—¡Felicidades! —La voz de Hideo retumbó en los oídos de Kagome y luego sintió una apuñalada en su corazón.
—No sé de qué hablas —negó.
Kagome continuó su camino mirando de vez en cuando los autos que pasaban sobre la avenida buscando un taxi.
—¡Oh! Sí que lo sabes. Fingir no te servirá de nada. Es imposible que alguien olvide su fecha de nacimiento. Dime Kagome, ¿por qué odias tanto el día de tu cumpleaños?
Kagome frunció los labios, era evidente que Hideo no dejaría el tema si ella no se lo pedía.
—Por favor, no me gusta celebrarlo y mucho menos recordarlo —suplicó con un tono de voz cansado y ojos suplicantes.
—De acuerdo, de acuerdo. Algún día me lo contarás. —Hideo continuó caminando a su lado, tenía curiosidad y temor. Sí. Temor. El peligro parecía perseguirla a donde quiera que ella fuera—. ¿Qué es eso del violinista?
Kagome maldijo por dentro, lamentó que el viejo hombre la conociera tan bien.
—Mmm, Es el reportaje de un hombre que toca el violín y que, además, es un indigente —mencionó sin darle importancia al asunto. Pero, para aquellos que la conocían…
—¿Qué estás tramando niña?
—Nada —respondió mirándolo a los ojos y con una tenue sonrisa en los labios.
—Todavía sigues molesta, ¿verdad? —preguntó mientras levantaba el mentón de la chica con su dedo índice.
Kagome no pudo evitar perderse en su mirada oscura, era tan extraño que el hombre la leyera tan fácil.
—Joji, me odia. Solo espera un error para deshacerse de mí —dijo con voz quebrada.
—Pero le estas dando batalla, se cansará o te ganarás su respeto.
Kagome torció los labios. Todos sabían que la razón del descontento de Joji hacia Kagome fue porque ella nunca dio su brazo a torcer con respecto a salir con él. Lo que nadie sabía era que no solo había sido su ego herido, sino un fuerte enamoramiento del hombre hacia ella. En ese momento parecía que entre más decía que no, él más la perseguía, flores, chocolates, mensajes, cartas… todo eso llegaba a su apartamento día con día. Hasta que comenzaron las llamadas telefónicas insistentes al grado que tuvo que desconectar su línea cuando estaba en casa y luego cancelarla. Cansada del hostigamiento del hombre, ella un día le dijo sí a su propuesta de salir a cenar.
Emocionado se preparó para su cita, se pintó el cabello de negro, pues recordó que alguna vez le mencionó la diferencia de edades —como si a Kagome le importara realmente eso. Inuyasha tenía más de doscientos años, ¿no?—, lo que Joji no esperaba era que ella había ido con su esposa. Kagome le confeso a la buena mujer que el hombre la perseguía y que ya estaba cansada de él y su obsesión por salir con ella cuando claramente no estaba interesada, que no deseaba ser despedida y que lamentaba el daño que le estaba haciendo, pero que ya no podía más.
La mujer que se presentó en el restaurante fue su esposa.
Caminaron en silencio. Ella no sabía por qué Hideo, continuaba caminando a su lado. Hideo, vestía un traje negro y camisa blanca. Jamás cambiaba su atuendo, es decir, el negro con blanco. Recordó cómo lo llamaban a escondidas: «Hombre de negro». Kagome soltó una carcajada sin disimulo.
—¿Qué? ―preguntó el hombre regordete.
—Hombre de negro.
—¿Así me dicen?
—Sí.
Llegaron a la siguiente parada de autobús dado que al parecer no había taxis disponibles. Él solía acompañarla cuando había cosas por decir sin oídos chismosos, otra razón por la que habían continuado caminando.
El viento frio llevó su cabellera negra al rostro. Ella la retiró luchando contra el viento que se negaba a dejar al descubierto sus ojos.
—Necesito de tu buen oído musical —le dijo.
