11. Karma
¿Qué más quedaba por decir?
Bastante, si eras Tony Stark.
A Steve, Tony le podría haber recordado las varias veces que ambos se habían hecho tanto bien el uno al otro, y cuánto odiaba despertar a solas e inmediatamente desear que Steve estuviese haciendo lo mismo.
A Pepper, le habría preguntado algo parecido a "¿Quizá deberíamos pensarlo mejor antes de hacer algo tan drástico? ¿Quizá no necesitas renunciar a la compañía por completo?"
A Peter…
Cualquier cosa desde "No te dejes llevar por tus fantasías" hasta algo como "Si las cosas fueran de otra manera tú ya estarías en una cama conmigo y seguramente tendrías en tu rostro esa sonrisa idiota que sólo Dios sabe por qué me gusta tanto".
Porque era absolutamente cierto, se daba cuenta. Había tenido que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no violar más al chico de lo que ya lo había hecho –sentía un retorcijón en el estómago cada vez que recordaba cómo le había abierto la cremallera a Peter y la breve sensación de su miembro endurecido debajo de su mano a través de la tela de sus calzoncillos. Los gemiditos en su oído, el leve quejido cuando le tiró del cabello.
Peter era delicioso. La imposibilidad de sacarse aquel encuentro de su mente aun varias horas después de sucedido, hizo que entrara en pánico y provocó que le pidiera de mala manera a Happy que lo llevara de regreso al complejo.
Tendría que haber sabido que perder el control no era buena idea. Jamás tendría que haber concertado esa reunión, ni debería haberlo tocado en absoluto. Tendría que haber detenido al chico muchísimo antes de que éste llevara la conversación por esa dirección inevitable. Peter tenía razón en lo que había dicho: si Tony hubiera tenido el buen sentido de simplemente dejarlo en paz y nunca haberse involucrado en su vida, nada de eso hubiese pasado.
Pero no había sido así. A esas alturas de su vida, Tony se había vuelto muy bueno a la hora de aceptar sus errores pasados. Y estaba mejorando (eso creía, eso esperaba, eso deseaba). El problema era que este único error con Peter estaba siendo muchísimo más difícil de perdonárselo a él mismo.
Cuando Tony llegó al complejo, todo estaba en silencio y el primer piso se veía desierto. Arrojó su chaqueta encima de la mesa más cercana y caminó a grandes pasos hacia la cocina. Las piernas le estaban temblando y pensó que si comía algo tal vez podría engañar a sus nervios para tranquilizarlos un poco.
Pero estar en la cocina significaba que la mesa de metal quedaba justo enfrente de él. Ese era el sitio donde Peter había estado sentado cuando Tony descubrió que lo que pensaba era admiración hacia él, no era tal sino mucho más. No podía mirar ahí sin pensar en Peter con el cabello mojado recién salido de la ducha, la mirada clavada en sus libros, el cuello de su camisa abierto. El chico parecía haberse impregnado en cada habitación del edificio. Tony no podía ir a ningún lado sin recordar algo que hubiese pasado ahí.
Y ahora sería lo mismo en su mansión.
Tony había deseado a Peter en ese entonces, y todavía lo seguía deseando por más que tratara con todas sus fuerzas de convencerse de lo contrario. No importaba la cantidad de ligues de alta sociedad con los que se acostara; parecía que nada cambiaría la realidad de sus sentimientos.
Pensó en Justin Hammer y la reputación que tenía; Tony había oído bastantes rumores de él entre sorbitos de té helado tipo Long Island en numerosas fiestas de cóctel.
Revisó el contenido de su refrigerador y se dio por vencido en su plan de alimentarse. En vez de comer, se preparó café y se lo tomó completamente negro, mirando a través de la ventana hacia la ciudad a lo lejos.
No tenía intenciones de convertirse en otro Hammer. Para ser francos, a Tony sus ligues siempre le habían gustado un tanto mayores que él, especialmente si se trataba de hombres. Era obvio, ¿o no? Si había elegido uno de noventa años… Que sus parejas le gustaran mayores tal vez era otro vergonzoso efecto residual del síndrome del padre ausente que padecía. Así que no era la juventud de Peter lo que lo atraía (aunque, Dios lo ayudara, había algo en la lozanía del rostro del chico que le hacía temblar las rodillas).
