Capítulo 7. Correr antes de caminar
Thaddeus Ross seguramente no era humano, reflexionaba Tony mientras descendía por las escaleras que conducían al salón de reuniones número 12A, lugar donde tendría que dar la cara en menos de cinco minutos. Todavía peor, el Secretario de Estado parecía ser uno de esos reptiles raros que podían sobrevivir sin problema a temperaturas bajo cero. Ese año, el frío había llegado mucho antes a Nueva York y por eso mismo era que Tony vestía una chaqueta más gruesa de lo usual, y ni siquiera eso era protección contra el congelador que era la oficina de Ross.
Sentado ante la larga mesa de pizarra gris del salón 12A estaba Ross en persona, acompañado por una mujer pelirroja quien, dándole la espalda a Tony, parecía moverse de un modo que a éste le resultaba incómodamente familiar…
Tony se sentó en la tercera silla ante la mesa, enfrente de aquella mujer y de su laptop abierta, y descubrió que sus temores habían sido acertados. Ross. Maldito cabrón tramposo. Seguramente eso era su idea de una broma.
—Potts —saludó Tony—. ¿No estás un poco sobrecalificada como para levantar actas de reuniones?
Pepper le sonrió tensamente.
—Trabajo es trabajo, Tony.
Desde su sitio donde presidía la mesa, Ross se aclaró la garganta.
—Si ya hemos terminado con las cortesías —dijo—, podemos ponernos a trabajar. Bien… —Se aclaró la garganta de nuevo y removió una pila de papeles que tenía frente a él—… Este tal llamado Spider-Man, ¿tiene a alguien que lo represente?
—Ese sería yo —dijo Tony. Le echó un vistazo a Pepper, pero ella tenía los ojos firmemente fijos en la pantalla de su laptop mientras tecleaba con una agilidad que Tony siempre había encontrado intimidante y un tanto sexy.
—Creo que será mejor que comencemos desde el principio —dijo Ross—. Stark, no habían transcurrido ni seis horas de que firmaste los Acuerdos cuando llevaste a un anónimo individuo mejorado a una situación en la cual él no tenía permitido participar. Respecto al tema de su identidad… Bueno. Confiamos en que tú nos podrás ayudar.
Tony frunció el ceño.
—Un momento —dijo—. ¿Esto es un regaño para mí o estás tratando de añadir nombres a tu lista de "Personas Conocidas Armadas y Peligrosas"?
Ross tosió y no respondió la pregunta.
—Si no estás dispuesto a compartirnos su identidad, entonces dinos por qué no va a firmar los Acuerdos. ¿Él es un Avenger?
Tony arrugó el gesto.
—Más o menos.
—Entonces, como Avenger, está sujeto a la legislación impuesta por las Naciones Unidas, como tú lo sabes muy bien, Stark. Por lo tanto, o Spider-Man firma los Acuerdos, o se retira.
Tony levantó un dedo.
—Tengo un par de preguntas, señor Secretario. —Ross arqueó las cejas pero no dijo nada, señal que Tony tomó como una invitación a proseguir—. Spider-Man no puede revelar su identidad por razones de seguridad. Y todavía más allá de eso, en nuestro sistema legal, ¿realmente cuánto vale la firma de un menor de edad?
De reojo pudo ver que Pepper levantaba la cabeza.
—Espera, ¿qué tan menor de edad es? —preguntó ella.
—Este año va a cumplir dieciséis.
Pepper y Ross intercambiaron una mirada que a Tony le recordó incómodamente a la que sus padres solían intercambiar cuando él hacía algo bastante predecible. Además, Tony podía sentir las oleadas de frustración provenientes de Pepper, un sentimiento familiar que él reconocía de las muchas veces que ocurrió mientras duró su relación. Incluso podía sentir a Pepper luchando por evitar que las palabras "Tony, lo juro por Dios que…" dejaran sus labios.
—Tengo la situación bajo control —dijo Tony, tratando de sonar más seguro de lo que sentía. Ross lo miró muy poco impresionado.
