Capítulo 4 La mujer que amó, la mujer de mi hermano

Kagome, abrió los ojos para encontrarse con el techo de su habitación. Su mente estaba confundida y no podía recordar cómo había llegado a casa. Se estiró en la cama, todavía se hallaba adormilada, extrañamente cansada y dolorida.

La habitación estaba oscura en su mayor parte; la luz de la luna entraba por la ventana iluminando la cama de Kagome como un reflector. Giró su rostro para buscar el reloj despertador, al lado de su mesilla de noche. Los números que brillaban en una luz roja, marcaban las tres de la mañana. Tras dar un suspiro se sentó en la cama sintiendo un ligero malestar en su abdomen, pero, fue en el instante en que bajó los pies al piso que el dolor agudo en su costado, la hizo recostarse de nuevo.

Despacio, porque su cuerpo se negaba a responderle, llevó una mano donde le dolía, para encontrar humedad en su ropa y más dolor; miró sus dedos con sus grandes ojos azules, estaban manchados con un líquido oscuro y ese había sido el detonante para recordar lo sucedido horas atrás.

Recordó la llamada de su madre, la presencia detrás de ella en ese callejón, y luego esos ojos rojos en la oscuridad; fue Sesshomaru.

«¿Qué sucedió? Acaso ¿fue un sueño?», se preguntó.

Se levantó ignorando el dolor para encender la luz de la habitación y mirarse en el espejo, solo para cerciorarse de que no había sido una pesadilla. Encontró marcas en su cuello, y al levantarse la blusa para mirar el lugar que más le dolía, vio la herida de su cintura; jadeó.

Al darse la vuelta para volver a la cama se encontró con Sesshōmaru de pie en la esquina más oscura de la habitación; La Mitad de su cuerpo bañado por la luz de la calle que atravesaba la ventana, la otra oculta entre las sombras. La estaba observando con esos ojos brillosos con un resplandor a veces rojo. Estaba conteniéndose; o mejor aún, estaba acechándola, como lo que verdaderamente era: un depredador, un demonio.

Kagome soltó un grito, mientras que su espalda tocaba la pared. La garganta lastimada, le ardió; por lo que llevó sus pequeñas manos a ella.

Pensó que al parecer la pesadilla apenas comenzaba. Nunca se sintió más frágil y vulnerable en toda su vida.

El que Sesshomaru la observara sin mostrar ninguna de las emociones que dejaba deslizar cuando tocaba el violín, no la perturbaba de ninguna manera, aunque reconocía que había estado equivocada. Ni siquiera su fachada de indigente, le quitaba ese toque aristocrático y de ser inalcanzable porque no era humano.

«¿Dónde quedó el sensible y triste violinista?», se preguntó.

Ahora podía ver con mayor claridad al mismo demonio que conoció en la era feudal. Frío, calculador y asesino serial. Había sido una fachada. No obstante, ¿para qué? Y si de fachadas se trataba… «¿Por qué no habría de jugar también?», se dijo así misma. Kagome no sabía si funcionaría; pero eso no la detuvo de intentarlo.

—¿Qui… —carraspeó para encontrar su voz— quién es usted? Mi… mi esposo no tardará en llegar.

«¡Sí claro a las tres de la mañana! A menos que el hombre fuera un mujeriego jugador, ¡oh sí! Él lo era, de hecho», se dijo en la mente.

Kagome temió esa antigua mirada que decía: «¡No toleraré tu estupidez!». Y ahí estaba, el gran Señor del Oeste, disfrazado de indigente, levantando su ceja aristocrática. Y ella no lo quería cerca —por mucho pasado en común que tuvieran—, él la intimidaba y podía matarla en un abrir y cerrar de ojos. Es más, ni siquiera sabría en qué instante la cortaría en dos con su látigo venenoso.

—¡Salga de aquí o…!

Y en un parpadeo el rostro del demonio estaba a centímetros del suyo, no la tocaba, ni siquiera su respiración.

«¿No respira?», se preguntó idiotamente. Porque debería estar preocupada del depredador que la tenía acorralada, ¿no?

—¿O qué, Miko? —preguntó el demonio, con ese barítono que hacía vibrar su corazón con temor y erizar su piel.

Ahí estaba, su aliento acariciando su rostro sudoroso y muy humano. Olió la brisa de su voz con aroma dulzón y algo embriagador.

