Capítulo 8. Respira
—¿Oye, May? —la llamó Peter con voz miserable desde su habitación—. ¿Tenemos algún tranquilizante que pueda tomar? Creo que me voy a enfermar.
Su voz hizo un poco de eco en el repentino silencio de su cuarto. Spotify acababa de silenciarse; los últimos compases de Galway Girl todavía resonando en su mente mientras él trataba de atarse la corbata con dedos temblorosos.
May apareció en el marco de la puerta.
—¿Qué fue lo que dijiste? Oh, te ves bien —añadió ella. Traía puesto uno de sus vestidos más bonitos, uno de algodón rojo con un cinturón grueso.
—Te pregunté si teníamos algún tranquilizante en casa —dijo Peter. Su corbata le estaba plantando pelea y estaba ganándole; Peter tiró de ella hasta arrancarla de su cuello y la dejó caer encima de su cómoda con un bufido.
—¿Nervioso? —preguntó May.
Peter asintió, apretando los labios para no dejar salir las palabras "Hasta la mierda". Se había pasado el día entero saliendo y entrando de sus clases en una especie de estado catatónico, su mente fija alternadamente entre lo que había sucedido el día anterior y en lo que le esperaba esa tarde.
Sentía que iba a vomitar de la aprensión.
Sentía ganas de brincar muy alto y nunca volver a poner los pies en el suelo.
Se sentía aterrorizado.
¿Qué habría pasado si Stark no se hubiera acobardado? Peter no podía evitar preguntárselo. ¿Lo habría besado más? Stark lo había empujado contra una pared… Peter no podía dejar de pensar en esa parte, en cómo Stark había podido hacerlo como si él no pesara nada en absoluto. ¿Se lo habría follado ahí mismo, si las cosas hubiesen sido diferentes?
¿Qué tipo de sábanas tendrían las camas de la mansión?
Anteriormente había podido mantener sus pensamientos a resguardo (más o menos), pero ahora que había sido lo suficientemente estúpido como para realmente tocar a Stark, Peter se daba cuenta de todo lo que se había estado perdiendo, y los pensamientos no cesaban de llegar, como una estampida de caballos, salvajes e imparables.
Sentía como si el universo simplemente acabara de desatarse.
—Sí. Va a ver muchísima gente ahí —murmuró.
Pero, por supuesto, todo era irrelevante porque no había ninguna manera de que algo de eso pudiera pasar ahora. Peter había recibido un mensaje de texto de Stark alrededor del mediodía para confirmar que los planes para la fiesta seguían en pie. Ninguna mención de lo que había sucedido el día anterior. Ninguna emoción. Sólo un par de palabras heladas y concisas. La historia había terminado antes de que tuviera tiempo de comenzar apropiadamente y Peter estaba pagando el precio de su impulsividad.
May acababa de preguntarle algo. Peter cerró los ojos y los abrió de nuevo.
—Lo siento, ¿qué?
—¿Esto es por Nathan? —repitió ella. Después de dejar a Peter en la mansión de Stark, ella y Nathan iban a salir a una cita.
De hecho, Nathan estaba a punto de llegar al apartamento en cualquier momento. En una situación normal, la perspectiva de conocer al novio de su tía habría sido el evento de la tarde alrededor de lo cual todo giraría, pero en ese momento Peter lo consideraba apenas como la cereza del pastel de mierda que era todo lo demás. Negó con la cabeza.
—No, no es por eso.
—Déjame ayudarte —dijo May. Tomó la corbata de la cómoda y le hizo señas a Peter para que se acercara. De manera rápida y experta realizó el nudo que a Peter tanto trabajo le había estado costando—. Creo que tengo un poco de Xanax —continuó diciendo ella en respuesta a la anterior pregunta de Peter—. ¿De verdad crees que necesitas un tranquilizante?
—Uh… sí.
—De acuerdo. Ya sabes en dónde lo guardo. —Alguien tocó la puerta del apartamento—. Ese debe ser Nathan.
May salió del cuarto a toda prisa y Peter se encaminó por el corredor hacia el baño. Abrió la puerta del pequeño armario de la medicina y buscó por una pequeña píldora en el bote anaranjado de Xanax. Se la guardó en su billetera para tomársela más tarde.