—Tenemos múltiples testigos que afirman que alguien vestido de rojo y azul causó un altercado en una manifestación de la Iglesia Bautista Westboro, hace tres semanas. Aparentemente, varios de sus miembros más importantes fueron atados con telaraña a los postes de la luz.
Tony se rió a carcajadas. La Iglesia Bautista Westboro era famosa por sus protestas de odio contra la comunidad LGTB y contra toda la gente en general que no pertenecía a su jodida religión.
—¿De veras? —Apoyó la espalda lo mejor que pudo contra la incómoda silla de metal, sonriendo con ganas—. Mira nada más al chico, peleando por lo que es bueno y justo.
Ross también se apoyó en su respaldo y palmeó las manos, dejándolas juntas.
—Esto va más allá de la política, Stark. Tenemos un individuo mejorado no registrado en nuestras manos y tú sabes cómo es el público cuando la gente comienza a reinterpretar la "libertad de expresión".
—Eso no es lo que la libertad de expresión significa… —comenzó a decir Tony, pero Ross lo interrumpió.
—Es necesario hacer algo al respecto.
Tony se aclaró la garganta y se sentó recto en su silla.
—Ya he hablado con él. Me ha dejado perfectamente claro que no piensa retirarse. —Aparte de otras cosas que también me ha dejado en claro, añadió en su pensamiento. Pero no podía pensar en eso en ese momento: no en las palabras susurradas a través del teléfono que podían interpretarse de muchas maneras, no en la fiesta a la que Tony lo había invitado (¿por qué, oh por qué había hecho eso?), no en nada de eso.
Habían pasado ya dos semanas desde aquella conversación telefónica con Peter, y Tony todavía podía escuchar la voz del chico en su oído.
Pepper lo estaba observando con el ceño fruncido, y Tony se percató de que se había quedado en silencio durante mucho rato. Tosió de nuevo.
—El chico no puede firmar por las razones que ya les he explicado.
Los presentes en el salón se quedaron en silencio durante algunos segundos. Entonces Ross se removió en su lugar.
—Si no puede firmar los Acuerdos, entonces no puede ser un Avenger. No es un concepto difícil de comprender.
Tony escuchó la voz de Peter, metálica a través de la bocina del altavoz: Amo hacer esto y no quiero que me lo quiten solamente porque existe un problema legal.
Dos semanas después y Tony continuaba recordándolo palabra por palabra.
—Y esto es porque los Acuerdos fueron hechos específicamente para los Avengers, ¿cierto? —preguntó. Ross afirmó con la cabeza. Pepper seguía tecleando pero ahora lo hacía con una pequeña sonrisa en los labios que indicaba que ella sabía que Tony había encontrado una manera de zafarse. Tony buscó los ojos de Pepper, sus miradas se encontraron y él sintió un estirón en el pecho. Aparentemente, no había superado lo suyo. ¿Cómo podría hacerlo?
—Stark, ¿tiene algo que agregar? —irrumpió Ross.
—Sí —dijo Tony, saliendo de su ensimismamiento—. Creo que he encontrado una manera de proceder en la que todos saldremos ganando.
Peter iba a matarlo.
Tal como funestamente Tony lo había estado esperando, después de la junta Pepper lo alcanzó en su camino hacia las escaleras. Al escuchar el ruido de sus zapatos de tacón golpeando el piso de linóleo, Tony se giró y caminó hacia ella.
—Yo nunca criticaría tus decisiones profesionales —dijo él—… Pero, ¿en serio? ¿Ross?
Se detuvieron en el rellano. Pepper se cruzó de brazos. Estaba vistiendo un traje blanco con rayas finas en color azul pálido que le resultaba familiar a Tony, pero éste no podía recordar la última vez que se lo había visto.
—Recuerdas lo que la gente me decía cuando acepté trabajar para ti, ¿cierto? —dijo ella—. "Oh Virginia, ¿qué le estás haciendo a tu carrera? Una chica con tu talento podría estar trabajando en La Casa Blanca." ¿Y sabes qué era lo que yo les respondía?
—¿Que no querías que tu vida fuera un drama al estilo de Aaron Sorkin? —aventuró Tony.
Pepper casi sonrió.
