Capítulo 5. Esperanza

La lluvia resbalaba por las enormes ventanas de la cocina en forma de gruesos riachuelos como burbujas de aire atrapadas en los paneles de cristal. Un trueno retumbó en la distancia. Exhalando un suspiro, Tony se giró para encarar a Peter, quien estaba encaramado encima de la isla de la cocina con la mochila a un lado.

—Creo que se arruinó nuestra salida —dijo Tony.

—Mi traje es a prueba de agua —respondió Peter con aire sombrío.

—Sí, pero el mío es de hierro —dijo Tony y negó con la cabeza—. Si salgo, la gente comenzará a llamarme Óxido Man.

—Sí, claro, como si tú y yo no supiéramos que en realidad tu traje no tiene nada de hierro.

—Eso es sólo un tecnicismo —replicó Tony—. No pienso salir así.

Peter lo miró con ojos incrédulos.

—No puedo creer que los Avengers se dejen doblegar por el mal clima.

—Este Avenger sí —dijo Tony.

El chico tenía mejor aspecto que la última vez que Tony lo había visto, aunque, siendo realistas, eso no quería decir mucho. Al menos en esa ocasión parecía que se había duchado. Y era posible que luciera muchísimo menos exhausto de lo usual. También iba vestido un poco mejor, con jeans y una camisa de botones.

Peter se dio cuenta de que Tony lo estaba observando y se sonrojó.

—Día de fotografía en la escuela —explicó.

—Mi buen dios, ¿todavía los obligan a pasar por eso?

—Supongo que sí. Pero es rápido.

Sonó otro trueno a lo lejos. Ambos miraron por la ventana. Era un día horrible lleno de nubes oscuras y cortinas de lluvia azotando los cristales con cada ráfaga de viento. Peter se aclaró la garganta.

—Pero tú me lo prometiste.

—Lo sé.

—Dijiste que me dejarías salir a patrullar —presionó Peter.

—Lo sé —repitió Tony.

—¿Sabes qué? —continuó Peter—. No necesito hacerte caso. A pesar del inclemente clima, puedo adherirme a las paredes. Y mi telaraña sigue funcionando.

Tony asintió y sonrió torciendo la boca.

—Ajá. Y sin embargo, continúas aquí.

—Sí, bueno… —Peter se encogió de hombros—… el traje tarda mucho en secarse cuando se moja.

Otro trueno retumbó como para puntualizar lo que Peter acababa de decir. El ruido en el techo fue aumentando conforme la lluvia golpeaba más fuerte. El chico se miró los zapatos mientras le daba pataditas al mueble sobre el cual estaba sentado.

—Mmm, ajá. No quisiera que te fueras a casa en medio de esta tormenta —dijo Tony distraídamente, pensando en el bienestar de Peter—. ¿Qué tal si…? ¿Ya te llevé a conocer el gimnasio?

Peter levantó la mirada de sus zapatos.


El gimnasio en la mansión estaba debajo del edificio principal y no era ni remotamente parecido en tamaño al gym que tenían en los nuevos cuarteles —Sam no habría podido volar ahí como lo hacía allá— pero, con sus colchonetas sobre el piso, sus sacos de golpear colgando de todas las paredes y el ahora inútil campo de tiro al blanco, Tony creía que el sitio cumplía decentemente con su misión. Los ojos del chico se iluminaron casi de manera cómica cuando entró y lo vio.

En ese momento, la lluvia rugía al caer en el techo varios pisos por encima de ellos. Peter tenía los puños arriba, ambos envueltos en vendas y con los pulgares fuera del vendaje, cortesía de una corrección de parte de Tony, quien, a un par de metros de distancia, también tenía los puños vendados y en guardia.

—Muy bien —estaba diciendo Tony—. Voy a tratar de golpearte así… —movió su puño derecho en dirección de la cara del chico—… y entonces tú me cogerás del brazo y empujarás con todas tus fuerzas. —Peter colocó ligeramente una mano encima de su brazo e imitó el movimiento—. Y luego acabas conmigo —dijo Tony—. Okay. ¿Lo intentamos de verdad?

