Capítulo 10. Cuestión de interpretaciones

Peter leyó el mensaje de texto una vez, dos veces, veinte veces, y el tono seguía siendo impreciso.

"Ven a mi casa si tienes tiempo. Necesitamos hablar largo y tendido acerca de esto."

¿Stark estaría enojado o se había ablandado? Sabía que la noche anterior había llegado demasiado lejos. ¿Qué era lo que se había posesionado de él para creer que era buena idea chupar los dedos de Stark y echársele encima de esa manera? Se había pasado completamente de la raya.

Pero la expresión en la cara de Stark mientras le chupaba los dedos… Durante medio minuto, Peter habría podido jurar que Stark lo agarraría de la corbata y tiraría de él hasta ponérselo encima de la entrepierna.

Peter no era estúpido (o eso pensaba). Sabía que ningún adulto debía jamás mirar a un chico de la edad de Peter como Stark lo había hecho. Pero cuando era por causa suya… cuando la expresión en la cara de Stark sucedía por algo que Peter había provocado…

Se sentía peligrosamente poderoso y peligrosamente fuera de su área. Como si al mismo tiempo fuera tanto un maremoto como el nadador a punto de morir en la ola.

Cuando Peter llegó al apartamento la noche anterior, May no había regresado todavía y él se había sentido agradecido de eso. Enojado, avergonzado y en absoluto preparado para ver a nadie, Peter caminó a tropezones hasta su cuarto y lloró con la cara en la almohada hasta que escuchó que la puerta del apartamento se abría. May y Nathan, murmurándose felices el uno al otro, habían llegado. Peter fingió que dormía cuando May se asomó a ver cómo estaba.

Como siempre, su insomnio lo mantuvo despierto, pero esa noche no trató de distraerse con algún proyecto inútil. En vez de eso, se quedó con la mirada clavada en el techo, preguntándose por qué se había comportado como un estúpido; reflexionando en los eventos sucedidos e imaginando lo que podría haber pasado si Stark no lo hubiera corrido del auto.

Y entonces su teléfono se iluminó en la oscuridad de su cuarto con aquel críptico mensaje de texto, y Peter perdió cualquier esperanza de volver a dormir en algún momento durante toda aquella semana. Quizá incluso durante todo aquel mes.


—¿Tomaste notas? —preguntó Michelle sin molestarse en bajar la voz, haciéndose oír por encima del clamor desatado entre los alumnos después de que sonara la campana. Todos estaban poniéndose las mochilas y dirigiéndose desesperados hacia la puerta para salir del aula antes que los demás. Muchos iban quejándose en voz alta de los deberes: les habían dejado tres páginas de ejercicios del libro de texto a pesar de que era viernes. Peter sabía que él no iba a alcanzar a terminar jamás.

—¿Qué?

—Te pregunté que si tomaste notas —repitió Michelle con impaciencia. Todavía se veía medio dormida. Su primera clase de ese día había sido Física, y Peter creía que eso la excusaba perfectamente por haberse echado una siesta durante casi todo el tiempo que había durado la exposición del profesor. Era un misterio para todos, Peter incluido, la manera en que ella conseguía mantener las notas más altas.

—Sí, me perdí un par de diapositivas, pero…

—¿Peter?

El chico levantó la cabeza ante el sonido de la voz del profesor llamándolo.

—¿Sí, doctor West?

El doctor West estaba limpiando el pintarrón blanco de las operaciones de esa mañana.

—¿Podríamos hablar un momento?

Peter miró a Michelle de reojo, quien estaba ocupada desbaratando el nudo de sus audífonos, y le murmuró "Te alcanzo en un rato". Ella asintió despreocupadamente y se dirigió a la puerta, todavía batallando con el cable.

Peter caminó hasta el escritorio del doctor West.

—Muchas gracias por obsequiarme un momento —dijo el doctor y Peter se puso en alerta ante el tono demasiado amistoso en la voz del profesor—. ¿Cómo te ha estado yendo?

Peter frunció el ceño con suspicacia.

—¿Bien…?