—¿Recuerdas esa historia?
—Por supuesto que lo hago. —Tony quería sonreír, pero sentía que no era apropiado. Pepper también parecía percibir la incomodidad.
—Supe lo que le pasó a Rhodey —dijo ella con cautela—. ¿Cómo está?
—Mejorando —respondió Tony, bajando la mirada. Pepper se veía tan bonita como siempre—. Los médicos dicen que será capaz de volver a volar en un par de meses si continúa mejorando así.
Pepper se humedeció los labios. Parecía estar dándole vueltas a algún asunto, y Tony podía adivinar de cuál se trataba.
—También supe lo de Steve —dijo ella—. Lo lamento.
—No tienes por qué.
—No me has respondido ningún mensaje de los que te he enviado, así que voy a asumir que no necesitas nada de mí, pero sólo quería decirte que… —Pepper se interrumpió y suspiró—. Que no habría cortado todos los lazos contigo si hubiera sabido que iba a pasar algo como eso. Creí que él siempre estaría ahí para ti.
Tony se estremeció bajo el gélido aire que provenía del corredor.
—No necesito de tu lástima, Pepper.
—De acuerdo. —Ella estaba tratando de conservar la calma, usando aquel tono de voz que Tony reconocía de sus días más erráticos sucedidos después de la Batalla de Nueva York—. Sólo… Si necesitas cualquier cosa, cuando sea… Sé que realmente nunca antes hablamos de esto, pero…
Pero sí, una vez habían sostenido una extraña no-charla acerca de eso e, irónicamente, había sido Pepper quien la había comenzado. Tony, riéndose mientras se ponía la corbata frente al espejo, le había contestado: "Entonces, lo que estás diciéndome es que si me metiera en la cama del Capitán, ¿tú estarías de acuerdo?" Pepper, observándolo desde la cama, le había respondido: "¿Bromeas? Seguramente estaría ahí dándoles ánimos." Entonces hubo una pequeña pausa mientras ambos se daban cuenta de que uno y el otro estaban hablando completamente en serio.
Pero nada sucedió hasta meses después cuando, estando Pepper fuera de la ciudad, Steve llamó a la puerta del dormitorio de Tony y éste lo dejó entrar, viendo solamente los músculos, la mandíbula cuadrada y el mismo tipo de mirada vacía en los ojos del rubio que Tony veía algunos días cuando se miraba en el espejo… y ni una sola pista de lo que sucedería entre ellos un poco más adelante.
Steve y Tony habían hablado tan poco aquella noche, cada uno aceptando y agradeciendo en silencio la presencia del otro.
La mañana siguiente, Tony se enteró de que Steve había hablado de todo eso con Pepper para aclarar las cosas antes de que pasaran. Era difícil seguir enojado con alguien que hacía cosas como esas, pero Tony hacía lo mejor que podía, al menos cuando no había estado completamente enterado del asunto completo.
—Ya veo qué es lo que estás tratando de hacer —le dijo Tony a Pepper en ese momento—. Pero… se acabó, Pepper. —Pasó saliva—. Todo eso ya se acabó.
Ella seguía viéndose escandalosamente bonita. Era surrealista, estar ahí parado con alguien con quien has tenido sexo durante mucho tiempo y saber que jamás podrías regresar a esa época. Simplemente ya no era lo mismo.
Ella asintió y bajó la mirada.
—Sí. Sí, tienes razón. —Entonces Pepper le dio la mano. Tony la tomó. Se las apretaron firmemente, como si cerraran un trato de negocios—. Me dio gusto verte, Tony.
—A mí también.
En menos de quince minutos estaba ya de vuelta en su mansión, sintiéndose bajo y ligeramente sucio, de esa manera en que se sentía constantemente después de reuniones donde lo obligaban a aceptar un trato. No estaba ansiando el momento en que tendría que darle a Peter la noticia; quizá podría encontrar una manera de hacerlo después de la fiesta del siguiente día, una vez que estuviesen a solas.
