Capítulo 9. Y vuelve a respirar

Cuando era joven y su padre todavía lo toleraba, Tony tuvo algunas oportunidades de escuchar sus anécdotas de guerra. En medio de las historias de espionaje y manufactura de armas, hubo una en particular que se quedó grabada en su memoria: cuando su padre y Peggy Carter tuvieron que salir al campo de batalla a rescatar a unos soldados heridos porque no había nadie más a la mano que pudiera hacerlo. Tony todavía podía escuchar a su padre contándole la historia con ronca voz de fumador que había desarrollado más tarde en su vida, endureciendo todavía más las ya de por sí ásperas palabras:

"… y entonces fui a agarrar a uno… y era sólo un chico, casi tan joven como lo eres tú ahora… y me di cuenta de que le habían volado ambas piernas. Pero continuaba con vida. Traté de levantarlo pero Peggy me detuvo. Y nunca olvidaré lo que me dijo. 'No tiene caso salvar a alguien que no va a durar ni una hora. Establece prioridades, Howard. Prioridades.'"

Prioridades, Tony. Prioridades, se dijo a él mismo mientras recorría el mismo camino que Peter había trazado a través de la multitud. ¿Cuál reputación aguantaría más tiempo, la suya o la del chico? Probablemente ésta última, pero a quién estaba engañando; en el mismo instante en que Peter había salido corriendo, Tony sabía que iría tras de él. Y tras de él había ido, apenas haciendo una pausa para murmurarle unas palabras de disculpa a Hammer, quien solamente había dicho: "¿Todo está bien?" y los había observado irse con plácida curiosidad y la copa de champaña en mano.

Tony golpeó suavemente la puerta del baño.

—¿Peter? —dijo y escuchó que Peter aspiraba ruidosamente en el interior.

—Um… sí —dijo la voz de Peter desde dentro—. ¿Eres tú?

—Sí. —Gracias a Dios que estaban en un corredor que no se encontraba en la parte principal del penthouse y por lo tanto estaban lejos de la acción, lejos de las docenas de personas que podrían estar escuchándolos—. ¿Estás bien?

—Sólo… necesitaba respirar…

—Escucha, si esto es por lo de Hammer…

—¡No, no es por eso, para nada! —dijo Peter de modo poco convincente—. Es que había… Había mucha gente.

Tony suspiró.

—¿Quieres abrir la puerta?

Hubo un breve silencio y entonces el seguro de la puerta hizo clic, abriéndose completamente. Peter, sin la chaqueta y con el cuello de la camisa abierto, se veía completamente infeliz.

—No voy a meterme ahí contigo —dijo Tony, quien no se perdió la mirada de decepción del chico por más rápido que éste trató de ocultarla—. Pero tú sal cuando estés listo.

Peter sólo asintió y se mordió los labios, los cuales se le pusieron de profundo color rojo mientras alcanzaba la chaqueta que había dejado colgada del gancho para toallas. Tony bajó los ojos hacia sus zapatos para no tener que mirar al chico. Cada vez que Peter aparecía dentro de su campo visual, así fuera sólo de reojo, Tony mentalmente regresaba al salón de TV en su mansión. Lo sucedido en los últimos meses lo habían desgastado tanto que ahora sólo podía luchar contra sus pensamientos o contra sus deseos, pero no contra ambas cosas al mismo tiempo. Por lo tanto, si los pensamientos y los recuerdos acudían a él, simplemente los dejaba ser.

Peter estaba peleándose con la corbata, convirtiendo lo que había sido un nudo decente en un desastre.

—Espera. Permíteme —dijo Tony y quitó las manos de Peter de en medio. Cristo, el respingo de su pulso, por qué Peter tenía que ser así, por qué, por qué, por qué... y entonces Tony deshizo el nudo por completo. Peter cerró los ojos. El hueso de su garganta subió y bajó mientras Tony terminaba de hacer otro nudo. Un Windsor, diferente al que había traído antes, pero qué importaba—. Listo, ahí lo tienes.