Peter asintió con avidez.

Tony echó su puño hacia delante pero apenas tuvo tiempo de moverlo cuando la mano de Peter lo tomó del brazo y lo empujó hacia su lado izquierdo. Tony gruñó mientras el resto de su cuerpo se giraba en esa misma dirección hasta que su espalda quedó pegada contra el pecho de Peter. Tony le soltó un codazo justo en las costillas y el chico se tambaleó hacia atrás dando un grito.

Imágenes de costillas rotas y llamadas incómodas a la tía May desfilaron por su mente. Tony se giró…

—¡¿Peter…?!

Se interrumpió a media pregunta cuando Peter lo golpeó en el hombro.

—¡Te engañé!

—Jesús —dijo Tony, frotándose el hombro—. ¿Podrías contener un poco tu fuerza?

—Oh, creí que lo estaba haciendo —dijo Peter, sonando genuinamente confundido. Con una sonrisita, Tony pensó que Peter era muchísimo mejor en eso de lo que él había sido a la edad del chico.

Peter es mucho mejor en esto de lo que tú eres ahora, le susurró una exasperante voz dentro de su cabeza.

—¿Quieres continuar o has tenido suficiente? —le preguntó.

—Aguarda un segundo —dijo Peter y se giró un poco para desabrocharse la camisa. Se la sacó y la arrojó hecha una bola encima de un banco de metal cercano antes de encarar de nuevo a Tony. La camiseta que traía debajo estaba descolorida de tantas lavadas. Colocó los puños en alto y comenzó a dar brinquitos—. Listo.

Tony también se puso en guardia.

—Después de ti.

—No te enojes si… —Peter lanzó un puñetazo directo a la cara de Tony, pero éste atrapó su brazo y lo empujó del mismo modo que lo había hecho Peter antes con él. A su vez, Peter lo sujetó del brazo y lo arrojó hacia atrás.

—¡Bien hecho! —exclamó Tony. Con un rápido movimiento de piernas, sorprendió a Peter con un golpe en pleno estómago con su mano libre. Peter emitió un siseo y aflojó el agarre sobre el brazo de Tony, pero lo compensó dándole con el pie en la espinilla y aferrándolo de la muñeca del otro brazo. Tony soltó un gruñido de dolor.

Se balancearon en el sitio, cada uno con uno de sus brazos cogido fuertemente por el otro, mirándose intensamente a los ojos. Los brazos de Peter estaban temblando; tenía sus labios tensos y enseñaba los dientes.

Un trueno ensordecedor estremeció el edificio y Peter cedió. Con un rugido, Tony arrojó todo el peso de su cuerpo hacia delante y mandó a Peter hasta el suelo, dejándolo despatarrado encima de la colchoneta de color azul cobalto. Tony se quedó medio arrodillado y medio reclinado, jadeando fuerte.

—¿Estás bien?

—Sí… —respondió Peter—… Sí, sólo necesito un momento…

—Tómate tu tiempo —dijo Tony, quien también estaba bastante falto de aliento—. Estuviste muy bien.

Peter se incorporó hasta ponerse de pie. Ya estaba comenzando a sudar.

—¿Podemos repetirlo? —le pidió a Tony.

—Por supuesto.

Tony no había ejercitado así hacía más de un mes y se había olvidado lo mucho que le gustaba sentir arder los músculos durante una buena pelea. Él y Steve solían entrenar así de vez en cuando, ya tarde en la noche cuando ninguno de los dos podía dormir ni tampoco les apetecía tener sexo.

Pero no iba a pensar en Steve, no en ese momento, no cuando el chico frente de él estaba esperándolo con tanto entusiasmo, con los puños ya levantados.

Tony lanzó el primer golpe directo a la cabeza de Peter para ver su reacción. Peter lo esquivó, atrapó el brazo de Tony y le dio un puñetazo en el estómago.

—¡Esa estuvo buena! —resolló Tony con los ojos llenos de lágrimas. Peter le tiró otro golpe—. ¡Ataca mis piernas! —le indicó y Peter le pateó ambas espinillas. Tony gritó.