—Pensé que jamás lo pedirías. ¿Cuándo?
—No estoy segura, el hombre desaparece por días.
—¿Es drogadicto? Porque si lo es: ¡Aléjate! —advirtió.
—No lo es. Bueno… No lo parece. ¿Qué es lo que quieres, Hideo?
—Nunca pones atención en algo que no valga una buena nota. Estoy preocupado. Si no consume droga… ¿La vende?
—¡No! ¿De qué hablas? Él es un violinista, es realmente muy bueno, Hideo. No tiene que ver con políticos ni casos policiacos sin resolver. Nada peligroso de que preocuparse.
Tras un par de minutos de pensarlo Hideo le respondió:
—No soy experto, pero conozco a un profesor de música. Un amigo de la infancia. Confiable.
—Es perfecto. ¿Cómo lo localizo?...
Caminaba de un lado a otro frente al carrito de Masao, el hombre de tanto en tanto la miraba con ojo crítico. Al parecer comenzaba a poner al hombre nervioso. No debería, porque ella compraba sus golosinas, así que tenía derecho a permanecer a su lado, como un policía cuidando de sus postres.
Observó por quinta ocasión, los alrededores. Había una anciana con una caja de cartón de pollo frito, recargada en la pared de una tienda, donde el violinista solía tocar. No le pareció algo fuera de lo normal, hasta que la anciana miró su reloj, luego a los lados en busca de alguien. Como si no estuviera segura de encontrarse en el lugar correcto, de tal vez… Su cita. Preguntó, miró el establecimiento de Masao, luego vio hacia el local. Entonces, algo hizo clic en el cerebro de la reportera, dándose cuenta de que tal vez la mujer esperaba al violinista. No se equivocó.
El violinista, después de haber desaparecido por casi quince días surgió, con su andar encorvado y su semblante melancólico.
No fue hasta que se fijó en el rostro del violinista que se dio cuenta de la razón de su pequeña, pero no menos angustiante desaparición. El violinista, tenía el rostro hinchado y con moretones. «¿Qué demonios?», se preguntó. No podía dar crédito a mirarlo tan herido. De todos modos: «¿Cómo puede un demonio ser herido?».
El violinista se colocó en el lugar de siempre para tocar. Hoy comenzando con la anciana, luego con el rostro golpeado del violinista, entonces tuvo el presentimiento que sería diferente.
Personas que esperaban en un pequeño restaurante pagaron sus cuentas y se acercaron al violinista. Él, mantenía sus ojos fijos en el instrumento sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor. La anciana se acercó un poco. La gente que se encontraba con Masao, miró al pequeño público, expectante a lo que fuera a pasar. Kagome no podía apartar la mirada del músico, le fascinaba, cada movimiento era calculado y a la vez natural. Era hermoso, todavía lo era. Pero faltaba ese aire asesino que honraba a su nombre, tal vez era eso lo que lo hacía imperfecto, más mundano que etéreo, como lo fue hace quinientos años. El violinista abrió los ojos y los entrecerró al percatarse de que su pequeño público había aumentado y que ahora estaban grabando con su celular. Ella creyó que se iría, o que estallaría en furia y los mataría a todos. Sin embargo, cerró los ojos y comenzó a tocar.
Al término de su interpretación, una niña con un violín en mano se acercó al hombre y ofreció su instrumento junto con un plumón indeleble. El demonio, la miró con esos ojos llenos de frialdad que prometían una muerte dolorosa. «¿Cómo podía ser tan cruel con esa niña?», se preguntó Kagome. La madre se acercó y murmuró algo al músico, que parecía ignorar su presencia.
—¡Maldito demonio sigues siendo el mismo pomposo! —Murmuró Kagome en voz baja.
Sorprendiendo a Kagome, el demonio tomó el violín de las manos de la pequeña y garabateo en el cuerpo del instrumento. La niña sonrió y el violinista interpretó para ella «Piratas del Caribe».
