13. Avemaría
"¿Me atrevo
A perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
Para decisiones y revisiones que un minuto revoca luego."
La canción de amor de J. Alfred Prufrock, de T.S. Eliot
Tony no era bueno esperando. Había estado sentado durante casi quince minutos en su Camaro, el auto menos llamativo que tenía y el cual había estacionado no en el espacio del edificio de apartamentos de Peter, sino en el siguiente. Su pierna izquierda comenzaba a entumírsele; la derecha se le sacudía como manifestando su aburrimiento.
Antes, en el salón comedor, la primera vez que efectivamente había puesto sus manos encima del chico, creyó que había cruzado una línea. Ahora estaba descubriendo que existía una línea más allá de la primera y que estaba peligrosamente cerca de cruzarla también.
Había echado mano de todo lo que sabía para no terminar ahí. Pero ahí estaba de todas formas.
En el asiento del pasajero, su teléfono vibró.
"May acaba de irse. Dale 10 minutos y entonces puedes subir."
Tecleó una respuesta rápida: "eso haré" y bajó el teléfono.
No habría vuelta atrás después de eso. Pero a quién estaba engañando, no había habido vuelta atrás desde el momento en que oprimió al chico contra la pared de la sala de TV, desde el momento en que le bajó la cremallera de sus jeans.
Si ya llegaste así de lejos... pensaba.
Su corazón comenzó a latirle más rápido. Se dijo que era perfectamente natural, recitó un par de Avemarías con la leve esperanza de que lo absolvieran de lo que estaba a punto de hacer, y revisó la hora. Ocho minutos. Bastante cerca. Seguramente ya serían los diez minutos para cuando llegara a la puerta del edificio.
Todavía era tiempo de acobardarse e irse a casa. Podría regresar y ser un mejor hombre por eso.
Pero entonces recordó a Peter esperándolo ahí arriba.
Había roto muchos corazones en su vida. Quizá, si no rompía este, compensaría un poco el daño hecho.
Increíblemente, ninguna de las personas que se encontró en su camino pareció notar nada extraño en el hombre que se paseaba por el interior de un edificio con anteojos de sol puestos. Una de las luces, la que estaba a la derecha de la puerta de los Parker, estaba fundiéndose, parpadeando como flash contra las paredes pintadas de un feo color beige. Tony se plantó frente a la puerta, cerró los ojos y levantó el puño.
Avemaría, avemaría, avemaría.
Golpeó, y la parte de él que insistía en el humor como recurso de autodefensa, lo hizo gritar:
—¡Pizza!
Escuchó pasos apresurados dentro del apartamento y, apenas un segundo después, la puerta se abrió. Peter. Lucía como si acabara de ducharse, su cabello goteaba agua sobre los hombros de su camiseta azul marino y sobre su nuca.
—Hola —dijo, claramente sin aliento y aun así intentando fingir un tono casual. Los golpes y moretones que habían tapizado su cara la última vez que se habían visto, se habían difuminado casi en su totalidad.
—Hola. —El humor se había desvanecido. Tony pasó saliva trabajosamente, observando al chico observarlo a él.
Su manzana de adán subió y bajó por su garganta.
—¿Quieres pasar? —sugirió Peter finalmente.
La puerta se cerró detrás de ellos con un sonoro golpe. Los ojos de Peter seguían clavados en él. Dándole la espalda, Tony miró alrededor del pequeño apartamento y descubrió que había conseguido encogerse desde la última vez que había estado ahí. Unas pocas diferencias aquí y allá: habían cambiado de lugar los muebles de la salita y tenían cortinas nuevas en las ventanas. Desde otra habitación se escuchaba el ruido de una lavadora trabajando.
—¿Cuánto tiempo va a estar fuera? —preguntó, todavía sin girarse hacia Peter.
—Me dijo que no la esperara despierto.
Tony asintió. El piso crujió y entonces Peter estaba moviéndose hasta quedar dentro de su campo visual. El chico se sentó en el respaldo del sofá, sus ojos cautelosamente fijos en Tony.
Eso estaba tan mal.
Cuatro pasos hacia delante. Eso era todo lo que necesitaba.