—Gracias —murmuró Peter, desviando la mirada. Tony le dio un apretón en el hombro.

—Necesito ir a encontrar a Hammer —dijo—. ¿Estarás bien si te dejo solo durante un rato?

Peter le dio una mirada tan cargada de inseguridad que Tony sospechó que era exactamente la misma con la que te miraría un ciervo al que estás a punto de atropellar.

—No… No lo sé.

Tony lo llevó de regreso a la fiesta y revisó entre la multitud.

—De acuerdo —dijo al fin—. ¿Ves a esa mujer? —Señaló discretamente hacia una anciana delgada ataviada con un vestido color azul marino y cuya piel estaba llena de manchas por la edad, quien estaba de pie en una alejada y solitaria esquina—. Es una señora agradable. Chochea un poco así que tal vez creerá que eres uno de sus sobrinos. Si te ofrece cualquier cosa que esté afuera de su bolso, sólo haz como Nancy Reagan. ¿Entiendes?

Peter asintió con determinación, apretando los labios y pasándose una mano a través del cabello mientras caminaba hacia la dama. Mientras tanto, Tony revisó otra vez entre la gente de la fiesta, ahora buscando a Hammer por encima de todos los demás…

Una mano se posó ligera encima de su antebrazo, y Tony bajó los ojos para encontrarse con la chica de hacía un rato, Cory, quien lo miraba a través de unas espesas pestañas.

—No pude evitar notar que desapareciste durante un momento —dijo ella—. Espero que todo esté bien…

—Sí, todo está bien —dijo Tony distraídamente—. Espera, ¿de casualidad habrás visto a Justin en algún lado?

—¿Justin Hammer? —Ella miró alrededor, frunciendo el ceño elegantemente—. Creo que lo vi escabulléndose al balcón hace apenas unos minutos. ¿Me imagino que lo buscas para hablar de negocios? —preguntó mientras tomaba con practicada gracia dos copas de champaña de la bandeja de un camarero que pasó cerca. Le dio una a Tony.

—Algo así —respondió Tony, mirando ansiosamente hacia las puertas francesas que dirigían hacia el balcón.

—Pero es una fiesta —dijo Cory—. Puedes hablar de negocios en cualquier otra ocasión. Y además… —se inclinó más cerca de modo que su boca coloreada de rojo Revlon quedó justo junto al oído de Tony—… Sólo voy a estar en la ciudad esta noche y mañana.

Tony trató de pensar en una respuesta adecuada pero falló.

—Fascinante —fue lo que dijo—. Pero si me disculpas… —Pasó junto a ella y se fue en línea recta hacia el balcón.

Ya afuera, cerró los ojos y respiró el aire nocturno. El cielo se veía de color negro rojizo mientras que los edificios de alrededor brillaban como neón y las calles tintineaban con las luces de los autos. Cerca de la barandilla, Hammer estaba hablando con una pareja que Tony no conocía. Se fijó en Tony y se disculpó con ellos para poder acercarse a él.

—Bonito, ¿no es verdad? —dijo Hammer y Tony sólo hizo un rudito afirmativo—. Espero que ese chico tuyo esté bien.

—El chico no es mío.

—¿De verdad? No creo haberte visto despegarte de él ni una sola vez en toda la noche.

Tony gimió y puso su copa de champaña —la que le había dado Cory— encima de la barandilla.

—Lo que sea que estés tratando de insinuar —dijo—, estás cometiendo un error.

—Anthony, por favor. A estas alturas ya deberías saber que los ricos siempre operamos en estereotipos. Culpo de ello a toda esa hemoglobina azul.

—Yo no… —Tony bajó la voz—: Yo no estoy sosteniendo ningún tipo de relación sexual con mi estudiante becado. ¿De acuerdo?

