Capítulo 3. Hora de dormir

El chico realmente lucía cansado. Tony lo había recogido en un punto a varias manzanas de su escuela; en ese momento, sentado en el asiento trasero del taxi que Tony había llamado, era evidente que Peter hacía un gran esfuerzo para mantener los ojos abiertos.

—¿Para qué querías verme? —preguntó Peter.

—No estás durmiendo bien —dijo Tony—. Tienes mucho que aprender, chico. Ese balanceo entre edificios… —se interrumpió de repente, recordando al conductor—. Todas esas cosas que haces, yo sé que son divertidas, pero créeme, van a regresar a cobrarte factura.

—Lo juro, te he escuchado decirme como ocho versiones diferentes de esa misma frase.

—No te burles de lo que digo, Parker —lo regañó Tony. Entonces, se dirigió al conductor—: Deténgase aquí.


Se encontraban sentados en un banco sobre la acera, cada uno con su vaso de Starbucks en la mano. Al entrar a la cafetería, el chico inicialmente se había inclinado por la bebida más económica del menú, pero entonces Tony le había pedido que ordenara algo más costoso, insistiendo en que él iba a pagarlo. Ambos pidieron múltiples shots de expreso en sus cafés.

—No te ves nada bien —dijo Tony. Peter agachó la cabeza y se frotó la nuca con la mano con la que no sostenía su café a medio tomar. No respondió—. Puedo ver las ojeras que te cargas, chico —continuó diciendo Tony—. No puedes engañarme.

—¿Cómo va el traje? —preguntó Peter abruptamente. Tony le dirigió una mirada airada, la cual Peter correspondió con el tipo de insolencia que sólo se ve en personas menores de veinticinco años.

—Bien —concedió Tony al final—. Puede que tal vez yo haya inventado un nuevo tipo de tela especialmente para ti, aunque voy a dejar que tú le pongas nombre. No sé cómo llamarle a un híbrido de titanio, kevlar y poliéster. —Peter esbozó una sonrisa torcida, le dio un traguito a su café y miró a lo lejos. Los autos pasaban por la calle rugiendo sus motores—. Sólo prométeme algo —añadió Tony—. Prométeme que cuando te pongas el traje encontrarás una manera de tocar a todo volumen esa canción de Sia por toda la ciudad.

Eso bastó para hacer reír al chico, quien continuó sin mirarlo a los ojos.

—¿Está terminado? —preguntó Peter.

—Totalmente. No puedo hacer más. —La verdad era que Tony iba a echar de menos trabajar con ese traje; había sido bueno tener un proyecto que mantuviera sus manos y su cerebro ocupados. Un proyecto que lo mantuviera alejado de los pensamientos que, Pepper diría, lo arrastraban de regreso directo al abismo. Ya sabes. Si es que Pepper estuviera ahí—. Podemos pasar por el laboratorio y recogerlo, si gustas.

—Claro —dijo Peter y reprimió un bostezo—. Lo siento.

—No eres tú quien debe disculparse, chico. Soy yo quien lo siente.

—Ya te lo dije. Esto ya me pasaba desde mucho antes que tú aparecieras en mi vida. Y de todas formas… —Peter se encogió de hombros—… Yo te dije que sí, así que es tanto mi culpa como la tuya.

—Tienes quince años. No debí hacerlo.

—Está bien, ¿de acuerdo? —insistió Peter y negó con la cabeza—. Honestamente, ni siquiera creo que eso sea un problema. Es sólo la manera en que yo funciono, ¿sabes?

—Se supone que el cuerpo humano no debe funcionar así —le dijo Tony—. Y francamente, si estás durmiendo menos de… ¿cuántas horas eran? Oh sí, cinco horas a la semana, realmente no deberías de andar columpiándote entre los edificios de la ciudad.

Peter gimió y bebió más de su café.

—Suenas igual que May —dijo—. Ella siempre está tratando de que le cuente mis cosas.

—Bien por ella.

—No, no lo entiendes —dijo Peter—. No todos nosotros podemos pararnos en un podio y simplemente anunciarle al mundo que tenemos una doble vida, a diferencia de otras personas que yo conozco.

—Pero me habías dicho que tus problemas comenzaron desde antes de lo de Alemania.

—Sí, he estado haciendo esto desde hace tiempo. Tú lo sabes.

Tony inclinó su cabeza hacia un lado.

—Y antes de esto, ¿qué era? ¿Exámenes de ciencias, deberes de matemáticas, el club de debate, o qué? No me digas que un día te levantaste de la cama y simplemente decidiste hacer esto, porque a nadie le sucede así.