—Quería hablar contigo porque, francamente, Peter… —el doctor consultó la pantalla de su computadora y arrugó el entrecejo—, estoy comenzando a preocuparme un poco. Durante los primeros meses del año te estuvo yendo genial, pero ahora has comenzado a fallar. Bastante. —Clavó su mirada en Peter—. ¿Hay algo que te esté sucediendo? ¿Algo de lo que la escuela debería estar enterada?

Peter hizo su mejor esfuerzo para mantener una expresión neutral mientras respondía:

—¿No?

—Me tomé la libertad de hablar con tu consejera —continuó el doctor West—. Ella mencionó que hace un par de semanas tuviste una especie de ataque.

El ataque de pánico. Se sentía como si hubiese pasado hacía años, no semanas.

—Sí —respondió—. Pero eso fue, ya sabe, un incidente aislado.

El doctor West asintió, frunciendo el ceño.

—¿Y estás seguro de que no tienes problemas en casa?

—Nop. Ningún problema. —¿Eso había sonado demasiado alegre? Porque si había sido así, no había modo de arreglarlo ya.

West se veía preocupado.

—Bueno, en todo caso… Tú sabes que los de tu grado normalmente no toman esta clase de Física. La escuela hizo una excepción contigo y tu amiga. Si realmente no está sucediendo nada malo… —miró significativamente a Peter pero éste no supo cómo interpretar su gesto—… Entonces voy a necesitar que pongas más esfuerzo y subas tus calificaciones.

Peter asintió.

—Sí. Sí, seguro. Haré mi mejor esfuerzo. —Se acomodó la mochila sobre los hombros cuando sonó la campana que anunciaba que ya iba tarde para la siguiente clase—. Si eso es todo, ¿podría por favor darme un pase?

West asintió, le escribió una nota con la hora y su firma, y se la pasó a Peter.

—Si alguna vez quieres hablar de lo que sea, mi puerta está siempre abierta —le dijo.

Peter le dio una sonrisita evasiva y salió con rumbo a su siguiente clase.


"Voy a llegar tarde a casa", le escribió a May más tarde.

"¿A dónde vas?"

"Con Ned".

"Cuídate. Por cierto, todavía no has invitado a nadie al baile. ¡El tiempo se acaba!"

"MAY".


Igual como lo había hecho el otro día, FRIDAY le permitió a Peter la entrada a la mansión en cuanto llamó a la puerta. Nervioso y sin saber a ciencia cierta qué esperar, Peter caminó casi de puntillas a través de los corredores del segundo nivel, el ruido de sus pasos haciendo eco en las paredes blancas. Paredes limpias y desnudas, con poca decoración que interrumpiera su blancura. A Peter le recordaban a un hospital, o quizá a una sala de urgencias.

En la planta baja se encontró con Happy, quien le dijo:

—Tony está en su oficina, pero mantén la guardia alta, está de muy mal humor.

Por supuesto, muy convenientemente a Happy se le había pasado decirle a Peter en dónde se encontraba la oficina de Stark. Mientras se asomaba a cada puerta que encontraba abierta y trataba de no parecer como si estuviera perdido, Peter pensaba en lo que Happy le había dicho. Está de muy mal humor. ¿Eso quería decir que habría estado pensando en lo que sucedió entre ellos la noche anterior? Qué pregunta tan estúpida. ¿Qué persona no lo haría? Pero, ¿era Peter o era el hombre de la fiesta, el tal Hammer, quien había hecho enojar así a Stark? ¿O habían sido ambos? O quizá la chica que se había ligado tenía algo que ver, también.

Si Peter era honesto con él mismo, tenía que reconocer que lo que Hammer había dicho también lo había molestado a él. Pero bueno, en realidad todo lo relacionado con ese hombre era repugnante.

—Parker.

Se giró sobre sus talones para encontrarse con Stark en persona, quien estaba parado bajo el dintel de una puerta que Peter estaba completamente seguro había estado cerrada unos momentos antes. Stark tenía una mano en un bolsillo y el ceño fruncido.

—¡Hola! —saludó Peter en voz quizá demasiado alta.

—Hola.

Peter meneó su teléfono delante suyo.

—Tú, um, tú me mandaste un mensaje de texto…

—Así es —dijo Stark e hizo un gesto con la cabeza, señalando hacia arriba—. Ven, vamos a hablar en cualquier otro lado.