La gente a su alrededor aplaudía con entusiasmo. Algunos depositaron billetes o monedas. El violinista miraba su instrumento ignorando el mundo a su alrededor. Al final de la tercera melodía, tuvo que esperar con paciencia, hasta que su audiencia terminara de dar sus limosnas. Él, miraba hacia el piso creando una barrera invisible a su alrededor, que nadie se atrevió a romper.
Todos allí parecían saber que la presentación había concluido, porque comenzaron a desaparecer. La última en acercarse fue la anciana y su caja de cartón. La colocó al lado del estuche y al darse la media vuelta susurró algo al violinista que lo hizo levantar la mirada al rostro de la mujer, luego hacia el estuche encontrándose con lo que con seguridad sería su cena.
La reportera escuchó el grito de la niña al decirle adiós al violinista. Él, giró su rostro a la pequeña para verla partir con su mano en alto despidiéndose. De nuevo entrecerró sus ojos, Kagome, dio un paso atrás para cubrir su presencia con el cuerpo de Masao. El hombre entendiendo lo que sucedía, la cubrió cuando el violinista pasó frente a ellos. Kagome murmuró un «¡Gracias!» muy bajo, temía que el demonio con su super oído la escuchara y fue detrás de la niña que tenía inscrito en su violín su nombre.
—Buenas noches, mi nombre es Kagome Higurashi, trabajo en la revista Élite. Estoy escribiendo una nota del Violinista al que acaban de pedir su autógrafo.
—¡Oh! ¿Es usted quién escribe sobre él? —preguntó la mujer. Ella tenía el cabello negro y unos hermosos ojos verdes al igual que la niña.
—Sí. Ustedes en este momento tienen el nombre del violinista y me preguntaba si quisieran vender la información —soltó sin más preámbulo.
—No. —Negó la mujer moviendo su cabeza de un lado a otro, horrorizada—. Pero podemos mostrarle el autógrafo.
Kagome sonrió, dio un paso atrás para dar espacio a la pequeña para extraer del estuche su violín. Las manos le temblaron cuando lo tomó. Al darle la vuelta y ver el nombre inscrito preguntó:
—¿Puedo tomarle una foto?
—Es probable que sigamos viniendo a verlo y no quiero que él piense que vendimos la información.
—Solo quiero su nombre, para la investigación. Le prometo que no lo publicaré.
La mujer se mordió los labios pensativamente, antes de responder:
—Está bien.
La niña, parecía no tener más de cinco años, de cabello largo, y negro; vestía un overol de mezclilla algo desgastado. Su par de tenis de color rojo, sobresalían de su vestuario; ella ayudó a sujetar el violín hacia la reportera para que pudiera tomar la foto.
«Con cariño Inuyasha Taishō».
«¿Era una broma?, ¿una advertencia de que no debía acercarse más?» Se preguntó Kagome, sintiendo su pulso acelerado y un fuerte zumbido en los oídos.
Kagome se despidió de la mujer y la niña, al ver el rostro de la pequeña, recordó a otra que vivió hace quinientos años. ¿Había sido eso lo que el violinista vio en ella?
Regresó al establecimiento de Masao, para despedirse y continuó por el camino que el demonio había tomado, al albergue. Al llegar a donde se encontraba el albergue, vio la fila de indigentes esperando su turno para alojarse. Disminuyó la velocidad de sus pasos, limpió con un pañuelo la sudoración de su frente, inhalando y exhalando para controlar su respiración. Pasó disimuladamente por un lado de la fila, él era demasiado alto por lo que pudo identificarlo de inmediato. Justo en el momento en el que entraba al albergue. Sonrió, esa noche el violinista estaba a salvo.
Dentro de su departamento botó su bolso en el piso, se descalzó, y se desnudó. A ella le gustaba andar desnuda por su departamento. Era, como decirle al mundo que esa era su casa y podía andar como quisiera. Al menos, eso fue lo que escuchó decir a un tipo que conoció en una de sus tantas noches de aventura. Desde ese momento tomó prestada la filosofía.