Era sólo él.
Tony sorbió su café y miró a los autos circular en el tráfico de las carreteras.
Si se lo permitía, todavía podía sentir los labios de Peter sobre los suyos, sus manos sobre su pecho. Había requerido más autocontrol del que creía que era capaz de tener para rechazar los ofrecimientos del chico. Peter se había mostrado tan dispuesto… Siempre lo estaba. Ese era el problema.
Se terminó su café y dejó la taza en la mesa.
Tenía la terrible urgencia de golpear algo. En vez de eso, resistió y sacó suficientes habilidades cognitivas de su cerebro para lavar de manera automática la taza y colocarla en la alacena.
Rhodey. Necesitaba hablar con Rhodey. No acerca de Peter –no podía contarle a nadie de él- pero sólo para tener a alguien a quien mirar que no le recordara que acababa de meter la mano en los pantalones de un maldito niño…
… que lo miraba a él como si pudiera bajarle la luna y las estrellas.
¿No era Tony mucho mejor persona que eso?
Sin preámbulo, golpeó con el puño la pared más cercana. Heladas oleadas de dolor estallaron en su mano y recorrieron su brazo a través de los huesos hasta llegar al hombro.
—¡MIERDA!
Su voz reverberó por toda la cocina y lo sobresaltó tanto que lo hizo tomar consciencia de su entorno. Por primera vez desde que había llegado al complejo, se dio cuenta de lo solo que se encontraba.
Sangre tibia y espesa estaba brotándole de varias heridas que se había hecho en los nudillos. Se le quedó viendo sin comprender completamente lo que significaba.
Lo que sea que signifique, te lo tienes bien merecido, pensó mordazmente.
Y procedió a golpear de nuevo a la pared.
Estaba a punto de golpearla por tercera vez –ahora dispuesto a atinarle a la pequeña abolladura que se estaba formando-, cuando una voz a su espalda exclamó:
—¡Ey! ¿Qué tal si mejor no hacemos eso?
Escuchó pasos a su lado y de pronto Rhodey estaba agarrando su puño para evitar que volviera a estamparlo contra la pared.
—En serio —le dijo Rhodey—. Creo que ganaste este asalto.
Como por arte de magia, toda la tensión abandonó su cuerpo. Permitió que Rhodey lo condujera a la silla más cercana. Entonces, Rhodey se sentó a su lado y lo miró con aires de paciente expectativa.
—Tómate todo el tiempo el tiempo que necesites —le dijo.
Tony bajó la vista hacia su mano sangrante. Parecía como si los nudillos ya estuviesen comenzando a inflamarse. El dolor irradiaba de arriba hacia abajo por todo su brazo.
—¿O prefieres que primero te revisen eso? —añadió Rhodey.
Tony negó con la cabeza. Probablemente se merecía el dolor.
—Déjame adivinar —dijo Rhodey—. ¿No te has tomado tu medicamento hoy, verdad?
No, Tony no se lo había tomado, lo había dejado ahí en el complejo creyendo que regresaría de inmediato terminando la fiesta de la noche anterior. No había contado con que pasaría lo de la chica y lo de Peter. Pero, por supuesto, la falta de medicamento no era el problema.
Rhodey se levantó haciendo mucho ruido con su silla y luego caminó hasta alejarse del campo de visión de Tony. Regresó un momento después con un bote de píldoras en la mano. Como si una píldora fuera mágicamente a arreglar el hecho de que Tony había metido la mano dentro de los pantalones de un maldito adolescente.
Se le quedó mirando a las píldoras.
Durante los viejos tiempos -qué horrible era eso, la realidad de que lo sucedido apenas dos meses atrás podía considerarse ahora como los viejos tiempos- todos ellos se aseguraban de que nadie se quedara sin tomarse su medicamento, cada uno adoptando a un compañero de manera no oficial, como si se tratara de un amigo invisible de enfermos mentales. Tony cuidaba a Rhodey, quien correspondía cuidándolo a él. Bruce, un eterno y terco autosuficiente, se dejaba notitas a él mismo para recordarse. Clint, el único que tenía verdadera autorización para ello, era quien cuidaba de Natasha, quien a su vez parecía haber tomado a Wanda bajo su protección. Thor siempre solía estar en paradero desconocido, pero era fácil imaginarlo haciendo un equivalente asgardiano de monitoreo de medicamento para su extremadamente loco hermano. Mientras tanto, además de cuidar a Rhodey, Tony, con ayuda de Sam, también solía echarle un ojo a Steve.