Cualquier otro lado resultó ser el comedor principal; una enorme y ultramoderna estructura dominada por una larguísima mesa de vidrio en el centro y un gran candelabro estilo art deco colgando encima.

—¿Ustedes realmente comen aquí? —preguntó Peter, olvidándose momentáneamente de todo.

—No, usualmente lo reservo para las reuniones de negocios.

Peter se giró hacia Stark y se cruzó de brazos, sintiéndose muy vulnerable de pronto.

—¿Eso es lo que es esto? —preguntó, tanteando el terreno—. ¿Una reunión de negocios?

Mientras soltaba la pregunta, repentinamente descubrió la verdadera razón por la que Stark lo había llevado al salón comedor: el sitio no tenía puertas. De ese modo destruía cualquier tipo de privacidad que podrían haber tenido en cualquier otra habitación de la mansión. Peter se obligó a tranquilizarse. ¿Por qué te importa que te haya traído al comedor en vez de cualquier otro lugar, eso no debería importarte, puedes comportarte como una persona normal al menos por una vez…?

—No tengo idea —respondió Stark con tono ausente.

—¿Todavía… um…? —Peter se aclaró la garganta—. ¿Todavía está ella aquí?

Stark pareció quedarse sin entender durante unos segundos. Entonces su expresión se aclaró.

—Oh, no. Se fue temprano en la mañana.

Peter asintió y caminó hacia la gran ventana que le permitió apreciar una estupenda vista del horizonte, distrayéndose de ese modo de todo lo que estaba sintiendo. No tenía ningún derecho a sentirse celoso. Podía entender eso en su cabeza, pero su cuerpo continuaba cometiendo desliz tras desliz.

—¿Querías hablar conmigo? —preguntó después de que el silencio entre ellos se extendió durante casi tres minutos.

Algo rechinó. Stark se había sentado en una de las sillas del comedor. Peter se giró para verlo a la cara.

—Sí —dijo Stark—. Sí, necesitamos hablar. —Entonces, agregó—: ¿Quieres sentarte?

Peter pasó saliva.

—Creo que prefiero quedarme de pie, gracias.

—De acuerdo.

Silencio.

—Mira —dijo Stark al fin—. Eres muy buen chico… —(y algo en el pecho de Peter se resquebrajó ante esa palabra, chico)—… y eres jodidamente talentoso, y yo por supuesto que pienso continuar entrenándote… De hecho, gracias a Ross, ahora estoy obligado a ello… Pero… Necesitamos resolver este asunto antes de que continuemos con el entrenamiento o con cualquier otra cosa.

Resolver este asunto —repitió Peter.

Algunos segundos más pasaron entre ellos. Stark tosió.

—Para motivos de transparencia, hablaré con total sinceridad —dijo al fin con un tono de voz que permitía adivinar que estaba desesperado por mantener el control de la situación—. No me gusta la manera en que me siento por ti.

Peter volvió a pasar saliva.

—¿Cómo te sientes por…?

Pero Stark lo interrumpió levantando una mano.

—Primero habla tú. Después pasaremos a las preguntas.

Sonrojándose, Peter se distrajo mirando las uñas de su mano izquierda mientras decía:

—A mí tampoco me gusta la manera en que siento por ti. ¿Ya puedo hacerte una pregunta? —añadió—. ¿Y responderás con total sinceridad?

Stark asintió. Él también evitaba mirar directamente hacia Peter.

—Si yo tuviera dieciocho años, ¿las cosas serían diferentes?

Stark se frotó el rostro con una mano y dejó escapar un suspiro.

—Probablemente. ¿Hace cuánto tiempo te sientes así por mí?

—¿Con total sinceridad?

—Con total sinceridad.

Peter arrugó el gesto.

—Desde que tenía, no sé, ¿diez años? Pero en ese entonces era más bien como un crush por alguien famoso. Realmente no fue algo serio hasta… ya sabes… hasta últimamente.

—¿Cuándo es últimamente? —preguntó Stark. Parecía estar buscando algo en las respuestas que Peter le daba, pero éste no alcanzaba a adivinar qué era lo que quería encontrar.