Colocó su ordenador portátil en la pequeña mesa de la cocina y luego la encendió. Mientras procesaba el computador se dirigió a la alacena, sacó una caja de galletas casi vacía, tomó las últimas cuatro galletas. Luego un vaso y lo llenó de agua del fregador. Extrañaba su refrigerador, miró por un momento donde antes había estado uno y lo odió, odió a su maldito ex.
Se sentó frente al ordenador e ingresó a Internet, buscó su seudónimo. Y como ya se lo temía, no había nada. «¡Maldito, te burlaste de mí!». Entonces, comenzó a realizar su nota, con un poco de incertidumbre al recordar que había aparecido golpeado y que el invierno se acercaba. Tenía miedo, no sabía a qué, pero era extraño verlo herido. Y lo peor es que no sabía nada de él. No tenía sus poderes de Miko y al parecer Sesshōmaru, también carecía de sus poderes demoniacos. Porque los rastros de su pelea con alguien o algo estaban visibles en su rostro. ¿Por qué no había sanado? ¿Qué lo hacía débil? Y lo más aterrador, ¿hay otros cómo él?
A la mañana siguiente, a primera hora entregó sus notas, después en su cubículo buscó el número telefónico del profesor de música.
—Diga…
—Buen día, ¿hablo con Amun Letonn?
—¿Quién es?
—Kagome Higurashi, reportera de Élite la revista.
—La mujer de la que habló Hideo —afirmó el hombre detrás de la línea telefónica—. Dime ¿qué puedo hacer por ti?
—Quisiera concertar una cita con usted señor Letonn.
—Tengo clases hasta las cuatro. ¿Le parece a las siete?
—Perfecto.
El pequeño café donde se había citado con el profesor quedaba justo en la cera frente a donde el violinista solía dar su pequeño concierto, a un lado de Masao. Por eso había elegido ese lugar, tenía la esperanza de que mientras hablaba con el profesor, el músico hiciera su aparición a tiempo para ser evaluado por ese oído crítico. Aunque conociendo al demonio, seguro que tocaba perfecto. Desde su posición podía observar cómo la gente comenzaba a acumularse en espera del violinista.
—¡Buenas tardes! ¿Es usted la señorita Kagome Higurashi? —la voz áspera de un hombre de edad la distrajo de su observación. Cuando se giró para mirar al hombre de pie, le sonrió.
—Así es. El profesor Amun Letonn. Supongo.
—Supone bien. —El hombre regresó la sonrisa. Él era de estatura mediana, su tez oscura; sus ojos eran de un color avellana con pestañas grandes y tupidas. Se podía observar que en su juventud había sido atractivo.
—Por favor acompáñeme.
Amun, tomó asiento y Kagome levantó su mano para llamar al camarero. Una vez Amun ordenó, dijo:
—Hideo me llamó diciéndome que su pupila había encontrado a un diamante en bruto de la música clásica.
—La verdad no sabría decirte si lo es o no, pero a mi parecer es bueno. Por eso es qué quiero que usted…
—Por favor, tutéame. Me haces sentir abuelo y aun no lo soy.
Kagome sonrió, Amun le agradaba tanto, como lo hacía Hideo, podía ver porque eran tan amigos.
—Quisiera que tú lo escucharas y evaluaras si realmente tiene talento o solo me he dejado llevar por las apariencias.
—¿Dónde está? Pensé que lo traerías. La verdad es que Hideo no me dijo mucho.
—No lo he traído, pero sé que vendrá y ya comprenderás.
—Bien. Entonces, ¿qué te llamó la atención del músico?...
Continuaron bebiendo su café y charlaron un poco sobre sus trabajos. Amun sonrió cuando ella le habló sobre los dolores de cabeza que le provocó a Hideo, en los inicios de su relación laboral. Pero a pesar de pasarla bien en la plática, ella observaba de tanto en tanto la calle, en espera del violinista.