Y Steve… Steve cuidaba de todos ellos: los escuchaba cuando necesitaban hablar, reconfortándolos en sus peores momentos y, como Rhodey en ese instante, dándoles a todos su medicamento cuando lo requerían más. Tony se preguntaba si ahora Steve estaría haciendo eso por Barnes.
Se imaginó a Steve descubriendo lo que Tony había hecho y automáticamente evitó el pensamiento. Creía que nunca sobreviviría a la vergüenza.
Pero a Rhodey lo conocía desde mucho tiempo atrás. Y sabía que sería mucho peor.
Con la mano izquierda tomó las píldoras y se las tragó sin agua. Cerró los ojos.
—¿Qué sucede, Tony? —preguntó Rhodey.
Tony suspiró. Habían sido amigos durante tanto tiempo como para mentirle, y a la vez durante tanto tiempo como para nunca decirle la verdad.
—La cagué en grande —fue lo que dijo al final—. No necesitas saber cómo, o por qué, o… ningún detalle.
—No puedo ayudarte si no me cuentas.
—No necesito que me ayudes, lo que necesito es que no le eches más sal a la herida.
Rhodey suspiró y Tony levantó la mirada hacia él.
—Al menos vamos a que te revisen eso —dijo señalando con la cabeza hacia la mano hinchada de Tony.
—Está bien.
—No, no está bien, te vas a arruinar las articulaciones, o los tendones, o algo.
—Me pondré ungüento para evitar la infección.
—El sarcasmo no va a salvarte. Necesitas que te lo revisen. Vamos. —Se puso de pie y le hizo señas a Tony para que lo siguiera. Cuanto Tony no le obedeció (acción nacida de alguna necesidad adolescente de rebelarse, la cual, si lo consideraba, probablemente era otra faceta de su síndrome del padre ausente) Rhodey le dedicó una mirada enojada.
—¿Qué diría Steve? ¿O Bruce? ¿O cualquiera de todos ellos?
Tony también lo miró con furia.
—Qué golpe tan bajo.
—Diablos, hasta Clint te diría que fueras a la sala de urgencias.
—No, Clint sólo apagaría sus audífonos para la sordera y me enseñaría el dedo medio.
Rhodey lo consideró.
—Sí —reconoció—. Probablemente tienes razón. Pero Clint no se encuentra aquí en este momento. Y yo sí. —Tosió—. Soy tu mejor amigo —dijo—. Por favor, cuéntame qué está pasando. O al menos déjame llevarte al médico.
Durante un terrible momento, Tony se imaginó cómo sería la conversación si se pusiera a contarle la verdad. Recordó la furia de Peter y la manera en que había salido del salón comedor hecho una tromba (difícilmente podía culpar al chico; de repente recordó la voz de Sam diciéndole a Rhodey hacía dos meses: "¿Durante cuánto tiempo vas a apoyar a ambos bandos?"). Si le contaba la verdad a Rhodey, éste haría exactamente lo mismo que Peter. El mero pensamiento era suficiente para sentir que se ahogaba.
De nuevo tuvo ganas de golpear la pared.
En vez de eso, suspiró en señal de conformidad y siguió a Rhodey fuera de la cocina para agarrar las chaquetas de ambos.
Piadosamente, la sala de urgencias estaba más o menos desierta, algo bastante inusual para tratarse de la noche de un viernes, pero Tony aceptaría lo que fuera. Entre menos gente presente, menos gente lo vería y se quedaría boquiabierta ante su miseria.
Miró su reloj de pulsera, la mano izquierda le estaba temblando. Apenas iban a ser las seis y media. Habían estado en la sala de espera un poco más de diez minutos. Rhodey estaba sentado junto a él y cada pocos minutos le daba miradas no tan discretas por el rabillo del ojo, como para asegurarse de que Tony continuase ahí sin escapar. Había muchas razones por las que había acompañado a Tony: Happy continuaba en la mansión, más o menos encargándose de la vivienda desde que Pepper se había ido, y vaya que Tony había necesitado a alguien que condujera su auto por él. Además, Rhodey estaba preocupado por su bienestar y, encima de todo, quería asegurarse de que Tony realmente arribara a su destino sin desviarse. Aquella necesidad adolescente de rebelarse se exacerbaba cuando su estado mental no era bueno. Tony no estaba completamente seguro si el medicamento que Rhodey tomaba ya le permitía conducir un auto, pero no iba a cuestionárselo cuando lo veía así de determinado.