«¡Inuyasha!», gritó Kagome en su mente. ¿Acaso todos los demonios o medios demonios olían así, o simplemente era la familiaridad de la sangre compartida del padre?

El demonio estrechó sus ojos como si hubiera leído su mente y entonces Kagome creyó que se orinaría en cualquier momento. ya que esa tercera mirada, definitivamente significaba: ¡Morirás!

—Está bien, está bien me rindo. Lo siento. De verdad lo siento, no quise ofenderte yo… ¡Demonios! No sé qué decir.

—¿Invocas a los demonios con tanta facilidad? —cuestionó el demonio, con un tono burlón, aunque su semblante no había cambiado nada.

—No —susurró muy quedo.

Kagome no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que el demonio pasó un dedo sobre su mejilla. Miró sus lágrimas, y anchó sus fosas nasales para oler el aroma a sal, casi como si nunca hubiera olido a alguien llorar. Ella estaba segura de que más de una víctima del demonio debió haber llorado, mientras que suplicaba por su vida.

—No lo hagas, Miko —ordenó—. El mestizo lloró el día en que murió. Y tú no morirás hoy —confesó el demonio, luego de apartarse liberando a la frágil humana.

Sesshomaru caminó hacia la ventana, sin dirigirle una segunda mirada. La abrió y saltó a la ciudad perdiéndose en las sombras.

Kagome, no podía creer las palabras de Sesshōmaru. Inuyasha estaba muerto, ahora sabía la razón del porqué su futuro medio demonio no la buscó una vez que no pudo volver al pasado; y si era honesta consigo misma, diría que ya lo había sospechado. Sin embargo, quería creer que en realidad había otra razón, un nuevo amor del demonio, ¿tal vez?

Y si se ponía optimista quería creer que había logrado volver y que pasó el resto de su vida con él, muy felices, en la era feudal. Y por supuesto, él no habría querido cambiar el pasado, ¿no?

No. Ahora sabía la verdad. Él, estaba muerto. «¿Cómo?», se preguntó.

—Sesshōmaru, ¿él lo mató? —cuestionó en voz alta.

Dejó que su cuerpo resbalara por la pared hasta el piso, mientras que un grito desgarrador resonaba en su departamento, más lágrimas llenas de dolor y arrepentimiento. Porque ella quería tener la oportunidad de decirle lo mucho, mucho que lo amaba. Quería verlo una vez más, solo una.

«¿Por qué no podía volver? ¿Por qué? ¿Por qué el destino era cruel? ¿Por qué los dioses la castigaron de esa manera?» se cuestionaba en medio del dolor.

Alguien intentaba forzar la cerradura de su departamento. ¡Para lo que a Kagome le importaba! Ella solo deseaba dormir y no despertar nunca. Pero no, ¿verdad? No iban a dejarla dormir. Unos minutos o intentos… y la puerta de la entrada de su departamento se abrió. Pasos apresurados y fuertes, recorrieron su hogar. Hasta que la puerta del baño se abrió. La habían encontrado, arruinando su pequeño mundo lleno de dolor y angustia. ¡Tan reconfortante!

—¡Niña! —la llamó Hideo. El hombre regordete la levantó del piso deshaciendo su posición fetal.

Kagome no recordaba cómo había llegado al baño, de hecho, no recuerda mucho después de la partida de Sesshōmaru.

—Tu madre llamó a la oficina. Dice que no respondes las llamadas. Ni siquiera le has dicho que te cambiaron de revista. ¿Qué sucede?

—Está muerto —respondió Kagome, apenas en un susurró y con una extraña tranquilidad que Hideo reconocía muy bien.

—¿Quién está muerto, Kagome?

—El hombre que amaba.

—¡Niña…! ―susurró Hideo, con pesar.

Su antiguo mentor la tomó entre sus brazos y la cargó llevándola hasta el único sofá que había en la estancia. Se quedó a su lado así, tal como una vez ella estuvo para él; cuando su amada esposa murió. Al igual que ella no ofreció palabras vacías. Un abrazo muy fuerte que duró el tiempo suficiente para que sus lágrimas vaciaran el dolor de su corazón, es lo que él ofreció.

Kagome le había enseñado que las palabras eran innecesarias, porque el amor no puede ser comparado ni medido de ninguna manera; cada uno ama de forma e intensidad distinta. ¿Cómo podría saber ella lo que es perder a un compañero de toda una vida? ¿Cómo podría saber él, lo que significaba perder un amor que desafió el tiempo y el espacio?

