Capítulo 2 Karma

Misterios, mitos y leyendas urbanas

El encantador de almas

Hace unas semanas recibimos la carta del señor Masao Mori. Él nos narra la historia del misterioso hombre que hechiza a sus oyentes a través de las notas musicales que emite su violín. Con libreta y bolígrafo en mano, viajé a Shinsekai para la entrevista.

El señor Masao, nos describe a un ser fantástico. Un hombre alto, de cabello platinado, ojos grandes y claros. Masao lleva diez años trabajando en esta zona, lo extraño es que, El mítico violinista, ya tocaba en estas calles mucho antes de que él llegara. Desde que lo conoció, jura que no ha envejecido, ni siquiera un poco.

Tres semanas después, lo encontré a un costado del establecimiento de Masao.

Personas caminaban con su bebida caliente en mano, otros miraban los escaparates, algunos más realizaban sus compras o simplemente recorrían la calle que los conduciría a su destino, ignorando su fantasmagórica presencia. Solo aquellos que lo han escuchado advierten de su llegada. ¿Será que las almas adictas a su música… lo sienten venir?

El violinista no mira a su alrededor. Nada más le importa que el violín en sus manos. Luego, se lo coloca en posición, cierra los ojos y al abrirlos toca las primeras notas, y no es hasta que los cierra nuevamente qué da inicio a su mágica interpretación.

Un grupo de jóvenes escuchan las primeras notas y se detienen a observarlo. Mientras que otras giran sus cuellos para mirar atrás. Tal vez, si no tuvieran prisa por llegar a su destino se quedarían a escuchar. Sus miradas curiosas lo dicen todo.

«Caprice N°24 de Paganini», fue la primera interpretación. Mi experiencia habla de un ser mágico, que hipnotizó, sedujo, y se metió en el alma de cada oyente. Estrujándola y acariciándola en los momentos exactos. Produjo sentimientos y sensaciones que hacían vibrar cada parte de nuestra alma, como un maremoto arrasando todo a su paso. Cada movimiento suyo, era ver una parte de la pasión contenida por la desgracia.

El comienzo fue divertido y apasionado, mostró un pedazo al mundo de su verdadero ser. Un pagano, que vive entre el cielo y el infierno; en un estado de espera eterna. Y más…

El público improvisado aplaudió, algunos vitorearon, otros más dejaron monedas y billetes. Una sola interpretación y tenía más audiencia que un grupo de chicos que tocaban los tambores, minutos antes, en la otra esquina. Al notar que su público los abandonaba para ir con el violinista, pararon su música y escucharon también.

Sí. Él posee un poder hipnótico y encanto sobrenatural. Pero, ¿realmente no ha envejecido? ¿Será un Ángel caído?...

Por Kagome Higurashi.

Odiaba la manera en que su nuevo jefe la miraba, odiaba la oficina porque el maldito color rojo la irritaba, odiaba a sus compañeras de trabajo que la miraban peor que a la escoria. Odiaba el maldito café que se derramó en su blusa a causa de un idiota que no miró por donde iba. En conclusión, odiaba a la vida. Había sido una semana pesada y terrible. Aun no se recuperaba del golpe a su orgullo, no aceptaba el cambio y lo peor, no aceptaba que su pasado se hubiese estrellado con ella de manera cruel y triste.

A una calle de llegar a su departamento, vio en la entrada del edificio al dueño charlando con el administrador. Mordió su labio inferior y se ocultó en un callejón utilizando las sombras de la noche para pasar desapercibida. Con el adeudo de tres rentas, no podía simplemente entrar al edificio como si nada.

Recordó, cómo inició su mala racha económica. Todavía sentía hervir su sangre por lo idiota que fue, al creer que podía enamorarse de nuevo, peor aún de Kazuo. Cerró los ojos y no pudo evitar recordar esa tonta y trágica historia.