—¡Tú me dijiste!

—¡No te dije que me quebraras las tibias!

—Oh. Perdona. —Peter lo soltó del brazo y dio un paso atrás, luciendo avergonzado. Se pasó una mano por el cabello.

Tony le lanzó un golpe al estómago pero Peter se movió hacia la derecha para evitarlo. Tony lo tomó de un brazo y se lo torció por detrás de la espalda.

—Te engañé —dijo Tony.

—¡Oh, por favor!

—Entonces… —preguntó Tony tranquilamente mientras Peter luchaba por librarse de su agarre—… ¿cuáles universidades tienes en mente?

—¡No lo sé! —dijo Peter entre dientes—. ¡Apenas voy en segundo año de preparatoria!

—Vamos… —Tony atrapó su otro brazo y también lo llevó hasta su espalda—… debes haber pensado en alguna.

—No lo sé… —Peter seguía retorciéndose, balanceándose contra el pecho de Tony—… Me gustaría el MIT… pero, ya sabes… —Con un gruñido, intentó patear a Tony en la pantorrilla pero no le atinó—… No hay manera en que pueda quedar dentro si no consigo una beca… ah…

Tony finalmente se apiadó de él y aflojó su agarre justo lo suficiente para dejar que Peter pudiera liberarse solo. El chico se giró para enfrentarlo, puños en alto y el rostro sonrojado.

—Realmente quieres derribarme, ¿cierto? —se burló Tony.

—No me tientes —dijo Peter y se lanzó contra él. Tony esquivó el derechazo del chico y de nuevo lo lanzó contra la colchoneta.

—¿Has tenido suficiente? —preguntó Tony; era claro que el chico estaba cansado. Se sentó en cuclillas y se pasó una mano por la frente sudorosa.

—Sólo dame un segundo…

—Tony Stark, por favor dime que no has estado golpeando a un menor de edad.

Tony y Peter levantaron la vista y descubrieron a Rhodey en la puerta del gimnasio, observándolos.

—¡No me estaba golpeando! —jadeó Peter a la defensiva—. Yo estaba dejando que me ganara.

—No engañas a nadie, chico —dijo Tony, aunque sabía que Peter seguramente decía la verdad.

—Si quieres vencer a Tony, tienes que aprender a pelear sucio —le aconsejó Rhodey—. Él es un niño rico y mimado, nunca ha estado en una pelea de cantina.

—Oye —dijo Tony—. Tú no sabes nada de mi vida.

—Sí, sí lo sé —dijo Rhodey.

—Sí, sí lo sabes —admitió Tony.

—Para ser justos —consiguió decir Peter—, yo tampoco he estado nunca en una pelea de cantina. —Traía su camiseta interior casi empapada de sudor, y Tony se percató de que su propia camiseta de ejercicio se le pegaba a la espalda por la humedad.

Le tendió una mano al chico.

—¿Terminamos por hoy?

—Sí —respondió Peter y se dejó levantar por Tony.

—Oye, chico —dijo Rhodey—. No te ofendas, pero te ves como si necesitaras una ducha.

—¿Eh? Oh sí, de hecho. Esa sería una buena idea.

—El baño de huéspedes está en el segundo piso —le indicó Rhodey—. La sexta puerta a la izquierda.

—De acuerdo. —Frunciendo el ceño, Peter miró a Rhodey y luego a Tony, quien estaba examinando a Rhodey con expresión inquisitiva—. Gracias.

Peter levantó su camisa, la cual era en ese momento un triste desorden de arrugas, y desapareció en las escaleras que dirigían hacia el resto de la mansión. Sólo entonces Tony le hizo una seña a Rhodey para que se acercara.

—¿De qué se trató todo eso? —le preguntó, desatándose las vendas con las que se había envuelto los nudillos—. ¿Para qué hiciste que el chico nos dejara solos?

Rhodey tosió.

—Acabas de responder una llamada del Secretario de Estado —dijo.

Tony levantó la mirada.