—¡Peter! —le gritó May desde la sala—. ¡Ven a saludar!
Peter aspiró profundamente y salió del baño.
Nathan era mayor de lo que Peter se esperaba. Tenía canas en las sienes y arrugas alrededor de los ojos, como si se riera mucho. Además usaba un bastón para caminar. Paradójicamente a su cabello gris, Nathan parecía muy joven para necesitar bastón. Mientras él y May charlaban, Nathan vio a Peter parado torpemente en el corredor con su chaqueta colgando de un brazo.
—Hola, tú debes ser Peter —dijo. Peter caminó hacia él y lo saludó con su mano libre—. Yo soy Nathan Lubensky.
Peter consiguió recuperar la voz.
—Mucho gusto. No voy a ir con ustedes —añadió rápidamente cuando notó que Nathan miraba con curiosidad el traje que llevaba puesto—. Yo voy a…
—Sí, May mencionó lo del MIT. Buen movimiento de tu parte, dar un paso hacia la universidad tan pronto —añadió.
—Sólo déjenme buscar mi chaqueta —dijo May y caminó en dirección al armario de los abrigos, dejándolos convenientemente a solas.
—Entonces… Supongo que te gustan las ciencias —dijo Nathan, claramente en un intento de hacer conversación. Peter asintió—. ¿Qué te gustaría ser de mayor, lo has pensado?
Peter siempre había odiado las preguntas acerca de su futuro, y desde que había tenido que tomar una segunda identidad, la idea de poder tener un trabajo normal algún día le parecía casi risible. Se encogió de hombros.
Nathan movió una mano en un gesto que le restaba importancia.
—Yo no me estresaría si fuera tú —dijo—. Tienes mucho tiempo para pensarlo.
Peter asintió con la mirada clavada en la alfombra de color gris. No podía pensar en nada qué decir. Su mente estaba fija en el evento que le estaba esperando… ¿Stark estaría muy enojado? ¿Siquiera le iría a dirigir la palabra?
¿Y qué tal si esa era la última vez que pasaban tiempo juntos?
May había regresado.
—¿Listo? —le preguntó a Nathan.
—Estábamos esperándote —dijo él cariñosamente.
¿Y si esa era la última vez que veía a Stark? ¿Y si de ese momento en adelante, ya sólo se trataría de reuniones profesionales, de breves reportes de misión, de conversaciones donde siempre hubiera otra persona presente entre ellos, donde ellos siempre estuviesen separados por más de varios metros de distancia y por lo tanto nada inapropiado podría suceder…?
—¿Peter?
Los dos adultos lo estaban mirando desde la puerta. May tenía a Nathan sujeto del brazo con el que no tenía cogido su bastón.
—Ya es hora de irnos —dijo ella, sonriendo mucho—. Alguien está bastante nervioso, me parece.
Peter los siguió y salió del apartamento, tratando de no sonrojarse y de no entrar en pánico.
Lo dejaron en la mansión justo a tiempo, y Peter sintió que el estómago se le retorcía mientras caminaba hacia las enormes puertas dobles y apretaba un botón del teclado para pedir entrar. El aparato reprodujo el mensaje que Peter acababa de recitarle para confirmar, y éste arrugó el gesto al darse cuenta de lo infantil que había sonado: "Hola, soy Peter Parker… uh… ¿Estoy aquí para ver al señor Stark?"
Miró por encima de su hombro. El taxi en el que May y Nathan lo habían dejado ya había desaparecido. No había manera de escapar.
El cerrojo de las enormes puertas de vidrio se abrió con un clic y, después de echarle una mirada llena de inquietud a la enorme mansión que se erguía encima de él, Peter empujó la puerta abierta y entró.
El lobby estaba tan pulido y lujoso como el exterior del edificio había sugerido que sería. También estaba desierto. Temblando, Peter se sentó pesadamente en el banco de metal y vidrio más cercano y trató de recordar cómo respirar con normalidad.
