Capítulo 4. No estaba listo
Fue una experiencia interesante, ser golpeado por otra persona a los cuarenta y cinco minutos de haber aterrizado en un país extranjero. Peter constantemente había soñado con viajar (algún día tendría el dinero, algún día, algún día) pero su primera aventura internacional no había salido cómo él se lo habría imaginado.
No era la primera vez que le pegaban. Ya había sido golpeado un par de veces por niños más grandes que él en la escuela secundaria y un par de veces más durante sus "horas de trabajo". Pero nunca así. Su larga historia como víctima de acoso escolar no importó ese día porque allá, en la escuela, si te quedas tirado y quieto, sales de apuros. Pero ahí, en ese momento, Peter tuvo que pelear. Y quería hacerlo.
Además, fue un tanto extraño ser golpeado por gente a la que has admirado toda tu vida.
Pelear dolía. Las películas de acción no enseñaban esa parte.
En primer lugar, el Capi había estado usando guantes, los cuales no parecían tan malos al inicio, pero que de cerca parecían tener la misma fuerza abrumadora que un par de nudilleras de metal… y Peter sabía de lo que estaba hablando. La cara le dolía; las orejas le ardían como si tuviera una grave infección.
Más cosas: peso aplastante desde arriba… sólo porque tenía fuerza aumentada, no quería decir que cargar un carro no le doliera… Dolor ardiente en sus hombros y pantorrillas y niebla roja en su campo visual.
Tratando de levantarse, la sangre escurriéndole por la cara, tropezándose por todo el asfalto. Sus piernas eran de gelatina. Y parecía que no podría recuperar el aliento jamás, como si hubiese corrido un par de kilómetros con asma, igual de superficial, aturdido, pecho hundido y mucho pánico…
Peter abrió los ojos de golpe. Perplejo, se le quedó viendo al montón de papeles y libros de texto que tenía encima de la mesa (se había quedado en la escuela después de clases para estudiar, según podía recordar vagamente en alguna parte de su cerebro) pero las palabras que tenía enfrente eran sólo un desorden de garabatos negros, borrosos y tan incomprensibles para él como si estuvieran escritas en sánscrito.
El corazón le latía dolorosamente dentro de la caja torácica, y se dio cuenta de que tenía que pensar para poder respirar. Adentro y afuera, adentro y afuera, adentro y afuera… laboriosamente, como si su cuerpo tuviera amnesia y no pudiera recordar cómo hacerlo con propiedad.
Detrás de él, alguien le habló. Espantado, Peter gritó y se giró hacia atrás para ver a la bibliotecaria, la señorita Hunter, caminando hacia la mesa que Peter había ocupado en la silenciosa sección de estudio en la biblioteca. La señorita Hunter traía el ceño fruncido con preocupación y estaba moviendo los labios como si dijera algo.
"¿Peter? Estás blanco como el papel."
Entonces, alguien, en el fondo de su mente, lo golpeó otra vez, y Peter pareció sentirlo en el torso en vez de la cara porque instantáneamente se encontró tirado en el piso entre la mesa y la silla, apretándose el pecho y rogando por no estar muriendo, mientras a su alrededor otros estudiantes se ponían de pie y estiraban el cuello para echarle un vistazo, y la señorita Hunter arrojándose hacia él…
"Peter. Respira. Respira. Adentro… dos, tres, cuatro… Afuera, dos, tres, cuatro."
"Peter. No pasa nada. Sólo tranquilízate."
"Peter, ¿quieres que llame a tus padres?"
"No tengo padres", murmuró Peter temblorosamente y fue así como supo que ya había pasado lo peor.
En contra de toda posibilidad, incluso la enfermera escolar con su enorme falta de experiencia médica fue capaz de reconocer un ataque de pánico cuando lo tuvo enfrente. Obligó a Peter a poner la cabeza entre las rodillas y le sostuvo las manos mientras Peter se estremecía, lloraba y anhelaba interiormente que ojalá ninguno de los presentes subiera un video a Instagram de él perdiendo el control así.