Hammer sonrió mucho y negó con la cabeza antes de darle un traguito a su copa de champaña.

—¿Justo como no estabas en una relación sexual con el Capitán Rogers? —Golpe bajo. Tony apretó la mandíbula y apartó la vista. Hammer soltó una risita —. De verdad eres entrañablemente predecible —le dijo.

—Yo no…

Pero Hammer lo interrumpió:

—Anthony, Anthony. La sociedad puede cambiar… Recuerdo cuando estábamos convencidos de que los soviéticos iban a bombardearnos hasta acabar con nosotros, y ahora parece que somos nosotros quienes los haremos estallar desde atrás de un escritorio… Pero la actitud de los acaudalados permanece siendo esencialmente la misma.

Tony le dio un amargo sorbo a su champaña.

—Ni siquiera voy a fingir que sé lo que eso significa.

Hammer meneó una mano.

—Seguro, algunas bombas estallan, tu pequeño club de Avengers o lo que fuera, se va al cagadero, el mundo cambia… pero algunas cosas, Anthony, algunas cosas simplemente… no.

Tony suspiró con cansancio.

—Y supongo que quieres que te pregunte qué es lo que no cambia.

—Es una ecuación bastante simple, Anthony. —Hammer se apoyó contra la barandilla, observándolo, y Tony hizo su mejor esfuerzo para no sucumbir a la tentación de arrojarlo por el balcón—. Los hombres ricos necesitan a alguien colgando de su brazo. Los chicos pobres aman a los hombres ricos. Y, si me permites ser vulgar —añadió, bajando la voz por primera vez en toda la noche—, ningún hombre rechaza un culo como ese. Especialmente cuando te sigue a todos lados como un gatito y se queda prendido de cada una de tus palabras.

Tony pasó con dificultad la bilis que tenía atorada en la garganta.

—Estás tratando de sacarme de mis casillas —dijo con un tono que decididamente sonaba más indiferente de lo que él se sentía—. Buena suerte con eso.

—¿Eso es lo que crees? Simplemente estoy diciendo que pareces bastante mortificado. —Hammer se dio unos golpecitos en la nariz en un gesto cómplice—. No te mortifiques tanto. Nosotros entendemos.

—No me digas.

—¿Un hombre de tu reputación rechazando los avances de la señorita como-sea-que-se-llame, como hiciste hace rato? Claro que sí —agregó rápidamente cuando vio que Tony iba a protestar—. Los vi a través de esta puerta. La gente nota ese tipo de cosas, Anthony. Y como sea, nadie de aquí somos unos niños. Todos sabemos lo que un protégé realmente significa.

—Tú usaste esa palabra, no yo.

—Tú nunca me corregiste. —Hammer le apretó el hombro—. A mí esto no me quitaría el sueño. Aunque, Dios lo sabe —agregó irónicamente—, puedo imaginarme que últimamente no estás durmiendo mucho de todas formas.

Le apretó el hombro de nuevo y se encaminó hacia el interior del penthouse, dejando a Tony sintiéndose asqueado y furioso. Hammer había dejado su copa de champaña en la barandilla. Vengativamente, Tony la golpeó y la copa cayó hacia la oscuridad que reinaba debajo del balcón. Se terminó su propia bebida y escuchó con satisfacción el ruido del cristal quebrándose cuando la copa finalmente aterrizó en el pavimento.

Debía encontrar a Peter, inventar alguna excusa y salir de ahí. Todo se sentía acalorado y repugnante; todas sus conversaciones se habían ensuciado con el dinero que forraba sus bolsillos, y sin duda que eso había sido doblemente notorio para Peter, quien seguramente ya estaría desesperado por irse. Podrían ordenar una pizza para así poder cenar algo apropiadamente y luego Tony mandaría a Peter en un taxi a su casa. Al diablo con lo que Hammer pensara. Al diablo con lo que cualquier persona pensara. La situación no era como Hammer decía, Tony lo sabía…

Entonces, realmente, ¿por qué tenía que trabajar tan duro para convencerse a él mismo?


