? No lo sabía— Eres la mujer más hermosa de toda la aldea. ¿Cómo puedes dudar tanto de tu apariencia?

—Es que... Es que Sango... Ella tuvo gemelas y otro bebé y no... No se ve así —los lamentos que salían de su garganta le impidieron seguir hablando. Pero no hizo falta, Inuyasha terminó de comprender el 100% de la conversación.

Desvió su mirada a la parte baja de su compañera, notando cómo ella se encorvaba para ocultar su vientre. El cual era un poco más grande ahora como consecuencia de su primer embarazo, pero no resultaba desagradable a la vista. Posó su palma abierta en aquel sitio, justo en donde sabía que su mujer tenía más "cicatrices". Porque sí, él las había visto cuando ella se bañaba o cuando rodaba en sueños y su yukata se entreabría un poco dejando ver esas cicatrices que todas las mujeres —que alguna vez tuvieron hijos— poseían. Incluso había visto las de Sango una vez por error. Definitivamente Kagome había logrado sobrellevar el embarazo mejor que la castaña, pues ésta última tenía tantas que parecían ser heridas provocadas por algún demonio que intentó desgarrarla. Pero no se lo diría, no ahora, algún día Kagome se daría cuenta por sí sola. Besó tiernamente la mejilla de la azabache, la cual estaba húmeda debido a las lágrimas que seguían fluyendo de los almendrados ojos de la joven, y la acercó más a sí mismo con ayuda de su otra mano. Comenzó a masajear con su pulgar el bajo vientre femenino, la notó tensarse. Sí, definitivamente ella tenía miedo de que sintiera aquellas marcas.

—Ilusa —murmuró con cierto deje de picardía en su voz—, ¿Es por esto? —Apretó su palma contra el estómago de su compañera que inmediatamente comenzó a llorar con más fuerza. Interpretó eso como una afirmación y la hizo separarse de su pecho para que, una vez más, lo mirara a los ojos. Esta vez no la dejaría apartar la mirada ni siquiera un centímetro— Kagome, yo te amo y tú me amas —la vio asentir—, y eso es algo impensable para un híbrido. El primer gran regalo que me diste, fue ser mi compañera y permanecer a mi lado a pesar de todo. El segundo... —masajeó con cariño aquella zona que a su esposa tanto le avergonzaba. Lo masajeó con tanta dulzura que Kagome se enterneció al sentir tanto amor en una acción tan simple como aquella— fue tener un cachorro conmigo. Por esa razón yo, más que cualquier otra persona, amo tus cicatrices. Tu vientre llevó a Keita durante nueve maravillosos meses, y siempre que vea estas heridas recordaré el gran gesto de amor que demostraste hacia mí.

—Tonto, no digas estupi... —la calló con un beso. No la dejaría arruinar el momento, no dejaría que dijera otra estupidez, tampoco permitiría que sus inseguridades se comieran toda el autoestima de su compañera como demonios sanguinarios. Porque para eso estaba él. Para apoyarla, para darle seguridad y recordarle todos los días que gracias a ella ahora él conocía la felicidad y el calor de una familia.

—Hueles bien. —Soltó una vez que separó sus labios de la boca femenina— Ahora no solo hueles como tú, hueles como una madre —amaba el olor que tenía su mujer debido a la lactancia, amaba poder oler en ella el aroma de su cachorro—. Y no quiero escuchar ningún otro comentario al respecto. Eres preciosa, mucho más que cualquier otra pueblerina —acotó recordando a Hana, la mujer que de vez en cuando osaba acosarlo frente a Kagome—, fogosa, salvaje y libre. Así eres tú... Y nunca dejarás de serlo, sin importar cuántos hijos tengamos.

Kagome sonrió con ganas por primera vez en toda la tarde y besó con necesidad a su marido. No quería separarse de él. Inuyasha era un idiota para la mayoría de las cosas, pero sabía usar las palabras cuando la situación lo ameritaba. Y gracias a eso, ella al fin logró comprenderlo. Ser madre no la había vuelto menos mujer, menos intrépida o deseable. Inuyasha, a través de todas esas palabras sensibles y dulces, había intentado decirle algo que se resumía en una sola frase.

Las mujeres son débiles, pero las madres son fuertes...

FIN

¡Hola! Espero que les haya gustado mucho este drabble, tanto como a mí me gustó escribirlo c:
Muchísimas gracias a las personas que comentaron en los drabbles anteriores y se han pasado por mis otros fanfics. Amo leer sus reacciones y mensajes de aliento c:

Hoy a la mañana rendí un parcial de biofísica, ¡Aprobé con seis! Así que vine corriendo a actualizar xD

¡No olviden revisar mi one shot más reciente: "Marea"! ¡Besos!

4.3.20—1.6.20