Escuchó pasos en el piso de mármol. Dirigió la mirada a los zapatos que se acercaban, sólo para descubrir que en vez del hombre en persona, el recién llegado era un tipo mucho más fornido vestido con un traje casual, quien a Peter le parecía vagamente familiar. No sabía si sentirse aliviado o decepcionado de que no se tratara de Stark.
—Señor Parker —dijo el recién llegado—. Soy Harold Hogan. —Se dieron un apretón de manos. En ese momento Peter recordó quién era; se habían conocido brevemente en el camino a Alemania—. El señor Stark bajará en cualquier momento.
Después de asentir levemente con la cabeza, Hogan desapareció por el corredor, dejando a Peter sintiéndose como si fuera un prisionero esperando por la pena de muerte. Cuánto más tardaría… Cuánto más…
Se sentó derecho en el banco y sacó su teléfono. No tenía ningún mensaje de texto de parte de Stark; sólo uno de Ned preguntándole algo acerca de la tarea de Español y otro de Michelle, quien quería saber si Peter estaba dispuesto a un maratón de Sense8 durante el fin de semana ("anda, necesitamos una excusa para comportarnos gay"). Estaba a punto de responderle cuando un nuevo ruido de pasos lo puso otra vez en alerta. Levantó la vista.
Stark venía hacía él, caminando con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de su traje. Corbata color azul rey. Camisa de seda. El cabello desordenadamente estilizado. La chaqueta puesta.
Peter se puso de pie pero no se atrevió a verlo a los ojos; mantuvo la mirada fija en sus propios zapatos… Los cuales ya estaban empolvados, Dios, Peter nunca hacía nada bien…
—Dichosos los ojos, señor Parker —dijo Stark. Su tono de voz era ligero, pero era el tipo de ligereza que sonaba como si estuviera tanteando el terreno. Peter se mordió el labio y asintió, todavía sin mirarlo directamente—. ¿Listo para irnos?
—Sí.
—Peter —dijo Stark con un tono de voz más bajo, y Peter alzó la mirada hacia él. Estaba tan cerca—. Simplemente superemos esta noche, ¿de acuerdo? —le dijo—. Todo lo que pasó ayer… —meneó una mano—. Nos preocuparemos por eso después.
Peter asintió, mirando a cualquier parte menos a la cara del otro hombre. Aspiró una temblorosa bocana de aire.
—Lo siento.
Stark se quedó en silencio durante tanto tiempo que Peter se encontró incapaz de continuar sin mirarlo. Cuando lo vio a los ojos, la mirada que Stark le estaba dirigiendo lo hizo sentir asustado y expectante al mismo tiempo.
Stark sacudió la cabeza y miró hacia otro lado.
—Simplemente superemos esta noche —repitió—. Vamos.
Tal como Stark le había dicho el día anterior, esa noche se subieron a uno de sus autos deportivos. Peter supuso que se debía a que Stark tenía cierta imagen qué mantener. Pero nada de eso le importaba a él. Atrapado en el asiento del pasajero, apenas podía concentrarse en la noche que le esperaba por culpa de la presencia de Stark a su lado… Por cuestión de principios, él siempre conducía sus propios autos después del anochecer, le explicó.
¿Por qué era que ellos dos estaban haciendo eso? O una pregunta mejor: ¿por qué él había accedido?
En silencio, Peter se sacó la billetera del bolsillo y se tragó la píldora de Xanax así sin agua, arrugando el gesto ante el sabor amargo que le dejó en la boca. Si Stark lo vio hacerlo, no le comentó nada al respecto.
Su teléfono se iluminó. Era un mensaje de texto de May.
"¿Todo está bien?"
Peter respondió: "Sí. No tienes que estarme mandando mensajes, ¿sabes?"
Ella no respondió, y Peter asumió que estaba siguiendo su consejo. Lentamente, inevitablemente, su mirada se deslizó hasta fijarse en Stark en el asiento del conductor. El hombre tenía la mandíbula apretada y el rostro tenso, los ojos fijos en el camino. La esencia de su loción para después de afeitar dejaba el auto oliendo a algo limpio y energético, y Peter no pudo evitar recordar aquellos eslóganes súper masculinos de los productos de belleza para hombres: Si tu abuelo no lo hubiera usado, tú no habrías nacido…
Los ojos de Stark se dirigieron hacia él. Viéndose atrapado, Peter bajó rápidamente la mirada y se puso a responder los textos de Ned y Michelle solamente para tener algo en qué entretener las manos.