En cuanto Tony regresó a la fiesta, Peter se materializó repentinamente a su lado. Tony se preguntó si el chico habría estado esperando por él y, si era así, por cuánto tiempo lo había hecho. Se sintió asustado por lo mucho que le reconfortaba tener a Peter ante él.

—Señor Stark, ¿cuánto tiempo más tenemos que quedarnos? —preguntó Peter en voz baja con una sonrisa falsa en el rostro, pero su desesperación era suficientemente clara—. Creo que aquella señora intentó ofrecerme LSD…

—Sí, ella suele hacer eso. —Tony estuvo a punto de tocarle el hombro pero lo pensó mejor y se abstuvo—. Si ya quieres irte, podemos hacerlo.

—Sí, por favor.

—Larguémonos de aquí.

Pero apenas habían llegado al centro del salón principal para poder despedirse de Dot, cuando Cory reapareció entre el montón de gente y tomó a Tony de un brazo con su mano de uñas perfectas.

—¿Te retiras tan pronto?

—Eso me temo —respondió Tony brevemente. Peter, quien iba un poco más delante de él, se detuvo y se giró hacia ellos.

El chico era bueno fingiendo. Tony sólo alcanzó a atrapar el más breve vistazo de envidia en sus ojos antes de que desapareciera y lo sustituyera con un encantador gesto de indiferencia.

Cory no parecía dispuesta a rendirse, aparentemente.

—Tenía la esperanza de volver a verte pronto —dijo ella.

—Mm. Tengo la agenda realmente llena. Me sería difícil conseguirte un espacio en medio.

—Como te dije antes, no voy a quedarme mucho tiempo. ¿Qué te parece esta misma noche?

De pronto, Tony fue consciente de que otro par de ojos estaban fijos en él: era Hammer, quien, hablando con un grupo de hombres vestidos con trajes oscuros, miraba a Tony y le sonreía divertido. ¿Qué era lo que le había dicho? "¿Un hombre de tu reputación rechazando los avances de la señorita como-sea-que-se-llame, como hiciste hace rato? La gente nota ese tipo de cosas, Anthony."

La decisión fue vergonzosamente sencilla de tomar.

—¿Sabes en dónde queda mi casa?

—¿No lo sabe todo el mundo?

—¿Qué te parece ahí a las once en punto? —Eso le daría una media hora para llevar a Peter a su apartamento. Cory le sonrió ampliamente, ofreciendo un tremendo contraste con sus labios rojos y sus dientes blancos.

—Muy bien. Te veo a las once entonces.

Tony se alejó de ella para alcanzar a Peter y automáticamente le pasó un brazo por encima de los hombros. Pero Peter se movió lejos de él y para cuando habían terminado de despedirse de la anfitriona, Tony se había dado por vencido y había retirado su mano de encima del chico.


El ascensor que los llevó al piso inferior se sentía palpablemente helado. Tony no se atrevió a volver a tocar a Peter; podía sentir la mezcla de emociones revoloteando en la amígdala del chico. Enojo, en primer lugar y de manera principal. Envidia, por supuesto. Y probablemente también una cantidad bastante grande de odio hacia él mismo.

Mientras observaba el número de piso cambiar de manera descendente, Tony pensó no por primera vez en lo extraña que era toda esa situación entre ellos dos, en cómo ambos estaban tan plenamente conscientes de lo que sentían el uno por el otro y aun así eran tan obstinados para reconocerlo, como si creyeran que si fingían lo suficiente todo desaparecería por sí solo.

Vaya con el tremendo elefante en la habitación, ese del que todos evitan hablar aunque lo estén viendo, pensó Tony. Sonaba a algo que su papá diría.

Miró a Peter de reojo pero el chico tenía la mirada fija resueltamente en el piso metálico del ascensor.