Trató de no sentirse resentido; sabía que Rhodey tenía razón. Así que sólo suspiró y echó mano de su acostumbrado sarcasmo.
—Yo me podría haber curado esto en casa, ¿sabes?
Rhodey no dejó escapar la oportunidad de burlarse.
—Seguro. Me encantaría ver a Dum-E poniéndote una venda.
—Dum-E está en la mansión, que es a donde pertenece. Y yo estoy aquí, en una sala de urgencias, que es a donde no pertenezco.
Rhodey dejó escapar un suspiro muy ruidoso.
—Todo el mundo tiene que venir a la sala de urgencias en algún punto de su vida, Tony. No te des tantos aires.
El dolor en su muñeca era glacial. Bajó los ojos para observarse la mano inflamada y herida, y pensó en la última cosa importante que había hecho con ella. Se percató de que eso seguramente era algún tipo de karma.
Realmente no se merecía que lo curaran.
Detrás de ellos, alguien abrió las puertas dobles de vidrio que daban a la calle. Los pasos irregulares y apresurados de las personas que entraron provocaron que Tony girara la cabeza para verlos.
Se congeló.
May Parker, sin gota de maquillaje en el rostro y vestida con un abrigo largo de hombre, traía a su sobrino con ella. Con un brazo alrededor de los hombros, la mujer estaba ayudando al chico a caminar hacia el escritorio de la recepcionista. Peter tenía el rostro volteado hacia un lado y con una mano se cubría la boca y la nariz.
Le goteaba sangre entre los dedos.
Una de las mujeres de la recepción los vio venir y se puso de pie. De inmediato rodeó el escritorio llevando en la mano un cesto de papeles de color gris metálico.
—Le ayudo con él —le dijo la secretaria a May, quien estaba batallando para firmar en el sujetapapeles con manos temblorosas. May asintió y aceptó la ayuda. La secretaria llevó firmemente a Peter hasta la silla que quedaba justo enfrente de la fila donde Tony estaba sentado… obviamente. El cesto de papeles fue colocado con un ruido sordo en el piso de linóleum en frente de Peter, y el chico inmediatamente se inclinó encima de él, con la cabeza baja, tomando el borde del cesto con una mano. La sangre goteó encima de la basura de las recepcionistas. .
May se apresuró a sentarse a su lado. La secretaria regresó a su puesto detrás del escritorio.
Tony se había quedado inmóvil. Se sentía indecentemente expuesto, en carne viva.
Pero ninguno de los dos Parker se dio cuenta de su presencia ahí. May le murmuraba cosas a Peter mientras le acariciaba el pelo, y el chico repentinamente se inclinó más hacia delante mientras tenía arcadas y escupía sangre en el cesto de basura. Los nudillos de la mano con la que sostenía el cesto se veían blancos debajo de las heridas.
Rhodey siguió la mirada de Tony, vio a los Parker y luego miró a Tony con una ceja arqueada, como preguntándole: "¿Qué pasó?" Tony elevó sus propias cejas en respuesta, tratando de actuar despreocupado, como si su cuerpo entero no estuviese incendiándose con una espantosa mezcla de pánico, horror y, por alguna razón, culpa. No tengo idea.
Pero antes de que pudiera hacer nada, una de las puertas metálicas se abrió y una bonita enfermera vestida con filipinas de color azul pálido apareció, mirando el sujetapapeles que llevaba en las manos con el ceño fruncido.
—¿… Tony Stark? —dijo al final, lentamente, casi como si estuviese completamente convencida de que aquel nombre estaba incorrecto.
Peter levantó la cabeza intempestivamente al sonido de la voz de la mujer y la sangre le escurrió desde sus fosas nasales hasta el labio superior.
Su cara estaba totalmente tapizada de golpes.