Pero para su sorpresa, el chico en persona estaba esperándolo ahí en la sala de televisión, sentado en el sofá donde había tomado una siesta algunas semanas atrás. Se sentía como si hubiesen pasado años. Estaba leyendo un libro (parecía ser de Shakespeare o algo parecido, seguramente de alguna materia escolar), el cual cerró bruscamente antes de ponerse de pie en cuanto vio a Tony entrar.
—Mi buen dios —dijo Tony, deteniéndose bajo el marco de la puerta—. ¿Cómo te has materializado aquí dentro?
—Oh, FRIDAY me dejó entrar —dijo Peter. Traía puesta una camiseta de manga larga, seguramente en respuesta al clima fresco. Era de color gris oscuro y tenía una imagen de la Estrella de la Muerte impresa en ella.
—Ya veo —dijo Tony. Iba a tener que hablar con su IA—. Mira, Peter, no es que no disfrute el tiempo que pasamos juntos, pero… ¿qué estás haciendo aquí?
—May quiere saber si para la fiesta de mañana ella debe de llevarme a algún lado, y a cuál, para ser precisos —dijo Peter de corrido como si se hubiese aprendido la frase de memoria, los ojos fijos en el techo.
Tony frunció el ceño.
—¿No podías haberme preguntado por medio de un mensaje de texto?
—Ah, bueno… Es que ella acababa de pedírmelo con un texto justo cuando yo andaba aquí a la vuelta de la esquina, así que… —Peter pasó saliva y bajó los ojos—. Pensé que podría pasar a visitar. Para tener comunicación cara a cara y todo eso.
Tony lo observó durante un largo momento, mirándolo a él mirar la alfombra que tenía ante sus maltratadas zapatillas deportivas. La verdad era muy obvia, y el chico ni siquiera parecía estar haciendo mucho esfuerzo en ocultarla.
—Bueno —dijo Tony—. Puedes decirle a tu tía que puede dejarte aquí en la mansión y yo me encargaré de llevarte a casa de Dot. Tendrás que subirte en uno de los carros divertidos —añadió—, así que disfrútalo.
—Gracias —dijo Peter abruptamente, aunque sonaba más avergonzado que grosero.
—Tienes un traje que ponerte, ¿cierto?
—Sí —dijo Peter—. Mi tía y yo aprovechamos para comprar de una vez el que voy a usar para el baile de la escuela.
—Bien. Por cierto, ya que estás aquí… —Tony se dejó caer en el silloncito frente al sofá y miró a Peter—. ¿Vas a quedarte ahí parado?
—Oh. No —dijo Peter y también se sentó todo tieso y recto, completamente diferente a la postura relajada en la que se encontraba cuando Tony había llegado—. Mientras no te moleste que esté aquí…
—De acuerdo —dijo Tony, regresando al presente—. Justo acabo de regresar de una reunión acerca de los Acuerdos. —Peter asintió vigorosamente y se inclinó hacia delante—. Entonces… Tengo para ti una noticia buena y una mala —continuó cautelosamente—. ¿Cuál quieres oír primero?
—La mala —dijo Peter sin dudarlo.
—¿Sabes qué? Realmente creo que es mejor si primero escuchas la buena, la cual es: puedes continuar con tu trabajo, Spider-Man —dijo Tony—. La mala es… Que has sido destituido. Será necesario establecerte algunos límites.
Peter frunció el ceño y la frente.
—¿Destituido?
—A los ojos del gobierno, en este momento tú eres un aprendiz de Avenger —le explicó Tony—. Estás en entrenamiento, por así decirlo.
Peter se puso de pie; el desconcierto era claro en el gesto de su rostro.
—¡¿En entrenamiento…?!
—Sé que apesta —comenzó a decir Tony—, pero créeme, es el mejor trato que pude obtener a partir de…
—¡¿Y qué significa exactamente que esté en entrenamiento?!
—Que podrás patrullar normalmente, pero evitarás cualquier combate físico al menos que sea en defensa propia. Y tendrás que reportarte directamente conmigo —dijo Tony. Recordó las palabras que le había dicho Ross antes de partir: "Y no creas que no estaremos supervisándolos constantemente".
—Así que, básicamente, me estás poniendo bajo tu control —espetó Peter.