Las cosas sólo parecieron empeorar una vez que llegaron hasta el auto. A pesar de que se suponía que sus ojos tenían que estar en el camino, Tony no podía evitar echarle vistazos al chico sentado en el asiento del pasajero, quien iba furioso y determinado a no ser atrapado correspondiendo su mirada.

Las luces del tráfico coloreaban sus rostros de diferentes tonos. La radio, la cual Peter había sintonizado en una estación diferente probablemente para distraerse del abrumador silencio, tocaba a The Doors.

Llegaron al edificio de apartamentos de Peter y Tony entró con el auto a la zona del estacionamiento, deteniéndose en un espacio desocupado. Sentía que tenía que hablar con el chico antes de dejarlo.

Se quedaron sentados ahí. Peter no se movió ni intentó abrir la puerta.

En la radio, Jim Morrinson cantaba acerca de cómo la humanidad lastimaba a la Tierra.

Peter dejó salir una exhalación temblorosa y de repente exclamó:

—¡Lo siento mucho!

Tony suspiró y se frotó las sienes.

—Chico…

—Sé que es estúpido, sé que no tengo ningún derecho a esperar nada… Pero es que no puedo evitarlo… —dijo, sonando al borde de las lágrimas.

—Peter —dijo Tony—, quiero que te metas a tu casa, te tomes algo y te calmes. No puedes seguir pensando así.

—Sólo tengo que saber —continuó Peter como si no hubiera escuchado a Tony—, si hubiera sido…

—No te vayas por ahí, Peter…

—Si hubiera sido yo en vez de…

Peter…

En vez de ella, ¿tú habrías…? —Peter no finalizó su pregunta.

Tony suspiró otra vez.

—No me hagas responderte a eso —dijo al final con voz débil. En algún lugar de su cabeza podía escuchar a Hammer riéndose a carcajadas de él.

—Creo que me gustaría tener una respuesta.

Finalmente, Tony se atrevió a mirar a Peter. El chico era una silueta negra recortada contra el asiento del pasajero, todo oscuro excepto por la luz anaranjada de la lámpara de la calle que iluminaba las marcas húmedas de lágrimas por toda su cara. El deseo se apoderó de nuevo de Tony… Oprímelo contra el asiento, le susurró, bésalo, hazlo gemir del mismo modo que ayer… pero Tony enterró las uñas en las palmas de las manos y resistió.

Peter todavía estaba mirándolo.

—Estaría bien si lo haces —dijo el chico con voz suave—. ¿Lo sabes, verdad?

—Eres demasiado joven.

—¿Y si no lo fuera?

—Peter, esa es una pregunta teórica que no tengo que responder.

—Quiero una respuesta —repitió Peter. Tony no se atrevía a verlo a la cara. Era suficientemente malo sólo con saber que estaba ahí, con el calor de su cuerpo irradiando apenas a medio metro de distancia. Todo lo que Tony tenía que hacer era inclinarse un poco. Sólo podía imaginar lo difícil que sería aquella situación para Peter, quien, con todos sus sentidos mejorados, probablemente sentía como si Tony ya estuviera directamente encima de él.

¿"Si ya estuviera encima"? No, no había lugar para pensar así. Tony no tenía intenciones de ir más allá de donde estaban en ese momento.

—Tú lo harías, ¿cierto? —susurró Peter—. Conmigo. Si yo fuera mayor. —Hubo una breve pausa y un ruido susurrante. Tony rompió su única regla y miró hacia el chico. Peter se había aflojado la corbata y estaba abriéndose los botones del cuello de la camisa con dedos temblorosos—. Estaría bien.

Tony tenía que ponerle un alto a eso. Lo sabía. También sabía que sería sencillo hacer que Peter se abotonara su camisa para irse de ahí.

Sencillo, y al mismo tiempo tan difícil.