Todo comenzó cuando escuchó a sus compañeros de oficina hablar de un nuevo «pub», cerca del trabajo. Hastiada de estar sola, decidió salir a conocer el lugar y tomar una copa. Se dio una ducha rápida y se puso un vestido negro que se pegaba a su cuerpo, como una segunda piel, era tan corto que deberían prohibirlo por detener el tráfico. Las zapatillas eran altas, tanto que corría el riesgo de romperse un tobillo si tropezaba con una piedra, aun así, a ella le encantaban porque la hacían sentirse bella y sensual.

Llegó al lugar cerca de la media noche y se sentó en la barra sin mirar a nadie en particular. No faltaban los hombres que deseaban una aventura sin compromiso. Kagome no los buscaría, serían atraídos por sus piernas largas y sensuales.

No pasó demasiado tiempo para que un hombre que le doblaba la edad le invitara una copa. A pesar de su madurez, era un hombre atractivo. Hace mucho perdió el interés por los hombres jóvenes que le recordaban tanto a Inuyasha. Había sido tan impetuoso e idealista, que era una completa fascinación. Y ella no quería fascinarse de nuevo. ¡Dolía tanto! Así que el hombre fue perfecto hasta que se topó con su mano izquierda. Tenía la marca del anillo nupcial que seguramente retiró antes de ir en busca de una aventura. Kagome, lo rechazó de inmediato.

—¡No! Muchas gracias. —Pero él había notado sus ojos puestos en su mano. En respuesta le sonrió cálidamente.

—Soy divorciado… —Mencionó con nerviosismo y luego añadió—: desde hace unas semanas. —Ella le miró asombrada, había sido demasiado obvia y la verdad tampoco era que le importara, en realidad—. Creo que eso tampoco es una buena referencia.

El hombre sonrió nervioso y Kagome vio, que tenía una bonita sonrisa que hacía juego con sus ojos castaños.

—No me interesa su vida. ¡Estoy esperando a alguien!

—Entiendo —dijo el hombre con un tono desilusionado sin perder la sonrisa que ahora no llegaba a sus ojos. Era una sonrisa de aceptación y desesperanza. Notó la joven a su lado.

Él no se retiró, tampoco insistió. Su rostro pensativo y melancólico, la hizo rodar los ojos y resoplar. Algo poco femenino. Ella tenía debilidad por las almas perdidas.

«¡Mierda!» maldijo en su mente Kagome.

—¿Por qué el divorcio? —La curiosidad venció su razón, notó.

—Soy adicto al juego.

—¡Oh! Definitivamente no sabes dar buenas referencias de ti.

—Se debe a que he estado fuera del galanteo y de la conquista por muchos años. Amaba a mi esposa, pero… el juego —mencionó con pena y suspiró mientras negaba con la cabeza pensativamente—… Estoy asistiendo a pláticas y todo eso. Podría decirse que llevo limpio… tres meses. —Señaló haciendo comillas con sus dedos.

—Solo busco sexo casual —advirtió Kagome.

El hombre sonrió.

—Yo necesito distraerme o terminaré en algún casino y eso no es una buena idea, sobre todo para mi cartera.

Ambos se miraron, dos almas solitarias con necesidad de una distracción para olvidar. Kazuo, tomó la mano de la mujer castaña y mucho más joven que él.

Fueron al departamento de Kagome. Ella pensaba que si algún día se topaba con un psicópata y la asesinaba no quería terminar en un sucio cuarto de hotel. No podía hacerle eso a su madre.

El hombre de casi un metro con ochenta centímetros la levantó del piso con facilidad y la llevó hasta la habitación que le indicó. Cuando ella le retiró el saco y la camisa, le sorprendió ver un cuerpo que no envidiaba nada a un joven de veinticinco años, su piel morena contrastaba con la suya que era pálida.

Sin poder evitarlo acarició con delicadeza su pecho y abdomen con manos temblorosas. Luego le retiró los pantalones y el bóxer, descubriendo su sexo. Se mordió el labio inferior por el deseo, hacía tanto tiempo de su última aventura que las sensaciones eran más que fuertes. Él la besaba con pasión, aunque sus caricias eran sutiles; a pesar de que tenía manos grandes y rasposas. Estaba sorprendida de lo bien que la hacía sentir.