Cuando se calmó lo suficiente y dejó de tener la vista nublada, la enfermera le dio un vaso de agua, la cual estaba tan fría que provocó que los dientes le dolieran. Entonces, ella lo acompañó hasta la oficina de la asesora escolar.
La doctora Nicks, sentada detrás de un escritorio y asintiendo para darle valor, se portó bastante amable con él. Peter evitaba verla a los ojos y fijó su atención en un póster pegado en la pared que presentaba a un gatito columpiándose de la rama de un árbol y que decía "¡Resiste!" Peter no había pensado que esas imágenes existieran de verdad. ¿Qué no eran solamente bromas o algo así? O quizá se trataba de una ironía.
—¿Tienes problemas en casa? —preguntó la doctora. Peter negó con la cabeza y no dijo nada. Se sentía como si lo hubiesen arrestado. Tienes derecho a guardar silencio, todo lo que digas podrá ser usado en tu contra—… ¿Vives con tu tía, cierto? —Peter asintió—. ¿Y tu tío acaba de morir hace poco, es verdad? —Peter asintió otra vez, todavía sin mirarla a la cara—. Peter, si no me cuentas qué pasa, no podremos averiguar qué es lo que está mal.
Exactamente, pensó Peter. En voz alta, lo que dijo fue:
—No me pasa nada.
Frunciendo el ceño, la doctora Nicks se inclinó hacia delante en un gesto que intentaba inspirar confianza.
—Lo que me cuentes aquí, se quedará dentro de esta oficina, ¿de acuerdo, Peter? Ni siquiera tu tía tiene que saberlo si tú no quieres.
Pero Peter se mantuvo negando con la cabeza.
—No tengo nada. —El corazón comenzó a latirle fuertemente otra vez. Apretando los dientes, Peter se obligó a calmarse mientras se frotaba el pecho a regañadientes.
—Si no te molesta que te lo diga, tus calificaciones recientes indican otra cosa —dijo la doctora y Peter suspiró. Bajó la mirada hacia sus zapatillas sucias y pateó la pata de la silla—. Además, te ves muy cansado.
—Estoy bien, doctora Nicks —dijo. Levantó la mirada hacia ella para ver la reacción a sus palabras y la descubrió observándolo con los ojos llenos de lástima. Detrás de ella, el gatito del póster le estaba obsequiando una sonrisa azucarada y enorme.
—Si alguna vez necesitas hablar —dijo ella—, mi puerta está siempre abierta.
—¿Ya me puedo ir? —preguntó Peter.
—Si eso es lo que deseas —dijo la doctora—. Oh, pero antes de que lo olvide —se puso a rebuscar en una de sus gavetas—… llévate esto contigo, ¿quieres?
Le pasó un panfleto delgado y brillante, creativamente titulado "¡ATAQUE DE PÁNICO!" que tenía en la portada a un chico en uniforme escolar y quien se parecía un poco a Andrew Garfield. Hasta se veía igual de viejo que éste. Estaba sentado ante un escritorio, pasándose los dedos a través del cabello en un intento de parecer estresado, con la expresión de la cara torcida en una mueca.
Fiel a su creencia de demostrar cortesía básica, Peter esperó hasta que llegó al otro lado de la escuela antes de arrojar el panfleto a un cesto de basura.
El ataque realmente lo había dejado agotado. Caminó sin rumbo fijo durante varias manzanas mientras escuchaba a Rihanna en su iPod y pensaba. En ocasiones así, usualmente se pondría su traje y se iría a balancearse por ahí durante un buen rato hasta que la adrenalina lo ayudara a sentirse un poco mejor. Pero le había dicho a Stark que no saldría a patrullar al menos que contara con su supervisión.