—Una llamada después de cada patrullaje y que intentes que no te pateen el trasero —dijo Tony—. Ese no es un control muy estricto, Peter.
—¡Tú entiendes lo que quiero decir!
—Mira, sé que quieres pertenecer a las grandes ligas, pero francamente, por mucho que odie admitirlo, Ross tiene razón. —Tony se puso de pie; ver al chico caminar de un lado a otro estaba poniéndolo nervioso—. Tienes quince años. Una vez que seas mayor, siéntete libre de hacer lo que te plazca. Podrás ser un Avenger, podrás firmar los Acuerdos. O no firmarlos y ser un fugitivo. Pero hasta entonces… Si quieres seguir haciendo esto, deberás comprometerte a lo que acabo de decirte. Y siendo sincero contigo —continuó diciendo Tony—, esto va a traer un montón de tranquilidad a mi vida. Sólo digo.
—¡Yo he estado muy bien por mi cuenta! ¡He hecho esto durante seis meses sin ayuda de nadie!
—Claro, porque buscar en Internet cómo curar tus heridas definitivamente viene bajo el título de "estar muy bien" —se burló Tony y Peter lo miró con furia antes de girarse y darle la espalda. Soltando un gemido, Tony se acercó y le puso una mano en el hombro—. Estamos tratando de mantenerte a salvo —le dijo.
Peter se giró para encararlo. Los ojos le relampagueaban.
—¿Y qué tal si no me importa estar a salvo?
Y ahí estaba de nuevo. Esa mirada de Peter de la cual Tony trataba de convencerse que no estaba viendo: el chico observándolo con los ojos llenos de adoración, de temor reverencial y de deseo, todos los sentimientos mezclados en uno solo, y, al menos durante ese momento, aderezados con un poco de enojo.
Quítale la mano de encima del hombro, le susurró su conciencia.
—Peter…
—No me importa estar a salvo —dijo Peter a toda prisa—. No me importa hacer cosas estúpidas, o… no usar la cabeza… ni nada. Yo sólo… ¿No tengo derecho a ser un poco tonto?
Quítale la mano de encima. Ahora.
—Los Acuerdos… —comenzó a decir Tony con voz débil, pero Peter lo interrumpió.
—Al diablo los Acuerdos. Tú sabes a qué me refiero. Sólo… —Peter dejó escapar un quejido de frustración—… ¿Podemos dejar de hablar en código? ¿Sólo por una vez?
Con una mierda, ¿qué es lo que está mal contigo?, quítale la mano de encima ahora mismo…
—Peter…
—Lo sabes. Sé que lo sabes.
—Peter…
Peter lo estaba viendo con esos ojos enormes que hacían que Tony se sintiera asqueado de él mismo.
—Contrólate —le dijo al chico. Contrólate, se dijo a sí mismo, y deja ya de tocarlo.
Parecía que no podía obedecer.
—No quiero —susurró Peter.
Y entonces se paró de puntas y lo besó.
Duró solamente un momento, y Tony se sentía tan atónito que difícilmente reaccionó de ninguna manera. Por alguna razón, estúpidamente, no había podido imaginarse que Peter llegaría así de lejos. De cero a cien en un pestañeo.
Peter estaba observándolo fijamente; se veía mortificado, aterrorizado y esperanzado, todo al mismo tiempo.
Entonces envolvió una mano alrededor del cuello de Tony y tiró de él para darle otro beso: en realidad, eran montones de besitos llenos de dientes y entusiasmo (Peter era tan adolescente, tratando de besar de la manera en que se veía en las películas) y todo acerca de ello estaba equivocado y era horrible, pero Tony cerró los ojos y se permitió recibirlo de todas formas, ese punto de calidez, los labios de Peter contra los suyos y el impacto que lo sacudió cuando sus lenguas se tocaron y…
El cuerpo de Peter se presionó contra el suyo, el chico soltó un quejido de sorpresa y Tony dejó de besarlo para descubrir que tenía a Peter apoyado contra la pared, justo a un lado de la televisión. Lo tenía ahí sujeto como a una mariposa con alfileres, sus ojos oscuros mirándolo de arriba abajo de un modo que hizo que Tony se sintiera más incómodo que nunca antes. Su cuerpo reaccionó agitadamente.