El sexo con Kazuo, fue sin duda, una de las mejores experiencias que había tenido. Bien decían que un hombre mayor no necesitaba la vitalidad de un joven, el siempre ganaría en experiencia.

—¿Fue bueno? —preguntó mientras observaba su perfil, ella mantenía su mirada en el techo de la habitación con la mente muy lejos de él. Kagome le sonrió, mientras que fingía evaluar su desempeño…

—Sí, fue bueno. Muy bueno, la verdad. ¿Repetimos?...

Suspiró volviendo al presente, miró de nuevo hacia el inmueble y se encontró con que el par de hombres se habían ido. Caminó hasta el edificio y entró. Vio a sus lados en busca de sus acosadores, al no encontrarlos por ningún lado, corrió por las escaleras hasta llegar a su piso. Jadeando, nuevamente corrió hasta su puerta, la abrió y entró rápidamente. Soltó un suspiro de alivio por encontrarse a salvo de cobradores.

Recargándose en la puerta, echó un vistazo a su departamento y de inmediato se arrepintió, tenía ganas de llorar. Trabajó y estudió al mismo tiempo. Ahorrando todo lo que podía para independizarse. Amaba a su madre, a su hermano y su abuelo, pero el santuario la asfixiaba; tenía que huir de su vida pasada y de la melancolía de no poder volver a la era feudal. Porque el pozo no se lo permitía. Su nuevo hogar, sin duda fue su primer logro. Rentó el departamento después de graduarse de la universidad.

Cuando llegó al sur de la ciudad de Osaka, el terror la inundó, había dejado a su familia para perseguir su sueño infantil. «¡Quiero ser como mi papá!», le había dicho a su madre cuando su padre murió; pero sobre todo para cumplir la promesa que le hizo a su madre de continuar y buscar su felicidad en el presente.

Los primeros meses de su regreso había estado tan deprimida que una noche intentó quitarse la vida. Sí, así de mal estuvo. Su madre la encontró inconsciente en el piso del baño, su intento de suicidio con ingesta de pastillas para dormir puso en alarma a toda la familia. Tristemente su hermano pequeño la trajo a la realidad. La hizo ver lo estúpida y egoísta que fue al ignorar el sufrimiento de su madre. Ella prometió olvidar y seguir viviendo.

Por ella, por su madre y por Inuyasha. ¿Cuántas veces arriesgaron su vida para salvarse mutuamente? Él no desearía que la tristeza se llevara lo que él había protegido con tanto fervor. Ella tampoco deseaba que él muriera por algo tan trivial como la pena. Quería creer que al final, encontró la felicidad y que ella también lo haría.

Trabajó duro para amueblar su hogar. Su madre había querido ayudar, sin embargo, no podía permitirlo. No lo sentía correcto. Tenía que hacerlo sola, debía crecer por fin. Cada cosa comprada era una batalla ganada, su departamento era su orgullo. No era un lugar grande o lujoso, sin embargo, era suyo y le encantaba. Pintó las paredes de blanco, puso un sofá para sus visitas y un mueble para la televisión, colocó varias repisas para sus libros favoritos y algunas fotografías de su familia con fondo del santuario.

El ventanal que daba la vista a la ciudad le servía de inspiración cuando escribía algún reportaje. No necesitó un comedor, la barra de la cocina era suficiente. La cocina, aunque con cochambre en exceso le gustaba. Ocupó un fin de semana para lograr limpiarla y darle unos retoques a los muebles de madera con pintura en aerosol color caoba. La recamara era espaciosa y al igual que la sala, la ventana daba su buen espectáculo. Estaba feliz con sus logros. El armario era demasiado grande para su poca ropa, en ese entonces había sido promovida y esperaba un mejor sueldo para gastarlo en ropa bonita.