Y entonces ambos se encontraron dentro de un pequeño edificio del lujoso barrio Upper East Side, y Stark lo condujo hasta un ascensor con puertas de vidrio.
—¿Nervioso?
Peter asintió vigorosamente mientras Stark presionaba el botón que los llevaría hasta el penthouse en el último piso.
—Simplemente respira —le dijo Stark—. Si haces eso, ya tienes ganada la mitad de la batalla.
—Mm… ajá.
Las puertas del ascensor se cerraron y sonó una campana conforme se movía hacia arriba.
—Sonríe, ríe cuando todos los demás se rían y estarás bien —continuó Stark—. Es la mentalidad de la multitud. —Peter asintió y pasó saliva. La espalda le dolía por el esfuerzo de mantenerla derecha.
—No tenemos que quedarnos mucho tiempo —añadió Stark. ¿Era sólo Peter, o parecía que Stark estaba tratando de asegurarse de que ellos dos pasaran juntos el menor tiempo posible? Y si ese era el caso, ¿podría Peter culparlo?
La campana del ascensor volvió a sonar y las puertas se abrieron para revelar ante ellos un apartamento que ya estaba a reventar con la presencia de la realeza de Nueva York: vampiros ataviados con vestidos de noche ensalzados con joyas y trajes italianos con corbatas de seda.
Peter deseó repentinamente que el efecto del Xanax durara un poco más.
Stark apoyó apenas levemente una mano en el centro de la espalda de Peter… Éste se estremeció ante la sensación. Entonces, Stark lo escoltó fuera del ascensor y hacia la palestra.
—Sólo quédate junto a mí —le dijo—. Yo siempre me muevo en sentido contrario a las manecillas del reloj. Respira —repitió, y Peter inmediatamente tomó una gran bocana de aire hasta llenarse los pulmones.
—¡Tony!
Inmediatamente fueron abordados por varios hombres en traje, quienes, a los ojos de Peter, lucían todos iguales con su misma cara arrugada y su mismo cabello gris. El mismo apretón de manos también; Peter se encontró deseando poder limpiarse la palma de la mano en sus pantalones cuando todos esos hombres terminaron de saludarlo.
—Tony, han pasado siglos…
—Lo que sea que haya sucedido con ese asunto de Iron Man…
—Sí, ¿y quién es el chico?
Stark colocó una mano firme en el hombro de Peter.
—Les presento a Peter Parker. Él obtuvo una de mis becas.
Los hombres soltaron algunos murmullos de admiración, pero en su mayoría, ellos estaban más interesados en Stark. Después de un minuto o dos de conversación irrelevante, Stark ejecutó un movimiento de discreto escape y se movió hacia el siguiente grupo de gente, cuya compañía era más variada que el anterior. Peter era consciente de las sonrisas falsas que la gente le dirigía; se sentía casi como un cachorro que alguien había llevado hasta un tanque de pirañas. En cualquier momento alguien descubriría que ese chico pobre de Queens no tenía nada que hacer en un penthouse del Upper East Side. Entonces, Peter se dio cuenta de que la gente ahí seguramente ya lo había descubierto, gracias a que Stark había mencionado lo de la beca. Su estómago sufrió un retorcijón. Si el Xanax le había hecho algún efecto, no podía asegurarlo.
Como si percibiera su incomodidad, Stark comenzó a señalar algunas de las caras de la multitud mientras le hablaba de la gente, como para ponerlo en contexto.
—Y ese tipo con barba de allá —dijo mientras se alejaban de otro grupo—, se dedica a hacer almohadas, creo.
—¿Puedes hacerte rico fabricando almohadas? —preguntó Peter incrédulamente.
—Eso parece. Y se supone que por aquí debe andar un miembro de la familia Rockefeller por algún lado, pero ellos tienden a ser muy reservados. —Stark no había quitado la mano del hombro de Peter y éste no tenía ánimos de quejarse por ello.
