Los matrimonios concertados entre familias pudientes de sangre pura, nada tenían que ver con el amor u otro tipo de sentimientos. Sus fines eran concretos; preservar el linaje y hacer alianzas convenientes. Ambas cosas solo eran posibles ante la consumación del matrimonio y el aseguramiento de un vástago al poco tiempo de efectuarse el enlace.

Sin importar lo convencional de estos tratos y la frecuencia con la que se realizaban desde tiempos remotos, no eran pocos los jóvenes que se resistían a llevar acaba los convenios. Bien pudieran aceptar enlazar su vida a la de otra persona por medio del conveniente contrato, incluso hacer los votos correspondientes y los hechizos vinculantes, pero de ahí a consentir un acercamiento mas profundo, había un mundo de diferencia.

En tales casos se recurría a otro tipo de métodos que aseguraran aun en contra de los deseos de la pareja no solo consumar el matrimonio, sino asegurar al menos un producto de dicho encuentro. Quizás por eso las familias nobles solían tener solo un hijo.

Los medios empleados eran bastos y variados, algunos mucho más espeluznantes que otro. No eran temas que se pudieran tocar o hablar con libertad, sin embargo, no eran pocas las historias donde alguna joven de buena familia fue violada por su marido la noche de bodas. El uso de pociones como el Amortentia o formulas afrodisiacas, también se empleaba con mucha frecuencia en los recién casados, ya fuera por uno de los conyugues que estuviera mas dispuesto o por los mismos familiares.

El uso de maldiciones como el Imperio que podía someter la mente para controlar a la otra persona, se erradico casi por completo cuando ese tipo de hechizos fueron prohibidos, lo que no quería decir que desapareciera completamente, pues dentro de las paredes de las enormes mansiones se utilizo por algún tiempo más.

Con el tiempo los métodos buscados se volvieron mas civilizados, por llamarles de alguna manera. Los abusos eran reprobados por el mismo círculo social que había promovido tales prácticas.

Fue entonces que buscando métodos menos controversiales, surgieron gemas cuyas cualidades eran bien valoras. Joyas encantadas trabajadas por duendes con magia ancestral bajo ciertas condiciones astronómicas que les daban cualidades únicas, que proporcionaban a cada pieza la particularidad de estimular el vínculo mágico matrimonial.

Los rubíes eran las gemas por excelencia para ser empleados para dichos fines, no solo resultaban un afrodisiaco intempestivo para las parejas, sino que anulaba cualquier método de anticoncepción que pudieran utilizar cualquiera de los conyugues a escondidas de su pareja o familia, para asegurar la pronta concepción y con ello perpetuar su descendencia.

Dichas joyas no eran comunes, de hecho en la actualidad existían contados ejemplares. Ya no era posible conseguirlas, mas aun la variedad de rubí color rosado, que de por si era una verdadera rareza de su clase, quizás el mas potente y efectivo de todos por que influía no sola al portador sino a su pareja tomando como catalizador las alianzas de boda.

No era de extrañarse que la familia Malfoy poseyera quizás el último ejemplar de ese tipo, que había sido heredado desde tiempos inmemoriales y empleado algunas veces cuando se presentaba alguna resistencia en las parejas.

Consentir la intimidad no era desear, sin embargo cuando existía el deseo y se empleaba la gema los efectos eran otros distintos. El rubí no produce el amor verdadero, como tampoco existían ninguna poción o hechizo que pudiera crear el sentimiento real. Este solo estimula la necesidad de un acercamiento, el deseo de consumar sus pasiones y con ello asegurar la procreación a cualquier precio.

Lucius no era ingenuo, sospechaba que había mucho mas en el matrimonio de su hijo con Granger de lo que admitían. No se quejaba, después de todo fue un golpe de suerte que la eligiera precisamente a ella, por lo que le tenía sin cuidado las formas que empleo su vástago para lograrlo.

Quedo en evidencia que en los planes de ninguno de los dos había un hijo, lo que echaba por tierra todos los planes de Lucius de mejorar su casta, con la sangre fuerte y renovada de su nuera.

Si algo distinga al patriarca de la familia Malfoy es que no le gustaba esperar, su paciencia era poca y cuando se trataban de cuestiones tan importantes como su línea sanguínea se tomaba las cosas bastante en serio, prefiriendo actuar antes que esperar que las cosas tomaran su propio curso.

Sabia de las consecuencias, del riesgo que estaba tomando si se enteraban sobre la existencia de la joya y como había ido a parar a manos de Hermione, pero estaba dispuesto a correr el riesgo, aunque se aseguro de reducirlo al mínimo.

Conociendo los efectos de la joya sabía que quien la portaba no percibiría su influencia, su nuera estaría cegada a sus efectos, incluso posiblemente olvidaría que llevaba el anillo de rubí. Lo mismo ocurriría con su pareja, Draco sentiría en carne propia sus efectos en su libido y deseo mas fluiría tan natural que no sospecharía que algo mágico le estuviera afectando.