—Desde el día en que te encerraste conmigo en mi cuarto, me revelaste que conocías todos mis secretos y luego me pediste que te acompañara a Europa.

Los labios de Stark dibujaron una sonrisa y sus cejas se arquearon.

—Bueno, cuando lo dices de esa manera… —dijo.

Peter sonrió un poco, se rió temblorosamente y apoyó la espalda contra la ventana, mirando directo hacia Stark. Algo en la atmósfera pareció cambiar, aligerarse.

—¿Puedo preguntarte algo más? —dijo y Stark asintió. Peter se mojó los labios—. ¿Te enojaste mucho? Después de que yo… —No finalizó la oración, pero sabía que no necesitaba hacerlo. Sabía que ambos estaban pensando en esos breves momentos que habían pasado en la sala de TV y en el auto de Stark. Ser más específico era irrelevante.

Stark tosió y evitó los ojos de Peter.

—No estaba enojado —respondió—. Al menos no contigo. ¿Te arrepientes de haberlo hecho?

—¿Honestamente?

—Eso es lo que significa "con total sinceridad", al menos la última vez que revisé.

Peter se sonrojó.

—No. A veces creo que sí, pero entonces… Entonces algo pasa y lo recuerdo todo, y… Y entonces pienso que fue demasiado bueno como para arrepentirme de haberlo hecho, ¿me entiendes?

¿Fue sólo su imaginación, o vio que Stark asentía apenas perceptiblemente?

—¿Puedo preguntarte algo más? —agregó. Los ojos de Stark volvieron a fijarse en él.

La pregunta surgió completamente por puro instinto sin que su sentido común pudiera hacer nada para evitarlo.

—¿Lo harías de nuevo? —Instantáneamente se cubrió la cara con las manos, se giró sobre sus talones y caminó hasta el otro extremo de la mesa—. Disculpa. Ignora eso. No fue mi intención preguntar.

Pero todo lo que Stark dijo, fue:

—¿Con total sinceridad?

Peter se detuvo de golpe, se quitó las manos de la cara y miró hacia él. Lentamente, asintió.

Stark aspiró una bocanada de aire y confesó:

—No puedo dejar de pensar en volverlo a hacer.

Peter se mordió los labios, temeroso de estar mirando a Stark pero también temiendo que, si dejaba de verlo, se perdería de algo vital.

—Si… Quiero decir, si tú estabas… Si… —Se interrumpió y se dio por vencido—. Ya ni siquiera sé qué es lo que estoy tratando de preguntar.

—Tómate tu tiempo.

—Es que… —Peter suspiró con derrota y volvió a cubrirse la cara—. Ya acabé. Creo que no me queda nada más que decirte. Es como si… —gimió—… en mi cabeza sé exactamente qué quiero decir, pero simplemente no puedo… decirlo. —Cerró la boca y clavó la mirada en Stark, como si pudiera encontrar las palabras que necesitaba expresar en la cara de éste.

Stark fue el primero en desviar la mirada. Negó con la cabeza.

—Chico…

—Sé que está mal, pero es que… —dijo Peter, intentándolo de nuevo y fallando—. ¿Tú sabes qué es lo que estoy tratando de decirte? Porque yo no sé si me entiendes.

Stark se aclaró la garganta y el ruido pareció traer a Peter de nuevo a la realidad.

—Creo que puedo adivinar —dijo Stark.

Más silencio, el cual se prolongó durante un minuto al menos. Stark no estaba mirando hacia Peter, en vez de eso observaba atento el brillante borde de la mesa de vidrio.

Abruptamente, Stark suspiró y enterró la cara entre las manos.

—Ya no puedo seguir con esto —dijo con voz cansada, casi más como si hablara para él mismo.

Sin preámbulo, se empujó hacia atrás provocando que la silla rechinara en el suelo y se puso de pie. Caminó hasta el muro que estaba junto a la entrada del salón y pulsó los botones de un teclado empotrado ahí hasta completar un código largo y complejo. Peter se tensó, esperando que de pronto llegara un ejército de bots para arrojarlo por la ventana por ser tan atrevido e imprudente. Pero lo que pasó fue que Stark se giró a verlo a los ojos y le dijo:

—Convenientemente para nosotros, las cámaras de seguridad están sufriendo una avería temporal.