Se sentía en conflicto. Por un lado, quería salir y resentía esos intentos de Stark de retenerlo, como si Peter no fuera capaz de manejar las cosas. ¿Que acaso no había estado haciéndolo él solo durante meses?
Pero por otro lado, él sólo era un chico bastante pobre enamorado de un hombre extremadamente rico, y se sentía aterrorizado de poner en riesgo el extraño lazo de compañerismo que había formado con el señor Stark. Sería mejor hacerle caso al hombre y no hacer nada.
Sería mejor dejar de forjarse esperanzas.
Ya había llenado la solicitud para su beca, tanto para la educativa como para la económica. Nunca era demasiado pronto para comenzar, le había explicado a May, quien se había quedado impresionada de ver a Peter tomar semejante iniciativa. Oh, si tan sólo ella supiera.
Se sintió culpable por andar ahí escapándose de casa, pero no era como si pudiera contarle a May qué era lo que estaba pasándole.
—No eres más que un maldito fracasado —murmuró para él mismo por debajo del sonido de la música.
Ese era el día libre de May. Cuando Peter llegó a casa, la encontró planchando ropa en la sala mientras veía The Santa Clarita Diet en la televisión.
—Hola, tú. Llegas tarde —dijo ella. Peter dejó caer la mochila en una silla con un gruñido.
—Me quedé a estudiar para los exámenes trimestrales —dijo distraídamente.
Un brazo desmembrado cruzó volando por la pantalla de la televisión. Peter cruzó la sala para ir por las perchas para la ropa planchada. Las reunió todas y le dio la espalda a la televisión.
—Déjame ayudarte con eso —le dijo a May.
—Gracias, Peter —dijo May, sonando agradecida y atónita al mismo tiempo, pero aparentemente muy ocupada como para cuestionar a Peter—. ¿Sabes? —dijo mientras Peter se dirigía al cuarto de ella con un montón de ropa—. Has tenido una buena racha últimamente. Te ves tan motivado y, tengo que decirlo, me siento profundamente orgullosa de ti.
—Sí, sí, eso supongo —dijo Peter desde el cuarto de May. Se tomó su tiempo en colgar la ropa en el armario. Podía sentir a su tía llevando esa conversación hacia sitios a los que él no quería llegar.
—Acá tengo más ropa limpia que puedes colgar —gritó ella desde la sala. Suspirando y sabiendo que sus esfuerzos por evadirse eran causa perdida, Peter regresó con ella. May bajó la plancha. Le había puesto pausa al programa de TV justo con Drew Barrymore luciendo bastante indiferente a pesar de tener la cara llena de sangre.
Peter vio las señales de tormenta y rápidamente se dirigió por la ropa.
—Déjame colgar esto…
—Peter, ¿pasó hoy en la escuela algo de lo que quieras hablarme? —preguntó ella.
Durante un momento, Peter consideró abrirse con May y contarle al menos acerca del ataque de pánico. Pero entonces pensó en lo que pasaría a continuación de manera inevitable, del dinero que no tenían y que tendrían que gastar para pagarle un terapeuta a quien Peter jamás podría contarle nada, y cambió de idea.
—Nop. No realmente —dijo, decidiendo actuar de manera indiferente—. La clase de historia estuvo entretenida. Hablamos de la Revolución Francesa.
—¿Y estás seguro de que la única cosa interesante que pasó hoy fue María Antonieta perdiendo la cabeza?
Peter fingió confusión.
—¿Sí? Sí, eso creo. —Mientras se estiraba para alcanzar la ropa, notó el teléfono de la casa encima de la mesita de centro justo junto a un puñado de camisas sin planchar, lejos de su base cargadora. Alguien había llamado a May recientemente.
Oh. Por supuesto.
Hasta ahí llegaba el "ni siquiera tu tía tiene que saberlo".
Claro, Peter no había especificado nada, pero de todas formas. Tendría que haberlo sabido.
May lo estaba mirando.