Cuando el primer niño Malfoy-Granger naciera evaluaría retirar el anillo o esperar un poco mas para un segundo o tercer vástago. Ni el mismo Lucius sabia con certeza si deseaba que por primera vez los Malfoy fueran tan numerosos como los Weasley.

. . .

Nublada por su deseo salió desnuda del cuarto de baño, el fresco de la noche la hizo temblar y erizo todos los bellos de su piel. Culpo al clima, pero lo cierto era que apenas sus ojos se conectaron con el gris tormenta en la mirada de su esposo, sintió la energía eléctrica fluyendo a través de ella, corriendo por su torrente sanguíneo, pero tambien por las terminaciones nerviosas de su piel, como si una marabunta de hormigas la recorrieran palpo a palmo, desde la punta de los pies hasta el ultimo cabello.

El calor se expande como si tuviera vida propia, se siente sofocada y el placer que produjo en su cuerpo al tocarse seguía latiendo en su intimidad húmeda, como una necesidad no satisfecha.

Arrobada por su presencia camino a su encuentro sin dejar de mirarle, disfrutando de el color mercurio de sus ojos y la oscuridad de sus pupilas dilatadas que parecía comenzar a cubrirlos. Se sentía observada y lejos de sentirse avergonzada como solía hacerlo bajo el escrutinio de Draco, se sintió hermosa y femenina.

La urgencia estaba latente en su cuerpo, agitando su respiración, mirándole con un hambre primitiva y voraz que prometía no saciarse con facilidad. Las alianza en sus manos brillaban con un candor tenue, finos hilos rojos parecían enredarse en ellos, mientras que el anillo de rubí rosado irradiaba un calor envolvente que Hermione no percibía.

-¡Bienvenido! –Dijo con voz melosa y desconcertante, haciéndolo sonreír de manera torcida.

-Deberías darme siempre esta bienvenida. –Acomodo uno de sus rizos tras su oído.

Las vibraciones de su voz ronca y profunda, fueron recibidas en la sensibilidad de su oído como una sacudida intensa que hizo contraer con fuerza su bajo vientre.

Hermione estiro su mano acunando la mejilla pálida de Draco con ella, mimándolo en una suave caricia que hizo que se sacudiera un sentimiento aun mas fuerte que el deseo en el cuerpo de su esposo, ternura.

Se inclino para besarla, posando sus labios sobre los suyos, saboreando su sabor. Entreabriendo los labios le dio acceso a su lengua que danza a la par de la suya, tocándose, disfrutando de la evolución, de cómo sus manos se enredaron en su nuca, antes de bajar en caricias lánguidas por sus hombros y espalda.

No se detuvo, sin prisas, pero con la necesidad envolvente comenzó a desabotonar su camisa, con una fluidez y seguridad antes desconocida. Alentado por su iniciativa y su propio deseo comenzando a volverse insoportable le ayudo a despojarse de su ropa hasta quedar a la par de su mujer, desnudo.

A pesar del deseo, del calor consumiéndoles el alma y el cuerpo en un fuego de tortura, sus manos buscaban reconocer su desnudes, palpar sus ansias, tocar su piel con tal afecto que los estremecimientos no eran poco, ni el sofoco o el latir frenético de sus corazones.

Respiraban superficialmente, sus cuerpos calientes al tacto se rozaban, aferrados en un abrazo apretado, los pezones sensibles y erectos de Hermione se frotaban a los pectorales firmes de Draco, sintiendo con cada roce la tempestad y el goce que cada ínfimo toque despertaba en ella.

No podían mas con la espera. La alzo haciendo que enredara las piernas a sus caderas. Intoxicados por los besos, por la ferocidad de sus labios, lenguas y dientes, excitados como dos seres que son puro instinto, ni siquiera llegaron a la cama. La empotro en la pared mas cercana con demasiada necesidad para ser suave, pero lo suficientemente cuidadoso para no lastimarla.

Entro en ella, ahogando un gemido gutural. Su estrecha humedad le dio la bienvenida llevándolo al borde, haciendo que tuviera que contenerse para no venirse ahí mismo. Todo era intenso, envolvente, como si fueran la extensión de uno mismo y pudieran sentir el doble.

No ayudaba mucho para mantenerse cuerdo escucharla gemir a su oído o sentir su lengua lamer su cuello antes moverse de nuevo y morder su hombro. Sus largas piernas se enredaban con fuerza a su cuerpo.

-¡Aaah! –Gime de nuevo cuando sale un poco y vuelve a envestirla profundamente.

Es la gloria y el infierno, sentir su falo tan dentro en su intimidad, expandiendo sus carmes. Es enorme y es suyo, le cuesta ser desinhibida pero se siente tan febril que se abandona y deja de pensar, limitándose a sentir, la vergüenza no es nada comparado con su necesitad.

-¡Draco! –No solo es su nombre, sino la manera en que la que gime al pronunciarlo lo que infla su pecho. -¡Por favor! –Suplica enterrando sus uñas en su espalda.

-¿Qué quieres Hermione? –Pregunta con una sonrisa ladeada e incitante, buscando sus ojos que mantiene firmemente apretados. -¡Mírame! –Ordena.