Peter quiso preguntar "¿De veras puedes hacer eso?" pero contuvo el impulso porque de pronto Stark estaba caminando hacia él y porque repentinamente había comprendido el significado de lo que el otro le acababa de decir.

Una de sus manos apretó el respaldo de la silla más cercana en busca de apoyo.

Stark se detuvo a unos cuantos centímetros delante suyo y levantó una mano hasta tocarle la mejilla. Peter recordó lo sucedido la noche anterior. Él chupando esos dedos.

—¿Estás seguro de que estás de acuerdo con esto? —preguntó Stark cautelosamente.

Su respuesta fue inmediata:

—Sí. Sí.

—Sólo una vez y ya —murmuró Stark segundos antes de que sus labios rozaran los de Peter.

A esas alturas a Peter ya se le había olvidado lo delicioso que era besar a Stark. La sensación de esos labios sobre los suyos, la manera en que esa barba le raspaba la piel… Peter separó los labios sólo una fracción y sintió la punta de la lengua de Stark deslizarse dentro de su boca. Levantó las manos y agarró a Stark del cuello de la camisa justo a tiempo antes de que las rodillas le flaquearan y cayera hacia atrás hasta chocar con el borde de la mesa. Dejaron de besarse.

Peter se le quedó viendo, respirando agitado, todavía sosteniéndose del cuello de su camisa. Stark se veía horrorizado, aunque era difícil saber si de él mismo o por causa de Peter.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que las cámaras vuelvan a funcionar? —preguntó Peter.

—Unos diez minutos —dijo Stark, quien parecía incapaz de quitarle los ojos de encima.

—Dijiste sólo una vez y ya… —Peter se mordió los labios—. ¿Podemos prolongarlo un poco más?

Por un horrible momento creyó que Stark le diría que no.

Pero entonces Stark asintió y la tensión dejó sus hombros.

—Sí —dijo—. Sí podemos.

Con una mano, Stark peinó el cabello de Peter –tirando de las raíces de un modo que hacía que los nervios del chico se conectaran todos entre ellos- y con la otra le levantó la barbilla para besarlo otra vez; la boca de Peter abriéndose completamente, su corazón tamborileando contra su caja torácica, sus manos deslizándose desde el cuello de Stark hasta su pecho. La boca de Stark se pasó de sus labios a un punto entre su mejilla derecha y su barbilla, moviéndose diagonalmente por su mandíbula hasta llegar a la parte trasera de su oreja. Dejó una de sus manos colocada pesadamente contra el cuello de Peter, su pulgar acariciando su mejilla, y con la otra mano acarició a Peter por su costado, deslizándola hacia abajo, hasta la parte trasera de su muslo para levantarlo y sentarlo arriba de la mesa, las piernas abiertas y Stark entre ellas con los labios en su yugular y una mano encima de su rodilla. Peter echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando al techo de liso color blanco, sin aliento, su pecho subiendo y bajando con dificultad. ¿Podemos prolongarlo un poco más?, había pedido Peter, pero eso que Stark le estaba haciendo parecía ser mucho más que una mera extensión de tiempo.

Stark atoró sus dedos en el cuello de la camiseta de Peter y tiró hacia abajo. Presionó los labios en el trozo de piel justo debajo de su cuello.

—Cristo —murmuró contra la húmeda piel de Peter.

La respuesta de éste fue inmediata:

—Por favor no te detengas.

—No podemos seguir así —dijo Stark en voz baja. Echó un vistazo hacia la entrada del salón y Peter siguió su mirada; desde donde estaban parados no había ningún obstáculo que impidiera que los viera cualquier desafortunado que pasara por el corredor. Pero Stark estaba oprimiéndose contra él, y Peter podía sentir el deseo palpitando en el cuerpo de Stark casi tan claramente como podía sentirlo en el suyo. El bombeo de su sangre. Cuando Stark estaba lo suficientemente cerca, Peter podía escuchar cómo trabajaba su corazón.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó.

—Peter… —Fue un intento de protesta, pero totalmente débil, con tan poco sentimiento. Stark ya estaba inclinándose hacia Peter otra vez.