Tiempo después, le preparó una sopa instantánea que era lo único que Kagome tenía en su alacena, además de té. La hizo comer, todavía no pedía explicaciones. Había cosas que solo pueden hablarse cuando se está listo y era evidente que ella nunca lo había estado. De ser así, hace mucho que él sabría de ese supuesto hombre, que no era más que la gran sombra de las relaciones amorosas de Kagome, la amargura siempre presente en su rostro y sobre todo el causante de su intento de suicidio.

Él sabía todo eso, porque Kagome fue más que una compañera de trabajo en el momento más oscuro de su vida —después de que aceptó la muerte de su esposa—, él no había tomado un frasco de pastillas, ni cortado sus venas, pero sí, se había querido ahogar en alcohol. Sin importarle su carrera, ni su vida. Sin hijos y sin más familia cercana, prácticamente estaba solo.

Kagome estuvo ahí, su equipo estaba con él. Sin embargo, ella, un día se presentó sola en su departamento, tiró sus bebidas y lo enfrentó con palabras duras que lastimaron su ego, abriéndole los ojos al fin. Su esposa, su amada esposa no querría verlo así. Fue cuando le confesó su intento de suicidio, le dijo que no era el único que sufría por algo, entonces realmente la vio.

Kagome no era una chica con carácter agrio, ni tampoco era tan trabajadora y obsesiva, solo porque su carrera le apasionara realmente. No, ella estaba sufriendo. Su trabajo era su escape, su seriedad y poco apego a sus compañeros de trabajo junto con sus pocas amistades —si es que tenía—, eran el reflejo de lo poco dispuesta que estaba a sufrir de nuevo. En ese entonces supuso que el hombre había muerto, ella lo había dado a entender. Mas no fue así, habían terminado y el amor por ese hombre había sido tan intenso que con toda seguridad le destrozó el corazón de una manera irreparable, a la que una vez, fue una niña con sueños e ilusiones como cualquier otra. Su separación la había marcado a tal grado.

Esa noche, ella se quitó la horrible máscara que siempre llevaba puesta. Fue dulce, ella lo abrazó, acarició su rostro y le sonrió. ¡Tan tierna y compasiva! Debajo de esa fachada cínica y fría había una niña dulce, sincera y amable. Ella estuvo para él, le hizo ver que aún estaba vivo, que era un hombre que sentía y que todavía le faltaban unos años más por vivir. En un solo momento le hizo ver que podía salir de la oscuridad, ella había sido la luz.

La verdadera Kagome era hermosa, muy hermosa. Él guardó esa imagen junto con lo que vino después en su corazón como uno de los secretos mejor guardados de la historia, ella también guardó sus secretos. Kagome nunca reveló lo que había encontrado una tarde de junio en el departamento de su jefe. Un deprimente, perdido y acabado Hideo.

—¿Por qué tienes esas horribles marcas en el cuello? No me digas que ahora te gusta el sexo sadomasoquista.

—¿Sabes? Mi siguiente nota hablará sobre demonios feudales y Mikos que pueden viajar en el tiempo. Escucha esto: había una vez una chica de quince años que vivía en un santuario. El santuario tenía una pequeña casa que guardaba un viejo pozo al que llamaban «El comedor de huesos». Con una leyenda particular, que decía que en la época feudal los humanos arrojaban los cuerpos de demonios. Algo así como un basurero de cadáveres demoniacos.

»Ella estaba en ese pozo en el momento equivocado a la hora equivocada. Un demonio ciempiés, salió del pozo robando a la niña. El pozo guardaba una extraña y antigua magia que la hizo transportar al pasado a quinientos años atrás. El ciempiés, hablaba sobre una extraña joya que la niña supuestamente tenía, ella no sabía de lo que el demonio hablaba.

»¡Estaba tan asustada! Histérica, corrió hacia un viejo árbol que en su tiempo ella lo conocía, como «El Árbol de Dios». Había un chico en ese árbol, incrustado por una flecha, parecía dormido, más que muerto. Pero cuando ella se acercó intentando escapar del demonio, el chico despertó y… —Kagome le contó la historia más fantástica e irreal que había escuchado en toda su vida. Ella nunca mencionó el nombre de la Miko.

Hideo la escuchó intentando descifrar la verdadera historia detrás de esa tal fantasía. Cuando Kagome terminó y vio la cara de Póker de Hideo soltó un suspiro. Sabía que él no iba a creerle, ¿por qué lo haría? Todo era tan irreal que si ella fuera Hideo pensaría que estaba totalmente loca.

