Termales

Inuyasha mezclaba la olla frente a él con impaciencia. Ya había colocado toda la carne y vegetales dentro, tal y como su mujer le había indicado antes de salir, y se había quedado cuidando el pequeño caldero para que no se quemara lo que bullía en su interior. Sin embargo, llevaba tanto tiempo revolviendo la sopa que no sabía si ya estaría sobrecocida. Desearía tener a alguien para preguntarle si ya era hora de apagar el fuego, era una lástima que ese "alguien" se hubiera ido hace más de una hora.

Sus dedos tamborilearon sobre la madera del suelo y contuvo un suspiro de hartazgo. Su olfato le decía que ya era hora de apagar el fuego, servir la comida y cenar. Pero no quería arriesgarse a ser regañado por Kagome, tampoco quería comer solo. De manera que sus opciones seguían reduciéndose a una única salida posible: Sentarse y esperar, como el buen perro que era, a que su dueña regresara...

._._._._._._._.

Su estómago gruñó por enésima vez en la noche, recordándole que "la hora" se había convertido en "las horas" de ausencia de la azabache. Miró el caldero que se alzaba sobre las brasas ya extintas del fuego que una vez fue. Ni siquiera hizo falta usar agua para apagarlo, la leña se había consumido sola con el paso del tiempo y él no tuvo el más mínimo interés en ir a buscar más.

La delgada cortina de bambú crujió ligeramente en cuanto la sacerdotisa entró en la estancia. Lucía una piel notablemente más blanca y tersa, el cabello húmedo era desenredado cuidosamente por sus delgados dedos y en su rostro asomaba una sonrisa completamente relajada.

—¿Ya terminaste de cocinar? —Preguntó la azabache ignorando completamente el ambiente tenso que inundaba el interior de su hogar.

—Sí.

—¿Ya cenaste?

—No.

—¿Y se puede saber por qué suenas ofendido? —Kagome se pellizcó el puente de la nariz y contó mentalmente hasta diez. No perdería los estribos, no esta vez.

—¿Tal vez porque tardaste dos horas y media dándote un baño? No lo sé, tú dime.

—Ay, no molestes... El agua estaba perfecta y me distraje. No me di cuenta del paso del tiempo, eso es todo —se excusó. Inuyasha mantenía el ceño fruncido. No estaba para nada contento—. Podrías haber empezado a comer o irme a buscar si es que estabas tan preocupado.

No, él no estaba preocupado. Sabía bien que su esposa sabía defenderse y que no dudaría en gritar su nombre si llegaba a necesitar ayuda. Definitivamente "preocupado" no era la palabra que definiría su estado.

—Quería que disfrutaras tu tiempo a solas, pero esto fue demasiado.

Miroku siempre le hablaba sobre respetar la privacidad e intimidad de su compañera. Que estuvieran casados no implicaba pasar juntos cada segundo de sus vidas, aunque a veces desearía que así fuera. A veces no hacía falta bañarse juntos, cada quien necesitaba intimidad para divagar y disfrutar su tiempo a solas.

—Sí, sí, la próxima vez trataré de no tardar tanto. Hoy no quiero pelear.

Kagome calentó la comida sin dejar que el pequeño desencuentro con su marido arruinara su buen humor. Afortunadamente el caldo se encontraba en su punto exacto, ni crudo, ni sobrecocido. Llenó los cuencos con el caldo repleto de carne, verduras y algo de arroz y le pasó el más grande a Inuyasha. Comieron en silencio. Cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Mientras Kagome disfrutaba de la vista nocturna que le ofrecía la pequeña ventana de su cabaña, Inuyasha no podía dejar de observar el escaso vapor que seguía saliendo del cabello de la sacerdotisa. Al verla entrar mientras todo su cuerpo desprendía un vapor aún más intenso recordó los días en los que ella solía visitar su época para darse un baño, especialmente cuando estaba enojada, y siempre —insistía, siempre— salía envuelta en una humareda que dejaba los espejos del baño empañados por horas enteras. Y ahora que entraba en más detalles, cuando Kagome no podía usar las aguas termales en invierno —porque se enfermaría si recorría el bosque repleto de nieve luego de haber estado en aguas tan calientes como las de aquellas fosas naturales— insistía en traer agua de un río cercano, ponerla a hervir y bañarse con eso. Se supone que eso no tenía nada de raro... Pero la sacerdotisa calentaba el agua hasta llegar a una temperatura que los mortales no resistían. Por eso tampoco se bañaba con ella cuando hacía eso, moriría hervido luego de pasar tan solo cinco minutos en contacto con el agua.

—Mmm... Que bien sabe esto, ¿No? —La voz risueña de Kagome lo sacó de sus pensamientos. Se la notaba alegre, demasiado. Cada vez que tomaba un baño de agua caliente su humor parecía mejorar drásticamente... Como si le recordara a algo.

—Ah... Sí, supongo que sí...

Terminaron de comer sin mediar palabra, pero en un ambiente totalmente relajado. Lavaron los cuencos, taparon el caldero y se dispusieron a dormir. Tan pronto su compañera se acostó, lista para que él la abrazara como todas las noches, Inuyasha soltó la conclusión a la que había llegado en los últimos minutos.

—Creo que ya sé por qué te gusta tanto bañarte en las aguas termales... —Kagome lo alentó a continuar con la mirada mientras terminaba de acomodarse para dormir— Es porque el agua caliente te recuerda al infierno del que vienes, ¿Verdad?

Los ojos de su mujer adquirieron un brillo demoníaco en cuanto terminó de hablar. No lo entendía, ¿Había dado en el clavo o no?

—¡Abajo!

Aparentemente, no.

FIN

¡Mil gracias a todos los que comentaron en el drabble anterior! Lectores fieles, ¡Como siempre! Gracias también a los nuevos usuarios que halagan mi forma de esribir y que dejan comentarios analizando cada capítulo ¡Los adoro!

Hoy, 5.8.20, aprobé otro parcial de biofísica. Esta vez con diez, ¡Estoy muy feliz! Espero poder traerles una nueva actualización en cinco días c:

15.7.20