—Por favor.

—Enséñame qué quieres —susurró Stark, su boca tan cerca que Peter podría haber besado aquellas palabras de sus labios.

Peter lo besó otra vez, colocó sus manos encima de las de Stark y las empujó hacia su cadera, hacia el borde de sus jeans. Era un movimiento descarado –mucho más que descarado- pero se sentía ebrio con adrenalina a causa de los besos, el tipo de sensación que normalmente sólo conseguía cuando se arrojaba desde la cima de un edificio.

—¿Cuánto tiempo? —repitió la pregunta.

—¿Seis minutos? Quizá siete —susurró Stark.

—¿Podemos?

—Peter… —Stark tenía las manos aferradas a las caderas de Peter con firmeza controlada, como si estuviera aterrorizado de que de pronto pudieran actuar por sí solas y se movieran de lugar—… Esto no es buena idea…

—Lo sé, lo sé… —dijo Peter y tragó saliva—. ¿Sólo una vez y ya?

—Peter…

—Sólo una vez.

Stark lo miró con intensidad durante un largo momento.

Asintió.


No estaba resultando ser lo que Peter alguna vez esperó. Tímidamente había imaginado que pasaría con Stark toda una lujosa hora en una cama con sábanas de tantos hilos como él tenía cabello en la cabeza. Sentado de manera despatarrada encima de una mesa de comedor, respirando agitado contra el cuello de Stark mientras éste le abría la bragueta de sus jeans con una mano y le trazaba un camino de besos en la frente; y lo peor, con tiempo límite para hacerlo… Así no era cómo él se lo había imaginado.

Stark tomó la mano de Peter, le besó el dorso y la llevó hasta el interior de los pantalones abiertos del chico y entonces éste se olvidó de toda su decepción. Con su brazo libre, Peter rodeó el cuello de Stark y enterró los dedos en su hombro mientras éste usaba una mano para mover la de Peter encima de sus calzoncillos, acariciando su erección a través de la tela y la propia mano del chico.

—Whoa… okey… vaya…

Stark lo silenció con un suave chitón y apoyó su barbilla encima de la cabeza de Peter. El fuerte aroma de la loción para después de afeitar de Stark provocó que la garganta le ardiera, pero por alguna razón ese gesto y situación se sentían sumamente protectores. Peter empujó las caderas hacia arriba.

—Tírame del pelo —murmuró a través de la neblina roja de sensaciones.

—¿Qué?

—Tírame del pelo.

Stark le dio un beso en la coronilla y con una mano le tomó un puñado de cabello, tirándolo hacia arriba. Peter contuvo la respiración ante el dolor en el cuero cabelludo y gimoteó. Los dientes de Stark le rasparon la frente cuando éste lo mordió, y Peter sintió una sacudida entre las piernas en respuesta. Tiró de Stark para acercarlo más a él, y Stark de nuevo tiró el mechón de cabello que tenía en la mano mientras que su otra mano no dejaba de mover la propia mano de Peter contra su erección, contra la mancha húmeda cada vez más grande que se estaba formando en sus calzoncillos. La mesa de vidrio traqueteaba debajo de él.

La espalda de Peter se arqueó y su visión se nubló, la voz de Stark en su oído: "Qué buen chico eres… respira, sólo respira… lo estás haciendo bien…"

Completamente cegado, con la vista en blanco, besó la parte inferior de la barbilla de Stark y le dio una leve mordida. Stark movió la cabeza hacia atrás y lo besó con furia en la boca, como para tranquilizarlo. Pero Peter difícilmente lo sintió porque su orgasmo se había elevado en su interior igual que una ola, con Stark acariciándolo cada vez más rápido y, ohh…

Abrió los ojos. El corazón le retumbaba en el pecho como si hubiera corrido varios kilómetros.

Stark lo estaba observando fijamente con el ceño fruncido. La mano con la que había acariciado a Peter ahora la tenía relegada a un sitio mucho más seguro: el hombro del chico.

—¿Estás bien? —le preguntó Stark—. Te quedaste muy callado.

Peter asintió temblorosamente. Se sentía bien. Grandioso, de hecho.