Avemaría, avemaría, avemaría, avemaría.
Tony tocó su rodilla, Peter echó los hombros hacia atrás mientras lo veía a los ojos y exhalaba un leve suspiro. Tenía la misma expresión que había tenido el otro día en el salón comedor, y eso provocó que el corazón de Tony latiera sin control.
—No necesitas hacer esto si no quieres —le dijo.
Peter asintió.
—Lo sé. —Sus ojos no se despegaban del rostro de Tony. Volvió a pasar saliva y entonces elevó su cara para besarlo, tomándole el cuello de su camisa y tirando de él. Peter sabía fuertemente a menta; el chico tenía que haber usado todo el enjuague bucal disponible en su apartamento. La lengua de Tony se introdujo en su boca mientras las manos de Peter buscaban las suyas y luego las dirigía desde sus muslos hasta sus caderas. Pantalones deportivos, tan fáciles de quitar. Claramente Peter lo había previsto con anticipación. Tony movió sus labios hacia la mejilla del chico, hasta su oreja, hasta que el costado de su cara se presionó contra el suyo. Quitó los labios de la oreja pero se quedó quieto ahí, justo como Peter, quien lo soltó del cuello de la camisa pero dejó las manos encima de su pecho.
—No vas a lastimarme —susurró Peter—. Está bien.
—Peter...
Peter lo tomó de nuevo de su camisa y lo sacudió un poco, obligándolo a verlo a la cara.
—Está todo bien —insistió.
Entonces lo besó de nuevo y envolvió sus tobillos alrededor de las pantorrillas de Tony, jalando de él para acercarlo mucho más a su cuerpo. El impacto casi lo tira de espaldas por encima del respaldo del sillón, pero Tony alcanzó a pasar un brazo alrededor de su cintura para atraparlo. El movimiento los presionó muchísimo más el uno contra el otro, y Tony sintió el bulto debajo de los pantalones deportivos justo contra su muslo, la rodilla de Peter frotándose contra él de una manera que hacía que toda su sangre circulara directo a su entrepierna.
Tan, pero tan mal.
Otro beso, Peter mordiendo sus labios y peinándole el cabello con los dedos.
—Si quieres —comenzó a decir el chico entre besos—, puedes... Está bien.
La breve pausa omitió la palabra que Peter claramente no quería decir, y que Tony particularmente no quería escuchar en voz alta, pero ambos habían entendido muy bien.
Tony sacudió la cabeza, sólo una vez, y antes de que pudiera pensárselo más, tomó con sus dedos el borde de la camiseta de Peter y tiró de ella hacia arriba. No se permitió el lujo de mirar al chico pero sí dejó caer las manos en sus hombros desnudos; arrastró sus labios hacia abajo por su cuello, besó el hueco entre su garganta y el pecho, y luego mordisqueó gentilmente la piel justo arriba de su pezón izquierdo.
Peter siseó y prácticamente se arrojó a los brazos de Tony, sus propios brazos alrededor de su cuello.
—Por favor...
—Sí.
Tony lo cargó hasta entrar en su cuarto al fondo del pequeño corredor, entonces Peter se removió para bajarse de sus brazos y así poder cerrar la puerta. Se apoyó contra ella para observar a Tony poner su billetera encima de su desordenada mesita de noche y quitarse los zapatos. Entonces tiró de nuevo de Tony hacia él. Más besos, dedos torpes abriendo los botones de su camisa, Tony tratando de ayudarlo, sus dedos enredándose juntos.
—Joder... joder...
—Ya está...
Después de su camisa, fue su cinturón el que cayó sobre la alfombra haciendo un ruido metálico que pareció asustarlos y regresarlos a la realidad. Se separaron y se quedaron mirando el uno al otro, ojos oscurecidos y labios inflamados. Con una mano trémula, Peter tocó la piel cicatrizada del pecho de Tony donde alguna vez estuvo el reactor. Parecía asombrado. Las puntas de sus dedos se sentían calientes.
Tony se aclaró la garganta.
—No tenemos que ir más lejos —dijo—, si tú no quieres.