Peter miró a Tony a los ojos, claramente mortificado y con una emoción adicional que parecía ser algo muy similar al miedo. Tony desvió la mirada casi inmediatamente mientras se ponía de pie, tosía y caminaba hacia la enfermera que lo había llamado.
La enfermera abrió mucho los ojos al verlo acercarse, pero recuperó su profesionalismo en cuestión de segundos.
—Es por aquí, señor —dijo ella, haciendo un ademán de "después de usted" con la mano.
Tony podía sentir los ojos del chico clavados en él mientras caminaba por el corredor y se sostenía la mano herida.
—¿Qué le pasó? —preguntó la enfermera una vez que llegaron a un consultorio y Tony, un tanto renuentemente, se sentó encima de la mesa cubierta con papel (algo acerca de todo eso siempre lo regresaba a la edad mental de siete años). Ella había estado revisándole la mano inflamada casi por un minuto entero.
Tony se aclaró la garganta incómodamente.
—Golpeé una pared.
La enfermera asintió como si ya hubiese estado esperando una respuesta así.
—Se asombraría de saber cuántos hombres llegan aquí con ese mismo problema —murmuró—. Bueno —continuó hablando más claramente—, parece que presenta la fractura del boxeador. No parece muy grave ya que el rango de movimiento es bueno. De todas maneras voy a ponerle una férula, sólo por si acaso. ¿La mayor parte del dolor proviene del meñique? —preguntó y Tony asintió—. ¿Cuánto le duele?
En algún otro consultorio no muy lejos de ese, indudablemente le estarían haciendo la misma pregunta a Peter Parker y su respuesta sería completamente diferente.
¿Qué era lo que le había pasado al chico? Bueno… lo que le había pasado era obvio. Era el cómo y el por qué lo que le preocupaba a Tony. Su maldita cara…
Tony hizo gestos mientras trataba de recordar la pregunta.
—¿Del uno al diez? Más o menos un siete.
—Muy bien. Le recetaremos algo para el dolor. —La enfermera levantó los ojos de la mano de Tony hacia su cara como si quisiera decir algo más, pero en vez de eso se dirigió al armario que estaba encima de un lavamanos y sacó una escayola de color negro y azul rey recubierta de plástico. ¿Peter iría también a necesitar una escayola?, se preguntó Tony.
Hacía unas pocas horas Peter había estado bien –tanto como un adolescente que acababa de ser abusado por un adulto podría estar- y ahora estaba ahí cubierto de golpes, con sangre goteando de la nariz, confinado a una sala de urgencias.
Y una pregunta mejor: ¿iría a ponerse bien?
El karma funcionaba de maneras misteriosas, eso era seguro.
Una vez que la enfermera le hubo colocado una escayola excepcionalmente apretada alrededor de su mano dominante y le dio una receta para analgésicos que no podías comprar nada más al llegar al mostrador de la farmacia, Tony salió del consultorio dando grandes pasos, recorriendo el angosto pasillo de afuera, buscando por rostros conocidos. Bueno. Por un rostro conocido, al menos.
Pero la actividad se había intensificado en el hospital mientras la enfermera le había estado revisando la mano, y ahora había muchos más pacientes alrededor. Si Peter estaba en algún lado en las cercanías, era algo que Tony no podía saber. Por otro lado, su presencia ahí estaba atrayendo demasiadas miradas curiosas.
Estaba a punto de retirarse a la sala de espera cuando una silueta familiar dio vuelta en una esquina del corredor, apoyado de otra enfermera con filipinas azules: era Peter Parker, luciendo todavía peor que antes ahí debajo de la molesta luz fluorescente.
El chico levantó la mirada, vio a Tony a los ojos y se congeló, doblándose hacia delante ligeramente. La enfermera que iba a su lado le preguntó algo, sin duda queriendo saber acerca de su dolor. Peter le hizo un ademán con la mano como para restarle importancia y le respondió algo que Tony no pudo escuchar: parecía que le habían metido un montón de algodón en las orejas, sencillamente no oía una mierda.
Mandando cualquier precaución al diablo, Tony caminó velozmente hacia ellos y le echó un breve vistazo a la enfermera antes de preguntarle a Peter:
—¿Qué te pasó?
—Señor, no tenemos tiempo de… —comenzó a decir la enfermera, pero Peter volvió a silenciarla con otro ademán de mano.