Cuando lo vio a lo lejos venir, de inmediato llamó al mesero nuevamente y solicito la cuenta. Amun, estaba desconcertado. La periodista le había dicho que su violinista vendría, y ya quería irse. Notó que otros, al igual que ella, de pronto tuvieron la necesidad de salir corriendo del establecimiento.
—No digas nada solo espera y verás. —Kagome, tomó su bolso y le indicó con su mano que la siguiera.
Amun, la seguía no muy convencido. En un momento estaban teniendo una plática amena y lo siguiente era que estaban saliendo casi corriendo del establecimiento, para detenerse fuera del café. Vio a las otras personas que comenzaban a aglomerarse alrededor de alguien. Ella lo tomó del brazo y lo acercó un poco más a la pequeña multitud. De pronto escuchó, los acordes de las primeras notas de una melodía. Estiró su cuello para ver quién era el causante, cuando lo vio abrió la boca y volteo a ver el rostro de esa chiquilla. Ella tenía una sonrisa traviesa plasmada en su rostro.
La melodía comenzó y Amun cerró los ojos concentrándose tan solo en la interpretación. De vez en cuando negaba con la cabeza y en otras suspiraba, cuando el violinista terminó con la primera melodía, abrió los ojos y vio cómo el hombre que interpretaba, miraba el piso, esperando a que terminaran de colocar las primeras limosnas. No observaba a nadie, porque no estaba interesado en conocer a nadie. Fue evidente para Amun. El profesor, también notó a un grupo de chicos grabando con sus celulares al violinista.
—Solo toca tres melodías y se va.
La segunda melodía comenzó y Amun no despegó los ojos de las manos del intérprete, el silencio no se hizo esperar y como magia, cualquier ruido a su alrededor era opacado por las notas flotando en el aire de forma sublime y perfecta.
—Interesante, muy interesante —dijo Amun, fascinado con el violinista.
—Lo sé. Y bien, ¿qué tan talentoso es?
—Es un desperdicio de talento.
—Me da gusto saber que no me equivoqué.
—Cuéntame su historia.
—La verdad es que no sé mucho aún. Según el hombre que nos escribió, lleva más de diez años tocando en las calles. Nunca habla con nadie. Localizarlo es casi imposible, en ocasiones lo encuentro en un albergue a unos minutos de aquí.
—Ese violín parece estar en buenas condiciones, aunque antiguo.
—Sí, le paga a una dependienta de librería para guardarlo, supongo que no quiere arriesgarse a perderlo.
—Él, ¿qué te ha dicho? ¿Cuál es su historia?
—No he hablado con él. Tengo su nombre— le dijo, aunque sabía que no era el real, pero bien podría ser su seudónimo. ¿No? Sacó de su bolso el sobre que contenía la fotografía del autógrafo del violinista. Amun, lo miró detenidamente—. ¿Se te hace conocido el nombre?
—No. Pero podría investigar en los archivos de la escuela, él tuvo que haber recibido adiestramiento, no hay manera que haya aprendido por sí solo. ¿Cuántos años tendrá?
—Pudo haber sido un niño prodigio, si en realidad es tan bueno como lo dices tú —propuso Kagome, aunque sabía que el profesor no encontraría evidencia.
—Suponiendo que tiene treinta años…
—Supón que tiene un poco más, Masao, el hombre de la carta dice que no ha cambiado mucho desde que lo conoció. Además, su apariencia albina, oculta sus rasgos de juventud.
—Bien, investigaré en la escuela y con algunos colegas de un posible alumno con ese nombre o características. Me pregunto si no es más fácil solicitarle una entrevista.