Sus ojos eran enormes y oscuros como pequeños planetas.
—Pero sí quiero —dijo sin aliento—. Sí quiero.
Intentó bajar la cremallera de los jeans de Tony, sólo para titubear y alejar los dedos con incertidumbre. Al final, fue Tony quien se quitó su pantalón, demasiado consciente de su miembro erecto mostrándose a través de sus bóxers. Peter también estaba viéndolo, labios entreabiertos, un hilito de saliva entre ellos. Eso era perturbador... aparte de sus otros dos encuentros, Tony no había tenido mucha ocasión de verlo de otra manera que no fuera como el chico encantador que se emocionaba con las ciencias y con salir a combatir el crimen. Esta nueva persona, con las pupilas dilatadas y la mirada muy, muy pervertida, era inesperada. Pero Tony no tendría que haberse sorprendido. Era remarcablemente fácil olvidar lo que se sentía tener quince años. Quince años con todos tus sentidos mejorados, todo sobrepasando los valores máximos, Dios, Jesucristo, Tony iba a irse al infierno...
Tony lo besó otra vez, una mano bajando por su espalda, con la otra lo tomó de un muslo para elevarlo y regresarlo a sus brazos, el chico rodeando su cintura con las piernas.
—Dilo —pidió Tony con voz débil. Ya sabía la respuesta, sólo necesitaba escuchar la palabra. Quizá entonces podría perdonarse a él mismo por lo que iba a pasar a continuación.
—Fóllame.
A Tony se le secó la boca, el corazón golpeando dentro de su pecho; sería un milagro que Peter no pudiera escucharlo. Quizá sí podía. El chico había dicho la palabra de manera inmediata y con tan poca vergüenza que parecía haber estado practicándola delante del espejo. Un escenario perfectamente plausible.
Los resortes de la cama individual de Peter no estaban diseñados para soportar tanto peso. Rechinaron salvajemente cuando Peter aterrizó de espaldas, Tony encima de él, besándolo y tratando de sacarse los bóxers al mismo tiempo.
—¿Has hecho esto antes? —preguntó Tony cuando dos pares de ropa interior cayeron suavemente en la alfombra. Peter titubeó una fracción de segundo y entonces negó con la cabeza—. Pero sí sabes cómo funciona, ¿verdad? —presionó Tony.
Luciendo frustrado, Peter asintió.
—¿Sí? Sí, por supuesto. Hice todo lo que... Tengo todo... —Se sentó, se torció hasta alcanzar su mesita de noche y revolvió el contenido de su gaveta. Cuando se giró de nuevo hacia Tony, dejó caer en su mano una pequeña botella de lubricante. Una parte de Tony quiso preguntar cómo la había conseguido, pero decidió quedarse callado por una vez en su vida.
—Pídeme que me detenga y lo haré —le dijo a Peter. Éste asintió—. Muy bien... um... Acuéstate boca arriba...
Mordisqueándose el labio inferior y frunciendo ligeramente el entrecejo, Peter obedeció. Por primera vez, Tony se permitió realmente acariciar al chico: llevó las manos por sus muslos, hacia arriba por sus costados, sobre los firmes músculos de su estómago. Por varias razones, Peter le recordaba un poco a Steve... Pero no, Tony no iba a pensar en Steve en ese momento. Qué era peor, se preguntó: ¿pensar en Peter o no pensar en Peter?
Peter levantó las manos hacia él, pero Tony gentilmente se las empujó de nuevo hacia la cama.
—Déjame a mí hacer el trabajo, ¿de acuerdo?
Para su sorpresa, Peter se sonrojó y asintió. Tony bajó la cabeza y lo besó mientras abría la tapita de la botella con el dedo pulgar. Peter estaba tan deseoso e impaciente, las piernas ya completamente abiertas para que Tony pudiera arrodillarse apropiadamente entre ellas. Ambos estaban temblando y Tony juraba que podía sentir el pulso de Peter latiendo en su pecho.
Se mojó un par de dedos con lubricante y los llevó hacia abajo. Peter se tensó. Besándolo a un lado del cuello, Tony murmuró:
—Está bien, está bien, yo te cuido...