Pero un día todo había desaparecido con el hombre que le dijo que la amaba. En ese momento se sintió terrible, porque era imposible para su corazón regresar el sentimiento. Hoy, agradece no haberse enamorado de ese adicto al juego, ya que estaría aún más destrozada y decepcionada. Tal vez no lo amaba, sin embargo, se había ganado su cariño. No en vano habían compartido su vida y su tiempo por más de dos años.

Kagome, soltó a llorar porque se había acostumbrado a su compañía, a los fuertes brazos llenos de calidez y ternura que la sostenían cuando hacía frio, cuando por las noches se despertaba jadeando y aterrada, gritando «¡No te vayas Inuyasha!». Nunca le preguntó, quién era ese al que llamaba con desesperación en sueños. Aprendió a no odiar su sonrisa tierna, esa que la recibía cada mañana al despertar y que la hacía sentir una mierda, porque era tanto lo que él le daba y poco o nada lo que ella devolvía. Sus platicas objetivas y a sus consejos, cuando no estaba segura de cómo actuar. Tal vez si ella le hubiera mentido. Él no se hubiera ido.

Con sus cosas.

Joji miraba con incredulidad a la joven frente a él.

—Me puedes decir… ¿qué es esto? —preguntó, desviando la mirada hacia el contenido de la hoja en sus manos.

—Mi nota —respondió Kagome con tono aburrido.

—No. Esto es basura.

—Deséchala Joji y te arrepentirás cuando alguna otra revista la publique.

—¿Qué? —preguntó Joji, asombrado por el valor de la mujer para retar su autoridad.

—Ese hombre tiene talento, además piensa esto… Dos notas en una sola edición. La primera completa, la segunda —dijo señalando la del violinista—, una serie que mantendrá al público expectante y deseoso de comprar el siguiente número.

—¿Tú qué sabes si es bueno o no? Solo es un pobre indigente con sueños frustrados. ¡Un fracasado!

Joji arrojó la hoja tan fuerte que terminó en el piso frente a los zapatos de Kagome. Ella oprimió su quijada al ver su trabajo repudiado y se mordió la lengua para no insultarlo. En cambio, preguntó:

—¿Has escuchado del hombre que era locutor en la radio de su localidad en su juventud? —Joji levantó una ceja—. De acuerdo, creo que no. El joven cayó en el alcoholismo y las drogas, perdió todo, convirtiéndose en un indigente. Años después, se rehabilita; pero sabiéndose poseedor de una gran voz, el hombre se cuelga un letrero en su pecho. Se postra en un semáforo y espera a que la gente le pida que hable para demostrar si el realmente fue tocado por la mano de Dios con una voz única. Un reportero escuchó sobre él y… ¡Oh! ¡Sorpresa! Hoy trabaja para la NFL como locutor. ¿Te imaginas ser el descubridor de un hombre que pueda convertirse en el mejor violinista del mundo?

—¿Me estás hablando de un americano? Olvida eso. No es un mito y mucho menos un misterio…

—Convertirlo en algo de eso, es obviamente, nuestro trabajo —debatió entrecerrando los ojos—. Hideo me daría la oportunidad.

—¡Sí, por eso estas aquí! —se burló Joji.

—Y no en la calle pidiendo trabajo. —Kagome, adoraba sacarlo de sus casillas.

Joji, sabía que no se desharía de ella tan fácilmente y tampoco podía despedirla sin justificación. La miró a los ojos. Ella no le temía por supuesto. Tal vez por eso la deseaba en su cama, debajo de él o de espaldas atada. «¡Maldita seas!» la maldijo Joji, al sentir que su miembro comenzaba a endurecerse.

—Dos números y si no hay respuesta alguna, terminaré lo que Hideo no fue capaz de hacer.

Kagome sonrió dulcemente al hombre.

—No te arrepentirás. ¡Te lo prometo!