—Peter, si te está pasando algo, me gustaría creer que confiarías en mí y me lo dirías —dijo ella, justo a tiempo. El corazón de Peter, todavía agitado por todo lo que había pasado antes, golpeteó dolorosamente dentro de su pecho.
—Claramente no necesito contarte cuando hay otras personas que se encargan de eso —dijo enfáticamente.
May gimió, se quitó los anteojos y se pellizcó el puente de la nariz.
—Tal vez, pero preferiría que fueras tú quien me contase este tipo de…
Pero Peter ya no la escuchaba: estaba caminando hacia su habitación.
Para su alivio, Stark respondió el teléfono al primer timbre.
—¿Qué pasó con aquello de que no querías llamadas telefónicas?
—Sí, ya sé. Es sólo que me siento… —se interrumpió y se mordió el labio. La voz de Stark justo en su oído hacía difícil que pudiera pensar.
—¿Atrapado? —sugirió Stark. Ya sin una gota de sarcasmo en la voz, sólo preocupación y, quizá, un poco de empatía.
—Sí —dijo Peter—. Sí, en realidad esa es una buena palabra para describir como me siento.
—¿Qué sucede?
Dejándose caer sobre su cama, Peter le explicó acerca del ataque de pánico y todo lo que había sucedido después.
—Me siento como si estuviera encerrado en una pecera —dijo—. Como si me hubiera quedado sin batería. —Su estómago estaba haciéndose nudos de nuevo, aunque no estaba seguro si era por el esfuerzo de recordar lo que le había pasado o si era sólo el estrés de escuchar la voz de Stark y sabiéndolo durante todo el tiempo.
—Será mejor que ni pienses en salir ahora mismo —dijo Stark.
Peter negó con la cabeza y luego recordó que estaba hablando por teléfono.
—Pensé en hacerlo, pero no.
—¿Quieres que vaya por ti? ¿Que te saque de ahí?
—Sí —dijo Peter antes de que el sentido común se apoderara de él—. Sí, por favor.
—¿A dónde vas? —preguntó May apareciéndose en la sala justo cuando Peter se dirigía hacia la puerta del apartamento con su chaqueta azul marino colgada de uno de sus hombros.
—Tengo un proyecto en equipo y debo ir a trabajar con ellos. Regresaré a la hora de la cena. —Estaba avergonzado de lo fácil que era mentir últimamente.
—Peter. —May lo alcanzó y le puso una mano sobre el hombro. Se acababa de pintar las uñas hacía unas horas, y ya tenía una pequeña abolladura en la pintura de profundo color morado de su dedo anular—. Siento mucho lo que pasó hace rato —dijo ella—. La consejera me llamó y me preocupé. No sabía que ibas a enojarte tanto por eso.
Peter suspiró.
—Es que ella me dijo que no iba a decirte nada.
—Lo siento. —Peter permitió que May tirara de él y lo abrazara contra su pecho durante algunos segundos, del mismo modo que ella lo hacía antes cuando Peter cumplía años de un solo dígito. Peter se retorció para librarse del abrazo.
—De veras tengo que irme.
May lo miró con una ceja arqueada y una sonrisa pícara.
—Déjame adivinar: ¿este proyecto tiene algo que ver con cierta señorita llamada Mary Jane?
—Eh… sí, seguro…
Peter salió a toda velocidad antes de que May quisiera seguir hablando del tema.
Stark se había estacionado a un par de manzanas de distancia y, como siempre, fue inmediatamente visible. Peter llegó hasta su carro y golpeteó la ventanilla. Stark, asustándose, abrió los seguros de las puertas para dejarlo entrar.
El tapizado del carro era de piel, por supuesto. Peter se hundió en el asiento del pasajero, sintiéndose bastante cohibido y avergonzado de repente. Stark estaba vestido con un elegante traje como si acabara de salir de una reunión de negocios. Junto a él, con su camiseta de BB-8, Peter se sintió enloquecedoramente infantil. ¿Cómo puedo ponerme a su nivel?, se preguntó. El interior del carro olía a café y al tipo de colonia para después de afeitar que Peter no podría pagar ni en sus sueños.