—Hideo, puedes creer esa historia fantástica o puedes creer que Inuyasha era el hijo bastardo de un importante político que tuvo el mal atino de seducir a su secretaria y embarazarla.

»Él fue asesinado por uno de sus enemigos y tiempo después su amante. El chico creció creyendo que era un error. Repudiado por la sociedad, nada más por ser un bastardo y por la familia poderosa del padre. Un chico que creció en la calle y que un día conoció a una chica hermosa llamada Kikio que lo despreció por ser lo que era, rompiendo la poca confianza que tenía de sí mismo.

»Y tras un tiempo conoció a otra chica de secundaria que se enamoró perdidamente de él, aunque sabía que jamás podría corresponderle porque a pesar de todo, seguía amando a Kikio. Naraku, otro enemigo jurado de esa familia poderosa, intenta por todos los medios destruirla, descubriendo el secreto del poderoso imperio Taishō.

»Bien dicen que: ¡Divide y vencerás! Si Naraku encontraba a Inuyasha significaba que él podría convencerlo de pelear la herencia de la familia Taishō. Y conociendo al hasta ese momento único heredero, Sesshōmaru Taishō, no permitiría que su buen nombre fuera una vergüenza y la herencia fuera compartida. Por lo que él lo mataría y…

Kagome gimió para luego soltarse a llorar. Hideo la miraba asombrado, porque la verdad era que, aunque la segunda historia que era la realista curiosamente no cuadraba tan bien, como la historia más fantástica. Mientras que la historia fantástica fue narrada con un tiempo en pasado la segunda eran suposiciones de algo que ya pasó. Hideo conocía bien a Kagome y podía decir que la chica de secundaria era ella.

No obstante, eso no le preocupaba tanto, porque Kagome podría estar omitiendo mucho. La verdadera preocupación era que ya había una amenaza de muerte para ella por una investigación previa a un político y se preguntó, si ella no había olvidado a ese tal Inuyasha, y esa amenaza tenía que ver con la familia Taishō o con el del malvado Naraku. Pero entonces, ¿por qué lloraba la muerte del hombre que amaba, si hacía mucho que no estaban juntos? o ¿él murió años atrás y ella apenas lo descubrió?

¿Quiénes eran los Taishō? No conocía a ninguna familia política con ese nombre o el de Naraku.

—Ellos, los Taishō o el otro, ¿te hicieron eso? —Señaló las marcas en su cuello.

—No. Ese fue un… idiota que quiso asaltarme —explicó.

—¡Kagome!

—Hideo, agradezco tu preocupación, pero apuesto qué tienes otras cosas mejores en que ocuparte y yo… realmente necesito estar sola.

—¡No tienes por qué estar sola, Kagome! Yo puedo ayudarte, solo háblame con la verdad.

—Tal vez después. Iré más tarde a ver a mamá y me reportaré con el ogro. Seguro que ya me ha despedido —gruñó ante el recuerdo de Joji.

—No. Yo te justifiqué y además, le cobré un favor. Todo estará bien.

Kagome le agradeció con una sonrisa triste.

Hideo tomó sus cosas y fue acompañado por Kagome hasta la puerta. Intentando demostrarle al hombre que ella estaría bien. Aunque Hideo no estaba seguro de dejarla sola respetó su deseo. La abrazó con fuerza para despedirse, Kagome besó su mejilla y sonrió nuevamente, no deseaba preocuparlo más. Él era un hombre de buen corazón que la protegería de cualquier cosa que la molestará o al menos lo intentaría.

—Llama si me necesitas.

—Por supuesto. Gracias por todo Hideo.

Kagome suspiró cuando el hombre abandonó su hogar. Se recargó en la puerta para retomar de nuevo fuerzas. Se sentía agotada y entumecida. La cabeza le dolía de tanto llorar. No obstante, el cansancio o el dolor no la detendrían, ella necesitaba respuestas y dos días habían pasado de su encuentro con Sesshōmaru y aunque existía la posibilidad de que él haya desaparecido, su corazón de Miko, no tenía ese presentimiento. Tomó su bolso y sus llaves, y salió del departamento en busca del violinista.

Llegó corriendo a donde se encontraba Masao. No se sorprendió cuando a lo lejos escuchó la música de un violín. Masao, le regresó la mirada.