—Sí… Sí, estuvo muy bien, realmente bien…

Se estiró hacia delante para volver a besar a Stark y deslizó una mano por el pecho del hombre hacia abajo. Rompió el beso para echarle un significativo vistazo al evidente bulto que Stark tenía en la entrepierna.

Pero Stark le tomó la mano y se la retiró gentilmente.

—Así está bien.

—No me molesta, en serio…

—Peter, así está bien —repitió Stark sonando desesperado.

—Pero… —¿Qué no se suponía que eso era un acuerdo de "dar y recibir"?—. Okey… —dijo con inseguridad.

Stark caminó hasta una mesita que estaba cerca y tomó varios pañuelos desechables de un ornamentado dispensador. Se los pasó a Peter con manos temblorosas. Mordiéndose los labios y comenzando a sonrojarse, Peter se limpió, se bajó de la mesa y caminó hasta un cesto de basura que estaba junto a la puerta para tirar los pañuelos sucios. Se subió la cremallera mientras le daba la espalda a Stark y trataba de recordar cómo respirar con propiedad. El sexo, si es que acaso podía llamarle así a lo que acababa de pasar, le había dejado el cuerpo más consciente de su acostumbrado estado de agotamiento. Se sentía demolido.

Finalmente había pasado. Más o menos.

¿Y ahora qué?

Caminó de regreso hacia Stark, quien se había sentado ante la mesa y miraba fijamente el punto donde Peter se había apoyado apenas unos momentos antes. Tentativamente, Peter puso una mano encima de la que Stark mantenía sobre la mesa de vidrio.

Stark se la quitó de encima y colocó ambas manos en los hombros del chico.

—Peter —comenzó—… No podemos seguir así. Lo sabes bien.

—Pero…

Peter. —Su tono se endureció—. No podemos. No podemos volver a hacer esto, y no podemos ni siquiera hablar de ello. Lo entiendes, ¿verdad?

—Mira, no soy tonto —comenzó Peter lentamente—. Sé bien que esto es, ya sabes… ilegal. Sé que te arriesgas demasiado, pero… —Se interrumpió, inseguro de cómo poner sus sentimientos en palabras.

—Peter. —Stark estaba usando el tono de voz que Peter recordaba del aeropuerto de Alemania, con el que le dio la última orden: has terminado—. No te hagas esto a ti mismo. Eres listo, sabes que esto no puede suceder. Que no debe suceder.

Peter gimoteó y se frotó los ojos.

—Por supuesto que lo sé, pero fingir que nunca pasó sería una verdadera cagada, si lo piensas bien…

—¿Qué? Y esto… —Stark movió las manos furiosamente entre ellos para explicar que se refería a la relación entre los dos—. ¿Esto no lo es? ¿Podrías explicarme cuál es tu definición de "cagada", Parker? Porque creo que estamos usando diccionarios muy distintos.

Peter apartó la vista; los ojos le picaban.

Realmente, ¿qué era lo que ellos dos habían hecho, si se tomaba el tiempo para considerarlo? Peter había dejado que Stark le tirara del cabello, y lo había dejado poner su mano encima de la suya dentro de sus pantalones, pero en realidad lo que había pasado había sido más bien que él se había masturbado, ¿cierto? Y Stark parecía determinado a pensar que permitir que Peter lo tocara a él era pedirle demasiado.

Un manoseo furtivo, y ahora Stark le estaba señalando la puerta.

Empezó a sentir que el estómago le burbujeaba con náusea. Se giró bruscamente para irse, levantando las manos en un gesto de rendición.

—Estoy harto de esto —exclamó con un gemido ahogado por culpa del nudo que se le había formado en la garganta—. Me voy.

La silla de Stark rechinó sobre el piso. Peter escuchó su nombre y entonces Stark estaba agarrándolo del brazo. Tiró de él y lo giró para encararlo.

—No te vayas todavía.

—No, tú espera un momento…

—Peter…

—¿Puedes escucharme al menos por tres segundos? —gritó.

—¡Baja la voz!