No sabía por qué se suponía que eso tendría que hacer que Peter se sintiera más a salvo, pero Tony no paró, y Peter no le pidió hacerlo. Debido a que no podía ver, Tony encontró la entrada de Peter a tientas. Trazó un círculo gentil alrededor de su abertura antes de presionar un dedo hacia dentro, sus ojos fijos en la cara de Peter, esperando encontrar la más mínima señal de incomodidad.
El chico pasó saliva y cerró los ojos. Con su mano libre, Tony peinó el cabello de Peter hacia atrás y lo besó en la frente.
—¿Estás bien?
Después de unos pocos segundos –Tony cuidadosamente moviendo su dedo adelante y atrás, tratando de dejar que Peter se aclimatara al movimiento- Peter asintió temblorosamente.
—Sí.
Curvó su cuello hacia arriba para juntar sus labios con los de Tony y siseó cuando éste usó su mano libre para envolver su erección.
—Te tengo...
Peter dejó escapar un ruidito agudo desde el fondo de su garganta y empujó las caderas hacia arriba. De nuevo con sus labios en el cuello del chico, Tony continuó con ambos movimientos; sintió que Peter abría mucho la boca y vio como usaba una mano para aferrarse a la cama.
—Shh... shh...
—Me... —lo que fuera que Peter iba a decir, Tony se lo perdió porque le dio otro tirón a su erección y Peter se arqueó hacia arriba contra su pecho, su cabeza contra su hombro, sus piernas temblando al experimentar el segundo orgasmo que Tony le había provocado desde que se conocían.
Peter abrió los ojos.
—Wow —dijo débilmente—. Eso fue... fue genial...
En alguna parte del apartamento, se escuchó que una puerta se abría y se cerraba con un golpe. Enseguida, pasos apresurados en el piso.
—¿Peter?
Peter se sentó de golpe, aventando a Tony y quitándoselo de encima, maldiciendo entre dientes. Saltó de la cama, se tambaleó durante un momento mientras trataba de serenarse y entonces buscó su bóxers y una camiseta.
—¿Peter?
Era May. Peter dejó de ponerse la camiseta durante un segundo para responder a gritos:
—Um... Sí... Espera...
Le dio un manotazo al apagador de la luz y sumió el cuarto en la oscuridad. Salió al corredor con los brazos cruzados enfrente de él de una manera no muy convincente para poder cubrirse la mancha húmeda que estaba comenzando a invadir la tela de su camiseta. Tony se quedó arrodillado ahí en la cama, sin atreverse a moverse. Afuera, podía escuchar un par de voces, una de ellas, la de Peter.
—¿No te habías ido con Nathan?
—Olvidé mi cartera. ¿Todo está bien? Vi la luz de tu cuarto encendida desde el estacionamiento.
—Sí, estaba... estaba preparándome para... irme a dormir.
Bajaron las voces. La última cosa que Tony escuchó fue a Peter gritando:
—¡Que se la pasen bien!
La puerta del cuarto se abrió y se volvió a cerrar.
—Será mejor que ya no encendamos la luz —susurró Peter.
Tony escuchó cómo Peter se quitaba la ropa y luego sintió a la cama ondularse debajo de él y a los resortes rechinar mientras Peter se trepaba. Un segundo después, Tony tenía a Peter sentado sobre su regazo. Comenzó a besar esa boca abierta, deslizó una mano hacia abajo por su espalda hasta llegar a apretarle una nalga.
—Estás temblando —murmuró.
—Sí —respondió Peter—. Es que... me asusté mucho durante un momento. —Levantó el mentón y dejó que Tony besara su cuello y mordisqueara el lóbulo de su oreja. Estuvieron moviéndose de atrás hacia delante en una extraña simulación del acto sexual, el aroma del cabello de Peter inundando las fosas nasales de Tony.
Tony lo acostó de nuevo sobre la cama, añadió más lubricante a sus dedos y los llevó hacia su entrada, ahora sumergiendo dos. Era casi imposible darse cuenta de la expresión que tendría Peter en la cara por culpa de la oscuridad. Peter posó una mano sobre el hombro de Tony, encajándole los dedos. Tony presionó sus dedos más profundamente y besó a Peter mientras la punta de uno de ellos rozaba algo muy familiar...