Varias mujeres se cruzaron en su camino: dos de ellas pasaban de los cincuenta años, y la tercera, de cejas estilizadamente maquilladas, era significativamente mucho más joven.
—Dot —saludó Stark, dándole la mano a una de las mujeres mayores.
—¡Tony! Me alegro tanto de que pudieras venir.
—Te presento a Peter, el chico del que te hablé.
Peter saludó a la mujer e hizo su mejor esfuerzo para no arrugar el gesto cuando las uñas color escarlata de ella le rasguñaron la palma de la mano.
—¿Entiendo que estás interesado en el MIT? —preguntó Dot. Tenía el cabello oscuro y la nariz aguileña.
—Eso es correcto, señora.
Dot se rió como si Peter hubiese dicho algo encantador. Las otras dos mujeres los observaban con sonrisas brillantes y llenas de labial.
—¿Qué te gustaría estudiar ahí?
—Ingeniería o Química, supongo —respondió Peter—. Aunque también me gusta mucho la Física. No lo sé, es difícil decidir.
De nuevo sintió la mano de Stark sobre su hombro.
—Y puedo añadir que el señor Parker aquí presente tiene un extraordinario don para fabricar sustancias de fórmula original.
En ese momento Dot se veía excepcionalmente impresionada.
—¿De verdad? Bueno, Peter, ¿sabes? Sucede que yo conozco al decano de admisiones del MIT. Podría hablarle sobre ti. ¿En qué año vas en la preparatoria, en tercero?
—En segundo.
—Bueno, nunca está de más comenzar antes de tiempo —dijo ella.
Peter se sonrojó.
—Muchas gracias, señora… —se interrumpió, distraído por culpa del gesto que tenía en la cara la chica más joven, quien miraba a Stark con descarada coquetería. Esa tenía que ser la expresión "comerse con los ojos a alguien" más atrevida que Peter había visto en público.
La otra mujer mayor se llevó un puño a la boca y tosió delicadamente; los diamantes que llevaba alrededor de la muñeca destellaron ante la luz de las lámparas.
—Es maravilloso verte de nuevo en circulación, Tony —dijo en un marcado acento del estado de Georgia—. Es una lástima lo que sucedió a principios del año. Nos habría gustado mucho conocer en persona al Capitán Rogers, ¿no es verdad, Cory? —preguntó, dirigiéndose a la chica que estaba a su lado y quien les dio (no, le dio a Stark) una sonrisa pintada de carmesí y no dijo nada.
Stark pareció ponerse rígido ante la mención de Rogers, y Peter resistió las ganas de acercarse a él para reconfortarlo.
—Sí —dijo Stark brevemente—. Es una lástima.
—Bueno, no importa —dijo la mujer de Georgia—. Mientras tú estés de regreso en sociedad.
La chica, Cory, sonrió otra vez y dijo:
—Las fiestas no han sido lo mismo desde que tú no asistes a ellas.
—Yo apoyo eso —dijo Dot—. ¿Sabías que hay gente que realmente se rehusaba a asistir al menos que supieran que tú estabas planeando presentarte? No puedo explicarte el infierno que es cuando estás tratando de organizar un evento.
—¡Sí! —dijo la otra mujer—. Recuerdo cuando… ¿Cuándo fue, hace dos años? Yo estaba preparando una cena de caridad después del ataque al periódico Hebdo y, déjame decirte, fue todo un reto llenar los lugares después de que tú declinaste la invitación. No es que te esté culpando —añadió rápidamente—, estoy segura de que…
Pero Peter había dejado de escuchar lo que la mujer decía porque los dedos de Stark lo estaban apretando tan fuerte que casi se le enterraban en la carne del hombro. Cuando levantó la cara para mirarlo, Peter se dio cuenta de lo tensa que Stark tenía la mandíbula. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no llevar su propia mano hacia arriba y cubrir la de Stark con la suya.
¿Qué demonios le pasaba, acaso era un suicida?