De acuerdo —siseó Peter entre dientes—. Sé que sólo soy un adolescente sin dinero —continuó diciendo con tranquilidad exagerada—, y que tú eres demasiado mayor para mí, pero… Dios… —De nuevo comenzó a perder la compostura—. Tú eres la única persona con quien puedo hablar de… De todo. ¡Y créeme, desearía que para ti fuera lo mismo porque entonces no podrías estar jodiéndome como lo estás haciendo justo ahora y ni siquiera sabes cómo se siente!

—Peter, si piensas que eso es lo que yo quiero… —Stark se interrumpió y comenzó de nuevo—: Creo que no entiendes qué es lo que está pasando aquí. Tú eres…

Pero de nuevo se interrumpió.

—¿Qué? —exclamó Peter—. ¿Yo soy qué?

Stark soltó un resoplido.

—Un dolor de cabeza.

Stark dijo eso casi cariñosamente, como si en cualquier otro escenario completamente diferente pudiera habérselo dicho a Peter mientras le sonreía y le daba una palmadita en el mentón. Pero su expresión se veía demasiado amargada para eso, y la mano con la que no estaba sosteniendo a Peter permaneció laxa a su costado.

—Un dolor de cabeza —repitió Peter—. Bueno. Quizá lo que tenías que haber hecho era no ir a meterte a mi maldito apartamento hace dos meses. Eso nos habría ahorrado a los dos una enorme cantidad de problemas.

Salió de ahí.


Dos edificios después de la mansión, Peter se internó en un callejón desierto y sacó su traje de la bolsa delantera de su mochila. Se cambió rápidamente sin preocuparse si alguien lo miraba hacerlo. De inmediato trepó hacia arriba por la pared más cercana.

Se sentía como hubiesen pasado décadas desde la última vez que lo había hecho, y sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que lo extrañaba: luchar contra la gravedad, sus músculos ardiendo por el esfuerzo, eso era todo lo que él necesitaba, eso, eso, eso y nada más, nada más…

Apenas emitiendo un leve gruñido de cansancio, Peter se columpió hasta llegar al techo y contempló la ciudad. Rascacielos, la Torre Stark elevándose mucho más alta que todos los demás edificios, blanca y angelical, y Dios… Peter creyó que iba a vomitar.

En su mente sabía que Stark tenía razón, que lo que había pasado nunca debió de haber sucedido… Pero que Dios lo ayudara, él quería más, y la inflexibilidad de Stark al advertirle que nada de eso volvería a pasar jamás lo hacía sentirse grotescamente impuro, como el adolescente hormonal que muy en el fondo él sabía que era.

Odiaba la hipocresía, odiaba la manera en que Stark había intentado quedar al margen del fuego: usando la mano de Peter en vez de la suya, como si eso ya lo hiciera correcto. Pero encima de todo, lo que Peter más odiaba era el modo en que él se le había ofrecido a Stark, en cómo se le había echado encima. ¿Pero cómo podía culparse de ello? Había estado viviendo una vida innaturalmente veloz durante los últimos seis meses; el asesinato de su tío en su propia cocina le había dejado la honda impresión de que todas las cosas finalizaban demasiado rápido.

Más allá de eso, no estaba seguro de cómo interpretar aquellos pocos minutos pasados en el salón comedor. ¿Stark sólo le había seguido la corriente? ¿Eso era lo más que Stark se permitiría hacer con él?

¿O era Stark quien se había aprovechado de Peter?

Por primera vez, Peter fue consciente del peligro existente en cualquier tipo de relación con Stark. ¿Cómo podía estar seguro de cuál era la motivación del hombre para ser su amigo? De pronto se percató de que su corazón estaba latiéndole más rápido.

No quería creer eso, que Stark fuera capaz de abusar de él.

Su pasado estaba manchado por un montón de decisiones estúpidas, pero lo recién sucedido probablemente era lo más estúpido que Peter había hecho jamás.

Quería lastimar a alguien. Y también odiaba sentirse así porque no tendría que estar usando sus habilidades para conseguir sentirse mejor, eso no era lo que Ben habría querido.

Pensar en su tío abrió las puertas de una rabia que usualmente mantenía escondida debajo de la superficie. Pero no ese día.

A la mierda con estar a salvo. A la mierda con cualquier arreglo que Stark hubiese hecho por él sin preguntarle.

Quería golpear a alguien.