Peter siseó y mordió el labio de Tony.
—Haz eso otra vez —jadeó.
Tony asintió sin hacer preguntas. El labio le ardía y tenía un ligero sabor a sangre en la boca, pero eso no importaba; acababa de alcanzar a vislumbrar la cara de Peter gracias a la tenue luz azul que se filtraba por las persianas de la ventana, y todo lo que le importaba en ese momento era volver a provocar que Peter pusiera aquella expresión de éxtasis con los ojos enormemente abiertos.
El tercer dedo fue más difícil. Peter estaba apretando los dientes, claramente a causa de la incomodidad. Tony añadió más lubricante, lo intentó de nuevo y Peter pareció tomarlo mejor. Su miembro estaba volviendo a endurecerse. El lubricante le escurría a Tony por toda la mano hasta la muñeca. Lo besó y otra vez encontró su punto interior; con un suave gemido y una flexión de sus caderas, Peter se apretó contra él, su boca directamente contra la oreja de Tony.
—¿Vas a hacerlo... unh... planeas hacerlo algún día? —pidió sin aliento—. En serio, si continúas así, voy a... Voy a correrme otra vez.
Tony asintió, sacó sus dedos –apretando la rodilla de Peter cuando éste lloriqueó- y con su otra mano alcanzó la billetera que había dejado en la mesita de noche. De ella extrajo un condón. Acostado de manera despatarrada sobre la cama, Peter lo observó ponérselo, su pulso latiendo visiblemente en su pecho y con tanta confianza en sus ojos que Tony se sintió enfermo aun mientras se acariciaba él mismo y la lujuria bullía en su interior. No se había dado cuenta de lo mucho que deseaba eso hasta ese justo momento.
Peter torció el cuello para levantar la cabeza y poder mirar cómo Tony alineaba su erección contra él, pero Tony le peinó el cabello con los dedos y suavemente lo empujó hacia abajo, hasta apoyarlo en la almohada.
—Tú relájate —le dijo—. Yo me encargo. Si algo se siente mal, me dices, ¿de acuerdo?
Peter asintió. Apoyó una pierna en el hombro de Tony y con la otra lo envolvió por la cintura, acomodando su talón en su espalda baja. Olvidándose por un momento de lo que estaban a punto de hacer, Tony frunció el ceño.
—¿Estás... Estás seguro de que estás cómodo así?
—¿Sí? —Peter sonaba como si no comprendiera por qué Tony le preguntaba eso.
Éste suspiró con resignación.
—Eres demasiado flexible.
—Te encanta.
Tony sonrió de lado y lo agarró más firmemente de las caderas.
—Puedes apostar que sí. —Entonces se puso serio de nuevo—. Cualquier cosa que te duela, me dices. Si quieres que pare, sólo pídelo...
—Lo sé —dijo Peter con urgencia—. Lo sé. Sólo hazlo.
No más postergación. Tony lo besó, lamiendo el interior de su boca, y Peter se derritió en aquel beso con un suspiro, lo suficientemente distraído para que Tony pudiera deslizarse dentro de él.
Peter gimoteó y enterró las uñas en los hombros de Tony.
—Despacio... Más despacio...
—Sí, en eso estoy... shhhh... —En eso estaba, limitando su cadera para moverla lenta y cuidadosamente, ignorando los atronadores deseos de su cuerpo. Era difícil decir si los ruiditos que Peter emitía eran provocados por el goce o por el dolor. Y era imposible de ignorar cuan asustado sonaba. Tony acarició el muslo de Peter que tenía sobre su hombro—. Te tengo, te tengo...
Tony se empujó otra vez y el agarre de las manos de Peter sobre él se intensificó.
—Oh.
Preocupado, Tony se detuvo abruptamente.
—¿Estás bien?
Una pausa terrible, y entonces Peter se aclaró la garganta.
—Um... ¿un poco a la izquierda? —pidió en voz baja.