El nudo Windsor que el mismo Tony había hecho un rato antes ahora colgaba flojo encima del esternón del chico. Peter se había abierto los primeros cuatro botones de su camisa y su clavícula resplandecía en brillante anaranjado por la luz de la calle; la pequeña hondonada de su garganta y la sombra del cuello de la camisa eran de azul-morado, el tipo de contraste que Tony había visto en dibujos de cómics o en el arte de Andy Warhol.

Peter se veía tan bien. Como algo por lo que pagarías una horripilante cantidad de dinero a través de la Internet.

—Compórtate —dijo Tony con voz débil.

Pero Peter sólo se acercó más a él de modo que quedó directamente encima de la palanca de cambios. Sus ojos brillaron con la pálida luz del mismo modo que lo hacían las marcas de lágrimas que atravesaban sus mejillas.

Tentativamente, colocó una mano encima del brazo de Tony. El contacto se sintió casi eléctrico y, de pronto, Tony no pudo contenerse más.

La mejilla de Peter se sentía suave contra sus dedos, mojada por sus lágrimas, y Peter inclinó la cara hacia aquella caricia. Los dedos trémulos del chico tomaron la mano de Tony y con la punta de uno de ellos, trazó un ligero camino encima de su palma.

Tony se estremeció, incapaz de apartar la mirada.

Casi nerviosamente, los ojos de Peter echaron un rápido vistazo hacia los suyos. Se lamió los labios.

Peter empujó la punta del dedo índice de Tony dentro de su boca. Su lengua se sintió caliente contra su piel, sus dientes rasparon suavemente el punto donde nacía la uña. Apretó los labios alrededor del nudillo y chupó, los ojos fijos en los de Tony como si se tratara de un sueño húmedo. Su lengua se deslizó por encima de su dedo, presionándolo contra la sedosa piel del paladar mientras mordisqueaba y chupaba, una nada inocente insinuación de algo más, algo de lo que Tony estaba demasiado consciente, algo de lo que Peter no podía no estar consciente, no mientras miraba a Tony de aquella manera, con la invitación bastante clara en los ojos y en la voracidad con la que hinchaba las mejillas…

Peter tomó otro dedo de Tony dentro de su boca de un modo perturbadoramente metódico, sorbiendo alrededor de sus nudillos igual que un gatito. El pensamiento le recordó a Tony las anteriores insinuaciones de Hammer: especialmente cuando te sigue a todos lados como…

Tony retiró bruscamente sus dedos de la boca del chico. Partes de su anatomía palpitaban incómodamente, y todo se volvía peor ante la mera vista de los ojos de Peter, muy abiertos con consternación, de su boca abierta, saliva brillando en su labio inferior y amenazando con escurrirse hasta la barbilla…

—No juegues con fuego —dijo Tony una vez que pudo volver a mover la lengua dentro de su boca seca—. Métete a tu casa.

—Señor Stark… —comenzó Peter, pero Tony no podía darse el lujo de escucharlo hablar.

—Peter, te lo suplico.

—Pero está bien…

—No para mí —espetó Tony—. Métete a tu casa. Ahora.

Peter comenzó a llorar de nuevo, y el desesperado y roto sonido de su llanto removió algo en el interior de Tony.

—No puedo evitarlo —susurró Peter—. ¿No puedo al menos…? —no terminó su pregunta. Tony recordó la manera en que se sentían sus labios alrededor de sus dedos y se estremeció.

Quería perder el control. Tira de él y póntelo en la entrepierna. Empuja su boca ahí donde sabes que quieres que esté.

—Por favor —dijo Peter miserablemente.

Tony perdió la paciencia.

—Métete a tu casa, ya.

—Pero…

—Peter, no voy a decírtelo otra vez.

Se quedaron viéndose el uno al otro durante un largo momento. Entonces Peter abrió la puerta del auto de un empujón y salió a la noche, sus pasos haciendo eco a través de todo el silencioso estacionamiento.