—¿Qué estás tú haciendo aquí? —le preguntó Peter a Tony. La enfermera se giró a ver a Peter, aparentemente atónita por las excepcionales conexiones sociales de su paciente de quince años.
—¿Qué? Le di un puñetazo a una pared. ¿Qué te pasó a ti? —repitió Tony. Dios, de cerca era mucho peor. Cara hinchada, marcas de golpes surgiendo debajo de la piel en tonalidades moradas casi negras y rojas oscuro, y el tipo de manchas rosáceas que indicaban que había estado llorando mucho. El chico caminaba rígido, parcialmente doblado hacia delante y presionando una gasa contra su nariz, de la cual continuaba goteando sangre.
—Hice algo estúpido, ¿podemos no hablar de eso con detalles?
—¿Por qué no me llamaste? —preguntó Tony—. Si estabas en problemas…
Peter le lanzó una mirada feroz.
—No creí que quisieras saber más de mí —espetó y dejó que la enfermera lo guiara por el corredor.
Rhodey estaba afuera esperando por Tony. Como la enfermera había dicho, no tenían tiempo. De todas formas, los siguió un poco por el corredor y le pidió a Peter:
—Mándame un mensaje de texto.
Peter reaccionó de inmediato. Giró la cabeza sobre su hombro y le respondió a Tony, furioso y cortante:
—Tengo que hacerme una tomografía computarizada para ver si tengo el bazo desgarrado o no —le espetó—, pero, ¿sabes qué? Me pondré a ello en cuanto pueda, seguro…
Perdió el aliento, palideció y se dobló más hacia delante. La enfermera lo atrapó justo antes de que cayera hasta el suelo y gritó pidiendo ayuda. Varios enfermeros se apresuraron hacia ellos, tapando a Peter de la vista de Tony, pero éste esperó hasta que el pequeño ejército desapareció por el corredor hacia el ascensor. Se giró y se cubrió la cara con su mano buena, tratando de recordar cómo no preocuparse.
Rhodey y May estaban sentados juntos hablando en voz baja cuando Tony regresó a la sala de espera. La escena era tan surrealista -las dos mitades de su vida colisionando- que tuvo que quedarse de pie ahí mismo durante algunos segundos para poder aceptar esa realidad.
May había estado llorando. En cuanto vio que Tony se aproximaba, parpadeó fuerte y se limpió la nariz bruscamente con un Kleenex que había cogido de un dispensador colocado en una mesita cercana.
—No esperaba encontrarte aquí —le dijo a Tony, poniéndose de pie para darle la mano (ese era un extraño fenómeno que Tony había notado con el pasar de los años: la gente se levantaba de su asiento para saludarlo o incluso se levantaban cuando él entraba en una habitación, como si se tratara de la Reina de Inglaterra). Fue entonces que May notó la escayola en la mano de Tony y torpemente bajó su propia mano, dándole una sonrisa tensa.
—Vi a tu sobrino allá dentro —dijo Tony a manera de respuesta—. ¿Todo está bien? Se veía… —hizo una pausa intentando encontrar una descripción apropiada y fallando—. No se veía bien.
May suspiró.
—Alguien lo asaltó camino a casa —explicó—. Al menos, eso fue lo que me contó. Personalmente me inclino a creer que fue más de una persona —decía May mientras tiraba fuertemente de las agarraderas de piel artificial de su bolso—. Un completo desconocido lo llevó hasta la casa. Deben haber sido al menos ochenta. Me dijo que lo encontró en un callejón junto a un cajero automático cerca de la Quinta Avenida. —Lentamente, May se sentó de nuevo—. Honestamente, no sé qué vamos a hacer —dijo más como para ella misma que para Tony o Rhodey.
Rhodey se aclaró la garganta.
—¿Hay alguna manera en que podamos ayudar?
Pero May negó firmemente con la cabeza.
—No es problema de ustedes.
Tony pasó saliva trabajosamente, dudando acerca de la veracidad de eso. La puerta que llevaba al interior del hospital se abrió de nuevo y Tony se asomó por encima de su hombro. Otra enfermera con un sujetapapeles en mano surgió por ahí.
—¿Señora Parker? —dijo y May levantó la cabeza—. La necesitan acá dentro.
Mordiéndose los labios, May se puso de pie y rápidamente siguió a la enfermera a través del corredor. Tony la observó irse, sintiendo cómo la ansiedad le agitaba de manera irregular el ritmo de su corazón.