—Creí que te habían despedido o algo —le dijo, un poco sorprendido de verla allí.

—¿Por qué pensaste eso?

Masao le señaló a una chica a la que Kagome reconoció, como Hitomi. Al parecer era su remplazo. «¡Mierda! Me suplantaron», no podía creer que enviaran a esa muñequita, bien conocida por su poco tacto a la hora de entrevistar.

—Ella vino ayer preguntando por el violinista, luego me entrevistó. Pero no te preocupes no dije nada que no te haya dicho a ti antes y él no vino ayer. Aunque es extraño que lleve más de una hora tocando el violín sin parar. ¿Tal vez extrañaba a cierta admiradora?

La sonrisa de Masao no le simpatizaba, en realidad le causó escalofríos pensar que, el señor feudal, estuviera esperándola para arrinconarla en algún callejón con su matón.

La melodía terminó y al parecer también la presentación del Señor Sesshōmaru. Hitomi se acercó a él. Kagome no pudo evitar sentir, cómo el estómago se le comprimía; realmente esperaba que él no la matara. Por otro lado, su vena sádica, quería torturar al Señor con la voz gangosa de Hitomi, y a su remplazo deseaba que él la aplastara con su poderosa mirada desdeñosa.

—¡Disculpe! Señor, mi nombre es Hitomi Kisho, soy reportera de la revista Élite, anteriormente ya hemos realizado un reportaje de su maravillosa música y me encantaría que me regalara una entrevista.

Decir que Kagome se asombró de ver cómo Sesshōmaru aguantó más de tres palabras de Hitomi, fue poco. Él no se preocupó en mirar a la insignificante reportera.

—¡Oh! Disculpe es: ¿sordo?, ¿ciego? —cuestionó al sucio indigente. Al ver que no recibiría ninguna respuesta de su parte, murmuró—: Creo que ambas.

Soltó una risilla tonta, mientras miraba a todas partes en busca de alguien que estuviera acompañando al violinista. Cuando las monedas y aplausos terminaron él recogió el dinero del estuche, guardó su instrumento y se dispuso a largarse del lugar. Sin embargo, Hitomi no era delicada, ¿cierto?

—¡Oye! Te hice una pregunta. ¿Acaso me estás ignorando?

Y después de tanta idiotez vino la… «La tonta», que lo tomó del brazo jaloneándolo para llamar su atención. Él la miró con esa mirada marca registrada que dice: «¿Qué te pasa inmundicia humana?» y a punto de soltarle un gruñido con mordida y todo, fue interrumpido por Kagome. Ella le ofreció una reverencia muy prolongada al demonio, mientras decía:

—Señor Taishō, disculpe espero no haberlo hecho perder demasiado su tiempo yo…

El demonio ignoró a Hitomi y continuó su camino pasando a un lado de Kagome.

—Gracias Hitomi, me encargaré.

—¿De qué hablas? Jiro me pidió…

—Sí, pero ya me contactó y me dijo que viniera antes de que lo arruinaras. Habla con él. ¡Adiós!

Kagome corrió tras Sesshomaru dejando a una Hitomi estupefacta.

Kagome llevaba más de treinta minutos caminando al lado del demonio sin mediar palabra. No estaba segura de si él quería que lo siguiera o no, sin embargo, no la había amenazado y le gustaba pensar qué, no era porque estaban en un lugar público. Por otro lado, le parecía extraño que no la había conducido por algún callejón solo y oscuro. Todavía.

En algún momento mientras se preocupaba por jadear y secar el sudor en su frente por la larga caminata se dio cuenta que habían llegado al edificio donde vivía. Él había tomado algún camino largo y desconocido para Kagome. Ella pensó que el sentido de orientación de Sesshōmaru no había perdido su toque a pesar de los siglos. Apostaba que conocía la ciudad tan bien como Google Maps.

Él se detuvo para esperar a que ella abriera la puerta, realmente no sabía por qué ahora derramaba tanta educación cuando él, la había llevado a su departamento mientras estaba inconsciente. Lo que le recordaba, que debería preguntarle cómo había entrado, pero, sobre todo, cómo sabía dónde vivía.

—¿Ese humano es tu amante? —La extraña pregunta que a la vez había sonado como una afirmación, la hizo medio tropezarse con sus propios pies.

—¿Disculpa? —Kagome no sabía si sorprenderse de su suposición o de la elección de sus primeras palabras, ante su segundo encuentro.