—¿Eso hice? Y ni siquiera me di cuenta.

—A través de un representante, o sea yo —dijo Rhodey. Suspiró—. Hay un problema.

—Un problema —repitió Tony.

—Con el chico. Vamos, hablemos de esto en cualquier otra parte.


Arriba en la cocina, mientras Tony se lavaba la cara en el fregadero, Rhodey se sentó ante la mesa y subió sus prótesis a otra silla. Tony no pudo evitar recordar la última vez que habían usado esa mesa: fue cuando tuvieron su primera discusión real. Hizo el pensamiento a un lado y trató de concentrarse en lo que su amigo le estaba diciendo.

—Peter no ha firmado los Acuerdos —explicó Rhodey—. Y ahora los poderes gubernamentales quieren saber si el chico planea firmar o si pretende ser un renegado como los otros. Aparentemente, también están buscando a Su Alteza, el Rey T'Challa.

Tony frunció el ceño y se apoyó de espalda contra el fregadero.

—Los contratos firmados por un menor de edad no son legales, ¿o sí?

—Dos cosas —dijo Rhodey, levantando dos dedos para enumerar—. Una, me encantaría verte demandar a la ONU por eso… Y otra: ellos no saben que él es menor de edad.

Tony asintió pero no dijo nada. Entonces Rhodey continuó hablando:

—Y ni siquiera termina ahí —comenzó.

—De acuerdo…

—Creo que pude haberle confirmado a Ross que fuiste tú quien reclutó al chico —dijo—. Lo cual podría significar que tú también has cometido una violación a los Acuerdos.

—Los Acuerdos son solamente para "Los Avengers" —dijo Tony lentamente, haciendo las comillas en el aire con los dedos.

—Ese es el problema, Tony. Nada se ha puesto por escrito, así que nadie sabe lo que constituye ser un "Avenger" —dijo Rhodey señalando también las comillas con los dedos. Tony se dejó caer contra el fregadero y se frotó la cara con las manos, soltando maldiciones entre dientes.

—Y supongo que quieren una reunión.

—Sí. En dos semanas.

Tony se giró a ver por las ventanas; la tormenta había aminorado hasta convertirse en una llovizna. Las pantorrillas le dolían ahí donde Peter lo había pateado hacía un rato.

Como si lo hubiera llamado, Peter apareció en la puerta. Tony lo vio a través del borroso reflejo en la ventana y giró su cabeza hacia él. Peter se había vuelto a poner su camisa de botones, la cual, por supuesto, estaba terriblemente arrugada. Su cabello goteaba agua sobre los hombros.

—¿Todo está bien? —preguntó Peter en tono dubitativo, mirando a los dos adultos. Tony y Rhodey intercambiaron la más veloz de las miradas, justo lo necesario para cerciorarse de que ambos estaban pensando exactamente en lo mismo.

—Completamente bien —dijo Tony. Peter arrugó la frente pero no lo cuestionó, sólo caminó hasta donde había dejado su mochila encima de la isla de la cocina—. Espero no haberte pegado muy duro.

—Sólo espera a la siguiente ocasión —dijo Peter.

—¿Crees que habrá una siguiente? —Se escuchó un ruidoso siseo contra las ventanas y el techo. La lluvia estaba arreciando de nuevo—. Bueno —añadió Tony—, iba a mandarte a casa, pero… —Como para probar su punto, en ese momento un rayo iluminó el cielo a distancia.

—Está bien —dijo Peter relajado—. Oye —agregó mientras abría la mochila—, ¿te molesta si hago algo de tarea?

Tony movió la mano como diciendo "haz lo que te plazca".

Mientras Peter se acomodaba con sus cosas escolares sobre la mesa (¿cuántos libros de texto necesitaba un alumno de segundo año, honestamente? ¿Y cuántas carpetas?), Rhodey hizo una seña con la cabeza en dirección a la puerta. Tony lo siguió después de darle una vaga excusa a Peter, quien ya estaba mirando a su libro de Física con el ceño fruncido y apenas sí se percató de que ellos dos se iban.