—¿Cómo estás? —le preguntó Stark, dichosamente ignorante de los pensamientos que dominaban la mente de Peter.
—No muy bien —respondió Peter y sintió que era lo más honesto que había dicho en todo el día.
—Sí. No quiero ofenderte, pero tampoco te ves nada bien.
—¿Ah sí?
—Te ves como un vegetariano saliendo de una fábrica de salchichas.
—Oh.
La mente de Peter estaba dividida en dos: en la racional y la irracional. La parte racional era esa que se aseguraba de que Peter entregara sus deberes contra viento y marea; la parte irracional era la que hacía que Peter creyera que columpiarse entre los edificios vestido con pijama era el comportamiento de un individuo equilibrado. Era también la parte de su cerebro que, en ese justo momento, le estaba susurrando que mandara toda precaución a la mierda, agarrara a Stark de las solapas de su traje color gris perla, se subiera encima de su regazo e hiciera cosas terribles con él.
En vez de eso, Peter cerró sus puños apretadamente, no miró a Stark a la cara, y dijo:
—¿Crees que alguna vez voy a ser capaz de decírselo a la gente?
Stark estaba mirándolo; Peter podía verlo en el tenue reflejo del parabrisas.
—¿Te gustaría hacerlo?
—Yo… No lo sé.
—Sé lo que estás sintiendo —dijo Stark—. Escuchas lo que la gente dice acerca de todas las cosas que tú haces, pero el mundo continúa girando porque nadie sabe que eres tú. Y no sabes si preferirías el reconocimiento de la gente o continuar mejor en el anonimato.
—Y no habría vuelta atrás.
—Nop. Yo no he dejado de ser Iron Man desde aquella maldita conferencia de prensa.
—¿Desearías no haberlo hecho? —Peter se giró a verlo cuando Stark no respondió de inmediato. Lo encontró mirando fijamente al volante con el ceño fruncido—. ¿Señor Stark?
Stark levantó la mirada y Peter volteó hacia otro lado.
—¿Últimamente? —dijo Stark—. Preferiría poder ser el que era antes.
Peter tosió, inseguro de qué decir.
—Me gusta salvar gente —dijo al fin—. Me gusta hacer cosas buenas, ser un héroe, todo eso. Pero todas las demás cosas que me pasan… las amenazas, las peleas, las pesadillas, los flashbacks y todo lo malo que viene después… —se interrumpió—. Hace seis meses vi cómo le disparaban a mi tío. —Con su vista periférica, pudo ver a Stark enderezándose en su asiento—. Fue un ladrón. En un momento mi tío estaba de pie y al momento siguiente estaba tirado en el suelo con todos sus sesos desparramados encima del refrigerador… —fue bajando la voz—. Eso me jod… Me hizo sentir mal durante mucho tiempo. —Se aclaró la garganta porque la voz se le estaba enronqueciendo al mismo tiempo que le ardía la nariz—. Y entonces decidí que quería ayudar a evitar que la gente tuviera que ver cosas como las que yo vi… Pero supongo que no estaba listo. Para todo lo que vino después.
Entonces, para su horror, se echó a llorar.
Stark estiró el brazo por encima de la caja de transmisión y cogió un paquete de pañuelos desechables de adentro de la guantera. Peter lo tomó pero no los usó: simplemente los apretó fuerte dentro de su puño. Lentamente, como si estuviera temeroso de la reacción de Peter, Stark le puso una mano encima de la espalda.
A través de toda la confusión que sentía por culpa de la mortificación y los malos recuerdos, Peter pensó: ¡Me está tocando! Santo dios, realmente me está…
acariciando la espalda con movimientos circulares.
—Déjalo salir. Está bien.