Peter clavó los ojos en la acera. Cruzó los tobillos y sus dedos tamborilearon un tatuaje encima del vaso de su café. No respondió nada.

—Muy bien, entonces no me cuentes —dijo Tony—. Pero créeme una cosa, Peter. —El chico levantó la cabeza al escuchar su nombre pero continuó sin hacer contacto visual con Tony—. No quieres hacer esto tú solo. No algo como esto. Sé que no puedes ir con tu tía y contarle a ella, pero me gustaría creer que si confiaste lo suficiente en mí como para dejarme secuestrarte hasta Europa, entonces al menos puedes confiar lo suficiente en mí también como para contarme qué es lo que te pasa. No quieres hacer esto tú solo —repitió.

Peter parecía estar pensándolo.

—¿Y tú, con quién hablas? —dijo al final—. Suenas como si tú tuvieras exactamente mis mismos problemas.

—Oh, yo dispongo de toda una red de apoyo. Es verdad que en este momento la mayoría de ellos se encuentran en paradero desconocido, pero ya sabes. Nadie es perfecto.

Peter hizo una mueca.

—Voy a pensarlo —dijo—. ¿Podemos ir ya a recoger el traje? Quiero regresar a casa antes de las seis.


Peter parecía tan asombrado del laboratorio de Tony tal como la primera vez que lo había visto, lo que resultaba, de cierta manera, enternecedor. Mientras Tony rebuscaba en el armario donde había colgado el traje en una percha, podía ver a Peter por el rabillo del ojo: el chico estaba pasando su mano por encima de todo lo largo de la encimera de acero inoxidable como si le maravillara la sensación.

—Y voilà.

Tony le arrojó el traje a Peter. Observó al chico moverse rápidamente para atraparlo.

—Es realmente liviano —dijo Peter, estirando una de las mangas de manera experimental.

—Síp. No es completamente a prueba de golpes, pero si alguien te da duro y caes, no deberás hacerte más daño que un leve moretón. Espero.

—¡Genial!

Tony observó a Peter estirar el traje de un lado y del otro, y, dándose cuenta de qué era lo que estaba haciendo, dejó de mirarlo y se ocupó en acomodar las perchas del armario.

—Por cierto —le dijo Tony por encima del hombro—. ¿Has considerado solicitar una de mis becas?

—¿Qué? Oh, ¿pero no son solamente para los que cursan el último año de preparatoria? —preguntó Peter sentándose encima de la mesa con el traje en el regazo.

Tony cerró la puerta del armario y se inclinó contra ella.

—Nah. Hay una división para cada uno de los grados escolares. Si llenas la solicitud de beca escolar nacional, y si cumples con todos los requisitos, te contestarán con un correo.

Peter asintió, luciendo como si no supiera cómo proseguir con aquella conversación. Se quedaron en silencio. Su pie respingó de manera involuntaria y eso pareció traer de vuelta a la vida al chico. Se estremeció y reprimió otro bostezo.

Desde la puerta del armario, con los brazos cruzados, Tony inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Cómo te sientes? ¿De verdad?

Peter comenzó a responder:

—Realmente no…

—¿…No estás así de mal? No me vengas con sandeces, Parker.

El chico no lo miró a los ojos, en vez de eso se quedó mirando fijamente a sus rodillas mientras se mordisqueaba la piel seca de su labio inferior.

—No dormí nada anoche —dijo finalmente, casi sonando culpable—. He estado dormitando durante todo el día. Esto es lo más despierto que he estado desde… mm, desde el mediodía.

Tony frunció el ceño. Si las cosas todavía fueran como habían sido antes, no habría dudado ni un segundo en llevar a Sam a hablar con el chico, a que le diera algún consejo. Al fin y al cabo, Sam estaba mucho más calificado que Tony, quien no tenía ningún estudio del tema, sólo experiencia personal. Pero Sam se encontrada Dios sabía dónde, junto con Steve y todos los demás, y ahí estaba Tony, vastamente carente de refuerzos.

—¿Qué tanto te lastimas habitualmente? —preguntó Tony—. Cuando sales a patrullar y eso…

Peter se encogió de hombros.

—Mayormente me hago sólo moretones. Hace una semana tuve una mala caída. Pensé que me había roto una costilla, pero de acuerdo a la página de la Mayo Clinic, sólo fue un buen golpe. Alcancé a hacerme curaciones antes de que May regresara a casa, así que…

Repentinamente, Tony tuvo ante él la viva imagen de lo que era ser un súper héroe hecho en casa, la visión llegó a su mente totalmente sin que él la solicitara: se imaginó a Peter en el pequeño y estrecho baño de su apartamento, hurgando entre la medicina guardada en el gabinete con manos temblorosas y conformándose con ungüentos antisépticos y banditas.