Tony obedeció y fue premiado con un grito, algo que era mezcla de placer y sorpresa. Le tapó la boca con una mano.
—Shh, no queremos que nadie...
Peter se quitó los dedos de Tony de encima para destaparse la boca.
—Si no continúas ahora mismo —dijo con voz vacilante—, te mataré.
Su espalda se arqueó con la siguiente estocada; Tony enterró la cabeza en el hueco entre el cuello y el hombro del chico, apretando la rodilla de Peter tan fuerte que seguramente le haría un moretón. Sus dientes rozaron piel y Tony percibió sabor a sal.
Peter era perfecto.
Con el esfuerzo que le estaba tomando conseguir un ritmo constante, Tony no se había dado cuenta de que Peter no dejaba de hablar hasta un minuto completo después, las palabras saliendo de su boca entre estocada y estocada.
—Más duro... más duro... sí, así... así... oh... mmm... oh... —No parecía existir ningún modo de callarlo, pero no era que Tony quisiera hacerlo de todas formas. El torrente de palabras se sentía, por alguna razón, un tanto reconfortante, como si eso le asegurara que él no estaba tomando a Peter con todas sus ganas y fuerzas sin tener consideración por los sentimientos del chico.
—Por favor... más duro...
—No quiero lastimarte... —comenzó a decir Tony, quedándose quieto. Pero Peter negó con la cabeza.
—Puedo detener un autobús con mis manos desnudas —dijo sin aliento—, ¿y tú crees que esto va a ser un problema? — Estaba demasiado oscuro para ver bien su rostro, pero Tony alcanzaba a vislumbrar lo suficiente para darse cuenta de que Peter tenía una expresión a la que no podía decirle que no. Ojos enormes y suplicantes—. ¿Por favor? —suspiró.
Tony relegó sus manos a las caderas de Peter y empujó otra vez, mucho más profundo que antes. Peter exhaló un pequeño grito y se quedó sin aire; con una mano, buscó la de Tony y entrelazó sus dedos con los suyos.
—¿Estás bien?
—No lo sé —jadeó Peter—. Pero será mejor que sigas haciendo eso para poder... descu... brirlo... oh... —Tony estaba aumentando la velocidad de sus penetraciones—... sí... sí...
Peter hizo un ruido desde el fondo de su garganta, algo mucho más ronco de lo habitual y mucho más ávido de lo esperado, ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.
Tony se inclinó hacia él y le lamió la yugular.
Resultó que sí existía una manera bastante simple de callar a Peter... y esa era follándolo hasta dejarlo sin aliento. A Tony le dolían los dedos que Peter no dejaba de apretarle, pero ese era un precio insignificante a pagar a cambio de los desesperados "ah-ah-ah" que el chico suspiraba justo junto a su oído, mientras que los resortes de la cama chillaban rítmicamente con los movimientos de sus cuerpos y la cama se ondulaba debajo de ellos.
Peter exhaló fuertemente contra su cuello estremeciéndose en medio de otro orgasmo. Entonces Tony se incorporó hasta quedar arrodillado, levantó a Peter tan fácilmente como a una muñeca, lo estrechó entre sus brazos y permitió que el chico envolviera su cuello con sus brazos laxos y le rodeara la cintura con sus piernas. Tony sintió el orgasmo elevándose en su interior un minuto completo antes de que sucediera, con el aliento de Peter contra su cuello, no emitiendo ya los ruiditos que anteriormente lo habían estado volviendo loco. Ojos vidriosos y boca abierta. Estaban perdiendo el ritmo; Tony le dio una estocada torpe pero más profunda que todas las anteriores y Peter sollozó, acurrucando la cara contra su cuello y enterrándole las uñas en la espalda. Los rasguños ardieron calientes y helados al mismo tiempo.
Tony cerró los ojos y clavó los dientes en el hombro de Peter.
Al terminar, se quedaron acostados en silencio lado a lado en la cama, apretados el uno contra el otro debido al ridículo tamaño de ésta. Peter boca arriba, Tony boca abajo. El pecho de Peter subía y bajaba con brusquedad mientras él jadeaba y se llevaba una mano al cabello.