—Lo siento m…
—Oye, no me salgas con eso.
—Yo sólo…
—Estás experimentando una respuesta perfectamente natural a una serie de eventos altamente traumáticos —finalizó Stark—. No es algo por lo que tengas que disculparte, Parker.
—Ni siquiera puedo entrar a la cocina sin ver todo eso otra vez… May quería que nos mudáramos pero no tenemos dinero para…
—¿Cuánto?
Peter levantó la mirada hacia Stark, varias lágrimas estaban escurriéndole por la mandíbula. No estaba seguro de haber escuchado correctamente.
—¿Qué?
—Te pregunté: ¿cuánto? ¿Cuánto dinero crees que les costaría conseguir otro apartamento y mudarse de ahí?
—No —dijo Peter antes de pensarlo siquiera—. No, no, no, absolutamente no.
—Peter…
—Si comienzas a gastar dinero en nosotros, la gente va a empezar a preguntarse quién soy y por qué estás haciéndolo… May va a comenzar a preguntarse por qué… ¡Y eso es algo con lo que no estoy preparado para lidiar en este preciso momento!
—De acuerdo —dijo Stark y levantó las manos en un gesto de rendición. Peter se dio cuenta entonces que durante todo ese rato Stark no le había quitado la mano de encima hasta ese instante—. De acuerdo, entonces no haremos eso.
Se quedaron en silencio. Encima de ellos, la luz de la calle se encendió al tiempo que el cielo se oscurecía. Dentro del carro estaba todavía más oscuro, y Peter se encontró con que le gustaba el anonimato que eso les otorgaba.
—¿A qué hora te espera tu tía?
—Le dije que iba a ir a trabajar en un proyecto de equipo. Probablemente espera que regrese en una hora, más o menos —dijo Peter y levantó las rodillas para acercarlas a su pecho, percatándose de que tenía los zapatos encima de la tapicería del carro y disculpándose por ello. Stark movió una mano en un gesto que le restaba importancia, pero Peter de todas formas puso los pies en el piso del auto.
El silencio se extendió entre ellos. Sus pensamientos irracionales le hicieron más sugerencias que le eran de muy poca ayuda, las cuales ignoró o, mejor dicho, archivó para examinarlas más tarde con mayor detenimiento.
—Si no vas a dejarme que gaste dinero en ti —dijo Stark—, ¿hay algo que sí pueda hacer para ayudarte?
Las palabras salieron de la boca de Peter antes de que realmente pensara en ellas:
—Quiero ser un Avenger.
En ese momento ya estaba demasiado oscuro como para estar seguro, pero de alguna manera Peter supo que Stark estaba arqueando las cejas.
—¿Un Avenger?
—Necesitas más, ¿no?
—Seguro, pero…
—¿Qué tengo que hacer? ¿Hay exámenes, pruebas de fuego, ese tipo de cosas?
Stark movió el cuerpo de lado hasta quedar completamente girado hacia Peter.
—Bueno, no estoy diciendo que no —dijo—, pero tengo que preguntarte: ¿por qué?
Cuando Peter habló, escogió las palabras con sumo cuidado:
—Porque creo que necesito pertenecer a algo. Y sé que necesito algo de apoyo. Y porque creo que tú también lo necesitas.
—Tú no eres quien para decirme lo que yo necesito, Parker —dijo Stark y encendió la luz del techo del carro. Peter entrecerró los ojos ante la repentina brillantez amarillenta. Era un tanto impactante descubrir cuán cerca estaban el uno del otro. Como si también se acabara de percatar de eso mismo, Stark se removió hacia atrás para alejarse de Peter hasta que quedó más o menos apoyado contra la puerta del carro—. Entonces quieres ser un Avenger.
Peter sacó un pañuelo del paquete, se limpió la nariz y asintió.
—Bueno —continuó Stark—, francamente, yo consideraría los videos de Youtube como tu currículo y lo que pasó en Alemania, como tu entrevista de trabajo. Así que, en lo que a mí concierne, estás dentro.