Perdido en sus pensamientos, tal como le pasaba mucho últimamente, Tony se vio devuelto a la vida por un movimiento repentino proveniente de la encimera. Levantó la mirada justo a tiempo para ver a Peter cayendo hacia delante como si fuera una muñeca de trapo. Tony se lanzó hacia él y atrapó al chico justo antes de que cayera al suelo; entonces Peter abrió los ojos y lo miró de manera aturdida. Inmediatamente, el chico se removió hacia atrás para librarse del agarre de Tony.

—Perdón —murmuró—. Me quedé dormido por un segundo… Oye —añadió—, ¿crees que podría echarme una siesta aquí? ¿Sólo por un rato?


Tony lo dejó acostarse en el sofá de la sala de TV, una que estaba a varias puertas del laboratorio por el pasillo. En cuestión de segundos, Peter estaba dormido, acostado boca abajo y viéndose como un niño de menos de quince años. Después de un momento de estar observándolo a ver si despertaba de golpe (el chico estaba teniendo un sueño inquieto, sus ojos se movían con brusquedad y tenía el ceño fruncido), Tony tomó una manta y cautelosamente se la colocó encima.

El chico se sobresaltó y abrió los ojos.

—Sólo soy yo —le dijo Tony.

Peter asintió amodorradamente y volvió a acomodarse. Tony le apretó el hombro y se alejó para buscar algo de beber.


Rhodey apareció en la entrada de la cocina cuando Tony estaba preparando café. Su amigo estaba cogiéndole el truco a sus prótesis bastante bien: por esos días apenas sí se notaba su cojera.

—Acerca del chico dormido en nuestro sofá —comenzó a decir Rhodey, señalando con un pulgar hacia atrás por encima de su hombro—. ¿Qué…?

—Ese es Spider-Man —dijo Tony con voz inexpresiva—. Está acampando aquí por una hora o dos.

Rhodey había conocido a Tony durante tanto tiempo que ni siquiera tuvo que cuestionarle nada. En vez de eso, se apoyó contra el marco de la puerta y preguntó:

—¿Has sabido algo de Pepper últimamente?

—Ni una palabra. —Tony se sirvió una taza enorme de café y le dio un largo trago—. ¿Por qué? ¿Tú sí? —Rhodey negó con la cabeza—. Mira —continuó diciendo Tony—, sé por qué te lo pasas preguntándome eso, y lo aprecio, pero no creo que tenga ningún sentido ya. Ella no va a regresar.

—Lo siento mucho, amigo.

—Sí, yo también lo siento. —Tony no lo estaba viendo a los ojos; en vez de eso, clavó la mirada en las profundidades de su taza de café. El líquido reflejaba sus ojos, distorsionados y extraños. Le dio otro trago—. ¿Supongo que no has sabido nada de Nat o de los otros?

Rhodey negó con la cabeza.

—Parece que sólo seremos tú y yo durante un buen tiempo.

—Eso parece.

Rhodey dudó antes de hablar de nuevo.

—Escucha, Tony, está bien demostrar la tristeza cuando la sentimos, lo sabes, ¿no? Has tenido más que suficiente porque…

—Muy bien, ¿sabes qué? Esta conversación se terminó. —Tony se dirigió hacia la puerta con su bebida en la mano, pero su amigo lo atrapó sosteniéndolo del hombro.

—No estoy tratando de atacarte —dijo Rhodey—, o de psicoanalizarte, ni nada parecido. Pero, por favor, es evidente que no te encuentras bien. Y no es precisamente un secreto el porqué. Steve…

—… Steve ya no es un habitante de esta casa, así que no sé para qué desperdiciamos saliva hablando de él —finalizó Tony con voz firme—. Lo que pasó con nosotros se queda entre nosotros. No tengo por qué hablar de ello con nadie. —Caminó hacia el corredor.

—Sí —dijo Rhodey detrás de él—. ¡Pero tampoco tienes que interiorizarlo!

Tony lo ignoró y continuó caminando. Hizo una pausa para observar a Peter, quien parecía haberse apagado como una luz. Apenas sí se había estirado un poco debajo de la manta. Tony subió a la planta alta sin estar completamente seguro a dónde se dirigía. Como si su propia mente estuviera tratando de joderlo todavía más, se encontró de pronto parado ante la puerta cerrada del cuarto de Steve… O al menos, el cuarto que éste solía usar cuando se quedaba ahí. Después de un momento, Tony se resignó, le dio vuelta a la manija y entró al cuarto con pasos suaves.