Sin embargo, a Joji no le preocupaba su fracaso, ella era buena con las palabras. Por lo que era totalmente seguro que la mujer urdiría algo grande con ese indigente. Sin embargo, Joji no iba a descansar hasta deshacerse de Kagome. Su pequeño y sucio enamoramiento con ella le había costado su matrimonio. La maldita perra no solo lo había rechazado, sino que lo puso en evidencia con su esposa. Ella lo dejó llevándose consigo la mitad de sus bienes y una pensión alimenticia absurdamente alta.

—Sabes que me darás el gusto de echarte a la calle, ¿verdad?

—Sabes que me darás las gracias, ¿no? —contradijo Kagome.

—Sal de aquí antes de que me arrepienta de darte mi autorización para publicar tu porquería de nota.

Kagome, salió de la oficina saboreando su victoria. Fue hasta su cubículo, tomó el saco de las últimas cartas que habían llegado y se dispuso a leerlas para escoger la siguiente nota. El siguiente lunes sería publicada la nota del violinista. Ése tenía que ser la noticia que le brindara un acenso en esa revista a cosas «más importantes», aunque, no podía hacerse demasiadas ilusiones. Ya que una revista de espectáculos, no era exactamente lo que la conduciría a una gran carrera como periodista de investigación.

Desganada, como era habitual desde que la habían cambiado de revista, tomó una carta al azar y descubrió que trataba de un antiguo hotel, donde al parecer rondaban presencias sobrenaturales. Debía acudir y realizar una investigación para sacar su segunda nota.

Llegó a Liebhaber Hotel, a las afueras de Osaka alrededor de las cuatro de la tarde. El hotel del amor, no parecía tenebroso por fuera, lo que la hizo sospechar que estaría perdiendo su tiempo. No podía comenzar su nota con su apariencia nada tenebrosa.

El administrador fue el autor de la carta. Un hombre delgado y con malos modales. Según había narrado a lujo de detalle en su carta, el caso trataba del asesinato de una mujer, un par de décadas atrás. Al parecer, el cuerpo fue hallado debajo de la cama. Degollado.

Las apariciones de la mujer se hacían al pie de la cama de las habitaciones y siempre dándoles la espalda a los inquilinos. Cuando estos se acercaban, ella giraba la cabeza mostrándoles su cuello rasgado y sus ojos inyectados de sangre.

—Puff, publicidad gratis —dijo Kagome en voz alta mientras entraba al hotel.

Se hospedó una noche en el hotel utilizando la tarjeta de crédito que la revista le había dado para sus viáticos. Una sonrisa de satisfacción surcó su rostro. Se imaginaba a Joji rojo de rabia cuando se enterara. No estaba ahí por la nota, sino porque no estaba dispuesta a desechar la oportunidad de vengarse por tirar su trabajo, como si fuera basura.

Se paseó por el hotel sin remordimiento, como si de un museo se tratara, todo era maravilloso y se podía respirar un aire tranquilo. Nada, no encontró ni una sola presencia, pero bien podía dejar todo a la imaginación, ¿no? Tal vez tomaría prestada alguna de las aventuras de Miroku, aquel monje libidinoso que vivió hace más de quinientos años, un timador en grande.

—¡Kagome! —el grito de Joji retumbó por todo el piso. Sus compañeros se giraron en su dirección, había una extraña mirada sádica en sus rostros. Todavía era la apestada. Nadie le hablaba y tampoco era como si ella se esforzara para hacer amigos.

Kagome tranquilamente levantó la vista de su ordenador, con calma se puso de pie, tomando el folder que contenía la reseña de su investigación del Hotel y caminó hasta donde se encontraba su jefe esperándola. Sí, ella sabía el motivo de su furia.

—Dime.

—A la oficina —dijo entre dientes, aún más molesto por no ocasionarle a la muchacha ningún temor. Ambos tomaron sus respectivos lugares. Joji la miraba queriendo perforarla y ella simplemente esperaba con paciencia —¿Qué significa esto?