—Y exponerme a que desaparezca, yo creo que no. Si él tuvo una vida anteriormente y acabo tan mal… debió ocurrirle algo que le marcara al grado de abandonarlo o perderlo todo. ¿Dónde está su familia o sus amigos? ¿Si perdió el deseo de vivir, por qué no tirarse de un puente y acabar con todo de una vez por todas? ¿Por qué vagar en este mundo como un alma en pena? No, hay algo más y yo creo que él no quiere ser encontrado.
—Y cuando descubras quién es, ¿qué piensas hacer si él no desea salir de nuevo a la luz?
—Mi trabajo es llevar una historia al público, descubrir la verdad detrás de sus secretos. Si algún samaritano desea ayudarlo adelante. Será decisión del violinista salir de donde está o quedarse. No es asunto mío y no pienso mover un solo dedo por él.
Kagome, no pensaba lo mismo cuando despertó la mañana siguiente con la sorpresa de que el invierno se había adelantado. Estaba nevando, se vistió con la ropa más abrigadora que tenía y salió corriendo de su departamento.
Caminaba de prisa con miedo a caer debido al hielo debajo de sus pies. Rezaba porque el violinista tuviera como mínimo un abrigo grueso que le cobijara del frío. Después de ese pensamiento se detuvo abruptamente, provocando que un joven se estrellara con ella. Kagome se dio cuenta de lo estúpida que era por preocuparse por él, seguramente no le pasaba nada, era un demonio completo. «¿Qué me pasa? Tonta, ubícate Kagome», se regañó. Desde que se había percatado de la nevada había tenido la necesidad de salir a buscarlo, pero tenía una cita con la dueña de una casa habitada por fantasmas.
La casa era en verdad tétrica, cargada de una gran energía negativa y podía decir que era demasiada; porque aún sin sus poderes activos, ella tenía esa sensación desagradable.
Continuó su camino por el largo pasillo que conducía a la habitación de la difunta tía abuela de la dueña del lugar. Al abrir la puerta, esta hizo el típico crujido de una puerta a la que le falta aceite. Primero dio un vistazo al interior de la habitación antes de adentrarse completamente. Lo primero que llamó su atención fue la mecedora de madera oscura que se encontraba frente al ventanal. Atraída como un imán caminó hasta ella, sintiéndose agotada, pero no de manera física, más bien espiritual.
Tomó asiento. Sin darse cuenta de lo que sucedía, una gran tristeza la invadió. No podía encontrar respuesta alguna al profundo sentimiento melancólico que florecía de su pecho. No fue hasta un par de horas después que la dueña de la casa entró para sacarla de la habitación.
La visita a esa antigua casa había sido una verdadera experiencia paranormal. Fue increíble y aterradora al mismo tiempo, no se sentía tan loca por seguir creyendo que sus viajes a la era feudal fueron verdad. No fue un sueño. No, lo que había pasado fue una experiencia cómo las que vivió al lado de Inuyasha. Decidió no presentarse a la oficina. Envió un mensaje a Joji con un par de fotos de su investigación.
De regreso a su departamento, pensó en llamar a su madre. Kagome, tenía un presentimiento. Mientras marcaba el número notó que sus dedos parecían ya estar congelados, la temperatura estaba bajando tan rápido que temía no poder llegar a casa antes de que comenzara a nevar de nuevo.
Decidió recortar el camino a su hogar ingresando a un callejón un tanto oscuro, pero ese día se sentía más valiente de lo normal. Pensaba qué si no le temía a los cementerios, hoteles y casas embrujadas, ¿por qué habría de temerle a un callejón? Su madre respondió al segundo intento de llamada.
—¿Kagome?
—Mamá, ¿Por qué no respondían?
—¿Kagome? Hija, ¿eres tú?
Kagome miró la pantalla de su celular, había buena recepción.
—¡Mamá! ¿Me escuchas?
—Kagome, el pozo. Algo le sucede al pozo.
—¿Qué? ¿Mamá? ¡Mamá responde! ¿Están bien?
La llamada se perdió y cuando levantó la vista estaba en medio del callejón. Al darse cuenta de lo mal que era estar en ese lugar, la oscuridad comenzó a invadir los pocos lugares iluminados.