Todavía olía como él. Tony supuso que no debería sentirse sorprendido por eso, dado que sólo habían pasado unas pocas semanas de la última vez que Steve estuvo ahí, pero de todas formas era inquietante. Se sentía como si Steve apenas acabara de salir de la habitación, como si fuera a regresar en cuestión de minutos.

Tony le echó un vistazo al escaso mobiliario: la cama, la mesita de noche, la cómoda, un sillón. Una lámpara de pedestal junto al sillón. Unas estanterías pequeñas. Una computadora portátil que no se había llevado consigo. Aquel cuarto lucía como uno que se podía abandonar con facilidad: Tony se encontró preguntándose durante cuánto tiempo Steve habría estado planeando irse de ahí. Probablemente desde que Barnes apareció por primera vez después de haber estado perdido durante décadas. Por supuesto que era eso, de hecho. Dado que Tony había pasado unas cuantas noches en ese cuarto durante los meses anteriores, recordaba que había habido más cosas en él anteriormente. Steve debió de haber comenzado a vaciarlo en el instante que supo que Barnes estaba vivo. Y de ese modo, Tony había sido abandonado a medio camino. No importaba que Barnes hubiese asesinado a sus padres. No importaba nada.

No pudo quedarse ahí.

Afuera del cuarto, Tony aspiró y exhaló con profundidad. Más abajo por ese mismo pasillo, estaba el cuarto que habían arreglado para Wanda. El pequeño santuario que ella había construido para su hermano continuaba ahí, por supuesto. Tony habría deseado encontrar un modo de hacerle llegar a ella las fotografías de Pietro, pero la carta que Steve le había mandado no tenía dirección de remitente. Aquella carta rápida y formal. Porque Steve Rogers era un soldado, uno de otra época, y eso significaba no demostrar ninguna emoción en absoluto; las barracas en los años 40 no eran sitios amigables. Pero… eso no era totalmente cierto, ¿o sí? Tony recordaba el gran escándalo del 2001 cuando alguien encontró las tristemente célebres cartas Rogers-Barnes. Incontables historiadores levantaron la voz para insistir que no, que esas palabras no significaban lo que tú creías que significaban cuando todos sabían jodidamente bien que sí significaban eso. Así que quizá era más eso que el hecho de que Tony simplemente no importara.

Él lo había intentado. Vaya que sí. "Intentado" usualmente terminaba siendo otra manera de llamarle a "joderla en grande", pero la idea era la misma. Y cada vez que Tony hacía algo mal, Steve estaba ahí, mirándolo con esa expresión de triste decepción que era incómodamente parecida a la que su padre le habría dirigido. Excepto que su padre habría estado mayormente exasperado al final. Era terrible cuando tus sentimientos románticos y tu síndrome del padre ausente terminaban cruzándose.

Usualmente Tony sobrevivía negando sus sentimientos más oscuros y fingiendo que lo que fuera que lo lastimaba, no lo hacía. Pero ese día, parecía que la simple negación no estaba funcionando lo suficientemente bien, y Tony podía sentir la depresión, opresiva y de color amarillo como la pis, invadiéndolo una vez más. Aun con todos sus propios problemas, Tony envidiaba al chico que dormía en el sillón de abajo. Peter había sido un participante más o menos voluntario en toda la mierda anterior, pero no había sido cómplice de todos los efectos colaterales. No como Tony.


Peter ya había despertado cuando Tony por fin bajó del piso superior. Estaba sentado encima del reposabrazos del sillón y charlaba animadamente con Rhodey.

—… realmente siento lo de tus piernas —estaba diciendo.

Rhodey movió una mano en un gesto que le restaba importancia.

—Todavía puedo emprender el vuelo. Hablando de eso, qué movimientos los tuyos cuando peleas.

—Sí —dijo Tony desde la entrada del salón—. Es extremadamente talentoso.

Peter saltó en su asiento y se sonrojó, resbalando del reposabrazos hasta quedar de pie.

—Oh… Hola.

—Puedo pedirte un taxi si necesitas regresar a casa —le dijo Tony.

—Probablemente eso es una buena idea —dijo Peter—. Tengo deberes que hacer.

Tony recordaba el vuelo a Alemania, el cual había sido, en su mayoría, él observando a Peter mirar con el ceño fruncido tres diferentes libros de texto al mismo tiempo, garabateando notas en un pedazo de papel apoyado en la pasta dura de un cuarto libro que mantenía encima de su regazo.