—¿Algo más? —preguntó Tony cuando llegaron a un sitio en el corredor donde Peter no podría oírlos.

—Sí. Aunque no es algo oficial, pero… —Rhodey movió una mano—. ¿Estás seguro de que sabes qué es lo que estás haciendo?

—Rara vez.

—Me refiero a… —Movió la cabeza en dirección a la cocina—. Es sólo un chico. No necesita que ya lo estén adoctrinando en esto de ser súper héroe. Demonios, ninguno de nosotros comenzó hasta que ya teníamos más de treinta. Casi cuarenta.

—No creas que no se lo he dicho —dijo Tony—. Pero él quiere continuar y, francamente, dudo que haya algo que yo pueda hacer para impedirlo.

—Él… ¿Qué edad tiene…? ¿Diecisiete?

—Um, de hecho tiene quince —murmuró Tony.

Rhodey jadeó.

—Tony, por Dios.

—Lo sé, lo sé. No creas que no.

—¿Y nadie más sabe al respecto?

Tony abrió la boca para responder pero fue interrumpido por la voz de FRIDAY, la inteligencia artificial.

—Jefe, el Secretario de Estado está llamándole otra vez. ¿Quiere que responda y lo ponga en espera?

—Sí —dijo Tony—. Sí. Aguarda, le responderé en mi oficina.


El Secretario de Estado Thaddeus Ross se escuchaba bastante indignado cuando Tony oprimió el botón del altavoz en el teléfono que tenía en la oficina, y no perdió tiempo en ponerse a expresar sus sentimientos.

Qué atrevimiento el tuyo poner a Rhodes a hacer tu trabajo sucio —dijo. Tony se dejó caer en su silla y le murmuró un "Gracias" a Rhodey, quien en ese momento salía y cerraba la puerta de su oficina.

—Sí, bueno, me disculpo por eso —dijo Tony—. Estaba indispuesto. Me encontraba haciendo otros deberes. Ya sabe usted cómo es.

—¿Entonces debo asumir que Rhodes ya te informó de la situación?

Tony hizo un ruidito de afirmación, demostrando lo poco seriamente que se tomaba el asunto.

—¿Algo acerca de los Acuerdos y de un tal Araña-Hombre? —Ross comenzó a hablar, pero Tony continuó—. No me malinterprete, soy absolutamente capaz de reconocer que esto es una cuestión que necesita resolución, pero, francamente, este no es un buen momento para ello.

Stark, sé que seguramente crees que todo esto es un chiste —dijo Ross con severidad—, pero tú firmaste los Acuerdos de buena fe, lo cual legalmente requiere que sigas las reglas. Me doy cuenta de que el concepto puede no ser familiar para ti.

No recite la gran magia ante mí, señor Secretario, yo estuve ahí cuando fue escrita.

Pero Ross no parecía compartir su sentido del humor.

No, no estabas —dijo—. Fui yo. Tú sólo firmaste los malditos papeles y luego decidiste ignorar las reglas.

Tony levantó una mano, olvidando el hecho de que Ross no podía verlo.

—No quiero ser grosero, señor Secretario, pero ya tenemos una fecha para reunirnos y todo eso. ¿Está usted seguro de que esta llamada no es sólo para darse la satisfacción de meterme una regañada? —Hubo un largo silencio y Tony sólo escuchó el leve zumbido del mismo teléfono. Soltó un resoplido—. Es usted una persona muy malévola.

De este jueves al siguiente. Te quiero ahí a las once. Por cierto, ¿Stark? —añadió Ross.

—¿Dígame, señor Secretario?

Amablemente te pido que recuerdes con quién estás hablando. Mostrar algo de respeto no te vendría mal.

Ross colgó el teléfono y Tony se apoyó contra su silla produciendo un rechinido. Sentía un dolor de cabeza comenzándole.

Tal como él lo veía, varios problemas se venían encima: principalmente, la edad de Peter, pero también su anonimato. ¿Cómo puedes poner tu nombre en un documento cuando se supone que nadie conoce tu identidad?