Joji lanzó a Kagome el estado de cuenta que marcaba el cargo de la habitación de Hotel. Kagome, ni se molestó en tomarlo. Odiaba que le arrojara los documentos mientras que Joji gustaba de hacerlo. En cambio, colocó con suavidad frente a él la reseña de esa semana. Él la miró, pero al igual que ella había hecho con el estado de cuenta, no tomó la hoja y mucho menos la leyó.

—Dime que es tu renuncia.

—La reseña de esta semana. La del violinista quedará el viernes por la mañana.

—¿Valió la pena ese hospedaje? Por favor dime que te aterrorizaste tanto que no piensas hacer un reportaje más en toda tu miserable existencia.

—Por supuesto valió la pena el hospedaje. El Jacuzzi fue delicioso. Y bueno, no fue tan terrorífico después de todo. Así que utilicé un poco de imaginación, pero quedo perfecto.

Joji, asintió con recelo. Se miraron por otro tiempo, Kagome no pudo evitar batir sus pestañas y sonreír con coquetería. El hombre, casi una momia levantó una ceja sin inmutar la mirada de odio.

—¡Largo de aquí! —La echó de la oficina, ya no sabía si obsesionarse más con ella u odiarla.

Cuando el día terminó, tomó su abrigo y bolso dejando el saco de cartas que a su parecer no contenían nada interesante.

Caminó hasta la parada del autobús y esperó a que llegara. Cuando el transporte se detuvo frente a ella, subió de prisa, pagó y se sentó junto a una anciana que la miraba de forma muy extraña. Levantó las cejas e ignoró a la mujer perdiendo su mirada detrás de la ventanilla del trasporte.

La ciudad aún no se veía en vuelta en la noche, pero los cielos tenían nubes oscuras que anunciaban lluvia. Miraba el cansancio en el rostro de la gente que caminaba en las calles después de un largo y agotador día de trabajo. Cuando el trasporte se acercaba a la calle del puesto de Masao, se puso en pie y tocó el timbre para bajar en la siguiente parada. El resto del viaje lo hizo a pie.

Esperó por el violinista frente al carrito de Masao, ambos se saludaron con una sonrisa. El viejo era amable. Kagome, sacó de su bolso una cajetilla de cigarrillos, tomó uno y lo encendió. Observó a Masao atender a sus clientes charlando con ellos animosamente. Un hombre alto y moreno que se había acercado a preguntar por el precio de los postres le recordó al desgraciado jugador. Desvió su mirada de nuevo , entonces lo vio venir tranquilamente a lo lejos. El violinista. Observó con detenimiento su ropa. No había cambiado. Su cabello, su rostro sucio, esos ojos ocultos en su Kasa, su andar melancólico con pasos desganados. La periodista estaba segura de que, ahí había una gran historia trágica, alguien como ella que había vivido la tragedia podía ver la soledad y tristeza del alma a través de una mirada.

El violinista inició su interpretación bajo el viento frio, y los rayos iluminando el cielo.

Kagome siguió al demonio que intentó matarla hace mucho tiempo, a unos metros de distancia. La lluvia apenas era una brisa por lo que no la molestaba demasiado. Cuando ella dobló la esquina, él estaba aún más lejos. Así que corrió un poco más rápido para acortar la distancia, luego se detuvo cuando lo vio entrar a una librería. Caminó lentamente colocándose a un lado de la ventana para espiarlo. El demonio, estaba esperando, para tener un turno con la dependienta.

Kagome aprovechó el momento en que este estaba atento al cliente frente a él para escabullirse dentro del local. Se escondió entre los estantes. Tomó un libro y fingió leer su contraparte, mientras que, disimuladamente, observaba los movimientos del violinista.

La encargada de la librería era una anciana de unos setenta años. Cuando su mirada se cruzó con la de él, no hubo necesidad de palabras. El violinista sacó del bolsillo del saco un billete para depositarlo en el mostrador, la anciana le abrió la puerta, y él entró para dejar el violín en una vitrina.