Fue consciente de que Rhodey lo estaba mirando fijo mientras se alejaba por el pasillo para usar el teléfono y llamar al taxi. Eso lo hizo sentirse cohibido y molesto, como si de alguna manera Rhodey lo hubiese atrapado con las manos en la masa. Por consiguiente, se portó un tanto brusco con la mujer que lo atendió en el teléfono. Levantó la mirada y se dio cuenta de que Rhodey se había marchado y que Peter estaba de pie en la entrada del salón, observándolo con expresión extraña.

—¿Mm? —dijo Tony arqueando una ceja.

—Parece que estás un tanto tenso —le dijo Peter. Traía el cabello alborotado por culpa de la siesta, y la mochila colgando en un hombro.

—Vas a joderte la espalda si continúas cargando tu bolso de esa manera —le dijo Tony.

Peter se mordió el labio, frunció el ceño y no respondió nada ante ese comentario.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.

Tony movió una mano indicando "adelante" y Peter se aclaró la garganta.

—¿Por qué me trajiste aquí?

Lo preguntó tan inocentemente y con un tremendo aire de perplejidad, que, por un momento, Tony tampoco pudo recordar el motivo. Aparentemente había sido para darle consejos acerca de sus problemas de sueño… Pero, ¿exactamente qué había hecho acerca de eso, a excepción de permitir que Peter durmiera una siesta en su sillón?

Se aclaró la garganta y decidió evadirse haciéndose el gracioso.

—¿Te estás quejando?

—¡Nononono! —dijo Peter a toda prisa—. Es sólo que… No importa.

—¿Estás seguro?

—Sí. No importa. —Se aclaró la garganta y meneó los hombros—. Debería irme —murmuró y se encaminó corredor abajo antes de que Tony pudiera responder, dejándolo con la duda de qué era lo que había hecho mal.


Más tarde esa misma noche, mientras cenaban y miraban The West Wing en la TV, Rhodey, con las prótesis estiradas por encima de la mesita de centro, se le quedó viendo fijamente a Tony.

—Será mejor que tengas cuidado con todo este asunto acerca de Spider-Man —le dijo.

Tony frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

—El chico claramente te idolatra —comenzó Rhodey—, y francamente no estoy muy seguro de que sea el momento adecuado para ti para embarcarte en un proyecto nuevo.

—¿A qué te refieres con "proyecto nuevo"?

—Sólo estoy diciendo que es mejor que esto no sea como lo de los trajes.

Tony suspiró y se frotó la cara con las manos.

—No estás siendo justo.

—No, estoy siendo razonable. Tú siempre haces esto cuando estás deprimido, Tony. Y preferiría que me lo hicieras a mí o a otra persona que al menos no fuera a resultar herida por ello.

—Cambia de tema ahora mismo.

—Tony… —comenzó a decir Rhodey con mal tono.

Pero Tony ya se había puesto de pie. Levantó su plato y salió del salón.


"¿Estás bien?", preguntó Tony en un mensaje de texto.

"¡Claro!", respondió Peter.

"Perdóname si me lo tomo con reservas", tecleó Tony. "He estado pensando…"

"Okay…", dijo el chico.

"No te quiero volando por ahí así como estás ahora", dijo Tony.

"Está bien", respondió Peter.

"Entonces si quieres salir, mándame un mensaje e iré contigo", sugirió Tony. "¿Qué te parece eso?"

"Estoy bien!", afirmó Peter.

"No, no estás bien. Necesitas supervisión", insistió Tony.

"No tienes que hacerlo", dijo Peter.

"Peter. Es en serio. Si quieres permanecer anónimo, la última cosa que deseas es estrellarte contra un edicifio."

"edificio*", se corrigió Tony.

Pasó un largo rato antes de que obtuviera una respuesta… Era casi medianoche. Trató de no pensar en el chico acostado sin poder dormir hora tras hora mientras pasaba el tiempo.

"Muy bien", escribió Peter finalmente. "Tengo muchos exámenes estos días, así que… ¿Quizá la semana que viene?"

"De acuerdo", dijo Tony. "No es que no confíe en ti. Es que estás arriesgándote."

"Gracias", respondió Peter. "¿Sabes? Realmente has estado ayudándome mucho. Y de verdad lo aprecio. Gracias."

Tony esbozó una sonrisa torcida ante los mensajes de texto llegando en rápida sucesión y se dijo a él mismo que eso que estaba haciendo era lo correcto.

Porque, ¿quién más estaba ahí para ayudar al chico, si no era él?