—¿Cómo estás? —murmuró Tony.
Peter asintió.
—Bien. —Se veía tan pequeño ahí acostado a su lado, todavía incapaz de recuperar el aliento. Tenía los ojos húmedos.
—Deberías tomar una ducha —le dijo Tony—. Mañana vas a estar adolorido.
Peter se levantó hasta quedar sentado, frunció el ceño y se pasó de nuevo una mano por el cabello. Tony se sentó junto a él y le puso una mano en la espalda.
—Tómate tu tiempo.
—Tenemos que encargarnos de esto... —dijo Peter y señaló débilmente hacia el cobertor de su cama, el cual estaba completamente húmedo y manchado.
—Yo lo haré —le aseguró Tony—. Tú vete a duchar y luego te vienes a dormir.
Asintiendo, Peter se levantó de la cama y se quedó congelado, casi tambaleándose. Tony no podía verlo a la cara, pero podía adivinar cuál sería su expresión.
—Despacio —le aconsejó—. Probablemente te cueste caminar durante un día o dos.
Peter se agachó cuidadosamente para levantar sus bóxers.
—Valió la pena —dijo y se alejó renqueando por el corredor hacia el baño, apoyando una mano en la pared para sostenerse. Unos segundos después, Tony escuchó el agua correr.
Puso el cobertor en el ciclo de tres minutos en la lavadora. Luego tiró el condón en un cesto que estaba junto al escritorio de Peter, cubriéndolo con un puñado de pañuelos desechables para esconderlo. Se estaba abotonando la camisa –después de haberse limpiado la espalda porque Peter le había sacado sangre- cuando Peter salió del baño con el pelo chorreando agua y los bóxers tan flojos que exhibían los prominentes huesos de sus caderas.
—¿Ya te vas? —preguntó soñoliento, apoyándose contra el marco de la puerta.
—Al menos que estés preparado para darle un montón de explicaciones a tu tía.
Peter entró al cuarto y estiró el cuello para darle a Tony un beso en la comisura de la boca.
—Necesitas dormir —murmuró Tony.
—Siempre lo necesito —dijo Peter, quien parecía demasiado exhausto para discutir. Los resortes de su cama volvieron a hacer ruido cuando el chico se acostó otra vez, tirando de Tony con una mano y arrastrándolo con él. Tony se sentó a su lado y pensó en la manera en la que el chico le había tomado la mano hacía un rato justo antes de follarlo hasta casi dejarlo sin sentido, e inmediatamente empujó el pensamiento a un lado.
Peter le lamió la punta de los dedos, se los dobló hacia delante y le mordisqueó gentilmente los nudillos. Con un suspiro, dejó caer la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos. Tony le acarició el cabello y trató de recordar qué había estado haciendo de su vida hacía quince o dieciséis años. ¿Construyendo su compañía, quizás? Las sienes estaban comenzando a dolerle. Bajó la cabeza hasta apoyarla en la almohada del chico, lo suficientemente cerca de él como para rozarle la nuca con sus labios. Peter tenía que haber sido muy pequeño cuando Tony le reveló al mundo que él era Iron Man.
El reloj digital en la mesita de noche le informó con números en brillante rojo LED que ya eran las ocho con quince.
Se preguntó qué estaba haciendo.
La respiración de Peter se había vuelto regular. Tony usó los dedos para acariciarle el hombro hacia abajo hasta su brazo y le dio un beso en la nuca. Peter olía levemente a champú de pino y bastante más a sexo. Sin despertarse, se acurrucó contra Tony y éste le dio un cuidadoso beso detrás de la oreja derecha.
Esperó hasta que finalizara el ciclo de secado del cobertor. Lo sacó de la máquina todavía tibio y se lo puso encima a Peter –despertándolo brevemente: el chico emitió ruiditos de agradecimiento por el calor de la prenda, frotó la mejilla contra la mano de Tony y volvió a hacerse un ovillo. Entonces, Tony emprendió rápida retirada hacia su auto en el estacionamiento del edificio siguiente antes de que el pánico lo sobrepasara completamente.
Avemaría, avemaría, avemaría.