—Apestas a él y tu departamento también.

—No es de tu incumbencia. Sin embargo, él no es mi amante. Es un amigo.

Él no respondió, pero su mirada ahora sí habló por él y le dijo: ¡No te creo! El demonio, caminó dentro del departamento olisqueando el ambiente mientras pasaba una mano en las paredes y sus pocos muebles. Lo que le pareció a Kagome que estaba haciendo era…

—¿Estás marcando mi casa como tu territorio? —dudó. Terminó con una boca muy abierta llena de incredulidad. Él se quedó estático por un momento, como una hermosa estatua antigua.

—La serpiente estuvo aquí —dijo con los dientes apretados y los puños cerrados a sus costados.

Kagome recordó las manos escamosas del demonio en su garganta y su costado, el aliento putrefacto y la voz rasposa. Ahora de nuevo tenía miedo. Se preguntó cuánto le llevaría a Sesshōmaru hacer que se desmayara, como una damisela en apuros.

—Te refieres a tu… ¿Amigo? —gruñó cínicamente. Todavía le guardaba rencor por no reconocerla como digna de morir por sus garras.

De pronto se vio atrapada en la mirada feroz del demonio.

—A diferencia de ti humana idiota, yo no persigo a otras especies como si fuera una escoria delincuente.

—¡No claro que no! Solo esperas a que esa escoria delincuente y humana camine por un lugar oscuro para atacar.

Y de nuevo la tenía atrapada entre una pared y su cuerpo demoniaco; él haló su cabello a un lado para descubrir su cuello de una manera ruda, y a la vez no tanto, como un amante dominante lo haría en un lapso de pasión.

—Las marcas de los dedos que yacen en tu cuello no son los míos. —Su otra mano bajó por su costado para oprimir sus costillas doloridas—. Tampoco fueron mis brazos los que te ocasionaron tal dolor—soltó su cabello y bajó su mano al lugar donde su piel había sangrado espantosamente. Sus ojos dorados llenos de una furia contenida no dejaron los suyos llenos de temor—. Ni fueron mis garras las que cortaron tu piel aquí. Yo no persigo a mujeres en la oscuridad para comerlas, ellas vienen a mí. Kagome.

Ella sabía que él conocía su nombre, Inuyasha lo gritaba todo el tiempo. Nunca pasó por su mente que algún día en el pasado o futuro el señor demonio del oeste diría su nombre con tanto odio, pero a la vez, como si cada letra la arrastrara entre su lengua, casi saboreándola.

Seguro pensó: «Es mi aterrada y pervertida imaginación». El demonio le había recordado a un amante un poco dominante que conoció. Ella terminó por echarlo cuando el hombre se puso intenso. Ahora dudaba que pudiera echar a un Sesshōmaru denso de su departamento. En primera, porque sus amenazas no tenían que ver con nada sexual y en segunda, porque era poderoso y un señor demonio completito. Con el que obviamente no podía luchar.

—Espera, estás diciendo que esa cosa quiere, ¿violarme y luego comerme?

Sesshomaru, la soltó alejándose de ella como si tales pensamientos le causaran repugnancia. Ignorándola, continuó «marcando su territorio».

Observar a Sesshomaru, marcar su territorio la hizo recordar que Inuyasha estaba muerto, y que al parecer Sesshomaru no solo la había salvado de una violación, también de una muerte segura. Y que ahora estaba marcándola cómo suya. Lo que quería decir que ¿él no mató a Inuyasha?

—¿Qué buscas de mí?

—Fuiste tú la que me buscó, Miko.

—Ya no soy una Miko.

—Entonces ya no soy más un demonio.

¿Eso había sido una broma? A Kagome no le asustaba este Sesshomaru hablador. Porque no quería conocerlo, no quería ser su amiga y definitivamente no quería relacionarse con demonios que podían vivir eternamente y…

—¿Cómo murió Inuyasha?

—Salvando mi vida —había dicho el demonio apretando los dientes como si tal sacrificio hubiera sido el peor insulto, a su grandísimo y egocéntrico trasero. Kagome lo odió y deseó con todo su corazón, por un momento, purificar su arrogante presencia. Pero antes…

—¿Es por eso qué estás aquí? ¿Él te pidió que me buscaras?

—Aunque lo hizo, esa no es la única razón.

—¿Entonces?

—Éste Sesshōmaru quiere que sepas que lo traicionó.