Además, ¿era él quien tenía que decirle a Peter qué era lo que estaba pasando? ¿En qué momento la situación había escalado al punto que ahora tenía que darle a un chico la noticia de que se había convertido en enemigo potencial de las Naciones Unidas?

Tony vislumbraba en su futuro cercano el inevitable concurso burocrático de "a ver quién orina más lejos" y la perspectiva no le gustaba.


Rhodey tenía una cita para su terapia física y se había marchado mientras Tony estaba en el teléfono, así que éste regresó a la cocina. Peter continuaba haciendo su tarea, la cabeza volcada en sus libros. A través de su mirada periférica, Tony vio a Peter levantar los ojos hacia él y luego regresarlos a su trabajo.

Tony caminó hasta el fregadero, llenó dos vasos con agua y le puso a Peter uno enfrente antes de dirigirse hasta la ventana. Seguía lloviendo, pero los rayos caían cada vez más lejos. Era el tipo de día que le hacía desear poder quedarse acostado en su cama y no hacer nada. Si Pepper —o Steve, seguro— estuvieran todavía ahí, Tony se habría pasado la jornada en casa. Le gustaba tener sexo en esas mañanas grises y perezosas cuando nadie tenía que ir a ningún lado ni hacer nada. En algún sitio, quizá, Steve y Barnes estaban haciendo justamente eso. La idea provocó que se sintiera desolado y también un tanto obsesionado.

Un murmullo de papel lo hizo voltear. Con el ceño fruncido, Peter estaba hojeando uno de sus libros.

—¿Algún problema? —preguntó Tony.

—No puedo encontrar la Ley de Ohm —respondió Peter distraídamente, casi como si hablara para él mismo.

—¿La Ley de Ohm? —repitió Tony—. ¿Cuál es esa…? ¿"A" cuadrada más "B" cuadrada…?

—Ese es el Teorema de Pitágoras. Esto es Física… Oh, aquí está —añadió, deteniéndose en una página—. ¿Qué…? ¡Oh por favor, esto es muy fácil! —Miró a Tony con ojos indignados—. ¿Cómo puedes no saber cuál es la Ley de Ohm?

—Puedo calcular la fuerza gravitacional en mi cabeza, ¿y a ti te molesta que no pueda recordar un pequeño teorema?

Peter meneó la mano como restándole importancia al asunto y levantó el vaso de agua que tenía a un lado.

—No lo sé —dijo—. Lo que pasa es que tenía la leve impresión de que tú sí sabías de matemáticas. —Le dio un trago a su vaso y regresó los ojos a su trabajo. La lluvia que resbalaba por los paneles de las ventanas dibujaba sombras extrañas por toda la cocina; líneas grises y blancas encima de las paredes, los muebles y también en la cara de Peter: sombras moviéndose incesantemente hacia abajo dibujadas sobre su frente, encima de su nariz, sus labios, bajando por su barbilla y cuello hasta llegar al pequeño vistazo de su clavícula que la apenas desabotonada camisa permitía vislumbrar, y la leve hondonada justo arriba de su esternón.

Entonces Tony se dio cuenta de que Peter también lo estaba observando a él. El chico tenía los labios entreabiertos y un brillo en los ojos que Tony había visto reflejado en la mirada de incontables debutantes, modelos, hijos de empresarios, actores y actrices a lo largo de los años.

El vaso de agua de Tony se quedó olvidado en su mano, el borde apenas a unos centímetros de alcanzar sus labios.

Rompió el contacto visual con Peter al dar un largo trago para humedecerse el interior de la garganta.

—Esperaremos a que deje de llover y te llevaré a tu casa. —Dejó el vaso casi lleno en la resplandeciente encimera antes de huir hacia la puerta. La silla de Peter rechinó cuando el chico se giró hacia atrás para verlo irse.

—¿Señor Stark?

Tony también conocía ese tono de voz.

—Sigue haciendo tu tarea —le dijo—. Regresaré por ti en un rato.

Escapó a la seguridad de su taller, pero no pudo dejar de sentir el calor de la mirada del chico clavada en su espalda.