Se zafaron de aquella conversación con excusas tontas y Peter se mordió el labio, decidido a asumir su responsabilidad.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó a Stark mientras éste tomaba dos copas de la bandeja de un camarero que pasaba cerca. Le dio una a Peter sin mirar. Peter la olfateó y supo que no era agua.
—Sí —dijo Stark sin molestarse en sonar convincente—. Diablos, ¿qué estoy haciendo…? Esto es champaña, olvídalo. —Le quitó la copa a Peter—. Déjame encontrarte agua o algo que…
—¡Anthony!
Peter levantó los ojos para ver una silueta de un hombre alto y esquelético caminando decidido hacia ellos. Vestía un esmoquin negro que a Peter le recordó a un director funerario de los tiempos victorianos que había visto en imágenes en el internet. Y esa cara… Era la de alguien que perfectamente podías imaginar comandando la Estrella de la Muerte.
—Justin —saludó Stark con cansancio y negó con la cabeza—. Peter, te presento a Justin Hammer. Colega empresario. Justin —continuó, con un tono de voz que delataban sus pocas ganas de presentar a Peter con ese hombre—, este es Peter Parker. Es uno de los ganadores de mis becas.
Hammer arqueó una ceja.
—¿En serio? Qué chico tan afortunado. —Era inglés, Peter podía decirlo por el acento. Cuando le dio la mano, el hombre se la aferró con una desconcertante firmeza. Peter se removió inquieto mientras Hammer lo veía de arriba abajo. ¿Era su imaginación o Stark lo estaba apretando más duramente del hombro?—. Te acabo de ver hablando con Dot hace un momento, así que sólo puedo imaginarme que también estuviste suplicándole por un sitio en el MIT.
Peter apretó los labios y no dijo nada. Nunca había conocido a nadie que lo hiciera sentir tan visceralmente incómodo.
—¿Champaña? —dijo Stark y le ofreció a Hammer la copa que originalmente le había dado a Peter.
—No me molestaría —dijo Hammer y le dio un traguito a la copa sin quitarles los ojos de encima—. Entonces… ¿qué has estado haciendo últimamente, Stark?
—Un poco de esto, un poco de aquello —respondió Stark evasivamente.
—Comprometiéndote con la filantropía educativa, por lo que veo —señaló Hammer—. Yo tendría cuidado de no volverlo un hábito. ¿Has visto lo que algunas de esas escuelas cobran por costo de colegiatura? Pero puedo suponer que el señor Parker aquí presente podría contarte acerca de eso.
Peter pasó saliva.
—Sí —dijo con voz débil—. Sí, son bastante costosas.
—Pero supongo que para un protégé de Tony Stark nada es imposible, ¿mm?
Le tomó varios segundos a Peter darse cuenta de que Hammer estaba dirigiéndose personalmente a él y que estaba esperando una respuesta.
—Eso supongo —dijo torpemente. No quería ni voltear a ver a Stark; era suficientemente duro sentir el calor de su cuerpo tan cerca del suyo, que por alguna razón se sentía tan diferente al del resto de la gente en el lugar. Peter casi podía escuchar el latido de su corazón.
—Lamento lo que pasó con tus Avengers —dijo Hammer dirigiéndose a Stark.
—No sabía que eran mis Avengers, pero te agradezco el sentimiento.
Hammer sonrió a medias.
—Pareces muy a la defensiva.
—Eso es lo que pasa cuando tu banda se desintegra.
—Sí, estuve particularmente triste de escuchar que el Capitán Rogers se marchó junto con los otros. Entiendo que ustedes dos eran muy cercanos. Espero que no hayas estado sufriendo mucho, especialmente porque sé que la señorita Potts tampoco se encuentra ya en escena —dijo—. No obstante… —e inclinó la cabeza hacia un lado—… quizá no te encuentras tan solo como todos habíamos pensado.
Sus ojos se dirigieron indudablemente hacia Peter.
Stark se aclaró la garganta mientras a Peter se le subía la sangre hasta las orejas.
—Me temo que no entiendo lo que quieres decir.
Pero Hammer sólo meneó la larga mano con la que no sostenía su copa de champaña.