Obediente abre los ojos y es ver el fuego danzando en sus pupilas lo que lo aniquila. La besa con fuerza casi de manera salvaje, presa del mismo fuego.

-¿Qué quieres? -Pregunta sobre sus labios sin parar sus embestidas.

-A ti. –LE dije jadeando apretando todabuenas las piernas, casi estrangulándolo, a su vez con ese movimiento hace que se estrechen mas sus paredes intimas.

-¡Joder! –Grita sintiéndose el mismo en el borde. Es demasiado incluso para un experto amante como el.

Más se repone y embiste con tal intensidad que esta seguro que al día siguiente tendrán moretones en las caderas. La coge con fuerza, enterrando sus dedos en las redondas nalgas, siente su humedad escurriendo por sus piernas. No tiene clemencia, ni calma, le da lo que pide. Todo de el.

Su pelo salvaje enmarca su rostro agónico por un orgasmo que esta a punto de llegar, se ve preciosa con sus mejillas rojas y sus ojos brillantes mirándoles con tantos sentimientos que trata de engañarse para creer que entre todos ellos, también hay amor, que empieza a quererle.

Ese pensamiento es un aliciente intenso que lo sacude. Bombea cada vez mas aprisa, sin dejar de degustar también sus labios y la piel a su alcance, marca su hombro derecho, como ella ya a marcado el suyo.

Así, siendo consiente del cambio de sus pensamientos y el deseo verdadero de amarse mutuamente se deja ir, en un orgasmo violento llevando consigo a Hermione al mismo abismo en una ultima y profunda embestida.

-¡Draco! –Gime de nuevo su nombre llegando al orgasmo.

Aun dentro de ella camina hacia la cama, recostándola y cubriéndola con su cuerpo. Sus respiraciones son erráticas.

Los hilos que iluminan sus alianzas siguen brillando de manera intermitente a la par de latido de sus corazones. Mientras que el rubí rosa es cálido.

Draco gira con Hermione encima, sin dejar de acariciarla. Sus manos trazan un camino perezoso por la curva de su columna vertebral hasta sus nalgas antes de ascender de nuevo para seguir hasta su cuello, enredado sus dedos entre sus hebras suaves de color marrón, haciéndola suspirar y sonreír.

Los sentimientos que en esos meses han ido construyendo se afianzaron lo suficiente para hacer que los efectos del anillo fueran más intensos. Nunca antes se había empleado ese tipo de gemas en relaciones hechas con genuino afecto. Por mucho que ambos se resistieran en admitir sus sentimientos estos ya existían y tomaban mas fuerza entre mas tiempo pasaba e iban conociéndose.

Hermione no dejaba de mirarle, de admirar cada detalle de su rostro, la cuadratura de su fuerte mandíbula, la línea recta de su nariz, tenia unas tupidas pestañas que apenas se notaban por su pálido color pero que enmarcaban perfectamente sus ojos grises. Arrobada por masculinidad beso sus labios, antes de colocar un suave beso sobre su corazón, deseando por primera vez de manera consiente que fuera suyo y no de Ginny.

Se incorporo sobre el, acomodando las piernas a cada costado del cuerpo de su amante, todavía admirando su cuerpo que parecía esculpido en mármol, la fibrocidad de sus músculos era un deleite para la vista, merecían ser admirados y tocados. Se inclino apartando sus rizos para besarle de nuevo primero en la mandíbula, haciendo después un recorrido húmedo por su cuello y clavícula.

El calor resurgía de nuevo en sus sistemas, presente como la intoxicarte necesidad de saciarse mutuamente. Las manos moldeaban sus carnes armando su deseo entre caricias y besos húmedos. Mas había un cambio ya no eran la tormenta, eran la calma a pesar de que el deseo era el mismo.

Hermione se empalo lentamente entre suspiros con la atenta mirada de Draco, quien admiraba la desnudes de su torso, el vaivén con el que se mecían sus pechos. Cuando hecho la cabeza hacia atrás disfrutando, admiro su bello cuerpo tan hermoso, tan hecho a su medida, tan distinto a cualquiera que hubiera tomado antes.

Una de sus manos afianzo sus caderas, mas la dejo seguir su propio ritmo, que armara lentamente su orgasmo y el de él mismo. La otra la coloco sobre su seno izquierdo, percibiendo con las yemas de sus dedos los latidos de su corazón. No era solo sexo, era la intimidad que estaba alcanzando juntos, la necesidad no solo de saciarse, sino de complacer al otro en todos los sentidos.

Hermione era perfecta con sus imperfecciones, calzando a su medida dentro y fuera de la cama, era su Venus de castaños cabellos y carácter férreo, una heroína, su mujer, su amante, su amor.

Cuando sus ojos color miel le buscaron, noto no solo el fuego de antes, entre sus pupilas brillantes tintineaba algo que no supo identificar.

Se amaron lento, con un deseo entumecido e infinito, con la torturante necesidad de tenerse y saciarse con afán y sin prisas.

Ningún hechizo anticonceptivo se formulo en sus encuentros y las pociones pronto quedarían en el olvido.