Después salió de la librería sin cruzar palabra alguna con la mujer, a la anciana no le importó. Kagome, depositó el libro en su lugar y salió detrás de él sin mirar atrás. Lo siguió por varias calles. Por lo que intentó poner atención a los edificios y tiendas que pasaba para orientarse a su regreso. A lo lejos divisó a varias personas formadas. Parecían al igual que él, gente sin un hogar.

Se detuvo, cuando lo vio ponerse dentro de la fila esperando un lugar en el albergue. La lluvia caía más fuerte. De pronto la gente comenzó a dispersarse y su violinista también. Él no alcanzó un lugar para pasar la noche.

Nuevamente, dio inicio a la persecución de su objeto de investigación. Comenzó a caer granizo, él se resguardó al techo de una tienda de comida rápida, pero ella había quedado al descubierto por lo que solo atinó pegarse a la pared para cubrirse un poco de la lluvia y los trocitos de hielo.

Desde su posición podía observarlo sin problema, él, tenía su mirada puesta en los cielos torrenciales. Un hombre robusto se paró a su lado y, sacó de una caja de cartón un trozo de pollo frito y comenzó a devorarlo. Aún, desde la distancia el aroma de la comida llegaba hasta las fosas nasales de Kagome, o tal vez ella tenía hambre y se lo imaginó. Por un momento, ella creyó que el hambre, que seguramente debía tener el violinista, lo haría mirar al hombre y su pieza de pollo. No fue así.

Él permaneció impasible con su vista al frente. Le recordó tanto al antiguo Lord. El hombre regordete vio un taxi acercarse, corrió y levantó su mano para parar el coche. Tiró la caja de cartón y la pieza de pollo a medio terminar en un cesto de basura. Subió al coche y se fue. El violinista caminó —sin preocuparse de terminar empapado—, hacia el cesto. Sacó la caja de cartón y la pieza de pollo. De nuevo se refugió en el techo de la tienda y tranquilamente comenzó a comer. Sí, el violinista tuvo una cena esa noche.

Al darse cuenta de que él se las apañaba muy bien solo, en medio de la lluvia, decidió que era hora de volver a casa ya que sería ella la que enfermaría y no el violinista.

Kagome no supo exactamente qué sentir, lástima por aquel príncipe de las Bestias que ahora comía los desperdicios de seres tan inferiores, o satisfacción por verlo arruinado.

Llegó a su departamento empapada, el frio le calaba hasta los huesos y estornudó un par de veces antes de llegar a su habitación. Tomó un camisón blanco y fue a la ducha. Bajo el agua tibia, su temperatura subió. Más relajada ahora recordó la interpretación del violinista y cómo la había hecho sentir. Él la hizo sentir cálida y triste, y se preguntó: ¿cómo podía hacerla sentir algo, cuando él era un ser sin sentimientos?

Ya vestida fue a su escritorio, sacó del bolso la libreta de apuntes y realizó la segunda nota del Violinista Callejero. «¿Dónde pasará la noche?» Se preguntó varias veces. No es que él le importara, Sesshōmaru era malvado y si ahora estaba en esas condiciones seguro era por algo. Él fue el odioso medio hermano de Inuyasha, su enemigo número uno y por ende también, el de ella. Un antiguo aliado en la destrucción de Naraku, y por supuesto el objeto de su investigación y sin él, su nota terminaría.

Aunque no estaba segura cómo acabaría el asunto, a Sesshōmaru no le gustaría su exposición al mundo. Por otro lado, nunca fueron amigos, ¿qué más daba? Siempre él podía desaparecer, con sus poderes de demonio. Aunque eso parecía molestarle.

Recostada en su cama se preguntó por qué todavía no la había percibido o si lo había hecho ya, por qué no estaba muerta por ver su humillante destino.

Destino. ¿Era tan cruel?, o simplemente era el Karma; por todo el daño que pudo haber causado a los asquerosos Nigens