Quizá May tenía absoluta razón y eso no era problema de Tony, y no había ninguna correlación entre lo que Peter y él habían hecho en el salón comedor y las heridas del chico. Pero la culpa abrumadora que se había instalado en su estómago le estaban diciendo justo lo contrario.
—Perdona por haberte hecho esperar —le dijo a Rhodey mientras caminaban por el estacionamiento rumbo a su auto.
—No te preocupes, leí People durante un rato y luego me puse a conversar con la tía del chico. Le dije que era amigo tuyo. Se veía muy aturdida.
—No la culpo —dijo Tony—. Quiero decir, si fuera mi chaval… —se interrumpió.
No podía dejar de ver la cara de Peter en su mente. Golpeado, sangrante. Tendría moretones durante semanas.
No creí que quisieras saber más de mí. ¿Cuán profundamente la había cagado Tony que esa era la impresión que le había dejado a Peter?
—No es que te esté criticando —dijo Rhodey después de que el silencio entre ellos se prolongó durante medio minuto—, pero, ¿no se suponía que tú ibas a supervisarlo?
Tony tosió incómodo.
—Sí.
Llegaron al auto, se metieron dentro y Rhodey de nuevo se colocó en el asiento del conductor. Encendió el motor.
—El chico fue contigo a la fiesta anoche, ¿cierto?
—Sí. —Parecía que era lo único que Tony podía responder. Rhodey estaba analizando algo, tenía el ceño fruncido de una manera que era extremadamente familiar para Tony, quien lo había visto poner esa cara un montón de veces. Usualmente cuando Tony había tomado una decisión muy estúpida o estaba a punto de hacerlo.
—Es sólo que… Tú regresas al complejo todo enojado y luego él aparece como si hubiese perdido una pelea contra ocho luchadores profesionales… —Rhodey se aclaró la garganta—. ¿Pasó algo entre ustedes?
Sí, lo ayudé a eyacular y luego nos pelamos por eso.
Tony tosió de nuevo.
—Discutimos. Por el trato que hice con Ross. Ya sabes. Peter quiere meterse en problemas y que lo golpeen, y yo le dije que no iba a dejarlo, así que yo soy el malo. —Las palabras se sintieron incómodamente familiares, recordándole cosas que su padre les había dicho una vez a unos invitados después de que Tony y él se hubiesen pelado delante de ellos y Tony se largara a su cuarto a llorar.
No se preocupen.
Está en la fase rebelde.
Ya regresará cuando vea que no está obteniendo ningún tipo de atención.
Y después, cuando ya sólo quedaban los amigos muy cercanos a su familia…
Es la cruz que tenemos que soportar.
—Para ser justos —Rhodey estaba diciendo—, ese trato tiene que apestar. Antes de que apareciéramos en su vida, él hacía lo que quería.
Manejaron en silencio durante un rato. Las luces de la ciudad pasaban por las ventanas. En algún lado allá afuera, Peter estaba siendo examinado para determinar si tenía daños en sus órganos del tipo que Tony podía imaginar muy bien. ¿Y si los exámenes y chequeos resultaban positivos? Se sacó de la mente la visión de Peter vestido con bata de hospital, conectado a máquinas, el rostro demacrado, sus golpes desdibujándose hasta quedar de color amarillo verdoso.
Es joven, se dijo. Se recuperará.
Entonces la parte más despreciable de su cerebro añadió: Oh, así que es joven, ¿eh? Qué interesante que lo recuerdes cuando se hace daño, pero no cuando es moralmente inconveniente para ti.
Se sentía como si hubiesen pasado años desde aquellos escasos minutos que habían compartido en el salón comedor. Se sentían todavía más lejanos que la fiesta, con las insinuaciones de Hammer, con Peter llorando y luego Cory.
Pensó en lo que May había dicho.
Sin preámbulo, le preguntó a Rhodey:
—¿Conoces algún cajero automático cerca de la mansión?
Rhodey frunció el ceño. Las luces de la calle hacían que las facciones de su cara se vieran en agudo bajorrelieve.
—Creo que hay uno varias calles hacia abajo. ¿Por qué?
Tony frunció el entrecejo.