Peter se le quedó viendo.
—¿Así nada más?
—Seguro. Múdate con nosotros cuando cumplas dieciocho, si quieres. Aparte de eso, no sé qué más decirte. Tendrías que firmar los Acuerdos, pero dejando eso de lado…
—Esto no se siente correcto —dijo Peter—. ¿No debería haber algún tipo de ceremonia de iniciación?
—¿Estás criticando mi sistema, Parker?
—¡No! Yo sólo… —Peter se encogió de hombros—. Es que no es lo que me esperaba.
Stark asintió.
—A mucha gente le pasa eso conmigo. Oh, y siéntete en libertad de venir cada sábado a nuestra noche de película. El siguiente toca maratón de Pixar, así que trae pañuelos.
—No puedo creerlo —dijo Peter—. ¿Así también es para los demás? Es que parecía ser algo mucho más… no lo sé… oficial.
—Sí —dijo Stark y Peter se dio cuenta de que algo del buen humor de un rato antes había dejado su voz—. Sí, sé que eso parecía. No obstante, durante todo este tiempo permanecimos juntos sólo por el poder de la amistad. Quién lo creería.
—¿Y de otras cosas? —dijo Peter. No podría haberse detenido de preguntar eso ni por amor ni por la promesa de una colegiatura gratuita.
—¿Mm?
Peter sabía que estaba sonrojado y se odió por eso.
—¿Otras cosas aparte de la amistad?
Stark se le quedó mirando al rostro durante tanto tiempo que pareció ser una hora completa.
—Sí —dijo al fin—. Pero en serio, Parker. No necesitas desmoralizarme así de duro.
Peter se sonrojó más.
—Lo siento.
Al pasar las semanas, Peter se las había ingeniado para inferir qué era lo que había ocurrido entre Stark y el Capitán. No sabía si envidiar a Rogers o sentir pena por los dos.
—Creo que debería de irme —dijo al final, removiéndose en su asiento.
—Como tú quieras.
Con la mano encima de la manija de la puerta, Peter hizo una pausa.
—¿Algún consejo que puedas darme?
—No hagas nada que yo no haría —dijo Stark.
Hubo una breve pausa mientras ambos pensaban en lo que Stark acababa de decir.
—De acuerdo, no hagas nada de lo que yo haría —se corrigió Stark.
Peter arrugó la frente.
—Muy bien…
Stark suspiró.
—¿Ves que queda una pequeña área gris en medio? —le preguntó.
—Muy bien, entiendo a qué te refieres, gracias —dijo Peter. Abrió la puerta y estuvo a punto de salir a través de ella, pero la sensación de la mano de Stark en su hombro lo hizo detenerse en el acto.
—Oye —dijo Stark—. ¿Quieres un consejo de verdad?
—Seguro.
Stark lo miró con una expresión que parecía extrañamente triste ahí debajo de las brillantes luces de la calle y del carro.
—Todavía eres demasiado joven —le dijo—. Cuídate más, ¿de acuerdo? Si esto se vuelve demasiado pesado para ti, o si…
—Eso no pasará —dijo Peter. Podía sentir la punta de los dedos de Stark al borde del cuello de su camiseta, rozándole la piel—. Gracias por la charla. Saldremos a patrullar la siguiente semana, ¿verdad?
—Así es. —Stark lo soltó del hombro y encendió el motor del carro. Entonces se giró a mirar a Peter—. Yo cerraría la puerta, si fuera tú —le dijo.
—¡Oh! Cierto.
Peter observó al auto salir del estacionamiento e introducirse en el tráfico de la calle. Estaba haciendo frío: se puso la chaqueta y miró hasta que el auto de Stark se perdió entre todos los demás, hasta que se convirtió en sólo un par de luces amarillas entre otros cientos.
Caminó de regreso a casa.