—No necesitas hacerte el inocente, Anthony. Cualquiera con ojos puede comprenderlo.
¿Qué está queriendo decir con "cualquiera con ojos"? ¿Es así de obvio? ¿La gente puede darse cuenta de que nos hemos besado? ¿La gente cree que nosotros hemos follado… que estamos follando? Peter fue alcanzado por una visión donde esos rumores llegaban a oídos de May y se estremeció ante la oleada de náusea que invadió su estómago.
La insinuación era lo suficientemente clara para que cualquiera que hubiese escuchado pudiera entender lo que Hammer estaba queriendo decir, pero Stark continuó haciéndose el tonto.
—No comprendo qué intentas decir con eso —dijo.
—Creo que el señor Parker sí lo comprende —dijo Hammer. Con elegancia, le dio otro trago a su copa de champaña—. Yo no estaría tan avergonzado, Anthony. Después de todo, es bastante clásico, ¿no lo crees?
Peter había tenido suficiente. Ni siquiera se molestó en excusarse; se giró hasta darles la espalda, ignoró a Stark cuando éste lo llamó por su nombre y escapó chocando con el mar de cuerpos alrededor de él —demasiado cerca, demasiado cerca, demasiado cerca, pensaba— hasta que finalmente encontró un baño lejos de la sala principal y se metió dentro, cerrando la puerta laqueada en negro detrás de él.
Sentía la cara ardiendo cuando se sostuvo del lavamanos de mármol y se miró al espejo. Su reflejo era el de un extraño: ¿quién era ese chico vestido de traje a quien le temblaban las manos, que estaba todo sonrojado y tenía pensamientos que no podía controlar aun si lo intentaba? ¿Qué estaba haciendo ahí, en ese penthouse, en ese baño que parecía un salón de baile de Versalles? ¿No debería regresar a su apartamento a ponerse una camiseta, a jugar videojuegos o a ver Netflix?
¿Realmente era así de obvio?
No hay modo de que Stark haga esto otra vez, pensó miserablemente. Nunca más querrá verme de nuevo, nunca más va a volver a hablarme, no hay manera, su reputación no puede permitírselo…
Después de todo, ¿qué podrían importarle los sentimientos de un adolescente hormonal a un magnate de su calibre con tanto qué perder?
Pero él me correspondió cuando lo besé…
Que Dios lo ayudara, Peter no podía dejar de pensar en esos besos. Antes de eso él sólo se había besado con otra persona una sola vez, y había sido con Liz en el séptimo año de escuela, y apenas se atrevía a contarlo como experiencia válida porque ninguno de los dos sabía lo que estaba haciendo. Pero no había sido de ese modo con Stark, quien lo había dejado con las rodillas temblorosas en el momento en que deslizó su lengua dentro de su boca, quien lo había dejado sin aliento cuando lo oprimió contra una pared. Quien empujó su barbilla hacia arriba para tener un mejor acceso, quien puso su mano en su pecho, quien le raspó la cara con su barba, Cristo, cuánto deseaba Peter que…
Se sacó la chaqueta, se aflojó la corbata y el primer botón del cuello de la camisa. Se echó agua en la cara y el cuello, tratando de disminuir el calor que se había elevado en su piel… Peter no sabía si era por vergüenza, por enojo, por lujuria o por una amalgama de las tres cosas.
Detente, se dijo a él mismo. Sabes bien cómo son las cosas. Lo sabes. Lo sabes.
Alguien golpeó la puerta del baño y el corazón de Peter dio un salto dentro de su pecho.
Nota:
Un saludo con todo mi amor y una disculpa enorme por no haber cumplido mi promesa de actualizar cada domingo como les había dicho.
Estas semanas pasaron algunas cosas en mi casa que ustedes no quieren saber ni yo contar, pero que me ocuparon toda mi atención y de hecho me tenían un poco mal, con cero ganas de escribir o traducir. Lo lamento mucho, de verdad.
No sé si la siguiente semana podré actualizar porque salgo a un pequeño viaje, pero lo intentaré. Sino, nos leeremos hasta después del 26, supongo.
Abrazos, cariños y mucho agradecimiento por su paciencia.