—Estás… —dijo Tony finalmente—… Estás hundido hasta el cuello.
—¿Y tú no? —le espetó Peter en respuesta. No se habían separado ni un poco, y Tony finalmente fue consciente de que con la mano izquierda estaba sosteniéndole la mandíbula al chico, empujándole la cara hacia arriba para que de ese modo pudiera alcanzar la suya. La mano derecha la tenía encima del pecho de Peter. La había puesto ahí para poder empujarlo contra la pared.
Quitó ambas manos, dio un paso atrás y le dio la espalda.
—Necesitas irte —dijo Tony.
—Pero…
—Sin excusas. Necesitas irte. Ya.
—Pero… pero… —La voz de Peter sonaba cada vez más herida y consternada, y Tony se ordenó a él mismo no girarse hacia él para verlo: para no ver su cara sonrojada, ni sus ojos, ni a las pequeñas marcas rojas que su barba le había dejado en la barbilla y mejillas—. Pero tú me besaste —finalizó Peter con voz quebrada.
—Vete a casa.
—No.
Eso lo tomó por sorpresa. Olvidando que se había ordenado no hacerlo, Tony se giró para verlo a la cara y se encontró con Peter mirándolo intensamente con los ojos enrojecidos y el labio inferior temblándole.
—Peter —comenzó a decir Tony, intentando permanecer razonable y centrado.
—No —insistió el chico—. No voy a irme a casa, no voy a escuchar nada de lo que digas, no… —Estaba comenzando a llorar—… No pude… Lo siento tanto… Simplemente no pude evitarlo… Me sentía tan enojado y tú estabas justo aquí, y yo sólo quise…
—Peter… —Tony quería poner las manos sobre los hombros del chico para sostenerlo, pero el mero pensamiento de tocarlo otra vez era como manipular nitroglicerina—. Peter, mírame…
—¿Tú querías besarme? —le cuestionó Peter—. ¿Querías hacerlo?
Tony abrió la boca para negarlo. Sería tan fácil negarlo. Cinco palabras: no, por supuesto que no. Y de cierta manera, eran verdad. Besar a Peter era algo que jamás le había cruzado por la mente.
Pero ahora que lo había hecho, quería hacerlo de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Quería agarrarlo del cabello y pervertirlo. O todavía mejor: confiar en que algo de la pureza del chico se le pegaría a él. Y quería tanto volver a sentirse deseado, atractivo, relevante.
Pero todo eso eran sólo tonterías.
El chico se desplomó de espalda contra la pared, presionó un puño contra su boca y comenzó a llorar con ganas.
—Lo he jodido todo. —Sus sollozos sonaban casi como si estuviese riéndose—. Era perfecto, y lo he jodido…
—No, no, no pienses así, no…
—¡¿Qué es lo quieres?! —gritó Peter.
—¡Quiero que pongas los pies sobre la tierra! —gritó Tony en respuesta—. ¡Soy lo suficientemente viejo como para ser tu padre!
El grito de Peter reverberó por todo el lugar:
—¡No me importa!
Tony nunca había tenido la oportunidad de convivir con un adolescente rebelde, pero había escuchado historias. De acuerdo con los amigos de sus padres, él mismo había sido un verdadero terror a esa edad: escapándose con otros chicos y haciéndolo bastante público, escapándose con chicas y ocultándolo bastante, usando drogas, bebiendo alcohol; el paquete completo. Ahora estaba comenzando a entender un poco lo que debió haber sido criar un adolescente como él, y eso provocó que la lástima que sentía por sus padres se incrementara un poco más.
Como fuera. Tony nunca había sido tan tonto como para hacer algo como eso.
Como si Peter estuviera leyendo sus pensamientos, dijo:
—Lo sé, lo sé, lo sé. Sé que no puede ser, pero es que te miré, y estabas tan cerca, y quise… Yo quise… —Peter se interrumpió y comenzó a sollozar de nuevo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—De acuerdo. —Tony levantó las manos en señal de rendición—. De acuerdo, sólo…
—Y entonces tú me correspondiste el beso…
—Peter.