—¿Qué? —preguntó Rhodey. Entonces agregó con tono funesto—: ¿En qué estás pensando, Tony?
Tony se apoyó sobre el respaldo del asiento. Su mano continuaba punzándole, un dolor profundo que le calaba justo hasta los huesos. Quizá le podía hacer algunos arreglos a la férula –algo automatizado que pudiera permitir que la mano respirara mientras continuaba inmovilizando sus dedos meñique y anular. Por supuesto, con la armadura puesta, la férula no sería un problema…
—¿Tony?
—¿Mm?
—¿En qué estás pensando?
Tony cerró los ojos.
—En el karma —fue lo que dijo.
—… Bueno, señor Secretario, si lo que busca es una declaración, yo no tengo ninguna que hacer. Es la primera noticia que tengo al respecto… Lamento mucho que se sienta de ese modo, pero puedo asegurarle que he estado metido en mi casa durante toda la semana… Sí, estoy de acuerdo en que es raro que haya sucedido justo frente a mi puerta, pero como le dije, he estado en el complejo desde la tarde del viernes, e incluso usted debe aceptar que las coincidencias suceden en algún punto de su carrera… Sí, estoy seguro de que todo se arreglará… Créame que si algo tengo muy presente son las cláusulas de los Acuerdos. Adiós, señor Secretario. Intente no comenzar ninguna guerra. Gracias.
Tony colgó el teléfono, se inclinó en el respaldo de la silla de su oficina y emitió un sonoro suspiro de alivio.
En retrospectiva, haber rastreado a un par de ladrones de cajeros automáticos –las noticias referentes a dos malhechores y el presunto involucramiento de cierto vigilante enmascarado se habían esparcido bastante rápido- y haberlos dejado afuera del mencionado cajero para que la policía los encontrara a la mañana siguiente, no había sido su decisión más sabia. Particularmente cuando los criminales-venidos-a-víctimas tenían golpes que sospechosamente coincidían con el patrón del puño de la armadura metálica de cierto millonario.
Pero, ¿qué importaba ya? Lo hecho, hecho estaba y que Dios lo perdonara, pero vaya que le había ayudado a sentirse mejor.
No había escuchado palabra de Peter durante esos seis días –joder, ¿ya había pasado casi una semana desde lo que habían hecho? Tony se había obligado a no inmiscuirse. Peter tenía una vida fuera de eso. Regresaría cuando estuviese listo.
Asumiendo que Peter quisiera regresar en primer lugar. Asumiendo que pudiera regresar y no estuviese internado todavía en el cuarto de un hospital. O peor.
Tony se puso al día con su vida y trató de no afligirse por lo mucho que dolía esa posibilidad.
La cruda verdad era que había ido tan lejos que retornar ahora parecía una opción menos viable que sólo continuar adelante con lo que fuera que le estuviese esperando al otro lado de la línea que había cruzado.
Y vaya que tenía una idea acertada de qué era lo que le esperaba.
Levantó su teléfono y miró la pantalla. El puesto de los mensajes de su contacto marcado como Parker estaba notablemente abajo, el último texto que el mismo Peter le había mandado databa desde hacía más de una semana, antes de que se besaran por primera vez.
"¿Por qué no puedo simplemente firmar los Acuerdos y ya?"
El resto de los mensajes posteriores eran todos enviados por Tony, una serie de textos extraña e incómodamente formales, muchos de ellos dándole detalles a Peter para reunirse con él. Mirando las cosas así, incriminado con los mensajes que se habían enviado el uno al otro, Tony se sintió avergonzado y depredador.
Si le enviaba otro mensaje, existía la posibilidad de cambiar las cosas.
Si no hacía nada, podrían regresar a cómo eran antes y fingir que todo estaba bien. Después de todo, había pocas cosas que no pudieran ser arregladas con una vendita y pura negación.
Suspiró, mandó al diablo su ansiedad y remordimiento residual y oprimió el botón para llamar al número de Peter.
¿A quién estaba tratando de engañar?
nota de la traductora:
Muchísimas gracias por sus reviews, les juro que me hacen muy feliz y me dan ánimos de seguir (pensaba que esta plataforma ya estaba medio muerta y nadie leía ni comentaba aquí!) Gracias por continuar conmigo, haré lo posible para actualizar una o dos veces a la semana. ¡Saludos!