Kagome, sintió una horrible sensación detrás de su espalda que le erizó la piel. No estaba segura de querer continuar por ese camino, pero tampoco podía regresar porque estaba comenzando a escuchar una respiración en su nuca, incluso sentía el aliento de lo que fuera que la tenía paralizada, en su cabello.
Kagome dio un paso lento, sus piernas temblaban y apenas le respondían, dio otro más y la cosa seguía detrás caminando con ella. La respiración del ser era más profunda y ruidosa. Kagome no pudo evitar soltar un gemido cuando escuchó unos pasos del otro lado del callejón. Estaba atrapada.
Cuando su mirada buscó al segundo ser, solo encontró dos luceros rojos en la oscuridad. Lágrimas caían de sus ojos, en esta ocasión no habría un Inuyasha que la salvara de los demonios. Kagome, aceleró sus pasos, una mano se posó en su hombro. No gritó, aunque deseaba hacerlo. No valía la pena, nadie la escucharía. La nieve comenzó a caer. La cosa, apretó su agarre y la atrajo a su cuerpo frío. Y el otro que se ocultaba en la oscuridad, salió a la luz.
Kagome miró los ojos rojos del demonio que estaba a metros de distancia observando. Su bolso cayó al piso cuando la cosa la apretó todavía más en la cintura, como una serpiente a punto de devorar a su presa, él, lamió su mejilla. Sus cosas salieron de ella, incluso su carpeta donde guardaba los borradores de sus notas. El viento las hizo volar.
El demonio al otro lado caminó hacia ella y su raptor. Una nota yacía entre ambos, el demonio paró su andar, cuando sus pies pisaron una de sus notas. Entonces ella se dio cuenta de lo estúpida que había sido. Por supuesto, sabía que lo había estado siguiendo para exponerlo al mundo. Ahora estaba tomando represalias, la haría pagar por su osadía. Lo extraño era que, lo haría como un cobarde matón. Con la ayuda de otros, no como el gran perfecto asesino que una vez fue. Y a pesar de que su vida terminaría muy pronto, sintió tristeza, por él. Nada volvería a hacer como antes, todo había cambiado incluso los grandes.
—¡Sesshōmaru! —pronunció su nombre tan suave y con un tono tan decepcionado, podría sentirse loca, pero no quería morir así.
Quería que su enemigo y alguna vez aliado acabara de una vez con su patética vida. Al volver a verlo, después de tantos años, creyó que siempre estuvo destinada a morir a manos del hermano de Inuyasha, y por eso el destino la había llevado a él.
Aceptó tomar un baile con la muerte. Se presentó ante el demonio, el rey de las Bestias, como una indigna nigen. Una traidora. Sí. Por exponerlo. Su deseo era que la mirara a los ojos antes de matarla y desecharla como el estorbo que siempre fue. Él la ignoró, y todavía ahora no la hacía digna de morir en sus manos. Una vez lo fue, digna, pura e inocente. ¡Ya no más! ¿Y era por eso qué merecía morir en manos de su sirviente?
El oxígeno ya no llegaba a sus pulmones, su vista era borrosa las garras de la cosa se enterraban en su carne, a un costado, no se había dado cuenta cuando el despreciable sirviente la abrazó. Sí, era un demonio serpiente, veía ahora las escamas en sus extremidades. Ellos existían, en esta Era. Miró por última vez a Sesshōmaru, no podía ya hablar, pero quería decirle con su mirada lo mucho que estaba decepcionada. Por haberse perdido, por no ser él. Tal vez fue esa la razón por la que lo expuso. Él ya no era Sesshōmaru. Cerró los ojos, ya no veía de todas formas. Lágrimas se derramaron, no de miedo, ni por su vida, fueron por él.
—Miko —pronunció el demonio demasiado tarde, pues Kagome había perdido el conocimiento.