—¡Lo hiciste!
—Peter… —Tony quería negarlo con todas sus fuerzas, y Peter parecía presentirlo.
—Metiste tu lengua en mi boca —masculló entre dientes.
El estómago de Tony dio un retorcijón. De nuevo le dio la espalda a Peter y se llevó las manos a las sienes. Estaba comenzándole un dolor de cabeza.
—Necesitas irte —repitió.
—No. —Pero el chico enojado y amargado de un rato antes había sido reemplazado por uno triste con ojos enrojecidos y muchas lágrimas—. No, por favor. Por favor no me obligues a irme.
—Sabes que debes hacerlo.
—Por favor, no quiero irme, quiero quedarme…
—Peter…
—¡Quiero quedarme…!
Los labios de Tony le ardieron igual como le ardían las entrañas, con la misma tóxica combinación de deseo y culpa. Pensamientos e imágenes desfilaron por su mente, eran demasiados y pasaban a gran velocidad como para verlos con claridad: él besando de nuevo a Peter, mordiendo el lóbulo de su oreja, borrando con su boca todo rastro dejado por las lágrimas, tirándole del cabello para poder volver a escuchar aquel quejido que emitió… Impensable que un par de besos estuviesen provocando todo eso. ¿Y en verdad habían sido los besos los responsables? ¿O sería que esas ideas siempre habían estado ahí, y Tony no había sido capaz de reconocerlas por lo que eran?
Pero las reconocía ahora. No había escape a ellas, del mismo modo que no había escape a la migraña que estaba gestándose en su cerebro.
—Por favor —le suplicó al chico—. Por favor, vete.
Su voz había sonado tan empequeñecida y desesperanzada.
—Pero…
—Lo mejor que puedes hacer por nosotros dos ahora mismo es irte, ¿de acuerdo? —Intentó sonar amable, pero el pánico que sentía le hacía difícil estar seguro de ello.
Hubo un terrible silencio, roto solamente por el sonido de Peter ahogando su llanto, tomando su mochila del sofá y, finalmente, de sus pasos alejándose.
Tony tuvo la increíble urgencia de vendarse las manos y ponerse a golpear algo hasta sentirse mejor. Sólo fue una vez, se dijo. Sólo pasó una vez, y obviamente no vas a volver a hacerlo nunca más. Obviamente. Obviamente. Como si se hubiese vuelto loco, repetía en su mente aquella palabra una y otra vez. Por supuesto que no iba a hacerlo de nuevo. Él no era ese tipo de persona. Él tenía autocontrol, y todavía más que eso, él era un ser humano malditamente decente que no pensaba en besarse con menores de edad.
O con cierto menor de edad, al menos.
Quedaban muchas cosas a considerar: la fiesta, la beca y la pasantía, diablos, incluso las ventajas de textearse con el chico adquirían un significado completamente diferente.
Pensamientos ansiosos llenaron su cabeza como smog. ¿Y si Peter se lo contaba a alguien? ¿Y si alguien se enteraba de ello?
¿Y si Tony perdía el control y lo hacía de nuevo, esa vez sin la endeble excusa de que había sido Peter quien comenzó?
La fiesta iba a ser al día siguiente.
Ambos estaban completamente jodidos.
—¿FRIDAY?
—¿Jefe?
—Borra las grabaciones de seguridad de este salón de los últimos quince minutos, más o menos, ¿quieres?
—Sí, jefe.
Hubo un silencio, el cual Tony eligió interpretar como que FRIDAY estaba ejecutando la orden y no sufriendo de un corto circuito por lo que habría encontrado en las cámaras.
Bueno. Eso era todo. Antes Tony había tenido algunas opciones de dónde elegir para manejar aquel asunto, para decidir qué tipo de hombre quería ser. Elegir borrar las grabaciones significaba borrar el 99% de esas opciones. Significaba que admitía su culpa.
—¿Por qué tenías que haberlo hecho? —murmuró en voz alta, sin estar completamente seguro si se estaba dirigiendo a Peter o a él mismo.