Tony cerró los ojos, se apoyó contra el duro respaldo del asiento y trató de borrar de su mente la intensa mirada de Peter y el deseo que galopaba por sus venas y le gritaba que no tendría que haber permitido que Peter se bajara del auto, que eso era un desperdicio de tiempo y del más puro y prometedor potencial.

No habría suficiente cloro en el mundo para blanquearse el cerebro después de eso.

Odiaba al hombre en el que se convertía cuando andaba cerca de Peter. Y sin embargo…


Cory estaba esperándolo en el piso inferior de la mansión cuando Tony llegó, sentada en el reposabrazos del sillón de piel y con el bolso encima del cojín.

—Aquí estás —dijo ella. Tony fingió que miraba la hora en su reloj.

—¿Creí que habíamos quedado en treinta minutos?

—No soy muy paciente —dijo Cory.

Sabía a lápiz labial y champaña cuando Tony la besó. Todo lo sucedido con Peter tendría que haberle quitado las ganas de ese tipo de cosas, pero en vez de eso, para enorme vergüenza de Tony, parecía haber incrementado su hambre de ello. Si cerraba los ojos, su mente inmediatamente retornaba al momento que tuvo al chico contra la pared, y al calor de la lengua de Peter contra sus dedos. Cristo. ¿Podía el chico haber hecho algo más íntimo que eso?

Bueno, sí. La mente de Tony estaba inundada con las posibilidades.

Levantó a la chica, las manos encima de sus nalgas desnudas –no traía ropa interior, algo muy poco común en las jovencitas debutantes del sur- y cargó con ella hacia el ascensor.

—¿Por qué no aquí? —preguntó Cory, su boca pegada a la oreja izquierda de Tony.

—Porque vivo con un amigo, y el sexo en el sofá de la sala puede resultar ofensivo para algunas personas.

—¿Iron Man tiene un roomie?

Tony no quería escucharla hablar más. En el ascensor, la bajó y permitió que ella le besara el cuello y acariciara su erección por encima de los pantalones mientras él aspiraba el aroma a rosas de su cabello y se imaginaba que estaba con alguien diferente.

Una vez que llegaron a su habitación, las cosas progresaron mucho como siempre solían hacerlo: se quitaron la ropa y ambos llegaron al orgasmo. Y a pesar de todo… Hubo un breve y horrible momento, en medio de una embestida y un gemido suspirante, cuando Tony se percató de que la mirada llena de asombro y adoración en los ojos de la chica, le resultaba dolorosa y punzantemente familiar.


Más tarde durante esa noche, una vez que la chica se durmió, Tony se levantó, se puso su bata y se sirvió un escocés. En algún lugar allá afuera, Peter Parker seguramente estaría llorando hasta quedarse dormido. Tony no había tenido intención de ser tan brusco con él, pero la verdad era que había entrado en pánico. Intentaba asegurarse a él mismo que justamente por eso era por lo que ahora estaba a salvo.

Le echó un vistazo a la chica acurrucada como gato encima de su cama. Parecía tener unos veintiún años, quizá veintidós cuando mucho. Fácilmente la mitad de la edad de Tony. Había una palabra maravillosamente descriptiva para cuando los hombres se follaban a debutantes bonitas que hacían el mayo de su diciembre: sobrecompensación.

Qué estereotipo. La voz de Hammer regresó repentinamente a él: de verdad eres entrañablemente predecible.

Sí, sí lo era. Porque, mientras estaba ahí de pie observando a la chica pero pensando en el chico, el cuerpo de Tony se exacerbó con todos los síntomas de otro ataque de pánico, familiar y de cierto modo, reconfortante.


Mandó el mensaje de texto alrededor de las tres de la mañana, una vez que su cuerpo consiguió sobreponerse a lo peor de la ansiedad.

"Ven a mi casa si tienes tiempo. Necesitamos hablar largo y tendido acerca de esto."